Portada :: Cultura :: En la muerte de Garca Mrquez
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 21-04-2014

Gabo el taxista

Ariel Dorfman
Pgina 12




Ren Zavaleta, Pablo Gonzlez Casanova, Julio Cortzar, Ariel Dorfman, Garca Mrquez, Jean Casimir, Carlos Quijano, Julio Scherer y Theotonio dos Santos (Mxico, 1980).

Fue mi privilegio ser, a los veinticinco aos de edad, uno de los primeros lectores de Cien aos de soledad. En 1967 era yo crtico literario de la revista chilena Ercilla, y debido a que yo haba reseado con enorme entusiasmo La hojarasca, La mala hora y El coronel no tiene quien le escriba, el jefe de la seccin cultural no dud de que a m me tocara lo que ya se murmuraba era una obra magna de Garca Mrquez. Nada, sin embargo, que haba escrito l o ledo yo antes me prepar para lo que ocurri cuando abr aquella primera edicin de Sudamericana (en cuya tapa todava tengo estampadas las irnicas palabras sin valor comercial, esto para el libro que iba a tener ms valor comercial y no slo comercial que cualquier otro en nuestra historia continental).

Ya le haba anunciado a mi mujer, Anglica, que no contara conmigo hasta que hubiese terminado la novela actitud con la que, en forma modesta, trataba de imitar plidamente al mismo Gabo que, segn rumores persistentes, se haba encerrado durante dieciocho meses para escribirla mientras su querida Mercedes empeaba y venda todos los haberes de la familia. Mi lectura tard menos, por cierto, que eso: comenc a leer en la noche y me empecin hasta el amanecer. Tal como el ltimo de la dinasta de los Buenda, no poda dejar de devorar el texto, con la esperanza de que el mundo que haba comenzado con un nio tocando un pedazo mgico de hielo en el Paraso no sucumbira a esa otra constelacin de hielo que es la muerte. Me desesperaba ese posible desenlace porque not de qu manera la extincin iba rondando a cada generacin de la familia, cada acto de alegra y exuberancia, y tema que no slo aquella estirpe, sino que tambin toda Amrica latina, terminaran devastadas por el torbellino de la historia.

Mi nico problema al arribar a la ltima frase donde lectura y accin, historia y ficcin, sujeto y objeto, se fusionaban era que me aguardaba la titnica tarea de escribir la primera crnica en el planeta que Gabo me dispense si exagero sobre aquella obra ms que titnica. El destino me depar (para usar una frase que nos ense el mismo Garca Mrquez) una triste solucin: descubr que ese mismo da me haban censurado en la revista una entrevista a Nicols Guilln y mi renuncia a trabajar en Ercilla me libr de la necesidad de escribir la resea, pude convertirme en un lector ordinario de aquella obra maestra y no tuve que escribir mil palabras sobre aquellos cien aos de soledad.

Cuando le cont esta ancdota a Gabo en Barcelona varios aos ms tarde era marzo de 1974, seis meses despus del golpe contra Salvador Allende, se ri socarronamente y dijo que era una suerte para m y para l que yo me hubiera convertido, a la fuerza, en un lector comn y corriente, ya que era para ellos que l escriba y no para los crticos, que siempre buscaban en forma insensata una quinta pata a todo gato y, a veces, sabes, me dijo ese gran fabulador, los gatos no tienen ms que cuatro patas. Al concluir aquel almuerzo inagotable, tuve otra muestra de cmo Gabo, amante de los mitos y los excesos, se enraizaba siempre en lo menudo y cotidiano. Te voy a llevar me dijo, donde Mario se refera a Vargas Llosa, que era, por ese entonces, su amigo del alma porque es necesario que converses con l sobre la resistencia a Pinochet. Cuando respond que la casa del autor de La Ciudad y Los Perros quedaba lejos, Gabo me subi a su auto, asegurndome que si no hubiera sido escritor, hubiera querido ser taxista. En vez de estar sentado detrs de un escritorio da y noche, estara escuchando las historias de los pasajeros y navegando las calles.

Diez das ms tarde averig otra caracterstica suya. Estbamos en Roma para el Tribunal Russell y Cortzar me llev a que me juntara con Gabo y una serie de otros artistas solidarios con Chile en una trattoria de la Piazza Navona. Para un joven escritor de treintin aos aquello era un sueo: Matta, Glauber Rocha, Rafael Alberti y su mujer Mara Teresa que, al finalizar la noche, asegur que ella iba a entrar en Madrid antes de que Franco muriera, montada desnuda, jur, en un caballo tan blanco como los pelos de su esposo. Mi fascinacin se vio algo amenguada por la certeza de que mi pobre bolsillo exiliado estaba vaco y que no podra solventar mi parte de la considerable cuenta. Cmo supo Gabo que eso me preocupaba? Antes de que llegara la factura, se me acerc, me gui el ojo y me confidenci que l ya haba pagado todo.

Mostrara una parecida generosidad con causas ms importantes y urgentes en los aos que siguieron. En la constante conspiracin contra Pinochet y tantas otras dictaduras latinoamericanas, nunca se neg a ofrecer apoyo, consejos, contactos, incluso cuando se me ocurri, de una manera estrafalaria e imprudente, agenciarnos un barco mercante en que pudiramos subir a todos los msicos, artistas y escritores chilenos exiliados y partir a Valparaso para desafiar a los generales y probar que tenamos derecho a vivir en nuestra patria. Garca Mrquez, que por lo general tena los pies muy en la tierra, se entusiasm con tamaa locura, digna de sus propias invenciones literarias, y me consigui una entrevista con Olaf Palme. Anglica y yo partimos a Estocolmo, donde el primer ministro sueco me escuch con flema escandinava, avisndome que se comunicara conmigo si crea que mi plan poda prosperar, una llamada, por cierto, que con toda razn nunca lleg. Esperemos, entonces dijo Gabo, que gane Mitterrand y ah conseguimos la nave. Pero en 1981, cuando eso sucedi, ya haba entrado yo en mis cabales, desistiendo de tales afanes y Gabo y su familia ya no permanecan en Europa sino que se haban instalado en Mxico.

Transcribo ahora estos recuerdos, ahora que aquel huracn que acab con Macondo vino por l, ahora que ya no podemos conversar y rernos y confabular, los transcribo porque siento que tal vez contengan algunas claves de cmo su existencia y su arte se alimentaron mutuamente, del hombre detrs de tantas palabras que no van a perecer.

Si me quedo con una historia personal suya, es sta. Un da estbamos almorzando en su casa del Pedregal de San Angel en Ciudad de Mxico y Gabo le dijo a otro comensal: Sabes que Ariel me llamaba a las tres de la maana para contarme algn proyecto contra Pinochet. Y sabes que me llamaba collect!. Cuando el comensal parti, le dije a Gabo que era cierto que lo llamaba a las tres de la maana, y a otras horas desalmadas, pero que l saba muy bien que nunca lo llam con cobro revertido, que Anglica y yo vivamos de prestado en esa poca, sin tener dnde caernos vivos ni muertos, pero que siempre costebamos nosotros aquellas llamadas. Gabo me mir muy serio y enseguida sonri. Perdname si me equivoqu, pero tienes que reconocer que es mucho ms interesante y gracioso si me llamabas collect.

Y claro que se lo perdon, se lo vuelvo a perdonar. La raz de su genio era tomar algo real, sumamente frecuente y habitual y casi periodstico, y exagerarlo hasta lo descomunal. Igual que Colombia, igual que nuestra Amrica, igual que nuestra increble humanidad que nadie como l, taxista de la eternidad, supo conquistar y expresar y volver inmortal.

* El ltimo libro de Ariel Dorfman es Entre Sueos y Traidores: Un strip-tease del exilio.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-244426-2014-04-19.html


Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter