Portada :: Opinin
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 02-12-2013

Quin organiza la fuga?

Santiago Alba Rico
La Calle del Medio


Una mirada superficial podra inducir la ilusin de que vivimos en un mundo deshuesado por las nuevas tecnologas en el que el lenguaje, reducido a harapos, ha dejado su lugar a un caleidoscopio de imgenes dispersas y fragmentos de sueos sin hilvanar. Pero quizs no es verdad. Garca Mrquez, siempre tan atento a voces y sonidos, escriba hace algunos aos, en el umbral del nuevo siglo: la humanidad entrar en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen est desplazndolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, est potencindolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedro como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisin, el cine, el telfono, los altavoces pblicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al odo en las penumbras del amor. Y conclua de manera contundente: no: el gran derrotado es el silencio.

Es verdad. Ninguna poca de la historia ha dicho tantas palabras; nunca la humanidad ha hablado tanto, y esto hasta el punto de que casi podra imaginarse nuestro mundo presidido por un cartel de contenido inverso al de los hospitales y las bibliotecas: prohibido callarse. Hay algo as como una fuga organizada, colectiva, del silencio, en cuyos abismos tratamos de no caer por todos los medios. Por qu? Qu hay en ese abismo? Qu pasa cuando callamos? Quin habla cuando callamos? De qu est lleno el silencio? Porque sa es la paradoja: el silencio habla. El viejo moralismo dira que, cuando nos quedamos solos y callados, nos habla la conciencia, cuya voz hay que sofocar con toda clase de ruidos. Pero la cuestin es ms banal y ms profunda. Cuando dejamos de hablar, es precisamente la lengua la que se apodera de nosotros; nos ponemos a pensar. Y nos ponemos a pensar en castellano -los hispanohablantes-, prisioneros de pronto de la lengua propia, que es la materna, de la que no podemos liberarnos sino saliendo de nuevo a la intemperie para pronunciar sus palabras en voz alta. Todo insomne lo sabe: de noche, en la oscuridad, en la soledad opresiva de la vigilia forzada, sucumbimos a la sobrepoblacin lingstica de nuestra cabeza, que no para de decirnos nombres y conjugarnos verbos. La verdad es que tenemos muchas ms palabras cuando callamos que cuando hablamos. Y hablamos precisamente para compartir el peso e intentar descargar una parte en el exterior. De nada sirve nuestro esfuerzo, pues el lenguaje tiene esta caracterstica diablica: las palabras de las que nos liberamos se mantienen -siguen y siguen- en nuestro interior.

De todos los misterios del lenguaje, son estos dos quizs los ms insondables: con quin hablamos cuando slo pensamos y quin nos ha metido todas esas palabras en la cabeza. Cuando estamos solos, el lenguaje que habla en el silencio parece ntimo; pero como se trata del lenguaje en toda su pureza y en toda su particularidad materna, sin interferencias exteriores, es en realidad el lenguaje comn: en el sentido de que es, al mismo tiempo, el ms estrictamente verbal y el ms estrictamente histrico. Nos contamos nuestros secretos con el lenguaje ms convencional , con el lenguaje de todos, mediante la colectividad misma que reside en cada uno de nosotros y que se revela tanto ms colectiva cuando ms ntimamente nos asalta. El lenguaje es el lugar comn en el que penetramos cuando nos quedamos a solas. Por eso el poeta, tantas veces hurao y solitario, puede decir verdades que nos ataen a todos; y por eso el poltico, tan parlanchn, atenta tan a menudo contra el lenguaje mismo y su capacidad de comunicacin.

La humanidad se define por dos rasgos: por el lenguaje y por la huida del lenguaje. La huida del lenguaje es lo que llamamos hablar y es tan necesaria como el lenguaje mismo. Esa fuga organizada la conocemos tambin con el nombre de sociedad, el apretado recinto donde descansamos de nosotros mismos y nuestra sobrepoblacin interior, pero donde este nosotros mismos adquiere su forma, su bagaje, sus recursos materiales. Por eso es tan importante saber quin organiza la fuga: qu fuerzas, qu instituciones, qu palabras. Digamos que, a lo largo de la historia, la organizacin de esta fuga lingstica del lenguaje ntimo y comn ha estado en manos de los propietarios de esclavos, de la Iglesia, de los hombres de la tribu. Hoy puede decirse que el control ha pasado a los medios de comunicacin o, si se prefiere, al mercado, que ha acabado por subsumir y agotar todos los intercambios sociales.

Pero el mercado ha dado un paso ms. No se conforma ya con organizar la fuga que llamamos lenguaje, como hacan los viejos gestores de los verbos. Ahora adems explota econmicamente la huida; la convierte en una fuente de ganancia y especulacin. Este es el caso de Google y su motor de bsqueda, el ms usado por los usuarios de internet. En un artculo de ttulo elocuente (Hacia el capitalismo lingstico), el investigador francs Frdric Kaplan explica en detalle cmo las empresas anunciantes a travs de Google pujan, como en una subasta, para apropiarse determinadas palabras claves sobre las que los navegantes informticos pinchan millones de veces por segundo (por ejemplo vacaciones). Como Google diversifica cada vez ms sus servicios, este gran mercado lingstico, que proporciona ganancias de hasta 40.000 millones de dlares al ao, tiende a establecer una relacin ntima y directa, espontnea y silenciosa, entre las palabras y los anunciantes y, por lo tanto, tambin una estandarizacin de la lengua misma. Es lo que Kaplan describe como el paso de una economa de la atencin a una economa de la expresin. Puesto que el valor de una palabra se deriva de su frecuencia estadstica, tanto los errores ortogrficos como las bsquedas ms extravagantes son seleccionadas de manera negativa a fin de que vayan desapareciendo y dejando su lugar a las expresiones ms rentables. En realidad, cuando comenzamos a escribir una palabra y Google nos propone diferentes variables correctas, no nos est ayudando a nosotros sino a s misma, encaminando nuestra bsqueda hacia las palabras mejor pagadas por los anunciantes.

De momento las palabras valen ya dinero; y las empresas pagan a Google por ellas. No es de descartar que algn da no muy lejano compren el derecho a poseerlas en exclusiva y todos tengamos que pagar una pequea tasa de uso cada vez que pronunciemos la palabra cielo o amor o patata. Tendremos entonces que recurrir a las faltas de ortografa (hamor y zielo) y a los sinnimos (firmamento y tubrculo) para tratar de seguir huyendo gratis, al mismo tiempo, de la superpoblacin del silencio y de los organizadores del verbo. O habr que recuperar a ese gran derrotado, el silencio, y refugiarnos todos juntos un momento en l para sacar de su abismo las subordinaciones de la lengua materna antes de volver a la fuga socialmente organizada, gestionada ahora por los poetas, los tartamudos y los revolucionarios.

 

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 


Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter