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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 02-08-2005

Dios como problema

Jos Saramago
El Pas


No tengo ninguna duda de que este artculo, empezando por el ttulo, obrar el prodigio de poner de acuerdo, al menos por una vez, a los dos irreductibles hermanos enemigos que se llaman Islamismo y Cristianismo, sobre todo en la vertiente universal (es decir, catlica) a la que el primero aspira y en la que el segundo, ilusoriamente, todava sigue imaginndose. En la ms benvola de las reacciones posibles, clamarn los biempensantes que se trata de una provocacin inadmisible, de una indisculpable ofensa al sentimiento religioso de los creyentes de ambos partidos, y, en la reaccin peor (suponiendo que no haya peor), me acusarn de impiedad, de sacrilegio, de blasfemia, de profanacin, de desacato, de tantos cuantos delitos ms, de calibre idntico, sean capaces de descubrir, y, por tanto, quin sabe, merecedor de una punicin que me sirviera de escarmiento para el resto de mi vida. Si yo mismo perteneciera al gremio cristiano, el catolicismo vaticano tendra que interrumpir durante un momento los espectculos estilo Cecil B. de Mille en que ahora se complace, para darse el enojoso trabajo de excomulgarme, aunque, cumplida esa obligacin burocrtica, se quedara de brazos cados. Ya le escasean las fuerzas para proezas ms atrevidas, puesto que los ros de lgrimas llorados por sus vctimas empaparon, esperemos que para siempre, la lea de los arsenales tecnolgicos de la primera inquisicin. En cuanto al islamismo, en su moderna versin fundamentalista y violenta (tan violenta y fundamentalista como fue el cristianismo en los tiempos de su apogeo imperial), la consigna por excelencia, todos los das insanamente proclamada, es "muerte a los infieles", o en traduccin libre, si no crees en Al no eres ms que una inmunda cucaracha que, pese a ser tambin una criatura nacida del Fiat divino, cualquier musulmn cultivador de los mtodos expeditivos tendr el sagrado derecho y el sacrosanto deber de aplastarla bajo la babucha con la que entrar en el paraso de Mahoma para ser recibido en el voluptuoso seno de las hures. Permtaseme, por tanto, que vuelva a decir que Dios, habiendo sido siempre un problema, es ahora el problema.

Como cualquier otra persona para quien la situacin del mundo en que vive no le es del todo indiferente, vengo leyendo algo de lo que por ah se escribe sobre los motivos de naturaleza poltica, econmica, social, psicolgica, estratgica, y hasta moral, en que se presume que han echado races los movimientos islamistas agresivos que estn lanzando sobre el denominado mundo occidental (aunque no slo en se) la desorientacin, el miedo, el ms extremo terror. Fueron suficientes, aqu y all, unas cuantas bombas de relativa baja potencia (recordemos que casi siempre fueron transportadas en mochilas hasta el lugar de los atentados) para que los cimientos de nuestra tan luminosa civilizacin se estremecieran y se abrieran brechas, a la vez que se tambaleaban aparatosamente las precarias estructuras de seguridad colectiva con tanto trabajo y gasto levantadas y mantenidas. Nuestros pies, que cremos fundidos en el ms resistente de los aceros, eran, a la postre, de barro.

Es el choque de civilizaciones, se dice. Ser, pero a m no me lo parece. Los ms de siete mil millones de habitantes de este planeta, todos ellos, viven en lo que sera ms exacto llamar civilizacin del petrleo, y hasta tal punto, que ni siquiera estn fuera de ella (viviendo, claro est, su falta) quienes se encuentran privados del precioso oro negro. Esta civilizacin del petrleo crea y satisface (de manera desigual, ya lo sabemos) mltiples necesidades que no slo renen alrededor del mismo pozo a los griegos y troyanos de la cita clsica, sino tambin a los rabes y no rabes, a los cristianos y a los musulmanes, sin hablar de los que, no siendo ni una cosa ni otra, tienen, donde quiera que se encuentren, un automvil que conducir, una excavadora que poner en marcha, un mechero que encender. Evidentemente, esto no significa que bajo esta civilizacin del petrleo que es comn a todos no sean discernibles los rasgos (ms que simples rasgos en ciertos casos) de civilizaciones y culturas antiguas que ahora se encuentran inmersas en un proceso tecnolgico de occidentalizacin a marchas forzadas, y que, slo con mucha dificultad, ha logrado penetrar en el meollo sustancial de las mentalidades personales y colectivas correspondientes. Por alguna razn se dice que el hbito no hace al monje...

Una alianza de las civilizaciones, en feliz hora propuesta por el presidente del Gobierno espaol y cuya idea ha sido recientemente retomada por el secretario general de la Organizacin de Naciones Unidas, podr representar, en el caso de que llegue a concretarse, un paso importante en el camino de una disminucin de las tensiones mundiales de que cada vez parece que estamos ms lejos, aunque sera insuficiente desde todos los puntos de vista si no incluyera, como tem fundamental, un dilogo de religiones, ya que en este caso queda excluida cualquier remota posibilidad de una alianza... Como no hay motivos para temer que chinos, japoneses e indios, por ejemplo, estn preparando planes de conquista del mundo, difundiendo sus diversas creencias (confucionismo, budismo, taosmo, sintosmo, hinduismo) por va pacfica o violenta, es ms que obvio que cuando se habla de alianza de las civilizaciones se est pensando, especialmente, en cristianos y musulmanes, esos hermanos enemigos que vienen alternando, a lo largo de la historia, ora uno, ora otro, sus trgicos y por lo visto interminables papeles de verdugo y de vctima.

Por tanto, se quiera o no se quiera, Dios como problema, Dios como piedra en medio del camino, Dios como pretexto para el odio, Dios como agente de desunin. Pero de esta evidencia palmaria no se osa hablar en ninguno de los mltiples anlisis de la cuestin, tanto si son de tipo poltico, econmico, sociolgico, psicolgico o utilitariamente estratgico. Es como si una especie de temor reverencial o de resignacin a lo "polticamente correcto y establecido" le impidiera al analista entender algo que est presente en las mallas de la red y las convierte en un entramado laberntico del que no hemos tenido manera de salir, es decir, Dios. Si le dijera a un cristiano o a un musulmn que en el universo hay ms de 400.000 millones de galaxias y que cada una de ellas contiene ms de 400.000 millones de estrellas, y que Dios, sea Al u otro, no podra haber hecho esto, mejor an, no tendra ningn motivo para hacerlo, me responderan indignados que para Dios, sea Al, sea otro, nada es imposible. Excepto, por lo visto, aadira yo, establecer la paz entre el islam y el cristianismo, y de camino, conciliar a la ms desgraciada de las especies animales que se dice que ha nacido de su voluntad (y a su semejanza), la especie humana, precisamente.

No hay amor ni justicia en el universo fsico. Tampoco hay crueldad. Ningn poder preside los 400.000 millones de galaxias y los 400.000 millones de estrellas que existen en cada una. Nadie hace nacer el Sol cada da y la Luna cada noche, incluso cuando no es visible en el cielo. Puestos aqu sin saber por qu ni para qu, hemos tenido que inventarlo todo. Tambin inventamos a Dios, pero Dios no sali de nuestras cabezas, permaneci dentro, como factor de vida algunas veces, como instrumento de muerte casi siempre. Podemos decir "aqu est el arado que inventamos", no podemos decir "aqu est el Dios que invent el hombre que invent el arado". A ese Dios no podemos arrancarlo de dentro de nuestras cabezas, ni siquiera los ateos pueden hacerlo. Pero por lo menos, discutmoslo. No adelanta nada decir que matar en nombre de Dios es hacer de Dios un asesino. Para los que matan en nombre de Dios, Dios no es slo el juez que los absuelve, es el Padre poderoso que dentro de sus cabezas antes junt la lea para el auto de fe y ahora prepara y coloca la bomba. Discutamos esa invencin, resolvamos ese problema, reconozcamos al menos que existe. Antes de que nos volvamos todos locos. Aunque quin sabe? Tal vez sa sea la manera de que no sigamos matndonos los unos a los otros.

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Jos Saramago es escritor portugus, premio Nobel de Literatura. Traduccin de Pilar del Ro.



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