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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-10-2013

Plebiscito de 1988: Una conmemoracin poco convincente

Manuel Acua Asenjo
Rebelion


A la fecha conmemorativa de los 40 aos del golpe militar que derroc al gobierno de la Unidad Popular se sum, el pasado 5, la celebracin de otro hecho emblemtico en las luchas en contra de la dictadura de Augusto Pinochet: el plebiscito de 1988. Puede sorprender la circunstancia que dicha conmemoracin se realizase tanto por la oposicin al gobierno de Sebastin Piera como por esa misma administracin; sin embargo, existen motivos que explican este comportamiento como se ver en el curso del presente anlisis.

LA CONMEMORACIN DE LA OPOSICIN

El hecho que la oposicin, representada hoy por la coali cin denominada Nueva Mayora que reemplaza a la antigua Concertacin de Partidos Por la Democracia lo hiciese no es algo que deba llamar la atencin. Mayoritariamente, dicha coalicin est integrada por personas que, ante la convocatoria de la dictadura para pronunciarse acerca de su continuidad, concurrieron a las urnas para expresar que no. No ocurre as con los sectores gobiernistas que lo hicieron para respaldar al gobierno de facto, marcando en su voto un s.

La celebracin oficial de esa fecha, por cuenta de la coalicin Nueva Mayora estuvo a cargo de la candidata a la presidencia de la Repblica Michelle Bachelet Jeria. La abanderada lo hizo en un acto que tuvo lugar en la comuna de El Bosque, al sur de Santiago, oportunidad en la cual expres a sus seguidores que:

Debemos sentirnos orgullosos de haber estado al lado de la democracia y no de la dictadura y haber luchado juntos para vencer el miedo y masivamente decir que No a la dictadura i .

A l acto se haba invitado a todos los ex presidentes de la Concertacin, actores principales en la escena poltica de la nacin en esos aos. Sin embargo, a pesar de ello, el ex mandatario Patricio Aylwin debi excusarse de asistir. En carta que hizo llegar a los organizadores del acto, seal el lder demcratacristiano, entre otras cosas que:

A mi edad no me siento con fuerzas para participar en un evento de las caractersticas que se han previsto [ ]

[ ] no olvidemos nunca el necesario reconocimiento y cuidado de la democracia, lo que implica buscar soluciones que no pongan en riesgo la unidad de los chilenos, y que hagan avanzar por los caminos de la razn y la concordia

A su casa llegaron a saludarlo connotados dirigentes de la colectividad a la que pertenece, entre otros, Eduardo Frei Ruz-Tagle, Ignacio Walker, Soledad Alvear y Alberto Undurraga; la visita, adems, tena por objeto la entrega de galardones tanto para l como para el ex presidente Frei.

E nrique Correa, ex Secretario General de Gobierno, ex DC, ex MAPU, ex MAPU Obrero Campesino, ex Convergencia Socialista, miembro del Partido Socialista hoy, era en los aos del plebiscito coordinador del comit poltico-tcnico de la campaa del No, junto con Ignacio Walker. Rememorando esa fecha seala, al respecto, en una entrevista que le hiciera un diario capitalino:

El 5 de octubre fue un acontecimiento difcilmente repetible en la historia de un pas [ ] Era un enfrentamiento de la razn de la poltica contra la fuerza de las armas y desde ese punto de vista triunf la razn, la poltica y la voluntad de la gente. Y como se ha dicho, sin una bala, sin un muerto, sin una gota de sangre, el pas reemprendi el camino democrtico ii

Y, a la pregunta de si imaginaba lo que sucedera ms adelante, seala:

Es imposible imaginarse todo lo que ocurri. Pero creo que todo el ncleo, con los dos grandes lderes que dirigieron esto, Patricio Aylwin y Ricardo Lagos, tambin Gabriel Valds y Enrique Silva Cimma, en fin, todos tenamos claro un diseo de la transicin como el que se llev a cabo. Todos tenamos claro, Edgardo Boenninger, Alejandro Foxley tambin, que solo si hacamos confluir democracia con crecimiento econmico bamos a poder durar []

Ricardo Nez, ex presidente del PS, conjuntamente con sealar que el triunfo del No fue una de las epopeyas ms importantes del pas, tambin se pronunci acerca de la fecha sealando que, con todo,

El perodo poltico posterior ha dejado sabor a poco iii .

Y lo explica ba sealando que

La Constitucin de Pinochet amarr muchos elementos de la vida cvica e institucional del pas.

Por su parte, Gutenberg Martnez, que se desempeara como secretario general de la DC al momento de realizarse el plebiscito de 1988, indic que ese acto

[] fue el triunfo de la razn, de los ideales y de una estrategia bien concebida. Hoy da parece fcil, pero no lo fue.

El triunfo del No y la historia reciente nos ensearon la necesidad de contar con gobiernos mayoritarios, y eso implicaba algo ms fuerte que una mera alianza electoral, y por eso fundamos una coalicin []

LA CONMEMORACIN DEL OFICIALISMO

L a conmemoracin del oficialismo ha de observarse desde dos ngulos diferentes: la versin del presidente Piera y su gobierno, y la de la candidata oficialista Evelyn Matthei.

Si bien puede llamar la atencin la existencia de dos enfoques en relacin a la conmemoracin del 5 de octubre, menester es recordar que la voz discordante de una opinin que pudo ser unnime la dio el propio presidente Piera. En efecto, la generalidad de la militancia de la coalicin gobernante Alianza Por Chile est constituida por personas que votaron a favor de la continuidad de la dictadura en ese acto; sin embargo, el presidente Piera escapa a esa regla pues en el plebiscito de 1988 concurri a votar por la opcin del No; uno de sus ministros (Jaime Maalich) tambin estuvo en manos de la CNI y preso en Villa Grimaldi. Por eso, las expresiones de unos y otros no podan ser acordes; forzosamente una deba constituirla la intervencin del primer mandatario; la otra, la del resto del oficialismo, especialmente, la de la candidata de la coalicin Evelyn Matthei, hija de uno de los miembros de la Junta de Gobierno.

Piera no estaba en Chile; se encontraba fuera del pas, participando en la cumbre de los pases de la ASIA-PACIFIC ECONOMIC COOPERATION APEC, y slo pudo referirse a ese hecho en un momento de su estada en el Palacio Real de Tailandia:

Hoy es 5 de octubre y el 5 de octubre del ao 1988 fue un gran da para Chile y un gran da para nuestra democracia. Ese da, los chilenos, en forma libre y democrtica, tomamos una decisin, y estoy seguro que fue una decisin sabia, porque escogimos el camino ms corto, ms directo y ms seguro para recuperar nuestra democracia []

Evelyn Matthei lo hizo en uno de los actos de su campaa. Conjuntamente con recordar la figura de su padre, Fernando Matthei, como miembro de la Junta Militar, y referirse al Gobierno de la Unidad Popular como un desastre, sostuvo que el rgimen pinochetista

[] fue el nico gobierno militar no democrtico, como ustedes le quieran llamar, dictadura, lo que le quieran llamar, el nico que le puso fin a su propio gobierno con una eleccin, llamada por ellos mismos iv .

Y Andrs Chadwick, qu ien al igual que la candidata votara por el S, indic, al respecto:

Puedo decir que el 5 de octubre hoy debe ser considerado por todos como un da positivo para Chile. El tiempo nos indica que ese ha resultado ser un muy buen camino. En esa perspectiva, lo que signific el triunfo de la opcin No, y posteriormente el compromiso constitucional y la leccin democrtica, fue el mejor camino v .

POR QU EST E CONJUNTO DE CELEBRACIONES, DECLARACIONES, EXCULPACIONES Y ANLISIS?

Ca rlos Pea sostiene, en su columna dominical del peridico El Mercurio, que

Los seres humanos no recuerdan por simple delectacin por el ayer. Lo hacen para alcanzar el sosiego y definirse a s mismos. La memoria, individual o colectiva, nunca es una vuelta al pasado: siempre es un esfuerzo por revisar la identidad presente vi .

Y, agrega Pea:

Por eso los individuos y las colectividades, recuerdan no slo su pasado real, sino tambin el pasado que pudo ser, el que hoy quisieran hubiera sido.

E n efecto, las conmemoraciones no ocurren por mera casualidad, sino porque constituyen expresiones de un universo de representaciones dentro del cual, paradojalmente, se desenvuelve la vida real del ser humano. Nos explicamos.

Uno de los atributos ms notables del ser humano lo constituye su extraordinaria capacidad para estar creando constantemente smbolos, valores, conceptos, asociaciones vii y conformar con todos ellos un cosmos de representaciones. Es ms: al ser humano le sera imposible perseverar en su carcter de tal si no pudiese incorporarse a esa vastedad de construcciones intelectuales. Porque all encuentran su hbitat las letras y las palabras, los nmeros y las cifras, las notas musicales y las melodas, las percepciones olfativas, tctiles y gustativas, las escalas de valores, los conceptos y categoras, en suma, el mundo de la semitica, puesto que semitica se llama, precisamente, la disciplina que se preocupa del significado de tales smbolos, y semisfera viii el universo que los rene o contiene. No constituye exageracin alguna, en consecuencia, sostener que el ser humano es, por esencia, un sujeto semitico.

En la semisfera puede encontrarse todo aquello que el ser humano construye intelectualmente a diario, las conmemoraciones, las fechas de los acontecimientos o la mencin a los lugares en donde stos han ocurrido y marcado la ruta de una colectividad humana hacia el encuentro consigo misma o, lo que es igual, en busca de su identidad. La semitica es el terreno frtil, adems, donde echa sus races la memoria.

No podra suponerse, en consecuencia, que el universo semitico estuviese ajeno a la vida social del chileno; por el contrario: as como sucede en otras latitudes, tambin en Chile dicho universo informa la vida de sus habitantes. No por algo se vive conmemorando efemrides, fechas en que sucedieron tales o cuales acontecimientos que deben ser grabados en la memoria colectiva. La cultura no se fundamenta sino en ese acto repetitivo que instaura una forma de ser vinculada al pasado.

La conmemoracin del clebre plebiscito realizado el 5 de octubre de 1988 constituye uno de esos hitos que ha querido asentarse en la memoria de los habitantes de la nacin. No debe, en consecuencia, sorprender que el recuerdo de ese hecho haya producido un revuelo tan grande al cumplirse 25 aos del suceso.

N o obstante, si bien la condicin de abstraer los fenmenos hasta reducirlos a representaciones intelectuales que se nos hacen presentes con la fuerza de la verdad, el afn de retroceder en las pginas de la historia y establecer vnculos con un suceso al que se le asignan diversas interpretaciones puede vincularse, adems, a circunstancias ms terrenales. Las formas de cmo han reaccionado los actores polticos, los anlisis de investigadores, los testimonios de los protagonistas arrojan luces acerca de cmo entender algunas de las motivaciones que subyacen tras las afirmaciones que se hacen en torno a la conmemoracin en comento. Nos hacen comprender por qu el recuerdo del 5 de octubre de 1988 fue realizado de tan diversa manera, con distintas expresiones y en distintos lugares.

