La cobertura informativa de los colonos israelíes de Gaza ha ofrecido al mundo las
imágenes de tragedia y drama que el gobierno israelí deseaba.
Niños
y ancianos llorando, mujeres desesperadas, hombres impotentes
desalojados por la fuerza mientras leían sus libros religiosos. Nunca
el cumplimiento de una resolución de la ONU violada desde hace décadas
fue presentada con un nivel similar de tragedia. Se diría que los
cuerpos despedazados de palestinos se convertían en detalles
irrelevantes comparados con el operativo mediático de la tragedia de
los colonos israelíes. Ninguna familia del ningún lugar del mundo puede
contar con una cobertura así cuando es desalojada de su vivienda por el
impago de su hipoteca a pesar de que sea arrojada a la indigencia, algo
que no ha sucedido con los colonos israelíes, todos realojados en otras
viviendas y con camiones y autobuses dispuestos a facilitar el
traslado. A todo ello, añadir que cada familia de
colonos asentada en Gaza recibirá 300.000 euros para abandonar la zona,
según aprobó el parlamento israelí el pasado mes de febrero. Esta
indemnización llegará a los 8.000 colonos de la franja de Gaza y de
cuatro asentamientos del norte de Cisjordania. Colonos que
ya recibieron enormes subsidios a la vivienda, bajas tasas de impuestos
y subvenciones para sus fábricas localizadas en los territorios
ocupados, es decir, no les están quitando nada que antes no les haya
dado el gobierno israelí.
En cambio, nunca pudimos ver en
los medios de comunicación las imágenes de las cientos de miles de
personas desalojadas de sus casas y tierras en la India para construir
inútiles embalses con los que enriquecerse políticos y empresas
constructoras. Todas esas familias terminaron deambulando en al
indigencia de los suburbios de las grandes ciudades del país.
De todas las fotografías ahora difundidas me
ha resultado peculiar una procedente de la agencia Efe en la que se
aprecia a un militar israelí sujetando por las axilas a una mujer que
se ha desmayado y no se sostiene. Con sus piernas dobladas, sus ojos
cerrados y su boca semiabierta en aparente estado de semiinconsciencia
por su “tragedia”, aparece su brazo izquierdo extendido mientras sujeta
asombrosa y perfectamente el paquete de tabaco y el teléfono móvil. Es
la viva imagen del teatro montado en torno a una mudanza ordenada por
la ONU e ignorada desde hace años: unas piernas que aparentemente se
supone se derrumban, una cara moribunda y una mano que sujeta
firmemente un teléfono y un paquete de tabaco.