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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 23-11-2013

Aprendiendo a cavar mi propia trinchera (potica)

Julin Mara Guzmn
Rebelin


Durante mucho tiempo he admirado a determinados artistas y poetas. A esos poetas y artistas que renunciaban a lo bello, que salan de su torre de marfil y empujados por el hombre que es un lobo para el hombre, se sumergan en la lucha del da a da, del ao a ao, de generacin en generacin. No quedaba ms remedio que remangarse y poner sus versos sus pinceles-cinceles o partituras al servicio de la lucha por la libertad, por el hombre que sigue siendo solidario. Sus tiempos, eran tiempos difciles que an recuerdan nuestros abuelos, en los que an no eran tan obvios determinados derechos. No todos siguieron ese camino, algunos prefirieron continuar en su torre, arropados por propios cantos de sirena, eligieron lo cmodo y lo cobarde, lo ms humano al fin y al cabo. Por eso admiraba yo a esos artistas que volvan a ser hombres, que supieron bajarse del pedestal a tiempo, que empezaron a luchar, a cavar con palabras y canciones sus propias trincheras, trincheras que resultaron ser ms grandes que las cavadas con las manos y la sangre, pues en ellas caban siempre ms de un hombre.

Admiraba y admiro a Miguel Hernndez, a Vallejo, a Dmaso Alonso, a Len Felipe, a Maiakovski, Ana Ajmtova y Pasternak, a Emilio Prados, Antonio Machado y Altolaguirre, a Benedetti y Ferreira Gullar, a Blas de Otero y Gabriel Celaya. Como siempre, en una lista, se que me dejo a algunos, en realidad a muchos, pero ya sabis, es la fragilidad de la memoria, que no soporta el peso de algunos recuerdos. Admiraba a todos ellos. Los admiraba y tambin los envidiaba. Y no sabra decir en qu medida me dominaban ambos sentimientos. A ellos, sus tiempos tan difciles, les haban dado un motivo inevitable sobre el que escribir. Sus enemigos haban surgido de las tinieblas y luchaban con la cara descubierta, los brazos en alto y los uniformes bien abrochados. Estaban obligados enfrentarse a ellos!. En sus tiempos era muy sencillo saber qu era el fascismo, quines los ricos o cmo aborregaba la iglesia. Todo estaba polarizado, los bandos muy bien definidos.

As, durante mucho tiempo, la envidia por carecer de motivos para escribir, me sirvi a m para tapar mi rabia y mi impotencia. Justificaba mi silencio, mi falta de creatividad, pensando que ya esa lucha haba terminado, que no tena en realidad motivos para escribir, ni mis palabras hacan ya falta. Tampoco saba cantar a las rosas o a las mujeres, por lo cul elega una vida menos artstica, aunque sin alejarme de los libros: me hice bibliotecario.

En la poca que me ha tocado vivir, tengo mvil, porttil, hasta hace poco tena trabajo (de bibliotecario), y equipo de ftbol que me abochorna cada domingo, una buena coleccin de libros y cmics, viajo de vez en cuando, incluso tengo coche, no uno grande ni muy moderno, pero me sobra y mucho que me cuesta su seguro. No tengo piso, que le vamos a hacer, en esto al menos deba ser diferente, ni novia, aunque de esto no tiene la culpa la sociedad, es ms por falta de talento a la hora de acodarme en las barras de los bares. Y como yo, todos mis amigos y la gente que me rodeaba. Hablarles a ellos del Che Guevara o de Trovski, en una ltima resaca de conciencia, era slo un arrebato de la nostalgia universitaria. Recuerdo una breve charla que tuve con Anguita, que vino una vez a mi pueblo y le dije: Maestro, que difcil es ahora mantener la guardia despierta, pelear contra el aborregamiento, cuando el enemigo est diluido, es mil enemigos pequeos o un gran enemigo invisible. (Jo, macho, que bien me qued eso! Y qu orgulloso estaba de mis pensamientos timoratos). Los tiempos haban cambiado y por fin, nosotros ramos justos y neutrales y nuestra sociedad, aunque no perfecta, estaba lo suficientemente parcheada como para ser agradable, inocua y perdurar en el tiempo. Aunque bastaba, con mirar ms all de nuestras fronteras, ms all del estrecho, por ejemplo, para saber que estbamos equivocados, que no todo era tan sencillo. Agazapados, siempre acechan los mismos enemigos. Y nuestro mvil, nuestro coche, nuestro equipo de ftbol no son los frutos de nuestra lucha, sino otra fachada, son slo un sutil engao de una realidad que an merece ser luchada y ganada.

De repente, me he dado cuenta de que vivo en los mismos (malos) tiempos de los poetas y artistas que tanto he admirado y envidiado. Tiempos que exigen por mi parte y por quienes me rodean otra reaccin. Tiempos a los que les sobran motivos para combatirlos, para escribir sobre ellos. Lo dicho, los enemigos que por fin pareci venci la razn (me refiero a La Razn en maysculas, no a ese panfleto que vomita Marhuenda) nunca se fueron. Han vuelto y vuelven a estar con la cara descubierta, los brazos en alto y orgullosos de sus uniformes recin planchados. Yo, como los poetas de antao o las personas modestas, no entiendo muy bien de dnde surge esa clera, de dnde ese empeo en quebrar el mundo para que slo les de sombra a ellos, esa premura en dominar al prjimo por la fuerza. Cules son sus miedos, cules sus debilidades que los hace tan rabiosos? El por qu quieren ocultar su mediocridad con los gritos, los sermones y las balas? Ante ese ataque, nuestra respuesta primera, acunados por la mala costumbre a sobrevivir con un poquito de ocio, es la sorpresa y la incredulidad, seguida de un parpadeo de autoengao. Despus vienen las ostias (consagradas y con la mano abierta) y nuestras primeras derrotas. Luego sigue la rabia, el desconcierto y un primer amago de sumisin y repentino agotamiento. La msica que surge de los mviles y el runrun de nuestros cochazos es narctico. Cuando todava la lucha no ha comenzado! Pero poco a poco nos ponemos de pie, nos levantamos de nuestro aturdimiento, nos limpiamos las rodillas, escupimos polvo y miramos haca arriba, a la cara del enemigo rabioso que vuelve a tener rostro. Tiene cara de Rajoy, de cura enmohecido, de poltico corrupto, de futbolista atontao, de Botn, de Wert, de Undargarn, de rey hinchado (que no pasmado). Aunque tambin tiene cara de tarifa plana, de tele de plasma, de ftbol las veinticuatro horas del da siete das a la semana, de mvil, de gastronoma reconstruida: el opio de hoy en da adopta mil caras. Contra quin peleamos ms parece un hidra que una manada de lobos. Pero es contra ellos contra los que hay que volver a luchar, es contra ellos que debemos enfrentarnos, cada uno con sus armas, pero cogidos de las manos de otros que estn luchando. Cuando miremos a los lados, no debemos estar solos, que junto a nosotros haya cien peleando. Yo poco a poco, tambin he tardado, me estoy poniendo en pie, y estoy mirando a los lados. Tras el cabreo, he sacado de mi biblioteca los libros de poesa que tena guardados. Los leo con premura, quiero aprender de ellos los versos con los que los poetas cavaban no hace mucho sus trincheras. Pues como dijo Celaya, la poesa es (tambin) un arma cargada de futuro. Aunque no s, quizs la poesa no sea slo un arma, quizs sea tambin una pala. El caso es que hay que pelear, con lo que se tenga y como se sepa.

As, tomando las palabras de Vallejo, grito ahora, Cristo, aparta de m este mvil, esta liga de ftbol, esta Beln Rueda. Yo no voy a bajarme de un pedestal, que nunca estuve en ninguno, ni tampoco voy a salir de mi torre de marfil, no pude hipotecarme comprando una. Simplemente grito, imploro y recurro a las voces, las canciones, las palabras de los grandes poetas, para bajarme de mi sof y empezar a cavar mi propia trinchera. Que esos tiempos tan dramticos que creamos superados empezaron como estos que estamos viviendo: con unos tiempos ms tranquilos, en los que no todo se haba perdido.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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