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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 20-06-2014

La cuestin estatal y el realismo poltico

Ral Prada Alcoreza
Rebelin


 

 

Como nunca, ahora, la cuestin estatal est ntimamente vinculada al realismo poltico. Ocurre, en los supuestos del realismo poltico, como si el Estado fuese el ncleo de la realidad. La hiptesis es la misma: Hay que usar el Estado para transformar. No podemos hacer nada sin el Estado. Los pases del Sur requieren del Estado para defenderse del imperio. El imperio, mas bien, quiere que no tengan Estado los pases dominados, para que no puedan defenderse de sus avasallamientos. Es as? Vamos a tratar de responder a esta pregunta, que parece simple; pero, no lo es. No vamos a repetir lo que dijimos en Genealoga del Estado ni en Acontecimiento poltico [1] , vamos a intentar otros recorridos. De dnde viene ese apego al Estado, eso de tomarlo como ncleo de la realidad, incluso como la realidad misma?

El Estado, en toda su variedad, dada en las historias sociales y polticas, dada en los distintos contextos histrico-sociales-territoriales, no deja de ser una criatura de las sociedades humanas. Por qu tomarlo como el ncleo de la realidad? Cmo algo natural, por as decirlo, forzando un poco las cosas, como algo que se da y se tiene que dar en la historia? De dnde viene esta inversin, desde cuando se toma como origen del desenlace de las fuerzas sociales concurrentes? Hiptesis: Desde que la criatura humana, esta institucin, llamada Estado, captura fuerzas, cuerpos, mentes, desde que las convierte en su propia expresin centralizada. A esto hemos llamado el fetichismo institucional.

Pensar de esta manera es pensar fetichistamente, es decir; pensar ideolgicamente. Tener el Estado inscrito en el cuerpo, cristalizado en los huesos, incorporado en la mente. Por ms que se pretenda una posicin revolucionaria o descolonizadora, respecto a un conjunto de tpicos, de temas, de problemticas, cuando se parte de esta premisa, se comienza con la colonizacin interna [2] , la inoculacin primordial del poder, el fetichismo institucional. En vano recurrir a la historia de las sociedades antiguas, que desde esta perspectiva institucional, habran inventado el Estado, antes que la modernidad lo haya retomado, convirtindolo en un instrumento fundamental del capitalismo [3] . Pues esto no habla bien de esas sociedades antiguas, que supuestamente habran conformado el Estado antiguo. Qu la modernidad haya retomado esta maquinaria para lograr la centralidad, la sntesis de la sociedad, la homogeneizacin, la colonizacin generalizada y el sistema-mundo capitalista, muestra que esta maquinaria antigua es no solamente efectiva para consolidar las dominaciones contemporneas, sino que muy probablemente tambin lo fue para consolidar las dominaciones antiguas. El problema, tanto para las sociedades antiguas como para las sociedades modernas, no deja de ser el Estado, con todas las diferencias histricas que podamos encontrarle.

El tema es: Cmo salir de la genealoga de las dominaciones? A estas alturas, de las luchas sociales contra el imperio, contra la hegemona del capitalismo financiero, articulador especulativo de las distintas formas y estratos del capitalismo; a estas alturas de las luchas polticas contra el capitalismo, en su etapa tarda, donde acude desmesuradamente a la acumulacin especulativa, apoyada por el descomunal desbocamiento de formas extractivistas, altamente destructivas, logrando la acumulacin real por despojamiento y desposesin, no se puede retomar la tesis del realismo poltico de que el Estado es el instrumento que tenemos a mano para transformar. Pues ya sabemos que ha sido al revs, que el Estado ha transformado a los revolucionarios, convirtindoles en sus engranajes de poder.

No se discute que tengan que haber transiciones. Es posible, dependiendo de las correlaciones de fuerzas, de los distintos campos de fuerzas; sin embargo, hay que distinguir lo que se nombra como transiciones transformadoras de lo que son las transiciones restauradoras. Si no se tiene claro que hay que desmantelar, desmontar, des-construir y destruir el Estado, en transiciones cortas, medianas o largas, entonces el Estado se convierte en el fin de la historia, en la finalidad de la revolucin, convirtindose esta actitud conservadora, en el termidor.

