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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 26-07-2014

Entrevista a Joan Tafalla, maestro de Primaria, militante comunista y miembro de Espai Marx
Las revoluciones las hacen millones de personas que aspiran a llegar a fin de mes

Enric Llopis
Rebelin


Desde la perspectiva que conceden ms de cuatro dcadas de militancia comunista, el maestro de enseanza primaria y miembro de la asociacin Espai Marx, Joan Tafalla, comparte sus experiencias en la siguiente entrevista-ro. Se posiciona respecto al euro; explica la posicin subalterna y dependiente de la economa espaola (desde hace dcadas); reflexiona sobre la idea de austeridad; sobre el braudeliano largo plazo en la teora y en la praxis; ahonda en los proyectos paneuropeos de la Alemania Nazi; en la vigencia de los estados-nacionales; en la ilusin de una imposible vuelta al keynesianismo, pero tambin en el potencial transformador de una democracia de la vida cotidiana. En un cuestionario de ancho horizonte, tampoco evita responder a la siempre alambicada relacin entre izquierda poltica y movimientos sociales.

Al final de la larga reflexin, concluye que las revoluciones las hacen, en coyunturas muy precisas, decenas de millones de personas cuya aspiracin es simplemente llegar a fin de mes, es decir, tener pan, techo y trabajo. Por otro lado, Joan Tafalla es autor de Un cura jacobino: Jacques-Michel Coup y coautor, con Irene Castells, de Atlas Histrico de la Revolucin Francesa. Ha coeditado asimismo con Josep Bel y Pep Valenzuela Miradas sobre la precariedad, y ya en 2013, La izquierda como problema junto a Joaqun Miras.

-Has titulado una de tus ponencias Queremos crear empleo? Salgamos del euro y de la Unin Europea. Cundo empieza la posicin dependiente y perifrica de la economa espaola? Y el paro estructural?

S, present esta ponencia el pasado 23 de enero en Las Palmas de Gran Canaria por invitacin de mis amigos de Canarias por la Izquierda (http://www.espaimarx.net/espai_marx/documentos/articulos/8716/ficheros/Salir_del_Euro_las_palmas_def.pdf). Naturalmente, el ttulo era deliberadamente provocativo. La creacin de empleo estable y de calidad no sera un efecto mecnico e inmediato de la salida de Espaa de la UE y de la zona euro. No slo hay que salir del euro, si no ejecutar un programa muy ambicioso de transformaciones econmicas y sociales.

La creacin de una moneda propia debera venir acompaada de la suspensin inmediata del pago de la deuda, de la recuperacin y reforzamiento del papel del banco de Espaa, de la nacionalizacin, por lo menos, de la banca rescatada con fondos pblicos, de una poltica industrial acorde con la situacin de Espaa en el contexto internacional y con las necesidades del medio ambiente, como han sealado Pedro Montes y Ramn Franquesa. Tambin necesitara, como sealan Joaqun Arriola y Luciano Vasapollo de un contexto internacional favorable: la alianza con los otros pases PIGS (Portugal, Italia, y Grecia), avanzando en la creacin de un rea de cooperacin econmica y de una unidad monetaria de cambio. Un conjunto de medidas que precisaran de una gigantesca y permanente movilizacin social, y de un gobierno de izquierdas, consecuente, decidido a afrontar las transformaciones sociales profundas que el pas necesita para salir del abismo social en el que la ha colocado un rgimen sumiso a los diktats del sistema euro. Decidido a enfrentarse con los grandes poderes fcticos que, en la medida de que ese gobierno de izquierda consecuente pinche en hueso intentarn derribarlo: poderes internos y poderes imperialistas europeos (bsicamente, el alemn) y de los USA. Y te aseguro que estos poderes no son en absoluto lquidos.

La industrializacin de Espaa durante los aos 60-70 del siglo pasado tuvo un carcter dependiente y perifrico. Espaa era uno de los territorios europeos perifricos donde se deslocalizaban industrias de los pases europeos centrales (tambin de los USA, pero en menor proporcin) en bsqueda de bajos salarios, pocos o nulos derechos sociales y la estabilidad poltica que proporcionan las dictaduras. Franco garantizaba el orden pblico del que el capital no disfrutaba en los pases centrales. Recordemos las grandes luchas sociales europeas de los aos 65-75. Modificando su poltica de importacin mano de obra barata espaola hacia los pases-centro, el capital europeo deslocalizaba sus industrias a Espaa. Era la Nueva Divisin Internacional del Trabajo. Ese fenmeno produjo una intensa y catica urbanizacin de Espaa y el cambio de la estructura productiva.

Espaa vivi una industrializacin de carcter dependiente en el sector automovilstico y en el petro-qumico. Las grandes empresas alemanas, francesas e italianas, deslocalizaban las plantas de ensamblaje de sus coches a Espaa. La propiedad extranjera del 45,2 % del capital social en ese sector lo muestra a las claras. Una parte importante del capital social era extranjero en sectores como: piezas del automvil (industria complementaria del automvil, 62,9% del capital social), industria alimentaria (27 %), caucho y plstico (75,3 %), minera no energtica (19,9%), metalurgia no frrea (27,9 %), vidrio (57,7%), minerales no metlicos (24,9%), qumica bsica e industrial (37,7 %), qumica final (67,3%), productos farmacuticos ( 56,5 %), maquinaria agrcola (79,1%), maquinaria industrial y oficinas (29,8%), maquinaria y material elctrico (56,4%), material electrnico (68,3%). (Datos extrados de: Mikel Buesa y Jos Molero, Estructura industrial de Espaa, PCE, 1988) Una estructura como esa mostraba y muestra el carcter dependiente y frgil de nuestro empleo: nuestra clase obrera competa en el mercado internacional de la fuerza de trabajo, ofrecindose a los empleadores a un precio ms bajo en salario contante y diferido, al tiempo que estaba permanentemente sometida al chantaje de la deslocalizacin, que empez rpidamente, a mediados de los aos 80.

La Entrada en el Mercado Comn signific la consolidacin definitiva de esa caracterstica de pas perifrico con industrializacin dependiente. Las condiciones del Tratado de Adhesin fueron lesivas para cualquier proyecto de desarrollo autnomo y auto-sostenido para los pueblos que forman el Estado espaol. La agricultura, la ganadera y los sectores pesquero, ganadero, siderometalrgico, alimentario, textil, papelero, automovilstico, editorial, qumico, petroqumico, de las telecomunicaciones, entre otros se vieron inundados por las inversiones europeas, por las absorciones y las compras de empresas. En algunos casos estas compras de empresas consistieron simplemente, en la compra de la cuota de mercado correspondiente y el cierre puro y simple de la empresa. Es el caso de los Altos Hornos del Mediterrneo (Sagunto), o del sector de las pastas alimentarias. Slo la banca estaba preparada para su integracin y para sobrevivir en el Mercado nico bancario de la Comunidad.

El carcter perifrico y dependiente del capitalismo espaol se ha venido acentuando durante estos 28 aos de pertenencia a la Unin Europea. Este proceso, al margen de las consecuencias generales para el modelo de desarrollo del estado espaol, ha tenido gravsimas consecuencias para los derechos sociales del pueblo trabajador. La historia del brutal abaratamiento de los costes laborales se ha escrito a travs de 34 reformas laborales desde que se proclam el estatuto de los trabajadores hasta la ltima reforma del PP. Los empresarios continan aullando exigiendo consumir ms carne humana a precio ms barato. Si miramos al ejrcito de reserva de fuerza de trabajo, las cifras del paro son y permanecen las ms elevadas de toda Europa desde los inicios de la transicin. El ingreso en la UE no solo no corrigi, si no que consolid y acentu esta situacin.

Es cierto que, entre los aos 2001 a 2009, al calor de la burbuja inmobiliaria se experiment una cada de la tasa de paro hasta el entorno del 10%. Se consideran aos felices aquellos en que el paro rondaba el 10 %! Tras la explosin de la burbuja y el consiguiente hundimiento del sector de la construccin (que arrastr en su cada a todo un conjunto de sectores complementarios de ese sector: sector inmobiliario, re-estructuracin y despidos en la banca, industrias auxiliares de la construccin) la tasa de paro volvi a cotas anteriores e incluso las super.

De esos aos de vino y rosas nos quedan los pisos vacos, las promociones a medio construir, toda una generacin perdida de jvenes que abandonaron la formacin para integrarse en la construccin y que ahora se encuentran en paro y sin formacin. Y la deuda. Una deuda que fue nacionalizada, que pas de pblica a privada gracias a los gobiernos del PSOE y del PP y de sus satlites nacionalistas catalanes y vascos. Una deuda con los bancos de los pases centrales de la UE, bsicamente alemanes y franceses, cosa que acenta el carcter dependiente de la misma. Una financiacin ha dejado tras si una deuda de la que somos esclavos. Una deuda inmoral, una deuda impagable, una deuda que ha originado un cambio en la Constitucin que supone de facto la ruptura de cualquier pacto constitucional en torno al bienestar social, a la escuela o a la sanidad. Lo afirma uno que no cree que el llamado pacto constitucional del 78 pasase de ser un trgala.

Todo ello ha dejado tambin una terrible herida en el territorio: la construccin desmedida y la urbanizacin especulativa y depredadora del medio ambiente. La construccin, cuyo nico futuro reside en la reparacin y rehabilitacin del parque de viviendas existentes se dedic a completar la urbanizacin salvaje del territorio, la construccin de infraestructuras megalmanas, habitualmente de un gusto horrible, intiles y, adems construidas con enormes deficiencias que harn de su mantenimiento un enorme hipoteca para las generaciones futuras.

Volvamos al carcter estructural de la cifras del paro en Espaa. Si echamos una mirada a la serie de la Encuesta sobre Poblacin Activa (EPA) podemos verificar ese carcter estructural. En el periodo 1986-2013 (28 aos) solo durante 4 aos (2005, 2006, 2007 y 2008, correspondientes a la burbuja inmobiliaria) la tasa de paro permaneci por debajo del 10%. Durante 15 aos permaneci entre el 15 y el 20 % ( 1988, 1989, 1990, 1991, 1992, 1997, 1998, 1999, 2000, 2001, 2002, 2003, 2004, 2009 y 2010) y 9 aos estuvo en el 20 % o ms (1986, 1987,1993, 1994, 1995, 1996, 2011, 2012, 2013). No se trata de una depresin coyuntural. Se trata de paro estructural. Se trata de una caracterstica no de una excepcin. Doy las cifras y las estadsticas probatorias de ese carcter estructural en mi ponencia de Gran Canaria que citaba al inicio (Datos extrados de la EPA).

Si observamos el paro juvenil las cifras no pueden ser ms dramticas. Desde 1986 hasta hoy no ha habido ningn ao en que la tasa de desempleo juvenil fuera menor del 10 %. La mayor parte de los aos esta tasa ha sido superior al 30 y al 40 %, hasta escalar la escandalosa cifra del 60 % entre los aos 2009 y 2013. La frase: en Espaa no hay futuro, es una realidad para ms de la mitad de los jvenes espaoles, desde hace ms de tres dcadas. Si furamos serios y coherentes diramos que no hay futuro para el conjunto de la sociedad.

As, el paro es estructural en Espaa. No, desde el inicio de la crisis inmobiliaria, como piensan algunos, si no desde la entrada de Espaa en la UE y, an desde antes.

El carcter dependiente de la economa espaola se ha acentuado con la creacin del euro que no ha sido otra cosa que la creacin de un mecanismo ms al servicio del neo- mercantilismo alemn. Dentro de la UE, los diversos destacamentos nacionales de la clase obrera europea se encuentran sometidos a una permanente subasta a la baja del salario y de sus condiciones de trabajo. La Nueva Divisin Internacional del Trabajo, decidida por las grandes empresas multinacionales de los pases europeos centrales, es un dogal de hierro imposible de romper dentro la UE. Para crear empleo en una economa sostenible es condicin necesaria salir de la jaula de la Unin Europea.

-Defiendes la ruptura de la moneda nica. Por qu piensas que muchos economistas crticos/de izquierda (no ya formaciones polticas o sindicales) no llegan al punto de apoyar esta iniciativa y priorizan, por ejemplo, asuntos como la deuda?

Por desgracia, la propuesta de salida del euro y de la UE es minoritaria, absolutamente minoritaria en la izquierda poltica y sindical. Ello es debido a que ni la vieja ni las nuevas expresiones de la izquierda se deciden a romper con el consenso fundador de la transicin de 1978. Dicho consenso fundador de la transicin tena como base un europeismo ingenuo que consideraba que el ingreso en lo que entonces, con sinceridad y transparencia, se llamaba an Mercado Comn conllevara la modernizacin de la estructura productiva del pas, y la mejora de nuestras condiciones de vida. Como se sabe, al Tratado de Adhesin de Espaa entr en vigor el 1 de enero de 1986. El gran consenso existente en aquellos momentos condenaba al oprobio y al asilo de deficientes mentales no solo a quien criticara el propio ingreso en el Mercado Comn, (como hacamos una pequea y aislada tribu de indomables beros), si no tambin a quien someta a crtica las condiciones concretas del Tratado de Adhesin.

Ese consenso, a pesar de sus consecuencias criminales para nuestra clase obrera, para el conjunto del pueblo trabajador y en fin para el futuro del pas, an no ha sido roto. El consenso europesta ingenuo contina siendo mayoritario no slo en la vieja izquierda oficial (IU, EUiA, ICV) si no tambin en la nueva izquierda. Pienso que la ambigedad de las nuevas expresiones polticas como Procs Constituent en Catalunya o Podemos se debe a la prioridad que dan a superar los dilemas clsicos izquierda/ derecha por el dilema arriba/abajo, o por las prisas que tienen para sustituir en las instituciones a la vieja generacin por una generacin ascendente.

Si fueran consecuentes quizs debieran ir ms all de la crtica, que ya hacen, del carcter oligrquico de la UE. Si su aspiracin a recuperar la soberana popular fuera consecuente debiera llevarles a reclamar la nica posibilidad de vuelta a dicha soberana: la salida de la UE o, por lo menos, del euro. Como en Portugal hace el Partido Comunista Portugus, por poner un ejemplo cercano y fraternal. Pero de momento, ni la vieja ni la nueva izquierda espaola se decide a dar el paso.

El consenso imperante en torno a los dogmas del europeismo es un consenso existente entre las lites polticas y econmicas. No tanto del pueblo: segn Euroestat de abril 2014, un 37 % de la poblacin espaola considera que la culpa de su situacin econmica es debida a las polticas dictadas por la UE. Los resultados de las elecciones europeas nos hacen llegar a esa misma conclusin: los pueblos de Europa se sienten agredidos por esas polticas y muestran su creciente rechazo a las mismas. Sin embargo, no encuentran representacin poltica para esta certeza en las fuerzas que se llaman de izquierdas. Lo que representa un peligro evidente. Eso me parece evidente en el caso de Francia y de Italia.

Este despego de las lites con respecto a la masa popular es fenmeno viejo, diramos que clsico. Los mecanismos de cooptacin poltica en lo que Manolo Monereo llama el sistema euro son poderosos. Incluyen el cielo para los sumisos y la descalificacin radical y el infierno para aquellos que se atreven a denunciarlo. En ese sistema es difcil, muy difcil mantener la independencia poltica, la autonoma del proyecto. Por eso me parece saludable y gratificador que el Frente Cvico Somos Mayora afirme como lo hizo recientemente en Valencia que hay que salir del euro, aunque no haya an aclarado su posicin colectiva con respecto a la salida de la UE. Tambin me resulta saludable y gratificante que las Candidaturas de Unidad Popular se hayan manifestado por la salida de una Catalunya independiente de la Unin Europea.

Resulta ms difcil de entender que tanto Izquierda Unida, como Podemos y en Catalunya el Procs Constituent mantengan la insistencia no solo en no salir de la UE si no simplemente, en no salir de la eurozona. Existen pases como Inglaterra, Suecia o Dinamarca que, estando en la UE, mantienen su soberana monetaria. No les va tan mal. Si tenemos de hacer caso al corresponsal de La Vanguardia, los finlandeses parecen envidiar a sus vecinos suecos y daneses que decidieron en su momento no ingresar en el euro, como hicieron ellos.

Quizs me equivoque, pero pienso que esta ambigedad de IU, de Podemos, de ERC, de Bildu y de las nuevas expresiones de la izquierda como Procs Constituent obedece a que no ponen el problema del paro estructural o del futuro modelo de desarrollo (ojo, no digo crecimiento) en el centro de sus preocupaciones reales. En el caso de ERC la cosa es adems demencial: se sostiene que la creacin de un estado cataln dentro de la UE resolver todos los problemas, puesto que el problema de los 600.000 parados catalanes, parece consistir en la Espaa subsidiada que asfixia a la Catalunya productiva.

La mayor parte del movimiento soberanista cataln reclama un estado cataln en la UE. Niego la mayor: no hay soberana nacional dentro de la UE. El sueo de un estado cataln dentro de la UE es un sueo de clases medias empobrecidas por las polticas de la UE, que pretenden librarse de la su situacin de una manera totalmente utpica: creen que Catalunya puede ser una especie de protectorado de Alemania o, mejor dicho, de Baviera. Pero los protectorados recientemente incorporados al dominio alemn ja saben lo que ste les depara: los planes de austeridad de Croacia o de Ucrania. El secuestro de la democracia, de la soberana nacional proviene hoy, bsicamente de la UE, no tanto del decadente estado espaol. Los soberanistas catalanes yerran en tiro. La soberana nacional, la democracia la debemos recuperar los catalanes, de la mano del resto de los pueblos ibricos y del resto de los pueblos mediterrneos.

Otra de las caractersticas de toda izquierda actual en Espaa (la vieja y la joven) consiste en un pensamiento poltico basado en los tiempos cortos de calendarios electorales nacionales o regionales. Se huye como el diablo del agua bendita de los anlisis de longue dure y de mbitos geogrficos ms amplios.

En los ltimos aos como respuesta local al burocratismo de las organizaciones han surgido candidaturas de izquierdas de carcter municipalista, algunas tienen ms de 20 aos de vida. En ese mbito la actuacin local est asegurada. Una actuacin democrtica, asamblearia, ligada a los movimientos sociales, una actuacin, por tanto, renovadora y refrescante. Pero eso no asegura la segunda pata del famoso aforismo: el pensamiento global. En ese marco, los problemas de la economa suelen ser afrontados con medidas locales y parciales como los bancos de tiempo, las monedas locales y las cestas de compra ecolgicas que, an siendo elementos educativos importantes no proporcionan soluciones globales.

