Portada :: Opinin
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 10-06-2014

Monarqua no

Javier Sdaba
Rebelin


Todo un coro se ha alzado para resaltar el valor de mantener la institucin monrquica. El coro no hace ms que repetir que cambiar o poner en cuestin la jefatura del estado es sinnimo de disputas que no llevan a ninguna parte, perder energas que son bien necesarias en otros campos o volver a ideologas que hace tiempo certificaron su defuncin. Llama la atencin la insistencia en lo prctico o supuestamente til de dejar en paz lo monrquico. Y es que la atencin desmedida e interesada a las consecuencias de las acciones pasa por alto y se traga dos aspectos esenciales de una vida humana digna y de una sociedad que no se rige solo por lo que come, sino por lo que cree que debe hacer. El primer aspecto est en relacin con la moral. El segundo con la lgica. Desde un punto de vista moral, la monarqua, al margen que sea un residuo medieval, choca contra un principio bsico como es el de la igualdad. Ser superior, estar por encima del resto de la comunidad por herencia, nacimiento o gentica es un ataque a la lnea de flotacin de la moral. Y es algo, obvio es recordarlo, que no casa en absoluto con el ms elemental sentido democrtico. Dar la espalda a los principios, despacharlos como si de prejuicios se tratara, o sacrificarlos en bien de una, siempre supuesta, utilidad no solo es una simpleza, sino que se lleva por delante unos derechos que, en otras ocasiones, se reclaman a voz en grito. Una retrica interesada se convierte en un manto protector. Y desde un punto de vista lgico, es un error creer en la democracia y afirmar que esta no se sostiene sin un bastn de mando regio. Como es ilgico reducir todo a contraposicin entre democracia, sea esta como sea, y no democracia. Porque una democracia que falle por su base no es democrtica. O como es ilgico quedarse en estereotipos como modernidad y falsa modernidad. Porque el asunto no va de contraposiciones baratas sino de razones, de argumentos que vayan al ncleo del asunto a discutir.

Un extrao uso de las palabras suele acompaar a la carencia de lgica y de moral. Tales palabras se ponen en circulacin machaconamente y se intenta que funcionen como moneda corriente. Solo un par de ejemplos. Se ha convertido en una moda hablar de "nacionalismos identitarios" y de "deriva soberanista". No s bien si saben los que as se expresan lo que realmente quieren decir. Lo identitario, salvo que se refieran a un movimiento de culturalismo extremo que naci y muri en Francia, es un autntico boomerang porque lo que con ello, y a lo que parece, desean expresar va directamente contra el Estado que intentan defender. Todos los supuestamente defectos del nacionalismo son, si les seguimos al pie de la letra, las propiedades del Estado-Nacin. Y en cuanto a la deriva, o se trata de un concepto biolgico que nada tiene de malo o se refiere a otro movimiento tambin francs ya desaparecido o, esto sera una maravilla, tendra que ver con un naufragio. Y no se ve por qu todos los Estados independientes son, sin ms, pobres nufragos. Pero las palabras hacen milagros. En Espaa ha aumentado, por gracia de las palabras, una especie que habra que aadir a las millones que componen la biodiversidad. Son los republicanos de corazn pero monrquicos de hecho, los juancarlistas republicanos y otras posibles, realmente imposibles, combinaciones. Por no hablar de los que dicen que no son ni pro monrquicos ni antimonrquicos. O son de Marte o se escapan por una tangente que les conduce a no tener que comprometer ni su opinin ni su accin. Y una pregunta ingenua, si tan anclado est el republicanismo en las entraas de algunos, quin les impide que lo practiquen? La transgresin de la lgica y la arbitrariedad con el lenguaje se dan aqu la mano.

Lo que vengo diciendo en contra de lo monrquico es una actitud guiada por la moral pero de la que no se infiere esta o aquella Repblica. Se trata, habra que repetirlo hasta la saciedad, de negar lo que se cree que hay que negar sin afirmar, porque no es necesario hacerlo, por qu tipo de Repblica se opta. Por mucho respeto que uno tenga a la Repblica que fue destruida por las armas dando lugar a una dictadura que dur decenios, existen otras formas republicanas y sera cuestin de discutirlas y votarlas. En este punto suele saltar alguna voz biempensante y recordarnos que existen monarquas bien democrticas, pinsese en Gran Bretaa, y repblicas poco o nada democrticas. No me confundo si afirmo que en este saco meteran a Venezuela. Una vez ms se confunde todo y se da otra patada a una elemental lgica. La cuestin no es comparar la eficacia de un rgimen, sea este el que sea, sino, repitmoslo hasta el cansancio, de ser fieles a unos principios, morales y polticos, o ponerlos en cuarentena en funcin de un hiperutilitariismo que, qu casualidad, acaba beneficiando siempre a los mismos.

Algunos continan contrargumentando que buena parte de la izquierda que luch contra la dictadura, acept la Constitucin Monrquica. En este caso, que se les pregunte a ellos. Otros pensamos entonces que la cesin inicial traera aquello contra lo cual se movilizan ahora. El pragmatismo a tope acaba siendo autodestructivo. Y si en un paso ms se nos pregunta si el ideal, en la negacin de lo monrquico, es un Referndum o una Asamblea Constituyente en la que el pueblo establece las normas que han de regir las relaciones entre gobernantes y gobernados, la cuestin queda abierta a la discusin, al dilogo, al intercambio respetuoso de argumentos y a la necesaria capacidad que todo el mundo debera tener para escuchar antes de minimizar al contrario con un manotazo. O con propaganda continua. No se trata, digmoslo para acabar, de personas. De si estas son buenas o simpticas. Como personas, el citado respeto. El mismo que pedimos para los que decimos: no.

 

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter