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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 14-03-2014

El fin de la apata
Las "marchas de la dignidad" o el futuro de la protesta

Arturo Borra
Rebelin


Caracterizar nuestra poca a partir de la apata colectiva reafirma la dificultad del anlisis para dar cuenta de los lmites de las prcticas sociales hegemnicas: omite sin ms los movimientos subterrneos que para seguir con la metfora- podramos describir como ssmicos. Al menos en las condiciones actuales del sur europeo (aunque no solamente), hablar de mero conformismo, indiferencia moral o una suerte de somnolencia letrgica atribuida, en general, a las masas (de la que el analista estara felizmente emancipado) no permite comprender la complejidad del presente ni, mucho menos, los conflictos sociales que no cesan de proliferar. Afirmar que nuestra actualidad es irreductible a esa caracterizacin, sin embargo, no habilita a suponer, en un arrebato optimista, que ese movimiento sea suficiente para derrumbar las bases histricas de una sociedad injusta o, de forma ms acotada, para dinamitar la continuidad de unas polticas de estado radicalmente regresivas.

Nuestro anlisis, por tanto, debe moverse en un terreno resbaladizo: entre la escalada autoritaria actual (ligada tanto a la reestructuracin del estado espaol como a las mutaciones globales del capitalismo) y unas resistencias sociales fragmentarias pero no menos reales. Revueltas como la de Gamonal o la movilizacin permanente de la Marea Blanca en Madrid, en este punto, podran estar marcando una nueva fase en las luchas sociales a nivel nacional. Aunque se trate de victorias prricas, contribuyen a poner en crisis un cierto derrotismo moral extendido. La condicionalidad de esos ejemplos, a la vez, es innegable: nada garantiza que esa nueva fase tenga continuidad. Las marchas de la dignidad previstas para el 22 de marzo en Madrid, en la que confluirn diferentes movimientos sociales y sindicales contra los recortes y en defensa de los derechos colectivos, adquiere una peculiar relevancia: permitir determinar si, en efecto, esas conquistas colectivas funcionan como punto de lanzadera de luchas populares ms amplias (de carcter intersectorial y transversal) o si, por el contrario, quedan desactivadas como casos aislados.

Al menos en la prctica de esos movimientos sociales, la ideologa de la desmovilizacin (resumida en tpicos referidos a la inutilidad de las protestas) ha sido acorralada. Como experiencias de resistencia, desmontan la falacia de la fatalidad o inevitabilidad histrica de las polticas actuales. No es que no haya alternativas al neoconservadurismo; sencillamente, no sern los poderes dominantes quienes las gestionen. Dicho en otros trminos, slo la presin social creciente puede obstruir una ofensiva manifiestamente antipopular, con escasos precedentes en Espaa.

Aunque el autismo gubernamental sigue intacto, las luchas populares ms recientes han mostrado una relativa eficacia poltica, producto de una erosin limitada pero efectiva de la legitimidad poltico-gubernamental. Constituyen prcticas ejemplares en cuanto han conseguido los objetivos primarios que se proponan: en el caso del movimiento vecinal de Gamonal, impedir la construccin de un boulevard que representaba la expropiacin de los espacios pblicos del barrio; en el caso de la Marea Blanca, la suspensin del proceso privatizador de la sanidad pblica madrilea. Si bien se trata de logros precarios, constituyen un aprendizaje comn al desafiar cierto inmovilismo despolitizado as como una dinmica discontinua de (auto)convocatorias espontneas.

En conjunto, parecen estar revirtiendo cierto estado de desnimo colectivo. No menos importante en esta fase que se abre: muestra que, en determinadas coyunturas, la brutalidad de cargas policiales injustificadas, en vez de producir efectos disuasivos, puede desatar una espiral de enfrentamientos callejeros difciles de predecir. Aunque a mi entender sera un error generalizar esa tctica de los movimientos sociales (independientemente a las consideraciones ticas que pudiramos hacer al respecto), la frontera sacralizada (la lnea roja) de la manifestacin pacfica ha quedado perforada, por as decirlo, sin perder legitimidad social.

