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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 02-09-2014

La vitalidad de la revolucin

Reinaldo Iturriza Lpez
Rebelin


Los consejos comunales son espacios de construccin poltica del comn. No son, para decirlo con Foucault, sujetos de derecho. Ni siquiera son un sujeto. Son, de nuevo, un espacio, en que el comn denominador es el chavismo, ese vigoroso sujeto de sujetos que comparte no slo un origen predominante de clase, sino la experiencia comn de la politizacin.

El chavismo est hecho, fundamentalmente, de hombres y mujeres de las clases populares que padecieron, sintieron repulsa y se rebelaron contra la democracia representativa. Si el padecimiento, el rechazo, la indiferencia incluso, suponen en principio una actitud pasiva, la decisin ms o menos expresa de mantenerse al margen de la poltica, la rebelin es un acontecimiento poltico de primer orden. Incluso antes de reconocerse como tal, el chavismo se incorpora a la poltica en el acto de rebelarse. Es inconcebible sin esta memoria colectiva, sin esta nocin comn de la rebelin: en ella se hermanan y politizan estos hombres y mujeres, y en ella tienen su bautizo de fuego.

La incomprensin de las condiciones histricas de emergencia del chavismo como sujeto poltico y tico conduce al desconocimiento de la naturaleza de los espacios donde se desenvuelve. En otras palabras, si no se comprende la singularidad del proceso de politizacin del chavismo y, sobre todo, la cultura poltica que fue construyendo con el paso de los aos, es imposible reconocer la potencialidad de un espacio como el consejo comunal.

Chvez no promueve la creacin de los consejos comunales para nivelar por debajo, sino para incorporar a los de abajo, para garantizarles un espacio, un lugar . No lo hace, como se ha pretendido, para domesticar al chavismo, para moldearlo a imagen y semejanza de lo mismo, sino porque lo reconoce como lo otro, como algo diferente, como un sujeto que apunta en la direccin de la construccin de otra poltica. Chvez sabe identificar en el chavismo un espritu difcil de conformarse con formas ms tradicionales de participacin poltica.

Estos espacios de construccin poltica de los comunes son caractersticos de todo proceso revolucionario. Es igualmente caracterstica la tendencia a controlarlos, tarea que casi siempre acometen las fuerzas ms conservadoras y burocratizadas dentro de las filas revolucionarias. Tratndose de una constante histrica, tal circunstancia no tendra por qu ser motivo de escndalo, lo que por supuesto no significa que debamos resignarnos. Todo lo contrario, lo que corresponde es estar siempre prevenidos.

No hay forma ms eficaz de controlar estos espacios que corromperlos, desnaturalizarlos: intentar convertir al pueblo organizado en clientela, a lderes populares en gestores que, imposibilitados de gestionar exitosamente las soluciones de los problemas de la comunidad ante la burocracia estatal, pierden toda legitimidad. Convertidos en escenarios de disputa entre grupos por cargos o recursos, se produce la clausura de estos espacios: el pueblo comienza a identificarlos como ms de lo mismo y, en el peor de los casos, se retira de ellos.

Pero ninguno de los fenmenos anteriores, expresiones de la vieja cultura poltica, puede inducirnos a desconocer la naturaleza del espacio: el propsito para el que fue creado, el sujeto poltico para el que fue concebido. La pervivencia de lo viejo no puede impedirnos distinguir su radical novedad.

No hay lugar en el mundo donde el pueblo organizado pueda hacer lo que hoy hace a travs de los consejos comunales. Sin la vitalidad que, contra todo obstculo, ostenta una significativa parte de ellos, sera imposible el salto cualitativo que ha experimentado el movimiento comunero, que hoy impulsa con extraordinario vigor el Consejo Presidencial de Gobierno Comunal. En parte importante de nuestras Comunas, a despecho de los ms incrdulos, est planteado el desafo maysculo de producir otra sociedad. Es nuestra manera de vivir lo que est siendo puesto en cuestin en muchos de esos territorios. Y esa audacia poltica es inconcebible sin una vitalidad de origen, que es lo que encontramos en los consejos comunales.

La indispensable vitalidad de los espacios de participacin es un tpico muy recurrido en la extensa bibliografa sobre las revoluciones populares. As, por ejemplo, y para citar un texto clsico, en La revolucin rusa , escrito en 1918, Rosa Luxemburg cuestiona duramente la decisin de los bolcheviques de disolver la Asamblea Constituyente de noviembre de 1917: el remedio que han hallado Trotsky y Lenin, la eliminacin de la democracia en general, es peor que la enfermedad que ha de curar: porque obstruye la fuente viva de la que podran emanar, y slo de ella, los correctivos de todas las insuficiencias inherentes a las instituciones sociales. La vida poltica activa, enrgica y sin trabas de las ms amplias masas populares.

Diez aos despus, Christian Rakovski escribe Los peligros profesionales del poder , en el que intenta desentraar las razones del proceso gradual de burocratizacin en la Unin Sovitica: La burocracia de los soviets y del partido constituye un hecho de un orden nuevo. No se trata de casos aislados, de fallos en la conducta de algn camarada, sino ms bien de una nueva categora social a la que debera dedicarse todo un tratado. Revisando la experiencia de la Revolucin Francesa, da con una de las causas del aletargamiento del proceso revolucionario: la eliminacin gradual del principio electoral y su sustitucin por el principio de los nombramientos.

La bibliografa, como ya hemos dicho, es muy extensa, y ella constituye parte sustancial del acervo de la humanidad. No hay mejor forma de preservarlo que disponer tiempo para su estudio, de manera de ser capaces de corregir errores que, en su momento, tambin cometieron pueblos tan dignos y aguerridos como el nuestro. Esa misma bibliografa tiende a coincidir en el planteamiento de que la crisis terminal de las revoluciones populares guarda relacin directa con la clausura de los espacios de participacin popular y el ascenso de una casta burocrtica o, para decirlo como John William Cooke, con el predominio de un estilo burocrtico.

En Peronismo y revolucin , el argentino Cooke afirma: Lo burocrtico es un estilo en el ejercicio de las funciones o de la influencia. Presupone, por lo pronto, operar con los mismos valores que el adversario, es decir, con una visin reformista, superficial, antittica de la revolucionaria La burocracia es centrista, cultiva un realismo que pasa por ser el colmo de lo pragmtico Entonces su actividad est depurada de ese sentido de creacin propio de la poltica revolucionaria, de esa proyeccin hacia el futuro que se busca en cada tctica, en cada hecho, en cada episodio, para que no se agote en s mismo. El burcrata quiere que caiga el rgimen, pero tambin quiere durar; espera que la transicin se cumpla sin que l abandone el cargo o posicin. Se ve como el representante o, a veces, como el benefactor de la masa, pero no como parte de ella; su poltica es una sucesin de tcticas que l considera que sumadas aritmticamente y extendidas en lo temporal configuran una estrategia.

En Venezuela, preservar y estimular la vitalidad de los espacios de participacin popular en general, y de los consejos comunales en particular, es condicin de continuidad de la revolucin bolivariana. Para ello es indispensable neutralizar el influjo conservador, burocratizante, presente en todo proceso de cambios revolucionarios.

Nuestro partido est en lo obligacin tica de construir una poltica clara en materia de estmulo de los consejos comunales, que contemple la condena sin miramientos de cualquier resquicio de clientelismo. La lucha contra lo que en el documento Lneas estratgicas de accin poltica se enuncia como cultura poltica capitalista, debe pasar de lo declarativo a los hechos concretos, expresarse en medidas aleccionadoras. Esta cultura poltica capitalista debe ser sealada y combatida desde el ms alto nivel. Nuestro liderazgo debe erigirse como un referente tico. En las bases, la crtica contra el clientelismo y otros vicios es realmente despiadada. El pueblo chavista tiene plena consciencia del problema. Una posicin firme del liderazgo poltico contra estos vicios tendra adems un efecto moralizante.

De igual forma, nuestro partido debe renunciar expresamente a la pretensin de instrumentalizar los consejos comunales, de administrar el espacio a conveniencia. Antes de controlarlo a cualquier costo, concebirlo como un espacio desde el que se construye hegemona popular y democrtica. La administracin mezquina de la fuerza sin precedentes que Chvez construy junto al pueblo, es lo contrario de la poltica revolucionaria. sta habr de ser, como dira algn camarada siguiendo al mismo Chvez, el arte de convencer que logra imponerse sobre la costumbre de administrar. No hay poltica revolucionaria sin compresin de cmo se construy esa fuerza. Esa fuerza que hoy sostiene a la revolucin bolivariana, que le sirve de punto de apoyo, se construy escuchando al otro, al que piensa diferente, sumndolo, incorporndolo. Una fuerza poltica incapaz de convencer pierde el derecho de llamarse fuerza y entra as en fase de decadencia. La construccin de la hegemona del chavismo ha sido un ejercicio literalmente democrtico, popular, en el sentido de que ha significado no slo la incorporacin de las mayoras, sino de diversidad de pensamientos y demandas. Esta capacidad para la construccin hegemnica ha supuesto la derrota para la vieja clase poltica, de la misma forma que dejar de cultivar el arte de convencer puede significar nuestra ruina.

Estamos a tiempo de comprometernos en una poltica militante orientada a recuperar, all donde sea necesario, y a defender, all donde corresponda, los consejos comunales como espacios donde impere, para decirlo con Rosa Luxemburg la vida poltica activa, enrgica y sin trabas del pueblo venezolano. Para ello, es fundamental reivindicar lo que Rakovski identificaba como principio electoral. Al 29 de agosto del presente ao, el 33,2% de los 43198 consejos comunales registrados tenan sus voceras vencidas. Nuestro partido tendra que promover, por todas las razones aqu expuestas, y como una de sus tareas de primer orden, la renovacin de voceras. Pero no basta con que todas estn vigentes.

Nuestro esfuerzo tendra que estar dirigido a convertir los consejos comunales en verdaderas escuelas de gobierno, donde los comunes se ejerciten en la prctica de gobierno, para que aprendan el arte de gobernar. Ninguna clase ha venido al mundo poseyendo el arte de gobernar. Este arte slo se adquiere por la experiencia, gracias a los errores cometidos, es decir, extrayendo las lecciones de los errores que uno mismo comete, escriba Rakovski. Aprender el arte de gobernar no para que el pueblo se convierta eventualmente en funcionario, sino para ir construyendo otra institucionalidad. El militante revolucionario en funciones, por su parte, tendra que trabajar para reducir la brecha que separa a las instituciones del pueblo, librando una lucha sin tregua contra el estilo burocrtico que sealara Cooke.

Los consejos comunales no son ni mucho menos deben ser el nico espacio de la revolucin bolivariana. Pero s son el espacio poltico por excelencia. Un espacio que no puede ser apndice del partido, como alertara el comandante Chvez el 11 de junio de 2009. Los consejos comunales no pueden ser apndices de las alcaldas! No pueden ser, no deben ser, no se dejen. Los consejos comunales, las Comunas, no pueden ser apndices de gobernaciones, ni del Ministerio, ni del Ministerio de Comunas, ni del Presidente Chvez ni de nadie. Son del pueblo, son creacin de las masas, son de ustedes!.

Que as sea.

* Reinaldo Iturriza Lpez es Ministro del Poder Popular para las Comunas




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