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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 06-08-2005

Condenar Auschwitz, absolver Hiroshima

Santiago Alba
Rebelin


Pensar despus de Auschwitz, lo que queda de Auschwitz, sobrevivir a Auschwitz, no olvidar Auschwitz, nunca ms Auschwitz: la decisin occidental, tras la segunda guerra mundial, de convertir los lager y el llamado Holocausto judo en una brecha metafsica y en un nuevo umbral cronolgico, acontecimiento del mal a partir del cual habra que volver a pensar toda la historia y de cuyo horror la humanidad en su conjunto (incluidas las otras numerossimas vctimas de nuestro imperialismo) tendran que sentirse culpables, apenas si ha tenido algn efecto moral en la barbarie cotidiana, salvo el muy dudoso de dar la razn a Israel en su violento anschluss tribal de Palestina.

Pero ha tenido, sin duda, un efecto ideolgico: el de hacer olvidar o aceptar, con una extraa radical mansedumbre, las bombas de Hiroshima y Nagasaki, el 6 y 9 de agosto de 1945, las cuales constituyen el primer acontecimiento verdaderamente mundial de la historia del hombre. De un modo quizs esquemtico, Costanzo Preve describe muy bien los hechos: "La humanidad ha producido Auschwitz y ha pedido disculpas; ha producido tambin Hiroshima y no ha pedido perdn. De esta asimetra escandalosa nace no slo la condicin postoccidental en la que nos encontramos sino la legitimacin ulterior de todos los bombardeos futuros, ms exactamente del Bombardeo como accin legtima contrapuesto al Campo de exterminio como accin ilegtima". Muy poco se ha pensado despus de Hiroshima y es mucho lo que queda de ella. Mientras nos horrorizamos una y otra vez, en una sana reaccin moral, ante las cmaras de gas, nos parece natural seguir viviendo normalmente bajo ese modelo inaugurado de modo experimental en Guernica y que sobrevivi y sobrevive -como un nuevo medio ecolgico del hombre nuevo- a los horrores condenados de Auschwitz: Camboya, Vietnam, Panam, Bagdad, Yugoslavia, otra vez Bagdad, Afganistn, Faluya, Qaim. La matanza horizontal de inocentes es un crimen; la matanza vertical de inocentes es natural, como la nieve, o tal vez divina, como esos chuzos de fuego que destruyeron Sodoma y Gomorra por orden de un Yahv menos radicalmente bblico que los estadounidenses, los cuales no encuentran un solo Lot -ni un solo No- entre los habitantes de Faluya.

Por qu -por qu- condenamos Auschwitz y absolvemos Hiroshima? Por qu nos hace pensar tanto Eichmann, con sus virtudes asesinas, y tan poco el coronel Thibet, a los mandos del Enola Gay, orgulloso de su accin y dispuesto a repetirla, homenajeado por sus conciudadanos y condecorado por su gobierno? Qu tienen de extraordinario los lager, donde se exterminaba rutinariamente a otros pueblos, y qu de antropolgicamente normal la catedral atmica de humo bajo la cual, a dos kilmetros a la redonda, se derretan los cuerpos invisibles de los japoneses? Antes de filosofar, simplifiquemos un poco: la nica diferencia moral que existe entre Auschwitz e Hiroshima es que Hiroshima es el modelo elegido por el vencedor estadounidense; la nica diferencia histrica es que Hiroshima sigue vigente. Por eso, porque es nuestro modelo y porque seguimos utilizndolo, conviene olvidar Hiroshima y recordar solamente Auschwitz.

Pero luego -digmoslo sin ambages- hay muchas ms cosas que pensar en Hiroshima que en Auschwitz. A nadie debera resultar ofensiva, salvo al hombre mismo, la afirmacin de que los lager se inscriben en una continuidad histrica de la que slo son, en todo caso, su colofn industrial: decenas de pueblos, peor protegidos -si eso es posible- que los judos, han desaparecido de la faz de la tierra en los ltimos 10.000 aos, reunidos, trasladados y apriscados como rebaos antes de ser risueamente aniquilados por el enemigo (la Biblia misma nos cuenta cmo la tribu de Gad acab con todos los miembros de la de Efraim tras identificarlos uno a uno por una diferencia de pronunciacin).

Frente a la prctica antiqusima, dolorosamente descrita por Primo Levi, de deshumanizar a los prisioneros de Auschwitz antes de matarlos, para hacer as ms fcil o ms justo su exterminio, hay algo radicalmente nuevo, por mucho que nos hayamos acostumbrado, en la desontologizacin absoluta de las vctimas del bombardeo, privadas de existencia de una sola vez y retrospectivamente por una fuerza descendente e imparcial que ni siquiera las numera.

