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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-07-2014

Cultura de la honradez o La carga necesaria

Luis Toledo Sande
Cubarte


En 1973, en su discurso del acto central con que se honraron los sucesos ocurridos en Santiago de Cuba y Bayamo el 26 de julio veinte aos atrs, Fidel Castro, gua de aquellos hechos y de la Revolucin desatada con ellos, exclam antes del Patria o Muerte final: Desde aqu te decimos, Rubn: el 26 de Julio fue la carga que t pedas . Acababa de citar el Mensaje lrico civil de Martnez Villena, un texto enlace de la dignidad de la poesa y la civilidad por la cual la vanguardia del pueblo cubano haba combatido durante dcadas, y que segua quebrantada. Ejemplo l mismo de la lucha revolucionaria, el autor del Mensaje proclam en los versos citados: Hace falta una carga para matar bribones,/ para acabar la obra de las revoluciones, y tena en mente un fin mayor: para que la Repblica se mantenga de s,/ para cumplir el sueo de mrmol de Mart.

Los actos armados de 1953 fueron el brote gneo de una nueva etapa de insurgencia para transformar una realidad nacional que negaba las aspiraciones de los fundadores de la patria. Era contraria en especial a los ideales del Jos Mart que haba abrazado como brjula el afn de que la ley primera de la repblica buscada fuera el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre, declaracin en la cual el sentido del propio legado martiano autorizara a sustituir hombre por ser humano, para conjurar la herencia patriarcal.

Sera un grueso acto de ignorancia, o de invidencia voluntaria, desconocer lo hecho por la Revolucin Cubana para abonar la aspiracin rectora que Mart leg a nuestra Constitucin vigente y, an ms, a la necesaria cultura de funcionamiento social afincada en la tica como baluarte de la civilidad y la ley. Y sera un suicidio nacional menospreciar esos valores porque hayamos satanizado el concepto de repblica al identificar estrechamente con l a la Cuba que existi de 1902 a 1958, cuyas calamidades tampoco autorizan a subvalorar los mpetus revolucionarios vividos en esa etapa. Entre ellos se ubican los que desde 1953 protagoniz la vanguardia de la generacin del centenario martiano.

Soslayar la importancia de la tica y de la civilidad republicana nos hara cmplices de una realidad ante la cual el propio gua histrico de la Revolucin expres el 17 de noviembre de 2005: Este pas puede autodestruirse por s mismo; esta Revolucin puede destruirse, los que no pueden destruirla hoy son ellos; nosotros s, nosotros podemos destruirla, y sera culpa nuestra . Puso por encima de la hostilidad que ellos, los enemigos, han lanzado contra la Revolucin desde el exterior, los males que pueden minarla desde dentro, y ninguno es ms letal que la corrupcin, crecida en el desorden y la indisciplina.

Tampoco puede Cuba permitirse autocomplacencia alguna por el hecho de que los ndices de la corrupcin que hay en ella puedan ser o parecer irrisorios comparados con la que prima en otros lares del mundo. Para ella cualquier grado de corrupcin es grave, porque resulta medularmente incompatible con el proyecto de justicia social con que est responsabilizada como aspiracin.

No es casual que el discurso pronunciado por Fidel Castro en noviembre de 2005, lo recordara de manera explcita y perentoria el general de ejrcito Ral Castro ante la Asamblea Nacional del Poder Popular el 7 de julio de 2013. A despecho de normas de silencio que pudieran estimarse buenas, no se detuvo por previsibles usos que hara de sus palabras la gran prensa internacional, especializada en denigrar a Cuba y someterla a un frentico escrutinio, con campaas que no se detendrn por muy prudente que sea la prensa revolucionaria, cuya discrecin puede equivaler al incumplimiento de su tarea.

Sin ignorar riesgos, el dirigente puntualiz que segua una razn fundamental: no debemos restringirnos cuando es necesario debatir con toda crudeza la realidad, si lo que nos motiva es el ms firme propsito de rebasar el ambiente de indisciplina que se ha arraigado en nuestra sociedad y ocasiona daos morales y materiales nada despreciables. Y aadi: Hemos percibido con dolor, a lo largo de los ms de veinte aos de perodo especial, el acrecentado deterioro de valores morales y cvicos, como la honestidad, la decencia, la vergenza, el decoro, la honradez y la sensibilidad ante los problemas de los dems.

