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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 04-08-2014

Garca Mrquez, el ltimo encuentro

Ignacio Ramonet
Le Monde Diplomatique


Me haban dicho que estaba residiendo en La Habana pero que, como estaba enfermo, no quera ver a nadie. Yo saba dnde sola alojarse: en una magnfica casa de campo, lejos del centro. Llam por telfono y Mercedes, su esposa, disip mis escrpulos. Con calidez me dijo: En absoluto, es para alejar a los pesados. Ven, Gabo se alegrar de verte.

A la maana siguiente, bajo un calor hmedo, remont una alameda de palmeras y me present ante la puerta de la quinta tropical. No ignoraba que sufra de un cncer linftico y que se someta a una agotadora quimioterapia. Decan que su estado era delicado. Incluso le atribuan una desgarradora carta de adis a sus amigos y a la vida... Tema encontrarme con un moribundo. Mercedes vino a abrirme y, para mi sorpresa, me dijo con una sonrisa: Pasa. Gabo ya viene... Est terminando su partido de tenis.

Poco despus, bajo la tibia luz del saln, sentado en un sof blanco, lo vi acercarse, en plena forma efectivamente, con el pelo rizado todava hmedo de la ducha y el bigote desgreado. Vesta una guayabera amarilla, un pantaln blanco muy ancho y zapatos de lona. Un verdadero personaje de Visconti. Mientras beba un caf helado, me explic que se senta como un ave silvestre que se escap de la jaula. En todo caso, mucho ms joven de lo que aparento. Y agreg, con la edad, compruebo que el cuerpo no est hecho para durar tantos aos como nos gustara vivir. Acto seguido, me propuso hacer como los ingleses, que nunca hablan de problemas de salud. Es de mala educacin.

La brisa levantaba muy alto las cortinas de las inmensas ventanas y la sala empez a parecerse a un barco volador. Le coment cunto me gust el primer tomo de su autobiografa, Vivir para contarla (1): Es tu mejor novela. Sonri y se ajust las gafas de gruesa montura: Sin un poco de imaginacin es imposible reconstruir la increble historia de amor de mis padres. O mis recuerdos de beb... No olvides que slo la imaginacin es clarividente. A veces es ms verdadera que la verdad. Basta con pensar en Kafka o Faulkner, o simplemente en Cervantes, afirm. Cual trasfondo sonoro, las notas de la Sinfona del Nuevo Mundo, de Antonin Dvorak, inundaban el saln con una atmsfera a la vez alegre y dramtica.

Haba conocido a Garca Mrquez unos cuarenta aos atrs, hacia 1979, en Pars, con mi amigo Ramn Chao. Gabo haba sido invitado por la Unesco y, junto con Hubert Beuve-Mry, el fundador de Le Monde diplomatique, formaba parte de una comisin, presidida por el Premio Nobel Sean McBride, encargada de elaborar un informe sobre el desequilibrio Norte-Sur en materia de comunicacin de masas. En aquella poca, haba dejado de escribir novelas, por una prohibicin autoimpuesta que deba durar mientras Augusto Pinochet estuviera en el poder en Chile. Todava no haba recibido el Premio Nobel de literatura, pero ya era inmensa su celebridad. El xito de Cien aos de soledad (1967) lo haba convertido en el escritor de lengua espaola ms universal desde Cervantes. Recuerdo haber quedado sorprendido por su baja estatura e impresionado por su gravedad y seriedad. Viva como un anacoreta y slo abandonaba su habitacin, transformada en celda de trabajo, para dirigirse a la Unesco.

En cuanto al periodismo, su otra gran pasin, acababa de publicar una crnica donde describa el asalto de un comando sandinista al Palacio Nacional de Managua, en Nicaragua, que haba precipitado la cada del dictador Anastasio Somoza (2). Aportaba detalles prodigiosos, dando la impresin de haber participado l mismo en el hecho. Quise saber cmo lo haba logrado. Me cont: Estaba en Bogot en el momento del asalto. Llam al general Omar Torrijos, presidente de Panam. El comando acababa de encontrar refugio en su pas y todava no haba hablado con los medios de comunicacin. Le ped que avisara a los muchachos que desconfiaran de la prensa, porque podan deformar sus palabras. Me respondi: Ven. Slo hablarn contigo. Fui y junto con los jefes del comando, Edn Pastora, Dora Mara y Hugo Torres, nos encerramos en un cuartel. Reconstruimos el acontecimiento minuto a minuto, desde su preparacin hasta el desenlace. Pasamos la noche all. Agotados, Pastora y Torres se quedaron dormidos. Yo segu con Dora Mara hasta el amanecer. Volv al hotel para escribir el reportaje. Luego, regres para lerselo. Corrigieron algunos trminos tcnicos, el nombre de las armas, la estructura de los grupos, etc. El reportaje se public menos de una semana despus del asalto. Dio a conocer la causa sandinista en el mundo entero.

Volv a ver a Gabo muchas veces, en Pars, La Habana o Mxico. Tenamos un desacuerdo permanente acerca de Hugo Chvez. l no crea en el comandante venezolano. Yo, en cambio, consideraba que era el hombre que iba a hacer entrar Amrica Latina en un nuevo ciclo histrico. Aparte de eso, nuestras conversaciones siempre eran muy (demasiado?) serias: el destino del mundo, el futuro de Amrica Latina, Cuba...

Sin embargo, recuerdo que una vez me re hasta las lgrimas. Yo volva de Cartagena de Indias, suntuosa ciudad colonial colombiana; haba divisado su casona tras las murallas y haba hablado con l al respecto. Me pregunt: Sabes cmo adquir esa casa?. Ni idea. Desde muy joven quise vivir en Cartagena me cont. Y cuando tuve el dinero, me puse a buscar una casa all. Pero siempre era demasiado caro. Un amigo abogado me explic: Creen que eres millonario y te aumentan el precio. Djame buscar por ti. Unas semanas despus, encuentra la casa, que en ese entonces era una vieja imprenta casi en ruinas. Habla con el propietario, un ciego, y entre ambos acuerdan un precio. Pero el anciano pone una exigencia: quiere conocer al comprador. Viene mi amigo y me dice: Tenemos que ir a verlo, pero no debes hablar. Si no, en cuanto reconozca tu voz, triplicar el precio... l es ciego, tu sers mudo. Llega el da del encuentro. El ciego empieza a hacerme preguntas. Le respondo con una pronunciacin indescifrable... Pero, en un momento, cometo la imprudencia de responder con un sonoro: S. Ah! salta el anciano, conozco esa voz. Usted es Gabriel Garca Mrquez!. Me haba desenmascarado... Enseguida agrega: Vamos a tener que revisar el precio. Ahora, la cosa es diferente. Mi amigo intenta negociar. Pero el ciego repite: No. No puede ser el mismo precio. De ninguna manera. Bueno, cunto, entonces? le preguntamos, resignados. El anciano reflexiona un instante y dice: La mitad. No entendamos nada... Entonces, nos explica: Ustedes saben que tengo una imprenta. De qu creen que viv hasta ahora? Imprimiendo ediciones piratas de las novelas de Garca Mrquez!.

Aquel ataque de risa todava resonaba en mi memoria cuando, en la casa de La Habana, prosegua mi conversacin con un Gabo envejecido, aunque intelectualmente tan vivo como siempre. Me hablaba de mi libro de entrevistas con Fidel Castro (3). Estoy muy celoso me deca, riendo, tuviste la suerte de pasar ms de cien horas con l. Soy yo el que est impaciente por leer la segunda parte de tus memorias le respond. Por fin vas a hablar de tus encuentros con Fidel, a quien conoces desde hace mucho ms tiempo. T y l sois como dos gigantes del mundo hispano. Si se compara con Francia, sera algo as como si Victor Hugo hubiera conocido a Napolen... Lanz una carcajada, al tiempo que alisaba sus espesas cejas. Tienes demasiada imaginacin... Pero te voy a decepcionar: no habr segunda parte... S que mucha gente, amigos y adversarios, de alguna manera esperan mi veredicto histrico sobre Fidel. Es absurdo. Ya escrib lo que tena que escribir sobre l (4). Fidel es mi amigo y lo ser siempre. Hasta la tumba.

El cielo se haba oscurecido y la sala, en pleno medioda, estaba ahora sumida en la penumbra. La conversacin se haba vuelto ms lenta, ms apagada. Gabo meditaba con la mirada perdida y yo me preguntaba: Es posible que no deje ningn testimonio escrito de tantas confidencias compartidas en amistosa complicidad con Fidel? Lo habr dejado para una publicacin pstuma cuando ya ninguno de los dos est en este mundo?.

Afuera, una lluvia torrencial se precipitaba desde el cielo con la fuerza de las borrascas tropicales. La msica haba enmudecido. Un fuerte perfume a orqudeas invada el saln. Mir para Gabo. Tena el aspecto agotado de un viejo gatopardo colombiano. Permaneca all, silencioso y meditativo, mirando fijamente la lluvia inagotable, compaera permanente de todas sus soledades. Me escabull en silencio. Sin saber que lo vea por ltima vez.


Notas

(1) Gabriel Garca Mrquez, Vivir para contarla, Barcelona, Mondadori, 2003.
(2) Gabriel Garca Mrquez, Asalto al Palacio, Alternativa, Bogot, 1978.
(3) Ignacio Ramonet, Fidel Castro. Biografa a dos voces, Madrid, Debate, 2006.
(4) Gabriel Garca Mrquez, El Fidel que creo conocer, prefacio al libro de Gianni Min, Habla Fidel, Mxico, Edivisin, 1988, y El Fidel que yo conozco, Cubadebate, La Habana, 13 de agosto de 2009.


Fuente original: http://www.monde-diplomatique.es/?url=editorial/0000856412872168186811102294251000/editorial/?articulo=a4621977-81b9-4f24-b5e8-ee61eda18cc9



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