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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 08-10-2014

Mi abuelo, un simple colombiano

Hernando Calvo Ospina
Rebelin


Yo casi llegaba a adolescente cuando me dobl bruscamente un pie, saltando un charco que se haba hecho frente a la casa por la lluvia. Dolor horrible, grito, llanto y pantano, pues termin metido donde no quera. Mi abuelo, Pedro Nel Ospina, corri en mi salvacin. Luego de quitarme el zapato y la media, empez a tantearme el tobillo. Peores gritos y torrenciales de lgrimas. Los hombres no lloran por tan poquito!, me dijo muy seriamente. Claro, como no era a l a quien le dola. Mi madre vea con ternura e impotencia el sufrimiento de su beb, en manos de ese insensible abuelo.

Pedro trajo una cajita que yo haba abierto muchas veces al escondido, para olerla. Era ungento El Tigre. Despus supe que en muchos hogares tenan ese producto, al ser utilizado como medicamento en aquellos barrios donde un mdico era tan extrao como comer carnes tres veces a la semana. Ese da me lo pusieron en el pie; antes me lo haban aplicado en una picadura de zancudo un poquito infectada; las narices se destapaban luego de una evaporacin con el ungento, aunque los ojos lloraran del ardor.

El abuelo termin de sobarme el tobillo con el producto mgico. Mi llanto solo par cuando me puso una especie de venda, hecha con cualquier trapo viejo aunque no inservible. En estos barrios, algo es inservible cuando realmente ya no sirve para nada. Das despus le pregunt al abuelo cmo haba aprendido esas tcnicas de curandero de huesos y ligamentos. Sin el menor rubor me contest que sanando mulas. Es que fue arriero de verdad. Subi y baj montaas conduciendo hasta 30 mulas cargadoras de caf. Ganaba una miseria, pero le alcanzaba para mujeres y aguardiente. Coma en los galpones donde el patrn amontonaba a los trabajadores para dormir.

Su currculo deca que no haba cumplido doce aos y ya trabajaba en una mina de oro explotada por gringos, cerca a Medelln. Sin ser an mayor de edad, un da, mientras almorzaba arroz con frjoles fros, aparecieron el cura del pueblo y unos soldados. El de la sotana seal a mi futuro abuelo y a otros tres adolescentes. Se los llevaron porque estaban obligados al servicio militar. Los seleccionados eran todos de padres militantes del partido Liberal. Tan slo el cura poda saberlo porque en aquel entonces, y por muchsimos aos, se anotaba la posible filiacin partidista familiar al bautizar un nio.

Mi abuelo pas casi siete aos enrolado en el ejrcito. Bueno, enrolado es mucho decir, pues la mayor parte de ese tiempo estuvo en calabozos Desde el primer da de conscripto su nica idea fue fugarse del cuartel, donde los oficiales eran tan fieles a los dirigentes conservadores como el cura: Se evadi en cuatro ocasiones.

La ltima desercin me pareci como para pelcula. Llevaba apenas tres semanas de haber dejado el calabozo debido a la anterior fuga. El abuelo se fue robndose cinco gallinas metidas en un costal, un bulto de caf y haciendo correr a una mula por entre el monte. Iba acompaado de la esposa de un sargento. La relacin con la dama duro apenas unos das. Ella regres arrepentida al hogar. Mi abuelo no le ofreca ninguna seguridad material, tan solo una loca vida de escondite en escondite.

Me cambiaron la cabeza de un cerdo robado por cinco botellas de aguardiente. Bebiendo la mitad de la primera ya haba olvidado a la ingrata. La mula nunca me dej y el caf nunca me falt.


Nadie sabe cuntos aos vivi. Parece que muchsimos. Ms de cien. Esa cantidad de aos dieron testimonio de su pasin por la vida. Y desde que se acordaba era constante a las mujeres, al aguardiente, al caf y al partido Liberal.

Ya de viejo no hablaba de poltica mientras beba su infaltable licor. Sobrio, no dejaba de repetir que los problemas de Colombia eran culpa de los curas, los ricos y los gringos. No haba estudiado, pero inteligente s era. Un da tuvimos que agarrarlo porque sali, cuchillo en mano, tras dos evangelizadores rubios, que hablaban espaol como si fueran Tarzn. La verdad es que ellos huyeron a las carreras, no tanto por miedo a mi abuelo, sino por las piedras que les llovan de los vecinos.

Le faltaban muchos aos para morir, pero un da estuvo al borde del hueco, como deca. Era un domingo. El abuelo estaba tendido en la cama, ojos cerrados, boca entreabierta, plido, rostro huesudo. El cura termin la misa y lleg a casa. Los dejamos solos. Unos minutos despus sali el hombre de la sotana con rostro compungido: No hay nada que hacer. Ni balbucea. Partir en cualquier momento, dijo, y se march despus de pagrsele el oficio. Entramos a la habitacin. Miramos al moribundo. Este fue abriendo un ojo, luego los dos. Despus habl con voz cansada: Yo no tengo por qu confesarme a ningn cura hijodeputa. Y exigi que le limpiaran la uncin con el leo que el prroco le haba puesto en la frente. Me est quemando, dijo enojado.

En la noche expres que quera hablarme a solas. Al odo me pidi que le consiguiera aguardiente, pues se mora de sed. Eso no se lo iba a negar nunca, as estuviera tomando medicamentos. De todas maneras le daban horas para morir. Al escondido entr su amado nctar. Le ayud a levantar la cabeza y tres largos tragos se bebi como si fuera el ms delicioso elixir. Me lo agradeci con ojos brillantes. Al da siguiente, a la madrugada, lo encontramos en la cocina preparando un caf.

Era un perdido enamorado. El ro Cauca, ancho y bravamente acaudalado en aquella poca, separaba a dos pequeos pueblos campesinos. En uno viva mi abuelo, an soltern. Al otro lado del puente de hierro viva una juguetona y coqueta, de largas trenzas negras y ojitos provocadores, que tena al joven mozuelo postrado de amor.

Lleg la llamada poca de Violencia, donde los dirigentes liberales y conservadores pusieron a pelear a sus humildes bases, para ellos quedarse con sus tierras. Sin ningn otro motivo, los dos pueblos se enemistaron a muerte. As tena que ser, porque en uno se defenda la bandera roja y en el otro la azul. De la noche a la maana el puente dej de ser transitado. A un extremo estaban los liberales que se alistaban a defenderse de los conservadores; al otro, los godos prestos a un descuido de los liberales para arrasarlos.

Pero durante muchas de esas noches, llegaba sigiloso mi abuelo hasta la orilla del ro. Se desvesta todito. Meta la ropa en una bolsa plstica y la esconda entre los arbustos. Se lanzaba a desafiar la corriente, que en el centro del ro zumbaba. Al otro lado lo esperaba esa linda campesina pronta a darle sus amores, en duelo de carnes partidarias del placer.

Hernando Calvo Ospina es periodista y escritor colombiano, residente en Francia y colaborador de Le Monde Diplomatique. Su ltimo libro, traducido a seis idiomas, es "Calla y Respira", publicado en espaol por El Viejo Topo. Su pgina web: http://hcalvospina.free.fr/


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.




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