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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 10-11-2014

Procesos electorales desnudan horizontes estratgicos diferentes
Gobiernos populares latinoamericanos en el ojo de la tormenta

Isabel Rauber
Rebelin


Los recientes procesos electorales que finalizaron en Bolivia y Brasil sintetizan las diferentes dimensiones, los alcances estratgicos y los ejes polticos de las transformaciones sociales en curso en Latinoamrica; ponen al descubierto sus logros y carencias, sus horizontes y en virtud de ello‑, sus desafos.

Est claro que ganar elecciones no es equivalente a tomar el poder mediante las urnas. Pero segn interpreten esta afirmacin, los gobiernos populares progresistas configuran distintas estrategias polticas y definen sus agendas polticas locales y regionales. Hay gobernantes que optan por lograr una administracin prolija para mostrar su eficiencia a los poderosos o para conservar su posicin, esperando ser aprobados por ellos. Otros, empeados en realizar cambios sociales raizales, buscan caminos para hacer de sus administraciones herramientas polticas capaces de impulsar procesos socioculturales de cambios revolucionarios.

Esta posibilidad fue clara a partir del triunfo de Hugo Chvez en 1998, cuando replante a su gobierno como una herramienta poltica para construir con el pueblo el sujeto poltico colectivo capaz buscar nuevos caminos revolucionarios y construirlos. Desde entonces, y con el impulso que ha significado para los pueblos del continente el triunfo de los movimientos sociales encabezados por Evo Morales en Bolivia, se afianza cada vez ms la hiptesis poltica de que la disputa electoral puede abrir caminos democrticos para la realizacin de transformaciones revolucionarias.

Para quienes actualmente ganan elecciones desde posiciones populares, de izquierda o progresistas, la disyuntiva es clara: Convierten a sus gobiernos en herramientas polticas para impulsar procesos populares revolucionarios de cambios raizales, o se limitan a hacer un buen gobierno conservador, reciclador del sistema.

El camino revolucionario est marcado por la participacin protagnica de los pueblos

La respuesta a esa disyuntiva poltica y los consiguientes posicionamientos polticos que de ella se derivan, devienen el parte aguas poltico del quehacer de los gobiernos populares latinoamericanos: mantenerse en los cauces fijados por el poder y cambiar algo cuidando que nada cambie, o colocarse en la senda de las revoluciones democrtico‑culturales e impulsarlas. Esta opcin revolucionaria est marcada por un factor poltico clave: la participacin protagnica de los pueblos en el proceso de cambios, es decir, para crear, definir y realizar las transformaciones en la concepcin y el quehacer del Estado, la democracia, el desarrollo, el buen vivir, la descolonizacin, la interculturalidad, la despatriarcalizacin

Ciertamente, a pesar de las diferentes opciones polticas estratgicas, los gobiernos populares convergen hoy al compartir una postura posneoliberal o antineoliberal, centrada en la recuperacin del papel socioeconmico del Estado en pos de obtener recursos para fomentar la inclusin social, recuperar ndices positivos en la salud y la educacin masiva, erradicar la pobreza extrema, apostar a la integracin comercial regional y continental. Estas convergencias no indican, sin embargo, que los diversos gobiernos estn abocados a la realizacin de cambios estructurales orientados a la superacin raizal del capitalismo.

Hacer de los procesos democrtico-populares procesos revolucionarios es una posibilidad directamente articulada con el empeo conjugado entre movimientos sociopolticos, partidos de izquierda y gobierno popular para fortalecer los procesos de construccin del sujeto poltico colectivo, impulsando su participacin en la toma de las decisiones polticas que marcan los rumbos del quehacer estatal y poltico-social en cada momento, aportando a la construccin de la conduccin colectiva del proceso revolucionario en cada pas.

