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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 02-12-2014

El "trabajo domstico", su "reparto desigual" y como luchar contra l

Christine Delphy
lmsi.net


1. Un problema nuevo?

El hecho de que el trabajo domstico [1] recaiga casi exclusivamente sobre las mujeres es una cuestin peliaguda para todos los movimientos feministas. En ese dominio es donde se constata una ausencia casi total de cambios. Es una de las manifestaciones ms flagrantes de la desigualdad entre los sexos, que se debera corregir fcilmente debido a su propia visibilidad, y al mismo tiempo es un reto para las estrategias de igualdad puesto que es tambin ah donde la accin militante encuentra sus lmites. En efecto, este reparto desigual (este oxmoron que significa la ausencia de reparto) no parece forzado, sino que es el resultado de un acuerdo amistoso entre dos personas adultas y libres. Cuando se le pregunta a estas personas adultas y libres, una buena parte y, sobre todo, las vctimas de la desigualdad, se declara muy insatisfecha de este acuerdo, pero tampoco sabe cmo modificarlo sin poner en tela de juicio la relacin conyugal (Roux et al., 1999).

El trabajo domstico o familiar se ha estudiado mucho desde hace treinta aos. En cambio, no ha habido avances en el descubrimiento de soluciones al problema planteado de esta manera tanto en un marco militante como en uno universitario, a excepcin de la campaa Salario por (o a veces "contra") el trabajo domstico promovida por Selma James en la dcada de 1970. Esta sugerencia (que el Estado pague un salario) no tuvo una repercusin favorable en Francia, todo lo contrario. Aunque las feministas rechazaron esta propuesta, la clase poltica, en cambio, la saca a relucir peridicamente. En varios pases europeos las medidas sociales en favor de las mujeres constituyen el equivalente o, al menos, el embrin de dicho salario o compensacin. Pero el movimiento feminista en general no las ha comprendido ni estudiado como tales y se ha contentado con alzarse contra nuevas medidas como el APE (siglas en francs de Subsidio Parental de Educacin) que retiran del mercado laboral a mujeres que ya estn en l, no se examinan las medidas ms antiguas que tienen el mismo resultado ni tampoco las razones por las que una cantidad de mujeres cada vez ms reducida pero que sigue siendo importante nunca llega al mercado laboral.

No obstante, existen varias vas de accin: no unos medios de accin que puedan cambiar la situacin de un da para otro, sino unas reivindicaciones que, si se satisfacen, podran minar por lo menos alguno de los pilares institucionales que apuntalan la construccin de esta desigualdad privada. Ese es el tema del que trata este artculo.

Hasta la dcada de 1970 nuestras sociedades occidentales ricas no perciban el trabajo domstico como una cuestin terica y menos an poltica. El trabajo de la casa no se consideraba ni un trabajo ni ocio: estas categoras, creadas por los trabajadores (los hombres), simplemente no se aplicaban. Y cuando se planteaba la cuestin del trabajo de las mujeres en el exterior, era en trminos de alternativa: como si las mujeres trabajaran o bien en casa o bien fuera; como si en cuanto trabajaban fuera, su trabajo en casa se evaporara como por encanto. Esta negacin de la realidad era una manera de pretender o, ms bien, de dar a entender que las tareas domsticas eran facultativas. Adems, entonces se hablaba mucho de la importancia que tena para las mujeres tener esta eleccin, una eleccin que nunca se les propona a los hombres.

Desde el momento en que renaci el movimiento feminista en los pases occidentales, entre 1968 y 1970, las feministas plantean la cuestin del trabajo domstico o familiar y afirman su carcter de trabajo . Tres dcadas despus se puede constatar que el feminismo ha tenido xito en este punto y que en la sociedad ya no se pone en tela de juicio la percepcin del trabajo de la casa como un verdadero trabajo. Durante el mismo periodo en todos los pases occidentales aument la proporcin de mujeres que trabajaban fuera (que tenan un empleo remunerado), mientras que disminuy la tasa de natalidad. Ambas variables se consideran correlativas sin que se sepa todava cul es la primera variable. En Francia durante el periodo 1960-1990, antes de la introduccin del trabajo a tiempo parcial, las carreras de las mujeres han tendido a ser menos discontinuas.

Tambin en Francia, aunque en la dcada de 1970 las mujeres dejaban de trabajar cuando tena un segundo hijo, ahora solo lo dejan con el tercero, algo que ocurre en pocos casos. Se han modificado las representaciones sociales: antes de 1970, a pesar del hecho de que trabajaba una gran cantidad de mujeres (el 40% de la poblacin activa en la dcada de 1970), la ama de casa segua siendo la norma en el sentido de ideal; hoy en da, a pesar de que una cantidad importante de mujeres no trabaja fuera de casa, la norma social es la de la mujer que trabaja. En efecto, la gran mayora de las mujeres en Francia tienen un empleo en un momento u otro de su vida.

El movimiento feminista contemporneo denuncia desde el principio la doble jornada de las mujeres que tienen un empleo. A medida que el empleo de las mujeres se ha vuelto legtimo a ojos de la sociedad global, los problemas de las mujeres tambin se han vuelto legtimos. Su doble jornada ha pasado al rango de cuestin de sociedad por la que se supone que se interesan todos y todas, en particular los gobiernos.

Las cifras de las encuestas sobre la utilizacin del tiempo que se hacen cada diez aos en Francia tienen mucha repercusin y los medios de comunicacin las comentan profusamente. En estas estadsticas lo que se considera pertinente desde el punto de vista de la doble jornada no es tanto la cantidad de horas de trabajo (remunerado), cantidad fijada por el empleador, como la cantidad de horas que los individuos dedican al trabajo domstico.

Si, como los autores de los estudios y los medios, comparamos la cantidad de horas dedicadas respectivamente por hombres y mujeres a las tareas domsticas, se constata que la cohabitacin heterosexual significa un incremento de trabajo para las mujeres y, por el contrario, una reduccin del trabajo para los hombres. En una pareja sin hijos la mujer pasa una media de tres horas y cuarto al da haciendo tareas domsticas mientras que el hombre les dedica una hora y cuarto. Cuando la pareja tiene hijos, ya sean uno, dos o tres, la parte del hombre sigue siendo exactamente la misma. Mientras que con un hijo la mujer pasa de tres horas y cuarto a cuatro y media, con dos hijos a casi cinco horas y con tres a cinco horas y media al da. Si se toma la media general (independientemente de la cantidad de hijos), las mujeres dedican cuatro horas y cuarenta y cinco minutos al da a las tareas de cocinar, lavar platos, limpiar, hacer las compras y cuidar la ropa, mientras que los hombres los hombres dedican la misma hora y cuarto (Brousse, 2000).

La doble jornada es eso: las mujeres francesas activas (que tienen una actividad remunerada) y que tiene entre uno y tres hijos trabajan de media 83 horas a la semana. La pregunta que se plantea en los medios feministas y que se denomina la cuestin del reparto de tareas es la siguiente: cmo hacer para que los hombres hagan ms y las mujeres menos, cmo hacer para igualar el tiempo de trabajo domstico de hombres y mujeres, y, por lo tanto, para realizar la igualdad en este plano en las parejas heterosexuales.

Los diferentes anlisis del problema 

La escasa participacin de los hombres en la realizacin del trabajo domstico y las modalidades particularmente interesantes de esta participacin (cuantas ms tareas hay que hacer menos hacen en proporcin) plantean un problema tanto terico como poltico. En efecto, para encontrar cmo acabar con esta situacin, en primer lugar hay que tratar de entender por qu existe y perdura, por qu las mujeres siguen haciendo el 80% de lo principal del trabajo domstico a pesar del hecho de que la mayora de ellas trabaja. Por qu la participacin de los dos sexos en el trabajo remunerado tiende a igualarse sin lograrlo mientras que el hogar sigue siendo tan disimtrica?

La respuesta a esta pregunta feminista vara segn las tendencias del feminismo y segn el anlisis que se haga del propio fenmeno del trabajo familiar (Delphy y Leonard, 1992). En el Partido Comunista Francs o en la Liga Comunista Revolucionaria, las feministas defienden el punto de vista segn el cual el trabajo domstico resulta til e incluso necesario al capitalismo. Segn su anlisis, el trabajo domstico de las mujeres permite al Estado ahorrar en materia de equipamientos colectivos y a la patronal pagar menos a sus asalariados (mujeres y hombres). Si las mujeres no fueran las nicas responsables de este trabajo, afirman aquellas feministas, habra que prever una base generalizada del tiempo de trabajo para el conjunto de la poblacin (lucro cesante para el capitalismo) y el desarrollo significativo de los equipamientos sociales (gasto para el Estado y los patronos).

Este razonamiento no parece curioso porque es familiar. Sin embargo, si se considera sin prejuicios, se percibe que se presupone que todos los trabajadores tienen una esposa. En otras palabras, se presupone que cuando se habla de trabajadores solo se piensa en los hombres y, por aadidura, en hombres casados. Se trata de una costumbre tanto en los sindicatos y los partidos como en la investigacin cientfica, pero una costumbre no est obligatoriamente justificada. En primer lugar, algunos trabajadores hombres ni tienen esposa. Pero sobre todo, las trabajadoras, esto es, la mitad de la fuerza de trabajo, no tienen esposa. Si se sigue el anlisis llamado marxista se debera constatar que, efectivamente, la patronal compensa su carencia de tener una esposa pagndoles ms. Ahora bien, no se constata esta paga extra de estas poblaciones asalariadas.

Esta escuela de pensamiento ofrece tambin la justificacin ms comnmente admitida por parte de la poblacin de que los hombres no hacen el trabajo domstico porque no tienen tiempo. Parece que se ignora que casi la mitad de los trabajadores son mujeres sin esposas. Por consiguiente, la mitad de la fuerza de trabajo debe mantener ella misma, y a cuenta de su tiempo libre, su propia fuerza de trabajo. Por aadidura, la mayora de las trabajadoras est casada, pero con hombres y adems de su propia fuerza de trabajo deben mantener la fuerza de trabajo de su cnyuge. Encuentra tiempo para hacerlo, incluso cuando sus horas de trabajo asalariado son las mismas que las de los hombres, en particular de su marido. Cul es el misterio? Cmo pueden encontrar un tiempo que, segn la teora del capitalismo-beneficiario, se supone que como trabajadoras no tienen?

Otro misterio es el hecho de que los trabajadores hombres solteros, sin encontrar tanto tiempo como las trabajadoras, sin embargo encuentran ms que los trabajadores hombres casados. Dedican treinta minutos menos al da al trabajo domstico que las mujeres solteras, aunque una hora ms que los hombres casados: dos horas y trece minutos al da.

Por consiguiente, tenemos dos fuentes de variacin. La primera es una diferencia debida al sexo: las mujeres solteras hacen ms trabajo domstico que los hombres solteros. La segunda se debe al matrimonio, pero no solo al matrimonio sino a un cruce del estatuto matrimonial con el sexo. En cuanto dos personas de sexo diferente viven en pareja disminuye la cantidad del trabajo domstico que hace el hombre, mientras que aumenta la cantidad del trabajo domstico que hace la mujer. Cuando un hombre empieza a vivir en pareja heterosexual, la cantidad de trabajo domstico que hace se divide de media por dos. Cuando una mujer empieza a vivir en pareja, hace de media una hora de trabajo domstico ms que cuando estaba soltera. La mujer pierde aproximadamente lo que gana el hombre en cuanto empieza a vivir en pareja y antes de que lleguen los hijos.

El examen del empleo del tiempo hace aicos el anlisis marxista segn el cual la falta de tiempo es lo que impide a los hombres contribuir a partes iguales con su compaera al trabajo domstico: por el contrario, en cuanto tienen una compaera, ya no tienen tiempo y descargan en ella su propio mantenimiento.

Raramente se mencionan las cifras concernientes a las y los solteros, y a las parejas sin hijos, ni siquiera por las feministas. Una tendencia bastante universal lleva a unos y otros a concentrar sus anlisis del trabajo domstico en el cuidado de los hijos y a evitar la cuestin del cuidado de los adultos, a hacer como si solo los hijos crearan la necesidad y el problema del trabajo domstico. Esto permite evitar mirar de frente lo que, sin embargo, las cifras dicen claramente: tambin los adultos tienen que comer, lavarse, limpiar la ropa, los platos, etc. Cualquier persona necesita trabajo domstico. O bien lo hace ella misma cuando es adulta, como las mujeres y los hombres solteros; o bien, otra persona lo hace por ella, totalmente o en parte, como hacen las mujeres casadas para sus compaeros hombres.

De estas cifras se deduce que el anlisis que postula una falta de tiempo de los hombres es errneo en sus conclusiones y premisas, solo considera a la poblacin de hombres, ignora la de las mujeres y construye un modelo terico sobre la base nicamente del hombre-casado-que-no-hace-nada-o-casi-nada, un modelo que mantiene la hiptesis de que la actividad remunerada del trabajador (que se supone que es asexuado pero que de hecho tiene marcada la caracterizacin de gnero) absorbe todo su tiempo. De esta hiptesis se desprende la teora segn la cual si el trabajador no tuviera una mujer que hiciera por l estos servicios, el patrn debera pagarle ms para que se los procure en el mercado.

Esta teora y la hiptesis en la que se basa solo valen si todos los trabajadores fueran hombres casados: si la realidad fuera as, nos limitaramos a hacer hiptesis sobre lo que pasara si no tuvieran mujer. Pero ese no es el caso. No hay necesidad alguna de hacer hiptesis para saber qu ocurre cuando una esposa no hace el trabajo domstico por el trabajador. No es una situacin desconocida, lejos de ello. Se dispone de una poblacin de control constituida por trabajadores hombres y trabajadoras solteras, y por las trabajadoras casadas. Esta poblacin que no tiene esposa mantiene ella misma su propia fuerza de trabajo. Las horas de trabajo que dedica a ello demuestran que ella misma efecta una buena parte de los servicios que necesita. Tambin compra algunos, pero, por una parte, no es seguro que recurra ms que los hombres casados a los sustitutos comerciales y, por otra, es seguro que sus empleadores no le pagan ms para financiar estas compras de sustitutos comerciales de los servicios domsticos de una esposa. Se puede afirmar sin temor que aunque esta poblacin no tiene mujer, sin embargo no es ms costosa para los patronos y que la teora segn la cual el trabajo domstico beneficia al capitalismo no resiste al anlisis de los hechos.

2. A beneficio del capitalismo o de los hombres?

Desde hace mucho tiempo opongo a la teora del beneficio para el capitalismo la del beneficio para la clase de los hombres. O, en otras palabras, el trabajo domstico no es una suma dispar de relaciones individuales sino el efecto de un modo de produccin, el modo de produccin patriarcal o familiar.

Qu es el modo de produccin patriarcal? Es precisamente la extorsin por parte del cabeza de familia del trabajo gratuito de los miembros de su familia. A este trabajo gratuito realizado en el marco social (y no geogrfico) de la casa es a lo que denomino trabajo familiar . Este modo se aplica a cualquier produccin. La produccin puede consistir en bienes y servicios vendidos por el cabeza de familia, como es el caso de los agricultores que venden el producto del trabajo agrcola de su mujer, el caso de los mecnicos y otros artesanos, de los mdicos y otras profesiones liberales, que venden el producto del trabajo de contabilidad, de secretara o de acogida de su mujer. Esta produccin tambin puede consistir en trabajo para consumo inmediato del hogar : el trabajo domstico. El conjunto del trabajo familiar es gratuito, tanto si se vende (el trabajo paraprofesional de las esposas de los trabajadores independientes (sic)), como si se consume en la familia (el trabajo domstico stricto sensu ). Hace cincuenta aos este modo de produccin todava estaba muy codificado: la fuerza de trabajo de las mujeres perteneca jurdicamente a sus maridos. Ya no es el caso. Pero las escasas posibilidades de empleo pagado para las mujeres tambin sostena esta apropiacin legal, puesto que la imposibilidad para una mujer de cubrir sus necesidades puede ser legal (prohibicin del marido) o de hecho (ausencia de empleos abiertos a las mujeres).

Este artculo trata casi exclusivamente del trabajo domstico. Pero es imposible comprender su lgica si no se recuerda que solo es una parte o incluso una modalidad del trabajo gratuito extorsionado en el modo de produccin patriarcal. De su pertenencia a un modo ms general se desprende que no se debe definir el trabajo domstico como una simple lista de tareas, porque el modo de produccin familiar incluye cualquier trabajo y cualquier produccin efectuados gratuitamente cuando en otra parte podran ser remunerados. Sin duda en los pases industriales lo esencial de las horas de produccin patriarcal lo consume hoy el trabajo domstico stricto sensu (una lista de tareas, las tareas domsticas, sobre la que existe un acuerdo general o, cuando menos, las encuestas sobre la utilizacin del tiempo hacen un repertorio de ellas). Sin embargo, no ha desaparecido el trabajo paraprofesional, es decir, el trabajo que hacen gratuitamente las esposas (y otros parientes del cabeza de familia) y que lleva a unas producciones que encuentran el camino del mercado va el marido y que se pagan al marido. Se puede calcular que ms del 10% de las mujeres, las esposas de hombres que ejercen profesiones liberales independientes y liberales, adems del trabajo domstico que efectan todas las esposas y mujeres que conviven con ellos, hacen un trabajo profesional para su marido sin ser remuneradas por l. Se puede notar que hacen de media una hora menos de trabajo propiamente domstico al da -incluso para las mujeres, un da tiene solo veinticuatro. Como las dems amas de casa, no tienen ni una cobertura social ni una jubilacin adecuada. Desde el punto de vista de la Seguridad Social son amas de casa, inactivas (aunque a veces tengan un estatuto en la profesin), incluidas en el nmero (de la Seguridad Social) del cabeza de familia, del que dependen al mismo ttulo que los hijos.

Por otra parte, en la teora del modo de produccin familiar, no toda tarea domstica es necesariamente trabajo familiar: as el trabajo domstico de los hombres o las mujeres solteros o tambin de los hombres casados cuando ellos y ellas se lavan su ropa o cocinan: el trabajo que se hace para una o uno mismo no es trabajo gratuito. En efecto, precisamente en la medida que se hace para una o uno mismo se encuentra una compensacin inmediata. Por ejemplo, afeitarse no es un trabajo gratuito (explotado) porque la persona que efecta este trabajo es recompensada por el hecho de encontrarse afeitada. El trabajo que se hace para una o uno mismo no est pagado, pero se remunera en especie.

Por consiguiente, en el marco conceptual del modo de produccin familiar hablar de reparto de tareas en lo que concierne al trabajo domstico es inexacto: en efecto, solo el trabajo gratuito, es decir, el trabajo hecho gratuitamente por otra persona es, hablando con propiedad, trabajo familiar. El trabajo gratuito es la explotacin econmica ms radical. No se puede desear repartir equitativamente una explotacin. Lo nico que se puede desear es hacer de modo que nadie trabaje gratuitamente para otra persona.

Entonces, qu abarca la expresin reparto de las tareas domsticas? En primer lugar, no se aplica a la produccin familiar tal como la he definido, sino al subconjunto trabajo domstico, considerado una lista de cosas que hay que hacer. Estas cosas que hay que hacer estn delimitadas por una situacin implcita: la de un hogar compuesto por dos adultos de sexo diferente (un hombre y una mujer) y en su caso por los hijos de la pareja. Se trata, por lo tanto, de lo que se denomina la familia nuclear (reducida a la pareja) y heterosexual. Por reparto se entiende que el trabajo que hay que efectuar para mantener ese hogar en el modo de vida que ha elegido la pareja tambin se reparte entre ambos adultos. Podemos preguntarnos por qu el reparto se considera un objetivo difcil de alcanzar. Los dos adultos del hogar podran ser considerados como dos solteros que cohabitan, pero que eso no impida en absoluto mantener sus costumbres de solteros, es decir, que cada uno haga para s mismo el trabajo correspondiente a su propio cuidado; la cuestin del reparto solo se planteara a propsito de las tareas necesarias para el cuidado de los hijos. Podemos preguntarnos tambin si es la cohabitacin en s misma lo que induce la imposibilidad de que cada adulto contine ocupndose de su cuidado y en ese caso este problema se planteara con la misma agudeza si se tratara de personas solteras que compartieran un piso o si se tratara del propio matrimonio. Las pocas indicaciones que poseemos parecen demostrar que la cohabitacin, incluida entre personas de sexo diferente, no induce por s misma a una confusin de los cuidados o, en todo caso, no en el grado en el que lo induce la cohabitacin de personas casadas o de parejas que cohabitan (Roux et al., 1999: 105).

En otros trminos, el deseo de reparto se aplica a una situacin en la que se ha abolido la separacin inicial de las dos personas y de sus cuidados, en la que hay que restablecer un equilibro que se ha roto anteriormente. Nunca se tiene en cuenta este gesto inicial de la pareja heterosexual que cohabita y, sin embargo, es previo a la cuestin del reparto y se debera estudiar. Se pueden plantear algunas hiptesis al respecto.

Las causas de la inercia

Por qu persiste esta apropiacin por parte de los hombres del trabajo trabajo domstico de las mujeres? Podemos preguntarnos por la naturaleza de los imperativos, esto es, las instituciones y los mecanismos sociales que permiten la apropiacin por parte de los hombres del trabajo domstico y ms ampliamente familiar de las mujeres en el matrimonio e incluso despus del matrimonio, puesto que son las mujeres divorciadas quienes asumen todo el trabajo que necesita los hijos de la pareja.

Ahora que los imperativos legales han desaparecido, algunas personas se preguntan si no hay que volver a las explicaciones psicolgicas, a la hiptesis de una complicidad de las mujeres con la dominacin masculina, al papel del amor. Sin embargo, antes de volver sobre estos extremos hay que considerar el papel de las instituciones: el Estado, el mercado laboral y la propia divisin sexual del trabajo y de los papeles.

Tomando los temas en sentido inverso, revisemos brevemente los imperativos que llevan a la divisin sexual del trabajo en el marco de la cohabitacin, algunos de los cuales son exteriores al marco familiar o conyugal y provienen del mercado laboral.

Matrimonio, heterosexualidad y divisin del trabajo

En primer lugar hay que identificar por una parte lo que favorece el matrimonio y por otra lo que en el matrimonio favorece la divisin sexual del trabajo, lo cual es otra manera de formular la cuestin de la confusin entre el trabajo necesario para el mantenimiento de uno y el trabajo necesario para el mantenimiento del otro.

La pareja es la nica forma de vida aceptable en nuestra sociedad, que ya no conoce formas de familia extensa, pero conoce pocas formas diferentes de grupos primarios que podran reemplazar a la pareja desde el punto de vista de la cohabitacin cotidiana. Nos vemos obligados a constatar que para no quedarse solas se empuja a las personas a formar pareja, sobre todo heterosexuales, aunque ahora cada vez ms tambin parejas homosexuales. No obstante, la obligacin de la heterosexualidad (Rich, 1981) hace que la mayora de las parejas sean heterosexuales. Hoy esta obligacin de la heterosexualidad parece en parte basada, o reforzada, por el temor a la soledad.

En efecto, las mujeres no empiezan a vivir en pareja para vivir con personas que ganan ms que ellas y beneficiarse de su nivel de vida o no solo por ello. Pero los hombres aportan a su pareja su ventaja en el mercado del trabajo y, a la inversa, las mujeres aportan a la pareja su desventaja: unos ingresos menores, una contribucin financiera menor a los recursos del hogar. Estos factores objetivos e individuales son el marco de las negociaciones individuales que tienen lugar dentro de la pareja en lo que se refiere al denominado reparto de tareas. De hecho estas negociaciones tratan de la cantidad de trabajo de la que se pueden descargar los hombres a costa de las mujeres: de la cantidad de trabajo de su mujer de la que un hombre se puede apropiar.

Entre los factores que explican la persistencia de la apropiacin del trabajo de las mujeres, bajo la forma de asignacin al trabajo domstico, segn la expresin de Chabaud, Fougeyrollas y Sonthonnax (1985), hay que citar en primer lugar... el propio sistema de divisin sexual del trabajo! Esta denominacin es incorrecta porque no implica solo una divisin tcnica de las tareas, sino una jerarqua: es ante todo un sistema de explotacin. Contrariamente a lo que piensan algunas, no es curioso que tanto las mujeres como los hombres acepten esta divisin sexual del trabajo, esta jerarqua que hace que trabajen gratuitamente para los hombres. En efecto, para todos y todas divisin y jerarqua son sinnimo de la identidad de mujer y de hombre, forman parte del orden inmemorial y natural de las cosas, se dan por hecho.

Generalmente, e incluso en medios feministas, la ideologa de la igualdad (y entiendo por ello la creencia de que salvo excepcin voluntaria y consciente, se educa a los nios y a las nias de la misma manera) impide ver hasta qu punto se inyecta una identidad de gnero en las personas desde su nacimiento. Esta identidad de gnero no es uniforme segn los medios, los pases, las regiones y las clases sociales, pero posee un amplio sustrato comn, el que especifica las aptitudes, las calidades, las expectativas y los deberes de cada sexo. La identidad de gnero, que se administra muy pronto al beb, no es distinguible de la identidad personal: soy una nia y yo soy yo no son dos conciencias diferentes; el gnero no es un atributo sobreaadido a una consciencia de s mismo preexistente, sino una forma de armazn, el cuadro mismo de esta conciencia de s mismo.

La divisin del trabajo segn sexos tampoco es un aprendizaje que se hace tardamente, sino que es consustancial a las cualidades y rasgos femeninos o masculinos. Para un hombre no es natural hacer determinadas cosas o desear hacerlas. Se considera con indulgencia a un nio pequeo que no quiere ordenar su habitacin, lo mismo que a una nia pequea que no quiere mancharse las manos con grasa del motor del coche. Cuando se aplica, el tratamiento igualitario se aplica por encima de este sustrato que se considera natural y sin ponerlo en tela de juicio.

Esta evidencia de la divisin del trabajo segn los sexos (uno de los aspectos fundamentales del gnero) es lo que constituye la base de la buena conciencia de los hombres, que se sienten perfectamente justificados por esperar los servicios domsticos de las mujeres, hasta utilizar en algunos casos la violencia para obtener lo que se les debe. Al otro lado de la barrera del gnero, muchas mujeres, incluidas feministas, no consideran cmica la teora (que en Francia destacan los socialistas) segn la cual las mujeres estn oprimidas por el tiempo, un producto del que carecen de manera ineluctable y quiz incluso biolgica. Esto demuestra hasta qu punto la mayora de las mujeres vive el acaparamiento de su tiempo como un tipo de destino sin relacin con los arreglos sociales y sin relacin tampoco con la mayor cantidad de tiempo de sus cnyuges y compaeros.

No obstante, est a punto de emerger un hecho nuevo: se ve llegar a la edad adulta a algunas mujeres jvenes que no solo rechazan la idea de que deben unos servicios a los hombres, sino que simplemente no la comprenden. Esta incomprensin es la que al final nos salvar porque ellas no tendrn que luchar, como sus madres, contra su propia indulgencia respecto a esta injusticia.

El otro factor importante de esta persistencia es que aunque en esta cultura sexuada y marcada por el gnero se empieza a poner en tela de juicio la idea de que las mujeres deben estar al servicio de los hombres, no se cuestiona la idea de que solo las madres o principalmente ellas deben ocuparse de los hijos. En la ley, la costumbre y, ms generalmente, la cultura occidentales los derechos y los deberes relativos a los hijos corresponden al padre y a la madre de manera indivisa.

Sin embargo, las mujeres son quienes asumen lo esencial de los deberes relativos a los hijos en lo que concierne a los cuidados materiales que hay que prestares (lo que se denomina cuidados), su educacin y su ocio. Si los hombres se benefician directamente de una parte del trabajo domstico de las mujeres, sin embargo el cuidado de los hijos absorbe una gran parte de este, precisamente en la medida en que las mujeres aseguran su parte ms la del padre. A pesar de esbozos de cambio en las responsabilidades materiales de los padres, en los horarios se constata que las mujeres conservan el monopolio de las tareas no gratificantes mientras que incluso los nuevos padres se reservan los juegos con los hijos.

Por otra parte, para una mujer ser madre es un elemento determinante de estatuto social, de respeto de su entorno, pero esta ventaja est mitigada por la sospecha que pesa sin cesar sobre ella de que no merece su estatuto, de que no es una madre suficientemente buena. A este respecto se ejerce una presin constante procedente tanto del entorno cercano y lejano, de los servicios sociales, como del Estado. En consecuencia, las mujeres no tienen verdaderamente los medios de presionar a su vez a su cnyuge para que haga su parte porque se interpreta como el deseo de desvincularse de los cuidados del nio y la prueba de que no son buenas madres.

El mercado laboral

No hace falta decir mucho sobre este tema: la sobreexplotacin de las mujeres en el mercado laboral es bien conocida, incluso es uno de los temas mejor estudiados. Tambin se ha discutido mucho la cuestin de su articulacin con la extorsin del trabajo gratuito en el marco domstico (vase entre otros Chabaud, Fougeyrollas y Sonthonnax, 1985; Walby, 1986, 1990; Delphy y Leonard, 1992). Todo el mundo est de acuerdo en que ambas explotaciones se apoyan entre s de manera casi orgnica: son necesarias la una a la otra, pero el acento en trminos de finalidad de sistema se pone unas veces en una y otras veces en la otra. Para esta discusin el aspecto ms importante es la completa imbricacin de ambos. Lo que se denomina discriminacin contra las mujeres y que sera ms justo denominar la preferencia masculina del mercado da al grupo de los hombres un primer privilegio evidente y lo pone en situacin de extorsionar en casa el trabajo domstico del otro grupo ya que la mayora de las cohabitaciones se hace entre personas de grupos (de sexos) diferentes. Recprocamente, las cargas naturales que para las mujeres constituyen el trabajo domestico gratuito efectuado todos los das a beneficio de una persona del otro sexo sirven para justificar la preferencia masculina de los empleadores.

3. El papel del Estado

Los sistemas del Estado favorecen la extorsin del trabajo patriarcal subvencionando a los hombres cuyas mujeres no tienen ingresos propios. Entre estos sistemas en Francia hay que citar de forma capital la Seguridad Social y la fiscalidad.

La Seguridad Social en Francia engloba el sistema de seguro de enfermedad y el sistema de pensiones o jubilaciones. En lo que concierne al seguro de enfermedad, el concepto de derechohabiente permite a una persona que trabaja y, por tanto, que cotiza obligatoriamente a la Seguridad Social (y con frecuencia a una mutua suplementaria que generalmente tambin es obligatoria) hacer que su cnyuge y sus hijos se beneficien del mismo seguro de enfermedad: uno para ellos y otro para su mujer (ms si tienen hijos, pero eso es otra cuestin). Por supuesto, en los textos este privilegio no tiene distincin de gnero: en teora, una mujer que trabaja y cotiza tambin puede obtener un seguro de enfermedad gratuito para su marido que no trabaja. Pero el concepto de derechohabiente no se invent en ese espritu: se hizo para las personas que dependan del cabeza de familia, y tanto en los hechos como en la mentalidad de los legisladores, los hombres casi nunca dependen de una mujer.

La fiscalidad francesa, por su parte, utiliza el sistema del cociente conyugal. En este sistema la declaracin de los ingresos de un hogar de personas casadas (no todas las personas que habitan juntas forman necesariamente un hogar en el sentido fiscal) se hace globalmente: se suman todos los ingresos de las personas que componen el hogar. A continuacin se calcula la base imponible sobre la base de las partes . Cada adulto cuenta como una parte. As, la renta real de un soltero se divide por uno: indivisa. La renta real de una pareja, compuesta por la renta de la mujer ms la del marido, se divide por dos. En una pareja en la que ambos cnyuges (o las dos personas que cohabitan) trabajan, si la mujer gana 40 y el hombre 60, la renta total es 100. La pareja tiene dos partes: esta renta se divide por dos para obtener la base imponible, que es de 50. Se gravar al hogar sobre una renta de 50.

Se supone que este sistema es neutro en lo que se refiere al trabajo de la mujer (se supone que paga lo mismo tanto si su declaracin es individual como si est incluida en la del hogar). En cambio, cuando uno de los dos cnyuges no tiene renta (en general cuando el hogar est compuesto por un hombre que trabaja y una ama de casa) se ve claramente la ventaja fiscal del hombre casado respecto a todos los dems contribuyentes. Si el hombre o la mujer soltera ganan 100, pagan impuestos sobre 100. Si el hombre que mantiene a una ama de casa gana 100, paga sobre 50. La palabra mantener puede chocar: si embargo, Hacienda divide su base imponible por dos porque este hombre tiene una personas adulta a cargo, dependiente. Se ve tambin que este sistema de cociente conyugal se mofa del principio de progresividad del impuesto: se grava al contribuyente sobre la mitad de su renta real, por consiguiente, cuanto ms elevada es su renta, ms alta es tambin su mitad y, por tanto, ms alto es su ahorro de impuestos. Por otra parte, esta divisin por dos de su renta le hace descender de grupo impositivo.

