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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 01-11-2013

La amenaza de los conocidos

Santiago Alba Rico
La Calle del Medio


Cuando ramos nios se nos enseaba a desconfiar de los desconocidos. Los desconocidos, por lo general, presentaban un perfil lombrosiano que los identificaba con las clases ms pobres y con los extranjeros. Desconocidos eran sobre todo los que no vestan a la moda, no iban bien afeitados y exhiban teces morenas, cicatrices faciales y cuerpos mal alimentados; y desde luego los gitanos, los drogadictos y los negros. Las clases medias capitalistas han desarrollado durante siglos un instinto clasificatorio fundado en la sedimentacin de esta imagen del desconocido amenazador, procedente del espacio exterior, al que se reconoce por un conjunto de rasgos fsicos inequvocos: muy grandes o muy pequeos, torpes, sucios, atezados, aristados, barbudos, peludos, muy tmidos o muy agresivos; es decir, pobres. Lo peor que puede decirse de esta memoria social del estereotipo, que confunde clase y raza, desdicha y maldad, es que no es propiamente capitalista sino que conserva -y sa es la acusacin- lo peor, y slo lo peor, de la humanidad milenaria. El extremo ideal y caricaturesco de este clich dominante -el desconocido - es el ogro o la bruja de los cuentos clsicos y, en nuestro mundo contemporneo, el extraterrestre, cuya genealoga paralela e inquietante se refleja en su extravagante anatoma, inhumana e irracional, y en el concomitante deseo de conquistar la tierra.

Naturalmente este terror al desconocido sigue existiendo, complicado ahora por la promiscuidad cosmopolita de las grandes ciudades y el carcter casi atmosfrico del llamado terrorismo, pero se est produciendo una revolucin o, al menos, una subversin imaginaria en la memoria social de los estereotipos. Es un cambio muy inquietante que extiende el terror y enraza las amenazas en el interior, en el terreno de esa vida privada -clido refugio burgus- donde hasta ahora nos sentamos protegidos y seguros.

Me ha llamado la atencin el nmero de noticias que en las ltimas semanas alimentan esta subversin de los clichs: la abogada rica que mata a su hija de doce aos, la pareja insospechable que treinta aos antes haba matado a sus ex-esposos y a sus hijos, el profesor de religin que asesina, trocea y congela a su hermano, el vecino amable que haba secuestrado y violado a tres chicas durante veinte aos... Es verdad que noticias como stas han hecho siempre las delicias de un pblico aficionado a las golosinas truculentas (una extraa necesidad del alma), pero el placer se asociaba a su carcter excepcional. Ahora se est dibujando y estabilizando algo as como una nueva norma. Cuando se pregunta a los amigos o a los vecinos de los asesinos, todos coinciden en declaraciones que tienen tambin ya la frecuencia y el peso de los eptetos (Ulises, el de los pies ligeros , Aquiles, fecundo en ardides, NY la gran manzana, etc): nadie lo hubiera sospechado, era un buen vecino, una persona normal. De pronto nuestro deformado instinto clasificatorio, que asociaba clase y raza, amenazas y rasgos fsicos, ya no nos sirve para orientarnos. Hay que desconfiar tambin de las personas normales; los ms desconocidos son, en realidad, nuestros conocidos. Como en el caso del extraterrestre, el cine ha jugado un papel fundamental en la sedimentacin de esta nueva memoria estereotpica que rompe asociaciones centenarias. Pensemos, por ejemplo, en Funny Games, de Michael Haneke, donde los asesinos que violan el recinto domstico son rubios, blancos, angelicales, los novios soados para nuestras hijas, a los que se deja entrar en casa precisamente por eso; o en la serie de xito Breaking Bad, en la que un profesor de qumica que adora a su familia tiene una vida paralela de feroz adrenalina criminal. Estoy casada con un asesino, mi padre es un criminal, mi to es un violador, mi profesor es un mafioso.

No es que estas cosas no ocurran. Ocurren. Las estadsticas demuestran, por ejemplo, que la mayor parte de los abusos sexuales se cometen dentro de casa. Pero el sentido comn -digamos- siempre atribua estas conductas a una desviacin patolgica; es decir, era la conducta misma la que converta al delincuente en un repentino desconocido. Ahora sucede ms bien lo contrario: a fuerza de acumular noticias y disociar clichs, se genera la ilusin de que es la normalidad misma, como antes la anormalidad, la que amenaza y mata; de que cuanto ms normal parece nuestro marido o nuestro vecino ms peligroso es en realidad; de que las amenazas ms serias proceden de los ms prximos o de los ms conocidos. Este desplazamiento y desorientacin estereotpica no puede dejar de relacionarse con la subversin antropolgica de una sociedad que descompone todos los vnculos para desprender, como su ideal econmico y cultural, un individuo consumidor encerrado en un caparazn blindado, amenazado por todos los otros individuos consumidores, amenazador l mismo para todos los dems, unos y otros aterrorizados por igual en nuestros pequeos trax revueltos -imgenes, tentaciones, fantasmas- mientras nos dirigimos, volviendo a derecha e izquierda la cabeza, capaces de cualquier crimen, al supermercado. El terror, y no el placer, es el mejor estmulo al consumo y el ms poderoso sostn psicolgico del mercado.

Si no hubiera otros motivos, habra que reprochar tambin al capitalismo este gran fracaso antropolgico: en lugar de extender la confianza a los desconocidos, como han soado durante siglos religiones y utopas, ha contrado la desconfianza tambin hasta los conocidos. No slo los gitanos, los negros, los extranjeros, los pobres, son peligrosos. Cualquiera -incluso t mismo- puede ser un monstruo. La normalidad misma es monstruosa. No confiemos en nadie, no nos casemos, no tengamos hijos, no invitemos a cenar a los amigos, no tengamos amigos. Gastemos todo nuestro dinero en mquinas y guardaespaldas -preferiblemente no humanos.

De esta subversin de la vieja y clasista memoria estereotpica de la humanidad deberamos al menos sacar una alerta provechosa. Porque, en efecto, los hombres ms dainos para la humanidad, los ms destructivos, los ms criminales, no son pobres ni gitanos ni barbudos: van bien vestidos, bien afeitados, bien peinados; elegantes, bronceados, desenvueltos, despiertan respeto y admiracin. No deberamos poner nuestras vidas en sus manos. Se llaman banqueros, empresarios, ministros, generales. Mi marido es directivo de Monsanto, mi padre trabaja en el Pentgono, son golosinas truculentas, abismos deliciosos de terror, que ni el cine ni los peridicos han explotado todava.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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