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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 09-07-2005

Muri de muerte matada
Los policas que asesinaron a Germn Rodrguez en la plaza de toros de Pamplona siguen impunes 27 aos despus del crimen

Jess Prieto
Insurgente


El 8 de julio de 1978, al finalizar la tradicional corrida sanferminera, una compaa de policas antidisturbios entr en el ruedo pamplons tras haberse desplegado una pancarta reivindicativa en los tendidos. Lo hicieron salvajemente, a sangre y fuego, cargando contra quienes se disponan a salir, disparando a discrecin y arrollando a cualquiera que se les pusiese por delante. La gente se refugi de nuevo en las gradas y desde all se defendi como pudo, lanzando botellas y almohadillas a los agresores uniformados, hasta que las Fuerzas de Seguridad del Estado (del Estado, no del pueblo) se retiraron. Para entonces, ya haban asesinado a Germn Rodrguez, que yaca con un balazo en la cabeza.

Ger
mn Rodrguez militaba en la LKI (Liga Comunista Revolucionaria).

Cuando la gente consigui salir de la plaza, la noticia de su asesinato ya haba corrido como un reguero de plvora y los incidentes con la Polica fueron constantes.

Hubo alrededor de cien heridos, diez de ellos de bala y los sanfermines se suspendieron.

Jams se supo quin dio la orden de entrar en la plaza ni quin mat a Germn. Supuestamente, se inici una investigacin, que nunca dio resultados. Como tantas veces, nadie fue castigado ni destituido: ni los mandos policiales ni el gobernador civil. El de Germn es, todava, un crimen impune.

Muri de muerte matada

(Artculo publicado en Gara por Sabino Cuadra Lasarte el 8 de julio de 2004)

Germn muri de muerte matada, que se dice por all, en Mxico. Porque lo suyo no fue un accidente, ni una enfermedad, sino un crimen. Pero como fue el poder y sus fuerzas los responsables del mismo, no fue su muerte ni sus matadores los declarados ilegales, sino su persona: Germn fue condenado a la cadena perpetua de la muerte silenciada. Con la excepcin honrosa del Ayuntamiento preconstitucional (ser por eso?) de aquel ao 78, el de los Martnez Alegra-Muez-Velasco, ninguna otra institucin, ni judicial, ni foral, ni municipal, ha reconocido posteriormente, ni sealado con el dedo a los culpables de aquellos hechos: el gobierno de UCD y la Polica a sus rdenes. La agresin sufrida por el pueblo de Iruea y de Nafarroa entera aquel ocho de julio no ha tenido parangn en la historia reciente de nuestro pueblo en las ltimas dcadas. Que la Polica entre a los postres de una corrida sanferminera, con premeditacin y alevosa, disparando fuego real sobre los miles de personas que llenaban la plaza, y que siembre el pnico con total impunidad por las calles de la ciudad en las horas posteriores, agotando municiones de todo tipo y dejando a Germn muerto matado en cualquier lugar, solamente puede explicarse por la existencia de una operacin poltica previa planificada, impulsada y amparada desde el poder.

No eran fechas casuales aquellas. En el Aberri Eguna de aquel ao 1978, todas las fuerzas nacionalistas, democrticas y de izquierdas vascas, incluidos PSOE y PCE, haban reclamado unitariamente el reconocimiento del derecho de autodeterminacin y la exigencia de un Estatuto de Autonoma conjunto para los cuatro herrialdes (provincias). Incluso la UGT, en la realizacin de su primer Congreso de Euskal Herria, acababa de pronunciarse en favor de la autodeterminacin. CCOO lo vena haciendo desde su propio nacimiento. Los niveles de reivindicacin y exigencia de la mayora de las fuerzas polticas y sociales de Euskal Herria superaban con mucho el rasero que la UCD y el poder haban establecido para la negociacin del borrador de la Constitucin.

