Portada :: Colombia :: Dilogos de paz 2012-2014
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 17-09-2014

Derechos y coherencias de una transicin. Apuntes (2)
La historia como campo de batalla

Carlos Alberto Ruiz Socha
Rebelin


I. Un libro para un ejercicio


Enzo Traverso, historiador y acadmico italiano (1957), escribi hace unos aos ese magnfico libro que, pese a mantener un foco principalmente eurocntrico, sirve de manera importante para la reflexin urgente y coherente del caso colombiano (La historia como campo de batalla. Interpretar las violencias del siglo XX. FCE, Buenos Aires, 2012).

Por qu tendra que ver con Colombia? Por muchas razones, dos de las cuales brevemente tratar de exponer.

La primera, en relacin con la ms inmediata coyuntura, con el registro ms prximo, a partir del cual puede entenderse la utilidad de un texto que nos devuelve a un juego que se entraba entre la negacin y el negacionismo de violencias organizadas, ledo en el discurso poltico oficial y su representacin en el actual proceso de paz donde se vive la tensin fundamental por la verdad histrica. En esta lnea, la mayor fuente es el propio Presidente Santos y sus recientes declaraciones.

La segunda, relativa a la necesidad de develar la conexin orgnica entre una interpretacin y el objeto interpretado, es decir, en concreto, entre un cmulo de la historiografa y la opinin moldeada estratgicamente de diferentes modos, que se fue encajando en la funcin de encubrimiento de un rgimen, y los requerimientos de dicho orden, en tanto se propuso la constriccin o represin del pensamiento crtico, a su vez tachado de posicin subversiva y castigado como tal. Dicha exigencia de control, debe ensearse cmo funcion y cmo funciona en sus mltiples articulaciones. Siendo este objetivo altamente delicado y fundamental de asumir, est justificado no en tanto se precise sealar la matriz ideolgica de los que creen en su derecho a defender un sistema neoliberal de exclusin y violencia legtima, sino en tanto algunos de esos intelectuales, comentaristas o generadores de opinin, armaron tesis de impulso e impunidad de crmenes de Estado y del Establecimiento, por las cuales se les pag o se les contina recompensando.

Sin duda, la trama de esta asociacin se fragu principalmente a finales de los aos ochenta, se desarroll en los noventa y se encumbr en el perodo de gobierno de Uribe Vlez, en concordancia con el proyecto de toma paramilitar del pas, hecha no slo de forma brutal con la fuerza directa, sino con la violencia que compenetr en la mentalidad y el sentimiento de millones de colombianos. Una insoslayable tarea de juicio tico y cientfico, por las consecuencias evidentes, es necesario que no decaiga indicando esos nombres y esas tesis de ignominia. Este ser un trabajo a mediano y largo plazo, de mucha gente, pues son muchos los que sirvieron y sirven, con gran sustento meditico y de recursos, pero sin superior sustento cientfico, a una exgesis de la violencia que debe revisarse, ahora que estamos en un proceso de paz, en el que, entre otras aspiraciones, debe ser recuperada o elaborada la memoria histrica de las resistencias.

Siendo todo esto una cuestin polmica, que de una forma u otra deber ser recogida luego en los trabajos de una futura Comisin de la Verdad, implica arriesgar con dicho ejercicio, poniendo sobre la Mesa elementos de esclarecimiento que muchos intentarn rehuir. Moralmente es preferible con sus tensiones este batallar, al silencio o la tolerancia con esa historiografa o elucidacin dominante.

II. De la omisin presidencial a la afirmacin reaccionaria


a. Antecedentes


El 15 de junio de 2014 fue la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Habiendo sido derrotado en la primera por el candidato de la extrema derecha, el Presidente Santos estaba urgido de hechos significativos que reforzaran la perspectiva del proceso de paz, siendo sta una de las bases de su campaa reeleccionista.

Ocho das antes, el Gobierno colombiano y las FARC-EP firmaron en La Habana una importante Declaracin o comunicado conjunto, que hizo referencia no slo a principios para la discusin del punto Vctimas (como est en la agenda de dilogos), sino a la creacin de una Comisin Histrica del Conflicto y sus Vctimas (CHCV). Tres das ms tarde, el 10 de junio, una Declaracin firmada entre el Gobierno y el ELN, anunciaba al pas y al mundo que se hallaban estas dos partes en un proceso exploratorio para conversaciones formales de paz.

El Presidente Santos, por muy diferentes factores conjugados, gan por estrecho margen dichas elecciones. El proceso de paz con las FARC-EP continu entonces.

La mencionada Comisin Histrica, se sabe, fue un pedido que las FARC-EP realizaron sistemticamente a lo largo de un ao. Una y otra vez solicit esta organizacin guerrillera que una Comisin de esclarecimiento o revisin de la historia del conflicto, se pudiera conformar para descubrir y debatir sobre grandes lneas de responsabilidad poltica, sobre orgenes, causas y consecuencias de la confrontacin. El Gobierno colombiano, slo una semana antes de verse desplazado en esas cruciales elecciones de junio, acept dicha Comisin Histrica (CHCV), pues probablemente de no haberlo hecho, habra hallado quiz un bloqueo y un mal mensaje o presagio habra golpeado la percepcin sobre la buena marcha de las conversaciones.

Como sea, ambas partes firmaron lo que ya est pactado y adems dispusieron el 5 de agosto, en un Comunicado conjunto (ver www.mesadeconversaciones.com.co), dotarla de un mandato claro, de criterios ordenadores y de pautas de composicin, funcionamiento, duracin, y fijaron otros aspectos para dicha Comisin Histrica.

Efectivamente, el jueves 21 de agosto de 2014 se instal en La Habana dicha CHCV, integrada por doce (12) expertos, la cual contar adems con dos Relatores (ver Comunicado conjunto del 22 de agosto en www.mesadeconversaciones.com.co).

b. Un binomio sin pedagoga y sin alteridad

Una recurrente (auto)crtica ha sido la falta de pedagoga o comunicacin del Gobierno sobre los avances del proceso de paz en la Mesa de La Habana. Uno de los elementos que hicieron tambalear la reeleccin. Dicho reconocimiento de culpa se ha hecho, tanto que en la primera semana de septiembre de 2014 el propio Presidente lo expres varias veces: en el proceso de paz hicimos una encuesta muy profunda, muy profunda, y ms del 60 por ciento de los colombianos no estn enterados de los progresos que all se han hecho (3 de septiembre / Posesin de los Ministros Consejeros y de Altos Funcionarios de la Presidencia de la Repblica). Y el 8 de septiembre afirm: yo mismo me voy a poner a ser mucho ms pedaggico para que la gente entienda por qu el proceso, qu hemos hecho en el proceso, por qu estamos dando los pasos que estamos dando (Declaraciones al programa de televisin Agenda Colombia).

Esa misma semana emprendi el Presidente una tarea de repetir discurso tras discurso un esquema, una narrativa, llama l, de presentacin del proceso de paz y de los compromisos del Gobierno, en la que destaca cmo lo vena pensando hace ms de veinte aos, cmo se ha rodeado de asesores internacionales eficaces, cmo golpe militarmente a la guerrilla hasta llegar al actual escenario, en qu consiste la agenda de La Habana, cules son sus condiciones y lneas rojas, los temas pactados y en particular qu se est hablando sobre Vctimas. Sin embargo, en ninguno de sus discursos o recuentos desde entonces, ante audiencias que incluyen altos mandos militares y oficiales, acadmicos, estudiantes de universidades privadas, empresarios poderosos y representantes de exclusivos crculos sociales y polticos, en ninguna de sus ltimas intervenciones en las que hace un inventario de avances y acuerdos, ha reseado o dado la mnima importancia a dicha CHCV.

Podemos suponer con cortesa que se trata de un mero olvido pasajero, a la espera adems de que dicha CHCV adelante sus labores y presente su Informe a final de 2014. De tal modo, lo que se critica no puede ser ni la interpretacin general y personal que hace el Presidente Santos acerca de la violencia en Colombia, ni se puede criticar ese descuido (no mencionar con nfasis lo que suscribi el Gobierno sobre la CHCV), en la medida que las partes son libres de dar mayor o menor importancia discursiva a algo de lo pactado.

Lo que resulta llamativo e inquietante es lo que cada vez va resultando ms claro en la retrica gubernamental y en su performance o muestra escnica, con un importante factor de improvisacin o accin espontnea, siempre dentro del clculo, en la que la provocacin y, en este caso, una alta dosis de prepotencia, juegan un papel muy importante. Pues demuestra qu apuesta pedaggica se est preparando y desde dnde y para qu est siendo dictada.

Y lo ms contradictorio es que dicha omisin u olvido del Presidente sobre la CHCV, coincide en un binomio con las diatribas que connotados columnistas reaccionarios han lanzado sobre dicha Comisin, como una va ms para atentar contra el proceso de paz que el Gobierno Santos y las FARC-EP llevan a cabo, y atontar todava ms a una franja de actores de opinin que no es fantica de la visin uribista pero que ve con recelo la Mesa de La Habana.

Uno de esos comentaristas neoconservadores es el historiador Daro Acevedo Carmona, quien afirma en el diario El Espectador el 15 de septiembre de 2014 (ver www.elespectador.com/opinion/comision-de-historiadores-paz-y-el-conflicto-columna-516645), que el Gobierno entreg la explicacin del conflicto, a las pretensiones sociologistas y estructuralistas de las Farc; que no hay un paradigma ni un enfoque que d cuenta de todos los aspectos del mismo (forma posmoderna y cnica de banalizar sealando la verdad relativa y que cada uno piense lo que quiera mientras esa verdad no obligue); que es rimbombante la afirmacin de que es un conflicto social y armado; y que nunca se debi aceptar su conformacin (de la CHCV).

Resulta slo aparente la contradiccin, pues se explica la unidad o entrelazamiento en algn grado, entre esta reconvencin de la extrema derecha y algunas de las premisas y horizonte conceptual del Gobierno, razn por la cual ste no da importancia a lo que firm respecto de la CHCV, sabiendo en todo caso que les sirve las previsiones de lo que desde esa perspectiva propondrn seguramente algunos de los Comisionados de la CHCV afines a la versin oficial (no se olvide que alguno de ellos es adems de profesor de Lgica Estratgica en el Curso de Altos Estudios Militares de la Escuela Superior de Guerra, asesor para asuntos estratgicos del Comando General de las Fuerzas Militares y Medalla de la Inteligencia Militar de Colombia).

Por dar otro ejemplo de esa bolsa de credo anticomunista, vase lo que el periodista Eduardo Mackenzie escribe contra la CHCV: Pero cmo podrn redactar un informe plural si la mayora de los miembros de la comisin son marxistas?; la mayora de nombrados son distinguidos acadmicos que ven todo desde el prisma deformante de la lucha de clases; El texto de la comisin histrica tendr, pues, un marco terico contrario a la verdad; tendrn que negar: Que la violencia subversiva comunista fue el resultado de un hecho poltico: la creacin de aparatos armados y de delincuencia comn dirigidos por el Partido Comunista, bajo rdenes de la burocracia sovitica, para tomar el poder en un pas aliado de Estados Unidos y vecino del Canal de Panam; el documento de la comisin histrica rehusar reconocer la preeminencia de las instituciones jurdicas y polticas de la democracia; Ser un documento esencial para justificar y desdibujar la atroz trayectoria de las Farc. Para legitimar su usurpacin. La historia es la base de nuestra propaganda, deca Khruchtchev en 1956; y concluye: Es muy posible que ese documento final ya est escrito. O que, al menos, sus lneas generales ya estn pactadas por el ncleo dominante de esa comisin. Pues habr un ncleo invisible que impondr la lnea (www.forolibertad.com/2014/09/curiosidades-comision-historica/).

c. Tesis para seguir negando

S es cierto que desde ahora pueden intuirse determinadas percepciones en juego y que debern trenzarse, pues son pblicas las trayectorias de los expertos, mandatados pero no maniatados. Cuyos trabajos acadmicos se conocen y son los que deberan producir una narrativa integradora, no nica, sobre lo ocurrido en el conflicto colombiano, y dejar de ser solo un consejo tcnico de diagnstico del conflicto, que, aunque tiene la misin de producir un informe acerca de orgenes, causas factores, condiciones, efectos e impactos ms notorios del conflicto en la poblacin civil", para constituirse en un consejo tcnico para la paz, que es lo que esperara uno sea lo propio de este tipo de mecanismos en el marco de una mesa de conversaciones entre gobierno y las FARC (como lo propone el profesor Jefferson Jaramillo Marn: ver http://www.razonpublica.com/index.php/conflicto-drogas-y-paz-temas-30/7855-la-comision-historica-de-la-habana-antecedentes-y-retos.html).

Jos Antequera Guzmn, defensor de derechos humanos, tiene razn al insistir en la defensa de la CHCV cuando plantea: Lo que preocupa a muchos sectores es que se dae la sartn en la que se cocinan los huevitos de Uribe: la versin que quiso imponerse como historia oficial para justificar su poltica, y que ya demostr ser incompatible con las posibilidades de un acuerdo de terminacin del conflicto. No saben cmo lograr mantener vigente el muro de guerra que significa decir que el tal conflicto no existe, en ltimas. Quieren volver a los tiempos en que slo se hablaba de la democracia perfecta afectada por la decisin del Partido Comunista de tomarse el poder por las armas combinando las formas de lucha, y slo aceptan una comisin de la verdad que se encargue de establecer en cifras la tragedia que atribuyen, en sus trminos, a los grupos terroristas Como las vctimas lo estamos logrando, otros tantos tendrn que convencerse de que es hora de hacer causa comn por un proyecto nacional en el que la verdad sea la base de la paz, y no su opuesto (http://www.arcoiris.com.co/2014/08/para-que-la-comision-historica-del-conflicto-y-sus-victimas/).

Sin embargo, la posicin gubernamental no ayuda cuando mantiene tesis para seguir negando y se concilia con la visin negacionista de Uribe, de la cual bsicamente pueden divisarse dos proposiciones de esa tendencia, centradas como interpretacin esencial: la supuesta sinrazn de la lucha guerrillera a lo largo de una historia de fracturas que acrecent la insurgencia, dicen, lo que, adems del cerco militar actual, debera obligarla hoy a desistir de su programa ilegal aceptando las condiciones o reglas del sistema poltico vigente (materia debatible y en la que se podrn mantener oposiciones o matices), y sobre todo: que la respuesta brutal a esa rebelin en falso, no provino gratuitamente y que, si se produjo de forma ilegtima, no fue por decisin institucional o poltica del Estado o sectores dirigentes, sino por grupos e intereses por fuera; nunca como posicin oficial y del Establecimiento.

Es decir, que los rebeldes se equivocaron radicalmente al atentar contra una democracia en proceso, y que hubo al final dos demonios enfrentados que traspasaron la capacidad del Estado rbitro. Uno y otro tema no son solamente objeto de opiniones o dictmenes acadmicos: debern ser sujetos a pruebas de carcter jurdico-penal y ms ampliamente cientfico, para una objetivacin lo ms contrastada. Y es eso lo que no solamente puede comenzar a abocar la CHCV, sino una futura Comisin de la Verdad. Me refiero a demostraciones de hechos y responsabilidades.

De ah que lo que alega la insurgencia de las FARC-EP, de no aceptar un canje de impunidades, tiene razn. No en el sentido del chiste que merodea expresando que no hay tal canje porque cada parte se queda con su impunidad. No. Sino que cada parte asume su propia responsabilidad histrica, poltica, tica y jurdica, mediando un debate lgico sobre referentes, formulaciones y categoras jurdicas a aplicar. Las FARC-EP y el ELN han dicho que estn dispuestas como organizaciones insurgentes a encarar tal juicio histrico, mediando, lgicamente, el debate y sus pruebas.

