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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 28-03-2014

Firmemos un cese el fuego, Santos

Timolen Jimnez
http://www.farc-ep.co/


Con relacin al ms reciente comunicado del Secretariado Nacional de las FARC-EP y los hechos que lo motivaron, se han expresado un sinnmero de afirmaciones. Pese a que lo que conocemos de primera mano llega siempre por conducto de los grandes medios de comunicacin, campeones universales de la falsificacin y la argucia, no deja de causarnos impresin la noticia acerca de la nueva avalancha malintencionada contra nosotros.

Tratamos de explicar la situacin que produjo la muerte del mayor y el patrullero de la Polica en la zona rural de Tumaco. Y advertimos de antemano cun grande sera la reaccin de ciertos sectores interesados en la ruptura del proceso de paz que adelantamos con el gobierno nacional. El general Palomino, al igual que el candidato presidencial de Uribe, entre otros, encabezaron otra vez la cruzada contra las FARC, invocando con aullidos feroces la guerra total.

Se nos llama cnicos porque expresamos nuestras condolencias a los familiares y compaeros de las vctimas, como si comprender el dolor ajeno y solidarizarse con l fuera una actitud miserable. Nos duele la vida de cada colombiano o extranjero que muere como consecuencia de esta guerra que nunca quisimos fuera desatada. Que primero los matemos y luego enviemos nuestro psame, como sugieren nuestros detractores, no es exactamente un modo objetivo de mirar las cosas.

Todo el pas y el mundo fueron testigos de cmo el Presidente Santos llor de felicidad tras la muerte de nuestro comandante Alfonso Cano, y a nadie del Establecimiento o los medios se le ocurri lanzar el ms mnimo reproche por ello. Ni siquiera cuando un Obispo catlico expres su desconcierto por el hecho de que en lugar de haberlo detenido, se hubiera procedido a asesinarlo al encontrarlo solo en la noche, casi ciego e inerme a sus ms de sesenta aos de edad.

Ni en privado, dentro de los necesarios intercambios que dieron lugar a la iniciacin de los dilogos de paz en La Habana, recibimos del seor Presidente la menor muestra de pesar, pese a que los primeros contactos de su gobierno tuvieron lugar precisamente con el Comandante que orden matar. Nunca hubiramos considerado un gesto de cinismo el que lo hubiera hecho, tal vez lo hubiramos interpretado como la sincera gallarda de quien se apresta a hablar de paz y reconciliacin. La actitud suele ser distinta segn se est a un lado u otro del desangre.

Tras la ruptura del proceso del Cagun, como consecuencia necesaria de la implementacin del Plan Colombia definido por los Presidentes Bill Clinton y Andrs Pastrana, y puesto en prctica mucho antes del 20 de febrero de 2002, militares norteamericanos y colombianos desataron todas las formas posibles de violencia contra las FARC y la poblacin de las zonas en donde se ejerca nuestra influencia. Hoy se habla del conflicto como si nada de eso hubiera sucedido.

Ni los horrores del paramilitarismo, desbocado y reconocido social y polticamente en el gobierno de Andrs Pastrana, y acrecentados al extremo del terror de Estado durante la primera administracin de lvaro Uribe, ni los millones de desplazados durante esa etapa, ni la represin generalizada, ni los crmenes y la persecucin judicial, ni las millares de ejecuciones bautizadas como falsos positivos, ni la muerte de centenares de muchachas y muchachos de las guerrillas a manos de soldados profesionales que a cambio ganaban un pollo al almuerzo o una licencia, guarda segn nuestros crticos la menor relacin con el conflicto de hoy.

As ningn anlisis puede ser serio. Las fuerzas militares ejecutan un plan de guerra llamado Espada de Honor II, continuacin del Espada de Honor I que fracas tanto como el Plan Patriota o el Plan Victoria que los precedieron en la intencin de aniquilar la insurgencia y la inconformidad. Desde los tiempos de Marquetalia y el Plan Laso, todos estos planes contrainsurgentes han combinado la ofensiva militar con una supuesta accin social marginal y precaria, que les sirve a un tiempo para restar influencia a las guerrillas y construir redes de informacin para la guerra.

El mayor y el patrullero, en ejercicio de sus tareas oficiales, vestan ropas civiles, lo cual incluso podra ser interpretado como ms peligroso an en una zona de guerra. Al detenerlos, los milicianos pensaron en conducirlos hasta donde un mando responsable que decidiera lo que haba qu hacer con ellos, o lo comunicara en consulta a una instancia superior. Slo procedieron contra ellos al sentirse rodeados por una agresiva operacin de fuerzas enemigas.

Lo que pas por sus mentes en esos momentos difciles no es un misterio. El enemigo vena a arrebatarles por la fuerza los prisioneros. Cmo actuaran militares, policas o guardianes en una hipottica situacin semejante? Por qu no es salvaje matar con una rfaga de fusil, como a Alfonso Cano, y en cambio s lo es si no se emplean armas de fuego, en un momento en que emplearlas pone en peligro la propia vida?

Sea cual sea la respuesta, si los milicianos tuviesen que responder por la comisin de un delito, tendran que hacerlo ante la juridicidad guerrillera, de acuerdo con nuestros reglamentos. En ningn caso procedera su entrega a las autoridades enemigas. As vemos las cosas nosotros, en concordancia con las propias normas del derecho de guerra. Muchos expertos nos daran la razn. El problema en realidad es de otra naturaleza, es poltico, responde a intereses de momento.

El fin de semana pasado murieron ocho policas en el helicptero afectado por el minado activado por guerrilleros del 33 Frente de las FARC en Sardinata, Norte de Santander. El hecho ni siquiera mereci un titular de prensa, simplemente porque el Ministerio de Defensa sabe que no puede usar en contra nuestra una accin militar que desprestigia la Fuerza de Tarea Vulcano y pone en ascuas la arrogante presencia militar en el Catatumbo.

As pas tambin con los militares que fallecieron en el helicptero derribado el 22 de febrero en La Uribe, Meta. No son muertos que puedan ser atribuidos gratuitamente a vileza de las FARC-EP, son en consecuencia muertos de menor categora, de los que no cabe siquiera informar a la poblacin colombiana o mundial. Despus de todo, la propaganda oficial habla de un Ejrcito que gana la guerra, y esos hechos lo ponen en duda, es mejor ocultarlos.

Cuando por obra de un bombardeo areo a una unidad guerrillera sorprendida a altas horas de la noche en la oscuridad de la selva, se produce la muerte de una o dos decenas de combatientes, el ministro de defensa lanza llamas por sus fauces al comunicar exultante el resultado. Aunque se trate de colombianos, de gente pobre del pueblo. No hablemos de no permitir impunidades por hechos de guerra. Firmemos un cese el fuego, Santos, y hagamos la paz posible.

TIMOLEN JIMNEZ

JEFE DEL ESTADO MAYOR CENTRAL DE LAS FARC-EP

26 de marzo de 2014.


Fuente: http://farc-ep.co/?p=3020



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