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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 30-04-2014

Despus del 22-M: lo que (no) ha cambiado

Arturo Borra
Rebelin


Tras las marchas de la dignidad que recorrieron las calles de Madrid, algo ha cambiado en la anatoma de la protesta social en Espaa: el 22 de marzo constituye uno de los hitos ms significativos en las luchas populares recientes a nivel nacional. Cientos de miles de personas han tomado la calle, confluyendo desde distintas regiones del pas para manifestar su insatisfaccin radical ante las polticas del ajuste. Aunque la interpretacin oficial ni siquiera tome note, la presencia simultnea de diversas mareas ciudadanas y movimientos sociales hace posible el reconocimiento de los participantes como partes implicadas en una misma comunidad de lucha, unidos bajo la defensa de la dignidad colectiva.

Algo ha cambiado, aunque se empecinen, por otra parte, en estigmatizar las marchas como una manifestacin de violencia. Y, en efecto, la violencia est ah: en el ocultamiento abrumador, por parte de los grandes medios de comunicacin, de la magnitud multitudinaria de la protesta pblica en Espaa y el alcance poltico de sus reivindicaciones; en la falta de voluntad de dilogo por parte de un gobierno autista, sumido en la corrupcin y embarcado en la peor deriva neoconservadora de toda la historia de Espaa; en la transferencia millonaria de fondos pblicos a la banca privada y en el salvataje a los poderes econmicos ms concentrados; en los miles de desahucios que se producen cada mes, arrastrando al abismo a familias enteras; en la restriccin de los servicios pblicos bsicos, ligados al sistema educativo y sanitario, as como a prestaciones por desempleo, pensiones o servicios sociales; en la arremetida contra los derechos laborales por parte de las patronales y la explotacin escandalosa que prescriben como receta; en la pobreza, la precarizacin laboral y el paro extendidos como consecuencias de una reestructuracin sin precedentes del capitalismo financiero; en la criminalizacin de la disidencia, la arremetida contra diversos derechos ciudadanos y la imposicin autoritaria de una poltica de desregulacin de mercado y privatizacin estatal.

Violencia es la estafa de la que somos objeto la mayora absoluta de la ciudadana, aunque la ley electoral se empecine en tratar as a una primera minora parlamentaria. Partimos entonces de la constatacin de esa violencia omnipresente: tambin en las marchas, comenzando por una polica tardofranquista que ha convertido la represin social en el mtodo de disuasin por excelencia, mostrando su desprecio hacia los cientos de miles de manifestantes que se movilizan de forma pacfica, acorde al derecho. Qu cabe decir de las autoridades gubernamentales, obstinadas en criminalizar el activismo disidente? Su violencia institucional es inocultable, incluyendo las medidas jurdicas en curso que pretenden sancionar a nivel legislativo para amordazar la protesta social.

Aunque los portavoces mediticos de la derecha insistan en que los nicos violentos son los grupos minoritarios que han agredido a la polica, desconocer la responsabilidad de las autoridades pblicas y de las fuerzas policiales en los incidentes del 22-M es una omisin que invalida su anlisis. Lo que ha cambiado ahora, en esa dimensin del anlisis social, es que ante las violencias sistmicas algunos grupos han dado un giro, enfrentndose directamente con los antidisturbios.

Pero digmoslo pronto: si bien no se trata de justificar ticamente esos actos o de fomentarlos como tctica poltica (al fin de cuentas, han sido funcionales al desconocimiento oficial de las reivindicaciones fundamentales del 22-M), s hay que insistir en que no es ms grave que un manifestante haya agredido a un polica que a la inversa, tratndose de un acto legtimo de protesta. Lo que ocurre es que la moneda corriente no era ese sino el de la polica golpeando con impunidad a diestra y siniestra, incluyendo mayores y mujeres, de manera desproporcionada con respecto a las presuntas causas que motivaran su intervencin. Dicho de otro modo: lo corriente hasta ahora era que la poli pegaba y los manifestantes corran, que los antidisturbios creaban disturbios mientras la abrumadora mayora de ciudadanos movilizados intentaban resguardarse de las agresiones policiales. Ahora eso ha cambiado y por primera vez la impunidad policial se topa con la respuesta violenta de una parte de los manifestantes (sin duda minoritaria, aunque magnificada por la repeticin audiovisual ad nauseam de sus acciones). Lo que ha cambiado es que ahora el miedo, a pie de calle, est ms repartido. Como el reparto de heridos.

Se dir que, con todo, ese cambio minoritario no cambia, estructuralmente, nada. Al fin de cuentas la polica no es sino un agente subordinado la cara visible- de poderes fcticos que prosiguen de manera implacable con sus planes retrgrados. Y puede que hasta pretendan poner varios muertos sobre la mesa para justificar el estado de excepcin que padecemos de forma creciente y enquistarlo ms en las estructuras institucionales actuales, comenzando por el sistema judicial o por el aparato represivo del estado.

Sin embargo, no necesitamos repetir el mismo esquema binario. Por una parte, es claro que algo cambia cuando confluyen diversos sectores y agentes sociales en una misma unidad simblica, convirtiendo la dignidad en bandera comn. Decir que algo cambia, pues, es sealar un principio; como tal, permanece en su indeterminacin y apertura. Rompe la mera dicotoma entre cambio y permanencia, introduciendo una discontinuidad que no da nada por seguro. Por otra parte, no bien afirmamos eso, decimos tambin que, en diversas dimensiones, algo no ha cambiado. Y entonces debemos apuntar las grandes continuidades de una poltica de estado subordinada a la troika europea y, por su intermedio, a los intereses estratgicos de los poderes econmico-financieros globales.

Ante esas continuidades, parece evidente que las marchas de la dignidad de por s son un medio de lucha insuficiente y tanto ms en cuanto su continuidad no est asegurada en lo ms mnimo. Es claro que esas marchas necesitan ser articuladas a otras tcticas, incluyendo la huelga general, las huelgas de consumo, la anteposicin de recursos judiciales tanto para la defensa de manifestantes imputados como para la obstruccin de proyectos regresivos de ley o polticas antipopulares, la creacin de plataformas contra los desahucios y contra la pobreza, la organizacin de asambleas barriales, el fomento del consumo responsable o el desarrollo de proyectos autogestionados, entre otros. Los propios grupos y movimientos que participan en esas marchas son conscientes de esa necesidad y, aunque esas tcticas estn en buena medida pendientes o por desarrollar, forman parte de la propia agenda de lucha.

Los desafos de esa lucha popular, sin embargo, no hacen ms que multiplicarse. Porque si algo sabemos al respecto es que una cultura de la resistencia que transforme globalmente nuestras formas de vida colectiva no slo no es una tarea inmediata, sino una prctica permanente que compromete tanto nuestras intervenciones pblicas como nuestros actos privados e ntimos. No hay cambio histrico-social posible incluyendo las estructuras econmicas, polticas e institucionales- sin esa transformacin profunda en el plano de los valores, significaciones y prcticas que constituyen nuestras subjetividades. De ah la centralidad de implicar en esas luchas la dimensin simblica e imaginaria que estructura nuestra existencia cotidiana.

Dentro de esa dimensin, la exclusin tendencial tanto de los medios de comunicacin como del propio sistema poltico constituye, a mi entender, un punto ciego de las luchas actuales. No cabe descartar que una concepcin determinista de estas instituciones est dificultando una intervencin ms lcida y polticamente ms efectiva en estos terrenos. Aunque no cabe desconocer la estructura oligoplica de propiedad de los medios y la estructura oligrquica de intereses de los partidos polticos -que restringen claramente los mrgenes de participacin crtica-, la renuncia a esos espacios estratgicos no hace sino consolidar una cultura hegemnica que oblitera la posibilidad de un cambio radical y la construccin de proyectos colectivos alternativos.

En efecto, la primaca de la derecha meditica y partidaria parece indiscutible y seguir sindolo mientras estos espacios no sean disputados por parte de quienes luchan por otra sociedad. Demasiado a menudo se pasa por alto la centralidad de los mass media o del sistema poltico-partidario como campos de batallas irrenunciables. Aunque las variantes argumentales de semejante autoexclusin tendencial son numerosas, todas parecen partir del presupuesto de que es imposible hacer nada en esos terrenos que no sea ya una concesin al mismo sistema. Puesto que en esos campos quienes dictan las reglas de juego son, precisamente, los portavoces de la burguesa econmico-financiera, participar en esos terrenos sera convalidar el sistema que ellos fijan. El argumento, sin embargo, puede invertirse: no es precisamente esta exclusin lo que permite que todo siga igual?

Aunque sera un error negar las asimetras de poder que condicionan cualquier intervencin en esos campos, es la abstencin el nico camino? No es una forma de dar va libre a estas elites gubernamentales y mediticas indiferentes a las mayoras sociales sin siquiera oponer resistencia? Y, a la inversa, cules son los riesgos de una participacin crtica en esas condiciones de desigualdad? No cabe descartar que lo que hoy se est ganando en la calle se est perdiendo en estos otros espacios. Desde luego, habr que volver sobre estas dimensiones escasamente atendidas. Sin una problematizacin al respecto, nuestro anlisis seguir sin poder explicar por qu una de las marchas ms importantes de toda la historia democrtica de Espaa apenas ha logrado romper la jaula de la violencia en la que los discursos oficiales se han obstinado en encerrarla. Y, lo que quizs no deje ser peor: en tanto no hagamos algo para cambiarlo, puede que nuestras luchas sigan siendo estigmatizadas, condenadas a estar fuera de campo, sin legitimacin suficiente para producir un cambio social impostergable.

Blog del autor: http://arturoborra.blogspot.com

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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