Santos y su Gobierno claramente rivalizan con cualquier argumento que apunte a demostrar que la rebelin se fund en motivos crebles o racionales de orden subjetivo (ideales altruistas) y objetivos (frente a estructuras de opresin), en medio de un contexto de cierre de vas legales, sometimiento y represin. Por el contrario, su misin y visin es desafiar la fundamentacin de la rebelin, arguyendo que no haba y no hay derecho a ejercerla, y que tal levantamiento devino en un rgimen de terror. El Presidente Santos, por ejemplo el 5 de septiembre, explicando el proceso de paz, sostuvo:

porque en muchas de esas zonas de conflicto la gente ha estado bajo el yugo de las Farc, por los fusiles, por la violencia, por el terror, el rgimen del terror / Cuando no existan esos fusiles, cuando no exista ese rgimen del terror, esa gente se va a sentir libre y va a votar en contra de los que los han tenido subyugado durante dos o tres generaciones (Presidente Santos en el 51 Congreso Anual de Confecmaras, 2014).

Es en torno a nudos semejantes de naturaleza histrica, donde vale leer y releer a Traverso, quien cita al historiador excomunista convertido en conservador Franois Furet, para quien la rebelin no naca de contradicciones econmicas o sociales, sino de una matriz ideocrtica, de una ideologa en la que el Terror se volva as la culminacin ineluctable de un levantamiento revolucionario , como tambin lo expuso el historiador reaccionario Auguste Cochin, seguido de otros de posicin genetista, para quienes el terror deriva por s o necesariamente de la revolucin o la rebelin (pgs. 76, 81, 89).

En la medida que el actual proceso de paz existe y que por definicin en l nos hallamos ante un interlocutor rebelde reconocido como contraparte, sera una indebida conclusin pensar que es lo mismo el negacionismo del ex presidente Uribe Vlez a la negacin o tergiversacin que administra hoy en Colombia el Gobierno Santos. No obstante, esta ambigedad oficial, esta impostura que habilita tratar reiteradamente como agente irracional y de terror al insurgente, asociada a las medidas que a su vez mantienen y redoblan la impunidad diversa con la que se ha cubierto la criminalidad de Estado y del Establecimiento (v.gr. la perversa ampliacin del fuero penal militar), constituye como tal una perorata y no una pedagoga.

No deja se ser una ventajosa maniobra en la que se rechaza una relacin dialgica, como es la que se requiere para superar una guerra asumiendo un proceso de conversaciones horizontales entre poderes adversos. Slo existe el Otro -terrorista-rebelde- porque se le identifica limitada y primordialmente en funcin del castigo que ha de recibir, pero no se le reconoce en lo que tiene derecho a impugnar. No hay alteridad, ni mucho menos tica de la alteridad; no hay ruptura de la mismidad de los de arriba, y por lo tanto pocas posibilidad de un Nosotros propio de la ilustracin, del liberalismo y el republicanismo, o sea al menos como comprensin de una carta de ciudadana y de las condiciones de un elemental humanismo social.

III. El juicio histrico a las elites


Aunque sea un tema al que ms adelante debamos referirnos de manera ms rigurosa o con una aproximacin sistemtica, es preciso hacerlo ahora, cuando se debe puntear para insistir en la necesidad de que dicha CHCV surta una crtica fundamental; un anlisis que est asociado al juicio necesario que deber producirse desde el registro y la investigacin histrica, sobre la responsabilidad de las elites, para poder entender no slo por qu rehyen la pregunta que la propia rebelin constituye en su oposicin moral, poltica y armada frente a un orden de injusticia, sino la propia implicacin de esos crculos de poder real del Establecimiento, en la sucesin y en la renta de lgicas criminales con las que se han eliminado miles de personas y exterminado organizaciones de oposicin.

Traverso cita el debate o intercambio epistolar hacia 1987 entre Martin Broszat y Saul Friedlnder (pg. 145 y ss.), sobre la historia del nazismo. Si bien Broszat aporta una propuesta de historizacin y reflexiones claves como la referida a la ausencia de las vctimas en el horizonte mental de millones de alemanes, lo que sera en nuestro caso desconocimiento, indiferencia e indolencia de millones de colombianos respecto de miles de vctimas, especialmente de los crmenes de Estado, y si bien Broszat llama a ver crticamente la memoria y el recuerdo mtico de las vctimas, dado que puede oponerse al esfuerzo cientfico de escritura de la historia, Friedlnder, que no comparte acertadamente este consejo, arroja una observacin que es constructiva para nuestro discernimiento, al objetar que pueda no tenerse en cuenta el resultado ms terrible como fue la sombra de Auschwitz, la cual deba estar en primer orden, pues de lo contrario, al sustraerse del estudio, poda significar poner entre parntesis los crmenes nazis y, por lo tanto, ignorar, si no ocultar los vnculos que mantena la sociedad con la poltica criminal del rgimen (pg. 157). El examen de esa relacin indisociable entre la normalidad de la vida cotidiana y la persecucin o el exterminio, es indispensable, explica, para entender la consumacin de los crmenes.

Tal es el caso de Colombia, donde la exitosa consumacin de ms de treinta mil detenciones-desapariciones, o los miles y miles de asesinatos de opositores sociales y polticos, adems del desplazamiento masivo de cerca de seis millones de personas, en su inmensa mayora empobrecidas, y la correlativa utilidad econmica y poltica tras la desmembracin de colectivos, sindicatos u organizaciones populares o la acumulacin de tierras y capitales en pocas manos, no puede entenderse como parte del resultado, sin que haya funcionado una parte de la sociedad civil activa y diligentemente o se hayan verificado formas de adaptacin de sta, a fin de que el statu quo se viera respaldado y las amenazas provenientes de la rebelin fueran sitiadas.

Traverso citando a Walter Benjamin, expresa no slo una opcin sino lo que sera un slido soporte de mtodo para hacer investigacin sobre el sentido de la historia, donde el pasado no est archivado y donde escribir la historia significa entrar en resonancia con la memoria de los vencidos: hay que dar vuelta (a) la perspectiva y reconstruir el pasado desde el punto de vista de los vencidos, sustituyendo una relacin mecnica por una relacin dialctica en la que el Otrora encuentra el Ahora. es posible que de la imagen de los ancestros sometidos saque su fuerza una promesa de liberacin inscripta en los combates del tiempo actual (pgs. 27 y 28).

Traverso cita a Reinhart Koselleck: puede que la historia est hecha por los vencedores pero, a largo plazo, las ganancias histricas de conocimiento provienen de los vencidos (pg. 28 y 29). Y en esta lnea menciona a Eric Hobsbawn, que reproch, no sin contradicciones, mirar la historia desde arriba sin preocuparse por lo que pensaban la gente de abajo (pgs. 38, 49 y 50).

Traverso igualmente lo seala criticando entre otros a Emilio Gentile, quien desarroll una investigacin sobre el imaginario fascista en Italia, basada en la empata del historiador con su objeto de estudio. Traverso explica que esto poda volver simblica esa terrible violencia fascista, cuando lo que debe hacerse es poner en prctica otro tipo de empata, dirigida esta vez hacia sus vctimas, para lo cual es necesario adoptar una postura epistemolgica ligada a la tradicin del antifascismo (Pgs. 138 y 139).

Dentro de la CHCV que entregar sus trabajos a finales de 2014 para ser asumidos en el proceso de paz colombiano, y que debern servir para una Comisin de la Verdad, dentro de ella, hay conocidos expertos que sabemos estn comprometidos con una tradicin antifascista y en contra de la estrategia de guerra sucia, contra el paramilitarismo y otras expresiones degradantes en el conflicto; estn en pro de una comprensin de la naturaleza poltica de la confrontacin y del tratamiento de las causas para alcanzar mediante la solucin dialogada, una base de democracia con reformas de justicia. Para ello, pueden tomar la distancia que su oficio intelectual requiere, seguramente sin caer en la ilusin psicolgica y epistemolgica que Friedlnder advierte (citado por Traverso, pg. 160), pues el historiador o el experto de la CHCV en este caso, est inserto en una trama en la que interacta y puede hacer valer con pruebas sus conocimientos y hallazgos, con la mayor objetividad posible, sin ceder a la pretendida presin positivista del relato cientificista que, como en otros contextos, finalmente termina sirviendo al poder instituido.

Enzo Traverso, de nuevo citando a Saul Friedlnder, refiere cmo el pasado a investigar est demasiado cerca del historiador. Efectivamente, como lo est para la CHCV en Colombia. Y es por lo mismo que de ese pasado-presente deriva para cada quien un cierto derecho a la empata a partir de la trama social y poltica que vive, y tambin se derivan sus correspondientes riesgos. En el campo de la solidaridad y el conocimiento del mundo con los de abajo, dicha tensin viene a ser la de un derecho-opcin, equivalente a lo que el filsofo jesuita Ignacio Ellacura formul para ver y actualizar los derechos humanos desde los lugares de verdad y legitimidad ms amplios, que son los lugares de resistencia, aspiraciones y lucha por la vida frente a inhumanas u opresivas estructuras de poder. Eso que est en el ncleo de las revoluciones y sus fracasos, es algo que en medio de condiciones de negociacin poltica, no tiene por qu colisionar con la empata sin paternalismos hacia los sectores sufrientes y oprimidos.

Una empata que puede ser en general por y con las vctimas, y sin desvirtuar esto, por una inteligibilidad de la rebelin, en la historia de un pas en el que hubo y hay violencias estructurales o agresiones que fundan y explican el levantamiento en armas. Es decir, no para que los expertos y relatores funjan como defensores de los rebeldes, sino de la perspectiva o comprensin histrica y sociolgica de lo que origin y desarrollo ese alzamiento. En positivo: poder indicar hoy la base a transformar, o sea las causas u orgenes que no son remotos sino vigentes, a tratar en una salida poltica dialogada para la superacin de problemticas de exclusin o segregacin.

En conjuncin de esfuerzos crticos, por eso, Comisionados de la CHCV pueden elaborar con pleno derecho una posicin poltica y tica que contribuya a develar la responsabilidad criminal de unas elites que han jugado con los destinos de un pas, y respecto de la cual abundan pruebas de sus beneficios.

En esa tarea, y en esa posible empata hacia millones de vctimas, la mayora annimas absolutas, siendo como fueron y son: vctimas-sujetos de actores populares organizados y perseguidos en dcadas de violacin de derechos humanos, guerra sucia y confrontacin en Colombia; sobre todo en la probable empata hacia las ms empobrecidas y mancilladas por el abandono estatal, se afirma en ese ejercicio existencial altamente sensible, la posibilidad de un privilegio epistemolgico que, reseado por Traverso al sealar la postura de compromiso de Friedlnder, tiene que ver con el hecho de que quienes, concernidos, relatarn esa historia en el presente, conocen y narrarn por cierta identificacin, lo que futuras generaciones de historiadores probablemente no conocern (pg. 161): Esta irrupcin puede revelarse fecunda, puesto que permite sacudir la frialdad de la mayora de las fuentes escritas.

Esto no significa atentar contra la distancia prudente que requiere la potencia intelectual y los cnones de la investigacin de fenmenos sociales. Su demanda no puede ser en todo caso absurdamente apoltica ni invitar a abstraerse de una produccin tica. Ms ante realidades de destruccin masiva, sistemtica, asimtrica, intencional, planificada, como se constata en lo que Zygmunt Bauman, Giorgio Agamben y otros autores proponen para el estudio de violencias, en este caso asociadas a poderosas maquinarias o patrones estatales e industriales.

Graves violaciones de derechos humanos, persistentes, permanentes y encubiertas por un rgimen que maquina impunidades, como ha sido en el caso colombiano, sin que haya operado una dictadura militar o una irrupcin patentemente autoritaria. No es una consigna sino una aterradora conclusin que en gran medida la condicin sine qua non de la guerra sucia del Estado y del Establecimiento ha sido la formalidad de la democracia para aislar reprensiones y mantener con alianzas y apoyos una serie de mecanismos de terror, hacindonos creer la visin de moderacin y sujecin de la violencia a la ley, y que lo que ocurra no estaba sucediendo o era excepcional. Esto es algo sobre lo que debern dar luz los hallazgos que nos presente la CHCV, pactada en el proceso de paz colombiano.

IV. Avanzando hacia una Comisin de la Verdad


Todo esto es muy importante que sea reflexionado no slo por quienes se aproximan a la ardua tarea de tomar la debida distancia en la investigacin y producir una elaboracin crtica sobre el pasado, haciendo historia y tambin historiografa, sino por quienes desde las organizaciones sociales victimizadas y el conjunto de vctimas, en especial de los crmenes de Estado y del Establecimiento, debern contribuir a la formulacin de los trabajos, mandatos, facultades, caractersticas, alcances, vnculos y efectos judiciales y polticos de una futura Comisin de la Verdad.

En primer lugar, para no disociarla de los avances y acuerdos que se produzcan en el proceso de paz en cuya Mesa se deber pactar su creacin y atestiguar su independencia. Pues una Comisin de la Verdad no debe estar en contra del proceso de paz transformadora, ni la Mesa de dilogos debe estar a espaldas de lo que dicha Comisin construya. Sino para que existan sinergias y refuerzos entre su funcionamiento y los objetivos de justicia, reparacin y garantas de no repeticin que se forjarn en el intercambio y resoluciones que emanan de la negociacin poltica.

En segundo lugar, para que el recurso a la memoria y la invocacin de las vctimas, no sea de nuevo la banalizacin, la modulacin, la modelacin y la manipulacin que los sectores de poder hacen, usndolas de manera prfida mientras continan garantizados los beneficios econmicos y polticos del autor detrs del autor material de los crmenes.

Y ms an, en tercer lugar, para que el movimiento popular intente contrarrestar con pleno derecho el control que tanto el Gobierno como la ultra derecha buscarn ejercer para inhibir los posibles trabajos a fondo de una Comisin de la Verdad que debe indagar por responsabilidades penales y polticas de poderosos estamentos y directivos de stos, como jefes de entes polticos y de crculos econmicos o empresariales.

Y a la vez, en cuarto lugar, para que tambin reconozca por qu hay ms all de las vctimas, causas por las que se les persigui. Parafraseando a Traverso, para que el recuerdo de las vctimas, pueda coexistir con el de sus conquistas, sus derrotas y sus combates (pg. 296). Explica, hablando de lo que sucede en Espaa en torno a la lucha por la memoria histrica, que existe el riesgo de que, una vez culminada esta enorme empresa de archivo de objetos, de reconstruccin de esqueletos y anlisis de ADN, la restitucin de la identidad a los cuerpos coincida con una prdida del sentido de la historia. Las vctimas habrn recuperado un nombre, pero las razones de su muerte se habrn vuelto incomprensibles (pg. 307).

Hace falta cuestionar la memoria prisionera de una tendencia paternalista y humanitarista, que es la de visitar el pasado desde el prisma de la vctima, en un horizonte privado de cualquier utopa. Refirindose Traverso por ejemplo a la esclavitud, subraya: Lo que desaparece es el recuerdo, tanto en el discurso pblico como en la conciencia histrica, de una emancipacin conquistada y no concedida (pg. 314).

Por eso tienen sentido liberador los encuentros de vctimas por acciones de las partes contendientes en el conflicto colombiano, que han ido a La Habana a apoyar el proceso de paz. Y no menos sentido tiene ver qu luchas fueron intencionalmente victimizadas, por quines, por qu y en razn de qu ganancias o intereses.

Hace falta que el Gobierno realmente apueste a esa utopa que obra ya por fuerza de lo pactado con la insurgencia, de avanzar hacia una solucin poltica al conflicto, con garantas de no repeticin. Para ello debe asumir una pedagoga coherente, o sea con otredad, con alteridad, afrontar sus responsabilidades histricas y compartidas para un devenir sin confrontacin armada. Se impone entonces que supere su inconsistencia y se despida en serio del negacionismo heredado, que contradice la voluntad suscrita.

Termino con la invitacin que hace Traverso al final de la introduccin a su libro ac citado (pg. 31):

Para quienes no han elegido el desencantamiento resignado o la reconciliacin con el orden dominante, el malestar es inevitable. Probablemente la historiografa crtica se encuentre hoy bajo el signo de tal malestar: Hay que tratar de volverlo fructfero.

(*) Carlos Alberto Ruiz Socha, abogado colombiano, Doctor en Derecho.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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