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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 11-08-2005

Hiroshima y Nagasaki: el genocidio I, II y III

Jos Mara Prez Gay
La Jornada


E l lunes 6 de agosto de 1945, el Servicio Meteorolgico de Japn anunci un da soleado, con temperaturas entre 26 y 32 grados en Tokio y sus alrededores; sobre el Pacfico avanzaba un mnimo baromtrico en direccin este, frente a un mximo estacionado sobre China que se desplazaba rumbo al norte. A las 2:45 de la maana, un bombardero estadunidense B-29 despegaba de la base area de Tinian. Paul Tibbets, el capitn de la nave, haba bautizado un da antes a la superfortaleza B-29 con el nombre de su madre: Enola Gay, iba ligero de equipaje, sin ametralladoras a bordo, llevaba una tripulacin de 12 hombres y a Little Boy, una bomba atmica. Su destino final: Hiroshima. A las 7 de la maana, una hora antes de llegar a Japn, el sistema de vigilancia area descubri no slo al Enola Gay, sino tambin a sus dos aviones escolta, el Bockscar y The Great Artiste; las estaciones de la radio interrumpieron su programacin y se activaron las sirenas de alarma en todo el pas.

A las 8:06 de la maana, la vigilancia area de Hiroshima advirti que se trataba slo de un vuelo de reconocimiento a gran altura y no de un bombardeo masivo. Por esa razn la gente no se traslad a los refugios antiareos; el estado de emergencia y la evacuacin se ordenaba slo cuando atacaban grupos de cazas y bombarderos. Nadie imaginaba, pues, al Enola Gay y su funesto mandato. Cuatro das antes, la fuerza area estadunidense haba empleado la misma tctica disuasiva: enviaron varias veces al da vuelos de reconocimiento sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, el mismo da de la explosin nuclear tres aviones estadunidenses de reconocimiento sobrevolaron el rea al amanecer. Cuando las sirenas de alarma dejaron de sonar, comenz el infierno de Hiroshima.

A las 8:15 de la maana, el Enola Gay lanz desde una altura de 9 mil 450 metros una bomba de tres metros de largo y cuatro toneladas de peso sobre la isla de Hiroshima. La fortaleza voladora B-29 dio un giro y regres a su base sin contratiempos. A una altura de 580 metros sobre el centro de la ciudad y sobre el hospital Shima estall la primera bomba nuclear de la historia con una fuerza de 12 mil 500 toneladas de trinitrotolueno. A las 8:17, en plena hora pico matutina, una enorme esfera de fuego envolvi al centro de la ciudad, la temperatura alcanz 300 mil grados celsius en una millonsima fraccin de segundo; las personas que estaban en el hospital se evaporaron y una onda expansiva de 6 mil grados de calor carboniz los rboles a 120 kilmetros de distancia; de las 76 mil casas y edificios de Hiroshima, 73 mil desaparecieron. Mientras tanto se haba levantado un hongo atmico de 13 kilmetros de altura que expanda material radiactivo por toda la regin y, 20 minutos despus, comenz la lluvia atmica contaminando de muerte a las personas que haban escapado del calor y las radiaciones. A 560 kilmetros de distancia, uno de los artilleros del Enola Gay vio todava al hongo expanderse en el espacio. Dos horas despus haban muerto entre 90 mil y 200 mil personas, y el 80% de la ciudad haba desaparecido.

Durante la cruenta guerra del Pacfico (1941-1945), Hiroshima era una de las pocas ciudades japonesas que se haba librado de un bombardeo masivo. El consorcio Mitsubishi fabricaba en sus astilleros los buques de guerra de la flota japonesa. Adems, en la ciudad se encontraba el cuartel general del Segundo Ejrcito Imperial bajo las rdenes del mariscal de campo Hata Shunroku, responsable de la defensa del sur de Japn. Hiroshima era entonces un centro importante de reunin militar y contaba con grandes almacenes donde conservaban "bienes" de guerra. Al igual que la la ciudad de Dresde -destruida meses antes por la Fuerza Area britnica- la mayora de los habitantes de Hiroshima eran civiles, entre ellos 30 mil coreanos, 10 mil chinos y algunos estadunidenses prisioneros de guerra. Tres das despus, el jueves 9 de agosto, la fuerza area de Estados Unidos lanz otra bomba atmica sobre Nagasaki. Por causas que se desconocen la bomba se desvi y no estall en el centro de la ciudad, las vctimas fueron 70 mil personas, una cantidad menor que en Hiroshima; sin embargo, sus efectos radiactivos siguen siendo devastadores en Nagasaki.

