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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 19-02-2014

El fetiche del Estado, el fetiche de lo local y el 15M

Ibn Daz Parra
Rebelin


El 15M, en su configuracin de asambleas de barrio, entre 2011 y la actualidad, es la ltima expresin de una sucesin de movimientos sociales urbanos que han reaccionado contra el fetiche del Estado, entendido este como la tendencia a reducir la poltica a su versin pura e institucionalizada. Al mismo tiempo, estos movimientos han tendido a caer en el error contrario, en lo que podra denominarse un fetiche de lo local, sealando el mbito comunitario y de la asamblea presencial como nico espacio posible donde desarrollar una poltica radical y contestataria. Considero que esto es fruto de un contexto determinado, de la herencia de un marco poltico-ideolgico y de unas condiciones materiales. No obstante, la situacin ha cambiado en los ltimos aos. El nuevo marco no solo ofrece oportunidades a la hora de superar las limitaciones de los movimientos sociales en el pasado, si no que demanda un esfuerzo en esta direccin.

El fetiche del Estado y el fetiche de lo local

Deca Bolivar Echeverria que uno de los mayores errores del pensamiento poltico contemporneo, y cuyo origen atribua en parte a Hegel, era confundir la poltica exclusivamente con la accin de los estados, y esta con su forma ms pobre, como la poltica profesional, la poltica de los profesionales de la poltica. La tendencia a la fetichizacin del Estado como nico mbito de la poltica real, viene acompaada de la visin del mismo como una cosa, como un ente independiente y neutral, ajeno a las relaciones de poder entre grupos sociales. Esta visin liberal, ignora la capacidad de las lites econmicas para subordinar la poltica del Estado en materia econmica. Pero adems, ignora tambin ese ejercicio perifrico de la actividad poltica que no se deja integrar en la poltica pura del Estado y que, al mismo tiempo, la obliga a entrar en trato y concertacin (1). Es decir, el Estado puede ser instrumento de la clase dominante, pero es permeable tambin, en ciertos contextos, a la voluntad de las clases populares organizadas, algo de plena actualidad en Amrica Latina y mucho menos en Europa.

Por lo tanto, necesitamos pensar lo poltico como algo que va ms all de las instituciones del estado. No obstante, si esto es verdad, no es menos cierto que uno de los mayores errores que han podido cometer los movimientos sociales en las ltimas dcadas ha sido el opuesto, precisamente el ignorar esta dimensin de la poltica pura. El giro sobre la poltica local-comunitaria, sobre la reivindicacin de autonoma, ha podido conducir a una nueva mistificacin, hasta el punto de ignorar la posibilidad de influencia sobre las instituciones del estado e incluso renunciar a la posibilidad de construir instituciones propias ms all de la comunidad inmediata o de la asamblea de individuos. Esto, como si los problemas de la gente en lo local no estuvieran determinados a otras escalas, o como si las instituciones del Estado no fueran una expresin de las capacidades polticas de la sociedad, sino algo ajeno a ella. Bajo dichos planteamientos, es inevitable que existan graves carencias en cuanto a racionalidad estratgica y capacidad prctica (2). A su vez, la ausencia de una prctica poltica con resultados tangible, opino que ha conducido a un vuelco sobre la ideologa. A menudo, se ha situado la ortodoxia como objetivo ltimo de la prctica poltica, perdiendo de vista que el objetivo de esta debera ser mejorar la vida de las personas y la ideologa, en todo caso, puede ser un instrumento para conseguirlo.

Viejos y nuevos contextos para los movimientos sociales urbanos

La situacin actual de los movimientos sociales urbanos es en gran parte una herencia del contexto anterior. En este hay condiciones subjetivas y objetivas que han conducido a que se hayan adoptado unas configuraciones concretas.

En primer lugar, los movimientos sociales urbanos contemporneos se desarrollan a partir del proceso de transicin de la dictadura a la democracia liberal en la dcada de los setenta y primeros aos ochenta del siglo XX. Anteriormente a su irrupcin en las instituciones, las organizaciones polticas de izquierda desarrollaban su actividad en las asambleas de base, desarrollando, potenciando o colaborando con el movimiento de las asociaciones de vecinos (no voy a entrar en la cuestin sindical aqu), con unas dimensiones notables en los barrios obreros de todas las grandes ciudades del Estado. El trnsito a la democracia liberal implic la entrada de los partidos de izquierda en los diferentes niveles de la administracin. Una vez que los partidos se integran en el nuevo sistema poltico, las asociaciones de vecinos quedan descabezadas. En principio se conciben como un mero instrumento para la atraccin de nuevos cuadros polticos y, ms adelante, se las desmoviliza activamente y se las invita a su disolucin dentro de los nuevos cauces institucionales de los ayuntamientos democrticos. Por lo tanto, las instituciones del Estado se plantean como nico mbito legtimo de la poltica, lo que conlleva estrategias electoralistas y desarticulacin de las bases, conduciendo a una profesionalizacin de la poltica, lo cual, para la izquierda, debera ser una contradiccin en s misma, un suicidio a medio plazo o una puerta abierta a la derechizacin.

La reaccin de los movimientos sociales urbanos durante las dcadas de los ochenta y noventa puede entenderse como un movimiento de reaccin a esta situacin. Tanto los restos del movimiento vecinal ms coherente, especialmente el asociado al cristianismo de base, como los nuevos movimientos sociales, abanderan un rechazo a la cooptacin de activistas y a la institucionalizacin de los movimientos. Esto es patente tanto en el movimiento okupa como en la configuracin el 15M como asambleas de barrio (a pesar de las grandsimas diferencias existentes entre ambos). En su lugar, se produce un giro y una valorizacin del trabajo sobre el territorio local, la asamblea y el grupo poltico como nicos mbitos organizativos posibles, el rechazo a las posibilidades de pacto o concertacin con el Estado e incluso la renuncia al desarrollo de instituciones propias, que fuesen mediadoras entre la comunidad local y otras escalas de la poltica. Esta tendencia est claramente presente en el 15M, que de forma casi instintiva rechaza la poltica formal y busca, de manera ms o menos certera, intervenir en la poltica desde lo comunitario, desde el barrio. A su vez, se produce una superideologizacin en los activistas. Una tendencia a la aparicin de posiciones cada vez ms moralistas y gregarias, que en gran parte suplen las dificultades de una prctica poltica real. Esto es adems consecuencia de las condiciones materiales en que se desarrollan estos movimientos. Las dcadas de los noventa y principios del siglo XXI vienen caracterizadas por el progreso y la modernizacin, en un modelo de desarrollo que, por insostenible que se haya mostrado a medio plazo, provey durante un periodo de tiempo de una movilidad social ascendente a las clases populares o, al menos, de expectativas de promocin social.

El derrumbe del complejo inmobiliario-financiero y de la construccin que sostena la economa, a partir de 2007, ofrece un contexto diferente para la accin poltica. La depauperizacin de la sociedad y las escasas perspectivas de recuperacin a medio plazo ofrecen oportunidades para una mayor influencia de los movimientos sociales rupturistas. En este marco, el 15M ha podido desarrollar una estrategia territorial que ha roto con algunas de las tendencias anteriores, consiguiendo una mayor influencia social. Esto es especialmente patente en el activismo contra los desahucios y en las ocupaciones colectivas desde 2012, que en el caso de Sevilla estn ntimamente ligadas a la creacin de las asambleas de barrio del 15M. Las asambleas de barrio y el movimiento por la vivienda han supuesto un salto desde el grupo militante ideologizado a la confrontacin con la problemtica cada vez ms acuciante de las clases populares, lo que ha ido forzando (hasta cierto punto) a abandonar los planteamientos ms dogmticos.

Sin embargo, el crecimiento del movimiento ha mostrado tambin su debilidad. La estructura totalmente descentralizada hace difcil o casi imposible la negociacin o la adopcin de planteamientos estratgicos ms all de la accin inmediata. La falta de capacidad a la hora de plantear soluciones a las problemticas con que se tratan tiene su causa, en parte, en la resistencia a realizar planteamientos a otras escalas ms all de lo local. As, se ha dejado el camino libre para que organizaciones de carcter oportunista intenten aprovecharse de los logros de los movimientos y/o de la insatisfaccin de las clases populares.

En definitiva

El trabajo de los movimientos sociales urbanos en el plano local, en los ltimos tres aos, ha sido fructfero y necesario. No obstante, la limitacin a la esfera de la asamblea o del pequeo proyecto autogestionario muestra serias limitaciones. La impotencia a la hora de afrontar las agresiones del mercado y del Estado hacia las clases populares es notoria y amenaza con impedir que estos movimientos lleguen a consolidar su influencia social. Es necesario no conformarse con lo hecho hasta ahora y plantear otras esferas de la poltica donde poder actuar.

Cmo afrontamos el problema de la poltica a escala estatal sin marginar la poltica de lo local, de la base, como ha sucedido anteriormente? Cmo hacemos poltica de base sin perder de vista la inevitable esfera del poder a escalas superiores, que nos afecta y determina? Parece inevitable que la respuesta pase por consensuar un proyecto poltico capaz de articular estas diferentes escalas, as como por la creacin de organizacin capaz de llevarlo a cabo.

Notas:

(1) En ECHEVERRA, Bolivar (1998) Lo poltico en la poltica En Valor de uso y utopa. Mxico D. F.: Siglo XXI. (p. 91)

(2) Como se afirma en LEN HERNNDEZ, Efran Geopoltica de la lucha de clases: Una perspectiva desde la reproduccin social de Marx XII Encuentro Internacional de Gegrafos de Amrica Latina, San Jos, Costa Rica, Julio de 2011.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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