Portada :: Chile :: Libros y Documentos
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 28-09-2013

Acerca de las causas del golpe militar

Manuel Acua Asenjo
Rebelin


A MANERA DE EXPLICACIN

A no pocos podra parecerles un tanto curioso por decir lo menos recibir otro trabajo referido a esta nueva conmemoracin del 11 de septiembre de 1973, fecha del derrocamiento del gobierno constitucional del presidente Salvador Allende Gossens. En verdad, lo que se ha escrito y comentado acerca de esta fecha tan significativa para la poblacin de Chile excede el ms optimista de los clculos hechos al respecto. La cantidad de ceremonias, alocuciones, anlisis y referencias ha alcanzado una magnitud tal que asombra, incluso, a no pocos sectores [1] , naturalmente crticos a ese tipo de manifestaciones. La tnica de todas ellas ha sido, sin embargo, la misma: de si ha o no de pedirse perdn por los hechos acaecidos, de si es o no posible la reconciliacin, de si hay o no responsables de las graves violaciones a los derechos humanos, de si existieron o no razones que avalaban la ejecucin de un golpe de Estado, de si hubo o no culpables respecto al manejo de la economa, en fin. Incluso, una materia a la cual bien podramos clasificar como un nuevo gnero literario, que es la poltica-ficcin, hoy muy en boga, ocupa un lugar destacado en esos debates, admirablemente compendiada en esa pregunta tan candorosa: Hubo posibilidades de frenar el golpe y salvar la democracia? La interrogante, torpe a la vez que ingenua pues el golpe militar no es una probabilidad sobre la cual puedan hacerse conjeturas, sino un acontecimiento por entero consumado , parece suponer que los hechos histricos son un simple juego de destreza intelectual o, a lo ms, circunstancias que pueden analizarse con una visin retrospectiva de la historia [2] .

No han faltado (y no podra ser de otra manera, en una fecha tan simblica como la presente) las descalificaciones; mucho menos las diatribas y las referencias groseras, por decir lo menos, a determinadas personas, entre otras, al propio presidente Allende como gestor directo de la tragedia. No es extrao que as suceda. La calificacin (y descalificacin) es proporcional al grado del uso que se da en determinadas circunstancias tanto al intelecto como a la emocin o a la simple creencia; evidencia capacidades que brillan por su ausencia, indigencia terica, precario desarrollo intelectual de quien emite la opinin. Aunque se trate de acadmicos que, en el Chile de hoy, abundan [3] . No es un hecho que deba sorprender, tampoco. Los personajes a quienes se les reconoce como voz autorizada no tienen por qu estar dotados de sentido comn. No por algo se ha impuesto el refrn aquel segn el cual Quod natura non dat, Salmantica non praestat [4] .

En una circunstancia parecen coincidir todos los manifiestos de los opinlogos [5] que invaden los espacios televisivos y los medios de comunicacin oficiales; sta no es otra que la extraordinaria carencia de teora de la cual padece la generalidad de tales trabajos. Un reducido nmero de ellos aporta fundamentos a sus afirmaciones; pero, incluso en estos casos, la ausencia de una teora global es manifiesta. Y no es que a Chile no lleguen libros o documentos que ayuden en ese empeo; simplemente, tales aportes son ignorados en favor de una verdadera incontinencia emocional [6] . Ni siquiera quienes alegan ser licenciados en filosofa escapan a tal constante. Esa circunstancia, que bien podra considerarse normal en sectores que defienden como propia la ideologa de las clases dominantes, tambin acomete a quienes dicen representar los intereses de los sectores dominados [7] . Los clsicos estn ausentes en el debate y las discusiones; tambin los no tan clsicos. No hay, en el debate a propsito del 11 de septiembre, referencia alguna a los sistemas sociales ni al modo de producir; mucho menos, a las clases sociales y al rol que juegan al interior de una sociedad. Antes bien, todo parece depender de si alguno de los lderes pudo o no haber evitado el golpe y salvar, de esa manera, a la democracia. Parodiando a Louis Althusser, permtasenos asegurar aqu que slo ha faltado descubrir, bajo de la cama de Salvador Allende, al amante celoso que desencaden la tragedia. La idea que son los lderes quienes escriben la historia (contraria, por cierto al legado del presidente mrtir) predomina ampliamente no slo en la representacin acadmica de lo que se ha dado en denominar derecha sino en la que opina en nombre de quienes se atribuyen ser la izquierda [8] .

Es posible construir la historia de esa manera? Es posible explicarse los grandes problemas de una nacin a travs de la sola circunstancia de criticar a sus lderes por no haber actuado de acuerdo a las circunstancias? Es posible aseverar que no son las instituciones quienes hacen la historia sino los seres humanos, individualmente considerados, pues las instituciones estn formadas por ellos? Es posible, en suma, dejar de lado el comportamiento colectivo, la reaccin social, la actitud que, en los dems seres vivos, se denomina comportamiento gregario o comportamiento de rebao, admirablemente condensada en esa expresin que empleaban los romanos Senatorii bone virii, senatum autem mala bestiam? [9] Es posible pronunciarse sobre esos hechos sin un anlisis serio y objetivo de lo sucedido, con el auxilio de un fuerte basamento terico, sino solamente con el ejercicio del buen sentido o la pasin y la creencia? Los estudios que nos han entregado los grandes pensadores deben considerarse un trabajo intil y enviarse, utilizando las expresiones de Friedrich Engels, a un rincn de la historia junto con el arado y la tejedora? As parece estimarlo, en el Chile de hoy, un vasto conjunto de opinlogos y personalidades, a juzgar por los documentos elaborados y por sus opiniones vertidas. Tengo la serena conviccin que muchos de esos personajes han querido salir a contar al mundo la buena nueva creyendo que, en una imaginaria jornada de Pentecosts, recibieron sobre sus cabezas las lenguas de fuego que les permite hablar de esa manera. Podemos esperar que esa luz del Espritu Santo los vuelva a iluminar para poder arribar, por fin, siquiera a una aproximacin de la verdad?

El presente trabajo no tiene otra finalidad que entregar una visin descarnada del funcionamiento de un sistema (el sistema capitalista). Es una respuesta a todos aquellos que quieren cerrar el captulo del pasado y comenzar uno nuevo, mirando hacia el futuro. Es una respuesta a quienes buscan ejercer su derecho a olvidar como nica forma de sobrevivir [10] . Una respuesta a los sujetos sin memoria. Y es, a la vez, una advertencia de lo que puede suceder en los aos venideros a las clases dominadas sobre las cuales recae constantemente el rigor del sistema. Por eso, no est de ms, recurrir a la historia y recordar las palabras de un sujeto que s saba lo que haba de hacerse cuando se hacen presentes las insurrecciones de las clases dominadas. Nos referimos a Adolphe Thiers, el verdugo de La Comuna, para el cual los pueblos que no aprenden de su historia estn condenados irremediablemente a repetirla.

Dejando a un lado la generalidad de las versiones entregadas en esta fecha, dominadas por una visin retrospectiva de la historia, intentaremos dar una explicacin al respecto.

BASAMENTOS PARA UNA EXPLICACIN

Si las opiniones referidas anteriormente no son las ms adecuadas cmo sera posible intentar una explicacin para un hecho tan trascendental como lo fue el derrocamiento del gobierno constitucional de Salvador Allende el 11 de septiembre de1973 y su reemplazo por una Junta Militar?

Comencemos con una afirmacin que ha de considerarse como el eje central de nuestra tesis: la gesta del 11 de septiembre de 1973 no constituye sino la culminacin de la lucha desatada por las clases dominantes en contra de las clases dominadas y que, forzosamente, deba terminar con el triunfo de las primeras por sobre las segundas. En este sentido, nuestra posicin difiere sustancialmente de la que han hecho suya los opinlogos de marras en donde la lucha de clases, viga maestra de cualquier anlisis social, se encuentra notoriamente ausente del debate.