El comit para elegir los blancos nucleares, el target committee, en los Alamos valor las siguientes ciudades como objetivos posibles: Kyoto, Yokohama, Kokura, Nigata y el palacio imperial de Tokio. Sus estrategas militares eligieron Hiroshima porque, salvo algunos edificios de cemento armado, el centro de la ciudad contaba slo con edificios de madera y, segn sus clculos, sera ms fcil levantar una tormenta de fuego. Los centros industriales se encontraban fuera de la ciudad, pero estaban tambin construidos con cedro y su destruccin sera inevitable. A principios de 1942, la ciudad de Hiroshima tena 380 mil habitantes; unos aos despus las emigraciones disminuyeron la poblacin. En el verano de 1945, Hiroshima contaba con 225 mil habitantes. Despus de la explosin sobrevivieron slo 25 mil. Dos das ms tarde, el 8 de agosto, la Unin Sovitica invadi Manchuria y declar el estado de guerra con Japn. El 14 de agosto el imperio japons anunci su rendicin incondicional y los polticos y lderes estadunidenses interpretaron la victoria como una consecuencia inmediata de "esa arma milagrosa". Al da siguiente se levant la censura vigente durante todos los aos de guerra, con una excepcin. No se poda informar sobre los efectos de la bomba atmica que estall en Hiroshima.

Por esos das, Estados Unidos, la Unin Sovitica, Gran Bretaa y Francia firmaron el Acuerdo de Londres, que converta los crmenes de guerra y los crmenes contra la humanidad en actos punibles ante un tribunal internacional. El acuerdo corra el riesgo de fracasar en el pantano florido de las propios crmenes y exterminios. En ese sartal de monlogos emerga un serio conflicto jurdico internacional. Cmo evitar la condena de las naciones que bombardearon de forma sistemtica las poblaciones civiles de Alemania y Japn? De acuerdo con las normas del derecho internacional vigente, los aliados eran tan culpables como la Luftwaffe alemana. En su exposicin final, el Tribunal declar inocentes a los alemanes y a los aliados porque "los bombardeos areos de ciudades y fbricas se han convertido en prctica habitual y reconocida por todas las naciones". El bombardeo de civiles se haba convertido en derecho comn. Cuando el 16 de julio se llev a cabo el primer ensayo de la bomba nuclear, Leo Szilard y otros 69 cientficos enviaron una carta al presidente Truman solicitndole que no se arrojara la bomba sin antes prevenir al adversario. Los militares interceptaron la peticin y se ocuparon de que no llegara nunca a manos del presidente Truman.

La primera noticia que Estados Unidos tuvo de la explosin en Hiroshima, el 6 de agosto de 1945, cuarenta y cuatro meses despus del bombardeo de Pearl Harbor, fue la declaracin del presidente Harry S. Truman: "Hace diecisis horas un avin norteamericano lanz una bomba sobre Hiroshima, una importante base militar japonesa". Con todo, la opinin casi unnime del Departamento de Estado, al trmino de la conferencia de prensa, era que los resultados fueron mejores de lo que todos esperaban. En Hiroshima: la ltima historia (2005), Florian Coulmas escribe que Truman "olvid mencionar que Hiroshima no era una base militar, sino una ciudad de ms de 300 mil habitantes, y que la bomba no estaba destinada a destruir la base militar, sino el corazn de la ciudad". En el diario que escriba en Potsdam, Alemania, durante las negociaciones con Stalin y Churchill, Truman escribi: "Hemos desarrollado la ms devastadora de las armas en la historia del gnero humano (...) La vamos a emplear contra Japn (...) Los objetivos militares sern soldados, marinos, pero nunca mujeres o nios. Aunque los japoneses sean unos salvajes, crueles, implacables y fanticos, nosotros, los lderes del mundo y los defensores del Estado de bienestar, no debemos arrojar esta bomba terrible sobre la antigua o la nueva capital". Sin embargo, Wilfred Burchett, un periodista australiano, public el 6 de septiembre de 1945 en el London Daily Press un reportaje sobre Hiroshima que demoli la censura y revel el verdadero horror de las armas nucleares.

Wilfred Burchett, periodista australiano, escribi el 6 de septiembre de 1945 en el London Daily Press un artculo que se publicara despus en los principales diarios del mundo: "Treinta das despus de que la bomba atmica destruyera la ciudad de Hiroshima y estremeciera al mundo, la gente que sobrevivi al cataclismo sigue muriendo en forma enigmtica y aterradora, de sntomas desconocidos; slo puedo describir ese sndrome como la plaga atmica". Burchett haba visitado el nico hospital fuera de la ciudad y vio a cientos de pacientes en el suelo: sus cuerpos estaban demacrados y despedan un hedor insoportable, muchos sufran graves y profundas quemaduras.