Comencemos afirmando que los diferentes sectores de la sociedad acostumbran a ejercer un verdadero derecho de propiedad sobre los sucesos a fin de orientar su ocurrencia en beneficio propio. Los sucesos dejan de ser tales; constituyen objetos de los que se apropian los sectores dominantes. No se trata tan slo de expresar para ellos una aspiracin de lo que pudo ser y no fue, sino del instrumento por excelencia para sostener o mantener hoy aquello que ya no se sostiene sin que se venga abajo todo el andamiaje sobre el cual determinados sectores dominantes se han apoyado para seguir dominando. En consecuencia, si esa conmemoracin emana de la perseverancia con que la generalidad de los actores polticos juzgan, explican y justifican su participacin en los hechos en que se vieron involucrados, ha de revestir el carcter de triunfo para satisfacer los intereses de quienes lo conmemoran. Podramos decir que, a partir de ese momento, no hay una exposicin imparcial de los hechos, sino otra por completo interesada, una robusta reafirmacin de lo propio en torno a que lo realizado era la nica opcin posible de llevar a cabo. De esa manera, los hechos histricos aparecen determinados por un fatalismo imposible de eludir, y que slo puede conjurar la voluntad de un grupo de personas que, al igual de los viejos profetas bblicos, tiene la misin de sealar el camino de la salvacin eterna.

Pero, puede entenderse la historia de esa manera? Debemos someternos por entero a esa visin, a veces aparentemente dual y contradictoria, de un suceso que, probablemente, ni siquiera pudo tener la relevancia que se le asigna? Para entender tales designios, forzoso es retroceder en el pasado y volver a considerar ciertas circunstancias.

LAS PROTESTAS DEL 83 EN ADELANTE

Las protestas comenzaron un 11 de ma yo de 1983 cuando la Confederacin de Trabajadores del Cobre, dirigida por el entonces carismtico dirigente Rodolfo Seguel, convoc a la ciudadana a una gran manifestacin en contra de la dictadura pinochetista, cuyos resultados sorprendieron a todas las organizaciones polticas e, incluso, a aquella. La poblacin pareci haber perdido el miedo y reaccionaba como un solo individuo en contra de la dominacin. Sin embargo, y simultneamente, alert a las organizaciones polticas y a la propia dictadura a robustecer los canales por donde deban transmitirse y circular los sentimientos de las grandes mayoras nacionales, es decir, a travs de los partidos y las estructuras o instituciones del Estado. La lucha de clases, hasta ese momento librada entre dominantes y dominados, cambi de actores: organizaciones polticas que decan defender los derechos de los sectores dominados se identificaron con los intereses de los dominantes e iniciaron una carrera frentica por apoderarse de las organizaciones sociales para controlarlas polticamente e impedir sus desbordes anarquistas cooptando a las dirigencias y ofrecindoles militancia. La lucha de clases se libr entre organizaciones sociales y partidos polticos. Y eso no ocurri por casualidad. Las organizaciones polticas saban que las organizaciones sociales son capaces de construir movimientos con determinados fines y perspectivas, pero son incapaces de aliarse entre s inmediatamente y de establecer los nexos indispensables para tomar a su cargo la direccin de toda una nacin; los partidos, por el contrario, son instituciones que se preparan para gobernar; su norte est en esa direccin, persiguen y se disputan el poder. Estn preparados para asumir el control de una formacin social.

Para el observador acucioso, n o caba la menor duda que los partidos polticos, en afanoso proceso de reorganizacin, estaban convencidos que las futuras protestas, luego de la exitosa inauguracin de las mismas el 11 de mayo de 1983, no slo deban ser dirigidas por ellos sino orientadas a la obtencin de una finalidad que no era otra sino la directa negociacin con la dictadura. Cualquiera otra solucin era el caos y la anarqua; en eso coincidan oposicin y dictadura. Como era de suponerse, el precio de la negociacin no sera otro que los cuarenta o cincuenta muertos y los centenares de detenidos y apaleados que la poblacin chilena entregara en cada protesta. Pero, acaso no pagan, constantemente, los sectores dominados esa tarifa para que los miembros de las clases dominantes los representen impropiamente en los parlamentos y gobiernos de la Amrica morena?

As, a fines de 1984 y principios de 1985, el movimiento social estaba agotado. Les suceda lo mismo que sucede hoy con las protestas sociales. Porque la protesta, as como la marcha y la concentracin, no bastan para hacer transformaciones sociales si no se convierten en fuerza social organizada. Cuando no lo hacen, es el momento de los partidos polticos, con sus fuerzas intactas, frescos, llenos de entusiasmo y deseos de gobernar. Fue lo que sucedi en Chile a mitad de la dcada de los 80. Homogeneizados en torno a las reivindicaciones de negociacin impuestas por la Democracia Cristiana presentaban una misma estrategia. Todos queran negociar, menos la propia dictadura que se senta fuerte, an. Y era tan grande ese deseo que, incluso, en las consignas del Partido Comunista se deslizaban algunas expresiones reidas con su concepcin de clases sociales como lo eran aquellas que decan Fuera Pinochet y Pinochet es el obstculo. Cmo si fuesen los lderes quienes determinaran el destino de las clases sociales y no stas la aparicin y figuracin de aquellos! ix La negociacin, estrategia diseada y defendida por la Democracia Cristiana desde el mismo 11 de septiembre de 1973, se haba impuesto ampliamente en todos los sectores sociales.

En 1980 haba convocado la dictadura a la ciudadana a una Consulta Nacional a fin de aprobar una Constitucin. Dicho cuerpo normativo contemplaba en su artculo transitorio vigsimo sptimo, una disposicin que obligaba a los comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas y el general director de Carabineros , o a falta de unanimidad de ellos, al Consejo de Seguridad Nacional integrado adems por el Contralor general de la Repblica , para proponer al pas una persona que ocupara el cargo de Presidente de la Repblica a partir del perodo que se abra del 11 de marzo de 1989. Esa proposicin estara sujeta a la ratificacin de la ciudadana mediante un plebiscito que debera realizarse con, a lo menos, noventa das de anticipacin a la fecha en que Pinochet deba cesar en el ejercicio del cargo que ocupaba y que su propia Constitucin fijaba en la fecha antes indicada.

Pinochet, no obstante, no ocultaba sus deseos de seguir gobernando. Por eso, el 11 de julio de 1986, en una clara alusin a s mismo, no vacil en sealar que

[] nadie puede desconocer el derecho del Gobierno a proyectarse ms all de 1989.

Ese ao, el 7 de septiembre, un notable hecho aceler el proceso de democratizacin contemplado en la Constitucin pinochetista. Fue el atentado realizado por el Frente Patritico Manuel Rodrguez en contra el dictador y la muerte de cinco de sus guardaespaldas. A partir de ese momento, la preparacin del instrumental jurdico e institucional que ira a regir al pas adquiri una inusitada actividad. Por lo pronto, en marzo de 1987 se dictaron decretos leyes que regulaban las atribuciones del Tribunal Calificador de Elecciones y la organizacin de partidos polticos. El 7 de julio de 1987 Pinochet llam a Sergio Fernndez Fernndez para designarlo, una vez ms, como su Ministro del Interior, encomendndole las tareas que implicaba la realizacin del plebiscito en donde l se presentara como nico candidato. Fernndez tena experiencia en esas lides; haba sido su brazo derecho para la realizacin de la Consulta de 1980. As, la fecha para el plebiscito que contemplaba la Constitucin se fij para el 5 de octubre de 1988 : Pinochet sera el candidato nico por ocho aos ms. La ciudadana deba pronunciarse tan slo con un S a la prolongacin de su desempeo, o con un No para el caso de estimar lo contrario. Esta ltima alternativa, de ganar lo que era muy improbable , obligara a la dictadura a convocar a elecciones presidenciales. An con todos esos inconvenientes, la oposicin sin embargo, consider que era necesario intentar disputar ese campo al poder convocante. Como lo expresan dos analistas

A partir de enero de 1988, recin una parte de las fuerzas opositoras tomaron determinaciones drsticas y urgentes para constituir el Comando de Partidos Democrticos por el NO; la Democracia Cristina acord terminar su inscripcin y las fuerzas de izquierda crearon el Partido Por la Democracia. Otros partidos se inscribieron tambin en los registros de la dictadura para controlar el plebiscitox.

DESCONOCIMIENTO O INTERESES PROTEGIDOS?

Sin embargo, c uando el gobierno de Pinochet determin, en 1987, realizar un plebiscito al ao siguiente y, en caso de perder (lo que no imaginaba), convocar a elecciones presidenciales en donde estara impedido de presentarse como candidato, no lo hizo por voluntad propia. Jams las dictaduras hacen concesiones graciosas. Las contradicciones con el amo del sistema capitalista mundial (Estados Unidos) se haban exacerbado. El rgimen pinochetista ya no era deseado por la dirigencia poltica norteamericana: era necesario terminar con l o resolver sobre su continuidad; si continuaba, debera contar con la anuencia o aceptacin de gran parte de la poblacin chilena (mayora). Las protestas haban puesto en entredicho la continuidad del dictador y el apoyo norteamericano. Y era que los intereses del gran capital se vean amenazados a consecuencias de aquellas. Esa circunstancia era bien conocida por los sectores socialdemcrata chilenos, incluida la Democracia Cristiana; y de gran parte de la llamada izquierda, nucleada an en torno al Movimiento Democrtico Popular MDP. As pues, las concesiones que apareca dando la dictadura a la oposicin no emanaban motu proprio, sino eran imposiciones hechas por el Gobierno norteamericano que vea deteriorarse cada vez ms los cimientos en donde se asentaba el orden en la repblica surea. En otras palabras, la dictadura no haca esas concesiones porque estuviese de acuerdo en hacerlo, sino porque estaba presionada por su socio que era el Gobierno norteamericano, temeroso de una masacre o de una revolucin que pudiese amenazar sus intereses en este pas.

Sin embargo, ninguna de las partes en disputa hizo mencin a tales circunstancias en los debates que desembocaran en el plebiscito. Por el contrario: la oposicin, liderada por el Comando de Partidos Democrticos Por el No haca creer a sus seguidores que todo aquello era fruto de su fortaleza poltica. No deba extraarse que tambin sacase cuentas alegres en cuanto a sostener que la lnea de la negociacin haba sido la ms correcta y que, por esa circunstancia, se encontraban al borde de expulsar al dictador. Por su parte, la dictadura no encontraba nada mejor que alegar su vocacin de respeto a las instituciones y estar dispuesta a aceptar el veredicto popular xi . Un manto de silencio sobre lo que realmente suceda se tendi sobre la ciudadana; los actores haban coincidido en torno a una circunstancia: el nico sujeto que nunca deba saber lo que ambos tramaban sera la comunidad nacional a quien nada haba de informrsele sobre las conversaciones sostenidas.

Agreguemos algo ms: Una negociacin, antes de las protestas, como lo pretendan los partidos institucionales organizados en torno a la Alianza Democrtica y el Movimiento Democrtico Popular, estaba destinada al fracaso porque los regmenes militares no negocian con perdedores sino con ganadores, con quienes le demuestran fuerza fsica, econmica, social o moral. Era una insensatez, por decir lo menos, establecer en esos aos la estrategia de la negociacin con un sujeto que no quera negociar y que detentaba la plenitud del poder. Sin embargo, hasta el lder de la oposicin (Eduardo Frei Montalva) crea posible hacerlo. Olvidaba que, para emprender esa tarea, primero haba que demostrar estar en posesin de fuerza suficiente para poder enfrentar al antagonista y no, simplemente, blufear frente a l.

L as protestas, por el contrario, al irrumpir, alteraron el panorama poltico y las fuerzas sociales comenzaron a ubicarse al otro lado del tablero de ajedrez que controlaba la dictadura, frente a ella, amenazndola con su presencia. Tras esa explosin social s que era posible negociar; una nacin entera, alzada en contra de la opresin, constitua, sin lugar a dudas, un seguro aval.

Pero, cuidado. Cuando se est en posesin de la fuerza y no se negocia favorablemente, las bases tienen pleno derecho a acusar a quienes tomaron su nombre y representacin de haber actuado en contra de sus intereses. La oposicin de ese entonces cometi aquel imperdonable error, como se ver ms adelante.

EL TRIUNFO DEL NO

As las cosas, el da 5 de octubre de 1988 el triunfo del No result aplastante. Hubo fiestas en todo el pas que se prolongaron hasta el da siguiente. Segn Gonzalo Martner, se cont con

[] ms de 60 mil personas que organizaron el control de los resultados del plebiscito, con alma y pasin, y que pudieron contar ms del 90% de los votos de manera independiente del Estadoxii.

La alegra ya viene, frase que identificaba el movimiento por el NO, se hizo realidad, aunque solamente en ese perodo. No ocurri as en el mbito empresarial. Al abrirse la Bolsa, al da siguiente, los valores experimentaron el mayor retroceso del que se tiene memoria en la historia de las transacciones burstiles del pas xiii . El ndice IPSA descendi en un 16,7% y amenaz la estabilidad de la nacin, a pesar que en los das posteriores logr estabilizarse con tendencia a la recuperacin. Tampoco ello fue casual.

Y era que la dictadura haba sopesado bien la situacin. Pinochet (y su cohorte) no quera irse. Vacilaba. Pretenda desafiar al Gobierno norteamericano y desconocer los acuerdos tomados con la oposicin. En conocimiento de esas maniobras, el presidente Reagan instruy, en la noche del 3 de octubre, a su Secretario de Estado interino John Whitehead en el sentido de convocar al embajador chileno y manifestarle la inconveniencia de desconocer los resultados del plebiscito y la preocupacin de esa nacin ante tal despropsito. Whitehead cumpli con esa misin; le manifest a Hernn Felipe Errzuriz, embajador de la dictadura en ese entonces ante Estados Unidos, el deseo de esa administracin que

[] el plebiscito se desarrolle como est previsto xiv .

L a noche misma del evento, cuando la dictadura quiso alterar los resultados y hasta el propio lder de Renovacin Nacional Andrs Allamand amenaz con denunciar el fraude, hubo frenticas reuniones entre Pinochet y Sergio Fernndez, a la sazn, ministro del Interior, orientadas a declarar estado de sitio, medida que rechaz el resto de la Junta Militar, temerosa de terminar a la manera de lo que haba sucedido en Filipinas. Lo nico posible era colocar condiciones para continuar con el proceso de democratizacin del pas. La ocasin para imponerlas se dio en torno a la discusin sobre la Constitucin. La oposicin quera introducir algunas modificaciones; pero tambin quera hacerlo la dictadura. Porque esa Constitucin estaba hecha para que gobernara Pinochet con los poderes que le otorgaban los arts. 65 y 68: poder aprobar los proyectos de ley frente a un Congreso adverso. Y la ocasin se le dio. Puesto que la propia Constitucin estableca un plebiscito para modificarla, hubo acuerdo en torno a realizar otro evento eleccionario destinado a introducir reformas al texto de la carta fundamental y dar en el gusto a algunas proposiciones de la oposicin.

Pero, si todo lo que haca en esos momentos la oposicin contaba con el apoyo incondicional del Gobierno norteamericano, no era aquel el momento preciso para exigir mayores espacios de libertad y obtenerlos de manera casi segura? Se hizo todo aquello? Qu sucedi con esos hechos? Qu sucedi en la prctica? Fue eso lo que se consigui, finalmente, en las negociaciones que se realizaron con posterioridad al plebiscito y poco antes de asumir Patricio Aylwin en el carcter de Presidente de la Repblica?

E n realidad, no fue as. Porque el asunto se resolvi con lo que se conoce hoy como plebiscito de 30 de julio de 1989 destinado a consagrar las condiciones bajo las que se iba a construir la democracia. En esa oportunidad se establecieron los basamentos para los futuros gobiernos de la Concertacin. Y todo ello se hizo en el ms estricto secreto. Un autor se refiere a este momento con las siguientes palabras:

Los partidos polticos de la Concertacin recin llegados a la arena poltica tuvieron que someterse plenamente al consenso. El plebiscito del 30 de julio no fue antecedido de debates ni de divergencias. Todo estaba atado desde las cpulas. A los partidos de Gobierno y de oposicin y a sus bases slo les tocaba obedecer. Se estaba perfilando una democracia disciplinada y autorregulada, con los ojos puestos temerosamente en no molestar a los sectores militar y empresarial xv .

Lo grave fue que en ese plebiscito se aprobaron la s modificaciones a los arts. 65 y 68 de la Constitucin que permitan todo tipo de dictacin de leyes y la oposicin lo acept. Segn lo expresa Felipe Portales, la modificacin

[] necesitaba de una aprobacin plebiscitaria, esto es, del concurso de la Concertacin. Y los lderes de la Concertacin aceptaron perder aquel inmenso poder que le brindaba la propia Carta Fundamental original del 80. Y lo que es an ms grave, desde el punto de vista democrtico, dichas modificaciones se hicieron pasar completamente inadvertidas, dentro del conjunto de reformas constitucionales que se plebiscitaron en julio de 1989. Prcticamente nadie de los adherentes de la Concertacin (ni tampoco de la derecha, aunque para stos se trataba de un beneficio) supo siquiera que con su voto estaba validando aquella enorme cesin de poder poltico a la futura oposicin de derecha xvi .

A partir de ese momento, las concesiones hechas por los sectores opositores a la Dictadura se intensificaron. Atrs quedaron los ejes programticos de la Alianza Democrtica cuando, en 1983, expresaba que su primer objetivo sera

[] buscar un acuerdo nacional sobre una Constitucin Poltica del Estado, para lo cual se propona un plebiscito que aprobase la creacin de una Asamblea Constituyente xvii .

LA ESTRATEGIA DE LA OPOSICIN

Los hechos ms arriba consignados no ocurrieron por casualidad. Hubo tras ello una estrategia diseada por determinados partidos, por personas que dirigan organizaciones polticas y que slo vean y siguen viendo y refirindose a aspectos parciales de lo que se debata en esos aos. Ya lo vimos en las declaraciones de Enrique Correa transcritas al comienzo de este documento. Permtasenos, no obstante, corregirnos: en verdad, haba no una sino dos estrategias, porque una estaba contenida dentro de la otra. La primera era la destinada a entusiasmar a los ms ingenuos: sacar a Pinochet con el poder del voto, algo que pareca difcil, pero no imposible. Sin embargo, tras esa estrategia se ocultaba otra que era la imposicin de una poltica de convergencia, en donde las protestas formaban parte de esa estrategia de negociar, en donde las vctimas tendran que darse la mano con los verdugos, magistralmente descrita por Gonzalo Martner en uno de sus artculos:

Aprecibamos entonces que deba construirse una lnea de derrota poltica de la dictadura a travs de un proceso de desobediencia civil generalizada y de alianzas partidarias amplias (incluso con quienes haban contribuido decisivamente a derrocar al Presidente Allende en 1973 y colaborado inicialmente con la dictadura en una actitud que no los enaltece histricamente) y no una lnea de acciones militares sin viabilidad en las condiciones de la dictadura chilena, y que en caso de xito prefigurara, habamos concluido despus de amargas experiencias, un autoritarismo contrario a los propsitos democratizadoresxviii.

Para eso se necesitaba centrar la discusin en la inviabilidad de la poltica de los sectores que propiciaban la va armada y en desprestigiar la movilizacin social sin objetivos, aunque recurriendo a ella como un mtodo de presin a la dictadura. O, como lo expresan otros analistas:

El triunfo del NO en el memorable 5 de octubre, fue verdaderamente el triunfo de una estrategia poltico electoral que se impuso por sobre la va violenta o la simple movilizacin social sin contenido polticoxix.

Felipe Portales, que ha escarbado acerca de estos tpicos, sostiene que el triunfo del No estuvo orientado por la poltica que diseara Edgardo Boenninger de acercamiento a las bases programticas establecidas por la propia dictadura, acercamiento que el terico demcrata cristiano jams dej de sostener. Portales sostiene que Boenninger, en su libro Democracia en Chile: Lecciones para la Gobernabilidad,

[] reconoca crudamente que, a fines de los 80 del siglo pasado, aquel liderazgo haba llegado a una convergencia con el pensamiento econmico de la derecha; convergencia que polticamente el conglomerado opositor no estaba en condiciones de reconocerxx.

LAS MOTIVACIONES PARA UNA CELEBRACIN

Llegamos, as, a la parte crucial de este anlisis.

Segn Karl Ma rx, la historia jams es crtica consigo misma; consecuentemente, tampoco lo es la generalidad de los historiadores. Atreverse a juzgar el pasado, para algunos constituye, en lo esencial, una osada. Un acto temerario que puede llegar a constituirse en la ms abyecta abominacin. Y es que los hechos han transcurrido, se han petrificado en el devenir. El pasado es pasado. No puede suponerse que pueda alterarlo una nueva visin.

La crtica de la historia, sin embargo, no implica construir el pasado de manera distinta; no se trata, en suma, de hacer poltica-ficcin, sino ensayar la bsqueda de una explicacin del por qu de determinadas circunstancias y actitudes. El por qu de lo que hoy sucede. Y eso se logra cuando se incorporan los elementos que la historia oficial deja de lado para no ser interpelada. O que interpreta en una direccin interesada. En ese sentido, tiene cabida preguntarse en torno a la conmemoracin del 5 de octubre, como lo hacen otras personas,

[] quines son los que tienen que celebrar hoy? Los que condujeron esa pica por las avenidas de una transicin inconclusa? Los que negociaron las condiciones de dicha transicin allanndole el camino a la va chilena al neoliberalismo?xxi

Porque, mirando con objetividad lo sucedido en aquellos das, e identificando la dictadura con la sola persona de Pinochet, pareca aquella haber llegado a su trmino; y decamos pareca porque, como lo veremos de inmediato, el dictador no se haba ido. Y, por otra parte, si la identificbamos con la institucionalidad vigente, persista, se prolongaba en el tiempo, pareca no llegar a su fin. No era atrevido suponer, entonces, que alejado Pinochet del mando, la dictadura, as entendida, continuara con otros actores, con otros mentores. Era ms: ni siquiera se haba logrado, con ese plebiscito, desplazar a Pinochet de las esferas del poder porque, de dictador, asuma como Comandante en Jefe del Ejrcito. La fuerza militar estaba controlada por l. La consigna segn la cual Pinochet es el obstculo se mostraba, de esa manera, en su ms extrema fragilidad; porque la dictadura continuaba en su legado institucional y cultural y, lo que era peor, en el ejrcito. Pero lo ms grave era que todo ello haba sido posible gracias a la aquiescencia de una estrategia encaminada a tal objeto y que ms tarde sera definida como poltica hecha en la medida de lo posible. Por eso, no dejan tener razn las reflexiones de dos autores que sealan, al respecto, que

[] este 5 de octubre parece imprudente repetir la celebracin ensimismada de quienes terminaron ms obedientes a los dictados empresariales que a los anhelos por mayor democracia, contribuyendo a que se naturalizaran la restriccin de derechos y la entrega de subsidios estatales a la acumulacin privada, en nombre de nuestro peculiar capitalismo de servicios pblicosxxii.

Fue, entonces, todo ese proceso, una estrategia para instaurar un modelo de sociedad que persistiera en el tiempo con o sin Pinochet? As nos parece. Y en esa lnea de pensamiento, sostiene Adolfo Castillo, que el 5 de octubre no constituira sino una fase ms en lo que denomina estrategia de la contrarrevolucin conservadora que derroc a Salvador Allende, para establecer su proyecto neoliberal. As, seala este autor que dicha fecha no constituye sino

Un mito necesario para dar coherencia a los comportamientos de aquellos actores que terminaron sirviendo a los artfices del nuevo proyecto, tornndose efectivos agentes reproductores de un orden contra el cual algunos intentaron superarlo o transformarlo o simplemente humanizarloxxiii.

Por lo mismo, no deja de tener razn Patricia Politzer, una periodista que constantemente identific sus posiciones polticas con las de la Concertacin, cuando al rememorar lo sucedido en esa emblemtica fecha, no puede dejar de reconocer que, en el presente,

[] la alegra tarda se vive como frustracin, rabia y urgenciaxxiv.

As pues, resulta intil desconocer hoy que ha sido esa estrategia de converger con el pensamiento neo liberal y no revelar las intenciones de las acciones polticas a quienes depositaban su confianza en los partidos vigentes a la fecha del plebiscito lo que explica el despertar de los movimientos sociales, entre otros, el que ha evidenciado desde el ao 2006 el movimiento estudiantil. Porque el legado dictatorial no slo ha estado presente en estos aos de democracia autoritaria sino ha sido administrado y perfeccionado, y porque, como lo sealara acertadamente Patricio Baados, vocero en 1988 de la llamada Franja del NO, y lo consigna el Boletn Libertad de Expresin, de octubre de 2007, del Instituto de la Comunicacin e Imagen de la Universidad de Chile,

[] en el plebiscito del 88 gan el S.

Felipe Portales lo expresa claramente en el documento que hemos citado anteriormente:

[] el triunfo electoral del No, no se tradujo en una sustitucin del modelo poltico, econmico y social impuesto por la dictadura a travs de la Constitucin del 80 y de sus leyes posterioresxxv.

Podemos entender, as, que las celebraciones hayan sido muchas, y que todos quieran convocarnos a hacernos partcipe de la alegra que viene. Sin embargo, aunque as las apariencias nos lo digan, aunque parezca que todos ganaron, y tal idea pretenda imponerse hoy no slo en la historia, sino en la cultura de quienes participaron en el plebiscito de 1988, los hechos, los porfiados hechos hacen entender que solamente ganaron las clases dominantes que hasta el da de hoy mantienen el control del pas en sus manos.

Pongamos fin aqu a este anlisis, intentando explicarnos la pregunta del milln: por qu un vasto conglomerado humano termin aceptando un modelo de sociedad con el cual no slo discrepaba, sino le resultaba hasta repulsivo, para concluir no slo tolerando, sino en muchos casos, profundizando y defendiendo su permanencia como la ms acabada y manifiesta expresin de la excelsitud. La razn no parece difcil de entender; sin embargo, resulta tremendamente simple a la vez que desoladoramente amarga. Para ello hay que volver al pasado y recordar dos fechas emblemticas que, por ello, jams deberan olvidarse: el 11 de septiembre de 1973 y el 11 de septiembre de 1980, fecha esta ltima de la llamada Consulta Nacional en la que Pinochet llam a aprobar la Constitucin que an hoy nos rige (ahora, con las firmas de Ricardo Lagos y Michelle Bachelet). La primera de aquellas marca el momento de la derrota estratgica del movimiento popular, derrota que se extiende o prolonga sin alteraciones hasta nuestros das; la segunda, constituye la derrota de la alternativa de recambio burgus, como la llam uno de los documentos del Comit de Defensa de los Derechos Humanos y Sindicales CODEHS, presidido por Clotario Blest. Esta alternativa, que pretenda el cambio de la dictadura por un gobierno de transicin, era impulsada por la Democracia Cristiana.

En efecto, la convocatoria a participar en la Consulta Nacional de 1980 no era un llamado simple a votar por una nueva Constitucin sino a poner fin a todas las expectativas que haba tenido un sector de la ciudadana, convencido de la transitoriedad de la dictadura que asuma el control del pas luego del derrocamiento del Gobierno Popular. Como lo expresramos en una de nuestras obras, dicha convocatoria era, en verdad,

[] un golpe de Estado dirigido esta vez en contra de los sectores social demcratas (en especial, en contra de la Democracia Cristiana) y, consecuentemente, en contra todos los sectores populares que haban decidido subordinarse a la poltica de aquellosxxvi.

As, pues, luego de 1980, poda vanagloriarse la dictadura de haber derrotado a dos de sus contendores, a saber, el proletariado y sectores populares y la alternativa del recambio burgus. Tampoco ello ocurra por casualidad. Ambos derrotados sectores haban ofrecido como alternativa de modelo de sociedad el llamado estatismo, modelo que haba mostrado sus inconvenientes, especialmente dentro del campo sovitico; la dictadura, por el contrario, haba establecido el modelo neo liberal, una visin moderna, nueva, de cmo haba de conducirse la sociedad que se empezaba a construir a nivel global. Los partidos populares carecan de toda otra alternativa a ofrecer que no fuesen las experiencias sovitica, cubana, china, vietnamita, rumana, en fin, de fuerte raigambre estatal; la social democracia (con la Democracia Cristiana), por su parte, no tena otra propuesta que no fuese el keynesianismo, alternativa tambin caracterizada por su enrgico predominio estatal. Para la dictadura, ambos modelos haban llevado a la intervencin de las Fuerzas Armadas, por lo que les parecan altamente inconvenientes. Esa era la poltica que haba derrotado en tales actos allanando, de esa manera, el camino para la implementacin de la economa social de mercado.