Por consiguiente, insistimos: lo que en ese 11 de septiembre de 1973 se decidi fue una lucha sin cuartel librada desde haca varios aos entre los sectores dominantes y los sectores dominados de la sociedad. Provistas de una capacidad blica impresionantemente superior a la que podran haber empleado los movimientos populares, las Fuerzas Armadas de Chile resolvieron ese da, manu militari, los conflictos sociales desencadenados a partir de la asuncin de la Unidad Popular al gobierno de la nacin y la ejecucin de su Programa de Gobierno. Digamos, por consiguiente, con nuestro buen amigo Stefan De Vylder, que el 11 de septiembre no fue, entonces, sino la culminacin de una exitosa lucha de clases desatada en esos aos por las clases altas en contra de los desposedos con la derrota estratgica de estos ltimos por aquellas.

Esta afirmacin no es gratuita, necesita ser explicitada con auxilio de la teora social. No basta que determinadas opiniones sean compartidas por otros sino requieren del acopio de bases, fundamentos o cimientos tericos, lo que nos obliga a incursionar en temas un tanto ridos como lo son la teora general de los sistemas, la teora de la organizaciones y la teora del Estado [11] .

SOBRE LOS SISTEMAS EN GENERAL Y, EN ESPECIAL, SOBRE EL SISTEMA CAPITALISTA

El sistema capitalista es un sistema, es decir, una estructura social cuyos componentes esenciales se encuentran dispuestos de forma tal que si dicho ordenamiento fuese alterado el sistema se extinguira o degenerara en otro diferente. Los sistemas, pues, poseen elementos que le confieren su identidad; son diferentes entre s de acuerdo al carcter que le confieren esos rasgos. Hay, en consecuencia, distintos tipos de sistemas. Cuando esos sistemas se forman con la participacin de seres vivos se les denomina organizaciones. En este caso, se trata de sistemas sociales. Cuando se habla de estos ltimos en referencia a los seres humanos, los sistemas sociales se diferencian de acuerdo a la naturaleza del modo de produccin que los integrantes de una sociedad han hecho suyo voluntariamente o por imposicin. Puede, entonces, definirse el modo de produccin como la forma de producir adoptada por determinada sociedad y que, por lo mismo, determina la manera de vivir de sus integrantes.

Modos de producir pueden existir muchos (esclavista, asitico, germano, feudal, primitivo). Uno de ellos se denomina capitalista. Este modo de produccin es aquel en donde la funcin principal de la sociedad que lo adopta se reduce a la produccin de capital. Por consiguiente, el sistema capitalista no es sino aquel en donde opera un modo de produccin capitalista, un modo cuya nica funcin es la constante elaboracin de capital.

Decir que la esencia del capitalismo es la produccin de capital implica definir lo que es ste, circunstancia que nos lleva a incursionar tangencialmente en la teora de los valores. Porque el capital es un valor, aunque no cualquiera. El capital es un valor que se valoriza, un valor que se acrecienta constantemente, a tal extremo que su nica funcin se compendia en crecer, ampliarse, multiplicarse, aumentar. Nace porque en su gestacin han podido concurrir tres condiciones, tambin esenciales:

a) Existencia contrapuesta de dos clases sociales, una de las cuales posee la capacidad de comprar una mercanca, denominada fuerza de trabajo, a otra desprovista de dicha capacidad y obligada a vender la nica mercanca que posee cual es su propia energa corporal;

b) Produccin de plusvalor, que no es sino aquello denominado ganancia por los empresarios; y,

c) Existencia de una mercanca intermedia cuya funcin radica en tasar el valor de la mercanca que se transa y permitir la acumulacin: el dinero.

De manera que es de la esencia del sistema capitalista la existencia de dos clases sociales, una de las cuales debe cumplir la funcin de comprar a la otra que, por lo mismo, desempea la de vender. No vamos a insistir al respecto, y nos remitimos aqu a los trabajos que hemos elaborado anteriormente sobre el particular.

MODO DE FUNCIONAMIENTO DEL SISTEMA CAPITALISTA

La existencia de dos clases sociales antagnicas (vendedores y compradores de fuerza o capacidad de trabajo) exige doblegar voluntades, establecer el control de unos sobre otros; en palabras ms simples, implica establecer un sistema de dominacin. La razn es simple: una clase no podra estar vendiendo permanentemente su energa corporal a otra que tiene la capacidad de comprarla si no existiese una forma de organizacin social encargada de consagrar esa forma de funcionar. Dicha organizacin se denomina Estado, que puede definirse como la organizacin social mediada por la fuerza; por lo mismo, el Estado constituye a la vez una relacin social. Dominantes y dominados se dan la mano en una estructura que establece, para ambos, una forma de vida nacida de un modo de produccin que subordina a unos respecto de los otros: tal es el modo de produccin capitalista.

La produccin, no obstante, fragmenta a las clases dominantes; un sector se dedica a la actividad industrial, otro a la actividad del comercio de bienes materiales y un tercer grupo lo hace respecto al comercio del dinero. Simultneamente y como consecuencia de lo mismo, se fragmentan tambin las clases dominadas. Las primeras, sin embargo, segmentadas en la produccin, vuelven a unirse al interior del Estado y funcionan organizadas en un Bloque en el Poder, pues de otra manera no podran dominar. El Bloque en el Poder representa, en consecuencia, la forma de funcionar de las clases y fracciones de clase dominante para los efectos de su dominacin; representa, adems, naturalmente, la defensa del inters que las gua.

Puesto que el sistema capitalista es un sistema aparentemente consensual (pues se fundamenta en la existencia de compradores y vendedores de fuerza de trabajo que supuestamente estaran en condiciones de igualdad para suscribir un contrato de compraventa), su forma de gobierno ha de ser tambin aparentemente consensual. Se denomina democracia, y es un rgimen alternativo al ejercicio directo de la calidad de ciudadano, basado en la representacin del electorado en virtud de la cual se presume que los votantes ejercen un poder de eleccin respecto de quien ha de representarlos en la direccin de la nacin. La democracia no es, por tanto, solamente una simple forma de representacin social sino la manifestacin jurdico/poltica normal de funcionamiento del sistema capitalista. Exige tres requisitos para funcionar:

a) Separacin de funciones o poderes (Legislativo, Judicial, Ejecutivo, Contralor);

b) Existencia de partidos polticos; y

c) Realizacin peridica de elecciones que, a la vez, deben ser libres, secretas e informadas.

La democracia, como forma de gobierno, puede interrumpirse por determinadas circunstancias; surgen, entonces, los gobiernos de excepcin o dictaduras segn se ver a continuacin.

POSIBILIDADES DE INTRODUCIR REFORMAS AL SISTEMA CAPITALISTA

Un sistema social no es una estructura rgida; admite reformas. Es ms, siempre los sistemas sociales estn activos, cambiando y acomodndose al funcionamiento de los dems: son organizaciones, o estructuras constituidas por seres vivos en perpetua actividad. Las reformas, cambios, alteraciones o modificaciones que tolera y admite, sin embargo, son aquellas que mantienen inalterable su esencia o carcter de tal. Si se trata de un sistema que tiene clases sociales una de las cuales se encuentra sometida a la otra, de ninguna manera va a aceptar que se altere esa estructura desigual suya, sino tolerar cambios que solamente se refieran a cmo va a realizarse esa dominacin. As ocurre con el sistema capitalista que, como todo sistema, acepta acomodos, transformaciones y ajustes siempre que ello no altere su estructura bsica de dominacin que es la que permite tanto la extraccin como la percepcin de plusvalor; ni, mucho menos, que intente eliminar las clases antagnicas, propias de su naturaleza.

