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Cualquier conversación sobre la izquierda radical occidental
contemporánea no tiene ningún sentido si no se menciona el nombre de
Noam Chomsky. Chomsky no sólo es la figura central del movimiento de
izquierda en Occidente, es su gurú, pontífice, padre espiritual –ningún
calificativo sería excesivo. Entender a Chomsky significa entender la
mentalidad de la inmensa mayoría de los que se incluyen en las filas de
los “luchadores contra el sistema” en Occidente, especialmente en los
EEUU.
Por otra parte, si intentáramos definir la posición político-ideológica
de Chomsky, su credo ideológico, el hacerlo no resultaría en absoluto
tan sencillo como podría parecer a primera vista. Podríamos, claro
está, utilizar para esa definición conceptos comunes como
“izquierdista”, “radical”, “defensor de la justicia”,
“antiimperialista”, etc. Pero, estaremos de acuerdo en que, hablando de
una figura de la categoría de Noam Chomsky, todo eso sería claramente
insuficiente. Se precisaría una caracterización más exacta, en el
contexto de las principales corrientes ideológicas de los tiempos
modernos.
Dirijámonos en busca de ayuda a los colegas y correligionarios de
Chomsky, los intelectuales occidentales de tendencia de izquierda.
Robert McChesney ,en el prólogo a una de sus obras caracteriza a
Chomsky “como anarquista o, más exactamente, como social-libertario”.
No se, pero para mí la palabra “anarquista” siempre se asocia en mi
mente con los nombres de Kropotkin, Bakunin, “batko” Makhnó (N del T:
“batko” es un apelativo que significa padrecito, jefe), en fin, con los
anarquistas españoles, que combatieron hombro con hombro con los
comunistas contra el fascismo en la guerra civil de los años 30 del
siglo pasado. No soy capaz de imaginarme en el rol de anarquista, aún
forzando el entendimiento, a un próspero y competente profesor de fama
mundial, sueldo considerable, cátedra en el MIT (N del T: Massachussets
Institute of Technology) y columna periódica en el “New York Times”. En
cuanto a la especificación “social-libertario”, no parece que nos
facilite las cosas, pues, en esa categoría se podrían inscribir, a
gusto del consumidor, desde Lenin hasta Novodvorskaya (N del T:
política rusa, fundadora del partido “disidente” Unión Democrática en
1988).
Probemos a abordar el tema desde otra perspectiva y reflexionemos
acerca de cual es el género en el que se pueden clasificar los trabajos
políticos de Chomsky. Se puede objetar que el concepto “género” no es,
en absoluto, aplicable a los trabajos científicos del venerable
profesor, sino que es más bien adecuado para el examen de las novedades
literarias, e incluso para los anuncios de la programación televisiva.
Es posible que así sea la cosa, pero, así y todo intentaremos analizar
la obra de Chomsky desde esa posición, tanto más cuanto que, como
justamente advirtió en un artículo anterior Stephen Gowans (
http://left.ru/2005/3/govans120.phtml), el empleo de imágenes literarias y fuertes metáforas no es, en modo alguno, ajeno al análisis de Chomsky.
Alguna vez, hace mucho tiempo, allá por los años 70 u 80 del siglo
pasado, el ídolo de la “inteligentsia” antisoviética fue, como es
conocido, Aleksandr Isayevich Solzhenitsyn. Entonces le llamaban
“profeta”, y en el plano de su talento literario se le colocaba al
mismo nivel de Tolstói y Dostoievski. Y hete aquí que, cuando
finalmente empezó a venirse abajo el maldito telón de acero, y brotó a
chorros la fuente de la “glasnost” (N del T: transparencia, concepto
asociado a la “perestroika” de la época Gorbachov), yo, como muchos
otros ansiosos ciudadanos soviéticos, tuve la ocasión de leer la obra
del gran genio. La impresión fue, para decirlo suavemente, de
desencanto: quedó claro que allí no había ni rastro ni de Tolstói ni de
Dostoievski; había, en cambio, una especie de estilo seudo-popular,
unos personajes planos y romos, y una línea argumental previsible. En
resumen: prosa aldeana para pobres. Cuando compartí mis reflexiones, a
cuenta de esto, con gente conocida, recibí una respuesta cargada de
indignación: “¡Tu no entiendes ni jota! ¡A Solzhenitsyn no se le puede
medir por los raseros habituales de las lecciones escolares de
literatura! ¡Solzhenitsyn es la literatura del hecho! Tu lee con
atención lo que describe en el monumental “Archipiélago Gulag”, se te
pondrán los pelos de punta. ¡No me vengas con estilísticas, cuando los
mismos hechos te tiran de los pies, como una escalera mecánica!” Y leí
con atención... Realmente, me llegó hasta el alma. Siniestras historias
de campos, millones, decenas de millones de víctimas –cifras cósmicas-
¿cómo va uno a quedarse indiferente? ¡No vas a comparar con esto al
miserable Rodia Raskólnikov [N del T: protagonista de “Crimen y
castigo” de Dostoievski] con su hachita y su viejecilla asesinada; aquí
actúa el despiadado Moloc comunista, hablamos de millones! Bueno, la
verdad es que alguno intentó objetar tímidamente que tan enorme “Gulag”
como el descrito por Solzhenitsyn sería imposible, no ya de mantener,
sino incluso de vigilar por nadie, ni siquiera por el estado más
rico...Pero le taparon la boca rápidamente: “¡Pero que disparates
sueltas, que los malditos rojos no son capaces de eso...uh, uh,
alimañas!”.
Y mira por donde, que al poco tiempo abre Gorbachov los archivos y se
aclaran las auténticas dimensiones de las “atrocidades bolcheviques”, y
queda en evidencia que la creación inmortal de Solzhenitsyn no es
ninguna “literatura del hecho”, sino más bien literatura fantástica, y,
por tanto, acientífica.
Pero, ¿a qué venía esta digresión lírica? A que, una vez conocidos los
trabajos de Chomsky, he llegado a la conclusión de que la gran mayoría
de ellos se podrían justamente incluir en la “literatura del hecho”. La
obra de Noam Chomsky es magnífica literatura del hecho, un trabajo
concienzudo, documentado de forma escrupulosa, libre de la tendencia al
amarillismo, la mentira y el autobombo “a lo Solzhenitsyn”. Es, si se
puede expresar así, “realismo antiimperialista”. Todo el que quiera ver
el auténtico rostro del capitalismo contemporáneo, sin maquillajes
propagandísticos ni tergiversaciones manipuladoras, está obligado a
leer a Chomsky. Todo el que quiera comprender que se oculta tras los
mitos fundamentales del imperialismo contemporáneo, como “milagro
económico”, “restauración de la democracia”, “intervenciones
humanitarias”, “guerra contra el terror”, “apertura de nuevos
mercados”, está obligado a leer a Chomsky. En el terreno de la
alfabetización antiimperialista los libros de Chomsky deben ser, para
todo izquierdista que se precie, su asignatura obligatoria de
“Introducción al imperialismo”.
Un aspecto mucho más problemático de la enseñanza de Chomsky es su
programa positivo, su, digámoslo así, “proyecto de brillante futuro”. Y
aquí topamos de lleno con la cuestión con la que empezábamos nuestra
conversación: el problema de la identificación de las posiciones
sociopolíticas de Chomsky. Cualquier convencido partidario de la
democracia occidental puede presentar la actividad de Chomsky como
ejemplo de la infinita tolerancia y libertad de pensamiento del
Occidente liberal, en contraposición a los regímenes totalitarios tipo
URSS, donde la disidencia política, por decirlo suavemente, no se
aplaudía, precisamente. “Mirad” -diría- “el hombre vive aquí, denigra
de todas las formas posibles el “maldito imperialismo americano”, lanza
críticas destructivas contra los círculos gobernantes, y no pasa nada,
trabaja como profesor tranquilamente, edita libros, publica en los
principales periódicos, recorre todo el mundo, y no tiene por qué temer
a nadie. ¿Podría permitirse todo eso bajo el totalitarismo? Por tanto,
¡viva la gran democracia americana!”
Semejante línea de pensamiento, si lleva a algún sitio, apenas lo hace
parcialmente. Si, Chomsky, efectivamente puede ser considerado un
disidente, pero el caso es que es un disidente dentro del sistema.
Recordemos que, por ejemplo, los “disidentes” soviéticos, o al menos
los más conocidos entre ellos, eran, por principio, enemigos del
sistema social existente en la URSS, y, en la lucha con este sistema, a
veces se dirigían directamente, en busca de ayuda, al enemigo de
su país en la guerra fría y exhortándole a inmiscuirse en sus asuntos
por todos los medios. Chomsky nunca se ha permitido nada semejante, y
si se lo hubiera permitido, evidentemente habría sido fulminantemente
expulsado de su puesto de profesor en el MIT, y aún sufrido peores
consecuencias. Con aquellos que se enfrentaron en serio al Tío Sam, en
los USA se ha actuado bastante brutalmente; el FBI y la CIA no se
quedan cruzados de brazos.
Además, Chomsky, según expresa el ya citado McChesney, siempre “ha
sido, por principios, un abierto y consecuente adversario de los
estados y partidos comunistas y leninistas”, es decir, que,
respecto a la cuestión principal, no había divergencia entre él y las
fuerzas dirigentes de su país. El proyecto soviético no podía, en
ninguna medida, servir como alternativa para Chomsky al capitalismo
criticado con tanto ahínco por él. La oposición de Chomsky al actual
rumbo de las élites gobernantes de EEUU es la oposición del antiguo
buen liberalismo de Mill, John Dewey, e incluso Adam Smith, con su
crítica de la “ruin máxima de los propietarios”, frente al cruel
neoliberalismo de Milton Friedman, Von Hayek, Reagan y el FMI. Chomsky
critica el capitalismo contemporáneo, ante todo, justamente por el
olvido de las ideas del “verdadero” liberalismo, por la traición y
desfiguración de los ideales del auténtico mercado libre, la libertad
personal y la democracia. Ruego que se me entienda correctamente, no me
propongo en absoluto reprochar a Chomsky su lealtad a la idea
liberal, la cual, sin duda, ocupa un lugar de honor en la herencia
espiritual de la humanidad, y que fue, en su tiempo, uno de los
factores fundamentales del desarrollo del movimiento revolucionario en
Occidente. El problema está en que, junto con los aspectos positivos
del liberalismo clásico, Chomsky hereda sus cualidades negativas, como
la irresponsabilidad, la bonachonería y la fe ciega en el progreso.
Semejante aproximación acrítica a los dogmas liberales encuentra su
reflejo en la valoración de Chomsky de los principales acontecimientos
de nuestros días. Así, no es raro encontrar en sus libros o
entrevistas, en relación con el desarrollo de la situación
sociopolítica en el mundo, declaraciones optimistas absolutamente
infundadas, las cuales contrastan fuertemente con el brillante análisis
crítico expuesto en, literalmente, el párrafo previo. Por ejemplo, él
describe la situación en el Irak ocupado, aporta datos terribles sobre
sus resultados para el pueblo iraquí, y, a la vez, declara que, en
comparación con la que montaron los americanos en Vietnam, se aprecia
un gran progreso: las víctimas y las crueldades son incomparablemente
menores, y todo gracias a los esfuerzos y creciente influencia de la
opinión pública amante de la paz. Sorprende que un analista tan experto
no comprenda que la resistencia en Vietnam fue más fuerte, en varios
órdenes, que en Irak, en buena medida porque los vietnamitas recibían
apoyo de la URSS y China, mientras que Irak se encuentra en completa
soledad. Por eso las acciones bélicas tuvieron, en el primer caso, un
carácter más encarnizado y cruel, obligando a los ocupantes a llevar a
cabo pasos más desesperados y exterminar en cantidades incalculables a
la población civil.
Stephen Gowans ha “pillado” hábilmente a Chomsky por su inconsecuencia
en la crítica a la agresión de EEUU en Irak, citando su afirmación de
que “el mundo está mejor sin Saddam Hussein”. En esta frase se refleja
toda esa izquierda occidental con su falsificado, irresponsable, y muy
afectado “antiimperialismo” y su ahistórica aproximación, derivada de
lo anterior, al análisis de los fenómenos sociales. Gowans, con
absoluta justicia, apunta al completo sinsentido del mismo
planteamiento de la cuestión, de si el mundo está mejor o peor
por la caída del régimen de Saddam en Irak. Plantear la cuestión de ese
modo es posible sólo ignorando completamente las circunstancias
históricas concretas que acompañaron la creación, existencia y
derrumbamiento del Irak de Hussein. Los regímenes nacionalistas,
similares al de Saddam, aparecieron en el mundo árabe, como en todo el
llamado “tercer mundo”, en el proceso de interacción con la
civilización occidental, como reacción a la expansión de Occidente y su
proyecto colonialista. Su nacimiento no puede explicarse, de ninguna
manera, como algo consustancial a la cultura política árabe. El mismo
fenómeno del nacionalismo es fruto del desarrollo del capitalismo en
Europa, y el modelo de estado nacional fue uno de los principales
productos de exportación de Occidente al mundo en vías de desarrollo.
El régimen de Saddam cumplió dos funciones sustanciales: en primer
lugar, permitió la existencia conjunta en el marco de un solo país de
tres comunidades diferentes, que tenían un pasado largo y sangriento de
deudas mutuas; en segundo lugar, fue un potente factor de
equilibrio estratégico en toda la región del Próximo Oriente,
conteniendo la presión del destacamento de vanguardia del colonialismo
occidental- el sionismo israelí. La eliminación violenta de este
régimen condujo a la descomposición de la sociedad iraquí, y, como
consecuencia, provocó masivos sufrimientos al pueblo y una enorme
cantidad de víctimas humanas. Parece ser que una significativa mayoría
de los iraquíes resultaron ser víctimas, no de la acción directa de las
fuerzas de ocupación angloamericanas, sino del caos y los procesos de
desintegración puestos en marcha por el desmantelamiento del orden
social existente.
