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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-10-2013

Desbrozando ideas (II)
Los verdaderos artfices de la paz

Timolen Jimnez
http://farc-ep.co


La pregunta en torno a quines estn realmente cansados con el proceso de paz, mueve en verdad a importantes reflexiones. Una de ellas corresponde al comienzo mismo de las conversaciones entre el gobierno nacional y las FARC-EP. Por qu se inici el proceso? Tras los ocho aos de guerra total practicados por Uribe, qu movi a Santos a dar el giro?

En la nota anterior ponamos de presente su conviccin, de hecho l fue uno de los cruentos protagonistas de la seguridad democrtica, de que las FARC nos hallbamos en una situacin desesperada, urgidos de una oportunidad para salvar nuestros pellejos a punto de ser cortados por el Estado. Aunque errada, tal idea ejerci notable influencia en su decisin de conversar.

Y seal el criterio gubernamental acerca del nico contenido posible delos dilogos. La inmensa mayora de los observadores, siempre al servicio del rgimen, con mayor descaro o cuidadoso disimulo segn su grado de compromiso, dedicaron muchas lneas a celebrar la decisin de Santos al ensayar la va dialogada para poner fin al conflicto. Y sobre esa base construyeron su prestigio.

En adelante se aprestaron a medir los xitos del proceso en torno a los resultados perseguidos por el Presidente. Pero, para que Santos hubiera podido dar curso a la posibilidad de los dilogos, tuvo que crear un consenso importante entre los poderes econmicos y polticos que determinan los rumbos del pas. La mayora de ellos termin por aceptar sus suposiciones y le otorg el aval.

Fue cuando sobrevino la fiesta meditica por la apertura de las conversaciones de paz. Todos a una, con excepcin del desprestigiado uribismo fundamentalista, se dedicaron a expresar loas en torno a la inminencia del fin del conflicto, que habra de conseguirse muy pronto en la Mesa. Se dijo entonces que Colombia, el pas, la sociedad en su conjunto, apoyaban el proceso.

Conviene tener cautela cuando los grandes medios de comunicacin se anan para hablar en nombre de toda Colombia. Si bien es cierto que al emerger ciertos sentimientos de hondo calado nacional, como la reciente clasificacin de nuestra seleccin al campeonato mundial de futbol, los medios se ven obligados a registrarlo, tambin es cierto que muchas veces suelen inventarlos.

O los manipulan de manera astuta, para beneficio exclusivo de los poderes que representan. Es as como la celebracin general producida con el anuncio de las conversaciones, no slo inclua la ptica gubernamental propia de las clases dominantes, sino que tambin abrigaba la otra, la de los de abajo, la de los invisibles, la de quienes registran y aparecen slo si conviene a los de arriba.

En otras palabras, el otro pas, el de los negros, los indios, los campesinos, los desempleados, los profesionales frustrados, los millones de colombianos que ante la falta de oportunidades se rebuscan la vida como pueden, el de la gente buena pensante, el de la izquierda consecuente, el que comprende las razones de la guerrilla, tambin estaba de fiesta con el inicio de los dilogos.

Porque ese pas es realmente el verdadero interesado en que termine la guerra. Y ese pas llevaba muchos aos clamando por que se iniciaran nuevamente conversaciones en busca de una salida incruenta al conflicto. Desde luego, hasta el momento en que las lites anunciaron las nuevas conversaciones, ese pas no haba existido para los medios, ni para nadie que no fuera l mismo.

La oligarqua colombiana siempre ha credo que esa masa amorfa de desharrapados, de hambrientos sin techo, de desposedos, de inconformes impertinentes, de chillones engaados por terroristas, slo merece atencin cuando puede derivar un importante beneficio de ella. Ya se trate de sus votos, de sus cuerpos para la guerra o de mano de obra miserablemente paga.

Cuando esa masa humana de gentuza se niega a transitar por el camino que ella le seala, se convierte en enemiga a combatir sin consideracin de ninguna clase. As, si resulta un obstculo material para sus planes de agro carburantes, gran minera a cielo abierto o infraestructura funcional a la globalizacin, o si se inclina por peligrosas opciones izquierdistas, hay que matarla.

Hay que desaparecerla, hay que aterrorizarla, desplazarla, encarcelarla, someterla como sea. La conjuncin de poderosos intereses econmicos forneos y de sectores dominantes en la economa nacional, con proyectos polticos excluyentes y sectarios, termin por generar el conflicto armado que ha marcado la existencia de nuestro pas en las ltimas cinco dcadas.

No son las Ingrid, ni los polticos o militares muertos en aventureros y fallidos intentos de rescate, las verdaderas vctimas del conflicto armado colombiano. Ni siquiera los miles cados en los enfrentamientos entre guerrilla y fuerza pblica. Sino los millones de colombianos que lo han perdido todo para que el ndice de crecimiento econmico subaa favor de las clases pudientes.

Las decenas de miles de familias que pierden sus viviendas con las entidades crediticias, o las centenares de miles que trabajan como esclavos gran parte de su vida para acrecentar felizmente las ganancias de los grandes grupos financieros, son vctimas de este sistema que se sostiene slo porque cuenta con un inmenso aparato de fuerza bruta que se reclama legtimo sin serlo.

Esa Colombia, y no la de las familias Santos, Uribe, Santodomingo o Sarmiento, entre otras, es la que clama por paz con justicia social, con profundas reformas institucionales y en el manejo econmico del pas. Las FARC-EP, que somos apenas una de las expresiones de esa Colombia largamente humillada y perseguida, sabemos que gran parte de ella nos acompaa en esta brega.

Estamos perfectamente claros de que el actual proceso de paz jams hubiera sido posible sin el concurso decidido de los colombianos del montn, que en innumerables actos y declaraciones, an en los momentos en que todo pareca perdido, se lanzaron a la calle y a los foros a exigir la apertura de los dilogos. Ese sentimiento persiste, y se halla hoyms fortalecido que nunca.

La paz, la solucin poltica del conflicto, la continuidad del proceso de La Habana, no slo no est en dependencia de los intereses de Santos, sino que reposa en la voz y la presencia de los millones y millones de compatriotas que no quieren ms esta guerra. La oligarqua de siempre no puede continuar devorando la patria mientras invoca su nombre. La paz no es cosa suya, es de todos.


(*) Timolen Jimnez es comandante y Jefe del Estado Mayor Central de las FARC-EP

Fuente: http://farc-ep.co/?p=2629


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