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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 16-11-2013

Desbrozando ideas IV
La discusin que se viene sobre el narcotrfico

Timolen Jimnez
http://farc-ep.co


El diario limeo El Comercio rese el da 12 de febrero de 1998, bajo el ttulo Drogas, una guerra injusta?, unas declaraciones del famoso economista norteamericano Milton Friedman:

Nuestra poltica antidrogas ha provocado miles de muertos y prdidas fabulosas en Colombia, Per y Mxico () Todo porque no podemos hacer cumplir las leyes en nuestro propio pas. Si lo logrramos no existira un mercado de importacin () Pases extranjeros no sufriran la prdida de su soberana () Puede una poltica ser moral si conduce a la corrupcin generalizada, en tanto, tiene resultados racistas, destruye nuestros barrios pobres, hace estragos entre la gente dbil y acarrea muerte y desintegracin en naciones amigas?

El padre de la Escuela de Chicago, aseguraba categricamente que el gobierno de su pas deba legalizar el consumo de las drogas y cesar unilateralmente la guerra contra ellas. Recordaba amargamente que, debido a ella, los Estados Unidos haban multiplicado por ocho el nmero de su poblacin carcelaria, fundamentalmente poblacin negra y latina de muy bajos recursos.

Ese tipo de posiciones, carentes del mnimo asomo de sospecha, han sido expuestas una y otra vez por respetables personalidades. Baste recordar que en el ao de 1979, Alberto Lleras Camargo, dos veces Presidente de Colombia, prestigioso periodista y primer Secretario General de la OEA, declaraba al diario El Tiempo, de Bogot, que haban sido las polticas represivas del gobierno norteamericano, la persecucin policaca, costanera, de servicios secretos, las que haban elevado a tal valor el precio de las drogas, que haban animado la creacin de unas mafias dispuestas a conseguirlas en cualquier parte del mundo, para llevarlas a los Estados Unidos y all hacer su gran negocio.

El patriarca liberal no dudaba en advertir cmo a nuestro pas se le iba a convertir en el chivo expiatorio por una responsabilidad que nicamente le competa al gobierno gringo: La guerra y las drogas teirn la reputacin de nuestros compatriotas en ese tiempo futuro, profetiz con sumo acierto.

Las dos dcadas trascurridas desde las declaraciones de Lleras Camargo, cuando Colombia apenas alcanzaba la folclrica condicin de exportadora de Cannabis, a las de Milton Friedman, al igual que los quince aos transitados desde entonces, nos permiten pensar en varias cosas con relacin a este asunto que pronto ser objeto de discusiones en la Mesa de La Habana.

Prcticamente existe coincidencia entre los distintos estudiosos de la economa capitalista mundial, en el sentido de que los treinta aos gloriosos de ascenso y expansin de la produccin industrial que siguieron al fin de la segunda guerra mundial, y que significaron el ms asombroso crecimiento econmico registrado en la historia, llegaron a su fin en los primeros aos de la dcada de 1970. El estancamiento sobreviniente, producido por la evidencia de una crisis de sper produccin inminente, oblig a los grandes capitales a frenar su inversin en la economa material, dando lugar a un descenso constante de la cuota de ganancia.

Fue necesario buscar otras esferas de inversin. La crisis petrolera de entonces y la fabulosa riqueza que deriv para el mundo rabe abrieron las compuertas a la especulacin financiera. El crdito internacional, las bolsas de valores y la infinitud de negocios especulativos derivados de ellas, se encargaron de estimular y legitimar las ms diversas formas de generacin del capital y la ganancia. El comercio de las drogas adquiri entonces inusitada importancia como fuente de riqueza e inversiones.

La disputa por el destino final de esas inversiones termin en la declaratoria de guerra contra las drogas por el gobierno de los Estados Unidos. Se trataba del control de los miles de millones de dlares que sumaban los pagos por las dosis consumidas por sus ciudadanos, cuantiosos capitales que salan al exterior en manos de desconocidos.

Adems de la cobertura moral que se poda imprimir a esa cruzada, la niez y juventud que haba que salvar de tan nefasto flagelo, ella poda servir a intereses polticos inmediatos, como compensar la muerte de cuatro millones de vietnamitas a manos de las tropas norteamericanas invasoras, con el pueril argumento de que prostitutas indochinas adiestradas por comunistas, haban iniciado en las drogas a los soldados norteamericanos, equiparando el dao producido por la horrorosa matanza y librando a los Estados Unidos de las obligatorias compensaciones.

Y convertirse en un poderoso instrumento de control social dentro de sus propias fronteras. Las poblaciones conflictivas de los odiosos negros e inmigrantes podan ser reprimidas y encarceladas de modo masivo. Y, sobre todo, garantizar un efectivo instrumento de injerencia directa en los pases del tercer mundo, su patio trasero especialmente, en los que las luchas sociales y polticas amenazaban con hacerlos salir de la rbita polticamente correcta.

Todas las ancdotas y crnicas sobre cualquiera de las reas de cultivos de plantas usadas para la produccin de drogas, dan cuenta, sospechosamente, de que fueron unos generosos gringos los primeros en aparecer promoviendo y enseando el cultivo de la mata. Despus vendra el control total sobre los cuerpos de polica locales, y finalmente, con la misma excusa de la heroica y justa lucha contra las drogas, la direccin y el control de las fuerzas militares de pas involucrado. Colombia es un ejemplo destacadsimo del desarrollo de esa estrategia de dominacin.

Desaparecida la Unin Sovitica, esfumado de repente el fantasma del comunismo con el que se pretextaba la persecucin contra todas las formas de inconformidad poltica y social, en desarrollo de la doctrina norteamericana de seguridad nacional, el poder hegemnico del gran capital transnacional representado por los Estados Unidos y la OTAN, se encontr de repente sin una excusa que pudiera justificar sus actos de intervencin y piratera a escala internacional. Haba que crear un enemigo que justificara el enorme aparataje blico y las polticas injerencistas.

Entonces hicieron aparicin nuevos fantasmas: el terrorismo, el narcotrfico, las violaciones a los derechos humanos, la amenaza de las armas de destruccin masiva, los atentados contra el medio ambiente, etc., un largo listado caracterizado por la hipocresa y la manipulacin, que bien poda ser aplicado en primer trmino al poder imperial, el primer Estado entre todos que ha utilizado armas nucleares y armas convencionales de todo gnero, en forma masiva, contra naciones y pueblos enteros, que ha depredado al planeta en su avidez de ganancias, que ha promovido sangrientos golpes de Estado y apoyado dictaduras sanguinarias y gobiernos tteres que pusieron en prctica los mtodos de tortura, guerra sucia y paramilitarismo enseados en sus escuelas de formacin militar y policial.

Para el caso que nos ocupa, el narcotrfico result ideal. Mientras que buena parte de los grupos y movimientos rebeldes de Amrica Latina cedieron ante el enorme peso que signific la debacle del socialismo real, incluso en Colombia, donde buena parte del movimiento insurgente arre sus banderas ante los cantos de sirena de la globalizacin financiera y el fin de la historia, otros grupos, verdaderamente revolucionarios y comprometidos con su pueblo, como las FARC y el ELN, persistieron en sus proyectos polticos y militares.

En adelante no seramos tratados como fichas del comunismo internacional, sino como grupos narcotraficantes, terroristas y dems. No han faltado incluso los intentos de vincular las FARC con negocios internacionales de uranio y otros minerales para la produccin de armas nucleares. Las llamadas operaciones sicolgicas, tan difundidas y practicadas en su momento por la CIA, hoy verdaderos instrumentos de propaganda negra en manos de fuerzas militares y policiales dirigidas directamente por el Pentgono, se encargan de sembrar en la mente de la poblacin nacional y mundial las representaciones ms sucias en torno a las organizaciones revolucionarias.

Dentro de las cuales se destaca nuestra vinculacin con el narcotrfico. Un pas como Colombia, montaoso y con grandes extensiones de selva, a cuyas regiones ms apartadas fueron lanzados por sucesivas oleadas de violencia latifundista campesinos y colonos, abandonados adems a su suerte por el Estado, result ideal para el crecimiento de los cultivos prohibidos. Esos campesinos hallaron en ellos el modo de sobrevivir y elevar medianamente su miserable condicin de vida. Las guerrillas, enfrentadas desde varias dcadas atrs al rgimen, asentadas fundamentalmente en las reas campesinas, no tenamos el derecho ni la vocacin de volvernos contra la poblacin con miras a prohibirle la nica actividad de la que derivaba su prrica subsistencia.

La responsabilidad fundamental por el problema de las drogas radica en la esencia misma de la economa capitalista, en la incapacidad o falta de voluntad del gobierno norteamericano para hacer cumplir las leyes prohibitivas, y hasta en el carcter absurdo de stas. Dicen los que estudian esos temas, que producen ms muertes el consumo de alcohol o de comida chatarra que el de drogas. Y que la violencia que genera el narcotrfico es producto de la actividad mafiosa e ilegal que deriva de la prohibicin del consumo. Y que la guerra contra las drogas genera ms violencia, corrupcin y descomposicin social y estatal, que la propia degeneracin adictiva.