A pesar de la aversin moral manifiesta por todo el arco partidario a la violencia (de la que se sustrae, hipcritamente, la violencia policial e institucional), la interpretacin dominante de los incidentes entre manifestantes y polica en Gamonal no ha sido la que vena siendo habitual: atribuir a unos radicales infiltrados toda la responsabilidad de la escena. Semejante interpretacin, al menos en este caso, ha fracasado de forma rotunda, para dar lugar a otras lneas explicativas ms complejas: la insatisfaccin colectiva ante un plan de urbanizacin indeseado, el hartazgo ante la corrupcin poltico-empresarial, las detenciones arbitrarias por parte de la polica o el carcter ilegtimo de las cargas policiales contra vecinos movilizados legtimamente por una causa comn. Gamonal se plantea as como un sntoma de un malestar colectivo profundo que podra extenderse en otros territorios bajo la forma de la revuelta o el estallido social.

Por otra parte, en el caso de la Marea Blanca, las tcticas que se plantearon se han movido en dos dimensiones: articular las protestas continuas del personal sanitario con la anteposicin de sucesivos recursos judiciales. La movilizacin permanente y las disputas en el terreno jurdico han mostrado su eficacia, frustrando un plan de privatizacin del sistema sanitario que se planteaba a s mismo como irrevocable. En suma, por vas diferentes, arribamos a la misma conclusin: puesto que la eficacia poltica de las luchas populares no est garantizada por ningn medio en particular, forma parte de la lucha misma diversificar sus medios. La falta de garantas, lejos de ser un motivo para el desnimo, exige cada vez ms apelar a medios de lucha diferentes y complementarios que resten previsibilidad a los propios movimientos. La posibilidad de la derrota, siempre vigente, puede contrarrestarse as a partir de la diversificacin imaginativa de nuestras tcticas.

Recapitulemos, entonces, para desmontar algunos malentendidos. Por una parte, esos acontecimientos en particular y la proliferacin de protestas pblicas en todo el territorio espaol, podran estar constatando el fin de la apata. Por otra parte, eso no significa que la cultura poltica hegemnica haya cambiado sustantivamente. La insatisfaccin colectiva que se agudiza en el presente no equivale ni mucho menos a que se haya abolido la cultura consumista que sostiene la formacin capitalista como tal sino, ante todo, que frente a las restricciones crecientes en el acceso al consumo (significado como desidertum) la disconformidad social se incrementa. Tampoco significa que se haya traspasado una poltica de bienestar vallado, con su rgimen de pequeos privilegios y unas condiciones de vida confinadas a los estados europeos de postguerra.

Precisamente porque las industrias culturales dominantes construyen deseos que reafirman la anatoma de la sociedad de mercado, la reduccin forzada del consumo implica, como experiencia generalizada, la expansin de la insatisfaccin. Nada de ello conduce por s mismo a una transformacin social profunda, sino que reafirma a lo sumo la intensificacin de un deseo colectivo privado de su objeto. Por otra parte, si bien las restricciones en el acceso a los servicios pblicos generan reivindicaciones ciudadanas que podran considerarse de un signo poltico diferente al neoliberalismo, no suponen de forma necesaria un cuestionamiento de los privilegios asociados a un estado benefactor histricamente confinado a los pases centrales (en detrimento de las periferias). Al fin de cuentas, las dudas persisten: qu ocurrira con las protestas sociales si se reestableciera el nivel de consumo o de crecimiento previo al 2008, las cifras del desempleo se redujeran de forma drstica o se mantuvieran las prestaciones pblicas instituidas?

Si la economa poltica del sacrificio produce estructuralmente una ingente masa humana como objeto sacrificable, ello implica, antes que una automtica aceptacin social, un cierto grado de conflictividad (que no es de por s revolucionaria). Asumida esa conflictividad, el oficialismo se ha movido en dos frentes: procurar legitimar semejante economa poltica mediante un trabajo ideolgico que significa la pauperizacin de la existencia como proceso inexorable y, simultneamente, radicalizar una poltica represiva que implica cambios jurdicos de primer orden. De hecho, la misma expansin de la brecha entre deseos subjetivos y prcticas sociales, dentro del discurso hegemnico, es construida como resultado natural de un presunto exceso previo. Se trata, estrictamente, de un argumento de resignacin. Bajo un discurso poltico semejante, ligado a una derecha recalcitrante que oculta sistemticamente el poder decisivo que ejercen las elites econmico-financieras y gubernamentales en la creacin e imposicin de las reglas de juego, la resignacin es representada como destino y la servidumbre elevada a condicin metafsica.

Sin embargo, es esa poltica de la resignacin la que est en discusin, mostrando su inestabilidad como evidencia de sentido comn. De forma manifiesta en Espaa, diferentes grupos sociales estn rompiendo esa jaula. Aunque el creciente inconformismo social queda reducido de forma habitual a la esfera privada, los ejemplos de Gamonal y la Marea Blanca pueden operar en el imaginario colectivo como un momento de inflexin, esto es, como el paso a una nueva fase en las luchas populares. No cabe descartar, entonces, que en esos acontecimientos polticos est gestndose un futuro de la protesta mucho ms fecundo desde un horizonte poltico transformador. De ah la significacin central de las marchas de la dignidad previstas: constituyen una iniciativa que procura articular un frente de lucha comn que incluya y rebase las reivindicaciones sectoriales. Si la falta de articulacin entre las luchas locales ha sido uno de los dficits principales de las protestas sociales en Espaa hasta el momento, esta apuesta por la construccin de una cierta unidad poltica -en la multiplicidad de reivindicaciones- constituye un giro estratgico de primer orden. Para decirlo de otra forma: las marchas de la dignidad pueden ser la instancia articuladora necesaria para quienes no nos contentamos con un mundo social arrasado. Y, lo que no es menos importante, esas marchas permitirn determinar el grado de movilizacin popular tras los logros recientes. Es, ante todo, una pulseada decisiva e incierta: sin la consolidacin de ese contrapoder popular el bloque hegemnico seguir avanzando en lo que, en toda regla, puede calificarse como poltica del saqueo.

La resultante de esa pulseada es impredecible. Las resistencias sociales son tan reales como el discurso hegemnico que significa lo actual como la consecuencia necesaria que habra que asumir tras un supuesto exceso (de consumo, de gasto, de deuda) por parte de la poblacin, atribuido de forma cuasi-religiosa al pecado originario de haber vivido por encima de sus posibilidades. Segn el nfasis que se haga, la perspectiva de anlisis puede acentuar 1) la persistencia de un sentido comn -como cristalizacin ideolgica hegemnica- que representa la reconfiguracin de la sociedad en curso como un mal necesario o 2) aquellas constelaciones de valores, sentidos y prcticas que dislocan esas construcciones hegemnicas y desafan los lmites de lo posible. Las oscilaciones interpretativas (tambin, a menudo, contradicciones analticas) con respecto al presente, que transitan del desencanto a la euforia o a la inversa, muestran que estamos en un umbral histrico donde no podemos dar nada por sentado: la incertidumbre poltica es nuestro punto de partida y la crisis de hegemona una posibilidad que sobrevuela la actualidad, incluso si no vislumbramos un proyecto poltico alternativo consolidado que est articulando las diversas insatisfacciones que proliferan a nivel colectivo.

Lo dicho, finalmente, supone que una interpretacin crtica del presente necesita indagar no slo en las claves culturales que legitiman una sociedad marcada por la desigualdad, la corrupcin estructural y la restriccin de las oportunidades sociales, sino tambin en aquellas prcticas poltico-culturales que ponen en crisis esa legitimidad, desafiando no slo el conformismo sino tambin la resignacin inoculadas. Si la actual desestructuracin sistmica est produciendo un ensanchamiento de la apertura del presente, aprovechar esa apertura depende en buena medida de la construccin de un proyecto contrahegemnico por parte de los movimientos sociales con vocacin transformadora.

No alcanza con que prolifere la insatisfaccin, en tanto se siga deseando el mismo objeto y, sin embargo, nada impide a priori que esa insatisfaccin no sea canalizada polticamente en la lucha por otras formas de sociedad. La apuesta es transformar el deseo colectivo, entonces, antes que perseguir la mera satisfaccin de unos deseos consumistas e individualistas que no cuestionan en lo central el actual rgimen hegemnico.

En suma, la crtica poltico-cultural del presente debe considerar la economa inestable del deseo y las identificaciones colectivas sobre las que se constituye. Demasiado a menudo pasamos por alto que tambin necesitamos incidir en esa dimensin de la subjetividad: todo proceso hegemnico se sustenta no slo en la produccin de unos sentidos determinados o en la configuracin de determinadas relaciones de poder, sino tambin en una especfica economa (poltica) del deseo. Estamos lejos de haber extrado las consecuencias tericas centrales de esta premisa. Sobre todo, supone dejar a un lado un esquematismo inercial incapaz de leer el actual ensanchamiento de las oportunidades histricas. El futuro de la protesta no es nada distinto a ese ensanchamiento. Slo ah puede residir nuestra esperanza agonstica. Es responsabilidad colectiva convertir esa apertura en un nuevo inconformismo. Si la in-dignacin es la negativa poltica ante el arrase, las marchas de la dignidad son el llamado comn a construir la sociedad que no tenemos.

Blog del autor: http://arturoborra.blogspot.com

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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