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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 18-10-2013

Memoria de la evaluacin de la FEJUVE de la Ciudad de El Alto de los acontecimientos de Septiembre-Octubre del 2003
La Guerra del Gas

Ral Prada Alcoreza
Rebelin


Dedicado a la Ciudad de El Alto, la ciudad que contiene a la nacin, que contiene a las naciones y los pueblos. A la FEJUVE de entonces, del trgico 2003. A nuestros muertos, que entregaron su vida por emanciparnos de la dominacin imperial y del despojamiento neoliberal. A los heridos, en quienes se inscribi la violencia estatal, a los combatientes y movilizados en las asonadas de este ao crucial, cspide, de la movilizacin prolongada, que dur seis aos (2000-2005). Estas muertes, estas heridas, estas esperanzas despertadas, estas pasiones, este gasto heroico, no pueden haber sido en vano, no debe ser en vano. Ellos y ellas, los y las muertas, los y las heridas, los y las combatientes, nos convocan a continuar la lucha.

 

Quizs el nico momento que se sabe lo que pasa es cuando suceden los acontecimientos y se sabe desde el interior mismo de los acaecimientos. Son los actores los que intuyen la totalidad que entra en juego, intuyen volitivamente la complejidad del contexto histrico que acompaa a lo que est ocurriendo, que acompaa a la manifestacin de los hechos. Despus de los acontecimientos es difcil recuperar la memoria de esta experiencia. Se impone la memoria de otro presente, posterior, menos rico en intensidades. Este otro momento no cuenta con el rico horizonte de experiencias abiertas de cuando se viva los sucesos, el ritmo vertiginoso de los acontecimientos. Esta es la razn por la que se tiene cierta dificultad al buscar recrear lo sucedido. Se tiende a describir lo sucedido en la lgica de la cronologa temporal, pretendiendo que la sucesin de los eventos puede explicar los desenlaces. Estos son los problemas heredados en una concepcin lineal del tiempo, pero tambin de una concepcin temporal de los acontecimientos.

Para quien hace la reconstruccin de los hechos, ya sea a travs de una descripcin o de una historizacin, por ms que recurra a testimonios abundantes o archivos exhaustivos, la dificultad aparece no slo como distancia temporal, por estar situado en otro tiempo, en otra coyuntura, en otro horizonte histrico, distinto al momento crucial de los desenlaces, sino por estar situado en otro mbitos de experiencias. Esta diferencia no la salva la aplicacin de los recursos cientficos, no la salva la disciplina, el mtodo ni el esmero del investigador. Esta diferencia es irreducible. Hay que partir de esta constatacin si se quiere comprender el alcance de los acontecimientos.

No se puede ver de la misma manera que los protagonistas de los sucesos, del mismo modo que no se puede vivir de la misma forma que los sujetos involucrados en las acciones. Por eso el anlisis puede no reproducir fehacientemente lo que ha ocurrido. En todo caso se trata una interpretacin hipottica. Se est lejos de la vivencia inmediata. Sin embargo, a pesar de estas dificultades, de la problemtica que plantea la reconstruccin de los hechos, de los procesos y acontecimientos, no dejan de tener importancia los anlisis, las investigaciones, las descripciones posteriores. Estas pesquisas no dejan de ser orientaciones de la comprensin de los sucesos, sobre todo teniendo en cuenta que pueden tratarse de visualizaciones de ciertas tendencias de los acontecimientos.

Enfrentemos el desenlace acontecido a partir de otras posibilidades latentes, por lo menos acudamos a dos otros posibles escenarios que quedaron en el camino, uno de ellos tiene que ver con la salida revolucionaria y el otro con la salida autoritaria, impuesta a partir de una sauda represin. La incorporacin al anlisis de estos otros escenarios puede permitir un mayor contraste de lo ocurrido, permitiendo de esta manera una mejor elucidacin del desenlace realizado. El sbado 18 de octubre por la maana ya se conoca la renuncia de Gonzalo Snchez de Lozada a la presidencia de la repblica, este fue el momento del desenlace. La carta de renuncia iba a ser leda en la sesin extraordinaria del Congreso, convocada para tal efecto. Se puede decir a ciencia cierta que este fue el resultado de la secuencia de sucesos, la consumacin del lapso de la crisis poltica, expresado de un modo directo; como se acostumbra a decir, estos fueron los hechos. Viendo retrospectivamente y situndonos en el da jueves 16 de octubre, por la tarde, se puede apreciar que la suerte del entonces presidente estaba echada despus de la multitudinaria congregacin de masas efectuada por las organizaciones sociales, bsicamente las juntas de vecinos, de las ciudades de El Alto y La Paz. Su presencia en el gobierno era insostenible. Sin embargo, del jueves al sbado los hechos no se haban desencadenado; todava estaban latentes otros desenlaces. Hablamos tanto de la salida revolucionaria como de la salida autoritaria. Pueden elucubrarse otros desenlaces, pero quedmonos con estos, que parecan ser los ms probables. Podemos especular un poco ms en relacin al perfil de estas salidas. En un caso se vislumbr la posibilidad de un Gobierno Provisional Revolucionario, en el otro caso la posibilidad de un golpe de Estado o de una salida autoritaria, impuesta con una mayor escalada represiva, con sus consecuentes masacres. Aunque se habl ms de la segunda posibilidad que de la primera, no puede dejarse de lado la primera alternativa. Ambas situaciones no descartan el escenario dramtico de la guerra civil.

Se puede decir que mientras no se realice una posibilidad, las otras posibilidades concurren, compiten para efectivizar el desenlace. Incluso el sbado por la maana dos analistas polticos pedan un plazo de noventa das para Gonzalo Snchez de Lozada. Esto nos muestra que otras posibilidades tambin concurran, a pesar de que estas fuesen las menos probables [2] . Sabemos ahora que lo que ha acontecido es la sucesin constitucional, la sucesin de la presidencia al Vicepresidente de la Repblica, Carlos Mesa Gisbert. Cmo entonces interpretar lo que ha ocurrido? Qu campo de fuerzas explica esto? Qu composiciones organizativas y subjetivas han condicionado el desenlace?

Con lo dicho podemos observar la complejidad del problema, las grandes dificultades de la interpretacin y del anlisis de los acontecimientos en cuestin. Ciertamente se pueden optar por mtodos y procedimientos de investigacin, se puede recurrir a recursos tericos, como los relativos a modelos presupuestos; pero, estos instrumentos no logran resolver el problema que plantea la diferencia de coyunturas, de horizontes y de contextos, que terminan siendo diferencias de memorias.

Se puede comenzar por una caracterizacin de la formacin social boliviana. Esto puede suponer hacer historia, encontrar en ella sus dislocaciones, desniveles, rupturas y discontinuidades. Lo que se haga apunta siempre a comprender el presente. Este presente puede ser tomado como lugar de convergencia o como el nico lugar posible de realizacin del acontecimiento. En el primer caso se puede dar lugar a distintas interpretaciones, una de ellas puede ser evolutiva, la misma que no puede desprenderse de un finalismo. Algo as como que el presente revela el pasado. Otra interpretacin, relativa al primer caso, puede concebir un presente como grado de acumulacin. El segundo caso nos lleva a configurar un presente como eterno retorno, como retorno a lo mismo y a la diferencia, de modo cclico, como instante donde el futuro y el pasado se encuentran. Esta interpretacin invierte el enunciado de que el presente revela el pasado, haciendo, mas bien, que sea el pasado el que revela al presente. Demos ejemplos de estos dos enunciados. Una clara muestra del primer enunciado es cuando se propone que la anatoma del hombre ilumina sobre la anatoma del mono, tambin cuando se dice que el modo de produccin capitalista ilumina sobre la comprensin de las formaciones sociales precapitalistas y no capitalistas. Un ejemplo para el segundo enunciado es cuando se recurre a la memoria histrica para comprender el presente, cuando se hace un anlisis del presente a travs de una mirada retrospectiva del pasado, cuando se responde a la pregunta cmo hemos llegado a ser lo que somos en el momento presente? El segundo enunciado rompe con una visin evolucionista o linealista. El presente es el lugar de los acontecimientos, de las acciones, de las prcticas, de los actos; el presente es actualidad. Llamemos a esta perspectiva genealogista. Como se puede ver, la genealoga se diferencia radicalmente del historicismo.

Mantenindonos en la perspectiva del primer enunciado, se dice que la formacin social boliviana es una formacin histrica compleja, que articula diferentes modos de produccin, pero condicionados por un modo de produccin hegemnico, el modo de produccin capitalista. En este sentido se ha llegado a proponer que Bolivia es una formacin capitalista de desarrollo desigual y combinado. Situndonos ahora en el segundo enunciado, la formacin histrica boliviana se encuentra estratificada, fragmentada, sedimenta, en distintos niveles, planos, mesetas. No es posible concebir una articulacin de modos, condicionados por un modo hegemnico. En este caso la complejidad es irreducible, constantemente abierta a distintos juegos de entrelazamiento, dependiendo de las selecciones hechas en un momento determinado, en un lugar dado o en otro. Entonces nos encontramos ante un conjunto en constante variacin. En este caso las formas no capitalistas no pertenecen al pasado sino al presente, se hacen presentes, se actualizan. Esto no hay que entenderlo como que estos modos o estas formas sociales se hayan mantenido en el tiempo tal cual fueron en el pasado; de modo diferente, hay que entender que estas formas y modos se actualizan manteniendo sus propios diseos histricos. Cuando pasamos de las consecuencias del primer enunciado al segundo, vemos que pasamos de una complejidad ms simple a una complejidad cualitativamente mayor.

El problema entonces est planteado no tanto en el sentido de por cul interpretacin optar, sino de cmo podemos describir la historia efectiva, cmo lograr una descripcin ms apegada a los detalles, a la multiplicidad de las singularidades, a los sentimientos, a las pasiones de la gente involucrada en las acciones. Cmo podemos acercarnos a la minuciosidad de los hechos, a la filigrana de los detalles, cmo podemos reconstruir los mapas de las fuerzas, que concurrieron en los momentos cruciales. Cmo visualizar las posibilidades latentes, posibilidades que no dejan de entrar en juego constantemente. La dificultad radica en estas preguntas, la problemtica se muestra en toda su cobertura cuando nos proponemos esta clase de aproximaciones a los acontecimientos.

 

Perfiles del movimiento social contemporneo

El Conflicto social y poltico en Bolivia. Las Jornadas de Septiembre-Octubre del 2003

Pregunta 1:

Son los acontecimientos histrico-polticos o es el movimiento social lo que est en consideracin? Cul de estos eventos va a ser analizado? Uno u otro, ambos? No podemos dejar de establecer que el movimiento social es un acontecimiento histrico-poltico, sin embargo, no es el nico acontecimiento histrico-poltico. Hay otras formas de acontecimientos histrico-polticos, como las crisis, las guerras, las distintas formas de la lucha de clases, las emergencias institucionales, los debacles institucionales, etc. En tanto movimiento social interesa estudiarlo no slo en el plano del acontecimiento sino tambin en el recorte de su especificidad propia, movimiento, devenir, constitucin y des-constitucin de sujetos, conflicto social. Por eso es importante establecer tanto el plano del acontecimiento como el recorte de intensidades, que es el movimiento social.

Definiciones 1:

Entendemos por acontecimiento una multiplicidad de singularidades. Hablamos de acontecimiento histrico y poltico cuando recortamos la multiplicidad desde la perspectiva de su significacin poltica y su significacin histrica. Comprendamos el movimiento social como el desplazamiento de la lucha de clases en el contexto de formaciones sociales determinadas. Se trata del conflicto social, conflicto que se traduce en reivindicaciones sociales en los periodos todava matizados de la crisis, que se traduce en proyectos revolucionarios y de liberacin en periodos agudos de la crisis.

Referencia 1:

Cuando nos remitimos a un evento histrico poltico no dejamos de hacer referencia a las condiciones estructurales y prcticas de una formacin social dada. La formacin social en cuestin es la formacin social boliviana. Formacin social comprendida como formacin histrica fragmentada en distintos planos temporales, los mismos que se encuentran conectados por desplazamientos sociales y culturales en distintos grados de metamorfosis, planos temporales que se encuentran articulados por procesos de desterritorializacin, fuertemente vinculados al mercado y al desarrollo de las relaciones capitalistas. Los procesos de desterritorializacin pueden revertirse y sostener procesos de reterritorializacin; esto sucede cuando se dan repliegues estatales, cuando se pliega una ideologa, cuando se recoge en la religin la crtica de la moral y de la tica, cuando se hace un gran esfuerzo de fundamentar las experiencia del movimiento social, es decir, cuando se regresa a una forma fundamentalista. En el caso que nos toca, este ensayo sobre los acontecimientos histrico-polticos y los movimientos sociales, desatados el 2000 y que tienen su curso hasta el 2003, se tiene un particular inters por las condiciones de posibilidad del movimiento social.