-Puede afirmarse, sin temor a simplificaciones, que la Alemania Nazi proyectaba un espacio nico europeo (similar a la actual UE) con una moneda nica para consolidar su hegemona? Piensas que ha consumado con el euro esa vieja utopa?

S se puede afirmar porque es rigurosamente cierto. Claro que de cualquier verdad histrica se pueden sacar conclusiones errneas y simplificaciones. Alemania no es el nico agente actuante en la geopoltica europea en lo ltimos 143 aos. Concurren otros actores cuya importancia no se puede disminuir: Francia, Inglaterra, los USA a partir de 1917 y hasta hoy, la Rusia zarista hasta 1917, la URSS hasta 1989 y la Federacin Rusa en la actualidad. Actores que actan a veces como aliados, a veces como adversarios y a veces como enemigos acrrimos entre los que estallan guerras o se producen alianzas y pactos ms o menos coyunturales. El resultado es siempre complejo, articulado, la dinmica es siempre complicada, contradictoria. Las hegemonas no son nunca por decirlo de alguna manera, totales, absolutas. Todas estas precauciones analticas no niegan que en los ltimos 20 aos Alemania ha hecho crecer de manera progresiva su rol dominante en la geopoltica europea y que, dentro de la UE ese pas es, actualmente, la potencia hegemnica.

Antes de avanzar ms quizs sea preciso advertir sobre el uso reductivo del concepto de hegemona. Hegemona quiere decir capacidad de direccin poltica de un proceso, estrechamente ligada a la capacidad de coercin (que no es estrictamente militar, puede ser econmica, cultural, poltica) y la capacidad para hacer concesiones a los sectores subalternos. Se trata de elementos que se combinan en cantidades variables segn la evolucin de la lucha de clases. En resumen, hegemona significa que el liderazgo precisa de la fuerza pero de algo ms: las alianzas, es decir los pactos con los subalternos. Pactos que dependen de la correlacin de fuerzas de cada momento y del intercambio de concesiones: a cambio de ceder mi autonoma en parte o totalmente, tu me concedes tal a tal ventaja que para mi, incapaz de disputar contigo por la hegemona, constituye un objetivo importante.

Hay que decir que tambin existe una jerarqua entre los subalternos. Los hay ms cercanos al hegemon, los hay que son subalternos entre los subalternos. Pero esto no es nuevo en el anlisis del imperialismo y de las relaciones clsicas entre los pases centro y los pases perifricos, as como en las relaciones de dependencia econmica, poltica y social entre los pases perifricos y pases-centro. Slo se trataba de refrescar brevemente cosas sabidas por todos y olvidadas por muchos en estos tiempos de chchara post-moderna.

Por tanto al afirmar el rol hegemnico de Alemania en el espacio europeo actual no se afirma que su poder se ejerza sin contestacin de ningn tipo como poda parecer durante el ao 1941-42. Entre otras cosas por que incluso en la cima del poder nazi sobre Europa, los pueblos europeos y otras potencias exteriores ejercieron una ruda oposicin a ese dominio. Tambin por que en esos momentos, ese poder era un poder ejercido mediante la fuerza militar, pero tambin en alianza con dictaduras de carcter ms o menos fascista, con las que se establecan unos pactos de cooperacin no slo militar y poltica si no tambin y no de forma menor, econmica. Que en esos pactos el imperialismo alemn fuera el factor determinante no nos exime de estudiar su complejidad. Una complejidad que debe extenderse al estudio de las dinmicas polticas internas del rgimen nazi. El concepto filosfico de totalitarismo no nos ayuda a entender el carcter polirquico de ese rgimen. Un carcter polirquico que en nuestro pas ha estudiado bien Ferran Gallego (De Mnich a Auschwitz).

Estamos ante la larga vida de una idea que busca ordenar un espacio geogrfico. Una idea que se concibe, que se despliega, que se convierte en un ethos, en una cultura que llega a ser estado, y que trata de imponerse en, por lo menos tres ocasiones en ese espacio llamado Europa a lo largo de un siglo y medio. Naturalmente esta idea no es algo etreo, irreal, un utpico ensueo romntico que flota en el aire si no que es una fuerza tremendamente material que articulando y organizando a fuerzas polticas, econmicas y sociales, que adquiriendo territorios, logra organizar el mundo que la rodea, adquiere la violencia y el poder que slo pueden ejercer los estados y los acuerdos entre los estados. Es una idea que nace, que se desarrolla, evoluciona, cambia y se adapta a travs de las diversas etapas histricas en las que ha operado.

Hace cuatro dcadas, Alianza editorial nos obsequi con la traduccin y la edicin de unas conversaciones entre tres socilogos alemanes y el filsofo hngaro Georg Luckcs (Conversaciones con Luckcs, Alianza editorial, 1971). Estas observaciones del Luckcs maduro se revelan, cuarenta aos despus de haber sido pronunciadas, muy potentes y esclarecedoras, tanto por su reivindicacin de una ontologa marxista como por sus anlisis del capitalismo contemporneo y por su capacidad de dar cuenta de procesos histricos de larga duracin.

Hace unos meses, discutiendo con Joaqun Miras sobre la cuestin del dominio alemn sobre el espacio europeo (como es sabido hemos escrito algo eso en nuestro librito comn: La izquierda como problema, El Viejo Topo 2013) me record unas pginas de estas conversaciones que resultan realmente iluminadoras. Explican la naturaleza especial de la formacin de la nacin alemana: En Alemania se produjo una evolucin en la cual el pueblo alemn no fue capaz de reunirse por sus propias fuerzas para formar una nacin, una nacin moderna ello poda haber sido modificado eventualmente por una revolucin interior, pero en la Alemania de entonces no se daban las condiciones externas e internas que hubieran sido necesarias esta dualidad se prosigue hasta la fracasada revolucin de 1848 El imperio forjado por Bismarck era, en rigor, la Unin Aduanera prusiana. Bismarck agrup en un Estado no al pueblo alemn, sino a la Unin Aduanera prusiana (pp. 66-68).

Este brillante anlisis de Luckcs est lejos de ser una generalizacin apresurada. Resume una reflexin filosfica y poltica basada en un conocimiento detallado hasta la erudicin de la historia alemana. Es decir que la unidad alemana es totalmente diferente a la forma en que se crea, por ejemplo, la nacin francesa mediante una revolucin democrtica. En Alemania, la tarda unificacin nacional se produce desde arriba, agrupando en torno a una regin desarrollada y hegemnica poltica, econmica y militarmente hablando, a una serie de territorios de lengua y de cultura acadmica comn, aunque con una variedad inmensa de hablas y de culturas materiales de vida. Recordemos entre otros elementos las dos culturas religiosas diferentes, la multiplicidad jurdica, las diferencias entre estados proteccionistas y librecambistas, as como la muy diversa composicin social de los mltiples territorios que concurrieron a la unificacin. La forma de agrupar a esos territorios en un espacio comn que luego ser recubierto por un estado unitario es la unin aduanera (Zolverein). La historia previa a la creacin de dicha unin aduanera (es decir anterior al 1 de enero de 1834) es una historia de alianzas de diversos pequeos estados con Prusia, bajo la iniciativa poltica de sta ltima, mediante presiones o concesiones hasta derrotar a los adversarios alemanes de Prusia. Entre 1834 y 1871 tenemos un desarrollo progresivo de la industria impulsado por esta unin aduanera y por la extensin de una red ferroviaria que facilita los intercambios comerciales y la circulacin de materias primas y de los productos manufacturados. Un largo camino orientado por las ideas econmicas de gente como Federick List, que al lado de la defensa del liberalismo econmico predic la unificacin de los territorios germnicos con la idea de dominar la Mitteleuropa. Un proyecto formulado y desarrollado en el periodo previo a marzo de 1848 (Vormrz) que sin embargo fue obstaculizado por dos factores: de un lado, la reaccin feudal, de otro la amenaza del proletariado naciente que se manifest por primera vez de forma amenazante en 1848, lo que atemoriz a una burguesa an dbil como para producir su propia revolucin.

As la nacin democrtica y moderna fracas en esa fecha y se consolid esa forma de construir la unidad desde arriba, a la prusiana, que culmin en la unificacin estatal de 1871. No olvidemos tampoco que esa unidad nacional se proclam tras la victoria sobre Francia en la guerra franco-prusiana, cuyo armisticio fue firmado, de manera humillante para la otra gran potencia europea, en el palacio de Versalles. Un armisticio que contemplaba entre otras medidas la anexin de Alsacia y Lorena.

Las contradicciones entre Prusia y Austria presidieron todo el periodo comprendido entre 1848 y 1971. La idea de una Gran Alemania que unira en un nico espacio estatal las bocas del Rhin con las del Danubio y los mares del Norte y Bltico con el Adritico, el Mediterrneo y el Negro; que unira a los alemanes, con los austracos, con los lombardos y vnetos, con los croatas, checos, eslovacos, eslovenos, hngaros y rumanos en un solo estado estuvo presente en todas las negociaciones entre ambas potencias alemanas: Austria y Prusia entre 1850 y 1871.

