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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 22-03-2014

Juventud, vejez prematura

Santiago Alba Rico
Atlntica XXII


En Totem y Tab Freud trat de fijar el esquema de un conflicto eterno entre padres e hijos. Con independencia del contenido de la sociedad o de los cambios que se produzcan en ella, las generaciones estn condenadas a chocar: los ms jvenes heredan las ruinas de los viejos, a los que apartan del camino para reproducir, como si fueran nuevos, sus propios escombros. La juventud renueva y prolonga el mundo contra la generacin que la precedi.

No me gusta sobrestimar el llamado factor generacional. En realidad, durante la mayor parte de la historia ha jugado un papel muy subsidiario. En sociedades que cambiaban poco o muy despacio, padres e hijos compartan el mismo mundo y se reconocan, de hecho, en el de los abuelos. Juventud era una franja de edad asociada a toda una serie de clichs de orden biolgico o energtico: mpetu, rebelda, deseo. En sociedades inmutables, la vida recorra etapas ya establecidas con una acumulacin estndar de experiencias, de manera que la vejez se asociaba, por su parte, a clichs de orden moral: sabidura, autoridad, pragmatismo. Scrates y Alcibades o Csar y Marco Antonio, separados por la edad, compartan la memoria, la tradicin poltica, la experiencia de un rgimen moral y cultural que se remontaba a cientos de aos atrs.

Pero en los ltimos cincuenta aos el mundo ha cambiado mucho ms, y muchas ms veces, que en 1.200 aos de civilizacin romana o en tres milenios de imperio faranico. Hoy juventud y vejez no son edades diferentes: son mundos diferentes. Los espaoles nacidos en 1960 heredamos la memoria de la guerra civil, crecimos bajo la dictadura, nos politizamos en la guerra fra y, adems, escribamos a mano o a mquina, veamos dos canales de televisin y mandbamos y recibamos cartas y telegramas. Los nacidos en 1990, en cambio, piensan en Franco y en el muro de Berln como en Fernando VII y en la cada de Constantinopla, identifican democracia y mercancas baratas y construyen su percepcin del mundo conectados a un flujo de imgenes y sonidos que suplanta a la vida misma -porque es la vida misma. Los cambios tecnolgicos y polticos se han acelerado tanto desde 1990 que los historiadores tendrn muchos problemas para periodizar las ltimas dcadas; ya no hay generaciones estables; cada generacin dura un ao, seis meses, incluso slo un da. Como en el mundo ratonil de la Josefina de Kafka, se suceden a tanta velocidad que casi no llegan a cruzarse -ni a instruirse- jams.

Desde la derrota de la URRS en la guerra fra se mantienen apenas dos continuidades. La primera, a nivel global, la hegemona del capitalismo euro-estadounidense, que se est desmoronando muy deprisa. Nadie puede asegurar que lo que vendr despus ser mejor ni, desde luego, capaz de estabilizar las relaciones econmicas y geopolticas durante mucho tiempo. La crisis capitalista abre un campo indito, sembrado de minas, a las luchas populares, s, pero sobre todo a las llamadas potencias emergentes, cuyo crdito democrtico y social nada tiene que envidiar al historial criminal de los EEUU. La acumulacin y uso de armas con un poder destructivo sin precedentes hace temer, como escriba hace poco Hawking respecto de Siria, si no el fin de la civilizacin, s al menos un severo retroceso.

La otra continuidad tiene que ver, en Europa, con las instituciones democrticas surgidas tras el final de la segunda guerra mundial y, en Espaa, tras la muerte de Franco. Nunca se han visto ms desacreditadas ni ms cuestionadas. Desarboladas por la crisis, con su agudo sarampin de lucha de clases, no ofrecen ya garantas -ni materiales ni polticas- para afrontar el futuro con un mnimo de confianza. En Espaa, de hecho, puede decirse que el campo poltico se ha abierto por primera vez desde 1976 o, al menos, desde 1982, con todos los riesgos y posibilidades que ello entraa.

Pero hay una tercera continuidad. En Europa y en Espaa slo la izquierda -a veces sectaria, a veces oportunista, pero siempre combativa- ha tratado de mantener el hilo de la memoria entre generaciones. El problema es que ese hilo no enhebraba el mundo. Nuestra memoria de lucha estaba pensada para otra humanidad, y la hemos conservado heroicamente al margen de la sociedad misma. Los izquierdistas nacidos en torno a 1960 no es que no sepamos cmo vive la clase obrera; es que no sabemos cmo viven las nuevas clases medias y sus juventudes sin futuro. Tendramos que hacer un trabajo de campo sobre lo que compran, lo que comen, lo que ven, lo que desean. En cualquier caso, e incluso si entre nosotros hubiera alguna gran figura intelectual, los mecanismos de transmisin se han roto: pretender ejercer algn tipo de magisterio sera condenarse al aislamiento. Objetivamente tenemos poco que ofrecer a las nuevas generaciones. Objetivamente, una generacin sin maestros es una generacin desarmada y desorientada.

As estamos. En un mundo por primera vez abierto en tres dcadas, lleno de peligros, tenemos que resignarnos a la injusticia de que no se acepte nuestro legado y a la necesidad de acompaar, si es que queremos an intervenir, a un mundo demasiado joven que envejece demasiado deprisa. No s si podemos o no podemos; lo que es seguro es que no debemos ni retirarnos ni intentar dar lecciones.

Fuente original: http://www.atlanticaxxii.com/




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