En ese punto cit el discurso de Fidel de 2005 y enumer problemas cuya erradicacin urge, empezando por el hecho de que una parte de la sociedad ha pasado a ver normal el robo al Estado. Sera til saber qu porciento de la sociedad integra la parte que considera normal hurtarle al Estado, como se denomina comnmente el saqueo de la propiedad social, con la que, para cuidarla y administrarla, estn responsabilizados los organismos estatales, y el Estado mismo, que no es propietario. Quizs la connivencia se haya generalizado en el cuerpo social por los caminos de la llamada pequea corrupcin cotidiana.

Por esos vericuetos se entroniza una cultura de la tolerancia y la complicidad opuesta desde la raz a la cultura de la honradez, necesaria para que la propiedad social funcione como es debido y los valores justicieros ocupen el lugar y desempeen el papel activo que les corresponden. No cabe responsabilizar por completo del mal a las penurias que el pueblo viene sufriendo como consecuencia del encarnizado bloqueo imperialista, en primer lugar, y, tambin, del insuficiente trabajo y la ineficiencia en la administracin de los recursos. Ver como causa nica las penurias aludidas sera desentenderse de un hecho que debe hacernos reflexionar, no solo para conocerlo, sino para actuar mejor: no ser exagerado ni irresponsable afirmar que en Cuba parece haberse perdido aquella cultura de la decencia popular que haca a los humildes decir de s mismos con orgullo: pobres, pero honrados.

Quien no olvide que el lenguaje es la expresin material del pensamiento, dar justa importancia a un hecho en el cual no ser impertinente insistir: las palabras decencia y decente se perciben en retirada, si no olvidadas ya, mientras que, en la otra cara de la moneda, robar se suplanta por luchar, resolver y otros eufemismos. Las calamidades no se dan solas, aisladas: minan a la sociedad en su conjunto, y as la prostitucin que en sus versiones actuales quizs tenga ms bases en el quebranto de la familia y en el desorden social desde edades tempranas que en la precariedad econmica ha dado lugar a trminos como jinetera y jineterismo, y dejemos el punto ah para olvidar que alguna vez a las jineteras hubo quienes las llamaron mambisas, por su condicin de luchadoras.

Claro, es moralmente ms cmodo comprar artculos diversos alimentos, piezas de repuesto, ropa, calzado, cosmticos, y dialogar con esas personas si las llamamos luchadores y jineteras que si les decimos ladrones y prostitutas. Pero no es cuestin de vocablos, sino de normas de comportamiento y convivencia, y resulta imprescindible conocer las races, para tratar de limpiar de esas yerbas el pas.

Probablemente parte de esas races se hundan en el llamado igualitarismo, no visto como aspiracin que no se ha alcanzado plenamente ni en los socializados servicios funerarios, sino como fruto de prcticas y nociones que han llevado a confundir al pueblo con el lumpen. En su discurso citado, Ral Castro seal: Conductas, antes propias de la marginalidad, como gritar a viva voz en plena calle, el uso indiscriminado de palabras obscenas y la chabacanera al hablar, han venido incorporndose al actuar de no pocos ciudadanos, con independencia de su nivel educacional o edad.

Conceptos como centro y marginalidad son dinmicos, y sus connotaciones se mueven. En estas lneas no se pretende analizar a fondo el hecho de que, si uno sale por sus medios, como un paisano ms, y recorre las calles de una ciudad como La Habana a pie o haciendo uso del transporte pblico, puede percatarse de que, a menudo, en el centro activo se ve a la chusma, y, como arrinconadas, a las personas decentes. Y un aliado natural de esa chusma son los delincuentes de cuello blanco que hasta la usan como intermediaria en el trasiego comercial clandestino, se dice, pero con alta eficiencia de artculos sustrados de almacenes cuya administracin se les ha confiado a ellos, o a ellas.

La chabacanera es ostentosa; pero cabe conjeturar que el ncleo duro del desorden se hallar en el manejo turbio de la propiedad social. Y quizs ese nocivo torcimiento se afinque, mucho ms que en el mal entendido igualitarismo, en la vulneracin de la igualdad, de la honradez con que debe ejercer su papel quien administre no un emporio privado cuyos dueos harn todo lo posible y lo imposible para que no les roben, sino quienes asuman la tarea de administrar, en representacin del Estado, bienes pblicos.

