Portada :: Cultura :: En la muerte de Garca Mrquez
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 23-04-2014

Homenaje a Garca Mrquez en el D.F. (y el pueblo dnde est?)

Daniel Noemi
Rebelin


El gobierno de Mxico organiz un homenaje a uno de sus residentes ms ilustres. Por dcadas, Ciudad de Mxico fue el hogar de Garca Mrqueztanto as, que la polica secreta se preocup en los aos setenta y ochenta de tenerlo bien vigilado. Pero ahora las circunstancias son otras y al recuerdo se suma la celebracin y el reconocimiento de un legado potico y vital difcil de igualar. El Palacio de Bellas Artes fue el lugar escogido. Por el Eje Central Lzaro Crdenas donde se puede comprar cualquier software, cualquier zapato, cualquier juego y donde te arreglan todos los I pods, pads, phones rotos, como por arte de realismo mgico; justo al lado de la Torre Latinoamericanaaquella que fuera en 1950 el edificio ms alto de la tierra que su nombre indicael Palacio de Bellas Artes tiene unos murales fantsticos y es lugar de conciertos y exposiciones constantes (estos das una de Robert Doisneau que se anuncia como la maravilla de lo cotidiano). Y es lugar de conmemoracin. Tiempo y espacio de memoria.

Como a estas alturas es bien sabido, las cenizas de Garca Mrquez sern repartidas entre Colombia y Mxico (entre el vallenato y la ranchera, me dijo una amiga; entre el aguardentico y el tequila, terci otro). Y esas cenizas o ms bien el nfora que las contena eran las que la gente poda ver desfilando al interior del palacio. Esas cenizas que nos recuerdan la marca en la frente de cada uno de los hijos del Coronel Aureliano Buenda y que ahora devienen otras y las mismas. Pero esa gente solo poda pasar volando, mientras los invitados entraban y permanecan y se quedaban a la espera de los discursos de los presidentes de Mxico y de Colombia. Dicho sea de paso (o mejor quedndose un poco), no deja de ser curioso, una irona del destino, quiz un gesto de verdadero realismo mgico que quien organice el homenaje sea un tipo que no es capaz de mencionar tres libros que ha ledo (ante la pregunta en una Feria del Libro mientras era candidato respondi: uno, la Biblia y el segundo err el autor, para el tercero la mente ya se haba quedado en blanco). Pero qu ms da. Siempre se puede comenzar y no hay mal que por bien no venga. As, junto a ellos, llegaban otros invitados: familiares, amigosvi pasar la cabellera roja de la esposa de Gelman, conocidos y, supongo, uno que otro apitutado. Mientras tanto en el frontispicio del Palacio se levant un escenario y se colocaron barreras; la primera seccin para la prensa, ms atrs la gente que se debata entre los gritos de vendedores y adivinar qu suceda en este lugar.

Curiosa cosa es la literatura; curiosos son los homenajes. Al comienzo haba gente de toda laya frente al escenario y periodistas con sus cmaras. Luego lleg la polica (sin carros ni tranvas, digamos las cosas como son) para decir que todos, excepto los periodistas deban retirarse hacia atrs. Zona de seguridad. Dije que reporteaba para Chile, para El Desconcierto. Me pidieron una credencial. Mostr la de la Universidad gringa para la cual trabajo y me dejaron quedarme. As poda ver a los famosos pasar (los semifamosos, pues los verdaderamente famosos e importantes ingresaban por pasadillos secretos al palacio.

Antes que la polica esparciera su poder, me toc estar junto a don Jos Asuncin. Un maestro de escuela, de lengua y literatura espaola, que haba venido de Guerrero para el homenaje. El viejo hermoso contaba a quien quisiera orlo que el maestro Gabo le llevaba diez aoshaba venido con su esposa y portaba una biografa de Garca Mrquez y unas rosas amarillas. Muchos de los periodistas comenzaron a sacarle fotos mientras esperaban la llegada de las estrellas. Algunos, especialmente los colombianos, lo entrevistaban. As supe que tena dos hijos, uno de ellos licenciado en leyes, que haba ledo casi todo Garca Mrquez y que siempre lo dio en clases porque era una excelente entrada a la literatura. Al lado de l un turista de Medelln le gritaba al periodista de Caracol y una azafatas de Iberia aprovechaban su minuto de fama colateral.

Mientras don Jos Asuncin daba su ensima entrevista se comenzaron a escuchar vtores y una trompeta entonar el himno de Colombia y luego El Rey. Las cenizas se acercaban. Luego la accin principal se traslad al centro. El escenario segua armndose. El periodista de CNN revisaba sus notas; el de Televisa prenda un pucho, otros sacaban unas tortas exquisitas. Hasta que por fin comenz el homenaje en el exterior, en la explanada del Palacio.

Digamos que a estas alturas a m me daba la sensacin que haba ms periodistas que otra gente (o al flaco de la BBC comenzar su reporte tres veces). No est mal pens: un homenaje a uno de sus colegas, vale la pena.

Comenz a tocar el grupo guajiro Guatapur. Entre sus vallenatos uno compiuesto para la ocasin, El Gran Gabo, y los ubrrimos La casa en el aire y La gota frase leyeron las primeras pginas de Cien aos de soledad . Cualquiera que quisiera poda ponerse en fila y leer un prrafo o dos. Muchos aos despus. Fue un gesto hermoso, es cierto, pero que se vaciaba ante el hecho que los nicos que (no) escuchaban en primera fila eran reporteros empecinados, con razn, a reportar lo reportable; la gente ms atrs (que inclua un turibs cada diez minutos) difcilmente poda or las peripecias de Jos Arcadio Buenda y la llegada de los gitanos. En todo caso, leerlo es el mejor modo homenaje: Cuando un tipo de andrajosos pantalones y polera de solidaridad Palestina-Mxico ley que cuando Jos Arcadio se quera ir de su pueblo recin fundado, y dio como justificacin que en Macondo an no haba muerto nadie, rsula le responde: Si es necesario que muera para que se queden aqu, me muero, entend que algo (que se parece al amor) me haba tocado en suerte al leer la novela y al volverla a escuchar.

Esper en ese lugar, entre vallenatos y versos de Cien aos , a que lanzaran los confetis amarillos que las mquinas prometan vi cmo introducan los papelitos en las caoneras--, pero de pronto el cielo se torn de un gris inmenso. Caray, me dije, esto tiene que ser asunto de los gringos, ahora nos va a llover cinco aos sin parar. Y part corriendo a la estacin del metro, soando que encontrara a Melquades resurrecto de su muerte en Singapur.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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