Por consiguiente, el sistema capitalista puede ser reformado y, tambin, reformulado. No obstante, tales reformas o reformulaciones slo pueden realizarse dentro de los lmites propios de todo sistema y aquellos que imponen las circunstancias en cada una de las formaciones sociales de las cuales se trata. Por consiguiente, el sistema capitalista puede aparecer, en algunas latitudes y pocas, extremadamente duro para quienes experimentan su rigor como, tambin, en otras, extremadamente tolerable. Normalmente, esta ltima circunstancia no siempre es resultante de una ddiva que cae de la mesa de los dominadores sobre la cabeza de los dominados. Generalmente, es fruto de largas jornadas de lucha en defensa de derechos conculcados o mejores condiciones de vida, que culminan en un acuerdo, en una ley o en un tratado que da cuenta de esos logros.

LOS LMITES DE LAS REFORMAS QUE TOLERA EL SISTEMA

Ningn sistema social existe en forma independiente el uno del otro. No es una simple alegora la expresin sistema mundial que emplean numerosos autores [12] . Ni tampoco la afirmacin segn la cual desde que el mundo es mundo ha existido siempre un sistema mundial hegemonizado por alguna potencia que domina a las dems. El sistema capitalista no es una excepcin a esa constante.

[] el capitalismo, expres un buen amigo nuestro, en uno de sus documentos, no es una realidad nacional, sino un sistema mundial [13] .

Porque dicho sistema no existe en una sola localidad, sino en todo el planeta. Especialmente, luego de la ltima dcada del siglo pasado. Constituye un conjunto de organizaciones. Y es que los sistemas se engarzan unos con otros. Forman redes, tejidos sociales que se extienden a lo largo y ancho del planeta, dentro del cual cada nacin o pas [14] es una parte. Y no puede ser de otra manera pues las naciones estn permanentemente realizando entre ellas relaciones de intercambio. Dicho intercambio constituye, pues, la forma de relacin que mantienen entre s unas con otras. Sin embargo, para que ello suceda deben existir modos o formas de relacionarse que deben no slo ser conocidos de todos sino, adems, necesitan estar regulados de manera tal que quienes participen en esos intercambios jams puedan ser sorprendidos por las acciones de los dems. En consecuencia, si por un motivo cualquiera, una de las naciones que participa en la comunidad internacional altera sus formas de relacin con los otros comuneros, dichas modificaciones deben ser toleradas por aquellas. De otra manera, se convierte en un ente anmalo, un obstculo que se interpone para dificultar las relaciones, un escollo que no admite ni tolera el sistema mundial. Por tal motivo, los lmites que las reformas pueden introducir al sistema no son sino aquellos que estn vigentes en la generalidad de las naciones del mundo que participan dentro del sistema global: el todo decide el destino de la parte. Si las reformas entorpecen esas relaciones y el intercambio se traba, el sistema puede ser amenazado en su integridad. Entonces, las reformas se transforman en esa amenaza que exige una respuesta ejemplar.

 QU SUCEDE CUANDO LAS REFORMAS PROYECTADAS AL SISTEMA CAPITALISTA SON MAYORES

Cuando las reformas que se intentan introducir al sistema son muy profundas y exceden los lmites tolerados por ste los problemas se hacen presentes. En este caso, el sistema reacciona como organismo vivo que es.

Como ocurre todo ello? Normalmente, la estructura social percibe anticipadamente lo que le suceder ante un sinnmero de seales; la reaccin es inmediata y sus manifestaciones son inequvocas: hay que detener el proceso incoado. Si ello no ocurre, las alteraciones que se intenta realizar pasan a constituir una amenaza para el sistema. Entonces, acta. Sus elementos defensivos se ponen en movimiento para luchar por la conservacin de su identidad. La expresin latina esse persistere in esse est (el que persevera en lo que es contina sindolo) revela con admirable precisin ese principio central que informa su permanencia o conservacin. El sistema no puede dejar de ser lo que es; si permite o tolera la accin que lo amenaza, puede morir o, lo que es igual, derivar a otro diferente. Eso puede slo tolerarlo una estructura que tiene vocacin suicida. Y, por regla general, los sistemas no poseen dicha vocacin [15] .

Nos encontramos, as, frente a un sistema que ha de luchar por sobrevivir. Como todos los sistemas. Entonces, la organizacin social mediada por la fuerza se hace presente en toda su dimensin. El Estado acta; y no lo hace porque s. Se han agotado las instancias que podran haber resuelto las contradicciones de clase o aquellas han demostrado ser intiles o ineficaces. Entonces, las reformas que se proyectaba introducir a la esencia del modo de produccin se transforman en la excusa inmejorable que lleva a actuar. El Estado no vacila. Hay que actuar. El Estado es una estructura de poder; su garante son las Fuerzas Armadas. La reaccin, pues, viene de la mano de los institutos armados y se denomina golpe de Estado. El golpe de Estado constituye, pues, la reaccin natural a cualquier intento de transformacin que amenace la naturaleza del sistema capitalista. Y su recurso postrero. Es por esa razn que las propias clases dominantes buscan ponerle fin a la brevedad: porque necesitan tenerlas en reserva para volver a utilizarlas cuando sea necesario. El golpe de Estado da origen a lo que se conoce bajo el nombre de gobierno de excepcin pues, al consumarse, interrumpe el normal funcionamiento de la democracia.

Las clases dominantes no son partidarias de regmenes de excepcin que se prolonguen innecesariamente en el tiempo puesto que, al hacerlo, se desgasta el ltimo recurso al que pueden echar mano; pero eso no es todo. Lo hacen, tambin, porque estn conscientes que el sistema capitalista ideal no es el impuesto por la violencia ejercida directamente sobre el cuerpo social; ni tampoco aquel tolerado por las clases dominadas, sino ese que es defendido por stas como el mejor de todos los sistemas.

Puede entenderse de esta manera que, desde sus inicios, haya el sistema capitalista resuelto sus mltiples problemas recurriendo constantemente a la intervencin armada, as como el intercambio de opiniones que existiese entre el barn Von Bogulawsky y Friedrich Engels sobre el tema. Porque el tema de la interrupcin de la democracia manu militari no es nuevo. Era parte de las discusiones que tenan lugar en el siglo 19. Por eso, sostena el barn Von Bogulawsky que el ejercicio del golpe de Estado era un derecho que competa inalienablemente a las clases dominantes [16] , afirmacin que haca recabar a Engels para las clases dominadas el tambin inalienable derecho a hacer la revolucin.

De lo que se puede colegir, hasta ahora, es que, siempre que las reformas al sistema capitalista amenacen la permanencia o continuidad del mismo, las clases dominantes ejercern sin vacilaciones el derecho a dar un golpe de Estado.

Nace, de esta premisa, una severa conclusin: las clases dominadas, si desean perseverar en sus reivindicaciones, deben estar preparadas para defenderse pues dichas pretensiones sern seriamente amenazadas por los sectores dominantes. Por consiguiente, y en teora, cuando las clases dominadas intenten realizar una reforma que las beneficie y ella no sea del agrado de las clases dominantes, siempre stas se harn presentes accionando en contra de aquellas para seguir imponiendo su dominacin; simultneamente, tambin los sectores dominados reaccionarn en contra de esa agresin en defensa de lo que estiman justo. De cmo se va a dar esta mecnica, en la prctica, depender del grado de desarrollo de la lucha de clases. Y, naturalmente, del entorno internacional que exista en esos momentos. Porque es el todo quien decide la suerte de la parte y no lo contrario. De lo cual se puede colegir que la expresin Nunca ms no slo es una expresin errnea sino una falacia empleada para contentar a mentes ingenuas acerca de una circunstancia que, dadas determinadas condiciones, jams dejar de acaecer. Por lo mismo, no dejan de ser inapropiadas las palabras de Rubn Ballesteros, presidente de Corte Suprema, cuando afirma que a los tribunales chilenos

Lo que s nos corresponde es decir lo que sucedi, lo que la historia ha registrado; son los hechos sucedidos y hay que admitirlos, asumirlos y decir que nunca ms [17] .

Es, ms o menos, lo mismo que expresara la flamante alcaldesa de Santiago Carolina Toh cuando, en un artculo enviado al peridico El Mercurio expresara:

Lo que no es sano es que ese debate sobre el contexto siga siendo un debate sobre la justificacin del golpe de Estado. El Nunca Ms ser un patrimonio de la memoria cuando todos los actores relevantes de nuestra vida pblica concuerden en que ste no se justificaba bajo ningn trmino y que fue el resultado de la accin de quienes lo perpetraron y de quienes lo apoyaron [18] .

LO QUE SUCEDI CON EL TRIUNFO DE LA UNIDAD POPULAR EN CHILE

Podemos as comenzar a analizar lo que sucedi en Chile durante los aos de la Unidad Popular y que finaliz el 11 de septiembre de 1973. Para ello debemos recordar algunos de los hechos que rodearon esa circunstancia.

El triunfo de la Unidad Popular constituy la culminacin de un sostenido ascenso de las luchas sociales en procura de un mayor bienestar, mayores espacios de libertad y participacin ciudadana. Fue un proceso singular slo por tratarse del triunfo de un gobernante con ideas marxistas elegido por votacin popular; en lo dems, se trat de un fenmeno que no ocurri solamente en Chile sino en casi todas las latitudes, especialmente en Amrica Latina. Y no slo en ese continente, sino adems dentro de la Unin Sovitica y en naciones europeas. Las clases postergadas exigan en esos aos protagonismo social, lo que obligaba al sistema capitalista mundial a pensar seriamente en un reordenamiento y en una drstica reafirmacin de su presencia ante la posibilidad que las piezas del ajedrez internacional se moviesen alterando la posicin del tablero a favor de su antagonista que era la Unin Sovitica. Por lo mismo, no slo constituye un disparate sino, adems, una insensatez y hasta una vulgaridad aseverar que el derrocamiento de Allende pudo producirse por tratarse de un gobierno minoritario que buscaba realizar cambios sin el concurso de la mayora. Es cierto que el triunfo de Allende fue el triunfo relativo de un grupo social que apenas logr un 36% de la votacin nacional [19] ; pero no es menos cierto que jams tuvo Chile otro sistema que no fuese el indicado para reconocer la legitimidad de un gobernante. Por ende, todos los presidentes que precedieron a Salvador Allende fueron elegidos sin haber obtenido mayora absoluta de votos porque ese, y no otro, era el sistema eleccionario chileno. De no haberse establecido aquel sistema como ptimo, ninguno de ellos pudo o debi haber intentado reformas sociales puesto que se trataba de gobiernos de minora.

Una circunstancia, sin embargo, identific desde un principio al gobierno de la Unidad Popular: su carcter de bloque social del proletariado. La Unidad Popular no fue una simple alianza de clases, sino un bloque. Digmoslo con franqueza: la verdadera Unidad Popular estaba constituida por un eje central que eran los partidos Comunista y Socialista, integrados mayoritariamente por elementos de la clase obrera, al cual adhirieron las dems colectividades que integraron la Unidad Popular. Sin embargo, ese bloque no tuvo conciencia de su propio carcter sino supuso ser una alianza, es decir, crey constituir una suerte de Frente Popular, una conjuncin de partidos y movimientos de la ms variada composicin de clase; en otras palabras, supuso representar a los llamados sectores medios. Y, en consecuencia, estim que esos sectores apoyaran todas las reformas propuestas a la ciudadana. Y ese fue su primer error.

El Programa de la UP era bastante avanzado. Contena reformas que, en la actualidad, sorprenden, incluso, a quienes fuesen sus propios redactores o defensores, algunos de los cuales manifiestan estar, hoy, arrepentidos de haber sostenido la necesidad de tales reformas. Sus dos primeras medidas, que fueron aumentar el poder adquisitivo de los sectores bajos e iniciar la Reforma Agraria, ocasionaron fuerte impacto en la economa nacional. El programa, en s, era una provocacin. Pero, cuidado. Tambin el programa de la Democracia Cristiana era atrevido, casi tanto como el de la Unidad Popular. Y eso no ocurra por casualidad. En Chile campeaba la pobreza y exista un convencimiento generalizado acerca de la necesidad de introducir reformas sociales. Y era tan manifiesto ese convencimiento que desde el propio gobierno de Jorge Alessandri se haban hecho intentos para introducir cambios orientados a reducir los grados de miseria y desigualdad, modificar el sistema de propiedad de la tierra, alterar la percepcin de impuestos, y obligar a las grandes compaas de cobre a devolver las riquezas bsicas. Eduardo Frei, que lo sucedera ms tarde, profundiz esas reformas. Pero la poblacin exiga ms. Chile avanzaba a pasos agigantados hacia una democracia ms participativa, un verdadero modelo de sociedad que haba de nacer en las propias urnas electorales.

LA BIPOLARIDAD COMO ELEMENTO DE DISCORDIA

Internacionalmente exista, sin embargo, una situacin diametralmente opuesta a la de hoy: en 1973 (y desde antes) dos grandes superpoderes se disputaban la hegemona planetaria: uno, encabezado por Estados Unidos; otro, que diriga la Unin Sovitica. No se trataba de sistemas por entero diferentes aunque estuviesen disputndose constantemente la direccin del planeta en ninguno de esas superpotencias radicaba el poder en las clases dominadas; en ambas haba produccin de plusvalor y apropiacin del mismo: en Estados Unidos lo acaparaban las grandes empresas, mientras que en la Unin Sovitica el capital flua hacia el Estado. Pero en ninguno de los dos centros hegemnicos del poder mundial perteneca ste a los trabajadores .

La existencia de esa bipolaridad constitua un obstculo crucial para cualquier tipo de reforma estructural que pretendiese emprender alguno de los pases incorporados dentro del rea de una de esas superpotencias. Porque exista un pacto implcito entre ambas: ninguna podra intervenir en los hechos que tuviesen lugar fuera del mbito de sus respectivas jurisdicciones. Estados Unidos no podra inmiscuirse en los asuntos que ocurran dentro de la rbita sovitica, ni la URS estara dispuesta a hacerlo en los pases ubicados al interior de la rbita del sistema capitalista mundial, o imperialismo norteamericano como se le denominaba. Por eso no pudo Estados Unidos involucrarse directamente en los problemas que se suscitaron al sublevarse las poblaciones de Checoslovaquia, Hungra o Polonia; ni la URSS pudo hacerlo cuando los ejrcitos asumieron los gobiernos de Panam, Chile, Argentina, Bolivia o Per [20] . Esta suerte de colaboracin en el plano internacional que realizaban los dos grandes superpoderes entre s fue tan manifiesto que las misiones enviadas por el gobierno de la UP a la Unin Sovitica y a China, a solicitar ayuda frente al boicot norteamericano de no permitir el ingreso de repuestos para la industria nacional, se vieron en la obligacin de retornar al pas, prcticamente, con las manos vacas; tampoco hay que olvidar el hecho que, luego del golpe militar, continuaron funcionando en Chile las legaciones de Rumania y China para seguir realizando operaciones comerciales con la dictadura [21] .

