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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 11-03-2014

La sobreexposicin meditica de la poltica venezolana

Juan Agull
Rebelin


Qu est pasando en Venezuela? En las ltimas semanas ha resurgido, por ensima vez, la pregunta de las dos lgicas y los veinte mil matices. Cul es el problema? pues que casi cualquier respuesta que se proporcione conduce a un mantra discursivo que siempre escupe, con reiterada obstinacin, las mismas dos ideas/fuerza polarizadas Por qu no plantearse, entonces, cambiar los trminos de una cuestin tan retrica como viciada? Probemos: Por qu cada cierto tiempo, todos, nos terminamos preguntando qu ocurre en Venezuela?

Para responder, comencemos por recordar que hace aos que, en dicho pas, se desarrolla una agresiva partida por el poder de cuyo engranaje, nos guste o no, casi todos participamos. En Venezuela, cada vez ms, la poltica pasa por los medios, pero no solo por los nacionales y por los tradicionales, sino por los internacionales y por las TICs: hasta aqu, nada muy excepcional. Lo peculiar del caso es que como consecuencia de lo anterior, en Venezuela, la opinin pblica internacional se ha convertido en un difuso pero determinante actor poltico.

Y eso s que no sucede en todas partes. De hecho en la propia Amrica Latina, coincidiendo con los recientes sucesos de Venezuela, ha habido dos confrontaciones polticas nacionales de calado a las que, sin embargo, la prensa internacional, no les ha prestado atencin: en Costa Rica, el candidato presidencial izquierdista Jos Mara Villalta ha sido sometido a una campaa de difamaciones que ha horadado sus posibilidades mientras que en Colombia, el Alcalde de Bogot, est siendo vctima de un pertinaz acoso institucional.

En Venezuela, por el contrario, casi cualquier muestra de descontento callejero o casi cualquier desliz del Gobierno, por anecdticos que sean, son contemplados con lupa. Es ms, hay veces que se fabrican noticias que circulan por las TICs con una velocidad y con una falta de controles de calidad sorprendentes. En qu medida est influyendo esto, a nivel estructural, en la poltica venezolana? Pues bastante: cada vez ms los actores polticos nacionales luchan, ms que entre s, por ganarse el favor de la opinin pblica internacional.

Para ellos, la intencin ltima siguen siendo las urnas pero como en el reciente caso de Ucrania- no se desdean otras opciones. En la prctica, en casos como los descritos, el principio de legitimidad est sufriendo un preocupante deslizamiento desde las credenciales democrticas que tradicionalmente se le exigan a los Gobiernos (con las que Venezuela, desde luego, cuenta) hacia una inconcreta y manipulable exigencia de respeto a los derechos humanos que, una maquinaria internacional, tiende a imponer (y a distorsionar) va medios.

En Venezuela, desde ese punto de vista, las cosas parecen claras: para la oposicin y sus aliados, a grandes rasgos, siempre se ha tratado de denunciar a un rgimen totalitario que aplastara a su poblacin, la condenara al hambre y la reprime, si el descontento es abierto. Para el Gobierno y sus aliados siempre se ha tratado de todo lo contrario: de denunciar las peridicas andanadas de una oposicin irresponsable y sedienta de poder, que nunca ha contado con suficiente apoyo popular aunque, s, con el de Gobiernos y medios extranjeros.

El problema es que, si de lo que de verdad se trata, es de entender lo que est pasando en Venezuela, no podemos/debemos conformarnos con explicaciones tan simples y maniqueas. La primera gran falsedad es, de hecho, que la unanimidad prima tanto a derecha como a izquierda. En esta ocasin, por ejemplo, por ms que cueste creerlo, la virulenta algarada opositora no se ha dirigido, tan solo, contra el Presidente Nicols Maduro: tambin lo ha hecho contra el lder opositor y ex candidato presidencial, Henrique Capriles.

Cmo as? Pues muy sencillo: a pesar de que gran parte de la prensa internacional suele omitirlo, la oposicin nunca ha sido homognea. A grandes rasgos, casi desde que el difunto Hugo Chvez comenz a gobernar (en 1999) ha tenido dos grandes polos. Uno, exterior, radicado en Miami (capital del exilio) que nunca ha aceptado compromisos con el rgimen y otro, interior, enraizado en las grandes ciudades venezolanas y compuesto, sobre todo, por clases medias, que ms o menos defienden la necesidad de cambios graduales.

Entre ambos polos, las relaciones, nunca han sido fluidas aunque nunca se ha llegado a la ruptura porque Miami (ojo, no Washington) tiene recursos y capacidad de presin (el exilio venezolano tiene, de hecho, excelentes relaciones con el cubano) y la oposicin interior cuenta con la legitimidad del trabajo a pi de pista, la popularidad de sus lderes, etc. En esta ocasin, lo que se ha vestido de estallido popular con encarcelamiento de un lder emergente (Leopoldo Lpez) no ha sido ms que una andanada contra Capriles.

Y por qu contra Capriles, cuyo liderazgo parece consolidado? Pues porque Capriles da muestras de haber comprendido la necesidad de una gradualidad en los cambios: ha reconocido la Constitucin Bolivariana, se ha reunido con el Presidente Maduro (toda una novedad en Venezuela!) y ha reivindicado la paz como eje de su poltica. Y a Miami, nada de eso le interesa Lo curioso es que, los intereses de Miami, medio coinciden con los de ciertos sectores del chavismo a quienes las algaradas callejeras, en el fondo, no les estn viniendo mal.

El primer beneficiado tctico, en la prctica, ha sido el propio Presidente Maduro quien, poco antes de los disturbios, se enfrentaba a un malestar y a una contestacin crecientes en el seno del propio chavismo. Uno de los principales motivos de dicha situacin estaba siendo el desabasto que padece el pas (producto de incompetencias varias, no solo del boicot) agravado por una torpe gestin del control de cambios que castiga, no solo a la competitividad de la economa, sino al poder adquisitivo de los salarios y por supuesto, al ahorro.

Las cabezas visibles de ese malestar no organizado estaban siendo los sectores populares urbanos y parte de la vieja izquierda tradicional que, desde la muerte de Chvez, se siente cada vez ms desplazada por los militares, los otros grandes beneficiarios del actual clima de excepcin. Entre esos dos polos y por supuesto, el omnipresente ejrcito -que ejerce de pvot- se dirime el sutil juego de supervivencia en el que se encuentra inmersa una nomenclatura chavista a la que ahora, la amenaza externa, acaba de regalarle una tregua: oxgeno.

De hecho, la segunda gran falsedad consiste en afirmar que los recientes disturbios estn siendo una expresin directa de la inquietud reinante, consecuencia de la aguda crisis socioeconmica por la que atraviesa el pas. En efecto, ese es el principal error (de clculo?) de una oposicin que sobre todo, en su vertiente exterior, sigue sin conocer a los sectores populares (ms que nada, urbanos): que el malestar sea grande en los cerritos no quiere decir que sus habitantes estn dispuestos a participar en algaradas contra su Gobierno.

En la prctica, nadie consider que los vnculos simblicos y clientelares que unen a los sectores populares con el Gobierno siguen siendo, pese al malestar, demasiado grandes. Por qu est habiendo, entonces, disturbios? Pues porque donde el mensaje opositor est calando es donde siempre: entre las viejas clases medias urbanas, un valor seguro de la oposicin que, desde 2002/2003, ansa recuperar la capacidad de intermediacin que alguna vez hizo de ellas una de las burguesas (rentistas) con mayor bienestar de Amrica Latina.

Sin embargo, el comportamiento poltico de esas viejas clases medias ya ha revelado su esencia: los barrios del Este de Caracas llevan diez aos jugando, gracias a la sobrecobertura meditica, a apoyar un da al moderado Capriles y responder, al siguiente, al llamamiento de lderes opositores ms radicales, a cortar autopistas; a quemar barricadas y a inundar Internet de fakes represivos del actual Gobierno. En su comportamiento hay desesperacin, seguro, pero tambin irresponsabilidad: es el populismo reaccionario que nadie denuncia.

La constatacin de todo ello nos conduce a una tercera gran falsedad: en Venezuela, las propuestas de dilogo, tienen un trasfondo histrinico, a derecha y a izquierda. El recurso al incendio y la conexin del mismo a la opinin pblica internacional se han convertido, en la ltima dcada, en un instrumento tpico (y clave) de la poltica nacional al que casi todos recurren en un contexto institucional tan lbil como inestable. Y cuando eso ocurre, aparecen los disturbios, las proclamas, los artculos polarizados y por supuesto, los impasses.

Comprendemos ahora por qu, cada cierto tiempo, todos nos terminamos preguntando qu ocurre en Venezuela? Pues porque presentarse como vctima en contextos de sobreexposicin meditica es ms sencillo que cuando el aislamiento informativo prima y contarlo, rinde. Cuando, por el contrario, hay subexposicin, las cosas cambian: hace veinticinco aos a nadie le interesaban las cuitas que condujeron al Caracazo, una revuelta perifrica que dej un saldo de cuatro mil muertos y el germen de un liderazgo carismtico: Hugo Chvez.

Llegados aqu, la pregunta conclusiva cae por su propio peso Qu es, entonces, lo que sobreexpone mediticamente, de ese modo, a Venezuela? Quizs su petrleo, como afirman muchos? Dudoso: en 1989 haba petrleo y en 2014 sigue habindolo. La nica diferencia es que, en 1989, su precio estaba por debajo de los diez dlares el barril y actualmente (al igual que en tiempos de Chvez) supera los cien: aunque bien es verdad que dicho dato debe ser tenido en cuenta, por s solo, no explica el cambio de actitud meditica internacional.

Qu es, entonces, lo que lo explica? Pues, fundamentalmente, una variable poltico/simblica: en Venezuela, hacia 1989, gobernaba una oligarqua condescendiente con unas polticas de ajuste (y con unos criterios de reparto de la renta petrolera) que, diez aos despus, fueron completamente redefinidos por un renovado grupo dirigente. Eso hizo de Venezuela un mal ejemplo para los pases occidentales y puso a la nomenclatura chavista (sin distinciones) tan en la mira que el pas termin mediticamente sobreexpuesto.

Una vez desaparecido Chvez, las cosas siguen casi igual. Eso, empero, no debe llevar a confundir planos: el hecho de que el actual grupo dirigente no sea de la misma extraccin poltica y socioeconmica que el anterior y de que se encuentre bajo vigilancia meditica no quiere decir ni que sus polticas pblicas sean necesariamente tan transformadoras ni que ese sea el motivo de fondo que explique el Golpe Suave. Significa tan solo que, en Venezuela, tirios y troyanos se aprovechan de una atencin meditica con la que, otros pases, no cuentan.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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