El aplastamiento de Irak condujo a la quiebra del equilibrio de fuerzas
establecido en las últimas décadas en el Próximo Oriente; ahora no hay,
de hecho, ni un solo estado árabe en condiciones de oponerse a la
hegemonía israelí.
Aparte de eso, no estaría de más recordar a todos los celadores de la
“democracia” y los “derechos humanos”, que la resolución de la cuestión
sobre la eliminación o no eliminación del poder de Saddam es una
prerrogativa sólo del pueblo iraquí, en ningún caso del “mundo”, esté
el susodicho mejor o peor.
Es significativa la actitud de Chomsky hacia otro importante problema:
el conflicto palestino-israelí. Por una parte interviene como uno de
los más consecuentes críticos del sionismo y de su apoyo por el
imperialismo USA. Pero cuando se llega al punto de plantear vías
concretas para la resolución del problema palestino, Chomsky interviene
como partidario de la opción de los dos estados, rechazando
categóricamente la posibilidad de la fundación de un único estado
democrático de todos los ciudadanos en Palestina/Israel.
En entrevista concedida a Znet el 30 de marzo de 2004 declaró:
“ La legítima propuesta de un estado laico democrático no ha surgido ni
de un solo grupo social palestino (ni, se sobreentiende, israelí). Se
puede hablar de ella de manera abstracta, en tanto que sería algo
“deseable”. Pero no es realista en absoluto. No tiene ningún apoyo
internacional significativo, y, dentro de Israel, hay una casi unánime
oposición... Los que ahora abogan por un estado laico democrático,
desde mi punto de vista, hacen el juego a las fuerzas más extremistas y
despiadadas de Israel y EEUU”.
Evidentemente, Chomsky, que, habitualmente tiene su punto fuerte
en el aspecto de aportación de hechos, en este caso concreto, falta a
la verdad. “La propuesta un estado laico democrático” ha partido en el
pasado, reiteradamente, desde las principales organizaciones
palestinas, y hasta principios de los años 70 del pasado siglo un único
estado democrático en todo el territorio entre el mar y el Jordán era
uno de los puntos fundamentales del programa de la OLP , como quedó
reflejado en su Carta desde 1968. Otro tema es si las propuestas de
esta organización resultan para Chomsky “legítimas”, tanto más, si
ellas están en irreconciliable contradicción con las posiciones del
Washington oficial y su cliente favorito.
Un cuadro parecido se observa con respecto a la famosa “falta de
realismo”. Si como realismo de una determinada idea política
entendemos su concordancia con las posiciones de los poderosos de
este mundo, entonces, por principio, no tiene sentido la empresa de
intentar cambiar el status quo existente. ¿Para qué tratar de conseguir
derechos iguales para los palestinos o una resolución justa al problema
de los refugiados, si “dentro de Israel hay una casi unánime
oposición”? Mucho más sencillo es seguir mareando la perdiz y mantener
infinitas discusiones razonables sobre la “creación de dos estados”,
tanto más, cuanto que a semejante planteamiento del problema ni
siquiera Sharon tiene nada que objetar. ¡Y eso es “realista”!
Asombra especialmente que un liberal tan convencido, un defensor de la
democracia y la igualdad de derechos civiles como Chomsky parece que
debería apoyar el proyecto de un único estado democrático en Palestina.
Pero él renuncia a hacerlo, manifestando de paso, aunque sea de forma
indirecta, pero bien definida, un apoyo al régimen racista sionista. Es
posible que él esté aplicando autocensura a sus opiniones,
temiendo expresarse más resueltamente acerca de una cuestión tan
grave. Pero también puede ser que, acercándose a cierta línea roja, se
detenga , porque percibe que, como persona del sistema, simplemente no
puede traspasarla sin sufrir daños en sus propias carnes.
En mi opinión, la izquierda contemporánea está obligada a tomar
conciencia de las limitaciones y el sustancial carácter
antirrevolucionario del “noamchomskysmo”.La auténtica izquierda, y aún
más en Rusia, no está en el mismo camino que Chomsky. La frecuente
utilización en sus trabajos de conceptos como “lucha de clases”,
“solidaridad”, “igualdad” no nos debe inducir a error. Su igualdad es
la igualdad de los jugadores libres en el “verdadero” mercado, su
solidaridad es la solidaridad de los individuos aislados persiguiendo
intereses personales, su lucha de clases es la indignada retórica
“antiimperialista”, en combinación con el oportunismo y la
conciliación en las cuestiones “malditas”, las más fundamentales. La
herencia de Chomsky necesita reflexión crítica y superación. Noam
Chomsky es el puerto que hay que superar necesariamente en el
camino a la cumbre resplandeciente de la liberación del yugo del
capital. Quedarse en ese puerto significa renunciar a la lucha ulterior
y viajar, en definitiva, a ninguna parte.