Si este fuese el caso, las ineludibles transiciones, lo que hay que discutir es esto, cmo asumir, intervenir, incidir, empujar, transiciones transformadoras? Empero, es esta discusin la que se elude. Se prefiere optar por la apologa de la revolucin estatal, la revolucin institucional, lo que, por s mismo, es un contrasentido. Se lo haga de una manera torpe o de un modo ms sutil no importa, pues el resultado es el mismo, la legitimacin del poder, en su forma concentrada, centralizada, y separada de la sociedad. Es esta una posicin reaccionaria, no solo conservadora, pues re-acciona contra la potencia social, contra las fuerzas creativas de la sociedad, que seran emancipadas si fuesen autnomas.

A la pregunta de si las sociedades pueden funcionar sin instituciones?, respondemos, que esta pregunta no es adecuada, pues, volviendo al principio, de lo que se trata es de que las criaturas humanas, las instituciones, no se conviertan en los amos de sus creadores, sino que sean tan solo instrumentos dctiles y cambiables al servicio de sus creadores. Esto es salir del fetichismo institucional.

Considerar como fatalidad, inscrita en la realidad, que tengamos obligatoriamente que recurrir a las instituciones, es entregarse de lleno al fetichismo del poder. De lo que se trata es de evitar que los humanos sean seducidos por su propio imaginario, que no pierdan la perspectiva vital de su capacidad creadora. El debate entonces se encuentra en torno a esta fenomenologa del fetichismo del poder. Ciertamente, podemos coincidir, que esta es una crtica a la ideologa, como lo hicieron Marx y Engels, en su tiempo; empero, se trata de una crtica integral a la ideologa generalizada. No solo se trata del fetichismo de la mercanca, sino del fetichismo institucional, del fetichismo del poder, del fetichismo de los signos, del fetichismo colonial, en el sentido de su economa poltica racial. Al respecto, hay que dejar en claro que esta crtica ideolgica, esta lucha ideolgica, no es solamente ideolgica, sino tambin poltica, cultural y epistemolgica. Destruir el fetichismo implica tambin destruir las instituciones que lo sustentan. Colocar en su sitio lo que debera ser la plasticidad de las instituciones como instrumentos, al servicio de la vida; no someter la vida al servicio de estos fantasmas aunque sustentados por materialidades espectrales -, las instituciones.

Se habla del Estado como si fuera un sujeto; nunca lo fue, ni siquiera cuando el cuerpo del rey simbolizaba al Estado. El cuerpo del rey como smbolo no era ms que eso, la materialidad fsica que haca de sostn del smbolo; el cuerpo, por as decirlo, del Estado no se encuentra en el cuerpo del rey, sino en el campo burocrtico, en el campo institucional. Sin embargo, como hemos dicho, esta maquinaria no es sujeto. No tiene vida propia. Son mltiples de vidas, de vidas humanas, que hacen funcionar esta maquinaria. Son sus relaciones, sus prcticas, sus formas de organizacin, sus tcnicas, en tanto saberes, habilidades, destrezas, composiciones, las que mueven este aparato. No es pues el Estado el que acta como sujeto, el que pondera, evala y decide, son estos conjuntos humanos, organizados de determinadas maneras, los que ponderan, evalan y deciden, los que actan. La realizacin, la efectividad, se encuentra en los movimientos, desplazamientos y composiciones singulares, de los humanos involucrados. Que los humanos interpreten estos movimientos, estos desplazamientos, estas acciones y estas prcticas, como si fuesen actuaciones y decisiones del Estado, es parte de las narrativas que construyen, dando lugar a la representacin; es decir, a la significacin trgica, en un caso; dramtica, en otro, mtica, en otra versin; cientfica o descriptiva, en las versiones modernas, aunque tambin pueden ser noveladas. Por cierto, tambin puede asumir formas discursivas, mas bien, dispersas, fragmentarias, sin lograr una composicin ni una trama, como es el caso de lo que se llama ideologa; empero ideologa difusa, usada por partes, por los usuarios del sentido comn.

El Estado es una idea, es imaginario, es la interpretacin dada, sobre todo en la modernidad, al efecto masivo que producen las acciones, movimientos, desplazamientos y prcticas sociales, en lo que respecta a las composiciones polticas. Lo que existe es la malla institucional, como materialidad social, es decir, como dinmica de relaciones y composiciones sociales. Por lo tanto, lo que importa es comprender las formas de organizacin, de relacin, de variacin organizativa y de variacin en los flujos y ritmos de las prcticas y relaciones. No se trata de conocer el Estado; esto equivale a decir que de lo que se trata es de conocer un concepto. No se puede conocer un concepto, se lo puede construir, aprender, usar; lo que se conoce es el referente o los referentes del concepto, las dinmicas sociales que son sealadas por la estructura conceptual. Por eso mismo, lo que importa es comprender las formas de uso de esta maquinaria, llamada Estado, no conocer el Estado.

Cuando se dice el Estado es la soberana, defiende la soberana, no se hace otra cosa que convertir al Estado en un sujeto y creer que este sujeto es la soberana y defiende la soberana, cuando son los humanos, cumpliendo los papeles que se otorgan, los que ejercen el poder, los que llaman a este ejercicio soberana, los que la defienden con estrategias, tcticas, dispositivos, incluso normas y leyes. No es pues el Estado el que defiende la soberana de los pueblos, que deberamos entenderla como autonoma y autogobierno, sino son los mismos pueblos los que la defienden, organizndose de una determinada manera. Entonces se trata de lograr las mejores formas de organizacin, las ms eficaces y apropiadas; no de estructurar el mejor Estado, el que ms se parezca a su concepto o a su norma. Cuando los pueblos se embarcan en defender al Estado o a un Estado en singular, se embarcan no solamente en defender una idea, sino quizs una forma de organizacin pretrita, inadecuada en el momento, en la actualidad, para responder a los desafos y problemticas del presente. Lo ms dramtico, es que defienden, en ltima instancia, la legitimidad de las dominaciones.

La discusin entre la posicin poltica o filosfica que dice Estado y la posicin que dice no-Estado es abstracta; es como si peleara por un concepto que afirma esta idea, en un caso, en el opuesto, por otro concepto que la niega. No es esta la discusin concreta; la discusin concreta tiene que ver con liberar o no las capacidades creativas de la potencia social, sus facultades de composicin, sus posibilidades, pasando de una forma de organizacin a otra, dependiendo de las circunstancias. Que se le llame o no Estado a estas acciones, organizaciones y composiciones sociales, sera indiferente si es que la idea de Estado, incluso la malla institucional, que es su materialidad poltica, materialidad jurdica, no fuese una idea conservadora y un campo inmovilizador e inhibidor de la potencia social. Sin embargo, este es el caso. La idea de Estado y su campo burocrtico, su campo institucional, su campo poltico, se convierten en obstculos para la el flujo de fuerzas, de potencia y capacidades sociales. Lo que importa no es decir s o no al Estado, sino seleccionar, inventar, construir las formas de organizacin ms adecuadas, dependiendo de las problemticas. Esto equivale a pensar formas institucionales plsticas, flexibles dctiles, cambiables y combinables.

Sorprenden las formas de representacin poltica a las que llegaron las sociedades humanas. No solo que las representaciones se convierten en el lugar privilegiado de la racionalidad instrumental, como si este campo imaginario fuese el lugar substancial de la realidad, sino que los significantes de esta representacin, los cuerpos de la significacin poltica, se convierten no slo en el cuerpo del smbolo del poder, sino que se los presenta y asume como si as lo fueran; es decir, ocurre que se atribuye a estos cuerpos la cualidad y el atributo de contener esa sustancia mgica; seductora, al mismo tiempo, aterradora, del poder. Con esto se habra llegado a una de las desmesuras perversas del fetichismo del poder. Por ejemplo, se cree que los caudillos encarnan a la nacin, al pueblo, a los oprimidos, por lo tanto, contienen, en su cuerpo, como una sustancia histrica, que les hace actuar y hablar de una determinada manera. Podramos llamar a esta interpretacin, tan peculiar de la ciencia, del anlisis, del comentario poltico, as como tambin del sentido comn, metafsica poltica.

