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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 16-12-2014

Bill Alberts, el pastor del Contragolpe
Fijando lmites

Jeffrey St. Clair
CounterPunch

Traducido del ingls para Rebelin por Sinfo Fernndez


Los estadounidenses quieren ser amados pero son temidos en todo el mundo. Los estadounidenses se consideran a s mismos justos y honestos pero su horripilante comportamiento diario viola de continuo el derecho internacional y los derechos humanos bsicos.

Creemos ser agentes de la libertad, pero la mayora de nosotros nos negamos a considerar las consecuencias ticas de nuestras agresiones imperiales. Preferimos no saber lo que est hacindose en nuestro nombre, no queremos ver las pilas de cadveres que anegan las distantes orillas del mundo de ataques con aviones no tripulados y misiles estadounidenses. No queremos saber, porque esa investigacin pone en peligro los principios esenciales de nuestra propia identidad, debilitando el reconfortante tejido de nuestras creencias y haciendo aicos la espectral ilusin de nuestra psique nacional.

Qu se necesita para excitar las terminaciones nerviosas morales de EEUU?

Bombardear nios con bombas de racimo o arrasar fiestas de boda con ataques de aviones no tripulados no parece que lo consiga ya. Ni la tortura. Oh, s, seguro que se ahog un grito ante las espeluznantes fotos de soldados estadounidenses rindose mientras pinchaban con electrodos a desnudos cautivos iraques o amenazaban a angustiados prisioneros con los gruidos de perros pastores alemanes. Pero la indignacin se desvaneci pronto y las escenas adquirieron pronto la familiaridad de una reposicin de los Soprano.

Naturalmente que la tortura no es nada nuevo. Uno de los aspectos ms sombros de la historia imperial estadounidense ha sido la implicacin de la CIA con la tortura, como instructores de la Escuela de las Amricas, como mdicos o contratistas de manos experimentadas en Egipto, Sudfrica u Honduras.

Desde sus inicios mismos, la CIA mostr un inters entusiasta por la tortura, estudiando vidamente las tcnicas nazis y protegiendo a exponentes de la misma como Klaus Barbie. La lnea oficial de la CIA postula que la tortura es mala e ineficaz. Que indica, de hecho, bancarrota moral. No obstante, en numerosas ocasiones ha demostrado ser diablicamente eficaz. En los meses posteriores al ataque del 11/S, algunos columnistas jaleaban las drogas de la verdad, como Jonathan Alter del Newsweek, para que se utilizaran en la guerra contra Al-Qaida. Ese entusiasmo fue compartido por la Marina estadounidense tras la guerra contra Hitler, cuando sus oficiales de inteligencia se pusieron tras la pista de las investigaciones del Dr. Kurt Plotner sobre el suero de la verdad en Dachau. Plotner dio a los prisioneros judos y rusos altas dosis de mescalina y despus observ su comportamiento, en el que expresaron odio hacia sus guardianes e hicieron confesiones acerca de su propia estructura psicolgica.

Como parte del proyecto MK-ULTRA, la CIA financi al Dr. Ewen Cameron en la Universidad McGill de Montreal. Cameron fue un pionero en tcnicas de privacin sensorial. El mdico encerr una vez a una mujer en una pequea caja blanca durante 35 das, privada de luz, olor y sonido. Los doctores de la CIA se sorprendieron ante este experimento. Por sus propias investigaciones realizadas en tanques de privacin sensorial, en 1955 averiguaron que en menos de cuarenta horas se haban inducido graves reacciones psicolgicas. Se empieza a torturar, incluso en nombre de la ciencia, y es fcil dejarse llevar

En 1968, la CIA se sinti frustrada de su incapacidad para destrozar a presuntos lderes del Frente Nacional de Liberacin de Vietnam con sus mtodos habituales de interrogatorio y tortura. As que la Agencia empez a adoptar mtodos ms agresivos. En uno de los casos, anestesi a tres prisioneros, les abri el crneo y plant electrodos en sus cerebros. Les reanimaron, les metieron en una habitacin y les dieron cuchillos. Los psiclogos de la CIA activaron entonces los electrodos, esperando que los prisioneros se atacaran unos a otros. No lo hicieron. Se retiraron los electrodos, se fusil a los prisioneros y se quemaron sus cuerpos. (Para un relato completo de estas y similares atrocidades, vase el excelente libro de Douglas Valentine sobre la CIA en Vietnam: The Phoenix Program.)

