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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 27-01-2015

Crnica desde el interior de dos provincias azotadas por el alzamiento de la ultraderecha ucraniana
Desde Jrkov hasta Lugansk

Unai Aranzadi
Rebelin/Junge Welt


No hace falta hablar ruso o ucraniano. No hace falta ni ser periodista ni preguntar nada. Tan pronto como el informativo radiofnico que escucha el taxista comienza a repetir la palabra terrorista infinidad de veces, el chfer se indigna, realiza aspavientos y farfulla palabras que dan a entender su punto de vista. Para l, terroristas son los militares ucranianos que bombardean a los civiles del Este del pas. No hay ms. En la calle, bajo el fro y los copos de nieve, el clima es otro. Reina la falsa indiferencia y la autocensura, porque an siendo la poblacin rusfona mayora en Jrkov, la gente se siente coartada por la presencia de los numerosos policas y militares venidos del Oeste para custodiar el paso con Rusia, cualquier conato de insurreccin y sobre todo, sus grandes recursos industriales. En esta ciudad, la segunda en tamao despus de Kiev, se opina en casa, o dentro del coche como el taxista, pero no en plena calle; especialmente en jornadas como la de hoy, en la que se manifiesta Pravy Sektor.

Quemando antorchas, luciendo capuchas y cachiporras, los jvenes neonazis avanzan dando gritos por la Avenida Sumska, obligando a peatones y vehculos a detener su camino. Van en busca de algo. La estatua del jodido Lenin, han dicho. La polica antidisturbios que a marchas forzadas trata de seguir su ritmo, deja de acompaarlos al alcanzar la Plaza de la Libertad, que junto a Tianang-men y la Plaza Roja, es una de las mas grandes del mundo. All, al fondo, los neonazis tienen su objetivo simblico, pues ya de la estatua queda poco. La derribaron el pasado mes de septiembre en una noche de idntico fervor patritico. Con bengalas, subidos a contenedores con ruedas de los que harn fuego, los encapuchados avanzan impunes tomndose ese inmenso espacio pblico. Algunos de los militares presentes, que con el uniforme oficial les acompaan, les hablan a la oreja, aconsejando o controlando, difcil decirlo. Un pequeo grupo ha sido el primero en llegar a la peana donde estaba el Lenin de granito y comienza a prender fuego al mobiliario urbano. Al rato, otros gritan eslganes racistas mientras despliegan pancartas. Cuando parece que se estn calmando ofrecen un brevsimo discurso y se marchan desfilando.

Casi a la misma hora, los ascensores del cntrico Hotel Kharkov permanecen ocupados de forma ininterrumpida. Los huspedes del hotel, an siendo pocos, tienen que esperar en la recepcin un tiempo inusual. Cuando su inquietud se hace notable, el jefe de seguridad del hotel se acerca, abre las puertas de las escaleras de incendios y les invita a subir por estas a las habitaciones, pero en ese mismo instante, las puertas del ascensor se abren inesperadamente, y tras ellas aparecen fugazmente varios militares con sus fusiles, sus chalecos antibalas y todo el imaginario blico capaz de ser encajado en cuatro metros cuadrados. Seguidamente, del segundo ascensor, salen dos jvenes reclutas con pesadas cajas de municin. Los tpicos arcones de madera pintados de verde oliva que sirven para guardar balas, granadas y ese tipo de provisiones que las fuerzas armadas llevan al terreno cuando participan en alguna operacin. Desconcertado, el jefe de seguridad, susurra algo a los militares, que asienten con la cabeza y continan su ascenso hacia algn piso superior. Los soldados provienen del garaje, y segn la expresin de sus rostros, se dira que no deseaban ser vistos, o sea, que lo de parar en la recepcin habra sido un imprevisto. Unas horas ms tarde, a tenor de la indisciplina -segn sugiere el recepcionista- los militares dejan de ocultar su presencia, y se dedican a deambular bulliciosamente de una habitacin a otra, llevando botellas de licor, con la toalla en la cintura tras la ducha o con el fusil colgado a la espalda. Qu hacan esos militares de diferente graduacin fuertemente armados en un lugar de vida civil?; qu necesidad habra de meter docenas de cajas de municin en las habitaciones mas altas del Hotel Kharkov?. Ucrania, es hoy un pas de intrigas, es mejor no hacer preguntas, asegura con recato un miembro de la OSCE (Organizacin para la Seguridad y la Cooperacin en Europa) alojado all por unos das.