Finalmente, el realismo de Bismarck consider que la creacin del Imperio Alemn era un buen primer paso en esa direccin. Un realismo que le impuls a consolidar esa primera unidad estatal en espera de tiempos mejores. Pero desde el primer momento la tensin hacia el dominio de la Mitteleuropa prosigui. El trabajo de los fundadores de la geopoltica como Ratzel empujaba tambin en esa direccin. Tambin el de una potente asociacin empujaba en la misma direccin: la Liga Pangermnica constituida por altos funcionarios, industriales, acadmicos y por altos cargos militares. No olvidemos que la unin de la gran Alemania con Austria fue uno de los primeros pasos que dio el austraco Hitler con la anexin (Anschluss) de Austria al III Reich en 1934. Ese acto obedeca a un impulso de fondo que no era una simple obsesin.

El resto de la historia lo he resumido en mi ponencia en Cmo construir un bloque histrico de los pases del Mezzogiorno europeo? presentada en Roma, el pasado 30 de noviembre de 2013 en el euro frum Salir de la Unin Europea una propuesta por el cambio en Italia y en Europa. Tambin en la intervencin que Ramn Franquesa y yo mismo celebramos en la reunin celebrada en Valencia el pasado 10 de mayo por el Frente Cvico, que luego fue publicada en la revista mensual El Viejo Topo del pasado mes de junio con el ttulo: La nueva geopoltica europea: hacia un bloque histrico de los pases del sur de Europa. Repito que no soy un especialista en el tema si no un militante que trata de informarse seleccionando su informacin en historiadores de reconocida solvencia acadmica.

Quizs el lector no tenga tiempo para leer los artculos mencionados. Intentar hacer un breve resumen de cmo esa idea articuladora de espacios polticos, econmicos, culturales y/o territoriales ha determinado durante el siglo XX, la participacin alemana en la estructuracin del espacio europeo y ms tarde, en la construccin de la UE. Cmo es sabido, el primer intento de los imperios centrales (el Reich alemn y el imperio austro-hngaro) de lograr el dominio sobre la Mitteleuropa y sobre los Balcanes y sobre el Este de Europa fue la primera guerra mundial. Sin dejar de caracterizar esa guerra como una guerra inter-imperialista, es decir que la responsabilidad corresponde a todas las potencias participantes, no puede no debe olvidarse que la responsabilidad de su inicio corresponde totalmente a la agresiva actitud de la corte austraca contra Serbia y al impulso que la corte el imperial alemana y el Alto estado mayor del ejrcito alemn dieron a la guerra. La vulneracin de la neutralidad belga y los mtodos de la ocupacin de ese pas fueron una especie de laboratorio de doctrinas diplomticas y de guerra que encontraron su mxima expresin en la segunda guerra mundial. No nos es permitido omitir la permanencia de las tradiciones culturales como factor histrico.

Los objetivos de guerra de las potencias centrales correspondan perfectamente con el impulso inicial de los debates que presidieron la unificacin alemana: la ocupacin de territorios del imperio zarista para crear marcas frente al imperio euro-asitico y para favorecer su colonizacin por alemanes, la liquidacin del podero ruso (ese objetivo explica la firma del tratado de Brest-Litovks en febrero de 1918, con el gobierno bolchevique), y la liquidacin de Francia como potencia europea y colonial. 1914, un magnfico libro de Luciano Canfora publicado El Viejo Topo en este centenario de la gran guerra resume y dilucida, todas estas cuestiones.

La intervencin norteamericana a partir de 1917 en la gran guerra marc la entrada de un nuevo agente imperial sobre el territorio europeo. Una intervencin que an dura. Los 14 puntos del presidente Wilson, sobretodo la aplicacin del derecho de autodeterminacin significaron el recorte territorial del Reich Alemn y la destruccin del imperio austro-hngaro con la creacin de nuevos estados en el centro de Europa y en los Balcanes, en los Balcanes. Despus de la derrota alemana se produjo la creacin de un cinturn sanitario de marcas fronterizas que trataban de aislar a la revolucin bolchevique, la llamada Lnea Curzon.

Los Tratados de Versalles que significaron la rendicin de Alemania y Austria no slo fueron una humillacin si no que adems tuvieron numerosos ribetes injustos. Eran una humillacin y una injusticia sobre la que se levant un enano Hitler, sustentado, no lo olvidemos sobre los hombros de dos gigantes: Ludendorf y Hindenburg. Tanto Lenin como Keynes advirtieron del carcter injusto e impagable de las reparaciones de guerra impuestas a Alemania, como de las terribles consecuencias que esos tratados podan acarrear.

En los aos 20 el alto estado mayor del ejrcito alemn y el mundo acadmico alemn dieron un nuevo impulso a la geopoltica. La crtica de las fronteras surgidas en Versalles y la crtica del propio tratado dieron sustento a una construccin pseudo-cientfica en la que se mezclaban medias verdades extradas de la geografa, de la economa, de la antropologa y de las ciencias polticas y sociolgicas, con conclusiones predeterminadas que justificaban la necesidad del dominio alemn sobre el espacio europeo. Todo ello aderezado con nuevas tcnicas grficas en la construccin de mapas muy sugestivos que propiciaban una visin unilateral de los hechos. Destac en ese ejercicio de agit-prop el general Haushofer, de quien tom prestado Hitler el concepto de espacio vital (lebensraum), transformado en elemento vertebrador de su obra Mi lucha, un libro penoso transformado en best-seller en la Alemania de Weimar por las grandes mquinas de creacin de la opinin pblica.

Haushofer fue amigo personal de Hitler y su consejero en temas geopolticos cuando ste accedi a la cancillera de la mano de Hindenburg, sin haber ganado las elecciones. El proyecto de Hitler era algo ms que una locura individual o colectiva, se trataba de un proyecto poltico articulado en un completo programa de gobierno, que empez a aplicarse desde el primer da. Sin embargo la idea de Lebensraum por parte de Hitler era una desmesura: era intentar abarcar por la coercin y la fuerza mucho ms de lo que la potencia de la nacin alemana poda conquistar. Era una visin reductiva y extraordinariamente violenta de un programa mucho ms amplio y articulado de dominio hegemnico sobre el espacio europeo.

Se ha sealado el carcter polirquico del rgimen nazi. De hecho las grandes empresas alemanas del carbn y del acero, y de la qumica, los economistas de la gran burguesa albergaban proyectos que an contemplando la conquista militar de gran parte de Europa, pretendan crear una orden europeo (Neuordnung) hegemonizado por Alemania, en la que debera articularse una economa del gran espacio (Groraumwirtschaft) donde se reconociesen y jerarquizasen los diversos espacios vitales de los diversos estados subalternos. De ah deriv el intento de definir Europa no slo con el concepto de gran espacio (Groraum) si no de comunidad de espacios vitales (Lebensraumgemeinschaft). La continuidad entre este proyecto de comunidad de espacios vitales y el Zolverein parece clara.

La derrota de la desmesura hitleriana en 1945, signific tambin la derrota de este otro proyecto ms orgnico con los proyectos del gran capital alemn. Signific, de hecho, la ruina de Alemania. El camino recorrido hasta hoy ha sido largo (entre sesenta y setenta aos) y tortuoso. En primer lugar y como producto de la necesidad de contener el comunismo que haba experimentado una expansin inquietante para la nueva potencia mundial, los USA, se produjo creacin de la RFA mediante la unificacin de las tres zonas de ocupacin occidentales. Debe recordarse que, ante este hecho consumado la RDA fue creada al ao siguiente aunque la divisin de Alemania no formaba parte de los planes de Stalin. La diferencia entre ambos estados fue que mientras los USA, con el fin de reforzar al nuevo estado-marca fronteriza con el imperio del mal, obligaron a los pases acreedores a perdonar a la RFA la mitad de la deuda alemana y a pagar la otra mitad cuando se produjera la reunificacin alemana. Cosa que Helmuth Kolh se neg a hacer en 1990. Sumemos el importe del plan Marshall para la reconstruccin y tendremos el secreto del milagro alemn. Por su parte, la RDA pag duramente las devastaciones del ejrcito nazi en los pases del Este y particularmente en Rusia: indemnizaciones y desmantelamiento y traslado de fbricas a la URSS. La diferencia de niveles de vida entre ambas Alemanias se basa en realidades que son complicadas de juzgar.

Los USA impulsaron los planes de creacin del espacio econmico europeo, primero la OCDE, luego la CECA y finalmente el Tratado de Roma. Tenemos pues la realidad contradictoria de que el imperialismo americano financi y estimul la reconstruccin de lo que en un futuro sera un nuevo polo imperialista en contraposicin con sus intereses. La historia no siempre evoluciona en la direccin en que los poderes hegemnicos la programan. Entre 1945 y la anexin de la RDA, el imperialismo alemn estuvo embridado, contenido por la otra gran potencia europea que era Francia y por los USA. La anexin de la RDA, la llamada reunificacin alemana signific el final de una larga contencin: el imperialismo alemn, aunque contrarestado por la declinante potencia francesa, ascendi a la hegemona en la UE. Luego vendran el tratado de Maastricht, la moneda nica, la expansin de la UE y de la OTAN hacia el Este y hacia los Balcanes. Un autor italiano, Vladimiro Giacch ha mostrado de manera convincente la vinculacin estrecha entre la anexin de la RDA y el proceso de neocolonizacin de la Europa meridional y oriental. Otra obra que el lector espaol desconoce y que, desgraciadamente no ha sido traducida a ningn idioma peninsular. En resumen en un largo y trabajoso proceso ha recuperado la centralidad geopoltica en un rea que comprende 28 pases y cinco pases candidatos. El mapa de esta UE recuerda, de manera sorprendente los mapas trazados por Haushofer y sus colegas.

