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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 09-08-2014

La primavera rabe en su fase actual

Guillermo Almeyra
Rebelin


La etapa actual de la llamada primavera rabe parece dar razn a los temerosos de los cambios sociales. Pero los levantamientos de los pueblos no son eternos ni los procesos que inauguran son rectilneos ni ascienden permanentemente hacia una cada vez mayor democratizacin de las sociedades. Son estallidos excepcionales que cambian violentamente la relacin de fuerzas entre las clases y sectores sociales dejando un sedimento de conquistas y cambios en las mentalidades. Se caracterizan por reflujos y zigzagues que pueden abarcar decenios. La Repblica revolucionaria francesa de 1793, por ejemplo, fue reemplazada en pocas dcadas primero por el Imperio napolenico y, despus de ste, por la restauracin monrquica que se hundi con las revoluciones de 1830 y 1848 que abrieron paso nuevamente a la Repblica

Las sociedades con fuerte base campesina e incluso tribal estn muy lejos de ser monolticas. Son abigarradas y, aunque sean capitalistas, tienen peculiaridades determinadas por la historia particular de cada regin, por sus tradiciones culturales y polticas, la existencia o no de una centralizacin por distintos tipos de Estados, la subsistencia de regionalismos consolidados, los diferentes grados de desarrollo histrico, econmico y cultural, la composicin tnica de cada pas y de cada regin, los modos distintos en que en un mismo territorio se combaten diferentes religiones y culturas.

En esos pases el peso desproporcionado del aparato estatal esencialmente represivo y burocrtico da a ste una fuerte tendencia al comportamiento autocrtico, reforzado por la dependencia del capital extranjero y de las grandes potencias que inciden mucho ms en la economa y en la poltica nacional que las debilsimas clases capitalistas locales.

En la lucha por modernizar el pas mediante una nueva Revolucin francesa derribando a las autocracias, corruptas y represivas siempre se movilizan y sublevan primero los sectores modernos urbanos (estudiantes, jvenes urbanos desocupados, obreros sindicalizados y clases medias golpeadas por la crisis econmica) como sucedi en Tnez contra Ben Al. Esos sectores arrastran de inmediato consigo parte de la burguesa comercial y otros descontentos de diferente tipo. La rebelin une las protestas tribales, regionales, religiosas porque las autocracias (como el Shah de Persia, Mubarak en Egipto, el tunecino Ben Ali, el libio Gaddafi , el rgimen sirio de los Assad) intentaban una modernizacin por arriba tecnocrtica y capitalista, fundamentalmente laica que chocaba con las tradiciones comunitarias, solidarias y de ayuda mutua que desde hace siglos adoptan en la regin una arraigada forma religiosa, musulmana o, como en Egipto, tambin cristiana copta.

Dada la debilidad del Estado central, el Islam teji tambin una comunidad basada en mltiples lazos (escuelas y universidades cornicas, dispensarios, crculos de ayuda mutua) que es, en cierta medida, paralela al Estado y tambin lo penetra e infiltra. La jerarqua burguesa y conservadora de esa comunidad, arrastra de ese modo numerosas capas rurales y en los sectores urbanos ms pobres.

La primera ola democratizadora logra derribar a la dictadura encabezando de hecho la nacin en esa lucha. Pero, carente de direccin y programa propios debido a la debilidad del movimiento obrero y a la falta de tradiciones polticas revolucionarias, aunque puede influir sobre los grados inferiores del ejrcito, ni lo liquida ni construye un nuevo Estado. Eso permite la reconstruccin de los mandos militares, depurados de los agentes ms odiados de la vieja autocracia, y le da al ejrcito el papel de mediador mientras da tiempo para la reconstruccin del orden capitalista con la intervencin del imperialismo, que busca reforzar el nuevo grupo gobernante para evitar que el mismo sea desbordado por la izquierda.

La posterior normalizacin mediante elecciones cuando no hay partidos salvo los tradicionales de la burguesa comercial o grupos con funciones de partido como las jerarquas religiosas y la burocracia sindical, prepara un reflujo social apoyado en los sectores ms atrasados de la poblacin, deja en minora a quienes derribaron la dictadura y les obliga a buscar aliados en sectores nacionalistas del ejrcito y en las burguesas liberal y comercial, laica o cristiana.

En algunos pases, como Egipto, con mayores tradiciones estatales desde Mehmet Ali en el siglo XIX, eso conduce a un gobierno militar, neoliberal y apoyado en el imperialismo cuya existencia misma divide a los sectores democrticos y progresistas pues una parte de stos cree que el poder castrense les defiende del gobierno teocrtico de los Hermanos Musulmanes. De esta forma todo parece llevar a la reconstruccin del poder y del Estado que la primera ola democrtica haba gravemente daadohasta que la crisis conduce a los revolucionarios a elaborar un programa y una estrategia.

Eso les permitir establecer nuevas alianzas que incluyan una parte de los campesinos y aprovechen la brecha en el campo capitalista abierta por los conflictos entre los militares y su grupo de apoyo y los sectores comerciales y liberales de la burguesa o grupos regionales o religiosos, como los cristianos coptos, con base urbana tradicional. La primavera no muere: puede tambin dar paso a un nuevo proceso, marcado por la inestabilidad permanente, el empate entre las clases y subsectores sociales y nuevos impulsos y estallidos sociales a mediano plazo.

Mientras tanto, el primer plano de la escena lo ocuparn las fuerzas represivas, el imperialismo y las fuerzas religiosas reaccionarias que, en nombre de la gloriosa historia rabe, quieren canalizar el repudio al capitalismo de las masas campesinas ofrecindoles como futuro la perspectiva medieval de un nuevo Califato. Pero debajo de esa fachada cava el viejo topo.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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