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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 24-07-2014

Carisma, lacismo, repblica

Santiago Alba Rico
Atlntica XXII


La nica justificacin posible para reconocer la existencia de un rey es que haya sido elegido por Dios. De hecho, mientras Dios existi era l quien los escoga. El famoso pasaje bblico de Samuel ante Sal es el que inspira toda una tradicin de poder intangible y absoluto asociado a la institucin monrquica: el profeta unge la frente del elegido marcando as el carcter sobrenatural de su autoridad temporal. Esa uncin de aceite -crisma- es lo que en griego se llama carisma, trmino del que deriva tambin la palabra Cristo. El rey es el ungido, el escogido en una ceremonia teiscitaria (en oposicin a plebiscito) que es, por tanto, inseparable de la aceptacin parapoltica de su divinidad por parte de la totalidad de un pueblo. Ante los reyes uno se inclina espontneamente, sobrecogido por el resplandor que lo ha separado, y lo mantiene separado, del resto de los hombres. El poder de los reyes o es religioso o no lo es, como lo han sabido bien en Marruecos, donde slo ahora, y bajo una presin plebeya muy elocuente, los reyes han renunciado en la nueva constitucin a su condicin sobrenatural.

Este carisma es lo que los gitanos llaman duende: una sustancia exterior intangible que no ha elegido ni el cantaor ni el oyente y ante la cual se arrodillan los dos. Camarn lo tena. Enrique Morente lo tena. Tambin -no s- Um Kalzum, los Beatles o incluso Shakira. No se puede cantar o bailar sin duende. Tampoco se puede reinar sin l. La diferencia, sin embargo, es clara. Se puede -y hasta se debe- mezclar a los dioses con la msica, la danza, el arte y tambin con el ftbol y el sexo, pero cuando se mezcla con la poltica y se convierte la uncin celestial en la fuente de una autoridad poltica, el resultado se llama teocracia. La contradiccin radical entre democracia y monarqua presupone una anterior entre monarqua y laicismo. Una monarqua constitucional es, en efecto, un oxmoron: no se puede constituir desde el pueblo un duende que lo domine -al pueblo- desde fuera. El laicismo puede ser dictatorial, pero la democracia slo puede ser laica y, por lo tanto, republicana.

Espaa no es, desde luego, una teocracia. Juan Carlos goz de una especie de duende circunstancial, como heredero de un autcrata semidivino y como catalizador de consensos bellacos en un contexto muy concreto de violencias reales e instrumentales. El duende circunstancial, que Juan Carlos adems dilapid obscenamente, no se transmite. De dnde va a sacarlo el hijo? De Dios? Del linaje? La conviccin de que los espaoles no pueden creer ni en una cosa ni en la otra es la que ha llevado a la casta -por utilizar la sucinta cifra de Podemos- a buscar un acercamiento de la corona al pueblo. Pero este acercamiento es la aceptacin y la aceleracin de la muerte del carisma: la autoridad de la corona slo puede estar lejos, cuanto ms lejos mejor, y si se la acerca a la plebe es para matarla del todo. Una monarqua moderna es como una iglesia sin crucifijo. Al querer acercar la corona al pueblo sencillamente se la priva de su nica legitimidad, que slo puede ser parapoltica y parademocrtica.

Quiero ser el rey de todos los espaoles, manifest Felipe VI en su coronacin, splica -ms que declaracin- emanada de un querer que no tiene ningn fundamento en ninguna parte. Cualquier loco podra pretender lo mismo en su lugar. En medio de la chapucera, semiclandestina y vergonzante transmisin del trono, la ceremonia del Parlamento tuvo un aire de representacin escolar de fin de curso. Como sabemos los padres, esas fiestas escolares estn pensadas y slo tienen sentido para las familias. A los ojos de los extraos estn investidas de un aura enternecedora y dolorosamente pattica: si no se tratase de nios, se llamara vergenza ajena. Slo la familia (y la casta) poda no sentir vergenza ajena el pasado 18 de junio ante ese seor disfrazado de Capitn General que se proclamaba a s mismo, sin preguntar, rey de los espaoles. De hecho esta expresin rey de los espaoles suena ya tan mitolgica, pomposa y casi pardica como la de rey de los siete reinos pronunciada por los Baratheon en Juego de Tronos .

Felipe VI pretende justificar su papel invocando la independencia de la Corona, su neutralidad poltica y su vocacin integradora ante las diferentes opciones ideolgicas que le permiten contribuir a la estabilidad de nuestro sistema poltico. En democracia, la independencia por encima de los conflictos ideolgicos debe estar depositada en el Tribunal Constitucional y en el poder judicial y cualquiera otra o es redundante o es amenazadora -porque es extrajurdica y extrapoltica. La nica independencia que podra alegar Felipe VI lo sita fuera del propio orden constitucional, en el terreno del duende y la religin. Pero Dios, si existe, ya lo hemos dicho, no elige, no puede elegir a los gobernantes. Los reyes, por tanto, no existen.

Cuando llegue la Repblica, seguir habiendo reyes ante los que nos arrodillaremos: cantaores, bailaores, amantes, hasta futbolistas. Habr reyes del rock y reyes del baln y llamaremos mi rey o mi reina a nuestros enamorados y prncipes y princesas a nuestros hijos. Es bueno que la cursilera y la exaltacin puedan recurrir a este regio patrimonio verbal. Pero ninguna autoridad poltica democrtica podr pedirnos que nos arrodillemos ante ella, ni siquiera figuradamente. La paradoja es sa: que un rey es alguien ante cuyo duende uno se arrodilla; un rey que no puede obligarnos a arrodillarnos no es un rey. La ceremonia privada del pasado 18 de junio revela de hecho que ya no tenemos rey. Es muy probable que cuando se publiquen estas lneas no haya llegado an la repblica, pero en realidad a Felipe la historia -y la casta- lo han destinado a enterrar una institucin que permanece muerta e insepulta desde el 14 de abril de 1931.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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