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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 03-04-2014

Yarmuk, vergenza sobre vergenza

Luz Gmez
Rebelin


A estas alturas, est claro que la barbarie de la guerra siria no tiene lmites. Unos no quieren ponrselos, otros quiz no pueden. En las conversaciones de Ginebra II ha quedado de manifiesto que ni Rusia ni Estados Unidos lo van a hacer y que las potencias regionales (Arabia Saud, Irn, Catar, Emiratos rabes Unidos) siguen, con idntica lgica, su propia agenda. En cuanto a que la solucin venga del interior, si es que tal interior existe, resulta hoy por hoy tan quimrico como deseable. Al mundo parece que solo le queda contemplar el desastre y seguir degradndose.

En un artculo reciente, ante la frialdad con que asistimos al horror que se acumula en Siria, Stephen Hawking se preguntaba qu ha sido de nuestra inteligencia emocional, de nuestro sentido de la justicia colectiva: Hoy sabemos que Aristteles estaba equivocado: el universo no ha existido desde siempre. Empez hace unos 14.000 aos. Pero estaba en lo cierto en que los grandes desastres suponen enormes pasos atrs en la civilizacin. La guerra en Siria puede que no signifique el fin de la humanidad, pero cada injusticia cometida es un araazo en la fachada que nos mantiene unidos. El principio universal de la justicia puede que no se fundamente en la fsica, pero no es menos bsico para nuestra existencia. Sin l, y ms pronto que tarde, el ser humano seguramente dejar de existir. En Siria se han sucedido horrores de todo tipo que justifican por s solos una reflexin como sta. El ltimo, y uno de los ms llamativos por sus reminiscencias histricas, ha sido el del asedio de Yarmuk, un campamento donde resida la comunidad palestina ms numerosa de Siria.

Progresando: por primera vez los palestinos se mueren de hambre

Nunca antes, desde que en 1949 se cre la UNRWA (la Agencia de Naciones Unidas para la Asistencia a los Refugiados palestinos), los refugiados palestinos haban muerto de inanicin. A finales de febrero haban fallecido ya 128, segn los datos facilitados por Amnista Internacional, que tambin ha denunciado que el sitio con que Al Asad castiga a la poblacin es responsable de que el 60% de las 20.000 personas atrapadas en Yarmuk sufra malnutricin (otro dato criminal: el kilo de arroz ha llegado a costar 75 ). Es una estrategia de exterminio deliberada, que se prolonga desde el verano pasado. Hasta entonces vivan en el campamento 180.000 personas, la mayora pertenecientes a una clase media palestina (mdicos, profesores, abogados, ingenieros) ms algunos sirios de clase algo inferior, como pequeos funcionarios y obreros cualificados. Adems, desde el comienzo de la guerra y hasta finales de 2012, Yarmuk haba acogido a los sirios de Damasco y alrededores que huan de las zonas de combate. Era un lugar relativamente neutral, que no haca presagiar la catstrofe.

En diciembre de 2012 el delicado equilibrio de Yarmuk estall. Primero se reprodujo entre los palestinos el enfrentamiento armado de la guerra civil siria: de un lado, los izquierdistas del Frente Popular para la Liberacin de Palestina-Comando General, partidarios del rgimen sirio; de otro, los islamistas de Liw al-Asifa, partidarios del Ejrcito Libre Sirio. A ellos se sumaron enseguida las contrapartes exteriores. En julio de 2013 las tropas de Al Asad cerraron el cerco e impidieron la entrada de personas y mercancas al campamento. El suministro elctrico fue cortado tres meses despus. De nada sirvi que en diciembre pasado la oposicin al rgimen anunciara que todos los grupos armados (desde el qaedista Frente al-Nusra a sus rivales yihadistas del Estado Islmico de Irak y Siria y las diferentes facciones del Ejrcito Libre Sirio) haban abandonado el campamento. Como con el uso de armas qumicas, Al Asad ha pretendido demostrar en el cerco y asedio de Yarmuk hasta dnde llegan sus capacidades. Al igual que en otras poblaciones sirias controladas por los insurgentes, el arma preferida del dictador estn siendo las baratas bombas de barril lanzadas desde helicpteros.

La historia de Yarmuk es singular. Oficialmente, no se trata de un campamento de refugiados palestinos, sino de un distrito de Damasco a 8 Km. del centro. Sin embargo la sealizacin de carreteras indica Campamento de Yarmuk. Se cre en 1957 para asentar a los refugiados que se haban ido quedando de manera irregular junto a Damasco a raz de la Nakba, la limpieza tnica de Palestina que acompa a la fundacin del Estado de Israel. Su urbanizacin responde a la de un campamento de refugiados (una cuadrcula cerrada con calles de apenas dos metros de ancho y casas unimodulares de 30 m2) pero con ciertas mejoras en las condiciones de habitabilidad: tiene dos calles principales con comercios y servicios, la edificacin es de hormign y las casas pueden ampliarse con pisos superiores. Su nombre, el de una clebre batalla en que los rabes derrotaron a los bizantinos, es muy de los aos 50, marcados por el auge del panarabismo y el movimiento de los No Alineados, que invitaban al optimismo retrico.

Si bien la UNRWA no incluye a Yarmuk en su red oficial de 58 campos de refugiados, mantiene all escuelas, hospitales y servicios sociales, adems de coordinar la cooperacin internacional (por ejemplo, la Agencia Espaola de Cooperacin Internacional para el Desarrollo financi en 2009 un centro pionero en el tratamiento de la talasemia). Este ser y no ser ha servido de excusa a Al Asad para impedir que la UNRWA preste la imprescindible ayuda de emergencia a los refugiados. Las dantescas imgenes del hacinamiento de los habitantes del campo incendiaron las redes sociales hace unas semanas. Hasta se ha llegado a comparar la foto de la multitud que aguarda el reparto de alimentos con la clebre foto de la nia vietnamita que huye desnuda del napalm.

Pero nada ha mejorado, ms bien al contrario: los pocos convoyes que consiguen llegar a las puertas del campamento tienen que distribuir malamente la ayuda por un estrecho corredor, abierto entre cascotes al comienzo de la calle principal. De lo que no es consciente el observador bienintencionado es de que las propias instalaciones de la UNRWA, en perfecto estado, se hallan unas manzanas ms all. O que mientras la muchedumbre silenciosa espera la ayuda que se reparte con cuentagotas (el 21 de marzo, por ejemplo, se entregaron 197 paquetes para 18.000 asediados) el campamento es bombardeado.

Refugiados, palestinos de segunda

Como parias sin Estado que son, una vez ms los palestinos estn pagando caro un conflicto que no es exactamente suyo. Unos 235.000, la mitad de los que residan en Siria, han tenido que abandonar sus casas y se han visto desplazados (la poblacin siria en esta misma situacin es slo una cuarta parte del total). El Gobierno sirio les ha retirado los pasaportes o permisos de viaje, de modo que muchos de los 60.000 que han abandonado Siria lo han hecho de forma irregular. En Egipto las autoridades golpistas les persiguen y detienen acusndoles de terrorismo y vnculos con Hams. En Jordania se les separa de los refugiados sirios en los nuevos campamentos y se les impide acceder a las ciudades. En la frontera de Ceuta, s, en Espaa, se les niega el acceso a Europa y con ello la posibilidad del derecho de asilo. Cuntos han muerto en el Mediterrneo o cuntos andan deambulando por Turqua, Grecia, Libia o Argelia nunca se sabr. Y tampoco reconforta demasiado el celebrado asilo abierto de los pases nrdicos, a su manera selectivo: los refugiados sirios o palestinos que logran cruzar media Europa para llegar al Norte poseen un alto nivel educativo. Qu ocurrira de no ser as?

La guerra en Siria ha venido a recordar al mundo, y a los propios palestinos, la palestinidad de segunda de los refugiados. Cuesta decir algo tan rotundo. Los refugiados palestinos, 5.2 millones segn la UNRWA (es decir, la mitad de todos los palestinos), han sido los grandes marginados de los ya casi 25 aos de negociaciones israelo-palestinas. El derecho de los refugiados a retornar a sus casas y tierras y obtener una reparacin por los 65 aos de desposesin, un derecho reconocido internacionalmente, ha sido siempre la primera moneda de cambio del actual equipo negociador, encabezado por Saeb Erakat, quien sigue ah a pesar de la dimisin en bloque de sus colaboradores el otoo pasado. Para desgracia de las instancias oficiales palestinas, Yarmuk ha vuelto a poner nombre y rostro a la tragedia de los refugiados, ya casi olvidada tras las masacres de Sabra y Chatila (1982). En los Territorios Ocupados, en Israel y en la dispora, la sociedad palestina se ha organizado para recaudar fondos y poner en contacto a las familias dispersadas por la guerra siria. La movilizacin y la solidaridad populares, no los polticos palestinos, han sido esta vez los protagonistas. No deja de ser significativo que en este tiempo marcado por las nuevas tecnologas de la informacin haya sido la radio en su onda media, como en 1949, el instrumento de comunicacin interpalestina.[1] Demasiadas cosas en la tragedia de Yarmuk remiten a la Nakba.

El BDS y la Tercera Intifada

Hay quien vaticina que la Tercera Intifada est en marcha, y que Yarmuk, o lo que ocurra en cualquier otro campamento, puede ser la chispa. Los que se preocupan diariamente por los intereses de Israel, como el columnista de The New York Times Thomas L. Friedman, sealan ms bien al movimiento internacional de Boicot, Desinversin y Sanciones contra Israel (BDS). Desprecian el protagonismo civil palestino y responsabilizan a la Unin Europea. Pretenden as desactivar la incipiente exigencia de la UE de que Israel cumpla con la legalidad internacional si quiere mantener su condicin de socio preferente.[2] Saben que cuando Europa deje de tener mala conciencia Israel perder la impunidad. Y la mala conciencia empez a resquebrajarse con la Operacin Plomo Fundido contra Gaza (2008-2009), que supuso un punto de inflexin en la percepcin de las polticas de Israel en todo el mundo.

Pero por mucho que se intente desviar la atencin, la Tercera Intifada, como todas, ser hija de la sociedad civil palestina. Fue ella la que en 2005 lanz el llamamiento al BDS, que empieza a recoger importantes apoyos internacionales. Lo que determina el momento actual y el futuro de la causa palestina es que tras dos dcadas de proceso de paz los palestinos ya nada esperan de la Autoridad Nacional. Por el contrario, han renovado su confianza en la poltica desde abajo. La campaa BDS supo anticiparse a esto proponiendo desde sus inicios una nueva estrategia de resistencia y lucha contra la ocupacin, el apartheid y la desposesin a que Israel somete sistemticamente a los palestinos. A semejanza de lo que ocurri con el boicot al rgimen de apartheid en Sudfrica, el BDS involucra a todos los palestinos y, adems, implica a los ciudadanos concienciados de todo el mundo. Unos y otros se convierten en protagonistas polticos all donde sus Gobiernos han hecho dejacin de sus obligaciones jurdicas internacionales.

La fuerza de la Tercera Intifada, augura Richard Falk, relator de la ONU sobre Derechos Humanos en Palestina,[3] ser la del poder blando: una contienda pacfica, horizontal y transversal basada en la superioridad legal y moral del derecho palestino a la autodeterminacin, reforzada por la creciente adhesin de la opinin pblica internacional.


Notas

[1] Este protagonismo de la radio en los aos cincuenta est muy bien tratado en la literatura; por ejemplo en La Cueva del Sol, de Elias Khoury (trad. de Jaume Ferrer, Madrid, Alfaguara, 2009) y en El bien de los ausentes, de Elias Sanbar (trad. de Jorge Gimeno, Valencia, Pre-Textos, 2013).

[2] Una de las ltimas iniciativas es la carta que 29 europarlamentarios han dirigido a Catherine Ashton solicitando que se boicoteen los negocios con las colonias israeles: http://www.bdsfrance.org/index.php?option=com_content&view=article&id=3108%253.

[3] Richard Falk: Derecho internacional, apartheid y respuestas israeles al BDS, en Luz Gmez (ed.): BDS por Palestina. El boicot a la ocupacin y el apartheid israeles, Madrid, Ediciones del Oriente y del Mediterrneo, 2014, pp. 57-74.

 

Luz Gmez es profesora de Estudios rabes e Islmicos de la Universidad Autnoma de Madrid. Es autora, entre otras obras, de Diccionario de islam e islamismo (Madrid, Espasa, 2009). Recientemente ha editado el volumen colectivo BDS por Palestina. El boicot a la ocupacin y el apartheid israeles (Madrid, Ediciones del Oriente y del Mediterrneo, 2014).

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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