La respuesta ha sido larga y quizs difcil de comprender. Una entrevista no permite desarrollar adecuadamente un tema de la extrema complejidad como ste. Sin embargo, espero que quede claro que mi anlisis del rol hegemnico e imperialista de Alemania en la actual UE se corresponde con la realidad y no olvida el carcter complejo y contradictorio de las relaciones interimperialistas.

-Cuando se seala la hegemona alemana en la UE, no puede de hecho ignorarse que las clases dominantes de la periferia europea comparten el proyecto germano? Adems, la clase trabajadora alemana tambin padece recortes y ajustes salariales.

Efectivamente, estos complejsimos procesos histricos obligan a abandonar cualquier planteamiento reductivo so pena de cometer errores polticos de bulto o en el frikismo conspiracionista. Insistir como yo hago sobre la hegemona alemana en el gran espacio europeo actual no significa ignorar que la UE es una construccin para-estatal compleja, donde la permanencia de los viejos estados nacionales en decadencia an juega un rol contradictorio con la tendencia general. De otra parte, no debe olvidarse que los USA juegan un papel importante en el espacio europeo, a travs de la OTAN, siempre empeada en una lucha contra la gran potencia euro-asitica: Rusia. La Gran Bretaa, otro pedazo del imperio ocenico, interviene en todos esos asuntos en apoyo de los USA y siguiendo su poltica tradicional de no permitir o dificultar la hegemona de cualquier nueva potencia en el continente. Aadamos, para mayor complejidad, el rol de la otra gran potencia en la construccin de la UE, Francia. Si bien se puede afirmar que hoy Francia es incapaz de corregir los designios de la RFA, es preciso recordar que Alemania no posee un ejrcito con capacidad de intervencin en el exterior (la primera misiones externas despus de 1945 corresponde a la guerra de Afganistn), mientras que Francia despliega sus intervenciones imperialistas sobre todo el territorio de la zona norteafricana y que, adems, posee la force de frappe nuclear. Todo ello hace ms complejos los equilibrios de poder en el interior de la UE, pero no desmerece la tendencia principal.

Aadamos que el dominio imperialista sobre los pases perifricos no sera posible sin una poltica de alianzas con las clases dominantes de dichos pases. Lo que significa una red compleja de interrelaciones, concesiones y una jerarquizacin de los pases dominados, as como el complejo proceso de la formacin de una burguesa europea. Tengamos presente, por ejemplo, que entre las primeras cincuenta bancas y multinacionales europeas clasificadas por sus beneficios, 13 son alemanas, 9 francesas, 9 britnicas, 6 del Benelux, 5 espaolas y 4 italianas. En cuanto a las 10 bancas ms seguras del mundo segn Global Finance 4 son alemanas, 3 holandesas, 1 francesa, 1 luxemburguesa y una suiza (datos facilitados por Sergio Cararo: Unione Europea. Spazio comune o polo imperialista? ). Quizs estas cifras no parezcan suficientes a muchos pero dan indicios de la complejidad de lo que se est construyendo y muestran todo un campo de investigacin que a mi conocer, an estn haciendo muy pocos en Europa y que, an est ms lejos de producir resultados en la accin poltica. Pero que me parece extraordinariamente importante.

Efectivamente la clase obrera alemana est explotada, siempre lo ha estado. Sobre todo despus de la Agenda 2010 lanzada por la socialdemocracia alemana en el ao 2003. Una agenda que ha presidido la accin de los gobiernos alemanes desde entonces. Apoyo la lucha de la clase obrera alemana contra su propia explotacin. Pero la solidaridad internacionalista no significa paralizar la lucha de clases en nuestro propio pas. Mi previsin, quizs equivocada, es que el primer eslabn cadena del sistema euro que se romper no ser la alemana. Mi previsin es que ser uno de los pases del sur, uno de los pases perifricos.

El carcter dominante de la situacin actual europea es su carcter neo-colonial, es la relacin desigual, de explotacin, de dominio del centro imperialista sobre una periferia neo-colonial. La triste realidad de los pases del Mezzogiorno es la dependencia absoluta, radical. En este contexto la lucha que pasa a primer plano es la lucha de liberacin nacional de los pases perifricos, de los pases sometidos a mecanismos de explotacin neo-colonial. La lucha contra los viejos estados-nacin destruidos y vaciados de poderes reales, siendo importante, pasa a estar supeditada esta lucha. Lo que pasa a primer plano es la lucha contra la dominacin continental per parte de Alemania a travs de la UE. Los pueblos perifricos, los pueblos dependientes deben tejer alianzas entre ellos, para combatir el enemigo comn, per a lograr su independencia. Pero no podrn ser independientes, si no cooperan entre ellos si no federan y confederan sus luchas, sus combates, sus economas, sus culturas materiales de vida.

Ninguna cadena se rompe simultneamente por todos sus eslabones. Las cadenas suelen romperse per el eslabn ms dbil. Dicho de otra manera ms antigua: la lucha de los trabajadores es internacional por su contenido pero nacional por su forma. As que niego la mayor de los planteamientos europestas de los negristas y de los postmodernos: el sujeto europeo no existe. El sujeto europeo slo se podr crear saliendo de la jaula de la UE. Una jaula creada, entre otras cosas para que los diversos destacamentos nacionales de la clase obrera compitan entre s en una subasta a la baja del coste de la fuerza del trabajo. Una subasta solo puede estimular los corporativismos territoriales, etnicistas, incluso racistas. Reclamar hoy, la salida de la UE no significa romper la solidaridad internacional de los trabajadores. Precisamente el revs: esa la reivindicacin que expresa en la actualidad el internacionalismo proletario.

-Ante la actual crisis de la Unin Europea, qu te sugieren ideas como la desmundializacin? Eres partidario de la reconstruccin de los viejos estados-nacionales? Si es as, implica ello recuperar algunos elementos del keynesianismo y del periodo fordista?

La economa mundial est dominada por unas finanzas que actan sin ninguno tipo de control. Quitan y ponen gobiernos, dictan sus polticas, hunden continentes enteros en la miseria, producen flujos migratorios masivos, destruyen y crean estados a placer, imponen guerras, perpetan un modelo energtico obsoleto como si el Peak oil no estuviera a la vuelta de la esquina a todo ello se suman los fenmenos que se desprenden de la crisis de la hegemona del imperialismo USA, con la aparicin del fenmeno de los BRICs y, sobretodo con la competencia con China y con Rusia, que agudizan esa situacin de caos. La historia est lejos de haberse acabado.

El resultado de este caos en los pases de nuestra rea geopoltica es la descomposicin de la sociedad, la liquidacin de la civilizacin de 1945, incluyendo el keynesianismo y el llamado estado del bienestar, la desregulacin absoluta del mundo del trabajo, el llamado estado de la deuda, la liquidacin de las soberanas nacionales, la competencia a la baja entre la clase obrera de los diversas regiones del mundo en el mercado mundial de la fuerza de trabajo y, por sobre todo, la imposibilidad de seguir creciendo, dictada por dos factores combinados: la divisin internacional del trabajo y el fin de la civilizacin del petrleo.

Cuando Samir Amin plante la necesidad de la desconexin se le tild de utpico. Se consideraba que la mundializacin de la economa no slo haba llegado para quedarse, si no que, adems, era un gran bien, algo que creaba la base para la unificacin del genero humano. Hoy parece evidente que lo utpico es pensar que se pueden producir transformaciones sociales profundas y necesarias desde estados reducidos a su funcin de aparato administrativo y represivo de aplicacin de las polticas decididas en los parquets de los mercados y en los despachos de los poderes multinacionales. Unos estados reducidos a su rol de vigilante nocturno (Gramsci) propio de las antiguas administraciones coloniales no pueden enfrentar una situacin que no tiene ningn tipo de salida.

La desconexin se producir ineludiblemente debido al final de la civilizacin del petrleo. Un final que se presenta ante nuestros ojos. Y an podemos elegir el escenario. Podemos optar por construir una nueva cultura material de vida, unas nuevas relaciones econmicas internacionales basadas en la produccin de proximidad, en la autolimitacin del consumo, en una divisin internacional del trabajo de carcter cooperativo. O preparamos ese futuro entre todos o, si decidimos continuar con la cabeza debajo del ala, el escenario previsible es Mad Max, o sea el caos y la guerra de todos contra todos. La supervivencia del ms apto para la violencia para la imposicin.

-Qu importancia tiene en todo esto la batalla cultural y de las ideas? Compartes la propuesta que hace Monereo de la democracia de la vida cotidiana?

Mi amigo Manolo Monereo es una persona de una inmensa cultura. Su pensamiento bebe en algunas fuentes europeas de las que tambin bebo yo: Lenin, Gramsci y Luckcs. Pero su pensamiento se ha enriquecido y se ha transformado con su experiencia en el continente americano. As que a esos autores de esa pequea provincia del mundo que es Europa, l suma otras lecturas y otras experiencias procedentes del continente de la esperanza: me aventuro a citar a Anibal Quijano, a Jose Carlos Mariategui, al Che. O para citar a un potente agente del cambio poltico y social, an bien vivo y actuante, me atrever a citar Garca Linera. Eso autores y esas experiencias se pueden colegir de una lectura entre lneas de sus libros ms recientes. Una cosa parecida he podido observar en la evolucin de otro amigo que en el ltimo decenio mantiene una pata en cada lado del Atlntico: Luciano Vasapollo. En el libro cuya edicin prepara El Viejo Topo para despus del verano, la necesidad de re-valorizar el concepto de vida buena, de economa cooperativa y de proximidad, de desconexin de la mundializacin y en cambio de reconexin con lo cercano, con los pases del entorno est bien presente.

En ambos casos, se trata de un curioso viaje de ida y vuelta de intelectuales y polticos comunistas europeos que participan en las experiencias transformadoras latinoamericanas y que, a su vez, vuelven transformados, mejorados dira yo, de sus periplos.

Pero cuando hablamos de democracia de la vida cotidiana mi maestro indiscutible, quien abri este tema en el estado espaol actualizando la reflexin sustantiva del republicanismo de raz, as como las aportaciones de, entre otros autores, Luckcs, de Gramsci, de Hegel, o Vigotsky para hacer una propuesta sustantiva de reformulacin de la poltica es Joaqun Miras. Como es un pensador que se coloca fuera del mercado poltico y que adems no cuida mucho la promocin de sus escritos y no prodiga su presencia pblica, su pensamiento suele ser marginado por los buscadores permanentes de las novedades editoriales. Solo puedo decir que si descubr a Robespierre y lo traduje, que si dediqu mi tesis doctoral a la revolucin francesa fue por su culpa. Para profundizar rigurosamente en la tradicin de la democracia slo puedo recomendar la lectura de su libro Repensar la poltica. Refundar la izquierda publicado en 2002.

Tienes razn, se trata sin duda de la democratizacin de la vida cotidiana. Esa tarea, esa gran tarea fue sealada hace cinco dcadas por el gran Georg Luckcs. Otros autores siguieron esa estela, aunque no consiguieron grandes xitos en el mundo poltico de la izquierda, atenta solamente a los calendarios y contiendas electorales. Pero la democratizacin de la vida cotidiana es algo ms que una tarea de tipo lucha ideolgica o de agit-prop, se trata de algo ms complejo: se trata de crear una nueva cultura material. Algo no puede ser objeto de la resolucin de ningn comit central, algo que no es tarea de ningn estado mayor, algo que solo pueden hacer las grandes masas populares en el mismo proceso de autodeterminarse, en el mismo proceso de conquistar su plena autonoma, es decir de constituir un nuevo orden, de constituir un nuevo estado: la democracia.

Es por esto que creo que la desconexin voluntaria no puede producirse sin destruir los restos de los viejos estados y sin construir nuevos instrumentos estatales adecuados precisamente para esta tarea: la desconexin programada y decidida democrticamente. La nostalgia de los viejos estados nacionales destruidos por la mundializacin y, en nuestra rea geopoltica, por la UE no sirve. El keynesianismo no volver por que no puede volver: faltan las premisas geopolticas (la presencia de la URSS, la correlacin de fuerzas de 1945) y energticas: el crecimiento ya no es posible. El fordismo no volver, no puede volver por que el fordismo, base econmica productiva del keynesianismo, no puede volver en un contexto de crisis energtica.

La alternativa, pues, no es la vuelta a lo que pudo haber sido y no fue. La alternativa es una sociedad duea de sus destinos, que controle republicanamente su economa, que auto-regule sus necesidades mediante la recuperacin o la construccin de unos usos y costumbres sociales de carcter austero. Virtuosos si queremos decirlo con lenguaje republicano. Una sociedad que evite la creacin heternoma de nuevas necesidades artificiales, que evite la desmesura, que se centre en lo esencial, en el cuidado y conservacin de la sociedad, en el cuidado y conservacin de las personas.

Lo angustioso de todo esto es la diferencia de ritmos histricos en que avanzan los procesos: de un lado la rapidez en que avanza el fin de la civilizacin del petrleo, de otro, la lentitud con que sabemos que se construyen las culturas materiales de vida. Si nos referimos al aspecto subjetivo de los ritmos histricos, que las fuerzas polticas y sindicales de la izquierda slo piensan segn los calendarios electorales. La conclusin podra ser que la barbarie est a la vuelta de la esquina.

Pero quiero ser, de nuevo, ingenuamente optimista: el manifiesto promovido por cientficos y firmados por numerosos cuadros polticos de la vieja y de la nueva izquierda quizs sea una nueva oportunidad. Ojala no la volvamos a perder.

-Anguita ha defendido pblicamente la cultura de la austeridad. En su da tambin la propuso Berlinguer. Ests de acuerdo? Se compadece ello con la crtica a las polticas austeritarias?

Mi relacin con el pensamiento de Berlinguer fue, en el pasado, muy crtica. En la etapa de mi bisoez poltica particip activamente, en aquella experiencia radicalmente crtica del eurocomunismo que se llam V Congreso del PSUC, as como en la creacin del PCC. Pienso que la crtica que algunos hacamos al eurocomunismo, siendo esencialmente correcta, si nos atenemos al caso espaol. Los aspectos principales de esa crtica eran: el rechazo de lo pactos de la Moncloa, el rechazo de la aceptacin de la monarqua, el rechazo de la poltica de concentracin nacional por parte de Santiago Carrillo y de su grupo, el rechazo de la liquidacin de la democracia en el partido, el rechazo a la liquidacin acrtica del leninismo tirando el nio junto al agua sucia, el rechazo a la aceptacin por Carrillo de la energa nuclear, entre otros rechazos. Se ver que no he resaltado el tema de la poltica internacional que no siendo pequeo, no era ni de lejos, el ms importante. Como se ve muchos rechazos, correctos todos ellos, pero con una enorme deficiencia: faltaba una poltica propositiva. Digamos que aquello que nos una era, slo, el rechazo a lo que llambamos eurocomunismo.

Eso dificultaba una visin matizada, realista, del asunto. Con la madurez he ido descubriendo que del mismo modo que no se puede hablar del comunismo histrico del siglo XX, si no de los comunismos, de las diversas culturas comunistas del siglo XX, tampoco se puede hablar del eurocomunismo si no de los eurocomunismos. Que, de ninguna manera se puede paragonar el eurocomunismo espaol con el italiano. Y an menos la figura de Santiago Carrillo con la de Enrico Berlinguer.

Con el tiempo, he descubierto al segundo Berlinguer del que nos han hablado Lucio Magri y Guido Liguori en libros recientes e imprescindibles. Nuestra crtica del Berlinguer del compromiso histrico, de la aceptacin de la OTAN y de los aos de la solidaridad nacional, nos impidi, durante los aos ochenta, reconocer a ese segundo Berlinguer, el que se desliga del derechismo de Giorgio Napolitano, de Luciano Lama, de Giorgio Amendola que dominaron el PCI durante los aos 70. Ese segundo Berlinguer que se acerca al movimiento por la paz, que da cobertura e impulsa un feminismo marxista de gran calado, ese Berlinguer que apoya a fondo el rechazo de los obreros de la FIAT. Ese segundo Berlinguer que, aventuro, no hubiera aceptado el crimen cometido en el teatro de la Bolognina.

En los aos ochenta estuve empeado en la construccin de un partido cuya principal sea de identidad era la crtica del eurocomunismo. Debo confesar que mis escritos polmicos de la poca no eran capaces de captar, ni las profundas diferencias existentes entre Berlinguer y la mayora derechista del CC del PCI, ni las profundas diferencias existentes entre el PCI y el PCE, ni las diferencias quizs no tan profundas pero netas, entre el Berlinguer de los 70 y el de los aos 80.

Creo que el segundo Berlinguer fue capaz de extraer consecuencias crticas y autocrticas del fracaso del compromiso histrico y de la poltica de solidaridad nacional. Debo confesar que yo, embarcado en una ruda polmica con los eurocomunistas patrios, y con las propuestas de izquierda europea lanzadas al unsono por Giorgio Napolitano i por Peter Glotz, no supe captar en su momento la diferencia de ese segundo Berlinguer, algunas de cuyas propuestas o reflexiones tienen gran inters para nuestra poca.

Con la propuesta de Austeridad la cosa de complica an ms. Fijmonos en primer lugar la cronologa: los dos textos principales de Berlinguer respecto a este tema son dos discursos pronunciados en enero de 1977. El primer discurso, el 15 de enero en una asamblea de intelectuales convocada por la comisin cultural del PCI y celebrada en el teatro Eliseo de Roma. El segundo discurso lo pronunci quince das ms tarde en Miln en una asamblea de obreros comunistas. Ambos fueron publicados por Editori Riuniti en un folleto titulado Austerit occasione per transformare lItalia.

En Espaa fue editado por la editorial Mientras tanto. Esta propuesta no poda ser apreciada en su profundidad por nosotros puesto que ambos discursos fueron pronunciados en un contexto muy determinado que no puede ser olvidado si se quiere entender su recepcin en la Catalunya de entonces: la poltica de sacrificios defendida por Giorgio Amendola y por Luciano Lama. En Espaa esa poltica era identificada no sin razn con los Pactos de la Moncloa, con la transformacin del movimiento socio-poltico de las comisiones obreras en un sindicato del que ya se perciban la futura burocratizacin y la adopcin de un rol el control y freno al movimiento obrero.

Para nosotros pues, comunistas que rechazbamos la energa nuclear, que colocbamos la contradiccin entre el desarrollo de las fuerzas productivas en el capitalismo maduro y la preservacin de la vida humana en el planeta como una de las contradicciones principales, comunistas que habamos tomado buena nota de las advertencias del Club de Roma, sin embargo no leamos, no podamos leer la propuesta de austeridad de Berlinguer fuera del contexto en que haba sido formulada. Preferamos las posiciones de Wolfgang Harich a las de Berlinguer. De Harich extraamos algunas de nuestras formulaciones programticas, naturalmente sin citarlo.