En los ltimos aos, EEUU ha sido acusado por la ONU y tambin por organizaciones de los derechos humanos, como Human Rights Watch y Amnista Internacional, de tolerar la tortura en las prisiones estadounidenses con mtodos que van del confinamiento solitario durante veintitrs horas al da en cajas de hormign durante aos y aos, a activar descargas de 50.000 voltios a travs de un cinturn que obligan a llevar a los presos. Muchos de los guardias de la polica militar de las prisiones de Abu Ghraib y Bagram se haban ganado sus galones trabajando como guardias en prisiones federales y estatales, donde los abusos oficiales son un hecho cotidiano casi inadvertido por la prensa corporativa. De hecho, Charles Granier, uno de principales torturadores en Abu Gharaib y amante de Lynndie England, la Torturadora de la Caravana, trabajaba como guardia en la infame Unidad Correccional Green de Pensilvania y despus de su misin en Iraq volvi a trabajar all antes de que le arrestaran, le juzgaran y le condenaran por sus sdicas actividades en Iraq.

Tenemos tambin la historia de Abu Wael Dhiab. Atrapado durante las incursiones por Pakistn en 2002, el Sr. Dhiab fue brutalmente interrogado en numerosas ocasiones, trasladado de una prisin controlada por la CIA a otra antes de arrojarle a los sombros corredores de la Baha de Guantnamo. En aquella poca, se haban esfumado ya las sospechas de que Dhiab pudiera ser un terrorista. En 2009, se autoriz su puesta en libertad, pero el padre de cuatro nios sigue encerrado en su celda. Nunca ha sido acusado ni juzgado. Tras tantos aos de confinamiento, su salud empez a deteriorarse. ltimamente se ha visto confinado a una silla de ruedas. Con pocas esperanzas de poder volver a casa y ver de nuevo a su familia, Dhiab empez una huelga de hambre en 2014. Dijo que prefera morir a tener que seguir viviendo una existencia tan reducida y sin esperanza. Pocos das despus de iniciar la huelga de hambre, los guardias de Gitmo entraron en su celda, le trasladaron a una sala mdica, le engrilletaron a una camilla y le insertaron tubos de alimentacin en la nariz y garganta y empezaron a alimentarle con nutricin lquida contra su voluntad. El proceso de alimentacin a la fuerza ha sido condenado por la Comisin de los Derechos Humanos de la ONU y la Asociacin Mdica Mundial por constituir una forma de tortura humillante y penosa.

Segn declararon los abogados del gobierno, esas crueldades gratuitas se le infligan por su propio bien. En otras palabras, que el Sr. Dhiab debera estar agradecido por una experiencia tan terrible y por ser el receptor de una tortura tan compasiva.

Por consiguiente, la tortura destruye al torturado y corrompe a la sociedad que la sanciona. Hasta dnde estamos dispuestos a tolerar? En qu punto los estadounidenses fijaremos los lmites? Qu es lo que necesitamos para despertar de nuestro letargo moral? Cmo es que una de las naciones ms conscientemente religiosas del mundo tolera pasivamente y racionaliza violaciones extremas de preciados cdigos de conducta tica? Cundo vamos a rebelarnos ante los horrores perpetrados por nuestro gobierno y tratar de recuperar el control popular sobre nuestra fragmentada democracia? Estos son los temas fundamentales que el Rev. William E. Alberts plantea en una convincente coleccin de ensayos.

Pocos escritores estn en mejor posicin que Bill Alberts para conformar estas investigaciones. Alberts, veterano de la II Guerra Mundial, volvi del Pacfico y se sinti motivado para trabajar en adelante en aras de la paz y la justicia social, en la atencin a los pobres y desfavorecidos. Obtuvo un master en Teologa en el Seminario Teolgico de Wesley (justo en la puerta de al lado de mi alma mater, la American University, en Washington DC), seguido por un doctorado en psicologa y terapia pastoral por la Universidad de Boston. En 1965, fue nombrado copastor de la Iglesia del Viejo Oeste en el corazn de Boston, donde puso en marcha sus programas sociales.

Fue una poca tensa en Boston, ya que tanto los movimientos por los derechos civiles como los antibelicistas estaban empezando a incomodar a las elites. Bill estaba justo en medio de todo, informando sobre la violencia policial contra los hippies que acamparon en Boston Common, participando en las protestas contra la guerra, dando refugio a la Brigada procubana Venceremos, facilitando una conferencia de todo el grupo pidiendo la investigacin por racismo contra un miembro de la propia jerarqua de la Conferencia Metodista y escribiendo artculos sobre estas cuestiones que se publicaban en The Boston Globe.

En 1971, Albert celebr el matrimonio homosexual de dos mujeres en la Iglesia del Viejo Oeste. A pesar de contar con el apoyo del Comit de Relaciones Parroquiales de la Iglesia, la ceremonia, al igual que algunas otras implicaciones, puso nerviosa a la jerarqua de la Conferencia Metodista, en cuyo Libro de Disciplina se advierte que la homosexualidad es incompatible con la enseanza cristiana.

An as, dos aos ms tarde, Alberts presidi el matrimonio homosexual de dos hombres, feligreses de la iglesia, que haban sido ambos estudiantes de la Escuela de Teologa de la Universidad de Boston. Este matrimonio enfureci al obispo de la iglesia y pocos meses despus la Conferencia inici una serie de actuaciones para jubilar forzosamente de su puesto a Alberts, a pesar del hecho de que los miembros del Consejo de la Iglesia del Viejo Oeste para los Ministerios se haban unido en su defensa.

Ah fue cuando las cosas se pusieron feas. El obispo de Alberts y otros dirigentes de la Conferencia lanzaron una feroz campaa de difamacin pretendiendo desprestigiarlo no slo como pastor de la iglesia, sino como hombre. Los dos dirigentes de la iglesia encontraron la pista del antiguo psiquiatra de Alberts, le indujeron a romper la confidencia de sus sesiones psiquitricas y utilizaron estas acusaciones para etiquetar pblicamente a Alberts de enfermo mental. Alberts contrarrest de inmediato esta impactante traicin a su vida privada ofrecindose para que le examinaran otros dos psiquiatras y un psiclogo, que le declararon sano mental y emocionalmente. El obispo ignor estas evaluaciones y Alberts fue despedido.

Pero la historia no acab ah. Alberts inici una demanda, acusando al psiquiatra y al obispo de violar sus derechos privados. Despus de doce aos de vistas y apelaciones, el Tribunal Supremo de Massachussets fall a favor de Albert, responsabilizando al psiquiatra y al obispo de violar sus derechos. La histrica sentencia fij un precedente a la hora de proteger los derechos de los trabajadores y de los denunciantes contra ilegales incursiones en sus asuntos privados por parte de jefes que intentan expulsarles de sus empleos.

Esta deprimente experiencia slo sirvi para endurecer la determinacin de Alberts. Como ministro de la Iglesia Comunitaria no sectaria de Boston, ayud en los esfuerzos de Nueva Inglaterra para dar refugio a los refugiados guatemaltecos que huan de los escuadrones de la muerte financiados por EEUU que estaban devastando su pas. En 1989, Bill form parte de un equipo que fue a El Salvador para investigar un ataque del ejrcito contra un hospital del campo rebelde, donde diez personas fueron asesinadas y dos trabajadoras sanitarias violadas.

Durante casi veinte aos, Alberts sirvi tambin como capelln de hospital en el Boston Medical Center, donde comprendi de primera mano cmo los traumas, la enfermedad y la muerte pueden alterar radicalmente las vidas de las familias estadounidenses. Alberts escribi sobre sus experiencias all en un evocador libro de memorias, A Hospital Chaplin at the Crossroads of Humanity, publicado en 2012.

Me encontr por vez primera con Bill en 2004, cuando en mi bandeja de entrada de CounterPunch aterriz una presentacin titulada Engaos basados en la fe. El ensayo estaba redactado con calma, meticulosamente argumentado, demoliendo las falsas devociones de la hinchada de Bush utilizando la cobertura de la religin en pos de una agenda despiadada en el exterior y crueles polticas econmicas en casa. En los diez aos siguientes, continuaron llegando sus ensayos, uno tras otro, sobre aviones no tripulados, guerra, tortura, atencin sanitaria, desigualdad econmica, intolerancia. Alberts, abuelo de seis y bisabuelo de otros seis, cumplir pronto 88 aos, pero su voz es tan clara y resonante como siempre.

Bill Alberts es un moralista pero nunca un moralizador. Alberts comprende la debilidad y los fallos humanos. Los ha visto de cerca. Y se dedica a cuidar de los daos. Como testigo que es de la historia salvaje de nuestra generacin, Alberts sostiene que la debilidad no es nuestro enemigo. La indiferencia ante el sufrimiento es el verdadero enemigo; la indiferencia, la falta de empata es lo que nos debilita de nuestra posicin moral.

La verdadera lucha de nuestra generacin consiste en resistir ante las maquinaciones del sistema poltico que hace que la gente entre en un estado de impotencia, que se convierta en meros objetos de explotacin, en cosas. Abstenerse de esta lucha es, en esencia, confirmar los crmenes que se perpetran en nuestro nombre. Nuestra humanidad tiene sentido slo en la medida en que defendemos la humanidad de los dems.

(Extracto del prlogo del nuevo libro del Rev. William E. Alberts: The CounterPunching Minister   (Who Couldnt be Preyed Away ).

Jeffrey St. Clair es editor de CounterPunch. Su nuevo libro es: Killing Trayvons: an Anthology of American Violence (con JoAnn Wypijewski y Kevin Alexander Gray). Se le puede contactar en : [email protected] .

  

Fuente: http://www.counterpunch.org/2014/12/12/drawing-the-line/  

 



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