Frente a la antiqusima maldad banal de Eichmann, riguroso contable y fiel subordinado, que en nada se diferencia de la estricta racionalidad y diminuto moralismo de los tratantes de esclavos (ver algunos ejemplos en Los negros esclavos, de Fernando Ortiz), hay tambin algo radicalmente nuevo en la figura de Thibet, o en la de ese piloto maravillado que crea "adornar un rbol de Navidad" mientras dejaba caer sus misiles sobre Bagdad: el problema del mal es mucho menos enigmtico y, en todo caso, mucho ms viejo que ste otro, vstago del Bombardeo, de la ausencia de mal como fuente de destruccin. Ya no se trata de cmo el mal infiltra o construye su propia normalidad sino de cmo la normalidad misma -la inocencia ms inatacable- destruye el universo a travs de una ventana. La nor-malidad gobierna el lager; la normalidad (o nor-bondad) bombardea.

Frente a la vieja y familiar destruccin particular (contra los comunistas, contra los homosexuales, contra los judos) del lager, la bomba de Hiroshima introduce la vitualidad de una destruccin total, de un verdadero Holocausto en su sentido etimolgico, un exterminio general que borrara las fronteras entre vctima y verdugo y entre muerte natural y muerte no-natural: el uso de hecho desde 1945 de armas radioactivas (el uranio empobrecido, por ejemplo) ha instalado ya la amenaza, como una larva, en las condiciones mismas de la vida biolgica, el aire, el agua, la cadena alimenticia, de manera que la normalidad misma se vuelve no slo criminal sino adems suicida. Por eso Gunther Anders, uno de los pocos filsofos que pens despus de Hiroshima, poda escribir en 1958 acerca de las dos bombas atmicas lanzadas sobre Japn como productoras de un hombre nuevo y fundadoras de una poca radicalmente distinta, sin precedentes y sin vuelta atrs: del "todos los hombres son mortales" del estado natural y del "todos los hombres son eliminables" del lager se ha pasado, sin posibilidad de retorno, a la premisa silogstica de la nueva era: "la humanidad entera es eliminable". Podemos decir, de hecho, que la humanidad no exista antes de Hiroshima; podemos decir que la Humanidad es el resultado de la bomba. Al contrario de lo que pretende Costanzo Preve, la Humanidad no produjo Hiroshima sino que es un producto suyo: antes haba clases, naciones, individuos y la Humanidad constitua apenas el Sujeto ilusorio bajo el que se trataban de emborronar diferencias irreconciliables. La bomba atmica lanzada sobre Hiroshima, con su latencia de Holocausto, constituye a la Humanidad por vez primera, pero como objeto de amenaza, como unidad negativa susceptible de destruccin. Ni la globalizacin ni la televisin ni la revolucin tecnolgica: desde el 6 de agosto de 1945 existe la Humanidad; desde el 6 de agosto de 1945 -mucho antes de la invencin de internet- todos vivimos ya en el mismo mundo. Y slo porque ese mundo, dure lo que dure, estar siempre a punto de desaparecer.

Esa es la novedad de Hiroshima, universalmente vigente, frente a la caduca modernidad de Auschwitz, cuyo totalitarismo de baja intensidad an encuentra islotes donde enquistarse y reproducirse sin resistencias (Guantnamo, Abu Gharaib, los gulag flotantes de la CIA) a la espera de que el Terror borroso y general legitime de nuevo su uso contra el Mal. El destino del mundo, si no lo evitamos antes, es que Auschwitz e Hiroshima se unan en un ltimo abrazo y fundan para siempre las excelencias, vertical y horizontal, del Bombardeo y del Campo.

Hiroshima, como bien demostr Jacques Pauwels, fue el primer acto de la Guerra Fra, la cual tuvo al menos la virtud de congelar la amenaza mediante el aumento mismo de sus medios de destruccin. Hiroshima, por eso mismo, es la terible metfora de la hybris capitalista y de su capacidad ilimitada para multiplicar sus medios sin aumentar sus efectos (ms alimentos y la misma hambre, ms bombas y el mismo dao total). Hiroshima es tambin, como sugiere Fennell, el umbral de una nueva poca post-occidental que, al condenar los lager y absolver la bomba atmica, abandona definitivamente toda ilusin de humanismo (sustituido apenas, como en la Roma imperial, por un funcional y despectivo humanitarismo). Hiroshima, finalmente, es el paradjico acto inaugural de una poca sin miedo: la misma bomba que oblig y obliga a los hombres a asumir la mortalidad como especie (y no slo ya como individuos) abri en Occidente en 1945 un perodo -que sobrevive a todas las evidencias en contra- marcado por la ilusin de crecimiento ilimitado y de inmortalidad garantizada. Contra el destino humano revelado, como un Dios bblico, en el hongo de la bomba estadounidense, nuestra normalidad -si no ya de pensamiento- sigue siendo muy occidental y empearse en ser normal en estas circunstancias es votar de hecho a favor simultaneamente del Bombardeo y de los Lager.

El propsito debe ser, pues, el de conquistar una normalidad post o para-occidental. Todava hay clases: la clase de los que ven el peligro y la clase de los que no quieren verlo. Esta lucha de clases, que no por casualidad sigue siendo la del Manifiesto Comunista, es la lucha por rescatar a la Humanidad -mortalmente Una- al mismo tiempo de la injusticia y de la extincin.



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