Portada :: Opinin
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 01-10-2013

Por qu hay que estar orgulloso de ser espaol?

Jose Manuel Lechado Garcia
Rebelin


Ser espaol, un orgullo; ser madrileo, un ttulo. As reza una pegatina que todos hemos podido leer alguna vez en la trasera de ciertos vehculos (sobre todo taxis, ignoro el porqu de esta peculiaridad). Imagino que hay pegatinas similares con nombres distintos en casi todas las ciudades y en casi todos los pases del mundo. Los nombres variarn, pero la motivacin es idntica en todos los casos: el nacionalismo, esa enfermedad que es a la vez una demostracin tajante de que en los enfrentamientos humanos no pesan tanto las ideas (porque el nacionalismo es siempre la misma idea) como las emociones primarias: lo que importa, lo que puede provocar una bronca de hooligans o una guerra mundial, es el detalle. Madrid o Barcelona, Espaa o Burundi.

El madrileo o el londinense de pro estarn convencidos de que ser espaol o ingls, respectivamente, es motivo de orgullo, e incluso de que el hecho de haber nacido en tal o cual ciudad (suceso casual que no requiere esfuerzo ni decisin ni responsabilidad) representa nada menos que un ttulo.

Hay alguna razn que justifique tal orgullo? Ya imaginars que la respuesta a esta pregunta es no. Pero, a diferencia del nacionalista, que en realidad no necesita justificar nada porque las emociones no tienen justificacin, yo s dir por qu no ha lugar a ese orgullo que a lo largo de la historia, sobre todo en los ltimos doscientos aos, no ha trado a nuestra especie ms que estupidez, dolor, sangre, destruccin y enormes decepciones deportivas.

El primer motivo del orgullo nacionalista es el nacimiento: uno nace en un lugar determinado y esto, al parecer, impregna al individuo con una deuda impagable, eterna, de gratitud y respeto hacia esa tierra donde empezaron sus das. Este argumento es insostenible por su propia naturaleza casual. Sin embargo, es el factor esencial del nacionalismo, porque en l reside casi toda su potencia emotiva. Lo vemos en el emigrante que se gana la vida en una tierra de adopcin, digamos... el frutero de tu barrio, que viene de otra provincia o de otro pas. Entre kilo de naranjas y kilo de manzanas no te ahorra declaraciones de amor a su patria chica, sa de la que tuvo que marcharse huyendo del hambre, de la miseria, de la opresin o de todo a la vez.

Por si la casualidad de nacer no fuera suficiente, el nacionalismo suele recurrir a otros motivos. El principal, la Historia con maysculas, que trasciende el hecho biogrfico del individuo y hace un llamamiento, tambin ms emotivo que racional, a la conciencia colectiva del grupo, con todos sus mitos y su pica. Mitos y pica, por cierto, que suelen ser poco o nada conocidos por los ms entusiastas a la hora de agitar las banderas.

La historia de las naciones, cuando no es casi inexistente (el caso de la mayor parte de los pases actuales, surgidos del imperialismo europeo, cuya trayectoria se limita a la invasin inicial y la parcial descolonizacin posterior), suele consistir en un reguero de crmenes que difcilmente pueden enorgullecer a quien reflexione con atencin sobre el asunto. Esto es vlido para cualquier pas, y ms en el caso de Espaa. Si observamos su historia con detalle, se llega a la conclusin de que la nica aportacin notable de Espaa a la historia del mundo es la destruccin de las civilizaciones y pueblos de Amrica, hecho poco digno de alabanza. El resto de la asignatura son derrotas militares, guerras civiles y gobiernos incompetentes que, como todo legado, dejan un pas fallido al cabo de cinco siglos de una historia accidentada y ms bien poco gloriosa.

(Nota: cinco siglos, s, nada ms. Aunque al historiador espaol de turno le gusta prolongar la historia de Espaa hasta el Big-Bang, no hay Espaa antes de los Reyes Catlicos. Y esta es otra falacia clsica del argumentario nacionalista: falsear, inventar, alargar e idealizar la historia.)

Si el nacionalista decide informarse y comprende que la historia de su pas es vergonzosa (y todas lo son), le queda otro recurso: los grandes hombres. El solar patrio habr producido inexorablemente algunas lumbreras de las artes y de las ciencias, y esto, qu duda cabe, es causa objetiva de orgullo. O no es as? Pues no. Sin entrar en detalles sobre la calidad humana de esos personajes o incluso sobre el autntico valor de sus logros, lo que sea que hayan conseguido es motivo de orgullo, s, pero tan slo para ellos mismos, que son los artfices. Gloria personal. Los dems, no orgullosos, pero s agradecidos por la belleza o utilidad de sus ocurrencias, no deberamos ni plantearnos bajo qu bandera se alumbraron. Menos an siendo espaoles, nativos de un pas nulo en ciencias, pobre en filosofa, mediocre en el teatro, ocasional en la literatura y bastante parco en las artes, con la ligera excepcin de la pintura al leo.

(Otra nota: pues s, esta es otra conclusin a la que se llega con facilidad cuando se escarba en la pauprrima historia de la creatividad espaola. Pero no desesperemos, no es mucho mejor en los dems pases.)

Podramos hablar ahora, qu menos, del folclore, pero en la sociedad globalizada, es decir, aculturada, de la que Espaa es vanguardia, las tradiciones (dudosas la mayor parte de ellas), apenas tienen vigencia fuera del cartel turstico. En el caso de Espaa, el sbdito promedio viste como un americano, come como un americano y le gustara hablar como un americano. En realidad le gustara ser americano, es decir, estadounidense, de Alabama o Wisconsin, lo cual, por cierto, parece chocar bastante con la exaltacin nacional-futbolera tpica de los ltimos tiempos. Pero no choca, porque el nacionalismo carece de la virtud de la coherencia.

Qu queda, en fin, que justifique la pasin nacionalista? Pues apenas nada, o quiz mucho: la vscera, la furia territorial del lagarto que vive bajo el crtex cerebral. Slo as, por el gen, por el complejo desequilibrio orgnico que mezcla bajo nuestros crneos al reptil predador, al mamfero acomplejado y al humano racional, se puede explicar la locura que con frecuencia invade los nimos cuando alguien sacude una bandera. Pero para esto est, precisamente, el raciocinio, que lucha en inferioridad de condiciones con los instintos.

El nacionalismo, como la religin, remite a los ms primarios de esos instintos y apela al miedo esencial. Estos son factores muy poderosos. Como la religin, el nacionalismo ofrece tambin consuelo. Para millones de personas troqueladas por la educacin estandarizada, convertidas en piezas de una mquina infernal llamada sociedad, privados de expectativas, de estmulos y de creatividad, el nacionalismo proporciona la falsa tranquilidad de la fe, la creencia de que uno forma parte de algo superior, trascendente. Pero en esto el nacionalismo, como la religin, miente, y por eso ambas manas son tan dainas y destructivas.

Las banderas no deberan tener ms uso que servir de mortaja a sus idlatras. Y si an sobraran, no se me ocurre para las enseas un uso mejor que el de felpudos.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter