Portada :: Chile :: Miguel, un nombre en las estrellas
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 19-12-2014

Nuestra memoria: Miguel Enrquez

Rgis Debray
Punto Final


Fue Chile, hace cuarenta aos -como decir mil aos-, otro mundo, otro tiempo. La esperanza tena un nombre que brillaba en el horizonte: Revolucin. Y en lo inmediato, apareci un asesino con anteojos negros, un tal Pinochet.

Miguel Enrquez, el lder del MIR, se haba quedado en su pas despus del golpe de Estado el 11 de septiembre de 1973, teniendo a su lado a su compaera Carmen Castillo, que esperaba un hijo.

Una calle llamada Santa Fe, una pequea casa azul

Detectado, fue rodeado. Se neg a rendirse; intent una salida disparando para proteger a los suyos. Fue abatido de inmediato.

Quin era Miguel? Un joven intelectual de origen acomodado, tambin un gozador de la vida, que no tena nada de fantico, que se pas con armas y bagajes desde el campo de la revolucin no armada (al menos no todava) a una revolucin social, poltica y militante, en desacuerdo pero manteniendo una discusin constante y leal con el presidente electo, Salvador Allende, que haba elegido, con todos sus riesgos y peligros tambin para l, la va legal, es decir reformista.

Yo no evocara hoy su figura y el gran eco que suscita todava, si Miguel no me hubiera honrado con su amistad durante mi estada en Chile, que me concedi hospitalidad despus de mi liberacin en 1971.

Un militante que muere expone su vida en defensa de sus ideas. En ese sentido es una vctima, como hubo miles en Amrica Latina durante esos aos de plomo. Nuestra Europa pacificada, llena de compasin post histrica y sin conviccin firme, prefiere las vctimas a los hroes. Les consagra un culto infinito en nombre de sus buenos sentimientos, pero retrocede resueltamente ante los hroes y desarma sus estatuas una a una, en nombre de su espritu crtico. Ese mal comportamiento hace que nuestro tiempo sea ciego o tuerto. Si bien es cierto que el culto santificador, escolar y simplificador de los Panteones oficiales significa a menudo una empresa de autosantificacin de los sobrevivientes, sera malo olvidar a las vctimas de abominables represiones pasadas que merecen seguir presentes entre nosotros en la memoria de los hroes. Sin grandilocuencia, sin transformarlos en santos de iglesia, sino porque ellos encarnan los valores plenos de futuro que cada uno tiene derecho a sentir, por tarde que sea.

Miguel Enrquez forma parte de esos desaparecidos que se deben arrebatar a los avatares siempre demasiado interesados por la promocin oficial en convertirlos en leyenda para insertarlos en nuestro presente; de esos profetas a pesar de s mismos, cuyo valor tico supera las circunstancias estrechamente polticas de su existencia; de esos difuntos cuyo recuerdo entre nosotros es como un llamado a romper nuestras limitaciones.

Cuando vuelvo a pensar en esa poca y en nuestras discusiones de antao, vuelvo a ver en l dos rasgos excepcionales que no parecieron ejemplares y prometedores.

El primero: se puede, se debe, ser radical sin ser sectario. Se puede armonizar la integridad, es decir un cierto extremismo moral con una apertura de espritu hacia otras corrientes de pensamiento. Se puede combatir polticamente una posicin (en su caso, al reformismo, la prudencia, la transaccin) sin cubrir de oprobio a los que sostienen posiciones diferentes. As fue su dilogo siempre mantenido, directa o indirectamente, con los defensores de la Unidad Popular.

El segundo: creer en lo que se dice y hacer lo que se dice. Es decir, lo contrario del cinismo. En una poca que impulsa la distancia entre el decir y el hacer hasta la comedia o la hipocresa, un ejemplo de coherencia de ese tipo entre lo que se cree y lo que se practica merece, sin duda, ser recordado. El compromiso poltico desinteresado no est condenado a seguir siendo una fantasa o mera gesticulacin.

Reflexionemos. En nuestro mundo mercantil en que el djihadismo est en el centro de la actualidad, el no radical toma la triste figura de un enajenado de Dios. El primero no aprecia la vida sino para expandir la muerte en torno suyo, y decapitar con cuchillo a los refractarios o a los disidentes. Es un camino errado para convertirse en ejemplo. Es algo siniestro no tener ms que la eleccin entre dos formas de nihilismo: el consumo y la destruccin. El economicismo a este lado, y el fanatismo en el otro. Terrible crculo vicioso entre dos formas de humillacin. Es bueno recordar que no siempre fue as, y que la resistencia a lo que parece normal puede tomar formas sencillamente ms humanas. Los vencidos de ayer pueden dar su testimonio para hacer mejor el presente.

 

Publicado en Punto Final, edicin N 819, 12 de diciembre, 2014

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