 

 

Problema 1:

Las jornadas de septiembre-octubre en Bolivia, concentradas en el Altiplano norte y en dos ciudades colindantes, El Alto y la Ciudad de la Paz, aparecen como el resultado de un proceso de acumulacin de los movimientos sociales desatados en abril del 2000 y continan sus cursos propios durante cuatro aos (2000-2003). Las significaciones histrico-polticas las podemos encontrar desde dos ngulos diferentes. La significacin histrica puede ser evaluada por la relacin que tienen estas jornadas con el pasado, la actualizacin de antiguas luchas, la reivindicacin de las victimas arrojadas al tiempo y sepultadas en el olvido, la densidad que adquiere la memoria en el momento presente. La significacin poltica se puede evaluar por la repercusin que tienen estas jornadas en las estructuras de poder, en los dispositivos y agenciamientos polticos del Estado. El problema de las jornadas de septiembre-octubre, que desafa a su comprensin y conocimiento, se encuentra relacionado al contenido de sus potencialidades y posibilidades, as como al alcance de sus desenlaces. Estas posibilidades y sus latentes desenlaces forman parte de un proceso de ruptura con el Estado? Forman parte de la constitucin nacional o, de modo diferente, anuncian el quiebre de la nacin, su diseminacin? Constituyen la configuracin de una nueva geografa poltica, compuesta por autonomas? Forman parte de la revolucin social, revolucin que apunta al trastrocamiento profundo del Estado, la nacin y la sociedad?

Descripcin 1

Se lleg a septiembre del 2003 con conflictos sociales sin solucin. Los pliegos que se vinieron planteando desde la Guerra del Agua (abril del 2000) hasta el inicio de las jornadas de septiembre del 2003, con los sucesos de Warisata, Sorata e Ilabaya, quedaron en las rondas de negociaciones y en las mesas de dilogo. Lo que se logr arrancar al gobierno de entonces con la Guerra del Agua, que consiste en la salida de la trasnacional del agua, Aguas del Tunari, en la anulacin del proyecto de privatizacin del elemento vital, en la evitacin del sbito incremento de las tarifas del agua, qued a mitad del camino en la medida que la Coordinadora del Agua no logr convertirse en una empresa autogestionaria. Termin administrando modestamente la antigua dependencia estatal del agua, Servicio Municipal de Agua Potable, SEMAPA, institucin restringida a proyectos y recursos para atender las necesidades del campo y de la ciudad en cuanto al lquido elemento. El aorado proyecto de Misicuni, que atendera en tres etapas la demanda del agua del departamento de Cochabamba, no acaba de materializar ni siquiera su primera etapa. En cierto sentido se puede notar una latente frustracin al respecto. El gran esfuerzo social llevado a cabo en la Guerra del Agua no cristaliz todava en una autodeterminacin y en una autogestin social.

Han transcurrido cuatro aos desde la Guerra del Agua hasta la Guerra del Gas, el epicentro del conflicto se ha traslado de la ciudad del Valle, Cochabamba, a las ciudades de El Alto y de La Paz, siendo la primera el motor del conflicto desatado en octubre y la segunda el escenario donde se dirime la correlacin de fuerzas del campo poltico. En el transcurso de este intervalo se sucedieron dos asonadas sociales en tres de las cuatro grandes urbes del llamado eje central, Cochabamba, El Alto y La Paz. La de abril del 2000 y la de septiembre-octubre del 2003. La ciudad de Santa Cruz no qued al margen del conflicto social, slo que fue lugar de resonancia de las luchas sociales desatadas en el occidente boliviano. Obviamente no estuvo al margen de los conflictos locales, estos se dieron en el tamao de su localismo, como el repetido conflicto relativo a la demanda salarial de los maestros, a la demanda de presupuesto de la universidad pblica, a distintos reclamos sectoriales y recientemente; como consecuencia de las jornadas de octubre, se dio lugar el intrpido ingreso de la marcha campesina al centro de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra. Sin embargo, esta populosa urbe todava no ha producido un perfil propio, no ha logrado una participacin propia, en las definiciones del conflicto social. En otras palabras, no ha conseguido expresar nacionalmente lo que le acontece localmente. En otras palabras, no ha podido traspasar los lmites de su localismo, convirtiendo sus singularidades en desplazamientos transformadores en el contexto nacional. Sin embargo, a pesar de esta inhibicin o esta latencia, como quiera entenderse, en cualquiera de estas situaciones, en todo caso la Guerra del Gas ha comprometido a todos los sectores sociales involucrados en los movimientos sociales desde el 2000, ha logrado unificar al movimiento social que se hallaba diseminado en sus distintos componentes regionales. La consigna de la defensa del gas result ser no slo una consigna unificadora sino tambin una consigna nacional. Una consigna que sintetiza varios planos de las luchas sociales. Uno de los planos tiene que ver con la resistencia a la globalizacin privatizadora, a la ejecucin de las polticas neoliberales, a la rebelin social contra el ajuste estructural y las consecuencias agravantes de las reformas estructurales. Otro plano tiene que ver con la recuperacin de la soberana nacional frente a la supeditacin nacional al nuevo orden mundial. Un tercer plano tiene que ver con la recuperacin de los recursos naturales y la lucha por el excedente. Un cuarto plano viene dibujado por la lucha de clases; fue el movimiento popular el que reivindic, desde las profundidades de su propia memoria, el gas para los bolivianos, para los trabajadores, para los desocupados, para las familias humildes. En esta perspectiva se plantea un enfoque de distribucin social del recurso energtico. Un quinto plano, y quizs un primordial eje articulador histrico, condicionante de los otros planos, atravesados por ste, es el relativo a las reivindicaciones indgenas, entendidas como reivindicaciones culturales, nacionales y tnicas. Todos estos planos se entrelazaron en la Guerra del Gas. La consigna de la defensa del gas resumi las demandas desplegadas en todos los planos, despliegues que anidan sus propias particularidades, sus especficas lgicas de desenvolvimiento. No slo se trata de una consigna nacional sino de una consigna que replantea popularmente la concepcin de nacin. Quizs sea esta la razn por la que la defensa del gas estaba casada con la consigna popular de la Asamblea Constituyente.

Entre la Guerra del Agua y la Guerra del Gas se suscitaron conflictos de importancia en el campo, en el rea rural. El bloqueo nacional campesino de caminos (septiembre del 2000), que aisl a las cuatro ciudades del eje central, adems de tener comprometidas a otras ciudades capitales departamententales, como Oruro, Potos y Chuquisaca. El bloqueo parcial de caminos en el Altiplano norte (julio del 2001), que mostr el carcter fragmentario de los movimientos sociales, los lmites y debilidades locales. En el mismo momento se desliz la marcha diezmada de la COMUNAL [3] , que hizo patente las dificultades de extender nacionalmente una experiencia como la Coordinadora del Agua de Cochabamba. La marcha indgena de tierras altas y de tierras bajas por la Asamblea Constituyente, un poco antes de las elecciones nacionales. Esta marcha expres otra perspectiva del movimiento indgena, no sindicalista, mas bien comunitarista, organizada en torno a las autoridades originarias. Aunque con menos densidad demogrfica que las convocatorias de la Confederacin nica de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB), sin embargo, hizo sentir su inters particular en la Asamblea Constituyente para resolver el heredado problema colonial y la demanda indgena de territorio. La constante conflictividad social, poltica y policial en la regin del Chapare, combinando espordicos con frreos bloqueos carreteros, dependiendo de la situacin. Las sucesivas marchas de los maestros. La toma de la superintendencia de bancos por parte de los y las prestatarias, despus de haberse agobiado en sus penosas largas y rutinarias marchas, en incansables reclamos, en renovadas inventivas formas de interpelacin, incluyendo su protesta al desnudo ante el impvido ciudadano paceo. La dramtica marcha de los jubilados y rentistas. Despus de febrero del 2003, el bloqueo de caminos de los cooperativistas mineros, quienes recordaban el fantasma del comunismo minero. No podemos olvidarnos de la renovada toma de tierras del Movimiento de los Sin Tierra (MST), movimiento que viene convirtiendo ltimamente a la cuestin de tierras, propiedad y posesin de tierra y territorio, en el tema social ms conflictivo. Como dijimos estos conflictos sociales no se encuentran articulados ni se desarrollan en un continuo espacio-temporal. La mayora de ellos son expresiones locales, sin mayor irradiacin que sus propios territorios, si descartamos la irradiacin informativa y los reportajes ocasionales. Se diferencian no solamente por el lugar en que se dan, ni tan solo por las estructuras que ejecutan sus desplazamientos, sino por las variaciones de sus intensidades. Paradjicamente su fuerza y su debilidad radican en este mbito de singularidades. Considerando este contexto, las preguntas que debemos hacernos son: De qu modo se acumula la memoria del movimiento social? Cmo se ha llegado al grado de unificacin en torno a la Guerra del Gas?

Antes de responder a estas preguntas debemos recapitular un antecedente importante de los sucesos de septiembre-octubre, el motn policial y el subsiguiente desencadenamiento social, en febrero del 2003, con la toma y quema de edificios pblicos, sedes de partidos, y saqueo de centros comerciales, adems de los depsitos de la Aduana. Quizs sea en febrero cuando se da lugar al comienzo de la transformacin de los comportamientos en lo que respecta al relacionamiento entre bases y dirigentes del movimiento social. Una relacin heredada, todava vertical, entre direccin y bases, se rompe y comienza a ser sustituida por la emergencia de la espontaneidad de las masas, por su irrupcin sin consulta, por su elocuencia diseminada, pero con alto contenido afectivo, con intempestivos y fugaces tonos de intensidad. Es posible que esto tenga que ver con una suerte de acumulacin de la experiencia social, experiencia que se traduce en la modificacin de los usos organizacionales. Tambin es probable que esta emergencia se deba a la crisis que sobrelleva la conduccin del movimiento social. El desarrollo del movimiento social cuestiona el monopolio de la representacin poltica por parte de los partidos, as mismo, siguiendo el curso de este requerimiento, se hace tambin evidente el monopolio y la centralizacin de la representacin social por parte de la dirigencia sindical. Las prcticas y gestiones comunitarias exigen adecuar las expresiones representativas al control social de las asambleas. La emergencia de las bases es una verdadera revolucin en el trmite, ya conservador, de la elaboracin de la representacin social. Las direcciones y los dirigentes que motivaron el estallido de los conflictos recientes (2000-2003), terminaron convirtindose en estructuras inhibidoras de las iniciativas sociales, incluso altamente conservadoras, comparndolas con los objetivos implcitos que persiguen los procesos de liberalizacin de los movimientos sociales. Febrero del 2003 hizo patente la crisis estatal, los aparatos del Estado se desmoronaron, entrando al agenciamiento de una guerra intestina, Estado contra Estado, aparatos de Estado contra aparatos de Estado, polica contra ejrcito. Las posibilidades del gobierno se desmoronaron y con ello la legalidad del Estado qued hecha trizas. El presidente desapareci de la escena, tambin su gabinete; se hizo reiterativa la evaporacin del congreso en plena beligerancia del conflicto social. La suerte qued echada en manos de los directos actores y protagonistas del drama social. La muerte tambin se hizo presente dejando su huella en los cuerpos martirizados, abiertos morbosamente por la metralla. Reapareci el nuevo verdugo de la represin, quien mostr su cara oculta ya en la Guerra del Agua, slo que ahora era un recurso abiertamente usado, los francotiradores. De febrero a octubre va a darse lugar a la consecuencia de esta discontinuidad del relacionamiento entre bases y direccin, va emerger la forma organizada de la multitud. Se va a dar lugar a una grandiosa movilizacin social, construida inductivamente por proliferantes asambleas de base, mltiples direcciones territoriales, las mismas que extienden rpidamente sus redes, articulando un gran movimiento autogestionario. Las jornadas de septiembre-octubre mostraron un nuevo perfil del movimiento social. Hablamos de un movimiento social templado por la experiencia de la lucha, maduro para gestar decisiones desde abajo, sometido al irradiante control social. Un movimiento social que comienza a elaborar su nueva criatura, el desarrollo del intelecto general autnomo, politizado. Hablamos de la subversin de los saberes, de su independencia respecto de los saberes institucionalizados, de su manumisin respecto de la dominancia de los medios de comunicacin, de su inconexin respecto de la jerarqua del prestigio de la intelectualidad crtica. Este es un tema que sopesa las potencialidades del movimiento social.

Las transformaciones organizacionales no slo se dieron en las ciudades sino tambin en el campo, en el rea rural. Esta modificacin en la forma de gestin social se hizo sentir en el Altiplano norte. Warisata, Sorata, Ilabaya, fueron los escenarios comunales de los dramticos acontecimientos de septiembre, pero tambin fueron los escenarios de la emergencia de las relaciones horizontales en las gestiones de la representacin social y la toma de decisiones. Fueron tres las convocatorias a bloqueos de caminos por parte de la CSUTCB; los comunarios slo acudieron a la tercera convocatoria. La tercera convocatoria fue gestada por mallkus y mama tallas, secretarios generales y esposas; es decir, la convocatoria fue elaborada por las bases sindicales y comunitarias. Mallkus y mama tallas, secretarios generales y esposas acudieron a una huelga de hambre en la Radio San Gabriel de la ciudad del Alto. Desde all, micrfono en mano, mantuvieron un contacto estrecho con sus comunidades. El bloqueo inmoviliz el transporte y detuvo a contingentes de turistas; particularmente en Sorata se encontraba un conglomerado significativo de turistas extranjeros. El gobierno presionado por las embajadas decidi acudir con una expedicin de rescate con fuerzas combinadas de la polica y el ejrcito. La expedicin punitiva dej un saldo de seis muertos. Este fue el costo del rescate de los sorprendidos turistas, atrapados en el vrtice del conflicto, anclados en su circunstancial retencin. Fueron la excusa de la violencia estatal desatada contra los campesinos. La masacre de campesinos desat una ola de protestas y la expansin irreversible de los bloqueos. Fue el aguijn que desencaden la fuerza acumulada en la ms populosa urbe del pas, fuerza acumulada en una larga historia de luchas en la ciudad de El Alto. La confraternidad entre la ciudad del Alto y las comunidades campesinas no es un dato reciente. La ciudad de El Alto est conformada demogrficamente mayoritariamente por aymaras, migrantes en distintos niveles generacionales. Aunque la mayora de la poblacin urbana ha nacido en la dinmica urbe, la memoria migratoria es fresca. Sin embargo, no siempre las relaciones entre esta ciudad y el campo han sido armnicas; estn atravesadas tambin por contradicciones derivadas de los procesos urbanos, aunque ciertamente endmicos en una ciudad olvidada; empero, suficientemente diferenciadores como para demarcar nuevas identidades colectivas. Los aymara urbanos no son ya campesinos, a pesar de sus viajes itinerantes, de sus retornos a las festividades comunales, a pesar de que conlleven en sus costumbres ciertos aires rurales, aunque siembren en sus patios y domestique animales. El contexto urbano condiciona una transformacin de las relaciones, las estructuras y las praxis sociales. El lenguaje no es suficiente para mantener la continuidad; el lenguaje, los usos del lenguaje, tambin se modifican, su hibridacin es ms rpida, la mestizacin de la poblacin urbana se hace ms pronunciada. La movilidad social, el desclasamiento y el re-enclasamiento, se hacen patentes. Estos procesos lejos de empobrecer el desarrollo y la actualizacin de las identidades, las enriquecen en su exuberante variedad y en su abigarrada complejidad. Las jornadas de septiembre-octubre no fueron nicamente la continuidad de los desplazamientos del movimiento indgena, sino que los indgenas se incorporaron a luchas y movimientos sociales de alcance nacional, irradiaron en estos movimientos con sus propios contenidos y perfiles, pero tambin vivieron transformaciones que implican estas expansiones. No se puede reducir lo acontecido en la ciudad de El Alto a las circunstancias y al contorno de las reivindicaciones indgenas. Va ms all, incorporando lo indgena como eje articulador a un amplio movimiento social y a una lucha de liberacin nacional, ms rica en sus connotaciones, ms profunda en su memoria histrica, ms expansiva en sus alcances polticos, abierta a los distintos atravesamientos e influencias del moviendo social y las luchas nacionales.

El Alto la Ciudad que Contiene a la Nacin

Cuando Ren Zavaleta Mercado usa esta figura de continente, se refiere al proletariado minero. El tropo es el siguiente: El proletariado minero, la clase que contiene a la nacin. El proletariado minero sera el continente, el contenido sera la nacin misma con toda su complejidad, la formacin social abigarrada. Qu significa esta relacin entre continente y contenido? Cmo puede la nacin ser contenida en una clase social, ms an siendo sta el proletariado minero? Es que el proletariado contiene a la nacin en su memoria? O se trata, mas bien, de la experiencia que tiene la clase? En sentido dialctico se podra decir que el proletariado es la sntesis de la nacin, en tanto formacin social compleja, condicionada por el modo de produccin capitalista. El proletariado minero sintetiza la historia del capitalismo en Bolivia, la explotacin minera articulada a las otras formas de explotacin, no slo la de los trabajadores mineros, ex-mitayos, indgenas, mestizos fuerza de trabajo conformada por la separacin de estos campesinos, estos artesanos, estos seres humanos de las relaciones de produccin no capitalistas. La explotacin minera se encuentra articulada a las formas de explotacin rurales, haciendas, empresas, circuos mercantiles simples, a diversa formas de subsuncin formal del trabajo al capital. La explotacin minera se encuentra articulada a las pervivientes formas de explotacin coloniales. Por lo tanto el proletariado minero resume en su cuerpo social, en su memoria colectiva, en su experiencia de lucha, en su intelecto general, las mltiples memorias, las mltiples experiencias, los mltiples saberes. Hace de sntesis de todos estos recorridos, de todas estas formas histricas atravesadas por las relaciones capitalistas. Hace tambin de centralidad poltica en tanto y en cuanto se convierte en el motor de las luchas sociales. Hay un entorno del proletariado minero directamente afectado por sus costumbres sindicales, se trata del entorno inmediato a la clase, es decir, el conjunto de la poblacin allegada al proletariado, el agregado de los familiares. Hay tambin otros entornos indirectamente afectados por la centralidad minera, esos entornos tienen que ver con las otras clases sociales populares.

Ahora bien cuando se usa esta figura de continente para el caso de la ciudad del Alto, las connotaciones no tienen que ser necesariamente las mismas, a pesar de las analogas. Cuando se dice El Alto es la ciudad que contiene a la nacin, se hace referencia a una ciudad y no a una clase, a pesar de que El Alto puede acercarse a ser una ciudad proletaria. En este caso est ms claro que una ciudad es ms literalmente un continente; contiene a la urbe que contiene a la poblacin de ciudadanos que habitan en ella. A la ciudad acuden distintos flujos migratorios de toda la nacin; en el caso de El Alto particularmente del Altiplano. Si bien este puede ser uno de los significados de la ciudad que contiene a la nacin, no es ciertamente el nico ni tampoco el ms importante. Cuando se dice contiene a la nacin se lo hace en el sentido fuerte del tropo, en el sentido histrico y poltico. Es como decir que la historia de Bolivia se condensa en esta ciudad, la demanda poltica de los movimientos sociales se condensa en esta ciudad. El conjunto de los movimientos sociales desatados, desde abril del 2000 hasta octubre del 2003, de alguna manera confluyen y son recogidos por las organizaciones sociales de esta populosa ciudad en un momento de desprendimiento y de vivencias intensas. Esto ocurre cuando la ciudad de El Alto apuesta a su gasto heroico, cuando se sacrifica y entrega sus muertos a los dioses de la historia en la Guerra del Agua. Entonces se puede decir que El alto contiene a la nacin de modo sacrificial, pero tambin de una forma volitiva, adems de hacer causa de una demanda nacional, la recuperacin de los hidrocarburos, la recuperacin de los recursos naturales, la recuperacin de la soberana; lo hace como memoria histrica y conciencia trgica.

Ren Zavaleta Mercado dice que en noviembre de 1979 se rompe definitivamente con el pacto militar campesino y las masas se liberan de la ideologa del nacionalismo revolucionario. Los sindicatos campesinos kataristas rompieron con la Confederacin de Campesinos de Bolivia oficialista, tomaron las oficinas de la Confederacin campesina, que se encontraban en el Ministerio de Asuntos Campesinos (MACA), como para certificar patentemente su vnculo clientelista con el gobierno. La incorporacin de Confederacin nica de Campesinos Tupac Katari de Bolivia a la Central Obrera Boliviana dibuja un nuevo mapa de fuerzas en un modificado campo poltico. La nueva disponibilidad social, obreros y campesinos, define el perfil de la multitud, la que termina atravesando los lmites del nacionalismo revolucionario, dejando este ideologuema en la penuria de sus propias incompatibilidades. Sin embargo, esta ruptura institucional del pacto militar campesino fue producto de una acumulacin y de una ruptura efectiva anterior. El vnculo clientelista del pacto se rompi efectivamente en 1974, cuando la dictadura militar del General Banzer Surez respondi a la demanda campesina con la masacre del valle. La masacre del valle mostr la autntica cara del pacto militar campesino, la represin quebr con el pacto prebendal entre militares y campesinos. El gobierno de facto mand tropas y tanques a Episana, Tolata y otras comunidades del valle. El epicentro de la rebelin campesina fue el valle de Cochabamba, pero en la medida que se expanda lleg incluso a propagarse la onda de la protesta hasta el Altiplano. La carretera a Oruro fue bloqueada a la altura de Lahuachaca. Hasta all tambin alcanz su brazo de hierro la represin. Persecucin y muerte inscribieron un entramado dramtico en la memoria de estas tierras, por donde paso el pacto militar campesino, dejando su huella sangrienta en el recorrido. Lo que vino despus de noviembre de 1979, en lo que respecta a los movimientos sociales, los substratos de los imaginarios colectivos inherentes a estos movimientos, las ideologas concurrentes, las prcticas discursivas y los diseos polticos concomitantes a los movimientos, trascendi el ideologuema del nacionalismo revolucionario. Hasta 1982 las masas acompaaron a la Unin Democrtica y Popular (UDP), expresin todava anclada al nacionalismo revolucionario, con desgarradoras contradicciones y grandes dubitaciones, comprensibles en un frente de masas compuesto por distintas fuerzas sociales, diferentes corrientes ideolgicas, encontradas latencias polticas, que guardaban para s dicotmicas expectativas. Kataristas, movimientistas de izquierda, marxistas y sindicalistas se agolparon en el frente popular, persiguiendo distintos fines. Se puede decir que el ciclo del nacionalismo revolucionario se cerr en este dramtico periodo que conjug elecciones truncadas, interregnos democrticos, intercaladas por dictaduras militares, para finalizar con el gobierno popular pedido en el laberinto de su turbulencia. El ciclo del nacionalismo revolucionario dura menos de medio siglo, en el transcurso de la curvatura accidentada del tiempo social, que es la memoria colectiva, concavidad irreducible de la historia. Se podra decir que el ciclo ideolgico del nacionalismo revolucionario comienza en la dcada de los cuarenta, compartiendo el recuerdo doloroso de la Guerra del Chaco, cuando se comenz a inscribir en la conciencia social el discurso del nacionalismo revolucionario, pero tambin el conjunto de creencias que lo acompaan. Perdura hasta 1984, cuando se interrumpe abruptamente la gestin del gobierno de Hernn Siles Suazo, obligado a renunciar por un chantajista Congreso de mayora opositora, afligido por el embrollo econmico al que llev al pas la hiperinflacin, exigido por las demandas del movimiento obrero que quera ver materializadas sus expectativas en el frente popular.

La derrota popular deja un vaco poltico, que es llenado por las pretensiones exacerbadas del neoliberalismo; discurso con nfulas tcnicas, seducido por los pronsticos apocalpticos del fin de la historia y la muerte de las ideologas; empero, circunscrito en la prctica a una labor de cajero esmerado, limitado a los contornos de una pericia monetaria, relativa a las diligencias de una ortodoxia administrativa. El neoliberalismo ingresa al gobierno en 1985, como se dice vulgarmente, pateando puertas. Su arrogancia desbordaba en los plpitos, que uso como cajas de resonancia, por los medios de comunicacin de masa, que us como instrumentos de marketing y espacios de publicidad poltica. Alardeaba ante un perplejo y atnito entramado social, que no terminaba de comprender su propia derrota. Sin embargo, esta petulancia liberal contrasta con su vertiginoso paso por el gobierno, slo lleg a durar una dcada y media. Termin expulsado por la multitud proliferante, que lo haba visto ascender estupefacta, y ahora se vengaba de aquella derrota; pero, en un escenario poltico completamente distinto. Las heridas cicatrizaron, la conmovedora experiencia poltica tuvo efectos acumulativos y se termin convirtiendo en memoria del presente. El 2003 emergi la gramtica de la multitud de las profundidades de la geologa de la formacin social abigarrada, emergieron las formas organizativas de la multitud, las prcticas asamblestas de la multitud, definiendo no slo un nuevo mapa poltico, sino nuevo espacio de relacionamientos sociales. El control social, la fuerzas de las bases, la inteleccin del intelecto general, la democracia de la multitud, son las figuras puestas en escena.

Falta responder a las preguntas sobre las formas de acumulacin de los movimientos sociales desatados en Bolivia el 2000 y que se extienden hasta octubre del 2003. Este es un tema de anlisis ms que de descripcin, en este sentido es menester su traslado a los enfoque tericos. Aunque no busquemos, por el momento, una exposicin amplia de la relacin entre memoria colectiva y praxis del movimiento social, podemos optar por una exposicin sucinta recurriendo a algunas hiptesis alumbradoras del problema.

Hiptesis 1

Segn Paolo Virno, la memoria es recuerdo del presente [4] , de acuerdo a las tesis de Walter Benjamn, el pasado hace valer su pretensin mesinica en el presente [5] . Es en el presente cuando se actualizan antiguas luchas, en el presente se abre la herida extempornea para reivindicar a las vctimas del pasado. Ambos enfoques convierten al presente en el lugar privilegiado del acontecimiento; en un caso, como el juego entre in-actualidad (potencia) y actualidad, en otro caso como momento mesinico. Retomando estos enfoques podemos proceder a responder la pregunta sobre la acumulacin de fuerzas en el movimiento social, acumulacin de fuerzas lograda en el mbito del juego entre memoria y praxis.

El movimiento social es accin (praxis), actualiza su potencia, se podra decir, despliega su potencia, que es un todo no temporal de fuerzas, al hacerlo temporaliza las fuerzas, las fragmenta, las dispersa en el espacio. El movimiento no realiza toda su potencia, pues esta es infinita; si lo hara suprimira su propia potencia. La potencia es pues perduracin. La memoria retiene el acto, difiere el acto, invierte el acto y hace como si este viniera despus de la memoria, entonces todo aparece como si la accin recordara algo, pero en realidad se trata de un recuerdo del presente. El movimiento social construye su memoria para interpretar sus propias acciones. La construccin adquiere dos tonalidades, una mesinica, cuando reivindica a sus vctimas, otra poltica, significando las actuales luchas mediante analogas con la utopa.

Los campesinos, mineros, gremialistas, desocupados, estudiantes, vecinos, citadinos y distintos sectores involucrados en el movimiento social boliviano del 2000 al 2003, han acumulado sus fuerzas, que es lo mismo que decir que han valorizado su propia experiencia, apoyados en la construccin de una memoria mesinica (katarista) y poltica (marxista), dando un significado histrico a sus acciones en el momento presente. Estos estratos sociales son la multitud desbordante, el intelecto general autonomizado, los saberes colectivos sublevados contra la globalizacin, el capitalismo y el colonialismo. La multitud de mltiples rostros, pero tambin de mltiples acciones, de mltiples vivencias y de una enorme geografa bullente de localismos intensos. La multitud hace confluir sus heterogneas acciones hacia la efectuacin del acontecimiento, hacia un presente convergente, que carga con todo el peso de estas acciones, con todo la gravitacin del conglomerado de voluntades y de fines perseguidos. Potencia y acto dan lugar al momento histrico. La potencia hace de condicin de posibilidad del acto y el acto efecta la potencia. La potencia es el pasado inactual que acompaa constantemente al ahora, esta concomitancia es entendida como momento histrico. El momento recupera el pasado potencial, tambin los pasados empricos, otros ahora dados; su acontecer adquiere significacin histrica por cuanto el presente se sostiene sobre esta densidad. El momento histrico es bidireccional, avanza y retrocede. Es como decir, todo avance es retrospectivo y toda regresin es un devenir. Presente y futuro se asientan en el pasado potencial, pero tambin en el pasado emprico. El pasado potencial al ser infinito no se realiza plenamente, se realiza fragmentariamente, su realizacin incompleta se halla en el pasado emprico; por eso, en el momento histrico, se trata de completar lo incompleto, si se quiere, se trata de realizar la utopa, se trata de rellenar los vacos. Este rellenado es el futuro. Se da pues una predisposicin de la multitud a construir un futuro con los recursos que le brinda el pasado, tanto en su sentido potencial como en su sentido emprico. La acumulacin de fuerzas, la fuerza de la memoria, no se da slo por sedimentacin de la experiencia sino tambin debido a la simultaneidad de potencia y acto, pasado potencial y praxis. Llamemos a esto concomitancia diacrnica [6] . Un momento histrico rico en intensidades, como la relativa a las jornadas de septiembre-octubre, no solamente contiene una gran disponibilidad de fuerzas, es altamente convocativo, sino que dispone de la contemporaneidad de lo no contemporneo [7] , dispone de la simultaneidad de acontecimientos pasados, vividos tambin con gran intensidad, que se hacen presentes como reclamando completarse.

 

 

El gasto Heroico

Las memorias de la rebelin social

Cules son las temporalidades que se conjugan en la actual movilizacin social, de octubre del 2003? La que vuelve a aparecer de manera ntida desde septiembre del 2000, acompaada de los bloqueos de caminos y el sitio a las ciudades, es la memoria larga de las rebeliones indgenas. En los sucesos de Warisata y Sorata esta memoria de las antiguas luchas se hace presente, emerge con la fuerza de las organizaciones sindicales, atravesadas en su composicin por la transfiguracin orgnica del ayllu; actualiza las rebeliones del siglo XVIII, las actualiza obviamente en un nuevo contexto histrico-poltico-cultural. Pero, la temporalidad unificadora parece ser la devenida de una memoria ms corta, aquella que recoge la huella dejada por la guerra del Chaco en la subjetividad de los bolivianos. La defensa del petrleo se ha convertido ahora en la defensa del gas; la guerra del Chaco se ha transformado en la guerra del gas. Ciertamente el enemigo no es el pila [8] , tampoco lo era en aquel entonces (1932); el enemigo estaba en casa, el enemigo era la propia oligarqua encaramada en el poder. La guerra del petrleo convirti a bolivianos y paraguayos en enemigos; esta enemistad durara lo que dur la guerra. La guerra del petrleo entre los grandes consorcios capitalistas se encuentra mediatizada por la guerra del chaco entre dos pases pobres de Sur Amrica, Bolivia y Paraguay. Una guerra por el monopolio de los recursos entre compaas petroleras, una norteamericana, la Standard Oil, la otra inglesa, la Royal Duch Shell [9] . Se tardo un tiempo en descubrir que el enemigo estaba en casa, la oligarqua. Ahora, a ms de setenta aos de la conflagracin blica, hay nuevos enemigos, uno de ellos es la nueva oligarqua y el otro es la red de las trasnacionales. El enemigo es el gobierno que est al servicio de los intereses de las trasnacionales. El enfrentamiento es entre el pueblo y el Estado, por lo menos con la forma estatal constituida, con la forma de gobierno, con el proyecto de gobernabilidad instaurado desde 1985, particularmente en lo que respecta a su concrecin poltica, el simulacro democrtico. Llamemos a este teatro poltico la supresin de la democracia, que corresponde a la supresin de la poltica, es decir a la instauracin de un orden policial [10] . En lo que corresponde a Bolivia, hablamos de una combinacin perversa entre una forma posdemocrtica y una forma predemocrtica de suprimir la poltica. Sin embargo, a pesar de las diferencias histricas y estructurales entre la guerra del petrleo y la guerra del gas, hay analogas que son sintomticas. Una de ellas tiene que ver con la defensa del territorio y del preciado recurso natural; otra, que, tanto antes como ahora, es una guerra en la que tiene que ver el capital financiero y empresas trasnacionales; otra analoga digna de mencionarse tiene que ver con el monopolio de las reservas, los recursos, la comercializacin y la industrializacin, es decir con la dependencia. Tanto ahora como en aquel entonces estamos ante una lucha a muerte, pues se trata de una lucha por la existencia misma.

Quedndonos slo con el dibujo de estas dos temporalidades, de estas dos memorias constitutivas, interesa interpretar el imaginario colectivo radical de las movilizaciones. Dos identidades colectivas emergen con fuerza, la identidad indgena y la identidad nacional. De ninguna manera estas identidades se excluyan, como se ha pretendido en los discursos polticos del momento, discursos formativos, organizativos, pero discursos inacabados, incompletos. Estos discursos no expresan la totalidad del acontecimiento instituyente del imaginario social. Corrigiendo este sesgo podemos lanzar una interpretacin alternativa:

Esta interpretacin puede servir para aproximarnos a una exgesis de la compleja realidad social y poltica, afectada por los movimientos sociales. Esta interpretacin puede permitir pensar una matriz de conexiones diversas, de diferentes composiciones, una matriz mvil de espacios de dispersin. Lo indgena se abre a su propio acontecimiento diferido en el tiempo y en el espacio de dispersin de constituciones subjetivas, imaginarios sociales, significaciones colectivas y prcticas discursivas. En este horizonte comprendemos los espacios constitutivos y de dispersin aymara, quischwa, guarani, tacana, moxeo, espacios de dispersin que comprenden comunidades asentadas en el Altiplano, la cordillera, las zonas lacustres, los valles, las cadas subtropicales de la cordillera, los montes, los llanos, el Chaco, las zonas de afluentes de los ros, las cuencas y lo recorridos acuticos amaznicos. Comprenden tambin ciudades intermedias y ciudades capitales, en este sentido comprenden espacios de dispersin y concentracin urbanas. Estas condicionantes espaciales, territoriales, rurales y urbanas, hablan de distintos escenarios donde se constituyen las subjetividades en los contextos de las redes de relaciones sociales y estructuras institucionales. En otras palabras se producen mezclas y mestizajes indgenas. La actualizacin de la identidad es un viaje [12] , el recorrido de la identidad cultural es nmada. Obviamente, este panorama sociocultural se complica an ms cuando relacionamos esta matriz indgena con la matriz mestiza y criolla. Hablamos de un mestizaje superpuesto a los mestizajes indgenas [13] , un mestizaje compuesto a partir de la vertiente espaola y la vertiente indgena. Sin embargo, no se puede olvidar de ninguna manera el mestizaje entre la vertiente europea y la vertiente africana; el mestizaje afroamericano es extenso y variado en Amrica Latina y el Caribe. Se llam criollo al descendiente europeo ibrico en el continente de las indias, ahora, despus de varias migraciones a Amrica, la dispersin criolla es ms abierta. Tal parece que lo que ms se ha extendido y proliferado son los mestizajes en toda la geografa social del continente. En este sentido podemos hablar de un espacio de dispersin de los mestizajes.

En Bolivia la genealoga sociocultural tiene su propia densidad, sobre todo debido a la condensacin de la vertiente indgena aymara y quischwa. Bolivia es desde 1825 una delimitacin geogrfica poltica moderna, delimitacin constituida bajo el estatuto de repblica; este recorte geogrfico correspondi en tiempos del incanato al Collasuyo, parte del Tawantinsuyu [14] ; este espacio sociocultural termin administrada por dos virreinatos, primero el del Per y luego el de la Plata; este espacio estuvo circunscrito jurdicamente a la llamada Audiencia de Charcas, que fungi por ser una administracin especial del interior de los virreinatos, de una regin rica en minerales, en poblaciones indgenas y extensos llanos. Las mezclas, los mestizajes, los espacios de dispersin, la constitucin de subjetividades, se dieron en esta repblica sobre la base de la vertiente indgena y la vertiente criollo-mestiza espaola.

 

La Quimera Estatal

Cules son las condiciones de posibilidad histrica de un nacimiento poltico? Es suficiente el concurso de las voluntades? Basta el sntoma de las movilizaciones sociales? Se puede certificar la clausura de un rgimen por el agotamiento de un modelo econmico? Qu del modelo poltico? Cules son los datos del agotamiento? Obviamente las preguntas no quedan aqu, pues pueden seguir y ahondar el cuestionamiento. Por ejemplo, se pueden plantear preguntas que comprenden los ciclos largos, del capitalismo o mas bien del colonialismo? El retorno manifiesto de los movimientos indgenas, que conllevan nuevas caractersticas, propias de las contradicciones sociales y polticas contemporneas, son la seal de una nueva lucha anticolonial, ciertamente en sus nuevas versiones, el neocolonialismo, las formas cambiantes del colonialismo interno? O, mas bien, la unificacin de los movimientos en torno a la defensa de los recursos naturales, prioritariamente los hidrocarburferos, particularmente el gas, son un sntoma de una nueva forma del renacimiento de la conciencia nacional? Sin dejar de desprender ms preguntas, vale la pena detenerse un rato, para hurgar reflexivamente los dos grupos de preguntas. Nombremos al primer grupo de preguntas como las relativas a la crisis mltiple que agobia al Estado y a la Repblica, llamemos al segundo grupo de preguntas como las referidas a la genealoga histrica de las dominaciones. Para responder a las preguntas debemos caracterizar la crisis envolvente que asola el panorama social, poltico y econmico del pas. Para responder al segundo grupo de preguntas debemos teorizar sobre la genealoga colonial y la historia efectiva de la nacin o de las naciones, si se quiere. Son estas dos tareas las que vamos a retomar con la urgencia del caso.

 

Los confines de la crisis

Se dice que la actual crisis econmica tiene sus comienzos durante la dcada de los setenta, tiene que ver con el agotamiento de un modelo capitalista, el relativo al ciclo del capitalismo norteamericano. Esta crisis repercute en la periferia con cierto diferimiento diferencial, dependiendo de las regiones y las economas nacionales, esto sobre todo en relacin a su particular articulacin con el mercado mundial. Esta crisis econmica deriva en crisis poltica en la medida que las instituciones, los Estados, los proyectos poltico-culturales, asumen las consecuencias de la crisis de uno u otro modo, dependiendo de las estrategias discursivas que se desprenden. La crisis del petrleo va a marcar un hito en el enfrentamiento entre lo que llamaremos, a modo de simplificar la discusin, centro y periferia del modo de produccin capitalista. Los pases rabes ricos en petrleo, las organizaciones que aglutinan la administracin del oro negro, deciden retener el excedente en sus manos, por lo menos por un momento, y deciden subir los precios del petrleo. Esto ocasiona un marasmo econmico en el centro hegemnico del capitalismo. Los pases centrales deciden ahorrar energa, hacer grandes esfuerzos por lograr este ahorro. Los pases petroleros se benefician rpidamente con la situacin, atrayendo grandes sumas de dinero, debido a la ganancia de la diferencial de los precios del hidrocarburo. Una pregunta inmediata al respecto, este dinero se convierte en capital? La administracin jerrquica de esta riqueza sbita opta por una estrategia de inversin en la industria y el mundo del negocio de los pases centrales, ms que una estrategia de inversin en sus propias economas. Los pases petroleros estn lejos de haberse convertido en pases industriales. La estrategia de los pases centrales va a ser distinta, van a buscar transferir el desbalance que producen la subida de los precios de las materias primas hacia los pases perifricos, pases no industriales, subiendo a su vez la valorizacin de su tecnologa, ensanchando la brecha del intercambio desigual, consolidando la abismal diferencia jerrquica en los trminos de intercambio. El intercambio desigual entre materias primas y productos industriales vuelve al escenario bajo los parmetros de las nuevas condiciones, cada vez ms injustas. Desde entonces a la fecha el boquete tecnolgico se ha vuelto abismal. La subida de los precios del petrleo, que viene acompaada por la relativa subida de los precios de las materias primas, situacin, que en principio, beneficia a las arcas de las economas nacionales perifricas, sobre todo de los pases rabes, termina convirtindose en un boomerang. Los pases centrales, industrializados y de concentracin de capitales, no tardan en recuperarse de la situacin crtica en la que se ven sometidos en un principio de la crisis del petrleo, recuperan rpidamente el control de la circunstancias, retomando el mando de la economa del mundo. La dependencia va tomar nuevas formas, quizs ms virulentas, en unos casos, ms sofisticadas en otros. Una prueba palpable del ejercicio de la hegemona mundial, de los efectos de poder, en el marco de la dominacin global desplegada, es el papel de guardin imperial desempeado por parte de uno de los pases centrales, vencedores de la guerra fra. Se trata de los Estados Unidos de Norte Amrica, que se ha convertido en la hper-potencia que monopoliza la violencia global, que hace de centro gravitatorio y de centro tecnolgico-meditico-poltico-militar en el contexto del nuevo orden mundial. Esta exacerbada configuracin imperial, que expresa su poder global de manera desmesurada, ha convertido al mundo en objeto de un panoptismo universal. Con esto se habra pasado de los diagramas disciplinarios de la modernidad a los diagramas de control de la postmodernidad. El imperio ya cuenta en su haber con una larga cadena de guerras preventivas, que fungen de intervenciones policiales, pero que en la prctica inhabilitan las soberanas nacionales y suspenden el derecho internacional.

Durante la dcada de los setenta, Bolivia se vi beneficiada por la subida de los precios de las materias primas. Esta situacin apreciable desde un punto de vista econmico fue, como quien dice, despilfarrada por la dictadura militar de entonces, la del General Banzer. Estos ingresos fueron la base para acrecentar raudamente los montos de la deuda externa, por otra parte se hicieron grandes transferencias del excedente por concepto de prstamo al demandante empresariado del oriente boliviano, particularmente el cruceo. El discurso pareca a primera vista convincente, invertir en la diversificacin de la industria y de las exportaciones. Ganaderos, agroindustriales, azucareros, industriales se hicieron grandes prestamos, que nunca devolvieron al fisco. La verdad es que la mayor parte de esos prstamos no se invirtieron en el desarrollo econmico sino sirvieron para circular en las redes especulativas del capital financiero. Los prstamos se extranjerizaron. Las grandes empresas estatales, como COMIBOL y YPFB se vieron afectadas, al convertirse en entidades que transferan su excedente y no ser consideradas sujetos de reinversin. No hubo ni prospeccin geolgica significativa, tampoco recomposicin tecnolgica, ni mucho menos puede verse, de ninguna manera, el fenmeno econmico ligado a la acumulacin ampliada de capital. Bolivia no dejaba de ser una economa de enclave, un campamento capitalista destinado a transferir su excedente a los centros de acumulacin ampliada de capital.

Podemos decir que las repercusiones de la crisis cclica del capitalismo, que tiene su nacimiento durante la dcada de los setenta, adquiere sus particulares formas locales en las estrechas dimensiones de las economas nacionales latinoamericanas. La crisis se comenz a gestar en esa dcada paradjica, de ilusoria bonanza perentoria, pero tambin de despilfarro por parte de dictaduras militares, que accedieron a montos importantes de los ingresos provenientes de las exportaciones de las materias primas. Desviaron esos recursos dinerarios a un uso, como dicen los economistas, no productivo, mas bien, suntuario, desviaron los recursos de acuerdo a la lgica de las redes de relaciones clientelistas.

Por lo tanto habra que considerar ciclos socioeconmicos y econmico-polticos ms largos para poderse explicar la crisis mltiple que atraviesa Bolivia, en el contexto de crisis regionales, continentales y mundiales. La crisis econmica del capitalismo a nivel mundial comienza en la dcada de los setenta, esta crisis corresponde al ciclo del capitalismo norteamericano, expansivo y territorialista, ciclo que comienza con la decadencia del ciclo ingls, a fines del siglo XIX y principios del siglo XX. En Bolivia esta crisis no se nota de manera directa, es mas bien diferida. Lo primero que se vive son los beneficios circunstanciales de la subida del precio de las materias primas. La crisis va a hacerse sentir en Bolivia y en los pases perifricos cuando bajen los precios de las materias primas, particularmente de los recursos no hidrocarburferos, de los recursos minerales. La dependencia econmica es particularmente notoria respecto a la explotacin, refinamiento, fundicin y comercializacin del estao. Las consecuencias sociales de esta crisis tendrn su resonancia ms tarde, repercusiones que quizs aparecen como sntomas preocupantes durante la dcada de los ochenta; se agravan con la aplicacin de medidas neoliberales, polticas de shock, ajuste estructural, reformas estructurales. Con la privatizacin de las empresas estatales y con la virtualizacin de la economa nacional, medidas que traen a colacin una perdurable recesin econmica, termina agravndose la crisis social. Esto se puede observar empricamente en el ascenso galopante del desempleo y el subempleo, la terceriarizacin de la economa, la profundizacin y expansin de la pauperizacin de las clases subalternas, adems de constatar estos fenmenos en el deterioro de las condiciones socidemogrficas. Se podra ver el proceso de la siguiente manera: El despliegue de la crisis econmica desemboca en el ahondamiento de la crisis social, ambas crisis hacen estallar la crisis poltica, crisis que, de todas maneras, se encontraba ms o menos latente, ms o menos manifiesta. No se vea esto como que una crisis ocasiona a la otra, sino que las tres crisis se empujan, se entrecruzan, dibujando en el presente el panorama de una crisis mltiple.

 

Genealoga de las dominaciones

La conquista no se dio de un golpe, fue mas bien un proceso, desde el avistamiento de la primera isla en el Caribe a la vuelta martima al nuevo continente y posterior circunnavegacin del planeta, pasando por el estrecho que llevar el nombre de Magallanes llegando a Filipinas y de ah despus a Espaa (1492-1522), de la conquista emprendida por Hernn Corts en el Yucatn a la conquista de Diego de Almagro y Francisco Pizarro en el Per, de la conquista de Tenochtitln a la conquista del Cuzco. En el transcurso de poco menos de medio siglo cambia la faz de la tierra y el horizonte histrico cultural del mundo. Hasta se podra decir que la conquista continuo a lo largo de los distintos periodos coloniales. Incluso ms, deriv en guerras de reconquistas por parte de las repblicas criollas, aunque estas se hayan dado en el contexto de sus particularidades locales. Este diferimiento colonial concurre de una manera diferencial en el caso de los pases con preponderante poblacin indgena o con una densidad demogrfica indgena significativa. Concurre de manera completamente diferente en los pases donde la guerra contra los indios se lleva prcticamente hasta su extincin. En el primer caso podemos citar pases como Bolivia, Per, Ecuador, Guatemala, incluyendo a Mxico donde el mestizaje adquiere connotaciones histricas en el perfil barroco de su poblacin. En el segundo caso aparecen pases como los Estados Unidos de Norte Amrica, Argentina, Chile y Uruguay. Quizs deba incluirse en este caso, teniendo en cuenta las respectivas significativas disparidades, dando lugar por lo tanto a cualitativas distinciones, a pases donde el mestizaje proviene de la hibridacin afroamericana. Despus del impacto demogrfico negativo de la conquista y la colonia en los originarios, ocasionado el dao, en trminos de la extincin de las poblaciones nativas, en estos pases se sustituye esta falta por la incorporacin sustantiva de las poblaciones africanas, tradas a Amrica por la violencia del comercio de esclavos en el proceso de la acumulacin originaria de capital. Este es el caso de las islas del Caribe, de parte de Centroamrica, de la parte norte de Suramrica y particularmente del Brasil.

En Bolivia, la genealoga de las dominaciones tiene sus procedencias en el diferido proceso de conquista, proceso desplegado tanto en las llamadas tierras altas del Altiplano, la cordillera y los valles, como en las llamadas tierras bajas de la Amazonia y el Chaco. En unos casos prepondera el estilo militar de la conquista y en los otros se realiza por medio de los procedimientos de conquista espiritual. Este es el caso peculiar de la colonizacin religiosa desarrollada en toda la geografa ocupada por las misiones. Sin embargo, no se puede obviar, que la combinacin entre avanzadas militares y religiosas siempre se da, aunque conservando sus particularidades locales. La procedencia de las dominaciones es reiterativa en contextos mas bien locales, en las sucesivas reconquistas criollas en tierras indgenas. Este es el caso de la reimplantacin del tributo indgenal al comienzo de la vida republicana. Aunque es patente y dramtico el uso de la expropiacin de tierras comunitarias, desde la Ley de Exvinculacin, bajo el gobierno de Melgarejo. De 1871 hasta 1900 se desata una guerra indgena contra las formas administrativas de estas renovadas expoliaciones de tierras, que ni siquiera respetaron el pacto colonial [15] . Aunque parezca paradjico, el periodo liberal (1900-1952) se caracteriza por la legitimacin de este procedimiento de reconquista colonial.

La Reforma Agraria de 1953 devuelve la tierra a los indgenas, pero lo hace bajo los marcos de la propiedad privada familiar. No se respetan las 3000 comunidades que todava subsistan, sobrevivientes de esta diferida guerra de reconquista. Un nuevo mapa de fuerzas dispone los diagramas de poder en el contexto histrico definido por la Revolucin Nacional de 1952. Las dominaciones ahora pasan por el tamiz de la mestizacin cultural, la campesinizacin y la proletarizacin. Un nuevo pacto sostendr al rgimen populista. La construccin de lo nacional-popular es el telos del proyecto contenido en las prcticas discursivas del nacionalismo revolucionario. Los sindicatos campesinos y obreros, junto al aparatoso partido del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) formaran parte de este nuevo Estado, que derivara rpidamente en un gigantesco Estado prebendal y en una compleja sociedad civil atravesada por las redes de relaciones clientelistas. A la cada del rgimen de una revolucin que termin de rodillas en 1964 [16] , el pacto entre el Estado nacional y los sindicatos campesinos ser convertido grotescamente en el pacto militar campesino. El artfice de este pacto de pacotilla es nada menos que un ttere del Pentgono y del Departamento de Estado de los Estados Unidos de Norte Amrica, el General Ren Barrientos Ortuo. Durante el periodo de los gobiernos de dictadura militar el engranaje de las dominaciones pasa de la mediacin estatal a las mediaciones intervencionistas del imperialismo norteamericano. Un anticipado paso a la globalizacin? Se puede aceptar esta hiptesis interpretativa si es que se lee retrospectivamente este periodo de gobiernos de facto (1964-1982).

Con la derrota del frente popular, la UDP, se culmina con un modelo de acumulacin estatal (1952-1985), que puede ser entendido como un modelo de transferencia de capital, en el contexto de las polticas desarrollistas o de sustitucin de importaciones. En 1985 se ingresa al llamado periodo neoliberal, que se va a caracterizar por la incorporacin traumtica al proceso de globalizacin, mediante polticas de shock, acompaado del escabroso proceso de privatizacin de las empresas pblicas, que en Bolivia adquirirn el equvoco nombre de capitalizaciones. Bajo estas premisas polticas y econmicas se desatan las reformas estructurales, que pasan por redefinir el papel del Estado, convirtindolo en un Estado regulador, que transfiere la administracin de sus recursos a las trasnacionales. Estas reformas vienen acompaadas por la aplicacin de polticas de descentralizacin locales, en las que los municipios se convierten en los actores de gestiones locales, diseminadas y dbiles, en un mapa fracturado por las circunscripciones territoriales y mseros recursos de la coparticipacin para atender las demandas sociales acumuladas en la historia reciente. La reforma educativa forma parte de estas reformas estructurales que buscan supuestamente atender al carcter multicultural y plurilinge de la nacin boliviana, empero terminan como instrumentos de legitimacin de un rgimen que impone a un pueblo hambriento la transnacionalizacin de su economa y la transferencia inusitada de sus recursos naturales. La reforma jurdica y la reforma estatal no dejan de ser paliativos anacrnicos en el contexto de destructivos procesos de privatizacin, que vienen rpidamente acompaados por expansivas pauperizaciones de las clases sociales. En este horizonte, el engranaje de las dominaciones pasa a formar parte del nuevo orden mundial, del imperio, en la compulsiva virulencia del capitalismo desterritorializado. Una consecuencia notoria de esta mquina abstracta de poder resulta en la radical supeditacin de los estados subalternos a las formas efectivas de transnacionalizacin. Las resistencias sociales adquieren sus nuevos perfiles en una proliferacin de los enfrentamientos. Estas contradicciones se pueden resumir en la configuracin del antagonismo entre imperio y multitud. Antagonismo que adquiere sus propias tonalidades diversas en el mbito variado de las formaciones sociales centrales y perifricas, entremezcladas y barrocas, incorporando los singulares localismos a los violentos procesos de globalizacin [17] .

 

La Proliferacin de los Conflictos

 

Desde el mircoles 8 de octubre del 2003, asistimos a la proliferacin de los conflictos sociales. Asistimos al desenvolvimiento de la conflictividad a partir de estallidos locales y sectoriales, cada uno con su pliego de demandas, aunque todos coincidiendo con el compartido tema de la defensa del gas. Esta ltima fase forma parte del ciclo de los movimientos sociales desatados en abril del 2000, cuando la guerra del agua termina expulsando a una trasnacional, que pretende monopolizar el recurso vital y lograr ganancias comerciales de este monopolio, cobrando precios exorbitantes por el consumo. Sin embargo, se distingue de lo que ocurre con los movimientos sociales durante aproximadamente tres aos (2000-2002). Dos o tres epicentros organizacionales se convirtieron en los ncleos gravitacionales del movimiento: Las siete federaciones sindicales del Chapare, la Confederacin nica de trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB), la Coordinadora del Agua. Las organizaciones tendan a la sntesis simblica de sus respectivos lderes: Evo Morales, Felipe Quispe y Oscar Olivera. Los discursos de interpelacin terminaban emitidos por estos caudillos, particularmente los dos primeros. El debate con el gobierno, las discusiones en las mesas de dilogos, tambin tenan escenarios mediatizados, donde actores individualizados protagonizaban la pugna, los lideres asuman plenamente su papel. En todo este periodo el papel de los individuos, de estos lderes caudillos, jug una funcin organizativa y atractiva. Pero, a partir de un determinado momento, la concentracin del liderato termin inhibiendo la espontaneidad de los movimientos sociales, termin obstaculizando el desenvolvimiento organizacional de las bases. Una contradiccin latente entre bases y dirigentes apareci ms de una vez de modo explicito. Esto no slo se hizo evidente en las asambleas y en las decisiones tomadas desde abajo, sino sobre todo en la crisis orgnica de los sindicatos y de los instrumentos polticos. Esta crisis se hizo patente despus de las elecciones (2002), cuando un importante contingente de dirigentes indgenas, sindicales e izquierdistas ocup casi la mitad del parlamento nacional. El divorcio entre dirigentes y bases se hizo patente. La lgica parlamentaria termin absorbiendo la lgica del movimiento social. Poco a poco se hizo sentir la censura de las bases a sus dirigentes. Esta contradiccin inherente a la organizacin de los movimientos sociales no deriv en divisiones, salvo lo ocurrido con el Movimiento Indio Pachacuti (MIP), sino que fue superada por el desborde de las bases sociales sobre sus dirigencias, la proliferacin de nuevos dirigentes salidos de las bases, la expansin del conflicto a las ciudades, particularmente a la ciudad de El Alto. Ahora no hay dos o tres epicentros, sino muchos, la multiplicacin del conflicto ha ganado fuerza y cobrado vida, la singularidad de lo local se ha convertido en lectura especifica de las demandas concretas. Sin embargo, al mismo tiempo, como desarrollando una dialctica propia al dualismo entre expansin y concentracin, entre proliferacin y unificacin, los movimientos sociales fragmentados encontraron su proceso de unificacin desde las bases. La consigna unificadora es la defensa del gas, el proceso unificador es la construccin de un intelecto general, que se expresa como saber mltiple y compartido del valor histrico de los recursos naturales. Usando un lenguaje antiguo, diramos que este intelecto colectivo, articulado a travs de la informacin alternativa, el rumor social, y las reuniones de formacin, es el renacimiento de la conciencia nacional, en las condiciones de posibilidad que determina las composiciones de la multitud.

Los bloqueos abarcan la zona de Yapacan, sobre la carretera que va de Cochabamba a Santa Cruz, pasando precisamente por esta poblacin estratgica, donde se asientan colonizadores, campesinos y grupos vinculados a los del movimiento de los sin tierra. La ciudad de El Alto, desde la declaracin del paro indefinido hasta el viernes 17 de octubre del 2003, ha vivido una jornada sangrienta, sobre todo durante el fatdico transcurso entre el sbado y el domingo del 11 al 12 de octubre. La ciudad de La Paz vivi la repeticin de la sangrienta jornada al da siguiente, un lunes negro del que no se podrn olvidar los vecinos de Apaa, Obejuyo, Chasquipampa, Cota Cota y los campesinos de las comunidades aledaas, particularmente la comunidad de Uni. El paro alteo comenz con una gran concentracin y marcha, cuando en la ciudad de La Paz, se anunciaban variadas marchas sectoriales. Aunque La Paz est acostumbrada a ser la sede del conflicto social, por lo tanto de marchas, protestas y bloqueos, no sospech al amanecer del domingo que es lo que le esperaba vivir en dos das consecutivos de enfrentamientos y muertes. La salida de las cisternas de gasolina de Senkata y de los camiones de garrafas de gas, acompaadas por su proteccin militar, sembr la muerte en su recorrido, habiendo dejado el sello de la muerte antes de salir, con la militarizacin de la ciudad de El Alto. En la caprichosa topografa de la hoyada pacea esas muertes llegaron como pualada a la sensibilidad de los barrios. La solidaridad con la ciudad de El Alto se hizo sentir con anuncios de marchas sobre la zona sur. Estas marchas fueron detenidas sangrientamente.

El bloqueo de caminos del Altiplano norte contina acompaada por la huelga de los mallkus y mama tallas en la radio San Gabriel. Este conflicto de los campesinos con el Estado es arrastrado desde las ltimas semanas de septiembre; ingresa a la segunda semana de octubre sin visos de solucin. El conflicto tom nuevo rumbo despus de la intervencin militar en Ilabaya, Warisata y Sorata, dejando como recuerdo seis muertos y varios heridos. Despus de la matanza en El Alto y en La Paz, los muertos se aproximan a la centena y los heridos ya suman cerca de quinientos. Este nuevo tramo del conflicto esta signado por el fantasma de la guerra civil. Sin embargo, este fantasma no se ha hecho presente, no se ha convertido en espectro, tampoco se ha encarnado; lo que sigue cobrando vida es la reiterada forma expansiva del bloqueo y de las marchas. En este contexto proliferante de los conflictos, los mineros anunciaron una marcha hacia la sede de gobierno, marcha que partira de Caracollo; bifurcacin importante que reparte la carretera principal del Altiplano a Oruro y a Cochabamba. Esta marcha ya se lleva a cabo y es detenida en Patacamaya, donde la represin se llev tres muertos y varios heridos.

En el atardecer del jueves, 16 de octubre del 2003, la ex defensora del Pueblo Ana Mara Romero de Campero anunciaba la incorporacin a una Huelga de Hambre de un grupo destacado de intelectuales y personajes, de reconocimiento social, en la iglesia de los carmelitas. En un comunicado los huelguistas expresan un rotundo basta a las matanzas y piden la renuncia de Gonzalo Snchez de Lozada a la presidencia de la repblica. La noche del mismo da otro piquete de huelga se sumaba al mismo pedido en la iglesia de San Miguel, en el corazn mismo de la zona sur. Al poco tiempo los piquetes de huelga llegan a ochenta y tres en todo el pas. Esta irradiacin de la huelga recuerda a la huelga de hambre de las mujeres mineras de 1978, huelga que creci rpidamente con la cuantificacin de los piquetes, huelga que derrot a la dictadura del General Banzer, dictadura militar que persisti siete aos en el gobierno de facto. La analoga entonces es sintomtica, aunque hay que establecer las diferencias. Ciertamente no es la huelga de hambre la que derrota al smbolo del rgimen neoliberal, al odiado gringo , Gonzalo Snchez de Lozada, sino es el gigantesco movimiento social, que combina la participacin de las juntas de vecinos, de las organizaciones gremialistas y de los sindicatos coaligados en la Central Obrera Regional (COR), composicin de lucha a la que se suma la valiosa participacin de los mineros y de contingentes campesinos, que marcharon durante das a la sede de gobierno.

La expansin y desarrollo del conflicto social hacia las ciudades se hace sentir con el desplazamiento de la geografa del conflicto y la agregacin de significativos representantes y sectores de las clases medias. Esta adicin sintomtica al conflicto, la reciente incorporacin de las clases medias al movimiento social, es un dato que ya habla de una modificacin cualitativa del conflicto, pues la irradiacin del movimiento social alcanza a las bases de legitimacin del rgimen neoliberal. Con lo que se muestra que la crisis no slo es orgnica, adems de contener la crisis de legitimacin, sino que manifiesta patentemente la insostenibilidad el gobierno. Este cambio del estado de cosas, esta modificacin en la situacin del campo de fuerzas, no solamente nos hace ingresar a nuevos escenarios sino que comienza a modificar el perfil mismo del movimiento social. Perfil que no deja de ser popular, que no deja de ser plebeyo, que no deja su raigambre indgena, llegando a comprometer a la populosa ciudad de El Alto, dando una connotacin urbana al movimiento. Sin embargo, la expansin del conflicto, al afectar a sectores de las clases medias, es un indicador de la irradiacin de la hegemona poltica popular e indgena a los estratos sociales urbanos, que se acostumbraron a ser indiferentes o sostenedores de los prejuicios en torno a la democracia representativa. Con esto se verifica la crisis de valores de la democracia delegativa, llamando la atencin sobre las posibilidades de inventar una democracia de la multitud. El detonante de esta irradiacin e incorporacin fue la indignacin generalizada por las matanzas. El atentado masivo contra la vida por parte de un desencadenado terrorismo de Estado fractur las certezas de una subjetividad media, acomodada y acostumbrada a administrar dosis de indiferencia. La matanza, la desvalorizacin grotesca de la vida, el racismo desvergonzado de las ejecuciones, terminaron conmoviendo al ciudadano medio, despertarlo de su evanescencia ilusoria, mostrndole sin miramientos el drama multitudinario de la poltica, de la lucha de clases y de la pervivencia soterrada de las estructuras coloniales. Estas matanzas se suman al haber sombro del rgimen neoliberal, haber infaustamente acumulado; este fue el costo sangriento del sostenimiento de un rgimen antipopular. Se comprende entonces el consenso que se forma en torno al pedido de renuncia del presidente, que cobra resonancia en el mbito de instituciones cvicas y profesionales. Todas estas modificaciones del entramado del conflicto social mudan la estructura y la composicin del campo de fuerzas en las que se sostiene el mapa poltico. Tambin adquiere otro cariz la crisis en la coyuntura, que no solamente pone en el tapete los problemas estructurales planteados por los movimientos sociales, sino tambin se hace evidente la decadencia del armazn estatal.

Recorridos del conflicto en la cronologa poltica

El lunes, 13 de octubre de 2003, un da despus de la matanza de la Ciudad de El Alto, y a las semanas de la masacre de Warisata, varias marchas se concentraron en la ciudad de La Paz. Los bloqueos de caminos seguan en el Altiplano Norte y los yungas. Para entonces ya se haba iniciado bloqueos en el Chapare, tambin marchas y concentraciones en otras ciudades de Bolivia. Como ncleo incandescente de este horizonte insurreccional, desencadenado por el movimiento social, continuaba ardiendo el paro indefinido en la ciudad de El Alto. En este contexto del conflicto desatado se dio lugar al pronunciamiento contundente de la Coordinadora de la Defensa del Gas. Pronunciamiento que gozaba de consenso. Todos coincidieron en lo siguiente:

  1. Renuncia de Gonzalo Snchez de Lozada a la presidencia de la Repblica.
  2. Derogacin de la Ley de Hidrocarburos.
  3. Derogacin de la Ley privatizadora de la capitalizacin.
  4. Reversin al Estado de los recursos naturales, particularmente de los hidrocarburos, entregados a las trasnacionales.
  5. Desmilitarizacin de la ciudad del Alto.
  6. Detencin inmediata de la represin del pueblo movilizado.

Despus de lo ocurrido, de la espiral de muerte que remontaba la represin gubernamental, estos planteamientos eran ineludibles, sobre todo aquel que tienen que ver con los motivos fundamentales del conflicto social: Renuncia de Gonzalo Snchez de Lozada, derogacin de la Ley de Hidrocarburos y reversin al Estado de las reservas y recursos hidrocarburferos. Sin embargo, a pesar de este consenso, unas preguntas golpeaban las mentes, estas interrogantes se puede resumir del modo siguiente: Qu despus de la renuncia a la presidencia? Se acepta la sucesin constitucional del mando? Se forma un gobierno provisional revolucionario? Dada la envergadura de la crisis resultaba claro que la sucesin constitucional no era de ninguna manera la solucin a la problemtica vivida como crisis estructural del rgimen neoliberal y de la repblica criolla. La solucin no se encontraba en las dependencias de la vicepresidencia, no se encontraba en el prebendal parlamento, tampoco en el corrupto poder judicial, ninguna de estas instituciones era la instancia adecuada que poda hacerse cargo de la solucin de la crisis mltiple, poltica, ideolgica, econmica, social y de valores. La expansin y la profundidad alcanzada por la crisis mltiple hacen que sta no pueda ser resuelta con las mismas instituciones que forman parte de un Estado en crisis. La crisis no puede ser resuelta en el contexto del mismo mapa poltico que expresa la descripcin cartogrfica de las instituciones en crisis. La Vicepresidencia, el Congreso y el poder judicial, es decir, los poderes del Estado, como tampoco ninguna de las otras instituciones estatales son los dispositivos adecuados para resolver la crisis estructural. Estos organismos no renen los atributos morales, ticos y polticos para resolver la crisis, para atacar los nudos problemticos desde sus races, tampoco responden al crdito social, todo lo contrario, se han ganado de parte de la opinin publica el descrdito y la descalificacin ms grande. Cules son entonces las condiciones de posibilidad de la democracia, de una democracia en el sentido pleno de la palabra, de una democracia que suspenda las dominaciones? Por los problemas abordados, recogidos y planteados por los movimientos sociales, esa condicin poltica, esa condicin histrica de transicin, que sea a su vez la reunin de las fuerzas sociales, parece ser un gobierno provisional revolucionario.

El desenlace de los acontecimientos empero deriv en la sustitucin constitucional. Este desenlace si bien no es la solucin estructural a los problemas matriciales de la crisis, en todo caso aparece como condicin perentoria para una pacificacin, que puede ser momentnea o durar el periodo correspondiente a la culminacin de la gestin presidencial. La transicin dada por la sucesin constitucional puede ser aprovechada para abordar dos tareas prioritarias, resolver el problema de la enajenacin del gas y crear las condiciones para una Asamblea Constituyente Revolucionaria.

Cuando llegamos a este punto nos golpea de lleno una pregunta: Se cumplen las condiciones de posibilidad histrica para que se d el gobierno provisional revolucionario? Cundo se da este momento histrico que podramos llamar momento revolucionario? Segn Paolo Virno el momento histrico es el presente aferrado a su genealoga, es el acto que realiza la potencia, el pasado potencial, del modo ms intenso que lo permiten las circunstancias, la situacin actual, las condiciones de una coyuntura especial. Podemos decir que esta coyuntura es el momento de ruptura, de discontinuidad, de salto intempestivo, momento cuando la densidad del pasado se hace presente para producir un cambio profundo. Llamemos momento revolucionario al momento productivo en el que se cuenta con la mayor disponibilidad posible de fuerzas sociales que cargan con la intencionalidad del cambio. Ahora bien, esta disponibilidad de fuerzas supone un periodo de crisis, de crisis del antiguo rgimen, crisis de la estructura social hegemnica, crisis del modo de produccin vigente, crisis del diagrama de poder dominante. Por lo tanto el momento revolucionario coincide con el derrumbe del antiguo rgimen y la emergencia radical de un nuevo campo de fuerzas. El momento revolucionario conlleva la inmanencia de la potencia, del pasado potencial, de la predisposicin al placer, al cambio, es decir al futuro. Esta predisposicin es volitiva. Por eso el momento revolucionario es voluntad de poder y juego del imaginario radical, de una apertura a la constitucin liberadora de sujetos sociales.

 

 

La gran concentracin popular

Mltiples marchas que salieron de los barios confluyeron en una multitudinaria concentracin el da jueves, 16 de octubre de 2003. Tambin las marchas de las organizaciones sindicales, obreras y campesinas, confluyeron en esta enorme y popular congregacin en la Plaza de los Hroes o Plaza San Francisco. Pocas veces se ha visto un acontecimiento numrico de monumental convocatoria, quizs fue la UDP la que logro parecidas convocatorias, sobre todo antes de su ascenso al poder. Empero, sin lugar a dudas, la espontnea asamblea popular de la Plaza San Francisco del 16 de octubre supero a aquellas. Despus de esta magnfica concentracin de la multitud, los acontecimientos se sucedieron raudamente hasta la renuncia de Gonzalo Snchez de Lozada a la presidencia de la repblica. Por otra parte se trat de una concentracin que fue organizada desde abajo, a partir de las mltiples organizaciones de base, a diferencia de las convocatorias de la UDP, que se conformaron desde arriba, desde los aparatos partidarios.

La fabulosa concentracin multitudinaria del jueves por la tarde defini el destino del rgimen. La Plaza de Armas fue rodeada por una envolvente masa social, que recorra el entorno del palacio quemado. Los flujos de la multitud marchante llegaba de todos los barrios, las avenidas y calles centrales se convirtieron en ros enriquecidos de conglomerados afluentes sociales. El alcance de la concentracin sobrepasaba los lmites de la Plaza San Francisco, por el norte, sur, este y oeste llegaban marchas barriales a la concentracin, de la plaza salan otras marchas para recorrer las principales avenidas que circundan el centro de la ciudad. La concentracin convocada por la Central Obrera Boliviana (COB) fue organizada desde abaja, por cada junta de vecinos, por cada barrio, por distintas organizaciones gremiales, por los sindicatos, por jvenes, estudiantes y universitarios. Este acontecimiento no slo signific la recuperacin simblica de la organizacin de los trabajadores, sino dibujo un nuevo mapa de alianzas sociales, donde aparecen nuevas tcticas del movimiento y una conciencia colectiva de la fuerza de la multitud. Esto quiere decir que la sociedad no slo mostr su capacidad de organizacin, ni solo la acumulacin expansiva de su convocatoria, sino adems que es capaz de usar su fuerza para tumbar un gobierno oprobioso.

 

Los 12 Das que Conmovieron a Bolivia

Podra decirse que en estos doce das, que se suceden desde el 8 al 19 de octubre del 2003, se produce la configuracin de un nuevo escenario, relativo a la incorporacin de las ciudades al conflicto social. Desde la declaratoria de paro indefinido por parte de las organizaciones vivas de la ciudad de El Alto, particularmente la Federacin de Juntas Vecinales (FEJUVE), la Central Obrera Regional (COR) y la Federacin de Trabajadores Gremiales, hasta las tonalidades concretas que adquieren los desenlaces de la coyuntura, que tienen que ver con la estructuracin del nuevo gabinete, se suceden los eventos vertiginosamente, cambiando raudamente el carcter del escenario poltico, de acuerdo al tiempo social que emerge de las masas. La coyuntura es atravesada por el conflicto social en las dos ciudades siamesas de La Paz y El Alto. Es posible que la coyuntura no comience con el paro indefinido de la ciudad de El Alto sino mas bien con el conflicto desatado por la masacre de Warisata, Ilabaya y Sorata, sobre todo debido a las repercusiones movilizadoras de las resonancias de la muerte de campesinos; sin embargo, podemos decir con certeza que la coyuntura clausura su curva con la renuncia de Gonzalo Snchez de Lozada y la sucesin constitucional. La coyuntura llega a un lmite con los desenlaces polticos, cruza este lmite, llega al umbral, donde se dibujan nuevos escenarios, dando lugar a un nuevo contexto del momento histrico. Las tonalidades del desenlace tienen que ver con la formacin del gabinete del gobierno en transicin de Carlos Mesa, por un lado, y el pronunciamiento de los sectores movilizados a bajar la guardia, desbloquear, desmovilizarse, aunque manteniendo la vigilancia, dando un plazo perentorio al gobierno a que cumpla con su promesa inaugural y con los pliegos que se le presentan de parte de las organizaciones sociales.

Como hemos dicho, lo peculiar del conflicto social y poltico de la coyuntura que se clausura es haber trasladado el epicentro del conflicto social del campo a las ciudades. Todo este traslado, por lo menos coyuntural, modifica en parte la geografa del conflicto social. Lo que inquieta es describir la singularidad de estas variaciones, interpretar el significado poltico de estas modificaciones y evaluar la perspectiva de las fuerzas encontradas. Esto adquiere un matiz especial con la incorporacin a la movilizacin de parte de significativos sectores de las clases medias en el contexto de los movimientos sociales desatados desde la guerra del agua (abril del 2000). Podramos decir que desde la cada de la Unin Democrtica y Popular (UDP) las clases medias no haban vuelto a incorporarse al movimiento social. Esto se puede constatar en un indicatum peculiar, la prctica ausencia de las universidades en el conflicto social, en las movilizaciones, y en el ambiente concurrente de la formacin de opinin. Despus de casi veinte aos de ausencia las clases medias se reincorporan al movimiento social, esto ocurre sobre todo a partir de sectores sensibles a los acontecimientos sociales y polticos, como son los intelectuales, adems de ciertas entidades de la sociedad civil, compenetradas con el trabajo de los derechos y los estudios sectoriales. Las clases medias recurrieron a la huelga de hambre para manifestar su indignacin ante las masacres, la elipse incontrolable de la violencia estatal, adems de pedir la renuncia de Gonzalo Snchez de Lozada a la presidencia. No dejaron de optar por otras formas de manifestacin como la cadena humana y la medida plebeya de las marchas. Esta incorporacin de las clases medias al movimiento social no slo tiene que ver con la expansin e irradiacin del movimiento popular, particularmente indgena, sino con los efectos de poder del paro y la compacta movilizacin de la Ciudad de El Alto, efectos que alcanzan con su resonancia a la ciudad de La Paz, primero en los barrios perifricos, luego en los barrios centrales, para pasar a los barrios residenciales. Efectos de poder que tienen que ver con el quiebre de los mrgenes de legitimacin social del rgimen liberal. Todo esto sucede en un contexto de modificaciones de actitudes en las bases mismas de las organizaciones sindicales; se produce lo que llamamos la emergencia proliferante de los mandos medios. Esto significa por lo menos dos cosas: La emergencia del control social y el desborde de las bases respecto a los dirigentes nacionales. Emerge la multitud de mil rostros, a diferencia del rostro pblico y caudillo del dirigente nacional. Aqu concurre, como se dice, la recuperacin de la democracia de asamblea, el resurgimiento del accionar de la democracia directa, dejando de lado el monopolio de la palabra de los dirigentes-caudillos. Estas modificaciones replantean y desdibujan el mapa del conflicto social, para volver a configurar de nuevo la geografa del conflicto nacional; este rediseo sobre todo tiene que ver con el esbozo de las alianzas, en el contexto de la proliferacin emergente del control de las bases y mandos medios.

El mircoles 8 de octubre se declara el paro indefinido, el da jueves 9 llegan los mineros de Oruro y se alojan en las instalaciones de la Universidad Pblica de El Alto (UPEA). Este da se producen dos bajas en el enfrentamiento con las fuerzas del gobierno, caen el minero Jos Luis Atahuichi Ramos y el estudiante Ramiro Vargas Astilla. El viernes 10 es patente la escasez de la gasolina en la ciudad de La Paz. El sbado 11 se suceden nuevos enfrentamientos, mueren un nio y un padre de familia. Durante el atardecer y en el transcurso de las primeras horas de la noche se producen fuertes enfrentamientos por el sector de Ro Seco. Recomienza la espiral de la muerte. El da fatdico es el domingo 12 cuando se producen los ms duros enfrentamientos entre la poblacin movilizada de El Alto y las fuerzas combinadas del gobierno, las cuales custodian la caravana de cisternas que sale de Senkata y llevan la preciada gasolina y el gas licuado a la sitiada ciudad de La Paz. Esta caravana se convierte en la caravana de la muerte, deja como saldo 26 muertos y un centenar de heridos. Despus de conocerse los alcances de la matanza, las ciudad de La Paz reacciona; primero, en las laderas y toda la periferia de los barrios populares; para luego ir comprometiendo a los barrios residenciales, como Miraflores, Sopocachi, tambin Obrajes y Cota Cota. Cuando las dos ciudades se hallan comprometidas en la vorgine del conflicto, el da martes 14 se conoce la muerte de dos mineros en Patacamaya, como consecuencia de enfrentamientos con el ejrcito. El da mircoles 15, cuando se hace patente la insostenibilidad del gobierno de Snchez de Lozada, cuando los acontecimientos han llegado muy lejos como para volver atrs, se da lugar a una tarda reaccin del gobierno. El presidente y su ministro de desarrollo sostenible salen al frente ofreciendo referndum consultivo respecto a la venta del gas y la ley de hidrocarburos, empero condicionando lo segundo a la participacin de las trasnacionales. Este ofrecimiento viene acompaado por un epilogo belicoso de parte del entonces presidente de la republica, quien califica a los movilizados como anarco sindicalistas y narcoterroristas. El da jueves 16 la protesta ya es nacional. En Villamontes, Villazn y el Chaco, tambin en el Beni, se producen marchas de protesta. Este mismo da se produce una multitudinaria concentracin de centenas de barrios de La Paz y El Alto, sumndose a las organizaciones sindicales obreras y campesinas. Se dice que semejante concentracin no se haba producido desde el ascenso de la UDP al poder. Esta concentracin fabulosa termina definiendo la correlacin de fuerzas, por lo menos en lo que respecta a la valoracin poltica. El da viernes 17 ingresan por la zona sur de la ciudad de La Paz marchas campesinas que se dirigen a las concentraciones de la Plaza San Francisco. Al da siguiente, el da sbado 18, se suceden los desenlaces. Quedaba claro que el gobierno derivaba dramticamente en una dictadura abierta, no solamente por la opcin de fuerza a la que se inclinaba, desatando una espiral de violencia incontrolable, sino porque ya no contaba con mnimos sectores sociales que puedan sostener todava breves, fragmentarios, espacios de legitimacin. Casi la totalidad de la sociedad se haba pronunciado por la renuncia de Gonzalo Snchez de Lozada, salvo los empresarios privados y dos comits cvicos cuestionables, el cruceo y el tarijeo. Obviamente todava los partidos aliados lo seguan sosteniendo, sin embargo, la maana del sbado se agolpan las renuncias y las deserciones del campo oficialista. El capitn Reyes Villa hace conocer su retiro del Gobierno y no ve otra salida que la sucesin constitucional. Como se dice, los dados estaban echados. Como al medio da, se rumorea por los medios de radio que la renuncia de Gonzalo Snchez de Lozada prcticamente era un hecho, que se iba a leer su carta de renuncia en la sesin de emergencia del Congreso convocada para la tarde. Efectivamente, en la noche se lee la carta de renuncia y el Congreso decide por mayora la sucesin constitucional. El domingo 19 Carlos Mesa, ya hecho presidente de la repblica, sube a la ciudad de El Alto a una concentracin de vecinos y organizaciones sociales y sindicales a rendir homenaje a los cados en los aciagos das del conflicto.