Por eso hay razones ms que suficientes para alarmarse ante alguna tendencia que asoma a pedir piedad, o falta de vigilancia, para funcionarios pblicos que luchan. En apoyo de esa tendencia se dice que nadie quiere dirigir, y que no est bien que la poblacin ponga ojos vigilantes, de antemano, sobre quienes acepten hacerlo. Muchos no querrn ocupar cargos de direccin, pero no faltarn, ni escasearn, quienes compitan con el macao para mantenerse en su concha. Si lo hacen para defender causas justas, merecen ser felicitados; pero si los gua el propsito de mantener ventajas materiales no siempre bien habidas, toda vigilancia ser poca. Nadie tiene derechos especiales sobre los bienes de la patria, que van desde el pago del transporte hasta las mayores empresas, y pasan por la informacin.

Difcilmente lo que le haya hecho mal al pas sea el exceso de control eficaz. Lo ms probable es lo contrario, y no ser la fiscalizacin la fuente de daos que lamentar. Arduo ser probar que se equivoca quien sostenga que el origen mayor de calamidades no est en descubrir deformaciones, sino en que estas se den y, al darse, muestren cmo personas llamadas a representar el orden y la honradez acumulan beneficios inmorales, nmbrese como se nombre la causa legal que se les siga cuando se descubren sus manejos. El intento de desterrar el igualitarismo mal asumido no debe conducirnos a olvidar que quien, en Cuba, acepte dirigir o administrar recursos de propiedad social, no debe aspirar a las ventajas materiales que logra un negociante exitoso en un pas capitalista.

La brjula no debe descuidarse, sino todo lo contrario, porque la realidad se haga ms compleja en la medida en que las formas de propiedad se diversifiquen y se interconecten. En ese entorno sern mayores los peligros; pero nicamente la legalidad, establecida claramente y aplicada con el debido rigor a partir de la Constitucin, y una conciencia ciudadana cultivada con esmero, podrn poner freno a irregularidades y delitos que hacen peligrar no solo a la economa de la nacin, sino a la propia sobrevivencia de esta frente a los desafos que la asedian por fuera y por dentro. Si se da alguna contradiccin entre la tica y la ley, habr que revisar y replantearse la segunda.

En los rejuegos terminolgicos promovidos por adalides de la desideologizacin, no es imposible or que se desapruebe, como supuesta maniobra deslegitimadora, la aplicacin del calificativo de bandidos con que se bautiz a los alzados contrarrevolucionarios que intentaron derrocar a la Revolucin armados por el imperio. De hecho eran bandidos: integraban bandas. Pero est sobre el tapete algo ms que un asptico deslinde etimolgico. Se trata de saber quines son los enemigos del pueblo.

Si aquellos bandidos sobresalieron entonces entre los enemigos de la Revolucin, popular desde sus cimientos, hoy la ponen en peligro con mayores posibilidades de xito quizs, puesto que no forman bandas aisladas y pueden confundirse, o se confunden, con el resto de la sociedad los que medran con la corrupcin y propician que esta se generalice. Hay que afinar la puntera en cuanta medida se aplique para no darles cuartel. Urge impedir que las normas, lejos de poner coto a los delincuentes dicho sea en el sentido ms etimolgico de la palabra, aplicable a quien viola la ley, genere ms restricciones que, en vez de favorecer la productividad, ofrezcan asideros y trillos para las infracciones y, por tanto, para la corrupcin, con la cual colaboran los burcratas de la inercia y las trabas.

No hay mecanismo infalible, pero cada ley, cada control, cada declaracin jurada de contribuyente o funcionario, cuanto se haga en ese terreno, debe combinar prevencin y pulso educativo, y la represin que sea justo y menester aplicar. Sigue siendo necesaria una carga contra los bribones, para perfeccionar la obra de la Revolucin que barri la costra tenaz del coloniaje, y para que no se vuelvan intiles en humillante suerte,/ el esfuerzo y el hambre y la herida y la muerte. Contina en pie el reclamo de una meta mayor: para que la Repblica se mantenga de s,/ para cumplir el sueo de mrmol de Mart. Solo as se le rendir a Rubn Martnez Villena el mejor tributo a su memoria.



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