Por consiguiente, Chile no fue solamente parte de esa confrontacin, sino sujeto obligado en la reestructuracin general de la dominacin capitalista y del equilibrio global de fuerzas en el planeta. Porque slo la afirmacin de la hegemona poltica yanqui en Amrica Latina, Medio Oriente y Europa Occidental puede explicar la sucesin de derrotas del movimiento obrero y popular en Amrica Latina. No olvidemos que los golpes de Estado en Amrica Latina se sucedieron como la cada de piezas en domin: en Bolivia se consum en contra de su gobierno en 1971, en Chile durante 1973, en Uruguay ese mismo ao, en Per en 1975, tambin en Honduras el ao 1975, y en 1976 en Argentina.

Y era tan efectiva esa reestructuracin que, en noviembre de ese mismo ao 1973, el potentado David Rockefeller proceda a crear la llamada Trilateral Commision, organismo que haba de desempear durante algn tiempo el rol de estado mayor conjunto del sistema capitalista mundial.

Esos hechos explican, igualmente, que el antagonismo hacia la Unidad Popular comenzara, incluso, antes de que Salvador Allende asumiera en su calidad de Jefe de Estado. El asesinato del general Ren Schneider y la firma de un Estatuto de Garantas Constitucionales, libelo injurioso y degradante jams antes presentado a gobernante alguno en la historia de la nacin para ser suscrito por ste, no fueron hechos casuales. La desconfianza hacia lo que podra ser el gobierno de la Unidad Popular lleg a un extremo tal que dos grandes amigos, como lo haban sido hasta ese momento Salvador Allende y Eduardo Frei, no slo rompieron sus relaciones de afecto sino mantuvieron ese rencor ms all de la muerte.

A pesar de todo, no dej de ser un hecho cierto que numerosas de las medidas impulsadas por la Unidad Popular fuesen compartidas no slo por gran parte de la poblacin sino, incluso, por la generalidad del estamento parlamentario. No se explica de otra manera que, por la unanimidad del Congreso Nacional, se haya aprobado la nacionalizacin del cobre, medida que vena imponindose desde la administracin de Frei cuando se dict la ley sobre chilenizacin del mismo. Y que la medida de la participacin de los trabajadores en la administracin de las empresas haya sido recibida con jbilo por todas las organizaciones sindicales, sin distincin de banderas polticas.

Tradicionalmente, los programas empeados por los candidatos pocas veces se cumplen; cuando s ocurre, dicho cumplimiento es parcial, maoso, torcido. La Unidad Popular fue, a diferencia de otras alianzas, paso a paso, cumpliendo con su programa. Y all comenzaron los problemas, porque lo que se crea imposible empez a materializarse. Y a la luz de los resultados se iniciaron drsticos cambios en la composicin poltica de la nacin. Estos cambios afectaron, fundamentalmente, a los sectores medios, cuyo principal representante era el partido mayoritario que exista en Chile en ese entonces: la Democracia Cristiana. Cmo sucedi aquello?

POSICIONES AL INTERIOR DE LA UP

El cumplimiento exhaustivo del Programa de Gobierno de la Unidad Popular se fue llevando a cabo con el instrumental jurdico/poltico que otorgaba el propio sistema de gobierno. Y eso era lo increble: que un gobierno marxista fuese capaz de llevar transformaciones sociales de envergadura con las propias armas que brindaba la institucionalidad vigente. As, la estructura de la nacin no slo haba permitido la emergencia de una alianza poltica denominada Unidad Popular, una alianza que dejaba de ser tal para convertirse en bloque, sino que tomaba posesin del gobierno de la nacin para dar inicio a las reformas que haba prometido introducir al sistema en sus promesas electorales.

Un bloque social puede experimentar trizaduras en su interior; no tendra por qu ser diferente con la Unidad Popular. Ya en 1971 comenzaron a plantearse algunas dudas dentro de la Unidad Popular. Nacidas a la luz de la profunda oposicin que algunas de las medidas empeadas encontraban en la prensa y en algunos sectores sociales detentadores del capital, tales dudas ponan en entredicho la posibilidad de si aquel conglomerado gobernante podra o no continuar adelante con sus reformas. Un sector del mismo, preocupado por la campaa llevada a cabo por los segmentos ms reaccionarios de la sociedad, sostuvo que era necesario ampliar la base social con otros actores para evitar el robustecimiento de la oposicin y, si era necesario, revisar, incluso, el cumplimiento del Programa. As, comenzaron a enfrentarse dos posiciones al interior del bloque gobernante: una que exiga el cumplimiento exhaustivo de dicho Programa y otra que manifestaba tener serias dudas acerca de continuar con el mismo por las consecuencias que ello poda acarrear. Quienes sustentaban la primera tesis buscaban avanzar sin transar puesto que el Programa representaba un compromiso con las clases dominadas y no era susceptible de negociaciones con sector poltico alguno; los otros, deseaban hacer un alto en el camino, detenerse, analizar los logros alcanzados y preparar el terreno para las tareas futuras. Al ao siguiente, dichas posiciones no solamente se haban decantado: estaban radicalizadas Unos queran consolidar lo avanzado, en tanto sus contrarios sostenan que slo avanzando se consolida.

Afirmemos aqu, no obstante, algo previo: un proceso social es un fenmeno que se manifiesta tanto en el espacio como en el tiempo; se inicia en un lugar y en un presente para realizarse no siempre en el mismo lugar pero s en un futuro. Acontece, si se nos permite emplear esta expresin, en un segmento de la flecha del tiempo, y desaparece cuando ya se ha consumado. En su transcurso, transcurren tambin quienes lo experimentan que no son sino los integrantes de una sociedad. Porque las sociedades viajan en el tiempo con todos sus miembros, con todo su bagaje y con todos aquellos que la componen.

En todo proceso, sin embargo, se manifiestan quienes buscan impulsarlo hacia los fines propuestos y los que quieren su abrogacin: unos son sus impulsores; los otros, sus detractores. Son dos bandos que jams se caracterizan por su homogeneidad. Hay, en cada uno de ellos, sectores que quieren realizar sus finalidades de determinada forma y quienes buscan realizarlas de manera diferente. Y puesto que todos esos actores van inmersos en el tiempo, si uno de ellos quiere detener su marcha para analizar lo que debe serle ms conveniente, puede descubrir que no solamente ha permanecido inmvil en el devenir sino, prcticamente, ha experimentado un retroceso; porque quien detiene su marcha en un proceso dinmico, en el fondo se rezaga, retrocede, pues los dems continan avanzando hacia el futuro, como asimismo los que hasta hace poco marchaban junto a l. Por regla general. Cuando as sucede, las fuerzas sociales en pugna alteran su disposicin. Y es un hecho cierto que dicho fenmeno pudo observarse a lo largo de todo lo que haba sido, hasta ese momento, el gobierno de la Unidad Popular.

En efecto, porque cuando esa administracin impulsaba las reformas contenidas en el Programa de la UP ocurra algo extrao: los sectores medios, representados en gran medida por la Democracia Cristiana, vacilaban. No parecan estar todos en contra de las medidas que impulsaba el gobierno. E, incluso, las bases demcrata cristianas, compuesta en gran medida por empleados y obreros, reconocan como propias dichas reivindicaciones; y apoyaban al gobierno de la UP. Entonces, en el plano jurdico/poltico, la Democracia Cristiana, su dirigencia, comenzaba tambin a vacilar. Era el momento propicio para que tomasen la iniciativa los representantes polticos naturales de los compradores de fuerza o capacidad de trabajo, reunidos en torno al Partido Nacional. La situacin, as, se polarizaba y la poblacin poda ver a la derecha, la verdadera derecha, conduciendo la insubordinacin en contra el gobierno popular. Pero la vea aislada, sola, sin la base demcrata cristiana que observaba los avances de la Unidad Popular. Por el contrario, cuando la UP vacilaba, se detena para analizar lo que haba hecho y pona en duda su propio itinerario, la dirigencia demcrata cristiana tomaba la iniciativa, reuna nuevamente a sus huestes, se reagrupaba y tomaba la conduccin de la oposicin dando a sta el carcter de una insubordinacin de la poblacin en contra de la UP [22] .

Por eso, las disputas al interior de la UP se intensificaron; quienes crean conveniente, por las razones antes dichas, que era necesario avanzar sin transar porque slo avanzando se consolida, empezaron a quedar aislados. Y era que la direccin oficial de la UP, sin embargo, estuvo por negociar. Necesitaba hacer un alto en el camino a fin de consolidar lo avanzado. Fue el momento esperado por la Democracia Cristiana para tomar, de inmediato, la direccin del proceso de negociacin. En tanto, los partidarios de resolver la crisis manu militari se vieron con las manos libres para hacerlo, mientras dejaban la solucin de los problemas polticos en manos de quienes crean tener resuelta la crisis en ese plano. Craso error de estos ltimos. El golpe militar se haba convertido ya en un hecho.

PUDO HABER RESUELTO LA UP DICHA SITUACIN?

En los debates realizados a propsito de los cuarenta aos del derrocamiento del Gobierno Popular, algunos de los personajes que intervinieron en ellos manifestaron que la UP jams respet las instituciones democrticas que existan. Eso no es efectivo; por el contrario, constituye una acusacin por entero gratuita y sin fundamento. La Unidad Popular siempre respet dichas instituciones porque esa era, precisamente, la va elegida para realizar las transformaciones sociales: la UP iba a hacer las reformas dentro del sistema jurdico vigente.

Si lo que se quiere afirmar con ello es la grave crisis econmica que comenz a producirse desde el momento en que se empezaron a realizar las transformaciones y, en primer lugar, elevar el poder adquisitivo de las grandes mayoras sociales, hay algo de razn en esa acusacin. Pero eso tiene que ver con el alma de la economa, con su perversin como sistema depredador.

En una nacin organizada dentro del sistema capitalista, un buen gobierno es aquel que da ms beneficios a quienes ms tienen y menos a quienes menos tienen. Ese reparto de riqueza se justifica porque los que ms poseen, cuando reciben mayores volmenes de riqueza, puesto que tienen satisfechas casi todas sus necesidades, tienden a guardar el ingreso adicional que reciben. Desde el punto de vista de las cuentas nacionales, fomentan el ahorro nacional. No ocurre as con los sectores dominados. Si ellos reciben una cuota adicional de riqueza, puesto que no tienen satisfecha gran parte de sus necesidades, tienden, por fuerza, a gastarla y no vacilan en adquirir, incluso, aquellos bienes reservados para las clases acomodadas. Total, el dinero sobra. Y puesto que los bienes ofrecidos en el mercado se encuentran en cantidades limitadas, se agotan. El Estado debe invertir ms recursos en importarlos, los precios aumentan pues los bienes escasean y aunque se advierte cierta bonanza, la crisis se desarrolla con rapidez. Dar mayor riqueza a las clases postergadas alienta, en resumidas cuentas, la escasez. Y, en consecuencia, provoca presiones inflacionarias. Para enfrentar esos problemas, haba dispuesto el Gobierno Popular librar lo que denominaba la batalla de la produccin.

Producir, no obstante, produce otros efectos: desgasta las maquinarias; la necesidad de repuestos se hace manifiesta. La hora para que el sistema capitalista mundial intervenga se hace presente. Su respuesta es virulenta. Es necesario suspender el flujo de ayuda al elemento extico que aparece enclavado en el Cono Sur de Amrica Latina. No hay repuestos para esa excrecencia, no hay exportacin de maquinaria ni materia prima, hay que robustecer el boicot y proceder a la suspensin de los crditos internacionales. Poda sorprender a los analistas de marras, entonces, que el fenmeno del desabastecimiento se hiciera presente?

La falta de determinados bienes en el mercado produce efectos en cadena. Si escasea una mercanca, la poblacin reacciona como todo sistema que lucha por sobrevivir: comienza a adquirir ms de lo que necesita para enfrentar las eventuales necesidades que pueda experimentar en el futuro, pues el dinero es abundante. Simultneamente, los comerciantes se sienten tentados a obtener mayores ganancias. Los bienes desaparecen del mercado blanco y reaparecen a precios distintos en el negro. As, pues, el respeto a las instituciones se pierde no por culpa de un gobierno que se cie al ordenamiento vigente, sino por la dinmica de un proceso generado dentro de un sistema injusto de por s, por la dinmica de un proceso que lucha por sobrevivir. Un sistema que se defiende para no desaparecer. Y como dicho sistema es el basamento sobre el cual se apoya la existencia misma de la clase de los compradores de fuerza o capacidad de trabajo, la lucha de clases se agudiza. Los que siempre han controlado a la nacin desean seguir hacindolo; los que pretendan reformarlo encuentran, entonces, en ese momento, que la nica solucin a sus pretensiones es la abolicin del sistema.

Llegamos, de esta manera, al nudo gordiano del problema: tena la UP la capacidad necesaria para resolverlo? La respuesta es s. Y esta afirmacin no es poltica-ficcin. La UP pudo resolver el problema del desabastecimiento y de la inflacin en la forma que hubiere agradado a las clases dominantes. La solucin era simple: solamente deba olvidar el Programa empeado con los sectores populares, claudicar y terminar el gobierno administrando al pas como lo haban hecho hasta ese momento todos los gobiernos, sin intentar llevar a cabo ms reformas que las realizadas; e, incluso, desactivando algunas de estas ltimas. Pero eso hubiere implicado no slo una traicin a sus propios principios sino a la esperanza que haban puesto en ella las grandes mayoras nacionales. Y, sin embargo, era eso lo nico que le quedaba por hacer. Y es lo que hasta el da de hoy se le critica en forma casi majadera.

Supongamos algo. Hagamos, a nuestra vez, poltica-ficcin. Supongamos, con la lgica de ese entonces, que la Unidad Popular decidi abrogar de su Programa; pensemos que as lo determin su presidente. Cul pudo, entonces, haber sido la reaccin de los sectores populares? Hubieren permitido la devolucin de las empresas a sus antiguos dueos, hubieren aceptado terminar con la participacin en la direccin de las empresas, hubieren tolerado la suspensin de la Reforma Agraria? Recordemos una circunstancia: el presidente Allende era un hombre como todos. Tena momentos de angustias y vacilaciones. No en pocas oportunidades manifest su voluntad de detener la marcha de su gobierno para analizar lo avanzado; Y, por esa circunstancia, no faltaban aquellos que le sindicaban como un reformista. No es aventurado suponer, as, que los sectores populares hubieren alzado su voz dando inicio a masivas movilizaciones, en esa oportunidad, contra el propio gobierno elegido por ellos. Y ste se hubiere visto obligado a hacer lo que todo buen gobierno hace en esas circunstancias: reprimir la protesta social. E, incluso, disparar contra una poblacin inerme cuyo nico delito hubiere sido estar vida de protagonismo social.

Personalmente, tengo el absoluto convencimiento que tal fue disyuntiva de Allende al momento de optar por su inmolacin. Jams disparara ni dara rdenes de hacerlo en contra de una poblacin desarmada. Allende no tena alternativa alguna. Y su gran error fue vacilar.

PERDN, RECONCILIACIN, DETERMINACIN DE RESPONSABILIDADES?

No significa lo anterior que la discusin, a propsito de ciertos conceptos, como lo son el perdn, la reconciliacin y la determinacin de ciertas responsabilidades, deban dejarse de lado. Significa, nicamente, que el debate acerca de cada una de esas materias ha de tratarse dentro del plano al que verdaderamente pertenece; significa, en suma que no deben atropellarse los principios de la metodologa que hace de cada segmento disciplinario una unidad dentro de la cual s puedan discutirse los temas propios o atingentes a ella. Permtasenos, en esta parte del anlisis, recurrir a una metfora del todo apropiada: no pueden calcularse las distancias con la medida del litro ni estimarse el peso de un objeto con el sistema mtrico; cada una de las formas de medir est construida para ser usada de determinada manera y no solamente a voluntad del analista. E, incluso, ir un poco ms all de los lmites de las disciplinas. Porque si bien el perdn debera corresponder a un segmento de lo que bien podra denominarse ideologa (o, si se quiere, cultura para acercarnos ms a Antonio Gramsci) dentro de un sistema determinado, no puede invadir el campo jurdico/poltico o el econmico y erigirse como un elemento suyo esencial; tampoco puede hacerse aquello con el tema de la reconciliacin, fenmeno ms bien ligado a la Psicologa y no a la teora del juego que gobierna numerosos aspectos de las relaciones humanas [23] . Mucho menos el aspecto de las responsabilidades, materia que dice relacin directa con el derecho penal y no con la teora social o la de la organizacin. Y eso es lo que hemos advertido que ha estado ausente en el debate acerca del golpe de Estado de 1973 y sus consecuencias posteriores. Digmoslo con palabras ms llanas: no puede mezclarse peras con manzanas.

Pero, como muy bien sealbamos, si bien esos conceptos, en las disciplinas tradicionales, se relacionan con la psicologa, el derecho o la moral, no pueden dejarse de lado los avances que han realizado otras disciplinas en esta materia, especialmente aquellas vinculadas a la Biologa. El problema del asesinato de personas o de la tortura ya no puede mirarse como un asunto exclusivamente gobernado por la moral vigente, sino ha de irse a los orgenes de la moral y vincularse tales fenmenos con los avances realizados en torno a las clulas especulares, tambin llamadas neuronas espejo, fundamento de la empata. O con el principio de la diferenciacin que hace de cada producto de la naturaleza un fenmeno nico, exclusivo, irrepetible, irreemplazable, tesis que nos lleva a concluir, ineluctablemente, en la necesidad que tiene todo individuo de vivir y de entregar su potencialidad al conjunto al que pertenece, nica manera de entender las bases a las que nos hemos estado refiriendo a lo largo de este anlisis. Nadie, pues, tiene derecho a matar; nadie tiene derecho a torturar, a apoderarse de los bienes de los dems, a tomar para s el producto de quienes lo elaboran. Son principios que han nacido de lo ms profundo de las disciplinas modernas y que se proyectan hacia el futuro como luces que iluminan el camino que ha de recorrer la humanidad. No se trata, por consiguiente, de discutir una simple cuestin acadmica, sino el contenido y fundamento de una nueva moral, edificada sobre bases slidas, sobre bases en las cuales ya concuerdan no slo cientficos sino movimientos sociales que se alimentan de razones, no de pasiones.

CONCLUSIN

A lo largo de todo este anlisis podemos darnos cuenta que los verdaderos problemas tratados por la generalidad de quienes se pronunciaron acerca de estos cuarenta aos del derrocamiento del Rgimen de la Unidad Popular jams han podido ser abordados. Porque el nudo central no radica en pedir perdn, asignar responsabilidades o buscar culpables. Como ya lo hemos indicado, son planos inadecuados para realizar el debate de algo tan trascendental como lo fue el golpe militar en contra de la Unidad Popular. Nos encontramos ante un sistema que ha actuado como debi haberlo hecho. Con la ferocidad propia de quien teme extinguirse o fenecer. As se ha defendido el sistema capitalista en Chile. La lucha de clases se ha inclinado a favor de la dominacin. Como lo ha hecho siempre y en todas las latitudes. Con una diferencia: exista voluntad poltica de intentar reformas sustanciales en Chile, pero era deseo de quienes las impulsaban realizarlas dentro de la ley, dentro de la institucionalidad vigente. Idealismo? Ingenuidad? Lo cierto es que fue esa institucionalidad la que permiti acuar la esperanza de poder llevarlas a cabo, pues haba mostrado una flexibilidad asombrosa a lo largo de los aos en que haba permanecido vigente. No debe sorprender que, desde el punto de vista de las clases y fracciones de clase dominante, se concluyese, pues, que se trataba de una institucionalidad nociva al desarrollo del sistema capitalista nacional, una institucionalidad peligrosa que era necesario destruir.

Y fue tan evidente aquello que, al iniciarse el perodo de la dictadura militar, los nuevos dominadores iniciaron, de inmediato, una drstica reformulacin del sistema institucional vigente, modificando todo lo que exista hasta ese momento. No fueron los miembros de la Unidad Popular quienes no respetaron la institucionalidad vigente, sino los promotores del golpe militar los que lo hicieron. Fueron ellos quienes desoyeron el art. 21 de la Constitucin de 1925, el ms breve de todos aquellos, segn el cual Las Fuerzas Armadas son esencialmente obedientes. Ningn cuerpo armado puede deliberar.

Y las Fuerzas Armadas deliberaron. Dieron un golpe militar. Disolvieron el Congreso. Reemplazaron con normas propias todas aquellas leyes que les eran hostiles, eliminaron a los funcionarios del Poder Judicial que les merecan dudas, hicieron lo mismo en los organismos pblicos, persiguieron a los opositores, clausuraron la prensa opositora, disolvieron sindicatos y partidos, eliminaron y torturaron opositores, crearon organizaciones delictuales al amparo de las armas a la manera cmo proceden las mafias y los narcotraficantes, se apropiaron de los bienes de los vencidos y de las empresas estatales, y dictaron normas de irresponsabilidad para proteger a quienes estaran a cargo de esos organismos para esquilmarlos, se repartieron el botn del Estado y de las joyas de aquellos que, creyendo en ellos, aportaron sus bienes a la reconstruccin nacional. Era el momento de apropiarse de los que les perteneca por la fuerza de las armas. Y construir una nueva institucionalidad que impidiese la repeticin de aquello que la anterior haba tolerado. No podan aceptar que la propia institucionalidad vigente hubiere permitido la existencia de un Gobierno como el de la Unidad Popular. Por lo mismo deban derrotar estratgicamente al movimiento obrero. Ese era el verdadero contenido del Nunca ms. Slo en varias decenas de aos ms volvera a levantar cabeza la organizacin social chilena y lo hara de la mano de los estudiantes.

Terminemos, aqu, nuestro anlisis, reiterando que la UP s pudo evitar la confrontacin. Pero, digmoslo con franqueza: para ello deba

a) Claudicar en cuanto a aplicar su Programa de Gobierno;

b) Dedicar todo su empeo en administrar el Estado capitalista, introduciendo las reformas que fuesen aceptables para las clases dominantes; y,

c) Aplastar cualquier intento de la poblacin por llevar adelante las reivindicaciones obreras.

No significa todo ello, sin embargo, que si los avances sociales no pudieron alcanzarse en esos aos, no pueda ello realizarse en otra poca o lugar; no significa, tampoco, que cualquier intento tendiente a alterar las estructuras del sistema estara condenado al fracaso, ni que los cambios sociales estn gobernados por una suerte de fatalismo que impide realizar los fines de las clases postergadas. No. Uno de los grandes aportes que nos ensea la llamada teora del caos es que, precisamente, si bien existen leyes que gobiernan los fenmenos, hay, tambin, grados de oportunidad y tolerancia en los que los seres vivos (y el ser humano, entre ellos) pueden influir y evitar que determinados efectos nocivos se produzcan. Conocer esos grados es tarea de los tericos e investigadores. No son pocos quienes se han aventurado en esos campos [24] . Tales estudios no son trabajos intiles. Por el contrario: podran no slo ayudar a entender el futuro, sino a construirlo sobre bases nuevas, sobre experiencias an no realizadas. Y dar nuevas esperanzas, de esa manera, a las luchas sociales que se avecinan.


[1] Vase, al respecto, las expresiones de Hctor Soto y de Ascanio Cavallo en el diario La Tercera, de 11 de septiembre de 2013 sobre el particular.

[2] La visin retrospectiva de la historia consiste en analizar los acontecimientos del pasado con los criterios del presente, Consiste, en el fondo, suponer que nuestros antecesores pensaban y reaccionaban como nosotros lo hacemos en la actualidad. Contra esta forma de pensar se pronunciaron numerosos autores en el siglo recin pasado, entre otros, Umberto Cerroni, Louis Althusser, tienne Balivar, Charles Betthelheim, en fin.

[3] Nada hay ms divertido al respecto que la presentacin que Juan Jos Lavn hace cada domingo, a las 10 de la maana, de cada uno de los panelistas del programa Estado Nacional. Junto con designarlos por su nombre y darles la bienvenida, jams olvida identificarlos con su ttulo de doctor que s lo son. Sin embargo, a no pocos televidentes les da la impresin de estar frente a una operacin quirrgica en donde la suerte de un desdichado Chile, que yace en un imaginario quirfano, va a ser analizada y resuelta por todos esos doctores que all presentes.

[4] A pesar de ello, los sucesivos gobiernos de la Concertacin confirmaron el hecho que la Universidad sera el nico lugar posible donde se realizara el debate. Fue bajo la administracin de Ricardo Lagos donde esa arrogancia alcanz su paroxismo con las proposiciones de Jos Joaqun Brunner. Se terminaron as las expectativas de los sectores populares que crean posible debatir entre ellos los grandes problemas nacionales: la Universidad recab para s la propiedad de esos temas. Se puso fin, igualmente y de ese modo, al derecho que ejerca el sujeto de la calle para emitir opiniones que fuesen respetadas dentro de la comunidad nacional; de ah en adelante slo podra hacerlo el especialista. Se coloc, tambin de esa manera, una lpida a toda posibilidad de volver a designar un jefe de servicio o ministro que fuese obrero o empleado (pblico o particular) en un eventual gobierno de izquierda. La visin del estadista, la visin de globalidad que pudo tener el sujeto comn, pas a ser una cualidad anticuada que era necesario reemplazar por otra nueva: la especialidad de quien provena de alguna universidad; porque era necesario dar trabajo al producto que comenzaban a elaborar esos centros de estudio creados al servicio del mercado.

[5] Esta profesin no existe. Ha sido creada artificialmente por los medios de comunicacin chilenos fuertemente influidos por la hemorragia acadmica que afecta a nuestra sociedad.

[6] Vase, al respecto, las opiniones del historiador Juan Eduardo Vargas, contenidas en el artculo de Swinburn, Daniel Publican Nueva Historia Republicana de Chile [], El Mercurio, 8 de septiembre de 2013, pgs. E-6 y E-7, del cual extraemos dos prrafos que resumen esta tendencia a escribir bajo el influjo de severas emociones:

Los buenos sern en algn momento los integrantes del bajo pueblo, los aborgenes, los grupos medios; los malos, los comerciantes, los terratenientes, los pelucones. En otro momento, y segn la coyuntura, tendremos cambios, pero siempre la historia ser la lucha de los buenos, la gran mayora, contra los malos, siempre unos pocos [6] .

La historia la hacen los hombres. No la hacen los sistemas, no la hacen las instituciones. Las estructuras, los sistemas y las instituciones estn formadas por personas. Y el deber del historiador es centrar su investigacin en ellas [6] .

[7] Necesitamos repetir, aqu, las expresiones que formulara en Estocolmo el entonces presidente del Partido Socialista Gonzalo Martner y, en Chile, a los medios de comunicacin el ex MAPU Eugenio Tironi, quejndose, ambos, y acusando de haber sido Allende quien les arruin su juventud?

[8] Esta idea se afirma, adems, en un hecho por entero discutible cual es que los partidos que dicen representar determinados intereses de clase estaran en condiciones de controlar absolutamente la accin de su militancia y de un amplio sector social que simpatiza o cree ver defendidos sus intereses por esas colectividades, lo que no es as. No se explicara, de otra manera, el quiebre de las organizaciones polticas, sus divisiones y tendencias, sus contradicciones internas; mucho menos que, una vez en el gobierno de una nacin, actan precisamente en contra de los intereses que dicen representar. Las organizaciones polticas no siempre representan los intereses polticos que plantean en sus declaraciones; a menudo la brecha que se presenta entre el discurso y la accin poltica en cada una de esas colectividades resulta desoladoramente manifiesta.

[9] Los senadores son buena persona, pero el Senado es una bestia mala, frase con la que los romanos aludan a ese comportamiento tan diferente que manifiesta el ser humano cuando acta individualmente respecto a cmo lo hace cuando forma parte de un colectivo social.

[10] Segn la Octava Encuesta Bicentenario UC-GFK Adimark, cuyos resultados se dieron a conocer una semana antes del 11 de septiembre, un 49% de los encuestados pareca estar de acuerdo que Chile debera dar vuelta la pgina y no seguir enfrentndose por hechos ocurrido hace ms de cuatro dcadas. Vase de Marcelo Pinto y Renata Fernndez El 49% cree que Chile debera [], El Mercurio, 8 de septiembre 2013, pg. D-9.

[11] Para emprender esa tarea hemos recurrido al auxilio de ciertos autores como lo son, entre otros, Ludwig Von Bertalanffy (Teora general de los sistemas), March y Simon (Teora de las organizaciones), Katz y Kahn (Psicologa social de las organizaciones) y el discpulo de Nikos Poulantzas, Bob Jessop (States theory), adems de los propios trabajos del malogrado terico greco-francs (Las clases sociales en el capitalismo actual, Poder poltico y clases sociales en el estado capitalista, Fascismo y dictadura, entre otros).

[12] Vanse las obras de Andr Gunther Franck al respecto, especialmente su obra Re-Orient. Y las de George Modelski, Immanuel Wallerstein, entre otros autores.

[13] Glauser, Kalki: Vamos parando el chamullo para cantar mano a mano, edicin mecanografiada de 1977.

[14] Empleamos aqu la expresin nacin o pas a fin de facilitar la comprensin del texto. En estricta teora, las unidades se denominan formaciones sociales.

[15] En el campo de la biologa existen sistemas que estn programados para suicidarse, como ocurre con las clulas que participan en el proceso denominado apoptosis.

[16] Con posterioridad al golpe de Estado de 1973, uno de los ms clebres juristas que defendi el derecho de las clases dominantes a ejercer el golpe de Estado al que llam derecho a la rebelin fue Alejandro Silva Bascun.

[17] Ballesteros Crcamo, Rubn: Ante la historia de la patria herida y violentada, El Mercurio, 14 de septiembre de 2013, pg. A-2.

[18] Toha, Carolina: 11 de septiembre, El Mercurio, 17 de septiembre de 2013, pg. A-2.

[19] Vase el art. de Roberto Ampuero publicado en la pg. 2 de El Mercurio de 8 de septiembre de 2013 Ara, no pedestal.

[20] Vase el documento de Kalki Galuser citado en la nota 12.

[21] Ambas naciones sostuvieron que lo hacan para imponerse de lo que suceda en la nacin y proteger mejor a los perseguidos.

[22] Vase, al respecto, el documento de Kalki Glauser Unidad en lo tctico, lucha en lo estratgico, mimeografiado, julio de 1972.

[23] Vase, al respecto, el excelente artculo de Javier Agero Sobre perdones, memorias y reconciliacin bizarra, El Mostrador, 18 de septiembre de 2013,

[24] No parece necesario insistir, aqu, en la importancia de los trabajos de Von Neumann, Francesco Alberoni, Carlos Matus, Martin Shubick, Mathiesen, Von Wright y otros.



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter