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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 20-11-2014

El mundo rabe y las peripecias de la revolucin (I)
Y el crculo del eliccionsalismo se cerr en Tnez?

Ignacio Gutirrez de Tern
Rebelin


Da 30 de octubre: Beji Caed Essebsi aparece triunfante ante los medios de comunicacin tras haber obtenido su partido, Nidaa Tounis, la victoria en las legislativas tunecinas. Casi nonagenario ya, el camino se le presenta expedito para refrendar el dominio de la corriente laica-liberal en las presidenciales, previstas para el 23 de noviembre del mismo ao. La imagen expresa mucho ms que el triunfo de un partido poltico creado apenas dos aos antes: es la vieta que resume de forma descarnada la singladura de las llamadas revoluciones rabes, cuyo ciclo involucionista ha vuelto a refrendar, en Tnez, su vigorosa continuidad. Cuatro aos despus, el gran cambio ha consistido en una reorganizacin de las prioridades en el seno de las elites dirigentes en el mundo rabe. De la revolucin, apenas quedan en algunos sitios las exposiciones de grafitis o las pintadas en callejones virtuales. O ni eso: en la Plaza del Cambio de Sana, la segunda revolucin, encabezada esta vez por los huthes, ha dejado lugar a la retirada definitiva de los restos de las concentraciones y campamentos improvisados erigidos con motivo de la primera. En la Plaza de Tahrir de El Cairo hace ya tiempo que tales vestigios fueron borrados. Slo permanece, en un ngulo, la carcasa quemada del que fuera cuartel general del partido del ex presidente Husni Mubarak. No lo han demolido, dicen, para que quede constancia de aquellos das de enero y febrero de 2011. Ms bien, tememos, ser para reutilizarlo con otra denominacin.

En realidad, no es que hayan vuelto los del antiguo rgimen, como podran decir algunos a la vista del sesgo que han tomado los acontecimientos en pases clave como Egipto, Yemen o el propio Tnez, donde los movimientos populares depararon la cada del presidente de turno. Ms bien habra que afirmar que no se han llegado a ir nunca; y es muy probable que tampoco lo hagan en aquellos lugares, como Siria, Iraq o Bahrin, donde las protestas han devenido en una guerra mltiple, caso de los dos primeros, o en un enroque del gobierno y la represin de la disidencia, caso del tercero. O en una sucesin de cambios constitucionales y reformas polticas de muy limitado alcance en el resto de estados rabes. En determinados lares, la permanencia de los puntales del viejo rgimen no ha sido notoria. En Tnez se ha notado un poco ms. Quien con gran seguridad vencer en las elecciones presidenciales del 23 de noviembre, Beji Caed Essebsi, fue miembro del Comit Central del Partido de la Reagrupacin Constitucional Democrtica del ex dictador Ben Ali hasta 2003. Con anterioridad, en la etapa de Habib ben Burgiba, (1956-1987), haba desempeado cargos ministeriales varios, entre ellos el de Interior. A ese periodo en concreto se remontan las acusaciones de torturas por las que hubo de hacer frente a una querella en 2012. A pesar de que las biografas al uso sobre este abogado de profesin tienden a dejar en la inconcrecin un largo periodo que va desde el ao en que abandon la presidencia del parlamento (por ejemplo, la pgina del propio Nidaa Tounis), en 1994, hasta su resurreccin como lder poltico en 2011 con la asuncin de la jefatura del gobierno, Essebsi sigui perteneciendo al partido de Ben Ali hasta poco antes de la disolucin y prohibicin del mismo. Sin embargo, una cuidada reinterpretacin de sus supuestas discrepancias con Bourguiba y Ben Ali, as como una exaltacin de sus no menos supuestas inquietudes democrticas, origen, supongamos otra vez, de sus diferencias con los aquellos dos, sirvieron para desintoxicar al personaje de su adiccin al autoritarismo. De ese modo pudo encabezar el gobierno interino post-revolucionario en lugar de Mohammed Ghannouchi, cuyas evidentes conexiones con el entramado poltico e institucional de Ben Ali no le permitieron continuar en el cargo, pues no en vano haba sido primer ministro durante ms de diez aos. Las de Essebsi, menos evidentes en plena efervescencia revolucionaria de 2011, tambin existan pero, por una serie de circunstancias entre las que la imperiosa necesidad de confrontar el islamismo ocupaba un lugar destacado, terminaron quedando sometidas al velo de la conveniencia. Lo relevante era su magnfica condicin de hombre de estado. Y el ineludible deber de poner coto al leviatn de nuestra poca, los islamistas en general y los Hermanos Musulmanes en particular, representados aqu por En Nahda, vencedores de las primeras elecciones legislativas, en 2011.

En cuanto a Nidaa Tounis, aunque la definicin oficial tiende a describirlo como una asociacin de sindicalistas, izquierdistas y crculos cercanos al disuelto partido de Ben Ali, la verdad es que estos ltimos son los que priman y conforman el ncleo duro de la formacin. Una recreacin pues del antiguo rgimen, que ha conseguido consagrar el lema de que el verdadero problema son los islamistas (o mejor dicho, el nico gran problema) y que slo un hombre de estado como Essebsi rene los requisitos necesarios para impedir el colapso. Nidaa Tounis no deja de ser un conglomerado de fuerzas polticas y empresariales, vinculadas de forma ms o menos estrecha con el rgimen oligrquico tunecino emanado de la independencia en 1956. Apenas dos aos han bastado para que los islamistas de En Nahda hayan quedado desprestigiados, por sus propios errores y, en algunos aspectos, sus escasas convicciones democrticas, pero tambin por una machacona campaa meditica y el obstruccionismo de las fuerzas vivas, imperantes en las fuerzas de seguridad y los principales estamentos econmicos y empresariales. Ahora se impone el reacomodo de las elites locales y la vieja articulacin pero con un escaparate renovado. Las rencillas internas en ebullicin en el seno de Nidaa Tounis a propsito de quin ser el candidato a las presidenciales arguyen algunos que Essebsi est enfermo y no puede hacerse cargo- revelan hasta qu punto la oligarqua tunecina del ancient regime est convencida de su consolidacin y se aboca al proceso de eleccin dentro de las elites. Y compite por una eleccin ventajosa dentro del sistema plutocrtico. Kamal Latif, el conocido hombre de negocios, se ala con el antiguo gobernador del Banco Central, Mustapha Kamal Nabli, frente a la vieja guardia de Nidaa Tounis, una vez expulsados voces discordantes como Noureddine ben Ticha u Omar Shabou, acusados de apoyar a candidatos de fuera del partido. Una disputa pues interelitista que solventa los designios revolucionarios. Dnde estn los aspirantes jvenes, las nuevas generaciones, los representantes de aquellas corrientes que tomaron parte en la revolucin?

Sin hombre de estado la revolucin no puede triunfar

El marbete de Hombre de Estado se ha convertido en la sintona de la poltica actual en el mundo rabe. Y, por curioso que pueda parecer, la garanta del xito revolucionario. Llama la atencin, como se puede apreciar en los rasgos, vetustos, de los lderes post revolucionarios actuales y los cabezas de lista de los grandes partidos, la ausencia de juventud y, no digamos ya, de personas que representen a las asociaciones de jvenes, tan implicadas en las movilizaciones. En algunos contextos, como el egipcio, se debe en parte a la renuencia o falta de capacidad de los referentes de aquellos movimientos de asumir responsabilidades polticas. En otros, por la injerencia de fuerzas internas y externas que adoptaron un arreglo de conveniencia, como en Yemen con el nombramiento de quien era segundo hombre del presidente Saleh; o, debido a la lgica belicista derivada del conflicto, en Libia o Siria. La falta de renovacin que tambin puede aplicarse a las formaciones islamistas, siempre encabezadas por los dirigentes acartonados y consabidos de antao.

El general Abdel Fattah Essisi lleg a la presidencia egipcia tras las elecciones de 2014 con el mismo argumento, a saber, la necesidad de un hombre fuerte para controlar esto, con experiencia, dotes de mando e influencia. Essebsi, en Tnez, va en la misma direccin. En ambos pases, el gran peligro vena representado por los islamistas, los cuales dejaron constancia de su impericia para gobernar en 2012 y 2013, tiempo suficiente para que la poblacin constatara la imperiosa urgencia de encomendar la labor de dirigir el pas a lderes competentes y eficaces. No importaba si estos dirigentes estaban verdaderamente comprometidos con el cambio y la democratizacin o si disponan de un discurso reformista. La premisa primera pasaba por asegurar la estabilidad. En Libia, la figura del coronel retirado Jalifa Haftar, partidario confeso de Essisi, iba por esa lnea, al frente esta vez del movimiento anti-islamista Karamat Libia (Dignidad de Libia). Sin embargo, su proyecto particular de hombre de estado se ha visto obstruido por la inexistencia de algo parecido a estado en Libia, lo cual invalida fehacientemente cualquier proyecto de validar la primera parte de la ecuacin. Ante la falta de instituciones, aparato burocrtico y servicios de seguridad, el triunfo particular de Haftar depende del desempeo de sus tropas en el campo de batalla, donde las milicias contrarias siguen llevndose la parte del len, y, sobre todo, la asistencia militar extranjera. Con todo, Haftar, a quienes algunos incluso acusan de recibir apoyo directo de los partidarios del gobierno de Gadafi, se ha convertido en la gran apuesta de los occidentales y los dems hombres de estado rabes para reconducir la situacin en Libia. Aqu, no obstante, la autonoma de las milicias rivales y la colisin de intereses qatares-turcos con los de los saudes-egipcios-imarates sigue dejando la cosa en el alero. Pero la consigna del gran hombre estatal, aun con el revs libio, est hallando acomodo como leit-motif estratgico y tctico por doquier. Hasta en Siria, donde hace dos aos casi todo el mundo daba por amortizada la presidencia de Bashar el Asad, ste se ha convertido en una especie de hombre de estado de mal menor.

Pero para sorpresas la de Yemen. El xito de los huthes, una tribu chi del norte opuesta durante aos al gobierno central, ha puesto de manifiesto el pintoresquismo de esta nueva tendencia poltica rabe. Los huthes han considerado la conquista de Sana y su avance en numerosas provincias del pas una especie de segunda revolucin y una rectificacin del proceso revolucionario primero. Pero la extraa inhibicin del ejrcito a la hora de defender la capital y la ya manifiesta relacin de cordialidad que, de forma no menos extraa, mantienen desde hace un tiempo con Abdul Saleh y su familia en especial su hijo, Ahmed, embajador en Emiratos rabes Unidos- permiten dudar de tal aserto [1]. Saleh es otro de los que nunca se fueron, a pesar de su salida del poder, lo mismo que su ncleo duro, inclume durante el periodo pos-revolucionario. La figura de Saleh ha sido visible durante todo este tiempo, y nadie dudaba de sus intenciones de reincorporarse a la lucha del poder en cuanto tuviera una oportunidad. Nadie sospechaba, no obstante, que los huthes terminara siendo sus aliados ocasionales en tal empeo, dirigido en primera instancia a domear a los de al-Islah, considerados la rama yemen de los Hermanos Musulmanes, con el visto bueno de saudes, iranes y estadounidenses.

Ea, el rgimen clsico rabe siempre ha permanecido ah. El grave desliz cometido por las corrientes revolucionarias, laicas y de izquierdas que apoyaron los movimientos de cambio contra sistemas dictatoriales, oligrquicos y corruptos es que la obsesin anti islamista les ha impedido sospechar lo que de verdad estaba sucediendo en el periodo post revolucionario. Hoy, en Egipto, el nmero de detenidos por motivos polticos desde el golpe contra el islamista Mohammad Morsi en junio de 2013, mayormente sospechosos de entrar en la rbita de los Hermanos Musulmanes, pero tambin laicos, izquierdistas y, en general, dscolos, llega a los 41 mil, segn fuentes alternativas es difcil determinar el asunto porque las autoridades detienen muchas veces sin explicar bien por qu, ms all de la amenaza al bien general- [2]. Las leyes aprobadas por el ejecutivo, o en trmite de aprobacin, desde la ley de manifestacin o las restricciones a los simpatizantes de los HH.MM., alcanzan un grado de coercin y restriccin que sin embargo muchos justifican en aras de la seguridad nacional y la lucha contra el terrorismo. Los informes de organizaciones de derechos humanos locales y extranjeras hablan de detenciones arbitrarias, torturas y represin desmedida de manifestaciones, en especial las de los HH.MM., cuya mencin viene indefectiblemente acompaada del adejtivo terrorista. En muchos sentidos, hemos vuelto a los peores tiempos de Mubarak aunque, en esta ocasin al menos, s disponemos de un verdadero hombre de estado. Una de las preocupaciones de las autoridades es someter cualquier disidencia en las universidades y, en general, cualquier institucin pblica, impidiendo a docentes y estudiantes involucrarse en cualquier actividad poltica so pena de criminalizacin por terrorismo, cajn de sastre donde cabe toda imputacin. No es de extraar, pues, que en este ambiente de psicosis islamista que todo lo justifica, los militares estn empeados, en la Pennsula del Sina, en una campaa contra los yihadistas, incluida la demolicin de casas y la inutilizacin de terrenos sospechosos de servir de cobertura a actividades terroristas, todo ello a un paso de Gaza, donde el ejrcito israel comete sus propios desmanes en virtud de los mismos objetivos.

Mientras haya islamistas persistirn, fundamentales, los hombres de estado

En el nombre de la lucha perentoria, por la democracia y la estabilidad nacional, regional y ahora mundial-, el islamismo poltico en todas sus formas se ha convertido en el argumento que justifica todas las cosas, desde alianzas abigarradas como la ya aludida de Saleh y los huthes en Yemen o la de estadounidenses e iranes en Iraq, hasta la reemergencia del gran hombre de estado rabe capaz de hacerlo todo a la vez: garantizar la seguridad y el bienestar sociales, aplicar la democracia y promover el desarrollo econmico. Tambin, y aunque pudiera parecer paradjico, justifica que haya que seguir sosteniendo a una familia, los Sad, y una doctrina religiosa, la wahab, que son los grandes culpables de la tremenda zozobra de la ideologa radical islmica de nuestros tiempos. Cuando las revoluciones rabes comenzaron a convertirse en un movimiento de actualidad se deca que los grandes beneficiados seran los islamistas, aun sin haber participado en muchos casos en las movilizaciones populares. En efecto, los procesos electorales les dieron la victoria en Egipto y Tnez, lo mismo que en Marruecos o en Iraq con los islamistas chies-, al tiempo que la islamizacin creciente de la oposicin, armada ya, al rgimen de los Asad en Damasco, o la presencia vigorosa de al-Wifaq y otras organizaciones cercanas al islamismo chi en Bahrin, permitan hablar de una especie de edad de oro del islam poltico, reforzada adems por la permanencia de Hams en Gaza. Tambin por aquella poca se empez a hablar de la connivencia estadounidense-islamista (mayormente ijwan o de los Hermanos Musulmanes), en el marco de un plan orquestado por Washington para debilitar las corrientes izquierdistas, panarabistas y laicas del mundo rabe, todo ello con el concurso de Turqua paradigma del islamismo moderado- y Qatar. Los acontecimientos posteriores certificaron que, una vez ms, la apuesta de los estadounidenses por los islamistas, sobre todo los Hermanos Musulmanes en Egipto, era, en el caso de ser algo, coyuntural; Washington siempre apost por sus regmenes, eso s, a su manera.

 

La nueva coalicin de los hombres de estado y sus regmenes

Hemos vuelto, asimismo, a los tiempos de las alianzas estratgicas entre los estados rabes y sus grandes hombres. Taeb Baccouch y Lazhar Akrami, secretario general y portavoz respectivamente de Nidaa Tounis, han dejado bien clara la solidaridad del partido con el rgimen de Bachar al-Asad en su lucha frente la conspiracin extremista contra el pueblo sirio. El primero lleg a hablar, tras la referida victoria de su partido, de que la experiencia (democrtica) tunecina no tena por qu ser exportable a Siria y que las relaciones entre los dos gobiernos deban recomponerse (al Chourouq, 13/11/2014). Hasta en eso Tnez ha dejado de querer ser un referente. El general Essisi, en El Cairo, y los principales portavoces del ejrcito no digamos ya la cohorte meditica afn al gobierno- se ha pronunciado en lneas similares sobre la conveniencia de un estado sirio fuerte lo que implica, por supuesto, la permanencia de Bachar al-Asad. Tambin se ha declarado partidario, como no poda ser menos, de la estabilidad de los estados del Golfo, en especial de Emiratos rabes Unidos y Arabia Saud. A la par, se han congratulado del triunfo de Essebsi, el cual, a su vez, ha destacado la labor fundamental de las autoridades actuales egipcias como garantes de estabilidad y consenso en el Norte de frica. Ambos regmenes deben permanecer slidos, lo mismo que el jordano, el argelino y, por qu no, el marroqu, con lo que tenemos lo que hemos tenido siempre: una entraable solidaridad interelitista rabe que excede los mbitos de la ideologa esa rara avis que muchos han dejado de ver hace tiempo- y se basa en dos grandes pilares: el cultivo de los intereses, oligrquicos, propios y la unin contra un enemigo global. Hoy, el islamismo poltico.

De esta guisa todos coinciden en el mismo barco y bogan para que nada cambie. Una peculiar alianza entre antiguos regmenes que-nunca-se-han-ido, izquierdistas entusiastas de los militares y de las alianzas con el imperio para acabar con el imperialismo, nacionalistas kurdos+milicias chies y sunnes+fuerzas tribales+polica y ejrcito iraques=apoyo militar estadounidense multiplicado por cobertura logstica iran y dinero del Golfo, republicanos entusiastas de la monarqua, demcratas del todo vale con tal de que no ganen los islamistas, etc. El culmen lo ponen los huthes pro iranes, en Yemen, con sus jeeps llenos de pintadas anti estadounidenses y anti israeles y sus acuerdos soterrados con las fuerzas vivas del rgimen del ex presidente Saleh y la aquiescencia de Washington y Riad para aduearse de Sanaa sin que el ejrcito que con tanta saa los combati hace aos moviera un solo dedo los maledicentes sostienen que cuando irrumpieron en la capital, en septiembre pasado, pusieron buen cuidado en no daar ni el complejo residencial de Saleh ni las propiedades de la embajada estadounidense-. Habladuras. El caso: un ttum revoltum en el que, una vez ms, ese sector de la poblacin que ansiaba una verdadera regeneracin poltica, social y econmica ha de volver a reprimir las ganas con el barbitrico de la estabilidad y la seguridad. Un perdedor, el pueblo rabe, y dentro de l, los palestinos con mayor contundencia, anegados en Gaza, tanto por las fuerzas del rgimen de Tel Aviv como por el bloqueo egipcio, y expoliados en Cisjordania, ante la mirada indiferente por elitista de unos gobiernos rabes que nunca hicieron nada por Palestina. Y, hoy, puesto que todo sigue igual, tampoco van a hacerlo.

En la pgina de televisin de al-Manar, de Hezbol, se entona el gran lamento: las rencillas entre los musulmanes han desviado el foco del verdadero problema. Se supone que se refieren al sionismo y el neocolonialismo occidental. Por supuesto, la culpa no es de Hezbol ni de Irn ni de las corrientes islamistas chies. Es del extremismo sunn, Hermanos Musulmanes y radicales derivados, se entiende, y del patrocinio criminal de Arabia Saud! Empero, para sta, no poda ser menos, el diagnstico se invierte: el culpable es Irn y su poltica expansionista en Oriente Medio y los Hermanos Musulmanes, quienes, adems de cargar con sus torpezas y mezquindades polticas propias, deben soportar la acusacin de haber alimentado el yihadismo global desde hace dcadas, como si ste no hubiera sido una formulacin estadounidense con asistencia saud y pakistan. Pero eso no importa ya: lo verdaderamente transcendental, hoy, es neutralizar el peligro maysculo del islamismo radical. Y en eso estn todos, combatiendo a al Qaeda, al Estado Islmico en Siria e Iraq, a Ansar al-Shara, hasta a Boko-Haram o cualquier grupo yihadista que se tercie, en una alianza global contra un enemigo que en 2001, cuando se consagra la cosa esa del yihadismo internacional, apenas si dominaba Afganistn. Ahora, a pesar de la invasin de Iraq en 2003 donde no estaba- y otros desmanes, el yihadismo es la gran amenaza mundial! En el Sahel, donde tampoco estaban, en Libia, en Nigeria, en Somalia, en Siria, en el propio Iraq, en Pakistn Una plaga planetaria que, sin embargo, se nutre de un reducido nmero de combatientes y en el mejor de los casos domina territorios inconexos y de escasa repercusin geoestratgica a pesar del tremendismo intencionado de los medios de comunicacin. Del mismo modo que los Hermanos Musulmanes en Egipto o En Nahda en Tnez, o Fayr Libia (Amanecer de Libia) en Bengazi, no han sido los ltimos responsables del descarrilamiento de las revoluciones rabes, aunque s han contribuido a ello, el yihadismo no puede constituir la excusa de esta interesada involucin que estamos presenciando. Los que lo provocaron y engordaron son los mismos que, en estos momentos, patrocinan el neo patrimonialismo elitista rabe.

En definitiva, unos y otros han hecho lo que han podido para desbaratar cualquier intento de cambio real; gracias a ellos, sobre todo, pero tambin a los Estados Unidos, Europa, China y Rusia el imperialismo polimrfico radical-, los propios partidos islamistas que ganaron elecciones y una izquierda rabe y occidental estpida e ignorante hemos llegado a esto: la consagracin del eliccionalismo (la eleccin dentro del cuerpo de la elite). Un mecanismo que ha reforzado a unas elites locales y permitido la eleccin interna, la depuracin y mejora, de sus componentes y mecanismos de control y autoafirmacin. El escritor egipcio Galal Amn, en su recuento de las razones de la recada de su pas en un autoritarismo ms o menos elocuente, lo confirma: muchos egipcios pensaron que con la salida de Husni Mubarak y sus allegados, hijos incluidos, el rgimen haba cado. No tomaron en consideracin que quienes de verdad manipulaban el poder, en los servicios de seguridad, los medios de comunicacin, las instancias ministeriales, los intereses empresariales y, por supuesto, el ejrcito, seguan ah [3]. Cuando en junio de 2013, millones de ciudadanos se lanzaron a la calle para protestar contra las maniobras autoritarias del islamista Mohammed Morsi, pocos se percataron de que las movilizaciones, ms nutridas incluso que las de 2011 contra Mubarak, contaban con un respaldo inusitado de la intelligentsia, los medios y las instituciones, a pesar de que, se supone, los Hermanos Musulmanes eran los gobernantes. Meses despus, cuando el despotismo vuelve a asentarse en Egipto, comprenden que la ausencia de polica y servicios de seguridad, los desabastecimientos, los cortes de electricidad, el desastre social en que vivi el pas durante el ao de gobierno de los islamistas, no slo se deba a las numerosas e injustificables negligencias de estos. Haba algo ms, mucho ms, lo mismo que hemos podido ir viendo en Tnez y en Yemen. Un tubrculo ponzooso que rebrota con mayor espasmo que nunca.

Notas

[1] http://www.yementimes.com/en/1834/news/4581/Houthis-respond-to-UAE%E2%80%99s-%E2%80%9Cterrorist%E2%80%9D-designation.htm (acceso del 19 de noviembre de 2014)

[2] Vase Wiki Thawra, citada en http://www.dailynewsegypt.com/2014/05/25/40000-arrests-related-political-turmoil-since-morsis-ouster-wiki-thawra/ (acceso del 19 de noviembre de 2014). Las cifras, con todo, pueden ser superiores en varios miles de personas.

[3] Galal Amn, Madha hadatha li-l-thawra al-misriyya (Qu le ha pasado a la revolucin egipcia?), El Cairo, Dar al-Shuruq, 2014, pp. 314-316.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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