Hoy creo que la propuesta berlingueriana de austeridad debe ser leda hoy y asumida de otro modo al que nosotros lo hicimos en la poca. Debe en primer lugar ser tomada como un prolegmeno del segundo Berlinguer. Debe ser leda como una percepcin ntida y clara de la contradiccin entre supervivencia de la especie humana y desarrollo de aquellas fuerzas que Manuel Sacristn acab denominando fuerzas destructivas (y no se refera slo a la industria de guerra). Debe ser leda como una toma de conciencia de las advertencias del Club de Roma y como un intento de insertar esas advertencias en una propuesta de nuevo modelo de desarrollo, no de crecimiento, en el que prime, sobretodo la calidad y no tanto la cantidad. Debe ser leda como una propuesta que buscaba la transformacin de la sociedad entendida no como la liberacin de las fuerzas productivas constreidas por el capitalismo si no, ms bien como la programacin democrtica de la economa: que tenga como fin la elevacin del hombre en su esencia humana y social, no como mero individuo contrapuesto a sus similares; cuando ponemos el objetivo de la superacin de los modelos de consumo y de comportamiento inspirados en un exasperado individualismo; cuando ponemos el objetivo de ir ms all de la satisfaccin de exigencias materiales inducidas artificiosamente, y tambin del actual satisfaccin de necesidades esenciales pero en modos irracionales, costosos, alienantes y encima socialmente discriminatorios; cuando ponemos el objetivo de la plena igualdad y de la efectiva liberacin de la mujer, que es hoy uno de los temas ms grandes de la vida nacional; cuando ponemos el objetivo de una participacin de los trabajadores y de los ciudadanos en el control de las empresas, de la economa, del Estado; cuando ponemos el objetivo de una solidaridad y de una cooperacin internacionales que conduzca a una redistribucin de la riqueza a escala mundial; cuando ponemos objetivos de tal gnero, que hacemos si no proponer formas de vida y relaciones entre los hombres y entre los Estados ms solidarias, ms sociales, ms humanas, y por tanto que salen del cuadro de la lgica del capitalismo?.

Ledas hoy estas lneas escritas en 1977, cobran un sentido que va ms all del rechazo que no dejaba de tener ribetes corporativos, con que las recibimos en aquel entonces. Cobran el sentido de todo un proyecto de modo de vida, de sociedad contrapuesto a la lgica del capitalismo. Cobran el sentido de una percepcin de largo alcance por parte de un gran dirigente comunista que tomaba nota de la nueva fase de desarrollo del capitalismo, de la destruccin de los valores sobre los que se basaban las culturas populares hasta los aos sesenta del siglo XX, de la desintegracin de toda una civilizacin bajo los embates del capitalismo liberado de frenos que se intua para un prximo futuro. Un futuro que hoy es un presente que pesa duramente sobre las espaldas de las futuras generaciones. Cobran el sentido de una visin anti-economicista del desarrollo entendida como freno del consumismo desaforado. Cobran el sentido de la recuperacin de viejos valores de vida propios de las aejas tradiciones del movimiento obrero y popular. En este sentido me parece estimulante la llamada de Anguita a re-apropiarnos de este discurso berlingueriano.

Seguro que la palabra austeridad que ya indujo a equvocos en su momento, no es hoy la palabra ms popular cuando en su nombre se est liquidando toda la civilizacin europea nacida tras el gran pacto social de 1945. Seguramente la austeridad entendida como consigna, como prdica de otra cultura material, de otro modo de vida, choca con las resistencias frente a los recortes salariales y contra las garantas constitucionales de proteccin del trabajo, contra los recortes en los servicios pblicos, contra la idea de que la nica forma de crear puestos de trabajo consiste en estimular el crecimiento econmico. Probablemente la palabra austeridad choca con las aspiraciones de las llamadas clases medias empobrecidas (proletarizadas llambamos a esto antes de que la posmodernidad proscribiese el uso de estos trminos) bruscamente que aspiran a la recuperacin de su estndar de vida y de su capacidad de consumo. En definitiva probablemente choca con la defensa de quienes no es que vivan en la austeridad si no que viven, hablando propiamente en la indigencia (del nuevo y viejo proletariado en harapos, aunque use la telefona mvil) y cuyas aspiraciones inmediatas, corporativas por as decir, consisten no tanto en cambiar la sociedad si no en mejorar, en lo inmediato, las condiciones reales de su existencia. Y no vamos a criticarles ese corporativismo de subsistencia, creo yo.

Quizs debamos empezar a reflexionar y a llevar a los movimientos sociales la certeza de que la civilizacin del 45 no volver. Que ya no son posibles polticas de carcter keynesiano. Que el nico keynesianismo posible en nuestros pases (el de la industria de guerra) no es tampoco, para nada, deseable. Que se trata de la transformar la sociedad en profundidad, es decir de cambiar los modos de vida. Que superar el capitalismo en la direccin de la democracia y del socialismo no significa la entrada en un mundo de Jauja donde los jamones cuelguen de los rboles y los ros manen incansablemente de leche y miel. Que habr que ir inventando modos de vida cooperativos, solidarios, austeros, es decir, en definitiva igualitarios y democrticos. Al modo que lo quera Babeuf, al modo que lo queran los viejos republicanos, los demcratas, los anarquistas, los socialistas, los comunistas.

Esas son algunas de las cosas que me sugiere el trmino austeridad en este 2014, treinta y siete aos y medio, ms tarde de los discursos pronunciados en Roma y en Miln por Enrico Berlinguer.

-Reivindicas, dicho en pocas palabras, una soberana popular plena y efectiva. En qu consistira? Observas en el 15-M, las marchas del 22-M, las plataformas de parados o movimientos como la PAH el embrin de procesos emancipadores?

Empezando por lo ltimo. S efectivamente en esos movimientos, en esas organizaciones incipientes se pueden observar conatos de movimientos emancipatorios. Sin embargo, estos movimientos hoy por hoy, y como es natural, son movimientos defensivos, que se encuentran an en una fase digamos econmico-corporativa. No es una crtica. Es una constatacin de la fase de desarrollo del movimiento. Falta mucho trabajo capilar, mucha organizacin, mucha experiencia a partir del desarrollo de la lucha de clases, mucha maduracin, para que estos movimientos alcancen a tener una carcter realmente emancipador, es decir de constructores de un orden social nuevo, lo que es lo mismo que decir, constructores de otro estado.

No pretendo ser original. Entiendo ese orden nuevo, ese otro estado, de acuerdo con el concepto gramsciano de estado integral, es decir sociedad poltica ms sociedad civil. No existen atajos para construir ese nuevo orden social, ese nuevo estado. Ni vas insurreccionales antes de que las condiciones objetivas (que siempre son las subjetivas) estn dadas, ni vas electorales que den salida a la ilusin de que una vuelta al keynesianismo de la poca fordista (ligado estrechamente a la etapa de la guerra fra) es posible. El camino hacia la autonoma de proyecto, el camino (por decirlo en trminos usados por Marx en 1848) hacia la constitucin del proletariado como clase, es largo, tortuoso, sometido a avances lentos y retrocesos catastrficos. Se mide en lo que algunos historiadores han llamado larga duracin. Ninguna impaciencia, ningn vanguardismo, ningn elitismo por muy revolucionario que afirme ser, podr sustituir esa lenta acumulacin de experiencia y de maduracin.

En ese camino, las lites intelectuales, las vanguardias ms menos externas deben elegir entre dos vas. La primera es ser estircol o sea materia orgnica que alimenta el suelo en el que deben surgir las nuevas organizaciones, ser mano de obra ms o menos annima que labra el terreno, que comunica la memoria histrica de las clases subalternas a las nuevas camadas de las mismas, trabajar desde la modestia y desde el trabajo capilar o molecular: barrio, pueblo, empresa, sindicato, ateneo, cooperativa, movimiento contra el paro el tajo es inmenso, hay tarea para todo aquel que quiera apuntarse.

La segunda va que tienen esas vanguardias externas es la de siempre: repetir una y otra vez el intento de ser la representacin institucional de las clases subalternas, es decir ser un mecanismo de cooptacin y de liquidacin de los conatos de autonoma de clase. Poco importa que ello se produzca desde la radicalidad del lenguaje que siempre redunda en lo mismo: olvidar que o la emancipacin de los trabajadores es de obra de ellos mismos, o no es emancipacin y da lugar a monstruos. En general estas vanguardias no son realmente vanguardias, son eternos aspirantes a ocupar los despachos del estado mayor.

Ese lento proceso de constitucin en clase lo podemos llamar, como se haca en 1848, la conquista de la democracia, o sea: la constitucin de un soberano que decide, dentro de su marco territorial aquello que hace con su vida. Esa capacidad de direccin debe incluir lo que los acadmicos llaman economa, que solo es parte de esa vida. Naturalmente que la sociedad es infinitamente ms compleja que en 1848, por tanto es difcil que yo (pequea ancdota individual en el devenir de la especie) o algn sujeto poltico y social ms colectivo y articulado que un individuo, pueda predicar como ser la soberana popular en este principio de siglo XXI. Eso es competencia del pueblo que deber hacer su camino y su experiencia.

Modestamente solo puedo apuntar unas lneas muy genricas: la desconexin de la globalizacin es imprescindible. Ser soberanos sobre la economa requiere arrancar el poder de decisin de las manos de los mercados o sea de las manos privadas, convertir la toma de decisiones en algo pblico, en algo deliberado. Ojo: no digo estatal (es decir aparato burocrtico-administrativo-represivo) si no pblico: sometida a pblica deliberacin, a pblica decisin.

Ese paso sigue siendo condicin necesaria pero no suficiente. Imprescindible, la aplicacin del principio de subsidiaridad absoluto. Como dijera Saint Just en la discusin de la constitucin francesa de 1793, el rgano de la soberana debe ser la comuna (municipio). Los municipios deben ser pequeos, controlables por los ciudadanos. Las decisiones macro, deben ser las mnimas posibles. Roussseau ya nos advirti de que la democracia (es decir la soberana del pueblo) solo es posible en unidades territoriales pequeas. Para las unidades mayores parece imprescindible el centralismo legislativo que no significa otra cosa que la recuperacin del viejo principio republicano que consiste en que el legislador es el pueblo y que los representantes solo ejecutan su mandato. La representacin de la soberana, necesaria en unidades territoriales grandes, no puede eludir ese principio bsico del republicanismo: el legislador es el pueblo, cualquier ley que no sea propuesta, elaborada, deliberada, aprobada y promulgada por el pueblo no es ley. Es tirana.

La soberana del pueblo no es divisible: el centralismo legislativo significa que el ejecutivo es un simple comisario del poder legislativo, que los mandatos tanto de los representantes como de los miembros del poder ejecutivo deben ser cortos y controlados por el legislativo. Ni el ejecutivo ni el judicial son poderes independientes del poder legislativo. En fin, no es preciso volver a inventar los principios bsicos de la democracia y de la soberana. Los encontramos ntegramente en los debates fundacionales de USA (lado Jefferson) y de la primavera de 1793, lado Saint Just, Romme, Coup y Robespierre. El constitucionalismo post-termidoriano supuso simplemente la liquidacin de la democracia para sustituirla por los regmenes liberal- representativos.

S que sera ms tranquilizador que yo apuntara algunas lneas ms concretas. Antes yo sola hacer esas cosas: escribir programas de accin, tratar de entender la fase de la lucha y tratar de predecir qu pasos haba que dar en cada caso la experiencia y la edad me han vuelto mucho ms prudente y modesto. Encontremos juntos los caminos de la soberana popular! Constituyamos juntos el soberano!

- Eso que siempre se ha entendido como izquierda. Piensas que est ms cerca de los movimientos/plataformas antes citados o de los partidos en sentido clsico?

Hace unos ochenta aos, en el cuaderno de la crcel que recibi el n 13, Antonio Gramsci escriba: Los partidos nacen y se constituyen en organizacin para dirigir la situacin en momentos histricamente vitales para su clase; pero no siempre saben adaptarse a las nuevas tareas y a las nuevas pocas, no siempre saben desarrollarse segn se van desarrollando las relaciones totales de fuerza (y por lo tanto la posicin relativa de sus clases) en el pas determinado o en el campo internacional. En el mismo texto de los cuadernos nos adverta tambin sobre el poder de la burocracia: La burocracia es la fuerza consuetudinaria y conservadora ms peligrosa; si sta acaba por constituir un grupo solidario, que se apoya en s mismo y se siente independiente de la masa, el partido acaba por volverse anacrnico, y en los momentos de crisis aguda queda vaco de su contenido social y queda como apoyado en el aire [1].

Creo que esta es una excelente descripcin de lo que le pasa a la izquierda en Espaa. No solo a la vieja izquierda, cuidado. En la izquierda que sabe presentarse como nueva aprecio conatos de la constitucin de nuevas elites cuya diferencia con las viejas es ms de edad que de contenido. No quiero aadir mucho ms por el momento. Prefiero acompaar los nuevos procesos. Andar y ver que dice un amigo.

Los viejos luchadores antifranquistas y de la transicin que no se han burocratizado debieran confluir con los nuevos movimientos sociales que surgen. Algunos ya lo hacen. Pueden ayudar mucho a la hora de transmitir la memoria y la experiencia, pueden ayudar un montn en la estructuracin y organizacin de lo nuevo pero, ojo! Es imprescindible la autocontencin. Es imprescindible permitir que las nuevas experiencias enseen al colectivo. Hay que ser tremendamente cuidadoso para evitar la tentacin de poner, patticamente, vallas al campo. Las nuevas generaciones debern hacer su camino, debern aprender en el dolor de sus costillas, nadie aprende mucho de la experiencia ajena. Las nuevas generaciones tienen el derecho y el deber de construir su propio futuro. Tienen el derecho y el deber de equivocarse y de acertar. A nosotros, los viejos que no les dejamos en herencia ninguna victoria digna de ese nombre, solo nos queda el deber apoyar incondicionalmente. Si nos dejan contribuir a la instruccin de las nuevas generaciones, si nos permiten comunicar conocimientos y experiencias, si nos permiten traspasar la memoria de las luchas, comunicar la memoria de los periodos anteriores, habremos hecho algo de inters. Habremos ayudado a labrar el campo y a estercolarlo.

-Por ltimo, eres de los que sostienes que el camino de las transformaciones sociales es muy largo, da muchos rodeos y siempre se presenta cuesta arriba Al tiempo que criticas la impaciencia y los atajos elitistas (llevas ms de 40 aos de militancia comunista) Puedes explicar esta idea?

Cuando expongo algunas de estas opiniones sobre la larga duracin, sobre el trabajo lento y pertinaz, sobre el trabajo capilar, molecular, que se encuentra en la base de las grandes transformaciones sociales, se me suele tildar de pesimista. Yo siempre contesto que por el contrario, soy un optimista. Si no lo fuera habra tirado la toalla. Por ejemplo no estara contestando esta entrevista, no aceptara las propuestas de recorrer decenas o centenares de kilmetros, para explicar cosas ante pequeos ncleos de militantes jvenes y no tan jvenes. Esa es la actividad a la que me dedico en los ltimos aos.

Soy pues, soy optimista, es decir, creo que los seres humanos, si quieren, pueden llegar a su unificacin como gnero. Ahora bien, una ya larga experiencia y diversos costalazos me han mostrado que las cosas no son simples, que cambiar la sociedad es algo ms que un simple deseo ms o menos arbitrario de una o de varias personas.

Junto con otros compaeros a quienes debo muchas de las reflexiones que intento difundir y divulgar, he hecho, hemos hecho, el esfuerzo de sacar algunas consecuencias de la experiencia del siglo XX. Lo hemos hecho tratando de no tirar al nio junto al agua sucia. El comunismo histricamente existente en el siglo XX debe ser datado y ubicado en un contexto terrible de dos grandes guerras mundiales, de una terrible lucha de clases tanto en el terreno nacional como internacional. Ese contexto social, poltico, econmico, cultural, militar y geopoltico (todas esas y an otras determinaciones influyeron el comunismo del siglo XX) y determinaron las formas orgnicas, los programas y los mtodos que adopt. Seguramente estas formas, esos programas, esos mtodos, en muchos casos no sirven ya para nuestra realidad. El comunismo debe reinventarse en el siglo XXI, debe renacer de sus cenizas. Y me atrevo a decir que ser un comunismo reconciliado con sus principios bsicos y originales: con la democracia, con la igualdad y con la libertad. O no ser otra cosa que unas lneas en los manuales de historia.

Dicho esto, me gustara recordar que la revolucin no es el estado normal de las sociedades. Las revoluciones no las hacen los revolucionarios ms o menos permanentes. Las revoluciones las hacen decenas de millones de personas en coyunturas muy precisas y en que las clases en el poder ya no pueden dar a los de abajo respuesta positiva a sus aspiraciones. La hacen decenas de millones de personas cuya aspiracin no es hacer revoluciones sino, simplemente, llegar a fin de mes, o dicho en otras palabras: tener pan, techo y trabajo. Mientras la dinmica del capitalismo permite satisfacer estas necesidades, mientras las demandas permanecen en su fase corporativa, el movimiento poltico y social de las clases subalternas es cooptable, es integrable, puede ser satisfecho. La integracin y satisfaccin de sus reivindicaciones, en lugar de ser un estorbo son un motor de desarrollo.

Solo cuando esas necesidades bsicas no pueden ser satisfechas solo cuando van a contrapelo de la dinmica de desarrollo capitalista, esas aspiraciones pueden llegar a adquirir un sentido subversivo. Slo entonces pasan a ser, de motor de desarrollo a obstculo para la dinmica del capital y, en muy determinados y minoritarios casos pasan a constituir la base de un nuevo orden. Un nuevo orden que vaya ms all del capital. A mi me parece que estamos entrando en una fase de este tipo. Pero como siempre prefiero que la situacin nos pille con los deberes hechos.

Nota:

[1] GRAMSCI, Antonio, Observaciones sobre algunos aspectos de la estructura de los partidos polticos en los perodos de crisis orgnica, en Cuaderno 13 (XXX) Notas sobre la poltica de Maquiavelo, in Quaderni del Carcere, edizione critica a cura di Valentino Gerratana, Torino, Einaudi editore, 1975, p. 1604. En la edicin castellana de Ediciones Era, Tomo 5, p. 51.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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