As, si el grupo impositivo de 50 a 100 se grava al 40% y el cociente conyugal hace descender la base imponible a 50, mientras que el grupo de 20 a 50 solo se grava a 25%, no slo la base de la tributacin es inferior (es la mitad de la renta real), sino que la tasa de impuestos es menor. Para los hombres que tienen unas rentas elevadas este ahorro es considerable: en 1985 el mximo era unos 50.000 francos al ao, el equivalente a un salario mnimo (Navarro, 1987). Estos regalos de Hacienda a los hombres casados cuya mujer es ama de casa estn financiados (el 25% de las mujeres son amas de casa; INSEE, 2003); los contribuyentes que subvencionan a los hombres casados son todos los dems, es decir, el conjunto de mujeres que trabajan fuera de casa y los hombres solteros.

Un tercer sistema del Estado, que en Francia tambin forma parte de la administracin de la Seguridad Social, contribuye al mismo objetivo. Se trata del sistema de pensiones o jubilaciones, y en particular de las llamadas pensiones de reversin por el que a la muerte de uno de los cnyuges, el cnyuge superviviente sigue cobrando la pensin del difunto hasta un total de la mitad de su importe y bajo el lmite de recursos. Este sistema tampoco hace distincin de gnero en los textos, pero el legislador pensaba en las mujeres y son las mujeres quienes se siguen beneficiando hoy de l, no solo porque las mujeres viven ms tiempo que los hombres, sino ms fundamentalmente, es decir, de manera intrnseca al sistema, porque en general los hombres tienen una jubilacin propia que supera el lmite de recursos autorizado para cobrar la pensin de reversin, mientras una gran proporcin de mujeres jubiladas o que llegan hoy a la edad de la jubilacin, o bien no ha trabajado y cotizado nunca, o han trabajado y cotizado de manera intermitente y con frecuencia por unos salarios muy bajos: la suma de carreras muy incompletas con el nivel medio del salario de las mujeres hace que su propia jubilacin, cuando la tienen, sea tan pequea que la pensin de reversin es indispensable para su supervivencia.

La Seguridad Social en su conjunto y en particular la extensin del seguro de enfermedad a las personas dependientes del cabeza de familia, as como el sistema fiscal que favorece la vida familiar (sic) se consideran unas conquistas sociales de mediados del siglo veinte. Estos sistemas forman parte del conjunto ms vasto de lo que se denomina el Estado de bienestar y de unos logros amenazados por el neoliberalismo y que hay que defender, como todos los logros.

Pero precisamente sobre lo que es urgente reflexionar es sobre este calificativo de logro (es decir, de algo benfico), concerniente a los subsistemas brevemente descritos ms arriba. Para quin y para qu son benficos? Hay que analizar con qu objetivo se establecieron, qu resultados producen y a qu precio. Se establecieron para dar una proteccin mnima a las mujeres que no trabajaban, es cierto. Pero al hacerlo, tambin hacen ms fcil a las mujeres no trabajar y, por lo tanto, seguir trabajado gratis para su marido. Esta proteccin no la paga el marido sino el conjunto de los dems trabajadores. Una parte de la cotizacin de cada uno va al mantenimiento del sistema patriarcal. Y es que en estos hogares en los que uno trabaja mientras la otra es ama de casa, son los hombres quienes son mantenidos, no las mujeres.

Y, qu efectos tiene al final de la vida esta subvencin dada a los hogares para que la mujer no tenga que trabajar fuera? La explotacin econmica de las mujeres, grave durante toda su vida, es particularmente dramtica en el momento de la jubilacin. En 1997 las mujeres de 60 aos y ms cobraban una media de 5.034 francos al mes, frente a los 8.805 de los hombres (estas cifras se han obtenido de Jolle Gaymu, 2000). Una viuda de cada cuatro no haba trabajado nunca y solo cobraba una pensin de reversin. Las trayectorias profesionales de las mujeres, cuando las tienen, duran una media de once aos menos que las de los hombres. Las que tienen carreras completas solo son un 39% de su clase de edad (un 85% en los hombres) y el hecho de recibir un sueldo ms bajo durante su vida activa, incluso cuando esta ha tenido una duracin igual a la de los hombres, hace que su pensin media sea de 6.600 francos al mes frente a los 9.300 de los hombres. De las mujeres que llegarn a la edad de la jubilacin en 2010 menos de la mitad tendrn una jubilacin de tasa plena. En esta clase de edad que tiene hoy entre 52 y 56 aos, un 18% no ha trabajado nunca o dej de hacerlo precozmente. No tendrn ningn derecho propio y dependern del marido o, si est muerto, de su pensin de reversin.

Las polticas sociales o familiares

Estas polticas comprenden el conjunto de los equipamientos sociales, guarderas y jardines de infancia, pero tambin los horarios escolares, la supervisin de los nios fuera del horario infantil y las diferentes subvenciones, que son muy numerosas y tienen por objetivo responder a situaciones precisas, como las de los padres solos, las de las mujeres separadas o divorciadas, etc.

Tambin aqu hay que plantearse varias preguntas. Por ejemplo, el subsidio de padre aislado se cre porque solo se paga un tercio de las pensiones que los padres divorciados deben a los hijos. Se supone que el Estado recupera el dinero de esos padres. Pero en la mayora de los casos es imposible. Entonces, quin paga?

Las guarderas y jardines de infancia: se considera que estn al servicio de las mujeres, que estn hechas para las mujeres. La sociedad considera que la parte que paga el Estado es un regalo que se hace a las mujeres . Por lo que se refiere a la parte que no es gratuita, tambin se deduce nicamente del salario de la mujer y no de la renta del hogar, no oficialmente, sino en la contabilidad interna de las parejas. Los hogares consideran que lo que se sustituye es el trabajo de las mujeres y que esta sustitucin se debe pagar del salario de las mujeres y que, por lo tanto, las mujeres pagan esta sustitucin con su trabajo. Pero en realidad las guarderas y jardines de infancia sustituyen una parte del trabajo de los padres. Las mujeres hacen su parte, los hombres no. Por consiguiente, lo que realizan los equipamientos sociales es la parte de estos ltimos. Por qu habran de pagar los contribuyentes la parte de los padres financiando estos equipamientos?

Quin paga? A quin beneficia?

Un ejemplo para aclarar este punto. Admitamos que un nio consume 100 horas de trabajo: 50 domstico (hecho en casa) y 50 socializado (guardera). Los padres pagan la mitad de estas 50 horas de trabajo socializado: el coste es de 25. La pareja paterna asume, por lo tanto, conjuntamente 75 de la totalidad del trabajo necesario. Pero, cmo? Cada padre debera contribuir con 32,5. De las 50 horas de la casa, la mujer hace 40 y el hombre 10. Aunque admitamos que ambos contribuyen igual (lo que no es el caso), de la mitad que se paga del 50 socializado, la parte total de la mujer es de: 40+12,5, es decir, un 52,5% del total; la parte del hombre (siempre en horas) es de 10+12,5: un 22,5% del total; la parte del Estado (por consiguiente, de los contribuyentes) es de 25% y no beneficia de ninguna manera a la mujer, sino que va enteramente al hombre, cuyo dficit de trabajo domstico compensa (y todava no completamente en este ejemplo).

Tambin se puede considerar que se debe socializar una parte de las cargas de los hijos, efectuada por la sociedad y, de hecho, este es el caso en general. Pero, qu parte? Hasta qu punto se quieren socializar los cuidados de los hijos, la educacin y el cuidado de los hijos? Qu parte se calcula que deberan conservar los padres? Y, en qu medida la colectividad debe indemnizar a los padres del tiempo y de los esfuerzos dedicados al cuidado y educacin de los hijos cuando estos padres conservan el control de ello? Estas son las discusiones (una sobre la socializacin de la crianza, otra sobre la carga financiera de la crianza privada de la que se debe encargar la colectividad) que no se pueden eludir cuando se habla de equipamientos sociales.

Muchas subvenciones ocupan el lugar de padres que fallan, en tiempo o en dinero, compensado el tiempo o el dinero que ellos no dan. Alivia esto a las mujeres? No. Son de sobra conocidas la carga de trabajo y la pobreza de las madres solas. Esto alivia a los hombres de los deberes que tenan. Lo que se subvenciona es la capacidad de los hombres de dedicar todo su tiempo a su trabajo o a su ocio sin que ello les cueste nada desde el punto de vista pecuniario.

Los elementos de la ecuacin y los dominios posibles del cambio

Se explota a las mujeres en el mercado laboral de dos maneras complementarias y no mutuamente exclusivas, aunque generalmente sucesivas en el curso de su vida: o bien excluyndolas de l o bien incluyndolas en l en unas condiciones discriminatorias. Estn explotadas en su hogar por la obligacin de realizar un trabajo gratuito para su cnyuge y/o para los hijos, y por la ausencia de derechos propios al seguro de enfermedad y a la jubilacin mucho tiempo despus de que el divorcio o la muerte haya disuelto las uniones y de que los hijos se hayan ido. Nada de esto sera posible sin que el Estado lo tolerara, ya se trate de la ausencia de derechos propios o de la discriminacin en el mercado laboral.

Es ms, nada de esto sera posible sin que el Estado lo fomentara omitiendo, por ejemplo, considerar el trabajo de las esposas de trabajadores independientes como lo que es es, una forma de trabajo en negro. Como este trabajo no es fundamentalmente diferente del trabajo domstico, se puede considerar que el conjunto del trabajo familiar en el modo de produccin patriarcal es una forma de trabajo en negro. El Estado hace ms que fomentar este sistema, lo subvenciona . La Seguridad Social paga el seguro de enfermedad de las amas de casa en vez de sus maridos que explotan su trabajo y paga la jubilacin de las mujeres que no trabajan por medio de las pensiones de reversin, tambin en vez de sus maridos. Todos estos gastos, que representan una gran parte del famoso agujero de la Seguridad Social, los soportan el resto de las y los contribuyentes: en particular las mujeres que trabajan pagan por ayudar a la explotacin de las dems.

Por medio del cociente conyugal Hacienda regala a los hombres unas cantidades que les permiten tener una ama de casa. Tambin en este caso, dado que el Estado no fabrica moneda falsa (como nos repite con razn) y dado que lo que da por una parte lo tiene que tomar de otra, quienes pagan son los dems contribuyentes, fundamentalmente las mujeres activas.

Todo este dinero se podra emplear para garantizar la independencia econmica de las mujeres pero cuando menos podemos exigir que no se gaste para garantizar su dependencia y su explotacin. Cuando menos podemos pedir que el Estado deje de subvencionar el sistema patriarcal.

Las soluciones propuestas hasta el momento, incluidas las de las feministas, han brillado por su timidez y, sobre todo, por su negativa a poner en tela de juicio las ventajas adquiridas de los hombres. Las reivindicaciones se dirigen a los patronos o al Estado, nunca a los hombres. En el norte de Europa algunas feministas proponen reconocer el trabajo domstico de las mujeres asegurando a las madres un ingreso garantizado. Es tambin la tendencia de muchos Estados y se realiza en parte en Alemania.

Este tipo de solucin no es bien vista en Francia, las mujeres quieren trabajar. Desde hace veinte aos el Estado habla de conciliacin del trabajo y la familia nicamente para las mujeres (vase entre otros Delphy, 1995 y Junter-Loiseau, 1999). Tan recientemente como en abril de 2003, un ministro francs declaraba al anunciar nuevas medidas para el cuidado de los nios de poca edad que quera permitir trabajar a las francesas (aparentemente los padres hombres no tienen problemas para trabajar fuera del hogar). La conciliacin es hacer que la combinacin del trabajo remunerado con las tareas domsticas sea ms fcil para todas las mujeres. Si se siguiera esta va se llegara a la situacin de la antigua Repblica Democrtica Alemana (RDA), donde trabajaban todas las mujeres: el 90% de las mujeres, la misma cantidad que los hombres.

Son satisfactorias estas soluciones, ya sean propuestas o llevadas a cabo? O, mejor, para quin son soluciones? A menudo se tiene la impresin de que para los polticos o incluso para las interesadas los equipamientos sociales sustituyen al trabajo domstico. Pero es totalmente falso. Las guarderas u otros equipamientos sociales solo se ocupan de los nios durante las horas de trabajo (adems, nadie pide que hagan ms, por ahora nadie desea que los nios sean educados totalmente en las instituciones). Los nios vuelven de la guardera (y no solos). Los nios comen y tambin los adultos. En efecto, los equipamientos sociales permiten a las mujeres dejar la casa para ir a trabajar fuera durante parte del da. No sustituyen el trabajo que queda por hacer cuando los adultos vuelven del trabajo y los nios de la guardera o de la escuela. Permiten trabajar a las mujeres, pero no reducen el trabajo de la casa. Por lo tanto, el problema del trabajo domstico sigue existiendo.

El bien documentado aumento del trabajo del mujeres en el exterior (vase, por ejemplo, Laufer, Marry y Maruani, 2001) no ha producido por s mismo un nuevo reparto del trabajo domstico: las cifras son las mismas desde hace 50 aos. La tcnica no disminuye las horas de trabajo domstico, casi al contrario porque algunas tareas, como la limpieza, han aumentado en cantidad absoluta.

Es una hiptesis que hay que tomar en serio. Sin duda es lo que ocurra en la RDA antes de la reunificacin de Alemania. Todas las mujeres trabajaban y todos los nios tenan un lugar en la guardera a partir de un ao. Sin embargo, las mujeres se distribuan en el mercado laboral exactamente como en Europa occidental, hacan todo el trabajo domstico y se ocupaban de todo el cuidado de los nios, porque tampoco ah los nios dorman en la guardera. Las feministas de la Alemania del Este antes de la reunificacin hablaban no de la doble jornada, sino de la triple: trabajo asalariado, trabajo domstico y cuidado de los hijos (Marx Ferree, 1996).

Debemos tener en cuenta los resultados de esta experiencia, que llev hasta el final la poltica de conciliacin hoy predicada en Occidente. La antigua Alemania del Este fue una experiencia de laboratorio a tamao natural: ah se llevaron a cabo todas las reivindicaciones habituales de las feministas.

Qu lecciones sacaron las alemanas del Este y qu lecciones podemos sacar nosotros?

Por una parte y de una manera que puede sorprendernos, una gran parte de las alemanas del Este tenan envidia de las alemanas del Oeste, que no tenan que trabajar fuera, eran madres amas de casa a tiempo completo gracias a la ausencia de guarderas, de escuelas maternales, de comedores sociales en primaria y a la existencia de un subsidio de maternidad. Lo que les daba envidia es que estas mujeres, como las amas de casas en Francia, solo hacen 50 horas de trabajo a la semana. En efecto, la nica situacin en la que una mujer con hijos trabaja menos de 70 horas a la semana es cuando es ama de casa.

La situacin de la RDA debe hacernos ser consciente de que nuestra situacin aqu es de doble filo: en efecto, el trabajo es la nica va de independencia y es la va que las mujeres en Francia han tomado y toman. Pero es una va extremadamente costosa en trabajo y en cansancio fsico y moral. La doble jornada de las mujeres las lleva al borde del agotamiento. Este agotamiento puede desembocar en una clera que les lleve a exigir el reparto de tareas. Pero, qu deben exigir y cmo? Cules son sus posibilidades de negociacin en el hogar? No son nulas, pero son dbiles. Las mujeres se cansan de estar en conflicto permanente (Cresson y Romito, 1993), porque no hay nada ms duro que luchar contra un individuo que te opone una fuerza de inercia y un chantaje implcito o explcito: Hay muchas mujeres solas que me tomaran tal como soy.

El agotamiento tambin puede llevar a abandonar: a aceptar un trabajo a tiempo parcial o a buscarlo. Con el trabajo a tiempo parcial aumenta la dependencia del salario del cnyuge, y tambin la cantidad y, sobre todo, la legitimidad del trabajo domstico. El agotamiento tambin lleva a aceptar medidas como el APE [siglas en francs de Subsidio Parental de Educacin], (que en Francia se va a extender al primer hijo mientras que por el momento solo concierne a dos o ms hijos), las cuales empujan a las mujeres fuera del mercado laboral y aniquilan el grado de independencia adquirida antes. Cuando la cantidad de horas de trabajo que realiza una mujer hace que no solo sea imposible cualquier ocio sino que llega casi al lmite psicolgico, nos encontramos en una situacin en la que todo es factible. Quin dice que un tribuno o un gobierno de derecha no podran hacer la oferta de un salario maternal consecuente que hiciera volver atrs a todas las mujeres, solo para no trabajar como animales?

Otra de las lecciones de la antigua RDA es que no se deben pedir los equipamientos sociales para las mujeres, considerados como algo que sustituya su trabajo. Porque no es un regalo. Las medidas para las mujeres se utilizan contra ellas, como descubrieron las mujeres de la RDA. Ahora bien, la cuestin de la conciliacin ocurre entre las mujeres y el Estado, las mujeres y los sindicatos, las mujeres y los patronos. La conciliacin no concierne en absoluto a los hombres. Haya o no equipamientos sociales, su situacin no cambia por ello: su derecho al trabajo sigue estando asegurado, lo mismo que su derecho a no hacer nada en casa. Para que estas medidas no sean unos regalos envenenados, unos regalos pagados, sera necesario que la demanda viniera de los hombres tanto como de las mujeres y acabamos de ver que ellos no tienen ninguna motivacin para hacerlo. Me parece que lo que demuestra este callejn sin salida es que los hombres no pedirn nada mientras no sea asunto suyo y esto no ser asunto suyo mientras no tengan nada que ganar con estas medidas sociales. Ahora bien, para que tengan algo que ganar, sera necesario que perdieran con su ausencia. En otras palabras, sera necesario que el reparto de tareas precediera a la demanda de equipamientos.

4. Cmo imponer el reparto?

Nos encontramos de nuevo en la casilla de salida. Hay algo de aterrador en tratar con determinacin la cuestin del reparto de tareas. En primer lugar, porque no se sabe por dnde empezar, cmo abordar esta desigualdad resbaladiza que pertenece al dominio de lo privado y a propsito de la cual no se puede legislar (o se podra si se quisiera?). Es ms fcil la tarea cuando, como en mi caso, en teora se convierte esto si no en la base del sistema patriarcal al menos en uno de sus elementos fundadores? Al contrario, la tarea solo se vuelve ms ardua. Y es que por definicin un sistema es un todo en el que cada elemento aislado por el anlisis, en la realidad est tan intrincado con los dems que es casi imposible desenredar la bobina y, para empezar, es casi imposible asir un hilo que permita desenrollar toda la madeja. Cuanto ms se estudia un fenmeno y cuando ms se capta su carcter complejo menos (de una manera que solo aparentemente es paradjica) se considera que se es capaz de decir cules seran las acciones susceptibles de ponerle fin.

Por consiguiente, emprendo con una gran ambivalencia la tarea de localizar algunas pistas. Me parece ingenua la idea misma de que puede haber un camino para empezar a entrar en la gran bola redonda y cerrada que es un sistema. Y, sin embargo, existe el deber de encontrar alguna fisura en la roca, alguna presa para tomar al asalto la ciudadela que es el patriarcado y ms vale correr el peligro de equivocarse actuando que el de tener razn en silencio porque, como deca mi madre, solo quienes nunca hacen nada no se equivocan nunca.

Los hombres como grupo extorsionan tiempo, dinero y trabajo a las mujeres gracias a mltiples mecanismos y en esta medida es en la que constituyen una clase. La situacin actual de las mujeres en todos los pases occidentales es que la mayora de ellas cohabita con un hombre (con un miembro de la clase antagonista) y en esta cohabitacin es donde se realiza una gran parte de la explotacin patriarcal, no toda, ya que las mujeres que no cohabitan tambin estn explotadas. En general las mujeres que cohabitan no viven su situacin en trminos de explotacin (en trminos de sistema), pero ven que los hombres les deben tiempo y dinero, y querran recuperar esta deuda. Hemos visto que no logran hacerlo individualmente, en el marco de las negociaciones de pareja que tanto elogian determinadas autoras. Reclamar la deuda no es posible en el marco de la pareja. Hay que sealar que tambin parece imposible a nivel militante: es tan posible al movimiento feminista decir que las mujeres estn oprimidas como se rechaza que los hombres gocen de privilegios, por definicin indebidos, y que hay que despojarles de ellos. Las soluciones propuestas consisten generalmente en tratar de encontrar un tercero que pague el cual va a igualar la situacin de ambos grupos a la alta de manera que el cambio sea beneficioso para las mujeres sin que sea perjudicial a los hombres. Ahora bien, como se ve en la actual discusin sobre las jubilaciones, eso es imposible: si no se quiere que paguen las asalariadas, entonces debe pagar la patronal y viceversa.

El movimiento feminista debe tener por fin la osada de decir que los hombres tienen demasiado, en todos los casos ms que su parte

Pero, es posible deshacer el resultado ltimo de un sistema sin atacar las bases del sistema? Se puede atacar solo los resultados tal como se padecen y se perciben: la deuda de los hombres? Es una situacin ms general tanto en poltica como en medicina y, en ltima instancia, en todas las situaciones que se quiere modificar sin poder atacar por ello su etiologa. No se puede resolver aqu esta cuestin que en definitiva es ms filosfica que poltica. Se puede, en cambio, tratar de suprimir algunos elementos que sostienen el sistema sin poder predecir qu efecto tendr eso. Pero, cules?

La negociacin no funciona; las mujeres comparten con los hombres la nocin de que el tiempo de los hombres es ms precioso, aporta ms valor que el tiempo de las mujeres. La experiencia cotidiana se lo confirma ya que pueden ver que a su compaero se le paga ms que a ellas por el mismo tiempo de trabajo. Por ltimo, el trabajo domstico no se considera un verdadero trabajo, sino algo que carece de valor. Se considera algo que forma parte de la naturaleza de las mujeres, que forma parte de sus obligaciones porque forma parte de ser de una mujer. Y ser una mujer es lo menos que se puede exigir a una mujer. As, la situacin est bloqueada por el momento ah donde se ejerce la extorsin del trabajo familiar, en las relaciones individuales.

La misma capacidad de inercia demuestra el sistema hermano, el otro pilar de la explotacin econmica de las mujeres, el mercado laboral, estrechamente unido al sistema propiamente domstico. Resulta sorprendente comparar las estadsticas de un pas europeo con otro. Sean cuales sean las leyes en contra de la discriminacin e incluso ah donde existen (lo que no es el caso de Francia, que tiene textos, pero no se penaliza su violacin) las diferencias de salarios son las mismas y permanecen constantes a medio e incluso a largo plazo (Silvera, 1996). Unos cambios en el mercado laboral y la recuperacin por parte de las mujeres de los puestos y de los salarios que se les roban conmocionara la situacin domstica... si tuvieran lugar y si se supiera cmo provocarlos. Pero por el momento, tambin esta va parece cerrada. Puesto que tanto la entrada por medio de las negociaciones individuales como la entrada a travs del mercado dan tan pobres resultados, quiz sea el momento de volverse a los coadyuvantes institucionales y en particular estatales del no reparto de tareas, eufemismo que designa la explotacin del trabajo familiar de las mujeres.

Eliminemos para empezar la demanda ilusa, basada en un anlisis falso, segn la cual habra que reducir el tiempo de trabajo de los hombres. Esta demanda se sigue haciendo y es el argumento que han utilizado en Francia determinados grupos militantes, como los sindicatos o las asociaciones de parados, para justificar de manera feminista la reduccin del tiempo de trabajo (las 35 horas). Hemos visto que a los hombres no les falta tiempo, sin duda no ms que a las mujeres. Hacer esta demanda es sobreentender que las mujeres pueden trabajar 80 horas a la semana (es la media actual real), pero que los hombres no podran trabajar 60 horas (que sera la media de los hombres y las mujeres si los hombres hicieran su parte). Este argumento incorpora sin decirlo un deseo de conservar los privilegios masculinos y se parece enormemente al argumento patronal segn el cual es necesario que los beneficios se multipliquen por dos antes de que los salarios se multiplique por 1,3: Te dar cinco cuando yo tenga 10 francos.

Y adems, en el estado actual de cosas, hasta dnde habra que reducir el tiempo de trabajo de los hombres? Habra que reducirlo a nada . Y es que solo cuando los hombres estn en paro hacen su mitad del trabajo domstico (Ccile Brousse (2000: 94) indica que la parte cotidiana de los parados asciende a dos horas y media de ms que la de los activos ocupados). Lo que se cuestiona realmente no es el tiempo de trabajo de los hombres, sino su tiempo libre y nadie quiere tocarlo. Se llega a los lmites de la combatividad de las mujeres e incluso de las feministas. Pero si las mujeres quieren trabajar menos, ser necesario que los hombres trabajen ms en casa y ello sea cual sea el tiempo del trabajo asalariado.

Qu queda en la lista de los factores que determinan lo que se denomina el no reparto de las tareas domsticas, en qu se puede actuar? Queda lo que es del dominio de las polticas pblicas, lo que es ms sensible a la accin poltica. Hay, pues, tres grandes dominios, el sistema de proteccin social (seguro de enfermedad y pensin), el sistema fiscal y el conjunto de las prestaciones sociales, que se deben analizar y corregir desde el punto de vista de su papel en el mantenimiento del patriarcado.