Esa imposibilidad de ofrecer una alternativa diferente al modelo de sociedad instaurado por la Dictadura es una limitacin seria que subsiste hasta el da de hoy. Podemos, entonces, concluir, que no ha existido traicin alguna en contra de los intereses de los sectores populares, de parte de socialistas, pepedestas, radicales y otros grupos que adhirieron a la Concertacin, cuando decidieron su apoyo al desarrollo del modelo de sociedad establecido por la Dictadura. Se trata, por el contrario, de algo ms grave an. Las organizaciones polticas no slo estn absolutamente convencidas acerca de la inviabilidad de estatuir una sociedad diferente a la que existe hecho que bastara para descalificarlas como representantes de los sectores que dicen representar sino, adems, evidencian una no menos absoluta incapacidad para ofrecer un modelo alternativo de sociedad al impuesto por la dictadura. Porque la verdad es esa: no son capaces de idear algo nuevo, no son capaces de formular una proposicin diferente. Y en esa incapacidad radica la causa real de su aparente resistencia al cambio. Por eso intentan slo reformas que pueden realizarse en la medida de lo posible. Por eso, aunque coloquen a los ms clebres doctores, masters y acadmicos de las mejores universidades del mundo a la cabeza de las instituciones estatales o a fabricar ideologa, jams podrn satisfacer los intereses de las grandes mayoras nacionales. Es esa incapacidad lo que gobierna hoy la escena poltica de la nacin. Esa falencia y no otra es lo que ha permitido el acceso al Gobierno de la nacin de individuos a quienes se ha asignado como nica labor la de administrar el modelo, e impedir a toda costa que lo haga alguno de sus detractores. Y es trgico que as sea. Pero es lo que ha ocurrido hasta ahora.

Santiago, octubre de 2013

i Franco, Rienzi y Potthoff, Alfredo: Bachelet resalta idea [], El Mercurio. 6 de octubre de 2013, pg. C-2.

ii Muoz, Guillermo: El Presidente ha hecho un uso poltico [], El Mercurio, 5 de octubre de 2013, pg. C-2.

iii Olgun, Consuelo: El perodo poltico posterior [], El Mercurio, 6 de octubre de 2013, pg. C-4.

iv Cable de la Agencia UPI de 5 de octubre de 2013, intitulado Matthei destaca que rgimen militar haya convocado al plebiscito para decidir continuidad.

v Pardo, Gabriel: El debate sobre el pasado era ineludible [], El Mercurio, 5 de octubre 2013, pg. C-6.

vi Pea, Carlos: La hora del No, El Mercurio, 6 de octubre de 2013. Pg. D-27.

vii Vase, al respecto, la obra de Carl J. Jung El hombre y sus smbolos.

viii Vase, tambin al respecto, la obra de Iuri Lotman La Semisfera.

ix El propio Pinochet tena esa concepcin del liderazgo y de absoluto desprecio por la comunidad. No hay que olvidar que, al momento de ordenar el asalto a La Moneda, su frase para el bronce fue Se mata la perra y se acaba la leva, con lo cual quera decir que matando a Allende se terminaba el problema de la resistencia armada.

x Briones, Ramn y Bosselin, Hernn: 5 de octubre 1988-2013: concepcin y fin de la Concertacin, El Mostrador, 5 de octubre de 2013.

xi Esta idea se mantiene, incluso, hoy. Su principal exponente es la candidata del oficialismo (Alianza Por Chile) Evelyn Matthei quien en dos oportunidades ha llamado la atencin sobre un gobierno militar capaz de respetar sus compromisos y entregar el mando de la nacin sin derramar una gota de sangre, como ejemplo de vocacin cvica.

xii Martner, Gonzalo: El 5 de octubre de 1988: qu se puede pensar 25 aos despus?, El Mostrador, 6 de octubre de 2013.

xiii Ibarra, Valeria: Mayor desplome del IPSA en su historia []. El Mercurio, 6 de octubre de 2013, pg. B-14.

xiv Acting Secretarys Meeting with Ambassador Errzuriz 10/2/88, From: State, 1988-10-04, Secret.

xv Otano, Rafael: Crnica de la transicin, Editorial Planeta, Santiago, 1995, pg. 84.

xvi Portales, Felipe: Chile: una democracia tutelada, Editorial Sudamericana Chilena, Santiago, 2000, pg. 37.

xvii Aylwin, Patricio: El reencuentro de los demcratas. Del golpe al triunfo del NO, Editorial Grupo Zeta, Santiago, 1998, pgs. 147-155.

xviii Martner, Gonzalo: Artculo citado en (12).

xix Briones, Ramn y Bosselin, Hernn: Artculo citado en (10).

xx Portales, Felipe: 5 de octubre: un triunfo electoral convertido en derrota, El Clarn, 4 de octubre de 2013.

xxi Figueroa, Francisco y Ruz, Carlos: A 25 aos del NO: el fin de los amarres y el ocaso de la transicin, El Mostrador, 5 de octubre de 2013.

xxii Figueroa, Francisco y Ruz, Carlos: Obra citada en (21).

xxiii Castillo, Adolfo: La invencin del 5 de octubre, El Mostrador, 3 de octubre de 2013.

xxiv Politzer, Patricia: 5 de octubre: alegra tarda es rabia y urgencia, El Mostrador, 4 de octubre de 2013.

xxv Portales, Felipe: Artculo citado en (20).

xxvi Acua, Manuel: Prolegmenos a las grandes protestas del 83, Editorial Senda/Senda F rlag i Stockholm, Estocolmo, 2012, pg 28.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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