En esta coyuntura, la agresin brutal del 8 de julio de 1978 fue, sobre todo, un fuerte puetazo dado sobre la mesa (hubo ms, si bien no tan visibles) para advertir a todos los comensales constitucionales, principalmente al PSOE, pero tambin al PNV, que hasta all habamos llegado. Se haba acabado el juego: o se coga lo que se daba, o la confrontacin sera abierta. Y a partir de entonces comenz la rebobinada de la izquierda estatal (aceptacin de la monarqua, de la indivisible unidad espaola, del tutelaje militar de un Ejrcito no depurados) y del nacionalismo moderado, quien pas a conformarse con el plato de lentejas vascongadas y las referencias lrico-constitucionales a los derechos histricos vascos.

A pesar de la gratuidad y brutalidad de la agresin, las distintas instituciones relacionadas con aquel ocho de julio no dudaron desde un principio en echar tierra sobre aquellos hechos, con el fin de hacer desaparecer sus huellas, activas o pasivas, del escenario del crimen. Los distintos gobiernos estatales, forales y ayuntamientos posteriores a aquel ocho de julio, hayan sido del PSOE, de UPN o progresistas tripartitos, han tenido todos, en el fondo, un comportamiento similar: mejor no meneallo. Y eso es as porque, habiendo aceptado plenamente aquel punto de partida constitucional, visibilizar de alguna manera el crimen cometido, pondra nuevamente sobre la mesa el papel desempeado por estos partidos durante la Transicin. Su renuncia a las reivindicaciones planteadas por los mismos hasta aquellos momentos (Repblica, disolucin de la Polica y la Guardia Civil, autodeterminacin,..), y el trague consiguiente de los sapos constitucionales derivados de lo anterior: monarqua, unidad indivisible e indisoluble de Espaa, intocabilidad del Ejrcito y configuracin del mismo como garante de la unidad patria.

La democracia espaola fue, desde sus mismos orgenes, bastante ms espaola que democracia. Con el transcurso del tiempo, este carcter se ha acentuado mucho ms, sobre todo en lo que hace referencia a Euskal Herria, donde las ilegalizaciones de todo tipo de grupos polticos, juveniles y sociales, los cierres de medios de comunicacin y los recortes de derechos y libertades se han convertido en el pan de cada da de los ltimos aos. La democracia espaola se ha convertido, en esta medida, en una democracia anorxica, a la que, a los ojos del PP -tambin del PSOE, en muchos aspectos-, siempre le sobran kilos de libertades democrticas y nacionales.

Lo decamos al principio: Germn fue condenado a la cadena perpetua de una muerte silenciada. Al igual que se hizo con las ms de 2.000 personas fusiladas en Nafarroa en los das inmediatos al alzamiento fascista del 36, para quienes la nica losa que el poder puso sobre su tumba fue la del olvido; al igual que ha sucedido con ngel Berroeta, panadero de Donibane, Iruea, muerto matado tambin por la criminalizacin meditica del 11-M del gobierno del PP y sus pistolas y cuchillos ejecutores y al igual que est ocurriendo con esos grupos polticos y sociales que hoy estn siendo legalmente muerto-desaparecidos por la poltica del PP-PSOE y sus jueces y fiscales.

El ocho de julio del 78 no consta en ningn calendario polticamente correcto, ni tampoco aparece en lista alguna de vctimas de nada. Por eso han tenido que ser sus antiguos compaeros y compaeras, familiares, miembros de peas y, sobre todo, los miles de personas que a lo largo de estos aos han participado en los distintos actos en recuerdo y denuncia de aquellos hechos los que han mantenido viva la llama del recuerdo y, junto a ella, la de la reivindicacin y la exigencia.

Recuperar la memoria no sirve para dar vida a ningn muerto matado, pero s para que la historia sea idntica a si misma y, en esa medida, el presente y el futuro puedan escribirse sobre bases de dignidad y justicia. Por eso volveremos el da ocho de julio, a la una del medioda, frente al monolito de Germn, y a la tarde, tras la salida de los toros, a soplar una vez ms sobre los rescoldos del recuerdo, con la esperanza de echar abajo el manto de silencio con el que se ha cubierto aquella muerte matada y a recordar al poder la frase de Zorrilla que, en su D. Juan Tenorio, afirmaba: los muertos que vos matis, gozan de buena salud. En eso estamos.



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