Al principio los mdicos y cirujanos trataban las quemaduras como cualquier otra, pero los pacientes se licuaban por dentro y moran. Ningn mdico haba visto nada igual. "Sin alguna razn aparente, su salud comienza a deteriorarse -escriba Wilfred Burchett en su reportaje-, se presentan fallas multiorgnicas, pierden el apetito y el pelo de la cabeza, sus cuerpos se cubren de manchas azules y, antes de morir, sangran por los ojos, la nariz y la boca. Los mdicos japoneses les inyectan vitaminas, pero la carne de los enfermos se pudre al contacto con la aguja. Hay algo que acaba con los glbulos blancos, pero no sabemos qu es. Cmo podemos detener -se preguntaba el doctor Katsuba, director del Hospital- esta aterradora enfermedad?"

Los servicios de inteligencia estadunidenses se informaron unas semanas antes de que el reportaje de Burchett estaba a punto de salir -cuenta el historiador Florian Coulmas-, y publicaron en esa misma fecha un informe sobre 200 atrocidades perpetradas por los militares japoneses a prisioneros de guerra estadunidenses, incluidos canibalismo y soldados enterrados con vida. Unos das despus, William Laurence, periodista al servicio de la Casa Blanca, escribi el carcter maravilloso del bombardeo en Nagasaki. Respecto de la bomba atmica, escribi lo siguiente: "Estar cerca de la bomba y contemplarla mientras se converta en un ente vivo, tan exquisitamente modelada que cualquier escultor se sentira orgulloso de haberla creado, lo transporta a uno al otro lado de la frontera que separa la realidad de la irrealidad y nos hace sentir la verdadera presencia de lo sobrenatural".

Una semana despus el general Robert Farell invit a 12 cientficos a Hiroshima, y les "demostr" que la explosin nuclear no haba dejado rastros de contaminacin radiactiva. Ya para entonces el general Groves aseguraba al Congreso que la radiacin no causaba "sufrimiento inhumano" a sus vctimas, "por cierto", afirmaba el general, "es una manera muy placentera de morir". Nadie vio las imgenes de esa muerte placentera. Durante muchos aos se prohibi la exhibicin de las fotografas de las vctimas. Adems, se confisc un documental japons de tres horas de duracin sobre Hiroshima, cuyas imgenes slo fueron difundidas 20 aos despus, y que formaron el centro de la extraordinaria pelcula Hiroshima y Nagasaki, de Eric Barnouw.

Bert V. A. Rling, historiador holands, afirma que, despus de la lectura de los protocolos del Consejo de Ministros y del Consejo Imperial japoneses, las explosiones nucleares no pueden considerarse la causa directa de la rendicin incondicional de Japn. La guerra del Pacfico habra terminado antes del primero de noviembre de 1945 sin el uso de las bombas atmicas, segn un informe militar estadunidense de marzo de 1946. Despus de la derrota de Alemania, Jos Stalin haba aprobado en Yalta la guerra contra los japoneses, por esa razn muchos militares estadunidenses ya no contaban con los dos proyectos de invasin: el de noviembre de 1945 y el de marzo de 1946. A principios de julio, el general Dwight Eisenhower consideraba que la rendicin del imperio japons era inmediata. Harry Truman evit las negociaciones de paz con Japn -se preguntaba Rling- porque le habran impedido lanzar las bombas? El argumento principal del presidente Truman -una parte del repertorio histrico de Estados Unidos- consisti en afirmar que las bombas atmicas salvaron una gran cantidad de vidas, sobre todo estadunidenses. Despus de las explosiones nucleares en Hiroshima y Nagasaki, Truman insisti en dos puntos esenciales: a partir de ese momento los jvenes de Estados Unidos estaran a salvo y, sobre todo y ante todo, ningn pas tendra el poder nuclear en sus manos.

Los estrategas del Pentgono calculaban un sinnmero de bajas en la invasin de las islas japonesas; las batallas de Iwo Jima y Okinawa les haban costado 9 mil 600 soldados. La invasin y la ocupacin de Tokio les costara un milln de bajas estadunidenses.

Despus de las dos explosiones nucleares en Hirioshima y Nagasaki, el mes de agosto de 1945, la investigacin sobre los efectos de la radiactividad en los seres humanos se convirti en un secreto poltico impenetrable. Por ese entonces, los militares estadunidenses hicieron lo imposible para que Japn rehusara la ayuda de la Cruz Roja Internacional. Durante siete largos aos (1945-1952), a los mdicos y los cientficos japoneses se les prohibi el acceso a los historiales clnicos de las enfermedades producto de la radiactividad, que acaso hubiesen servido para encontrar tratamientos y curaciones ms efectivos. Los equipos mdicos de Estados Unidos examinaban a las vctimas, pero no las atendan porque, al parecer, significaba reconocer su culpa.

Segn el Alto Mando del Pentgono, el propsito del ataque nuclear era convertirse en un poderossimo medio de disuasin: el imperio japons deba rendirse sin condiciones y, por ese camino, salvaguardar la vida de miles de jvenes estadunidenses. No obstante, ningn estratega militar pudo explicar entonces por qu, en menos de tres das, lanzaron la segunda bomba sobre Nagasaki, que inciner a 70 mil personas. Al cabo de 60 aos, uno tiene la impresin de que aquel infierno no era un medio persuasivo, sino un asunto de poder implacable: algo que alguien estaba haciendo contra uno, y slo contra uno: la Unin Sovitica. A principios de los 70, los historiadores de la Comisin de Energa Atmica se preguntaron por qu no se haban considerado otros medios de disuasin que no implicaran -esas alternativas las conocan Truman y sus asesores- un asesinato masivo como, por ejemplo, una explosin atmica en una isla desierta ante un pblico internacional. Los expertos desecharon esa alternativa y argumentaron que slo tenan dos cargas nucleares. Aun cuando uno aceptara sin conceder este argumento perverso, se impone la pregunta: por qu no se intent advertir a los japoneses con un mensaje contundente? Los autores del Proyecto Franck as lo demandaban. El ultimtum de rendicin estadunidense era tan vago como ambiguo, se hablaba de "una destruccin total en caso de resistirse". Si se trataba de experimentar con el arma nuclear -escribe Gore Vidal- era necesario arrojarla sobre ciudades superpobladas y llenar de horror y sufrimiento sus casas y calles?

A principios de agosto de 1946, John Hersey public en la revista New Yorker el reportaje Hiroshima, que signific el gran viraje de esta historia. Por primera vez el mundo conoci a seis de los supervivientes del bombardeo de Hiroshima y sus increbles testimonios. Los textos de Hersey infunden respeto, admiracin, devocin y, por supuesto, una gran solidaridad. Hersey inspiraba todos esos sentimientos como muy pocos reporteros, pero inspiraba otro menos frecuente: absoluta credibilidad. La gratitud de que nos haya dejado para el mundo una narracin ejemplar tal vez llena de horror y espanto pero tan contundente como las voces de sus supervivientes. Fue, tal vez sin proponrselo, el narrador que suscit la enorme consternacin mundial ante el genocidio de Hiroshima y Nagasaki. John Hersey, corresponsal de guerra de la revista Time, nacido el ao de 1914 en China, cubri las batallas de Iwo Jima y Guadalcanal.

Al llegar a Hiroshima unas semanas despus de la explosin nuclear, encontr al doctor Sasaki, director del hospital de la Cruz Roja de Hiroshima, rodeado de decenas de miles de pacientes gravemente heridos -la mayora con terribles quemaduras- y sin ms tratamientos que una solucin salina. Hersey describi hora tras hora al doctor Sasaki, paseando aturdido por los pasillos malolientes, vendando a los heridos a la luz de los incendios que siguen cubriendo a la ciudad. El techo y los tabiques se han desplomado, el suelo est pegajoso de sangre y vmitos. A las tres de la maana, el doctor Sasaki y sus colaboradores llevaban 19 horas seguidas de un trabajo espantoso y se refugiaron detrs del hospital para dormir unas horas. Al poco tiempo son descubiertos y rodeados por muertos vivientes que gritan: "Doctores, aydennos! Cmo pueden dormir mientras nosotros morimos?"

"Hiroshima es la catstrofe ms concentrada y destructora que jams se haya abatido sobre seres humanos" -escribi Elias Canetti- "minuciosamente calculada y provocada por los mismos seres humanos". Nadie est seguro de haber escapado al peligro y a la muerte; los efectos "secundarios" de la explosin nuclear son ms terribles que cualquier otro sntoma, destruyen todos los pronsticos "normales" de la medicina, nadie sabe qu tienen los heridos. Sasaki se dio muy pronto cuenta de que avanzaba a ciegas en medio de la oscuridad ms absoluta, como lo describi el australiano Wilfred Burchett. La gran mayora de los heridos nunca llegar al hospital; al atardecer del 7 de agosto de 1945, el pastor Tanimoto -cuenta Hersey- transporta a los heridos de la explosin de una orilla a la otra, que todava no est en llamas. Tanimoto se improvisa como barquero, va de un lado al otro, infatigable, toma las manos de una mujer para subirla a bordo y su piel se desprende en grandes pedazos que parecen guantes, la mujer se va deshaciendo por partes hasta desaparecer en el agua. A pesar de su pequea estatura, Tanimoto logra poner muchos cuerpos en la otra orilla, pero la piel de los heridos est viscosa y azul. El doctor Sasaki se estremece al imaginar todas las quemaduras que ha visto en el da, heridas nunca antes vistas: amarillas, luego rojas e hinchadas, con la piel acostrada, y al final, cuando llega la noche, supurantes y hediondas. Una y otra vez el doctor Sasaki se dice a s mismo: "son seres humanos, son seres humanos".

En todo caso, Sasaki estaba dispuesto a empezar de nuevo cuantas veces fuera necesario, y trasladarse si era preciso hasta el otro lado del mundo para revelar la destruccin que ocasiona la radiactividad en los seres humanos. No era una metfora: al trmino de su actividad en el hospital, enfermo terminal de leucemia, haba tomado la decisin de viajar por todo Japn, durante la primavera de 1947, para tratar de poner al tanto a sus compatriotas del peligro. Mientras se enfrentaba al enigma de los sntomas en los enfermos, el propio doctor Sasaki, como el doctor Hachiya, es un paciente. Cada sntoma que descubre en los dems lo preocupa tambin por l mismo, y en secreto comienza a buscarlo en su propio cuerpo. La supervivencia es precaria y nunca est garantizada.

En El diario de Hiroshima del doctor Michihiko Hachiya, Elias Canetti narra la experiencia de Hachiya, director de otro Hospital de Hiroshima, y habla de su profundo respeto por los muertos, adems describe cmo el doctor Hachiya se aterra al ver cmo ese respeto va desapareciendo en los dems. Cuando entra en la cabaa de madera donde un colega est practicando autopsias, Hachiya no se olvida de inclinarse ante el cadver. Todas las tardes incineran muertos frente a las ventanas de su cuarto en el hospital. Al lado mismo de donde esto ocurre hay una baera. La primera vez que asiste a una cremacin, cuenta Canetti, desde abajo escucha que alguien exclama en voz alta desde la baera: "Cuntos has quemado hoy da?". La total irreverencia de esta situacin -por un lado un hombre que poco antes estaba vivo y ahora es incinerado, y ms all otro en una baera, desnudo- le causa una profunda indignacin. Pero al cabo de unas semanas, anota Canetti, Hachiya se hallaba cenando en su habitacin del segundo piso con un amigo durante una de esas cremaciones masivas. Siente un olor "como a sardinas quemadas, se da cuenta de que son los muertos y sigue comiemdo.

"En aquella ciudad totalmente destruida, Hiroshima, no se sobrevive a enemigos, sino a la propia familia", escribe Canetti, "a colegas y conciudadanos. La guerra sigue y los enemigos cuya muerte se desea estn en otro sitio. Uno se siente amenzado por ellos y la desaparicin de la propia gente aumenta la amenaza. Con la cada de la bomba la muerte llega desde arriba; slo es posible contraatacar a la distancia, y hara falta estar prevenido.

Cuando los lectores de John Hersey leyeron en Nueva York los reportajes sobre Hiroshima, ya no quisieron imaginar a "la nube en forma de hongo como una nueva versin de la estatua de la libertad", se llenaron de miedo y horror y discutieron con toda crtica la decisin del presidente Truman. Albert Einstein compr, cuentan sus colegas, mil ejemplares de la revista y los regal durante algunas semanas. Cuarenta y nueve das despus de la catstrofe se celebr en Hiroshima una jornada en memoria de los muertos. El doctor Hachiya se dirigi a la ciudad en bicicleta y visit todos los lugares consagrados a los muertos, sus propios y aquellos de los que haba escuchado hablar. Cerr los ojos para ver a una amiga entraable que haba fallecido, y sta se le apareci. Al abrirlos la imagen se desvaneci; los volvi a cerrar, asegura Canetti, y la vio otra vez. Hachiya se va abriendo paso por entre las montaas de escombros de la ciudad y no camina al azar, l como el doctor Sasaki saben lo que buscan: los lugares de los muertos. Los imaginan a todos, los vuelven a ver, tienen una imagen clara de los fallecidos. Y sta quiz sea la nica forma del duelo frente al genocidio.




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