Por el momento, el Estado paga una parte de la deuda de los hombres. En efecto, el Estado no disminuye la carga de trabajo domstico de las mujeres ni su carga financiera. Hace posible el trabajo pagado de las mujeres sustituyendo una parte del trabajo y del dinero con los que los hombres deberan contribuir a las tareas. Permite a las mujeres una medida de independencia econmica, medida relativa aunque de una importancia sobre la cual no se insistira suficiente. Sin embargo, haciendo de esta manera la parte de los hombres libera el tiempo de estos: para el trabajo pagado, para el ocio, la creatividad y la televisin. Tambin mejora su nivel de vida, les permite tener dos familias consecutivas, tener nuevos hijos cuando se vuelven a casar.

Podemos preguntarnos si proponer ms equipamientos y ms subsidios no es tambin proponer que se irresponsabilice an ms a los hombres, que se les subvencione an ms. Por otra parte, las ayudas del Estado hacen posible que algunas mujeres, aunque hoy sean pocas, no dependan de un hombre para educar a un hijo o a varios. Entonces, cmo hacer para que los hombres asuman igualmente su parte, sin imponer a nadie la cohabitacin, ya sea heterosexual u homosexual?

Se podra enunciar de la siguiente manera una nueva regla para las parejas que ya cohabitan: si los hombres no quieren hacer su parte del trabajo domstico, entonces es necesario que la paguen, en vez de que sea el resto de la sociedad quien la pague.

Hemos visto que gran parte de las mujeres tiene unos derechos derivados a la sanidad y a la jubilacin. Pero la forma habitual de plantear la cuestin de los derechos propios de las mujeres no llega a la raz del problema, que es la explotacin patriarcal, y propone unas soluciones, va unos derechos universales, que no hacen pagar a los beneficiarios, los hombres. Por una parte, estas soluciones no modifican en nada los factores estructurales gracias a los cuales los hombres estn en situacin de beneficiarse del trabajo gratuito de las mujeres y por otra mantienen o agravan la carga de la colectividad. Y la colectividad tiene la impresin de consentir estos sacrificios para contentar a las mujeres y hacrselo pagar.

Lo que podra ser objeto de una reivindicacin, no en lugar de un sistema de proteccin social basado en la universalidad de los derechos, sino complementndolo, es la supresin de todas las ventajas que los hombres que tienen a una mujer en el hogar:

las ventajas salariales: en igualdad de condiciones se paga ms a los hombres casados que a los solteros.

las ventajas sociales: el estatuto de derechohabiente de las esposas permite a los hombres casados obtener dos coberturas sociales al precio de una sola cotizacin. Sera necesario que los hombres casados cuya esposa no trabaja paguen dos cotizaciones de seguro de enfermedad y de jubilacin.

Adems, sera normal que estas mujeres fueran asalariadas de su marido, como es el caso en Alemania para las esposas de trabajadores independientes, el 90% de las cuales son asalariadas de sus maridos y, por lo tanto, tienen todas ellas las protecciones de los asalariados: no solo el salario, sino la proteccin social completa, enfermedad y jubilacin. Esto es vital para las esposas de independientes y de agricultores, que se hunden en la miseria cuando su marido muere o se divorcia, y que debera extenderse a todos los pases de Europa. Pero no hay ninguna razn de distinguir entre estas mujeres que ayudan a sus maridos en su profesin y aquellas cuyo marido consume toda la produccin en vez de vender una parte de ella: todas las mujeres inactivas son quienes deberan recibir un salario de su marido o compaero . Por el momento no solo los hombres no pagan el trabajo de su esposa, que ellos utilizan como trabajo domstico o como trabajo profesional, sino que el Estado le paga una buena parte del coste de mantenimiento de esta mujer. Evidentemente, la obligacin de pagar el salario de una esposa inactiva se debe asociar a la erradicacin de la ayuda del Estado . Sin esta ayuda la mayora de los maridos no podran pagar el salario de su mujer. Esto no garantizar que ellos hagan su parte del trabajo domstico, pero garantizar que si no pueden pagar un salario a su esposa, no puedan mantenerla en casa. Las mujeres que hoy se consideran inactivas (ya sean amas de casa a tiempo completo o ayudantes de sus maridos) recibirn de todas maneras un salario, de sus maridos o de otro empleador, y podrn disfrutar de una medida de independencia financiera. El derecho al trabajo (entindase al empleo remunerado) garantizado por la Constitucin francesa sera por fin una realidad.

las ventajas fiscales: hemos visto que la sociedad pagaba hasta 50.000 francos al ao en 1985 (el equivalente a un sueldo) a los hombres cuya esposa no trabajaba gracias al sistema del cociente conyugal. Para las mujeres esta subvencin es una desincitacin a trabajar y, por lo tanto, una incitacin a permanecer en la dependencia. Por el contrario, sera deseable conceder una desgravacin fiscal a las parejas en las que ambas personas tienen un empleo.

Tambin habra que replantearse los subsidios y los servicios colectivos existentes: El trabajo de quin sustituyen? A quin sirven? Quin debera hacer este trabajo? Quin debera pagarlo? Cuando un servicio o una prestacin sustituye ya sea en especie o en dinero la parte de los hombres, entonces este servicio o esta prestacin no beneficia a las mujeres, para quienes es un juego en el que unos ganan a expensas de los dems. En cambio, la sociedad subvenciona el ocio de los hombres, pero tambin su disponibilidad para el trabajo remunerado. Por consiguiente, las mujeres pagan por partida doble, si no triple, estas prestaciones y servicios: ellas pagan la parte no subvencionada (por ejemplo, las guarderas), pagan el trabajo domstico y pagan en discriminacin en el mercado laboral. Hoy se sabe lo suficiente sobre el reparto de las tareas domsticas en las familias de todo tipo: se sabe lo que hacen las mujeres, tambin se sabe lo que no hacen los hombres; en resumen, se sabe lo suficiente como para establecer un sistema por medio del cual se penalice financieramente a los hombres que no hagan su parte.

En un momento en el que no solo el ascensor social est averiado, particularmente en lo que concierne a las relaciones patriarcales, y en el que la situacin econmica de las mujeres en el mercado laboral se degrada a consecuencia del neoliberalismo y del efecto de cambio de tornas antifeminista ms general en todos los dominios, aqu no se plantean sino algunas sugerencias para relanzar unas acciones reivindicativas. Me parece importante retomar la iniciativa al menos en algunos dominios cuando en muchos, ya se trate de la violencia o del mercado laboral, se ponen en tela de juicio, a veces ferozmente, los pocos logros de treinta aos de lucha feminista y cuando las fuerzas feministas sobre el terreno no llegan siempre a impedir graves derrotas, al tiempo que padecen la desmoralizacin que se desprende el hecho de estar a la defensiva.

[Traducido del francs para Boltxe Kolektiboa por Beatriz Morales Bastos.]

Versin del artculo en pdf: http://www.matxingunea.org/media/pdf/delphy_trabajo_domestico_reparto_desigual_como_luchar_contra.pdf

Versin del artculo en epub: http://www.matxingunea.org/media/epub/delphy_trabajo_domestico_reparto_desigual_como_luchar_contra.epub

Fuente: http://lmsi.net/Le-travail-menager-son-partage

Nota de lmsi: Reproducimos este texto con la amable autorizacin de la revista Nouvelles questions fministes, donde se public originalmente en 2003 (volumen 22, n 3, Editions Antipodes), con el ttulo de Por dnde atacar un "reparto desigual" del trabajo domstico?.

5. Obras citadas

Brousse, Ccile (2000): La rpartition du travail domestique entre hommes et femmes, en Michel Bozon y Thrse Locoh (Eds.), Rapports de genre et questions de population, I. Genre et population, n 84 (pp. 89-106), INED, Pars.

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Nota:

[1] La autora hace una distincin terica y emprica entre el trabajo domstico (travail mnager), el que hacen todas las mujeres, ocuparse de la casa y de los nios, y el trabajo familiar (travail domestique ) que adems incluye el trabajo paraprofesional de las mujeres que participan en el trabajo de sus maridos (agricultor, mdico, mecnico, etc): trabajan en el campo, llevan la contabilidad, hacen de enfermera o de secretaria, etc. (N. de la t.)


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