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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 22-04-2014

Discurso del Gabo al recibir el Nobel
La soledad de Amrica Latina

Rebelin


Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompa a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribi a su paso por nuestra Amrica meridional una crnica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginacin. Cont que haba visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pjaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecan una cuchara. Cont que haba visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Cont que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdi el uso de la razn por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los grmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonios ms asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro pas ilusorio tan codiciado, figur en mapas numerosos durante largos aos, cambiando de lugar y de forma segn la fantasa de los cartgrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mtico Alvar Nez Cabeza de Vaca explor durante ocho aos el norte de Mxico, en una expedicin ventica cuyos miembros se comieron unos a otros y slo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un da salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Ms tarde, durante la colonia, se vendan en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvin, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio ureo de nuestros fundadores nos persigui hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misin alemana de estudiar la construccin de un ferrocarril interocenico en el istmo de Panam, concluy que el proyecto era viable con la condicin de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la regin, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio espaol no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio Lpez de Santana, que fue tres veces dictador de Mxico, hizo enterrar con funerales magnficos la pierna derecha que haba perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general Garca Moreno gobern al Ecuador durante 16 aos como un monarca absoluto, y su cadver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernndez Martnez, el dspota tesofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza brbara a 30 mil campesinos, haba inventado un pndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado pblico para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazn, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en Pars en un depsito de esculturas usadas.

Hace once aos, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, ilumin este mbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces tambin en las malas, han irrumpido desde entonces con ms mpetus que nunca las noticias fantasmales de la Amrica Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres histricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas muri peleando solo contra todo un ejrcito, y dos desastres areos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazn generoso, y la de un militar demcrata que haba restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgi un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de Amrica Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de nios latinoamericanos moran antes de cumplir dos aos, que son ms de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represin son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dnde estn todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en crceles argentinas, pero an se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopcin clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran as han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y ms de 100 mil perecieron en tres pequeos y voluntariosos pases de la Amrica Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sera de un milln 600 mil muertes violentas en cuatro aos.

De Chile, pas de tradiciones hospitalarias, ha huido un milln de personas: el 10 por ciento de su poblacin. El Uruguay, una nacin minscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el pas ms civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El pas que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de Amrica latina, tendra una poblacin ms numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no slo su expresin literaria, la que este ao ha merecido la atencin de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creacin insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual ste colombiano errante y nostlgico no es ms que una cifra ms sealada por la suerte. Poetas y mendigos, msicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginacin, porque el desafo mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difcil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplacin de sus propias culturas, se hayan quedado sin un mtodo vlido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a s mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la bsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretacin de nuestra realidad con esquemas ajenos slo contribuye a hacernos cada vez ms desconocidos, cada vez menos libres, cada vez ms solitarios. Tal vez la Europa venerable sera ms comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesit 300 aos para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debati en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que an en el siglo XVI los pacficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impvidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. An en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejrcitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Krger, cuyos sueos de unin entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 aos en este lugar. Pero creo que los europeos de espritu clarificador, los que luchan tambin aqu por una patria grande ms humana y ms justa, podran ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueos no nos hara sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legtimo a los pueblos que asuman la ilusin de tener una vida propia en el reparto del mundo.

Amrica Latina no quiere ni tiene por qu ser un alfil sin albedro, ni tiene nada de quimrico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiracin occidental.

No obstante, los progresos de la navegacin que han reducido tantas distancias entre nuestras Amricas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. Por qu la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difciles de cambio social? Por qu pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus pases no puede ser tambin un objetivo latinoamericano con mtodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulacin urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han credo, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueos del mundo. Este es, amigos, el tamao de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresin, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a travs de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada ao hay 74 millones ms de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada ao la poblacin de Nueva York. La mayora de ellos nacen en los pases con menos recursos, y entre stos, por supuesto, los de Amrica Latina. En cambio, los pases ms prsperos han logrado acumular suficiente poder de destruccin como para aniquilar cien veces no slo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un da como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: Me niego a admitir el fin del hombre. No me sentira digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orgenes de la humanidad, el desastre colosal que l se negaba a admitir hace 32 aos es ahora nada ms que una simple posibilidad cientfica. Ante esta realidad sobrecogedora que a travs de todo el tiempo humano debi de parecer una utopa, los inventores de fbulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todava no es demasiado tarde para emprender la creacin de la utopa contraria. Una nueva y arrasadora utopa de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien aos de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis aos de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelacin que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero tambin como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareci de simple justicia, pero que en m entiendo como una ms de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen ms evidente nuestra condicin de juguetes de un azar indescifrable, cuya nica y desoladora recompensa, suelen ser, la mayora de las veces, la incomprensin y el olvido.

Es por ello apenas natural que me interrogara, all en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades ms esenciales que conforman nuestra identidad, cul ha sido el sustento constante de mi obra, qu pudo haber llamado la atencin de una manera tan comprometedora a este tribunal de rbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fcil encontrar la razn, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez ms, un homenaje que se rinde a la poesa. A la poesa por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numer en su Iliada el viejo Homero est visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesa que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fbrica densa y colosal de la Edad Media. La poesa que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra Amrica en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el ms grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueos sin salida. La poesa, en fin, esa energa secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imgenes en los espejos.

En cada lnea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espritus esquivos de la poesa, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devocin por sus virtudes de adivinacin, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelacin de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Amricas, Luis Cardoza y Aragn, ha definido como la nica prueba concreta de la existencia del hombre: la poesa.



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