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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 18-02-2014

Narcotrfico y capitalismo mafioso
La formacin de una cultura "traqueta" en Colombia

Renn Vega Cantor
Rebelin


En los ltimos veinte aos se consolidó en Colombia una cultura que puede ser denominada como traqueta, un trmino procedente del lenguaje que utilizan los sicarios del narcotrfico y del paramilitarismo en Medelln, el cual hace referencia al sonido caracterstico de una ametralladora cuando es disparada (tra tra tra). Traqueteo era originalmente el miembro del escaln inferior en la pirmide delincuencial del bajo mundo paisa, que corresponde al matn a sueldo, al sicario que dispara a mansalva y a sangre fra a quien se le ordene, a cambio de una suma de dinero.

El traqueto resuelve cualquier asunto mediante la violencia fsica directa, pregona su acendrado machismo, hace ostentacin en pblico entre sus familiares y otros malandros de los asesinatos cometidos, despilfarra en una noche de farra el pago que recibe por cumplir un trabajo sicarial o por haber coronado un cargamento de droga fuera del territorio colombiano, compra con moneda todo lo que esté a su alcance (mujeres, sexo, amigos ), aunque sea pobre odia a los pobres y, a nombre de la moral catlica, detesta lo que huela a lucha social en el barrio, la escuela o el sitio de trabajo...

Esta cultura traqueta salí de un marco restringido y perfectamente localizado, cuando el cartel de Medelln y los asesinos de las autodefensas se expandieron por el territorio colombiano. El traqueto, este producto de las subculturas del narcotrfico y del paramilitarismo, en poco tiempo se convirtí en el smbolo distintivo de la sociedad colombiana. Cmo y por qú sucedí?

La imposicin de una cultura en la que sobresale el apego a la violencia, al dinero, al machismo, a la discriminacin, al racismo, es un complemento y un resultado de la desigualdad que caracteriza a la sociedad colombiana. Para preservar la injusticia aqu imperante, las clases dominantes y el Estado forjaron una alianza estrecha con los barones del narcotrfico y con grupos de asesinos a sueldo, como viene aconteciendo desde comienzos de la dcada de 1980, cuando mercenarios de Israel adiestraron en el Magdalena Medio a los grupos criminales de las mal llamadas Autodefensas, con la participacin activa del Ejercito, la Polica, polticos bipartidistas, terratenientes y ganaderos.

Estos grupos criminales, auspiciados por el Estado, tenan como objetivo erradicar a sangre, fuego y motosierra cualquier proyecto poltico alternativo que planteara una democratizacin real de la sociedad colombiana, como se evidenció en diversas regiones del pas cuando las alcaldas y gobernacionesluego de que fuera aprobada su eleccin directa empezaron a ser ocupadas por dirigentes y militantes de izquierda, elegidos en forma legal. Los gamonales de los partidos tradicionales vieron en peligro su poder local y regional y para mantenerlo optaron por matar a sus adversarios.

Esto se ejemplifica, para citar solo un caso, con lo que sucedí en Segovia (Antioquia) en noviembre de 1988, cuando fueron asesinadas 43 personas y heridas otras 45. La accin criminal tena como objetivo exterminar en el municipio a los miembros de la Unin Patritica, el grupo poltico que haba ganado las elecciones en marzo de ese mismo ao. El responsable intelectual de la masacre, que ha sido condenado a 30 aos de crcel, un distinguido dirigente del Partido Liberal, utilizó a los sicarios y criminales de guerra de las Autodefensas para que le despejaran el camino de incmodos adversarios de izquierda y le permitieran mantener su feudo electoral.

La eliminacin de quienes son considerados como enemigos de las gentes de bien, se sustenta en un visceral anticomunismo, que justifica a posteriori los crmenes de campesinos, dirigentes sindicales, profesores, estudiantes, mujeres pobres, defensores de derechos humanos, militantes de izquierda Los argumentos esgrimidos replican letra por letra lo que originalmente haban dicho Carlos Ledher, Pablo Escobar, Gonzalo Rodrguez Gacha (Alias el mexicano), o cualquiera de los barones del narcotrfico y del sicariato, que nunca ocultaron sus credenciales procapitalistas y su odio a cualquier proyecto democrtico y de izquierda. Lo que éstos hacan y decan fue apoyado por diversas fracciones de las clases dominantes, (industriales, comerciantes, financistas, exportadores, cafeteros, terratenientes, ganaderos, propietarios urbanos ), junto con las jerarquas eclesisticas, el mundo deportivo (recurdese lo que ha sucedido con los equipos de futbol, cuyos propietarios estn ligados a diversos clanes del narcoparamilitarismo), las reinas de belleza, los periodistas; todos ellos se convirtieron en sujetos activos y conscientes de la nueva cultura y de sus valores: violencia inusitada, enriquecimiento fcil e inmediato, endiosamiento del dinero y el consumo, destruccin de las organizaciones sociales y sus dirigentes, eliminacin de los partidos polticos de izquierda (el caso emblemtico es el de la Unin Patritica), apego incondicional a los dogmas neoliberales y al libre mercado, posturas polticas neo-conservadoras sustentadas en una falsa moral religiosa mandada a recoger hace siglos (que condena el aborto, la homosexualidad, los matrimonios de parejas del mismo sexo...).

Despus de dos dcadas, estos patrones culturales se han hecho dominantes a escala nacional, sobre todo despus del 2002, cuando desde el Estado se present́ como algo normal y tolerable aquello que identifica al traqueto y se convirtí en la lgica cultural hegemnica del capitalismo salvaje a la colombiana. Desde ese instante, la cultura traqueta, de orgenes mafiosos, salí del closet en el que estuvo recluida durante varios aos y se hizo dominante en el imaginario de gran parte de los colombianos. Lo que antes era condenado adquirí prestigio y respetabilidad, porque desde la Presidencia de la Repblica se exaltaban como grandiosas las actitudes y comportamientos delincuenciales propios de cualquier matn de barrio, y la misma Casa de Nario se convirtí en un nido de vboras, ocupado por delincuentes de todo pelambre, empezando por los Jefes de Seguridad, que eran testaferros del paramilitarismo, como se ha confirmado recientemente.

La prensa y la televisin se encargaron de legitimar y de presentar como aceptable la criminalidad que se implantó en los altos rganos del Estado, en el que se incluye el Parlamento, el poder judicial y el Ejecutivo. Ahora se bendice la corrupcin, el robo, el despojo, el enriquecimiento, el nepotismo, y se enaltecen como hroes y salvadores de la patria a los asesinos de cuello blanco y a sus sicarios y, al mismo tiempo, se fomenta el odio, el espritu guerrerista, el clasismo, y se adora a los nuevos hroes de la muerte, entre los que sobresalen los jefes paramilitares, empezando por sus idelogos presidenciables.

En la televisin se promociona la esttica traqueta (Sin tetas no hay paraso, Pablo Escobar, El Mexicano y otras series por el estilo), con la cual se convierten en valores dominantes el individualismo, la competencia, el culto a la violencia, la mercantilizacin del cuerpo, la prostitucin, el sicariato, la adoracin a la riqueza y a los ricos, el desprecio hacia los pobres... Futbol, mujeres desnudas, telenovelas, chismes de farndula sobre las estupideces que realizan las vedettes constituyen el meń de imgenes y sonidos que presenta la televisin colombiana y que configura el teln de fondo de la cultura traqueta que se erige como modelo de vida para millones de colombianos que jams saben de la existencia de un libro, de un debate de ideas, de una obra de teatro, de un poema, y de todo aquello que ilustra y hace culto a un pueblo. Como nada de esto se le ofrece a la gente a travs de la televisin, ya no se soporta algo que suponga razonar, pensar, cuestionar o dudar, sino que, como borregos amaestrados, los televidentes consumen la basura meditica que se les brinda a diario, que profundiza la ignorancia de todas las clases, y se vuelve normal la persecucin de todos aquellos que piensen y acten en forma diferente a los cnones traquetos establecidos.

Desde el Estado y la televisin se tornaron dominantes en el pas algunas pautas culturales que antes eran excepcionales y localizadas y, en gran parte de los colombianos, se volví costumbre aprovechar cualquier papayazo, eufemismo con el que se justifica lo que produzca rditos individuales, ganancias y beneficios a costa de los dems, sin importar los medios que se utilicen para alcanzar cualquier fin. Y de esto dictan catedra las clases dominantes de este pas y el Estado, porque son las que roban a granel las arcas del erario (los Nule, los hijos de Uribe y compaa), despojan las tierras de los campesinos e indgenas a travs de prestigiosos bufetes de abogados, como acontece con el Modelo Agroindustrial en los Llanos orientales, entregan los territorios y riquezas naturales y minerales del pas a cambio de dadivas insignificantes o de un cargo en una empresa multinacional, se niegan a aplicar las decisiones de tribunales internacionales cuando les viene en gana, como sucede ahora mismo con la decisin de la Corte Internacional de la Haya.

Le doy en la cara marica, fumguelo a mi nombre, esa Negra Piedad hay que matarla, hay que aplicarle electricidad a los estudiantes son algunas de las frases ms infames de los ltimos tiempos, que han sido pronunciadas por notables personajes desde el mbito poltico o meditico, que son reproducidos en la vida cotidiana y se materializan en la violencia fsica y simblica de todos los das contra mujeres humildes, indgenas y pobres en general, aunque muchas de ellas sean realizadas por pobres.

En dos mbitos se destila cultura traqueta al ms puro estilo de Pablo Escobar o Carlos Castao: en la poltica y en el periodismo. En la poltica, ya no se necesita hoja de vida en que consten las realizaciones de un candidato en la esfera pblica, sino que se exhibe un prontuario criminal sin pudor alguno, que incita a los electores a votar por los mafiosos de turno, como sucede entre la Camorra italiana.

Esto se confirma con la lista para el senado del Centro Democrtico, cuyos nombres no tienen nada que envidiarle a cualquier catlogo de delincuentes y sicarios, empezando por el nombre que la encabeza. Algo similar sucede con el Procurador General de la Nacin, quien muestra entre su palmars la quema de libros con sus propias manos. Y lo peor del asunto estriba en que esos individuos, que adems son terriblemente ignorantes, son respaldados por buena parte de la sociedad, para la cual esos crmenes no son reprochables sino un distintivo digno de ser imitado.

En el periodismo se ha impuesto el sicario de escritorio, que con impunidad condena a quienes no se pliegan a la lgica dominante a muchos de los cuales sentencian a una muerte segura, al tiempo que celebra las realizaciones de los traquetos de cuello blanco en el Estado o en cualquier actividad econmica (como acontece con las multinacionales como Pacific Rubiales, La Drumond, Chiquita Brands, Nestl... que cuentan con una cohorte interminable de plumferos a su servicio) y aplaude y exalta cualquier estupidez, mentira o accin delictiva que realice alguno de los encumbrados personajes de la politiquera.

Al cabo del tiempo se entiende que se haya hecho hegemnica la cultura traqueta, algo as como la expresin superestructural del capitalismo gangsteril a la colombiana, el que no repara en utilizar todos los instrumentos (violentos, jurdicos, econmicos) para mantener sus niveles de acumulacin, que dependen de su postracin ante el capital imperialista. Como esos procesos de acumulacin de capital mafioso son en esencia violentos y recurren en forma permanente al despojo y a la expropiacin (como se muestra con lo acontecido en la educacin, la salud, la seguridad social, la tierra, el agua, los parques naturales), no resulta sorprendente que de all se desprendiera, tarde o temprano, una cultura simtrica de tinte mafioso, en la cual se conjugan los antivalores propios del neoliberalismo econmico y del neoconservadurismo poltico e ideolgico con las pautas culturales de la delincuencia y del lumpen. Y, lo que es significativo, la cultura traqueta fue asumida por las clases dominantes de este pas que abandonaron cualquier proyecto de la cultura burguesa que antes les proporcionaba una distincin cultural y un refinamiento esttico recurdese no ms aquello de que Colombia era un pas de poetas, de escritores y de hombres ilustrados en el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX y que Bogot́ era la Atenas Sudamericana, y hoy en los encumbrados peldaos del poder econmico (capital financiero, por ejemplo) predomina una vulgar lgica traqueta, que destella odio y violencia hacia los pobres.

Pero, a pesar de la represin, la censura, la persecucin, en Colombia no slo hay cultura traqueta, pues en muchos lugares de nuestro territorio, distintas comunidades preservan sus propios valores y con dignidad practican la solidaridad, la ayuda mutua, el desprendimiento, con lo que ayudan a sentar los cimientos de otro tipo de cultura y de sociedad. En esa direccin, el terreno cultural se convierte en un espacio de lucha, porque la construccin de otra sociedad requiere disputarle la hegemona a la cultura traqueta e impulsar una contra-hegemona, que afiance otros valores y formas alternativas de ver el mundo, tal y como sucede en otros lugares de nuestra Amrica en donde se enaltece la vida digna y el buen vivir, como proyectos culturales en los que se enfrenta a la mercantilizacin, el individualismo, el consumismo exacerbado y el culto a la muerte.

 


(*) Renn Vega Cantor es historiador. Profesor titular de la Universidad Pedaggica Nacional, de Bogot, Colombia. Autor y compilador de los libros Marx y el siglo XXI (2 volmenes), Editorial Pensamiento Crtico, Bogot, 1998-1999; Gente muy Rebelde, (4 volmenes), Editorial Pensamiento Crtico, Bogot, 2002; Neoliberalismo: mito y realidad; El Caos Planetario, Ediciones Herramienta, 1999; entre otros. Premio Libertador, Venezuela, 2008. Su ltimo libro publicado es Capitalismo y Despojo.

 

Artculo publicado en papel en la revista CEPA No. 18, que acaba de entrar en circulacin. Rebelin lo redifunde con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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