 

Poiesis de la multitud

Pregunta 2

Cmo se llega a un desenlace? Qu ocurre antes en las entraas mismas de los acontecimientos para que se produzca el desenlace? El tiempo poltico nace del movimiento molecular de la multitud y se desplaza en el mapa de las fuerzas desplegada, tiene una duracin particular en la geografa de las instituciones como cronograma poltico. La renuncia a la presidencia de la repblica del smbolo maysculo del rgimen neoliberal fue una victoria del movimiento popular, cuyo eje articulador es el movimiento indgena, que atraviesa tanto al campo como a las ciudades. Sin embargo, no se puede olvidar que el desencadenamiento de las acciones como la huelga de hambre, el bloqueo de caminos, las marchas, los bloqueos de calles y avenidas, la construccin de barricadas y el cavado de zanjas para que no pasen los tanques, la fabulosa concentracin de la multiplicidad de vecinos de barrios de El Alto y La Paz, que sobrepasaron a la convocatoria de ms de 400 barrios, no se circunscribe al movimiento indgena, por lo tanto tampoco a su centralidad aymara. Los sindicatos campesinos del Altiplano norte adquieren un nuevo carcter en el despeadero de los acontecimientos. Las convocatorias masivas de asambleas, la retrica y la oratoria de las exposiciones se concentran en principio en dos temas, la libertad del dirigente Huambo y la defensa del gas. Despus de la masacre de Ilabaya los discursos son ms encendidos, se reclama por la muerte de los compaeros y comienza a perfilarse la idea de pedir la renuncia de Gonzalo Snchez de Lozada. La imagen de los muertos remueve los espritus de la gente. Casi de manera inmediata las organizaciones sociales son convocadas a defender la vida, a luchar contra la represin violenta, que se ensaa con los cuerpos de los campesinos. Esta remocin tendr una peculiar repercusin en la ciudad de El Alto. Se llegar a declarar un paro indefinido. Aunque para llegar a esta medida, para comprender esta determinacin es menester revisar una historia, la historia reciente de los desplazamientos de fuerza en la tupida red de las juntas de vecinos.

Descripcin 2

Desde los sucesos desatados en Warisata, Sorata e Ilabaya los eventos se trastocan rpidamente en consecuencias polticas. Se trata de la legitimidad de un rgimen que ya no puede sostenerse sino por el desencadenamiento de la violencia descarnada. Se trata de un gobierno que vive su emergencia, no puede ya seguir la ruta de su aorada normalidad. La represin a los bloqueos de caminos del Altiplano norte no quiebra esta forma de protesta que detiene el trnsito, detiene la circulacin, ocasionando el xtasis de las pasiones y deseos de la multitud. Estancado el transcurrir del transporte de los productos y de la gente, interrumpido el tiempo republicano, se viaja mantenindose en el mismo lugar, se produce el traslado repentino a otro ciclo histrico, no slo el de la efectividad histrica o el de la historia efectiva, sino al ciclo recuperado en la memoria de antiguas luchas, que se hacen presentes en el momento. Esta actualizacin modifica, en el contexto actual, el significado integral de los smbolos, valores e instituciones en juego. No se trata solamente del Tawantinsuyu contra la colonizacin reiterada, tampoco slo del antagonismo del Collasuyu con la Repblica de Bolvar, sino de la circulacin de estas utopas en su lucha contra el imperialismo y por la recuperacin del sentido nacional. No es ninguna excusa la defensa del gas, de los recursos naturales, de la forma efectiva de la manka-pacha, es el modo de hacerse historia de una voluntad concentrada en la cultura. No hay contradiccin entre utopa andina y nacin. Su disociacin, mas bien, puede traer un descalabro, la derrota de los movimientos sociales gestados desde abril del 2000. No es una salida liberal la que busca la realizacin de esta voluntad histrica, no son las autonomas liberales los perfiles que se dibujan en el corazn anhelante de los combatientes, es ms bien la construccin colectiva de utopas no realizadas, en el contexto de una nacin que no termina de nacer, que no termina de constituirse a partir de la intuicin volitiva de sus multitudes. Sino, qu sentido tiene hablar de Asamblea Constituyente Revolucionaria? Las fuerzas vivas de la sociedad quieren constituir una nacin, quieren realizar su potencia, materializar histricamente su poder constituyente. Se busca no slo hacer frente a la avalancha de las movilizaciones, a las luchas, que ponen en suspenso el engranaje chirriante de las dominaciones; las fuerzas vivas de la sociedad desean, buscan hacer poltica en el sentido plebeyo, quieren inventar la democracia con la imaginacin radical de los indgenas y mestizos comprometidos en esta interpelacin. La bandera de las autonomas ha sido asumida por las oligarquas criollas regionales de Tarija y Santa Cruz. Desde estos ncleos reaccionarios se quiere detener las reivindicaciones de los sin tierra contra el monopolio de la tenencia de la tierra de un pequeo grupo de familias latifundistas. Se quiere parar las legtimas demandas sociales en torno a la recuperacin del gas para los bolivianos. Con la bandera de las autonomas liberales se intenta trastocar el sentido poltico construido profusamente por las multitudes movilizadas. El sentido transformador quiere ser convertido en un sentido local, circunscrito a la mezquindad de las oligarquas regionales. El resultado poltico, hoy por hoy adverso a las fuerzas conservadoras, quiere ser desviado a favor de estas pequeas minoras privilegiadas y a favor de los intereses de las trasnacionales. Las autonomas liberales cobran este peculiar perfil reactivo, las fuerzas reaccionarias quieren apropiarse del objeto poltico y darle un sentido histrico afn a sus intereses, descomponer el espacio heredado por los hijos del Collasuyu, los hijos de los nmadas chaqueos y amaznicos, los hijos mestizos, habitantes de la Audiencia de Charcas y combatientes contra el imperio Colonial. Tienen la misma mentalidad que la vieja oligarqua, una psicologa que confunde el pas con sus predios, sus latifundios, sus minas. Mientras el pueblo quiere recuperar lo que le pertenece por derecho natural, los recursos, los dispositivos econmicos, los dispositivos polticos. Quiere decidir su destino y el destino de estos recursos. Esto es, quiere darle un desenlace positivo a la guerra por el excedente.

Los bloqueos se expanden, se articulan a otros bloqueos que parten de otras historias locales, como los de Caranavi y los Yungas. Tambin hay bloqueos espordicos en el Chapare. Se producen bloqueos en el Altiplano sur y en las conexiones de la cordillera, los bloqueos se expanden a los valles. Las marchas tambin proliferan, llegan a los llanos. Dos enormes marchas, una de colonizadores, otra de campesinos e indgenas del norte de Santa Cruz, avanzan a la capital de la sierra. Una de las marchas logra atravesarla y llegar a la plaza de armas, donde se produce una trifulca protagonizada por jvenes de la nacin camba. Esta expansin del paisaje social de las movilizaciones, esta trama cuya narracin descuella en boca de los protagonistas, que son las multitudes, las organizaciones populares, esta narratividad colectiva, que se escribe con las acciones de las movilizaciones, que desencadenan la potencia creativa de lo social desbordado, tiene como una amplitud de recorridos, pero tambin un orden puro del acontecimiento poltico. La ciudad de El Alto es la urbe popular que contiene a la nacin, que contiene las ansias de la nacin, las esperanzas de la nacin; el gasto heroico de su poblacin arroja sus muertos al campo de batalla de la historia, el imaginario social retoma este sacrificio como donacin a los dioses que juegan al azar y a la necesidad. La memoria colectiva ya los vela, ya los cobija, ya los entierra, pero para convocarlos en los procesos de las nuevas batallas, de la guerra que no ha concluido. Los muertos no nos abandonan, estn con nosotros para construir nuevas barricadas, para ayudarnos a destruir las mquinas abstractas de las dominaciones.

Problema 2

Cmo constituir una democracia de la multitud? Cmo construir una democracia que forme parte de las prcticas sociales concurrentes y transformadoras? Cmo hacer que la democracia vuelva a pertenecer a la asamblea, a la retrica, a la discusin, al arte del convencimiento y a la poiesis poltica? Cmo hacer que la democracia sea el despliegue de las energas ciudadanas y comunitarias? Aunque parezca una tautologa y una redundancia valdra la pena reducir estas preguntas en la siguiente: Cmo hacer que la democracia sea democrtica?

Hiptesis 2

La democracia es posible porque pone en suspenso las dominaciones. Se basa en el reconocimiento de la igualdad y a partir de este fundamento su prctica resulta en luchas contra las desigualdades. Su contenido histrico es la libertad, a partir de ella se pone en cuestin el monopolio de la riqueza y el monopolio de la moral, la virtud de los mejores. La tica social es el despliegue histrico de la libertad, que tiene que tomarse tanto en su figura colectiva como en su figura individual. La democracia es el poder constituyente de la multitud. En su sentido prctico la democracia no deja de manifestarse como conflicto. Este conflicto se puede dirimir pacficamente en la asamblea o estratgicamente en la lucha de clases.

Corolario

La lucha indgena forma parte de la lucha contra las dominaciones, concretamente la lucha contra el colonialismo polimorfo. Desde esta perspectiva es una lucha democrtica, adquiere su valor histrico en el horizonte de una democracia radical, que llegue hasta las races de las formas de dominacin en las formaciones coloniales y postcoloniales. Esta raz se encuentra en una violencia inicial histrica, en la guerra de conquista, esta guerra atraviesa el cuerpo social y el mapa de las instituciones en el transcurrir histrico de las formaciones sociales, vale decir, los virreinatos, los repartimientos, la Audiencia de Charcas y los periodos republicanos. Esta guerra de conquista, que desata una guerra de liberacin, que cuestiona la legitimidad de los regmenes. El arj y el telos de esta guerra de dos caras hacen inteligible el decurso de los acontecimientos que atraviesan los mapas institucionales.



[1] Este es un balance que se hizo despus de un encuentro de la FEJUVE de El Alto, de entonces, respecto a los acotamientos de octubre de 2003. La reunin se efecto en Copacabana a fines del 2003.

[2] El sbado 18 por la maana, en un programa de la radio FIDES, Carlos Toranzo y Jorge Lazarte, apostaban por un plazo perentorio de 90 das para Gonzalo Snchez de Lozada.

[3] La COMUNAL fue una propuesta organizacional, basada en la experiencia de la Coordinadora del Agua de Cochabamba, esta vez se quera una coordinadora de los movimientos de carcter nacional.

[4] Paolo Viro: El Recuerdo del Presente. Paidos 2003, Buenos Aires.

[5] Revisar de Michael Lwy, Walter Benjamin, Aviso de Incendio. Fondo de Cultura Econmica 2002, Mxico.

[6] Revisar de Paolo Virno, El Recuerdo del Presente, Ob. Cit., sobre todo la segunda parte: Temporalidad de la potencia, potencialidad del tiempo.

[7] Esto escribi Ernst Bloch en Herencia de Nuestro Tiempo. El escrito de Bloch data de 1935. Ha una edicin italiana en Sul Progresso, 1956, y otra reedicin en 1990.

[8] El mote que se le daba al soldado paraguayo por andar descalzo: Pata pila.

[9] Revisar el libro de Sergio Almaraz Paz, Petrleo en Bolivia. Juventud 1958; La Paz.

[10] Revisar de Ral Prada Alcoreza, La supresin de la poltica; Comuna 2003, La Paz.

[11] Ver de Carlos Montenegro, Nacionalismo y Coloniaje.

[12] Ver de Ana Rebeca Prada Madrid, Viaje y Narracin. Las Novelas de Jess Urzagasti. IEB, Sierpe, 2002, La Paz.

[13] Los mestizajes indgenas se dieron antes de la Colonia, probablemente con mayor intensidad en el caso de la regin occidental, entre urus, puquinas, aymaras y quischwas, que en el caso de las poblaciones amaznicas y chaqueas, ms apegadas a un comportamiento nmada.

[14] Ciertamente no entran a formar parte del Collasuyu las extensas tierras amaznicas y chaqueas, donde habitaban los mltiples pueblos tacanas, tupi-guaranies, moxeos, guarayos y dems pueblos itinerantes. Empero esta enorme regin tropical formara parte de la Audiencia de Charcas.

[15] Al parecer las reformas borbnicas desordenan el rgimen colonial, afectan tanto a las clases dominantes como a los indgenas, removiendo el orden del pacto colonial. Paradjicamente las reformas borbnicas, que tienen por objetivo la modernizacin del rgimen colonial, preparan el terreno para las revueltas, rebeliones indgenas y las guerras de independencia.

[16] Serio Almaraz Paz en Rquiem para una republica comenta esta frase que aparece en un peridico: Laika Cota, sepelio de una revolucin arrodillada. Obra completa. Plural; La Paz.

[17] Revisar el libro de Antonio Negri y Michael Hardt, Imperio. Paidos 2002, Buenos Aires.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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