Este fenmeno, de la transferencia de atributos sustanciales o esenciales a los cuerpos de la representacin, pasa no slo con los cuerpos de los caudillos, algo parecido a lo que pasaba con el cuerpo del rey, sino con toda arquitectura institucional, en el sentido de su materialidad estructural, propiamente arquitectnica. Se les atribuye tambin poderes mgicos, lo mismo que pasa con los fetiches. Este animismo poltico, por llamarle algo, forma parte de la antropologa poltica moderna. En otras palabras, la poltica moderna, poltica no en el sentido pleno, sino restringido, prejuicio de poder, se constituye e instituye sobre la corporeidad fantasmagrica de los mitos. La poltica, en este sentido, es creencia. Los que se toman en serio el Estado, la mxima expresin de esta metafsica poltica, no hacen otra cosa que manifestar elocuentemente esta antropologa poltica, que tiene como contenido los mitos modernos del poder.

En el fondo, este es el armazn del discurso nacional-popular o de lo que en Bolivia se llam nacionalismo revolucionario. Este armazn, esta estructura dura, reside, como gesto dramtico, en el mito del caudillo. En este mito se manifiesta, como condensacin pattica, el imaginario de la dominacin patriarcal; base ideolgica y cultural del conjunto de dominaciones. Si podemos hablar de colonialismo, llegando hasta la raz, vamos a encontrarnos con las estructuras patriarcales de poder. El cuerpo del caudillo, como smbolo del poder, es el lugar somtico donde reluce plenamente este patriarcalismo heredado, por consiguiente, el colonialismo inscrito en los cuerpos. Llama la atencin, por eso que los nacionalistas, populistas y estatalistas, de toda laa, sean los ms esforzados en encontrar en estas marcas histricas del poder, dibujadas en el caudillo, seales de emancipacin o de liberacin. No hay algo ms grotesco, en el significado del contrasentido?

Las paradojas de la existencia, esta vez las paradojas de las sociedades humanas, manifiestas en las paradojas polticas, aparecen evidenciadas en las contradicciones inherentes a las revoluciones, a los proyectos socialistas, que efectivamente se dieron, cuando estas revoluciones y estos socialismos reales recurren al mito, al cuerpo del rey, al cuerpo del caudillo, como ncleo esencial del Estado policial, para, sorprendentemente emancipar y liberar. Hay que tomar atencin en estas paradojas polticas, las mismas que nos muestran los nudos mismos problemticos del poder y la poltica efectiva.

Utilizando una palabra comprometedora, empero, por su uso comn, puede ayudarnos a ilustrar, podemos decir que el secreto del poder se encuentra en estas paradojas polticas. El poder, es decir, el dominio, se ejerce; el objetivo del poder es primordialmente ejercer la dominacin, inscribirse en los comportamientos y conductas de los cuerpos de la poblacin. Por lo tanto, cuando se discursa sobre la emancipacin o la liberacin, desde la pronunciacin ronca del poder, se lo hace convirtiendo a la emancipacin y la liberacin en una excusa para conservar y prolongar el poder, para efectuar la reproduccin del poder. La emancipacin y la liberacin son aditamentos edulcorantes para que se cumpla el ejercicio supremo del poder. En sentido pleno, las emancipaciones y las liberaciones no pueden convivir con esta estrategia de poder, pues son su opuesto. Las emancipaciones y liberaciones efectivas interpelan al fetichismo del poder, a los mitos polticos; plantean colmadamente no solo la igualdad, la libertad, la justicia, sino tambin la autonoma, el uso crtico de la razn integral [4] , que implica, la condicin lograda del pre-juicio de igualdad y la consciencia de libertad.

No se puede seguir entonces, reproduciendo las mismas paradojas polticas de la modernidad, que sostienen esta metafsica poltica, no se puede seguir apostando a proyectos emancipadores o de liberacin sobre el substrato de mitos patriarcales, sobre el fetichismo estatal, sobre la elocuencia de las representaciones. Las emancipaciones y liberaciones o son liberacin de la potencia social, en contra de toda forma de poder; es decir, son realizacin efectiva de las autonomas mltiples, cohesiones colectivas y comunitarias, basadas en construccin de consensos, o, en contraste, no son efectivamente emancipaciones y liberaciones. En este ltimo caso, seran la reiteracin perversa de las dominaciones efectuadas a nombre de las vctimas. Esta es pues la irona sarcstica del poder.

Ciertamente, estas contradicciones no slo se dan en el campo socialista, por as decirlo, sino tambin en el campo liberal. En realidad, forman parte de las paradojas inherentes al poder y a las polticas modernas, paradojas que atraviesan el sistema-mundo moderno, envolviendo a todas sus composiciones, estructuras y disposiciones polticas, adems de los comportamientos y conductas sociales. Si nos concentramos en las paradojas polticas de las expresiones que se reclaman de vanguardia, de revolucionarias o, con menores pretensiones, de reformistas o progresistas, es porque, precisamente, en estas expresiones, que prometen emancipaciones y liberaciones, se dan de manera notoriamente explcita las paradojas del poder; los gobiernos revolucionarios efectan las supuestas emancipaciones y liberaciones recurriendo al Estado policial.

No es que los gobiernos liberales no contemplen la posibilidad del Estado policial; al contrario, en momentos de emergencia o de crisis, recurren a este ancestro, pues este es, en realidad, el origen, llamado Estado de Excepcin, de la genealoga estatal. Esto no podra extraarnos, tratndose de Estados liberales, que explcitamente defienden, garantizan e impulsan la acumulacin de capital. Lo que llama la atencin es que los gobiernos revolucionarios sean los que explcitamente recurran al Estado polica, sacndolo de la sombra, ocultando, por el contrario, su vinculacin opaca con la reproduccin del capital.

En la historia de estas paradojas polticas, son elocuentes las defensas del Estado-nacin de parte de los revolucionarios, de los antiimperialistas. Ellos suponen que la mejor defensa contra el imperialismo es el Estado-nacin soberano. El argumento usado es que el imperialismo encuentra las resistencias nacionales en el Estado-nacin soberano. Tambin se dice que el imperialismo quisiera no encontrar resistencias en su camino, por lo tanto, no quisiera encontrarse con Estado-nacin soberanos. Esta es una verdad a medias. Si bien las luchas de liberacin nacional, los gobiernos populistas y nacionalistas del siglo XX, lograron constituir soberanas populares y nacionales, lograron recuperar el control de sus recursos naturales, por lo menos en lo que respecta al control en su condicin de reservas, incluso de propiedad de materias primas, oponindose a la vorgine del despojamiento extractivista trasnacional, con el tiempo, este control nacional, esta soberana sobre los recursos naturales, estos Estado-nacin, se convirtieron en dispositivos indispensables del orden mundial y de la acumulacin ampliada de capital, en la geopoltica renovada y recompuesta del sistema-mundo capitalista. Este es el problema contemporneo.

