Portada :: Otro mundo es posible :: Feminismos
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-11-2013

25-N Da Internacional para la Eliminacin de la Violencia contra las Mujeres
La Violencia de gnero es mucho ms que la violencia directa

Pedro Antonio Honrubia Hurtado
Rebelin


Violencia simblica, cultura, estructural y directa

Segn la Declaracin sobre eliminacin de la Violencia contra las Mujeres, (Resolucin de la Asamblea General 48/104, 1993) podemos considerad violencia contra las mujeres o violencia de gnero-: Todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un dao fsico, psicolgico o sexual para la mujer, as como las amenazas de tales actos, la coaccin o la privacin arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pblica como en la vida privada.

La violencia, no obstante, segn Johan Galtung, tiene diversos rostros: la violencia directa: donde hay un actor que comete el acto de violencia (agresiones fsicas, violaciones y acoso sexual, las guerras; violencia estructural: ataca de forma ms lenta y pausada, no hay un actor directo, puede ser manifiesta como desigualdad de oportunidades ante la vida (marginacin, hambre, malnutricin...) ; violencia cultural: ms sutil y difcil de percibir, basada en estereotipos e idealizaciones ideolgicas, en ideas que construyen el sentido comn del que es participe, de manera directa o indirecta, el global de la sociedad, de ah su papel legitimador de las dems violencias. Mediante un modelo triangular, Galtung explica cmo todas estas violencias interaccionan y se retroalimentan entre s. La violencia estructural y la violencia cultural, reproducen la violencia; se reproducen a s mismas y constituyen la base de la violencia directa. Este modelo triangular de Galtung permite dilucidar las causas que mantienen en constante relacin los tres tipos de violencia. Estos flujos circulan en todas las direcciones, ya que la violencia se origina en cualquiera de los vrtices, siendo el ms significativo el que parte de la violencia cultural pasando por la estructural y terminando en la directa. En el mbito de la violencia de gnero, este modelo queda plenamente de manifiesto.

Tambin hay otro tipo de violencia estrechamente vinculada a la violencia cultural: la violencia simblica, que para ser comprendida eficazmente ha de ser analizada desde una perspectiva particular, en tanto y cuanto es una manifestacin concreta, a travs del poder de los smbolos sociales, de la violencia cultural. La violencia simblica se puede definir como el poder para imponer la validez de significados mediante signos y smbolos de una manera tan efectiva que la gente se identifique con esos significados. De alguna manera, podramos decir que es una manifestacin directa de la violencia cultural, que sin llegar a ser violencia directa, opera en la prctica de una manera muy similar, en tanto y cuanto tiene una naturaleza agresiva muy marcada. La violencia simblica es el acto agresivo-violento presente en los cdigos simblicos de la sociedad. No es tan slo que legitime la violencia directa o estructural, sino que en s mismo es un acto violento. Estos cdigos simblicos son impuestos por los sujetos dominantes a los sujetos dominados, sometindolos con ello a una determinada visin del mundo, de los roles sociales, de las categoras cognitivas y de las estructuras mentales que son intrnsecamente violentas.

Todos estos tipos de violencia siguen estando hoy presentes en la vida de las mujeres del estado espaol, siendo la violencia directa con resultado de muerte solo uno de los fenmenos que la violencia de gnero genera en nuestra sociedad, sin duda el ms dramtico, pero no el ms generalizado y mucho menos el que tienen una mayor alcance cotidiano en la vida de la mayora de mujeres de nuestra sociedad, adems de que nos sera imposible entender tan dramtico y detestable fenmeno sin vincularlo a esos otros tipo de violencia estructurales, culturales y simblica.

La violencia de gnero ms all de la violencia directa

No queremos marear aqu con cifras y datos interminables, que los hay de sobra y pueden ser sencillamente encontrados con bsquedas no demasiada complejas en cualquier buscador de internet, sencillamente pretendemos resaltar este hecho que nos parece fundamental, para que el 25-N no sea solo el da en que los fenmenos ms dramticos de la violencia de gnero copan los titulares de prensa, sino, como bien hacen diferentes organizaciones y colectivos feministas cada ao, el da en el que la sociedad pueda y deba reflexionar sobre esta lacra que es la violencia de gnero de manera global, tanto en lo referido a la violencia directa como en lo que tiene relacin con todos esos otros fenmenos cotidianos estructurales, culturales y simblicos- que tanto dificultan la vida de la mujer y su lucha por la igualdad y el empoderamiento.

La existencia de una brecha salarial de gnero, las condiciones de precariedad laboral, el trabajo subcualificado, los nichos laborales feminizados, la tendencia a reproducir socialmente las causas que generan la feminizacin de la pobreza y/o las desigualdades en el reparto del trabajo no remunerado en el seno del hogar, nos puede servir , basndonos en todos los datos y estadsticas que se derivan de diferentes estudios realizados en los ltimos aos que as demuestran todas y cada una de estas realidades, como elementos probatorios, como datos cuantitativos para mostrar la existencia de una violencia de gnero, de tipo estructural, cultural y simblica, generalizada.

Cuando una mujer cobra menos que un hombre en un mismo puesto de trabajo por el simple hecho de ser mujer, cuando el trabajo que realiza en el mbito del hogar es un trabajo que, precisamente por estar asociado en el imaginario colectivo a la mujer, no es valorado ni reconocido socialmente, cuando la mayor parte del trabajo precario recae en las mujeres, cuando sus pensiones son de media varios cientos de euros menores que las de los hombres, cuando entre las mujeres en edad de jubilacin la tasa de pobreza es varios puntos superior a la de los hombres, cuando se sigue considerando el trabajo femenino como una ayuda a la economa familiar en el caso de que la mujer conviva en pareja con un hombre y, a su vez, el trabajo domstico del hombre se vea como una ayuda a la labor que en ese mbito le corresponde por norma a la mujer, cuando las mujeres dedican ms del doble del tiempo a las tareas de cuidados que los hombres, o cuando la salida de la mujer al mercado laboral lleva implcita un aumento de sus responsabilidades totales al no disminuir las que le son propias por norma en el seno del hogar-, podemos hablar, sin duda, de que estos elementos son parte de una violencia de gnero estructural, cultural y simblica generalizada.

Tales hechos estn condicionados por los roles y estereotipos de gnero que siguen presentes en la sociedad, segn los cuales la mujer es menos apta que los hombres para realizar trabajos fuera del hogar y viceversa, as como es mejor cuidadora que aquellos a la hora de atender las necesidades de las personas dependientes y tantas otras cosas del estilo. Eso es violencia simblica.Es bien sabido, por ejemplo, que cuando en una pareja existe un debate en torno a quien de las dos personas debe abandonar su trabajo remunerado para hacerse cargo de los trabajos vinculados al hogar o los cuidados, en la inmensa mayora de casos ser la mujer la que acabe por abandonar su trabajo remunerado para centrarse en tales fines.

Esto es, esta violencia simblica luego tiene su reflejo en una sociedad donde todo aquello que se vincula con el trabajo femenino est peor valorado socialmente, y en algunos casos est totalmente desvalorado, en relacin al trabajo que se considera propio de hombres (violencia cultural), y ello luego genera que tanto en el mbito laboral remunerado, como en el mbito domstico no remunerado, sea la mujer la que se vea perjudicada por las consecuencias prcticas de tales planteamientos culturales generalizados, ya sea mediante un salario ms bajo para un mismo puesto de trabajo que el hombre, ya sea por una pensin ms baja al no haber podido cotizar en condiciones de igualdad con el hombre, ya sea por verse obligada a aceptar unas condiciones de precariedad laboral que parecen estar pensadas para adaptarse a las demandas laborales de las mujeres, ya sea porque deba cargar sobre sus espaldas con el peso de las tareas domsticas y de cuidados ante el abandono o desprecio de las mismas por parte de los hombres, podemos hablar de violencia estructural de gnero, una violencia que tiene una relacin directa con la violencia cultural y la violencia simblica de gnero tal y como las estamos planteando aqu.

Como decimos, los datos que muestran la existencia de tales violencias, con alcance generalizado, pueden ser fcilmente encontrados con una sencilla bsqueda por internet y todos ellos estn sobradamente demostrados y contrastados. Si no los incluimos aqu es bsicamente porque ello nos llevara a tener que realizar casi un trabajo acadmico, y la intencin de este artculo no es la de demostrar nada, sino, simplemente, la de inducir a la reflexin, para lo cual, entendemos, basta con citar lo que cualquier persona con un mnimo inters puede rpidamente comprobar como cierto, algo que, de hecho, nosotros ya previamente, aunque no se recoja aqu, hemos hecho. Nada de lo que se dice en este artculo sobre las desigualdades laborales y culturales entre hombres y mujeres es falso, todo est debidamente contrastado con datos y estudios que lo demuestran y esos estudios estn al alcance de cualquier en internet mismo.

Tipos y espacios de la violencia de gnero: hoy los mismos que ayer

Sin embargo, antes de continuar, s merece la pena detenerse a remarcar un hecho: existe una relacin directa entre todos estos tipos de violencia cultural, simblica y estructural de gnero, con aquellos espacios tradicionales donde desde hace siglos la violencia de gnero se ha hecho presente (en la familia y el mundo laboral), as como entre aquellas actividades que tradicionalmente han sido caractersticas de la opresin de la mujer (trabajo domstico y mbito de los cuidados) y los diferentes modos que la violencia de gnero tiene de darse en nuestra sociedad. Por ejemplo, no es casualidad que el trabajo que es propio de esos nichos laborales femenizados mencionados, sea precisamente aquel trabajo que tradicionalmente ha sido propio de la mujer, como es el cuidado de las personas dependientes o las tareas del hogar. De la misma manera, tampoco es casual que los mayores ndices de violencia directa sobre las mujeres, esa que s parece, por suerte, haber desatado en los ltimos aos una mayor preocupacin social e institucional, se sigan dando principalmente en el mbito familiar y del hogar, as como en el mbito laboral. Esto muestra la existencia de una estrecha vinculacin entre los patrones tradicionales de violencia de gnero y, pese a los avances en materia de igualdad de gnero, los patrones actuales de la misma, tanto en sus formas como en sus espacios fsicos y simblicos de desarrollo y ejecucin. Los roles de gnero siguen desempeando un papel fundamental en la existencia de todas estas violencias, de hecho, tales roles de gnero son, tal y como se plantean socialmente en la actualidad, violencia de gnero.

El problema que viene de la mano de esta violencia simblica de gnero se acenta si entendemos que normalmente las diferentes formas que sta asume en la realidad social de nuestros das se complementan y se refuerzan las unas a las otras. Que el trabajo domstico y/o de cuidados se perciba socialmente como una trabajo de mujeres es ya en s mismo un ejemplo de cmo la violencia de gnero tiene unas bases simblicas y culturales muy importantes y contra las que es bastante complicado luchar a corto plazo. Pero cuando, como se ha dicho, adems este trabajo, por el hecho simblico de estar vinculado a la mujer, se desvaloriza y se tiene, pese a la importancia real del mismo (qu sociedad podra funcionar sin este tipo de trabajos vinculados a las tareas domsticas o los cuidados?), como trabajos que ocupan los escalones ms bajos en la mentalidad colectiva respecto de las actividades laborales remuneradas o no- que tienen valor en nuestra sociedad, el problema para la mujer es doble: tanto en lo privado como en lo pblico cualquier cosa vinculada a la mujer queda relegado a un segundo plano. Es decir, la mujer es inferior al hombre en cualquier espacio de la vida social, y, en consecuencia, cualquier actividad vinculada a ella en el imaginario social debe necesariamente ser de la misma manera percibida como inferior, tanto en el espacio pblico como en el espacio privado. Y aunque pueda sonar extravagante, la comparacin entre el papel que la sociedad otorga al deporte femenino en comparacin con el deporte masculino es buena muestra de ello.

De la misma manera, cuando estos roles de gnero se relacionan con otras representaciones simblicas que son propias de nuestro marco de valores instituido socialmente, las relaciones de dominacin y subordinacin de la mujer respecto del hombre que tales roles sustentan y fomentan, se hacen presentes de tal forma que la violencia de gnero tiende a alcanzar sus situaciones ms dramticas y sangrientas, as como garantizan que la cotidianidad de la violencia de gnero acabe por ser una hecho instituidor de la sociedad en s mismo: la sociedad se construye y desarrolla necesariamente sobre la base de una violencia de gnero generalizada.