As que al asumir en La Habana el tema de las drogas ilcitas, las FARC-EP marchamos de la mano con la voluntad expresada por las comunidades campesinas afectadas con la guerra que la oligarqua colombiana, como siempre, de rodillas ante el imperio, decidi declarar contra ellas. Pese a que el Presidente Juan Manuel Santos masculla en algunos escenarios la necesidad de aplicar una poltica distinta en el combate a ese problema, en la prctica ha asumido la fiel interpretacin de las directrices de guerra total emanadas del gobierno de los Estados Unidos.

Las FARC en cambio seguimos firmes en lo planteado en nuestra Octava Conferencia Nacional, que ya en 1993 incluy en nuestra plataforma poltica:

10. Solucin del fenmeno de produccin, comercializacin y consumo de narcticos y alucingenos, entendido ante todo como un grave problema social que no puede tratarse por la va militar, que requiere acuerdos con la participacin de la comunidad nacional e internacional y el compromiso de las grandes potencias como principales fuentes de la demanda mundial de los estupefacientes.

El gobierno y el pueblo de Colombia, as como la comunidad internacional, pueden estar seguros de que el tratamiento en la Mesa al problema de las drogas ilcitas, en todo lo que tenga relacin con programas de sustitucin de cultivos ilcitos, planes de desarrollo, ejecucin y evaluacin con participacin de las comunidades, as como la recuperacin ambiental de las reas afectadas, incluidos programas de prevencin del consumo y salud pblica, que podran contemplar su legalizacin, se desarrollar con nuestra inquebrantable y decidida voluntad de contribuir de la mejor manera a poner fin a la sempiterna injusticia sufrida por las comunidades campesinas del pas, una de las razones histricas de nuestra lucha de cinco dcadas continuas.

Entendemos que satisfechas las comunidades campesinas en sus aspiraciones bsicas como producto de acuerdos en la Mesa de La Habana y en las diversas mesas de interlocucin que se desarrollan en el pas, el problema de los cultivos ilcitos habr desaparecido para siempre de Colombia. Nuestra satisfaccin por una Colombia sin coca ser enorme. Mucho ms, si de paso acarrea una Colombia sin pobreza y miseria rurales, que pueda hacer uso de sus derechos polticos sin ningn tipo de amenazas y violencias.

De ese modo habrn desaparecido del pas, de modo objetivo, como consecuencia inmediata ydirecta, la produccin de drogas y su comercializacin, las que sin embargo, no van a desaparecer del entorno de la economa capitalista de que emergen. Otros escenarios y luchas habrn de ocuparse de la erradicacin definitiva del problema mundial. En lo que est a nuestro alcance, y al alcance de nuestro pueblo, habr que colaborar activamente a ello. La utilizacin poltica y estratgica de la guerra contra las drogas por el imperio de los Estados Unidos, seguramente que buscar trasladar el conflicto a algunos pases vecinos, cuyo rgimen poltico democrtico est interesado en combatir. Esa consideracin y advertencia final debera hacer parte del arreglo pacfico que consigamos en Colombia.

La solucin poltica del grave conflicto que sufre el pas desde hace ms de cinco dcadas, pasa por la recuperacin de nuestra soberana nacional, de nuestras libertades de anlisis y decisin como nacin independiente. Los intereses geopolticos del gobierno norteamericano, promotores de la prfida intencin de mancillar nuestra condicin de revolucionarios con estigmas criminales, que resultan tan del agrado de las clases dominantes colombianas y sus aparatos de represin, tendrn que ser hechos a un lado y desechados por infames. Podemos discutir y debatir cuanto se quiera nuestra condicin ideolgica, poltica, organizativa y militar, de donde no puede esperarse jams nuestra disposicin a aceptar las bajas sindicaciones y condenas que trama el Establecimiento.

Las FARC-EP no seremos los chivos expiatorios por los crmenes contra la humanidad cometidos por el imperio y la oligarqua. Es hora de que comiencen a responder por sus hechos. Se lo exige la historia.

 

Montaas de Colombia, noviembre de 2013.

(*) Timolen Jimnez es comandante y Jefe del Estado Mayor Central de las FARC-EP


Fuente: http://farc-ep.co/?p=2662


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