La constatacin de esta situacin no le quita ningn mrito a las luchas de liberacin nacional de los pueblos, tampoco a los gobiernos nacional-populares, dados dramticamente en los contextos del siglo XX. De ninguna manera. Empero, le quita todo mrito a los gobiernos neo-populistas, neo-nacionalistas, pretendidamente antiimperialistas, investidos de las remembranzas de los hroes del pasado; sin embargo, gobiernos claramente entregados a polticas econmicas extractivistas, en el mejor de los casos desarrollistas. Estos gobiernos progresistas son, en la prctica, los mejores dispositivos del orden mundial, en lo que respecta a la legitimacin del sistema-mundo capitalista, en su etapa de dominio financiero. Estos gobiernos atacan el fantasma del imperialismo del pasado; empero, dejan indemne, la estructura del imperio, del orden mundial del capital actual. De manera comprometedora tienen lazos y relaciones concomitantes con los circuitos financieros, con los circuitos y recorridos de las materias primas, con el sistema financiero internacional y las trece empresas trasnacionales del extractivismo, consorcios oligopolios, controladores efectivos, no nominales, como lo que ocurre con los Estado-nacin, de las reservas del planeta.

Para decirlo de una manera provocadora; los antiimperialistas de hoy son de pacotilla. No tienen la voluntad de lucha, la conviccin, la capacidad de enfrentamiento y de confrontacin, que tuvieron los antimperialismos del siglo XX. Los antiimperialistas de hoy forman parte del emblemtico diagrama de poder de la simulacin. Cul entonces la estrategia de estos antiimperialistas, de estos revolucionarios del siglo XXI? Es una estrategia de poder. El uso de las figuras revolucionarias, antiimperialistas, el investirse con los logros y gastos heroicos del pasado, los convierte, simblicamente, en el teatro de las representaciones, en los que monopolizan la verdad, apoyndose en dispositivos disciplinarios, como los partidos, incluso de domesticacin; por lo tanto de subalternizacin. Usan el prestigio de las revoluciones y del antiimperialismo con fines privados.

Las luchas contemporneas de los movimientos sociales anti-sistmicos se encargan de desmontar este teatro poltico, de interpelar a estas pretendidas vanguardias, que cobijan conservadurismos recalcitrantes, prejuicios patriarcales, prejuicios sexuales, prejuicios de gnero y prejuicios generacionales, incluso prejuicios raciales. Estos vanguardistas son esquemticos; reducen la historia a cdigos morales, como lo hacen las religiones monotestas y trascendentales. Son los nuevos sacerdotes represores, en un siglo donde los patriarcas se aferran a sus bastones bajo los celajes del crepsculo.



[1] Revisar de Ral Prada Acontecimiento poltico. Editorial Rincn; La Paz 2014. Dinmicas moleculares; La Paz 2014.

[2] El concepto de colonialismo interno tiene varios nacimientos. El que conocemos ms y nos parece prximo, es el que se refiere a las sociedades poscoloniales; es decir a la continuidad colonial despus de la independencia; pero, antes, el concepto de colonialismo interno se refera a lo que hace el Estado con los cuerpos, al inscribirse en ellos, en la superficie de los cuerpos como historia, en el espesor de los cuerpos como subjetividad.

[3] Este argumento es, en todo caso discutible. Es adecuado utilizar un concepto, como la del Estado, que tiene una consolidacin terica fuerte en la modernidad, bajo los paradigmas usados por la ciencia poltica, para referirse a formas de organizacin compleja y marcadamente distinta de las sociedades antiguas? Lo que reclaman los que argumentan de esta forma, que el estado tiene sus orgenes en sociedades antiguas, en sociedades que se encuentran, en pleno esplendor, en tiempo pretritos y en geografas no europeas. Esto puede ser ponderado como perspectiva no eurocntrica; empero, en la medida que se quedan ah, afirmando que el Estado nace antes y no en Europa, en Asa, solo mejoran la posicin estatalista, la posesin del dominio estatal, reforzando, al mismo tiempo la perspectiva, de la excepcin europea. Convierten al Estado-nacin; es decir, al Estado moderno, Estado por excelencia colonizador, en parte de una historia ms larga y no slo europea, historia que abarca al mismo planeta. Esto es hacer una apologa del Estado y de las dominaciones histricas.

[4] Emanuel Kant, en Qu es la ilustracin?, propone la madurez como uso crtico de la razn; sin embargo, habla de la razn abstracta, no de la razn integral, que forma parte del acontecimiento integral de la percepcin.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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