Va de suyo que cualquier opcin de cambio poltico-social transcurre hoy dentro del sistema del capital. Sin embargo, unas se abocan a crear las bases sociales, culturales, polticas y econmicas para transitar hacia su superacin, mientras que otras buscan reacomodarse a lo existente para disputar ‑en el mismo terreno del mercado‑, un lugar de poder desde donde constituirse en el contrapeso del Sur a la tendencia neoliberal global asfixiante. La creacin del bloque BRICS es un claro ejemplo de ello. Este bloque desafa la hegemona unipolar del poder del capital imperialista-guerrerista y su voracidad de rapia, saqueo y destruccin global y en la coyuntura global actual‑, resulta un freno a la locura de muerte que favorece la vida, al igual que el MERCOSUR, la UNASUR, la CELAC De conjunto, estos procesos y bloques tienen en el presente un importante valor como salvaguardas de la vida de los pueblos. No constituyen el horizontes de las luchas populares, sino su piso, una base de apoyo inicial.

El ALBA, en cambio, se perfila como una apuesta estratgica de los pueblos orientada a la creacin y construccin de un mundo nuevo basado en el buen vivir y convivir.

En los procesos de participacin poltica los sujetos van tomando conciencia de la necesidad de continuar sembrando las bases culturales, sociales y econmicas en las que madure y se abra paso su propuesta revolucionaria encaminada a la superacin definitiva de la civilizacin creada y controlada por el capital. Para ello se preparan y organizan, buscando permanentemente impulsar los procesos de cambio ms all de los lmites que fijen los gobiernos de turno.

Transformar el Estado

En su primera etapa, los gobiernos populares latinoamericanos retomaron los postulados bsicos de Keynes para la elaboracin de su propuesta socio-econmica. Esta mirada compartida result, en cierta medida, la base de un formato institucional para la constitucin de los bloques regionales de integracin. De ah que en la mayora de estos procesos, la apuesta productiva predominante est marcada por lo que podra definirse como un neodesarrollismo de izquierda.

Esto en s mismo no es positivo ni negativo. No cabe pretender que todo est previamente definido y clarificado, menos aun cuando a los gobernantes actuales les ha tocado hacerse cargo de sus pases en situaciones de crisis y fracturas sociales profundas, causadas por el saqueo y la corruptela neoliberal. Pero es importante tenerlo presente como referencia porque, hacia dnde se encaminan estos gobiernos luego del empeo de los primeros aos buscando poner en orden una propuesta integral de gobierno?

Recuperar el papel social del Estado es central, pero ello es apenas un primer paso en el inmenso ocano de las transformaciones sociales. La mayor y ms dura prueba de ello ha sido el socialismo del siglo XX. Mayor estatizacin que aquella es difcil de imaginar, sin embargo, no logr resolver temas medulares como: participacin y empoderamiento popular, desalienacin, liberacin, plenitud humana Tal vez fue precisamente por centrar los ejes del cambio social en el quehacer del Estado y sus funcionarios, por concebir al Estado como un actor social y no como una herramienta poltica institucional, que el proyecto socialista derrap de sus objetivos estratgicos iniciales y un grupo de burcratas termin suplantando el protagonismo popular, anulando al sujeto revolucionario.

El Estado es apenas una herramienta, medular, pero herramienta. Puede emplearse con la esperanza de recuperar un capitalismo de bienestar, sin poner en cuestin el contenido y el papel de clase del Estado, ni las bases jurdicas que configuran su institucionalidad. O puede convertirse articulado con la participacin popular‑, en un instrumento poltico para impulsar cambios revolucionarios, apostando a transformar las bases, el carcter, los contenidos y el papel social de dicha institucin.

Luego de dos o tres perodos de gobierno, el riesgo de caer en la tentacin de conservar lo que se ha logrado es grande, ms aun teniendo en cuenta los enormes desafos que implica atreverse a ir por ms, profundizar los cambios, cuestionar los resortes claves del poder local-global del capital. Conservar es fundamental, pero no se lograr deteniendo el proceso de cambios. Detenerse es retroceder y empezar el raudo camino hacia el declive.

Conservar lo logrado requiere profundizarlo, radicalizarlo, ampliar el protagonismo de los pueblos en la toma de decisiones, transformar la institucionalidad del capital reemplazndola por otra que responda a los intereses populares No hay otra posibilidad en Latinoamrica, territorio azotado secularmente por la dependencia, la colonizacin, la corrupcin y el sometimiento de las lites locales a los designios del poder imperialista.

Recuperar el Estado para el quehacer social es un paso inicial, pero solo podr tomar un rumbo revolucionario si se abre a la participacin de los movimientos populares en la toma de decisiones, en la realizacin y la fiscalizacin de las polticas pblicas y de todo el proceso de gestin de lo pblico, abindolo a la pluralidad que imponga su diversidad.

Histricamente contrapuestos Estado y sociedad y, particularmente, Estado y movimientos sociales populares, hay grandes cambios que realizar que realizar para abrir el Estado, las polticas pblicas y la gestin de lo pblico a la participacin de los movimientos populares, indgenas, sindicales, campesinos para que puedan asumirse colectivamente como protagonistas con derecho ‑y obligacin‑ de participar en la toma de decisiones. Y ello no se producir de golpe; requiere tanto de procesos jurdicos que lo habiliten, como de procesos poltico-educativos de los funcionarios pblicos y de los movimientos sociales y la ciudadana popular en general. En este proceso los sujetos van reconceptualizando las polticas pblicas y la gestin de lo pblico en funcin de sus realidades, identidades y modos de vida, sus cosmovisiones, sabiduras y conocimientos, y articulado a ello‑, van definiendo el quehacer y alcance de lo estatal.

Apoyar estos procesos est entre las tareas poltico revolucionarias de quienes se posicionan como conduccin poltica: no sustituir al pueblo organizado, sino convocarlo, escucharlo, construir de conjunto, estimular y contribuir a organizar su protagonismo. Sumar y no restar. Dirigir no es mandar, sino orientar, coordinar y guiar el proceso, en primer lugar, aportando con el ejemplo concreto de nuevas prcticas en los lugares de trabajo y territorios del hbitat cotidianos.

Obviamente, como lo ejemplifican las experiencias concretas de los procesos polticos latinoamericanos actuales, esto configura un escenario sociopoltico y cultural contradictorio, sinuoso y complejo que se torna frecuentemente incomprensible para los propios protagonistas y, tal vez por ello, peligroso para quienes imaginan que los procesos de transformacin social ocurren o deberan ocurrir segn establece el manual de procedimientos, por decreto o mgicamente, o protagonizados por ngeles que supuestamente atravesaran los cismas histricos como quien se desplaza suavemente por un lecho de pureza inmaculada.

Se cometen errores? Seguramente, aunque se minimicen, siempre habr errores, pero no sern responsabilidad de un grupo de funcionarios, sino por decisin colectiva de las mayoras participantes, precisamente una de las garantas fundamentales para minimizarlos. En tal caso, la reflexin colectiva y el saldo, no conducirn a una derrota frustrante, ser sobre todo aprendizaje y crecimiento colectivos para nuevos emprendimientos revolucionarios.

La transicin revolucionaria implica la descolonizacin y viceversa

La transformacin del Estado y su apertura a la participacin de los pueblos, el reconocimiento de la diversidad de sus identidades sociales, culturales, de sus cosmovisiones, saberes, sabiduras y modos de vida diversos es parte de un inter-articulado proceso revolucionario democrtico intercultural que configura procesos de descolonizacin, en los que se proyectan y profundizan los horizontes estratgicos de los gobiernos populares revolucionarios. Esto se relaciona directamente con la definicin de los perfiles sociopolticos de lo que hoy podra entenderse como procesos de transicin hacia una nueva civilizacin, superadora del capitalismo. Y tiene como elemento constitutivo central a la participacin popular; en ella radica la posibilidad revolucionaria de los gobiernos populares de la regin.

En tiempos de disputa de poder como ocurre hoy en Bolivia, Ecuador, Venezuela florecen las luchas de pueblos y comunidades indgenas, de campesinos/as y diversos sectores sociales por participar plenamente de la democracia, amplindola, es decir, luchando por extender la igualdad y la libertad a sus relaciones sociales, econmicas, culturales y polticas. Esto es parte de las luchas polticas y culturales de los pueblos encaminadas a la transformacin raizal de la democracia, rompiendo el paradigma neoliberal que considera a la democracia (y el Estado) como un terreno carente de conflictos, un mbito neutral de competencia de intereses

Poniendo fin a las relaciones de poder instauradas por la democracia excluyente y elitista del capital, los pueblos construyen desde abajo otra democracia, un nuevo poder (popular), un nuevo Estado para el Buen Vivir y Convivir, otra hegemona: la de los pueblos.

La construccin de hegemona popular requiere de un tipo de organizacin y conduccin polticas que articule protagonismo y conciencia colectivos como sustrato del poder popular, basado en la solidaridad y el encuentro, en el reconocimiento y la aceptacin de las diferencias sin pretender su eliminacin, entendindolas como riquezas y no como defecto. Esta lgica no puede basarse en la antagonizacin ‑y exclusin‑ de lo diferente, sino en la complementariedad, en la bsqueda de espacios donde la diversidad sea cada vez ms naturalmente incorporada ‑aunque con conflictos y debates‑, propiciando el trabajo interarticulado, intercultural, de lo diverso.

Se trata de revitalizar una concepcin de la poltica que, anclada en los sujetos del cambio, ponga la batalla por la hegemona en el corazn de la disputa colectiva por el poder popular a crear y construir. Esto supone recuperar la poltica y lo poltico como eje del central del quehacer de los gobiernos revolucionarios anudado con lo social, lo cultural y econmico e implica dar un vuelco a la representacin poltica tradicional enquistada en los partidos, incluyendo a los de la izquierda.

No se trata entonces solo de convocar para escuchar, sino tambin de generar mbitos donde los diversos actores puedan crear, proponer, decidir y ser parte del proceso de realizacin, reapropindose de sus experiencias en un proceso que contribuir al empoderamiento colectivo. Es aqu donde la eficacia, la participacin y la democracia, se entroncan con la descolonizacin y la interculturalidad en una interrelacin compleja, sin indicios de simplificacin y perfilan los actuales procesos de transicin hacia el nuevo mundo que tienen lugar en tierras indo-afro-latinoamericanas. En ellos destaca el protagonismo de sectores histricamente discriminados y marginados, hoy (auto)reivindicados como ciudadanos de pleno derecho.

--Se ponen en cuestin saberes y poderes

Interculturalidad y descolonizacin llaman a dejar atrs el eurocentrismo negador de los pueblos indgenas, afrodescendientes, mestizos, a dejar atrs todo tipo de discriminacin, a pensarse todos y todas como sujetos-ciudadanos con plenos derechos y capacidades. Llaman tambin a abrir espacios polticos a las mujeres con sus pensamientos despatriarcalizadores, y a promover la participacin plena de todos/as los marginados/as o excluidos/as acorde con sus capacidades, sus identidades culturales, sexuales, etc. En resumen, se trata de abrir el mbito de lo poltico al terreno intercultural para reconfigurarlo desde este lugar, reclamando una mirada colectiva que d cuenta de los dismiles intereses de los diversos actores y sectores que conforman el llamado campo popular.

Esto supone hacerse cargo tambin de las diferencias y pugnas de poder que tienen y tendrn lugar entre los diversos sectores del campo popular, en proceso de ruptura y superacin de la hegemona de la colonizacin. Teniendo en cuenta que la conquista y colonizacin de Amrica ‑genocidio mediante‑, implant el capitalismo en estas tierras, los actuales procesos de descolonizacin comprenden todo el perodo histrico, desde tiempos de la llegada del capitalismo a nuestras tierras de la mano de la conquista y colonizacin hasta la liberacin del jugo del capital en lo econmico-social y cultural, en el modo de vida, de percepcin, de conocimiento, de interrelacionamiento humano y con la naturaleza.

Por ello, interculturalidad y descolonizacin constituyen pilares claves promotores de la nueva civilizacin, anclados en la equidad, la solidaridad y la bsqueda de armona en la convivencia humana y con la naturaleza y, todo ello, sustentado en un nuevo modo de produccin y reproduccin social, cuyo ciclo garantice la reproduccin de la vida humana y de la naturaleza.

Aprender de las prcticas emancipatorias de los pueblos

La construccin de un nuevo mundo implica crear colectivamente una nueva racionalidad del metabolismo social. En tanto se trata de transitar procesos inditos la participacin de los actores sociales resulta una de las claves sociopolticas y culturales fundamentales de los actuales procesos revolucionarios.

En este empeo, la creacin cotidiana de los pueblos es clave. Por ello, entre las labores revolucionarias de intelectuales orgnicos comprometidos, est la recuperacin crtica de las experiencias concretas de los movimientos indgenas, de trabajadores, de mujeres, de pobladores, de los sin tierra, etc., para reflexionar en conjunto‑, acerca de las enseanzas de lo que colectivamente van creando y construyendo.

La investigacin accin participativa, articulada con procesos de educacin popular, desempean en ello un papel fundamental, particularmente, en lo que hace a la recuperacin y sistematizacin de las experiencias locales de los pueblos, donde germina lo nuevo, aunque fragmentado, o balbuciente.

--Una nueva mentalidad, un cambio cultural, epistemolgico y poltico, se impone

Esto habla de la importancia actual que reviste para las ciencias sociales romper con la tradicional mirada cientista acerca de los estudios sociales, sus dinmicas y problemticas. Se trata, en sntesis, de asumir el camino de la ruptura epistemolgica con el viejo saber hacer y saber pensar, para reconstruir una nueva epistemologa, desde los pueblos, con los pueblos, construyendo integral e interculturalmente nuevos saberes (colectivos) con los sujetos.

Hacerse cargo de la batalla ideolgica cultural

--Que no te cuenten los adversarios cmo creas y construyes lo nuevo

Si los procesos de revolucin sociopoltica, democrtica y cultural no son recuperados por los pueblos ‑sus creadores y protagonistas‑, el recuento y la sntesis la har el adversario poltico, con la intencional cuota de tergiversacin ideolgica de la realidad a la que est acostumbrado para mantener su hegemona y dominacin. A travs de libros de textos, de los medios de comunicacin masiva y de las redes sociales, nos re-contarn nuestra historia como si fuera ajena, llena de errores y desvaros, pues harn el recuento a partir de sus parmetros culturales y sus intereses econmicos y polticos. Este es, de ltima, el derrotero subfluvial del debate civilizatorio en curso. Llama a asumir con centralidad el proceso de descolonizacin o caso contrario-, someterse a la continuidad de la colonizacin de las mentes y la espiritualidad, para someter a los cuerpos.

La educacin poltica, la batalla cultural en los medios de comunicacin masiva, en las escuelas, en las comunidades, en las organizaciones sociales y polticas, son parte de la permanente toma de conciencia del proceso de creacin colectiva del nuevo mundo. Y resultan entre las claves de la construccin del poder popular desde abajo.

Construir la fuerza sociopoltica de liberacin

El desafo civilizatorio supone un debate y una pulseada permanentes con el poder. Y ello no es una tarea de vanguardias, no es una cuestin de partidos polticos Se trata del quehacer permanente del sujeto poltico colectivo del cambio: partidos polticos de izquierda, movimientos sociales populares, pueblos todos, reunidos, articulados intercultural y horizontalmente en una fuerza sociopoltica de liberacin capaz de traccionar los procesos de cambio hacia mayores transformaciones, confluyendo en un gran proceso de cambios raizales donde irn superando desde la raz y desde su interior‑, el sistema del capital, su modo de produccin y reproduccin sobre el que se erige todo el sistema de relaciones sociales, culturales, econmicas y polticas y jurdicas y las instituciones que lo representan, sostienen y perpetan.

Este desafo resulta central en procesos como el que tiene lugar en Brasil, donde el impulso revolucionario supone un viraje hacia el protagonismo poltico social popular. Est presente tambin, aunque con otras intensidades, en procesos como los de Bolivia y Venezuela cuyos gobernantes estn empeados en profundizar el camino revolucionario iniciado, ampliando la participacin popular, los procesos de descolonizacin, los dilogos interculturales y las bsquedas de un nuevo modo de produccin de que abra las puertas de la humanidad a un nuevo tipo de desarrollo basado en el buen vivir y convivir entre nosotros y con la naturaleza.

En Brasil, el gobierno de Dilma se vio prcticamente arrinconado por un posible retorno a la era de la plena hegemona neoliberal, y ello no ha sido solo por los embates mediticos (externos) de sus adversarios, sino el resultado de concepciones polticas propias, que llevaron al PT a gobernar a travs de acuerdos parlamentarios en bloques, a no escuchar a los movimientos sociales y sus histricos reclamos, como, por ejemplo, la reforma agraria, a desor el reclamo de los jvenes y sus movimientos en las grandes ciudades, cuyas protestas se pretendi estigmatizar y reducir tras el calificativo de clases medias disconformes y opuestas a un pueblo supuestamente contento y conforme con la Bolsa Familia

Hace tiempo ya, el PT pudo haber abanderado la construccin de un foro de encuentro y articulacin entre partidos de izquierda y movimientos sociales ‑en Brasil y en el continente‑, abriendo cauces a una nueva poltica.

Silenciado el Foro Social Mundial por los apetitos hegemonistas internos, y con un Foro de Sao Paulo tercamente encriptado en su arcaico sectarismo poltico, la fuerza poltica de los de abajo se expresa donde se abren cauces para ello. As, movimientos sociales histricos de Nuestra Amrica con la presencia de Evo Morales, no dudaron en estar presentes en Roma, en la convocatoria del Papa Francisco a los movimientos sociales, para discutir ejes centrales de acciones globales encaminadas a la defensa de la vida.

--Hoy como ayer, ser de izquierda no es sinnimo de ser revolucionario

Se puede ser la izquierda del sistema capitalista y gobernar para reflotarlo. Pero como lo ejemplifican Bolivia y Venezuela, se puede optar por otro carril, y en vez de intentar hacer buena letra con los poderosos de siempre, impulsar articulada y mancomunadamente con los movimiento sociales y los pueblos todos, procesos revolucionarios de cambios sociales, abonando el camino de las revoluciones democrticas culturales que se profundizan con la participacin cada vez ms protagnica de los pueblos que ‑en tales procesos‑, tendrn la oportunidad para autoconstituirse en sujeto poltico del proceso revolucionario, creando y construyendo da a da avances de la civilizacin superadora del capitalismo, constituyndose en fuerza poltico-social capaz de traccionar y conducir los procesos de cambio en revolucin permanente.

Apostar a ello est entre las potencialidades polticas revolucionarias que laten en los procesos abiertos con los gobiernos populares latinoamericanos desde los movimientos indgenas, los movimientos de trabajadores de la ciudad y el campo, desde los movimientos de mujeres, de los pobres y excluidos por el poder del capital. Ampliar espacios para profundizar su participacin es impostergable; el tiempo de hacer como qu酔 se ha agotado.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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