Sexualidad, relaciones de pareja y violencia de gnero

La opresin sobre la sexualidad femenina, en comparacin con la sexualidad masculina (hablando siempre, claro est, desde el plano de la heterosexualidad), es, por ejemplo, una de estas violencias simblicas que, al mezclarse con otros elementos sociales como es por ejemplo el modelo normativo que se impone como referencia cultural para las relaciones de pareja, acaban teniendo unas consecuencias dramticas para la mujer.

Aunque es obvio que ha habido cierto avance en este sentido, aquella idea de que la mujer debe tener una vida sexual no promiscua, so pena de ser considerada socialmente como una puta (putn verbenero le escuchaba decir hoy a una chica en el autobs, en una conversacin con su pareja, al referirse a una amiga de ambos que, parece ser, haba tenido la osada de serle infiel al novio), a diferencia del hombre que puede ser todo lo promiscuo que quiera sin necesidad de tener que sufrir ningn tab social por ello (el novio tambin le haba puesto los cuernos, pero la quiere y como ella no se enteraba, pues la relacin iba funcionando, le responda en la citada conversacin el chico a la chica que haba hecho el comentario anterior), sigue siendo una idea simblica y cultural plenamente integrada en nuestra sociedad. Algo que, obviamente, como denota la citada conversacin, tiene consecuencias sociales y muy graves en no pocas ocasiones.

Si el hombre es percibido culturalmente, de forma general, como un ser superior a la mujer, si cualquier actividad vinculada directamente a la mujer es a su vez percibida como inferior, si adems es la mujer la que en ningn caso debe ser promiscua si quieres ser una mujer "digna",y, adems, el amor es asimismo percibido culturalmente, como lo es en nuestra sociedad, como una relacin de posesin mutua, algo as como una relacin sustentada en la propiedad privada respecto de la sexualidad del otro elemento de la pareja fidelidad sexual-, finalmente se abre la puerta de par en par para una macabra lgica cultural que puede llevar fcilmente a la conclusin sentida y vivida por el hombre de que la mujer es una posesin suya y solo suya. Amor como propiedad privada y patriarcado son entonces las dos caras de una misma manera con trgico resultado: la violencia de gnero en sus versiones ms trgicas y horripilantes.

Ms concretamente, si el hombre se auto-percibe culturalmente como un ser superior a la mujer, y, a la par, entiende tambin culturalmente la relacin amorosa como una relacin posesiva, es decir, una relacin donde los amantes se poseen mutuamente, finalmente la mujer acabar siendo vista como una posesin del hombre, pues es la propia cultura la que as lo indica: los dos se posn mutuamente, pero el hombre manda en ltima instancia. La relacin deja de ser, pues, una relacin de doble sentido posesivo, para convertirse en un objeto cuyo dueo es el hombre. Se cosifica psicolgicamente el concepto mismo de pareja, e implcitamente se cosifica a la mujer, pasando ambas "cosas" a ser propiedad privada del hombre que as piensa.

As, a poco que el hombre perciba de alguna manera (real o ficticia) que este nexo posesivo comienza a romperse, o que est puesto en entredicho, recurrir a la violencia para re-direccionar la relacin por el "camino correcto": el de la sumisin respecto del que se siente su amo. Adems porque, al ser la promiscuidad de la mujer un tema de "dignidad", la fidelidad es para el hombre un tema de "honor" (de ah que a la mujer se le insulte llamndola "puta" y al hombre llamndole "cabrn"). Los celos, de hecho, suelen ser una de las principales causas de la violencia de gnero directa, tanto fsica como psicolgica.

De igual manera, en caso de ruptura de la pareja, o de simple intento de ruptura, cuando lo que antes el hombre vea como una posesin deja de repente de serlo, cuando los derechos de propiedad dejan de tener efecto, estas mismas personas suelen no estar lo suficiente capacitadas como para aceptar tal hecho, pues la idea de que la pareja es para uno y slo para uno hasta que la muerte los separe prevalece sobre la razn y la independencia de la otra persona. La violencia es aqu un modo de indicar que no es posible que la mujer abandone el seno de la pareja si no es bajo la aceptacin voluntaria del hombre, del amo por excelencia en la relacin, del verdadero dueo de la propiedad mutua. La mujer pasa a ser algo as como un bien ganancial de la pareja, cuyo nico administrador es el hombre.

Y si a eso le sumamos, como decimos, que la dignidad de la mujer se ha asociado y se asocia generalmente, entre otras cosas pero de manera principal sobre todo en lo referido a los temas de pareja, a su no promiscuidad, y que, por derivacin, el hombre ve amenazado e insultado su honor -al ser engaado por una mujer indigna-, cuando sta ha cometido una infidelidad o el hombre sospecha que la haya podido cometer o incluso que pudiera querer cometerla en el futuro (aunque sea en la forma de un abandono de la relacin para irse con otro hombre en el futuro una vez rota tal relacin o eres ma o de nadie-), no es de extraar que sea precisamente el seno del hogar familiar, y en concreto los asuntos relacionados con las disputas sentimentales, el principal espacio social donde se producen las peores muestras de violencia directa de gnero, en muchas ocasiones, como sabemos por desgracia, con resultado de muerte.

25-N da contra el patriarcado, da contra la violencia de gnero como instituidor de la sociedad

Pero todo ello, como decimos, no puede ser entendido sin comprender que la violencia de gnero directa no es ms que una proyeccin a la vida misma, en sus consecuencias ms dramticas, de aquellas otras violencias estructurales, culturales y simblicas que afectan cotidianamente a la mujer. De hecho, tal y como est concebida la sociedad actual, tal y como se ha desarrollado en las ltimas dcadas y se sigue desarrollando en la actualidad, la violencia de gnero no solo es que est presente en la vida de las mujeres prcticamente cada segundo de sus vidas de una manera o de otra, es que la propia sociedad se ha instituido y se ha desarrollado sobre el patriarcado, esto es, sobre la violencia de gnero. Porque toda expresin social del patriarcado, sea directa, estructural, cultural o simblica, es violencia de gnero, y nuestra sociedad no podra funcionar, de la forma que lo hace, sin la existencia de esta violencia cotidiana y sistemtica sobre las mujeres. La violencia de gnero es, usando la terminologa de Castoriadis, un elemento instituidor de la sociedad actual.

Esto es, mientras la violencia de gnero siga siendo un problema de alcance global, mientras sea un instituidor social, no se podr hablar jams de un verdadero avance hacia la igualdad de gnero, y, por tanto, de un verdadero cambio social. Podremos seguir hablando de transformaciones, s, pero no de cambio social real y efectivo, y ello porque, como decimos, muchas de estas transformaciones, al no haberse visto acompaadas por un cambio cultural y estructural global, en ocasiones no hacen ms que aumentar la situacin de discriminacin y de desigualdad en la que, a da de hoy, siguen viviendo una mayora de mujeres. Es ms, en muchas ocasiones, es la propia forma en la que se han desarrollado estas transformaciones la que tiene una incidencia directa sobre la perpetuacin de la discriminacin de gnero en aquellos espacios donde se venan dando ya desde antes de la existencia de tales transformaciones, actuando, de facto, como impedimentos para que, siquiera a largo plazo, se pueda avanzar en esta pretendida y buscada igualdad.

Por ello el 25-N no debe ser solo- una da para expresar nuestra indignacin contra la violencia directa con resultado de muerte, debe ser un da para la reflexin, un da para, como bien hacen muchas feministas y as deben seguir haciendo por siempre mientras la situacin no cambie, denunciar el patriarcado en general, denunciar todas y cada una de las violencias de gnero que estn presentes cotidianamente en la vida de las mujeres. El 25-N es el da contra la violencia de gnero, ergo es el da contra el patriarcado. Porque toda expresin del patriarcado es violencia de gnero, y el patriarcado es en s mismo la forma con la que violencia de gnero es capaz de instituir cotidianamente a nuestra sociedad.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter