Portada :: frica :: Nelson Mandela, luchador por la libertad
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 07-12-2013

Madiba, ms all de la leyenda

Ariel Dorfman
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No puedo evocar bien la primera vez que supe de la existencia de Nelson Mandela. Podra haber sido en 1962, cuando al futuro presidente de Sudfrica lo condenaron a prisin perpetua en el roquero destemplado de Robben Island. Podra haber sido en esa fecha, pero no lo fue.

Yo era a la sazn un joven de veinte aos que, como tantos de mi generacin en Chile, predicaba la revolucin. Bajo el menor pretexto local, nacional o internacional, sala, junto a otros estudiantes, a las calles de Santiago a exigir justicia contra un viento y una marea de policas armados. Y, sin embargo, entre esa multitud de protestas no hubo una, que yo recuerde, que se organizara para reclamar la libertad de Mandela. Entendamos, con borrosa claridad, que el apartheid sudafricano era una lacra racista, el sistema ms inhumano y cruel en el mundo, pero su lucha era un mero resplandor lejano frente a la urgencia de una Amrica latina empobrecida y ardiente. Ni siquiera durante los tres aos de la presidencia de Salvador Allende cuyo programa de liberacin nacional pudo haber sido calcado de la Freedom Charter de la African National Congress me llam la atencin la figura de Mandela.

Fue recin en 1973, cuando el golpe militar contra Allende me arroj al exilio, me dej sin ancla ni pas, que el nombre de Mandela se fue convirtiendo en una especie de hogar y refugio, una llamarada de esperanza que me alent los das del de-sarraigo con un feroz y tierno ejemplo de lealtad. Su significado creci ms todava debido a la torcida colusin de los dos regmenes parias, el de Pinochet y el de Vorster y Botha, que intercambiaban medallas y embajadores y exportaciones (incluyendo armas y gases lacrimgenos). Esas dictaduras hermanadas en su obsesin por eliminar toda rebelda, toda disidencia, hicieron crecer an ms mi identificacin con el destino de Mandela, hicieron que sintiera yo, como tantos que buscaban un mundo ms decente e insobornable, que su lucha era la ma, era la nuestra.

No obstante lo cual, tuvo Chile que recuperar su democracia en 1990 el mismo ao en que Mandela finalmente emergi triunfalmente de la crcel para que yo comenzara a comprender que aquel ex preso poltico era bastante ms que un smbolo o un eco. En un momento en que Sudfrica y Chile y muchos otros pases encaraban los dilemas turbulentos de una transicin a la democracia, en que nos preguntbamos cmo hacer frente a los terrores del pasado sin ser rehenes del odio que ese pasado segua engendrando, fue Mandela el que nos sirvi de modelo y gua. Al lograr que su patria se deshiciera pacficamente del apartheid, al negociar con sus enemigos y mantener, sin embargo, su dignidad inquebrantable, nos dio, a tantos que habamos luchado durante dcadas contra la injusticia, una leccin fundacional. Tenamos que aprender que puede ser ticamente ms complicado navegar las tentaciones y matices de la libertad que mantener en alto la cabeza y el corazn batiendo fuerte en medio de una opresin que separa, sin ambigedad, el bien del mal.

Admirable ese hombre que, pese a haber pasado casi treinta aos en la crcel, quiz porque pas tanto tiempo coexistiendo con sus ms enconados adversarios, comprendi que la reconciliacin es posible, siempre, nos advirti que no se traicione la memoria, siempre que se exija el arrepentimiento ajeno. Ms que admirable. Porque justo cuando pensamos que no se lo poda venerar ms, justo entonces decidi no eternizarse en la presidencia. Decidi dar un ejemplo de probidad y confianza en la democracia. Uno de los hombres ms populares del planeta y un dolo en su pas prefiri no acumular todo el poder en su persona, prefiri preparar a su patria para el momento inevitable de su desaparicin.

Ese momento ahora ha llegado.

Ahora tendr el mundo, y en especial Sudfrica, que poner rumbo al futuro incierto sin su prodigiosa presencia, lo que me atrevo a llamar su luz en nuestra oscuridad.

Y es ahora, por supuesto, que Mandela se nos ir haciendo cada vez ms peligrosamente legendario. Si no se pudo defender en vida de la santificacin insensata, cmo podr lograr desde la muerte que se lo trate, muy simplemente, como un ser humano de carne y hueso, alguien que, como todos los seres de nuestro universo, nace y come, come y ama, ama y muere?

Quisiera, entonces, en este instante doloroso en que Mandela se nos empieza a escapar entre los discursos y los encomios, los parabienes y los paramales, los monumentos y las estatuas, quisiera rescatar a ese hombre real, tangible, corpreo.

Tuve la suerte de encontrarme con Madiba (su nombre de clan) el 28 de julio de 2010 cuando visit Sudfrica para dar la Mandela Lecture, una conferencia que cada ao se pronuncia en su honor. Cuando me cursaron la invitacin la primera a un latinoamericano y a un escritor, mis anfitriones me dijeron que Mandela nos recibira a m y a mi mujer Anglica en su casa para almorzar, siempre, claro, que no estuviera enfermo. Result que su salud no permiti tal agasajo, pero s pudimos juntarnos durante una hora en la sede de la fundacin que lleva su nombre. Sera uno de los ltimos encuentros de Mandela con una visita extranjera, alguien que no perteneciera a su entorno inmediato.

Me llam la atencin su fragilidad, la lenta precariedad de sus movimientos, la firmeza de su mano cuando empu la ma, la forma en que su cara se transformaba, como un sol al amanecer, cuando se pona a sonrer. Y sus mayores sonrisas eran para Graa Machel, su segunda esposa, que lo ha cuidado en su vejez, a quien le debemos que un hombre tan maltratado en la crcel haya sobrevivido hasta los 95 aos.

De qu hablamos? De Allende, por cierto. Y de los ataques xenofbicos a los forneos y forasteros que son, segn Mandela, una vergenza nacional. Y de sus esperanzas para Sudfrica.

Todo lo cual era predecible.

Lo especial viene cuando habla de su padre y su madre. Como todos los hombres de edad avanzada, vive una gran parte de cada da en el pasado remoto y, en esta ocasin, debido a que conversamos acerca de su cumpleaos, l menciona un incidente en que su padre golpe a su madre, una degradacin que no est consignada en ninguna de sus biografas.

De pronto, aparece otro Mandela. Alguien que adora a su padre, pero que lo critica. Alguien que quiere a su madre, pero que queda abochornado por su deshonra. Alguien que, mucho antes de ser el gran protagonista que salv a su patria y ofreci un ejemplo moral inigualable a nuestra especie descarriada, fue un nio, chiquito e indefenso, dndose cuenta de que la injusticia siempre comienza por los actos ms pequeos, los ms aparentemente insustanciales. Un nio que presencia ese ataque contra su madre o quiz se lo cuentan, quiz ocurri antes de su nacimiento, no es evidente en su relato y que se pregunta ante la inmensidad desolada del continente africano por qu existe el dolor, se pregunta acerca de un mundo autoritario que parece inalterable y que, sin embargo, necesita rectificarse, necesita ser mejor.

Ese es el Mandela del que me quiero acordar.

El que vivi da a da su siglo terrible y no sali daado de su cautiverio.

El que cultiv un jardn en la crcel.

Gozaba plantando y cosechando bajo la lluvia y bajo el sol, sabiendo que tal como ejerca un mnimo control sobre esa parcelita de tierra, tambin poda controlar su dignidad y sus memorias y la fidelidad con sus compaeros. El que comparta fruta y vegetales con los otros presos, pero tambin con sus carceleros, prefigurando el tipo de nacin que deseaba y soaba.

Es as como quiero recordar a Madiba.

Como un jardn que crece, as como crece la memoria. Como un jardn que crece como debera crecer la justicia. Como un jardn que nos reconcilia con la existencia y la muerte y las prdidas irreparables. Como un jardn que crece, como crece Mandela adentro de todos nosotros, adentro del mundo que l ayud a crear y que tendr que encontrar a tientas un modo de serle fiel.

Ariel Dorfman. Su ltimo libro es Entre Sueos y Traidores: Un Striptease del exilio.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-235122-2013-12-06.html



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