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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 27-09-2013

Sobre la izquierda, los conflictos post-modernos y la falta de referencias

Mario Sei
Tunisia-in-red

Traduccin al espaol de Luca Alba Martnez.


Vivimos en un perodo caracterizado por un estado de crisis permanente, hasta el punto de que el propio termino crisis resulta ya inadecuado para dar cuenta de la situacin, y estamos tambin en una poca en la cual todo se mueve y cambia rpidamente, tanto a nivel de la produccin material como a nivel de lo que llamamos la actualidad. En esta confusin posmoderna, en la cual cada cosa parece confundirse y mezclarse con su contrario confusin determinada tambin por la proliferacin meditica de los relatos que, en una polifona inextricable, se enlazan con los hechos y producen una realidad en la que la distincin entre real e irreal, verdadero y falso, resulta a menudo ininteligible existe en todo caso un elemento emprico que desmiente una de las hiptesis centrales manejada por los que han hecho de lo posmoderno una teora. A pesar de las previsiones, la historia no ha acabado, se ha atomizado en una serie de hechos individuales sin vnculo alguno, y las masas, en cuanto agentes del curso histrico, no han desaparecido de la escena.

Al contrario, desde la revuelta del pueblo tunecino en 2011, grandes movimientos de masas sacuden de forma cruenta el mundo arabo-musulmn trastornando la geopoltica mundial y modificando algunos de los equilibrios establecidos desde haca tiempo. Se trata, sin la menor sombra de duda, de un macro-evento histrico an en curso y cuyo desarrollo durar probablemente muchos aos.

En la vulgata meditica occidental, lo que desde el principio fue llamado primavera rabe, tras la instauracin en Tnez, Egipto y Libia de fuerzas ligadas al Islam poltico, se ha transformado en triste otoo, reproduciendo ese viejo esquema segn el cual los pueblos rabes son incompatibles con la democracia. Paralelamente a estas dos visiones sucesivas y contrarias, de este macro-evento se han hecho dos lecturas opuestas: por un lado la de aquellos que, animados por sueos romnticos, vean ah revoluciones libertarias protagonizadas por generaciones jvenes y cultas formadas a travs de las redes sociales; por otro, la de aquellos que en todas las revueltas populares no han visto ms que una estrategia y un complot urdidos por potencias extranjeras.

Tratndose de simplificaciones extremas, ninguna de estas interpretaciones est en condiciones de ofrecer un cuadro realista de la situacin: ambas tienen el defecto de tomar un aspecto particular y elevarlo a la categora de absoluto. Banalizando un poco la realidad, seguramente es posible constatar que en la fase de la solidaridad y el entusiasmo colectivos inmediatamente posteriores a la cada de dictadores como Ben Ali, Mubarak o Gadafi, las divisiones polticas, antes sofocadas por regmenes represivos, explotaron seguidamente de forma a veces violenta. Esto gener, en las poblaciones implicadas, en efecto, un sentimiento de miedo y angustia, acrecentado por las condiciones de inseguridad y por el agravamiento de la situacin econmica, que ha empujado a algunos sectores de estos pases a aorar a los regmenes depuestos. Sin embargo, resumir el proceso en curso a travs de la oposicin primavera/otoo sera extremadamente reduccionista. Anlogamente, es imposible negar el papel jugado por las generaciones jvenes y por el uso de las nuevas tecnologas, pero este aspecto no puede ser considerado el nico factor explicativo. An ms absurda es la pretensin de explicar las revueltas que desde Bahrein a Egipto sacudieron el panorama mundial a travs de las acciones de una fuerza omnipotente que hubiera manipulado el curso completo de los acontecimientos.

La manipulacin y el complot siempre han alimentado a la Historia y no se trata, por supuesto, de negar la capacidad manipuladora de las grandes potencias mundiales o de olvidar que esta capacidad es proporcional a los medios de los cuales dispone cada potencia.

Solo es necesario recordar que en el contexto actual en el cual la nica lgica que domina el mundo es la del capital, del beneficio puro y del desarrollo basado en la explotacin, y en el cual las alianzas estratgicas entre las fuerzas en juego cambian segn las simples contingencias, elegir un campo equivale a la eleccin que se podra hacer entre dos equipos de ftbol. Respecto a Siria, en particular, es bastante decepcionante el argumento de cierta izquierda que, usando de forma obsoleta la nocin de imperialismo, divide el mundo entre los malos imperialistas por un lado (Obama-Al Saoud-Erdogan-Netanyahou), y los buenos anti-imperialistas por otro (Assad-Putin-Rohani-Xi Jinping). Pensar de esta forma significa no solo borrar los ltimos treinta aos de Historia sino no entender que los actuales conflictos entre potencias no son conflictos entre distintas visiones del mundo o entre proyectos alternativos de desarrollo humano. Son conflictos gobernados por una sola lgica, la del capital, dentro de la cual dos fuerzas, como por ejemplo Microsoft y Apple, pueden hacerse la guerra por el control hegemnico del mercado sin que por ello cuestionen las premisas de partida. Rechazar el imperialismo de EEUU no puede de ninguna manera inducirnos a apoyar la brutal poltica de explotacin que China lleva a cabo en frica o sobre sus propios trabajadores; oponerse por todos los medios a un posible ataque en Siria, que sera desastroso para el pueblo sirio y para toda la regin, no puede hacernos olvidar que Bashar Al-Assad es un dictador sanguinario que ha masacrado a su pueblo.

En la complejidad del mundo actual, lo que la izquierda debera hacer, para no perder completamente una credibilidad y una visibilidad ya altamente comprometidas, sera mantenerse aferrada a unos principios sencillos pero esenciales a su identidad: la crtica sin concesiones a toda clase de poder dictatorial, mafioso y corrupto, el rechazo de toda forma de opresin y explotacin y, sobre todo, la lucha contra el actual modelo de desarrollo y de gestin neo-liberal del mundo, causa de la crisis econmica, de las insostenibles desigualdades entre ricos y pobres y del saqueo de los recursos planetarios.

Decir esto puede parecer banal, y sin embargo los ltimos acontecimientos en Egipto nos demuestran que es necesario recordar cosas as de sencillas a todos aquellos que, en Occidente o en el mundo arabo-musulmn, se consideran progresistas o militantes de izquierdas y han apoyado el golpe de estado militar, aceptando como si fuera un hecho marginal la masacre de cientos de personas. Egipto ha desaparecido ya del panorama meditico, pero basta con buscar algo de informacin para descubrir aquello que debera de haber estado claro desde un principio: la oligarqua militar ha retomado el control total de la sociedad y el estado de emergencia ha sido utilizado para reprimir no slo a los Hermanos Musulmanes, sino a numerosos bloggers o sindicalistas, por lo dems muy crticos con el gobierno de Morsi, as como las huelgas obreras en la zona del Sinai o en la ciudad industrial de Mahalla Al-Koubra.

En la nueva situacin egipcia, la prensa se ha convertido en muy poco tiempo en un rgano al servicio del rgimen, los procesos y las acusaciones arbitrarias se multiplican la acusacin de alta traicin formulada contra Al Baradei solo es un ejemplo la actitud hacia los palestinos en las zonas fronterizas nunca haba sido tan hostil y una dura represin, en nombre de la guerra contra el terrorismo, aplasta toda forma de protesta. Es realmente difcil no considerar contrarrevolucionario el rgimen instaurado por el general Al-Sissi.

Lo que debera suponer un problema para la izquierda no es, evidentemente, la oposicin a los Hermanos Musulmanes, que adems de tener un proyecto de sociedad incompatible con el de la izquierda, han cometido graves errores y demostrado una incapacidad poltica total. El problema es el apoyo a los militares que han restaurado, en una versin an peor, el antiguo rgimen. Entre las multitudes que pidieron la restitucin del presidente Morsi y aclamado la intervencin del ejrcito hubo seguramente muchos idiotas tiles que probablemente ya se hayan arrepentido. Pero siendo esto comprensible, lo que sin embargo sorprende es la posicin de una parte de la izquierda, incluida la de los pases arabo-musulmanes, que en relacin a Siria denuncia el imperialismo de EEUU, Arabia Saudita o Israel e interpreta el golpe de Estado en Egipto, financiado y apoyado por esos mismos pases, como la continuacin de la revolucin comenzada en 2011.

Es ciertamente complejo, en el caso de Egipto, oponerse al mismo tiempo a los Hermanos Musulmanes y a los militares o, en el caso de Siria, luchar contra una intervencin extranjera o contra la hipocresa de la guerra humanitaria y al mismo tiempo reconocer, pese a la presencia de milicias ambiguas entre los rebeldes, el derecho del pueblo sirio a querer acabar con la dictadura sanguinaria y corrupta de la dinasta Assad. Contra esta forma de pensar se erige una crtica, transversal a la izquierda y a la derecha, que en nombre de una realpolitik extrema tacha de ilusoria y utpica esta posicin, argumentando que cuando hay una guerra hay que elegir campo, y que el termino medio no existe. Rechazar esta clase de argumentos pragmticos significa ante todo evitar el riesgo de que por el hecho mismo de pronunciarlo y repetirlo se convierta despus en una profeca auto-cumplida. Pero significa sobre todo creer que son precisamente el sueo y la dimensin utpica lo que falta hoy en una poltica de izquierdas. Una fuerte dimensin ideal que sea capaz, como por otro lado ya ocurri en otra poca no tan lejana, de funcionar como polo de atraccin para los grandes movimientos de masas que en el norte y el sur del mundo protestan contra los efectos destructivos del neo-liberalismo. La reconstruccin de esta dimensin ideal es una tarea de dimensiones gigantescas, que empieza con la superacin de divisiones absurdas, basadas por lo dems en viejos dogmatismos ya totalmente vacos de sentido. Pero lo que es cierto es que esta dimensin no reaparecer nunca si los partidos o fuerzas de la izquierda se alan con dictaduras militares, con las fuerzas oscuras de regmenes cados o si, en nombre de un abstracto pacifismo y anti-imperialismo, se manifiestan contra un posible ataque a Siria y permanecen indiferentes ante las matanzas de su rgimen.

La revolucin tunecina y las revueltas que la han seguido, incluida la de Siria, tenan como principales razones -debemos recordarlo- la lucha contra regmenes extremadamente represivos, contra la desocupacin y la pobreza. Si estas razones han desaparecido casi del todo del debate poltico para ser sustituidas por el conflicto entre laicos y progresistas por un lado e islamistas por el otro, una parte de la responsabilidad recae en las fuerzas de izquierda que no han hecho nada para evitar esta polarizacin.

El nico pas donde, no obstante la polarizacin y la explosin de violencias culminadas en el asesinato de dos lderes de la oposicin, existe an un margen para la accin y la mediacin politica es Tnez. Desgraciadamente, a causa de algunas decisiones problemticas, el espacio de maniobra de la izquierda se est reduciendo cada vez ms. Tras haber obtenido resultados tan decepcionantes en las elecciones de octubre de 2011, en las que el partido islamista Nahda obtuvo la victoria, la izquierda logr superar las viejas divisiones y reunir, bajo la sigla del Frente Popular, a numerosos pequeos partidos, adquiriendo de esta forma mayor credibilidad y visibilidad. Durante un cierto perodo la escena poltica pareca pareca caracterizada, en consecuencia, por la presencia de tres polos: el Frente Popular; la troika en el gobierno, formada por Ennahda y otros dos partidos que, tras haber obtenido un gran resultado en los comicios, hicieron luego implosin y son hoy poco representativos; la Unin por Tnez, una coalicin de diferentes partidos con una orientacin de derecha abiertamente neoliberal y liderada por Bji Caid Essebsi, hombre clave de la poca bourguibista y primer ministro durante el segundo gobierno de transicin post-revolucionaria. En un escenario semejante, el Frente Popular habra podido jugar un papel determinante en las diferentes relaciones de fuerza y contrastar la visin neo-liberal de los otros dos polos, completamente opuestos en la cuestin de la laicidad pero esencialmente idnticos respecto del programa econmico.

La situacin cambi completamente cuando el Frente, tras la destitucin de Mursi en Egipto y el asesinato, el 25 de julio, del ldeo poltico Mohamed Brahmi, decidi aliarse a la Unin por Tnez y formar un Frente de Salvacin Nacional cuyo objetivo es la disolucin del gobierno y de la Asamblea Constituyente. Desde entonces, casi un tercio de los diputados se han retirado efectivamente, lo que ha llevado al presidente de la Asamblea, Mustafa Ben Jaafar, a suspender los trabajos. En estos momentos siguen las negociaciones entre la troica y la oposicin, negociaciones que han paralizado el pas y que hasta ahora no han producido ningn resultado.

Es imperativo reconocer que en Tnez, al igual que en Egipto, el partido islamista es en gran parte responsable de la degradacin de la situacin. La participacin masiva en las movilizaciones convocadas por la oposicin demuestra por lo dems que el descontento es general y ampliamente compartido por la poblacin. Hay, por lo tanto, un gran potencial de movilizacin colectiva que la izquierda podra explotar en su favor y que corre el riesgo, al contrario, de desperdiciar si todo el debate se reduce a la simple dicotoma entre los pro y anti Ennahda. Los efectos negativos de esta estrategia son ya visibles: la movilizacin comienza a perder impulso y la alianza con la Unin por Tnez ha producido serias discrepancias en el seno del Frente Popular que podran fragmentar una unidad de la izquierda tan fatigosamente construida. La alianza con la Unin, que representa los intereses del capital y de sectores de la sociedad asociados al antiguo rgimen, ha obligado al Frente, por otra parte, a poner entre parntesis muchas de las reivindicaciones que formaban parte de su programa, entre ellas -una de las ms importantes- la convocatoria de una comisin internacional para renegociar o convertir la deuda externa contrada por la dictadura, una deuda definida como odiosa por la propia Unin Europea. No slo este tema ha desaparecido del debate; sin el menor grito de alarma desde la izquierda el gobierno est firmando con el FMI acuerdos de nuevos prstamos a tasas de inters altsimas y acompaadas de reformas estructurales que llevarn a disolver lo poco que queda de Estado del Binestar y a agravar la crisis.

Nuestro mundo es complejo. Analizar las cosas de modo claro y adquirir alguna certeza se vuelve cada vez ms difcil. En esta complejidad hay, sin embargo, un elemento incontestable: el efecto devastador del neoliberalismo y del capital. Contra este efecto, enmascarado bajo el nombre de crisis econmica, enormes masas de ciudadanos se han levantado un poco por todas partes del mundo. Aprovechar este enorme potencial, conservar los principios fundamentales, no confundirse de enemigo. Estas son las tareas esenciales a las que debe dedicarse la izquierda.

Fuente original: http://www.tunisia-in-red.org/?p=3036


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