Al amanecer, aquellos civiles que se quieren arriesgar a cruzar desde la provincia de Kharkov a la vecina Luhansk, hacen cola esperando un autobs, el nico medio activo en das de combates intermitentes como el de hoy. Tambin el ms barato, lento e inseguro. Desvencijado, ste llega a la parada, donde ancianos, nios, jvenes y mujeres esperan portando paquetes y cajas en una atmsfera enrarecida que se vive por debajo de los cero grados. La marcha, de pueblo en pueblo, es larga y penosa. Una, dos, cuatro, ocho, doce horas; una anciana dice que ya ni siente la espalda. Llegado un punto, los varones se inquietan y cuchichean. Alguien los ha mandado bajar, y as lo hacen con el pasaporte en la mano. Desde abajo y sealando con el dedo, encapuchados de un batalln del ejrcito ucraniano separa a los hombres de las mujeres. Todo aquel mayor de diecisis aos ha de ir a la cuneta de la carretera, pasar un interrogatorio y ser identificado. Parece que dos no lo han superado y se quedan all apesadumbrados. El bus sigue rodando por rutas oscuras, casi desiertas, entre controles y vehculos calcinados a los lados de la carretera. Cae la noche cerrada, y siguen pasando las horas. De pronto alguien armado sube al autobs, y al igual que los anteriores soldados, est encapuchado. Dicen que es la milicia de Luhansk. Ya hemos cruzado. Lbrega y fra, Luhansk de noche es un gran apagn, no solo de luz, sino de vida. Las calles estn desiertas y en ellas no se va ms all de un palmo, sea en el centro urbano o en sus zonas residenciales. Debido a la falta de agua corriente y luz elctrica, la prctica totalidad de los hoteles permanecen cerrados, as como los restaurantes, las tiendas, los bancos y sus cajeros automticos. Una buena parte de la poblacin se ha marchado desde que comenzaron a sufrir los bombardeos el verano pasado, pero otros muchos se han quedado, lo que le da un tono de dignidad a esta ciudad de edificios ruinosos, supermercados vacos y colas de ancianos que an a riesgo de un resbaln sobre el hielo salen a por agua, velas y comida. La estacin de autobuses fue bombardeada por el ejrcito ucraniano, como varias escuelas, centros de salud, apartamentos y guarderas. Nada ha escapado al fuego de los batallones y brigadas llegados del Oeste, pues tal y como asegura el profesor de universidad Alexander Novikov, quieren arrasarlo todo. Evidentemente es gente de fuera, pues nadie que fuese de aqu bombardeara la cola del pan y el colegio donde podra estar su hija o abuelo. Del edificio de la administracin regional, lugar en el que se gestiona la nueva Repblica Popular de Luhansk, entran y salen funcionarios, cosacos armados y voluntarios rusos. En la sala de prensa, donde despachan una penosa acreditacin de prensa y nadie habla ingls, nunca se ven periodistas occidentales. Segn Oksana, su responsable de prensa, para ellos, esta guerra mas que olvidada est ya contada. Los que nos bombardean son los buenos, y los bombardeados, somos los malos. Los pocos periodistas extranjeros interesados en contar lo que pasa son rusos, aunque a su trabajo en Europa Occidental lo llaman siempre propaganda, asegura la responsable de prensa.

Para el reportero Alan Bulkaty, de la agencia ITAR-TASS, yo creo que a los europeos y americanos les gusta Donetsk por su importancia futbolstica y su cmodo acceso desde Kiev, pero casi nadie se planta en Luhansk, donde la situacin es tanto o mas compleja. La pequea repblica tiene la guerra larvada en su interior. A muy pocos kilmetros del centro de la ciudad existen varios frentes, as como varios batallones de la temida Guardia Nacional (irregulares de grupos neonazis) enquistados por varios rincones de su interior. Como afirma el veterano Sergei, un miembro de la escuela de oficiales de sovitica formado en Leningrado, esto no es como la gente se piensa, con lneas del frente claras en el permetro del rea rebelde, sino que adems de eso, hay grandes grupos de ucranianos activos dentro del territorio liberado, y muchos das no se sabe bien qu ruta es segura o cuando y por donde puedes ser atacado.

Uno de esos lugares es la carretera que lleva a la planta energtica que abastece Luhansk, en Shchastya. Morteros y fuego cruzado a escasos kilmetros del centro urbano. Llegar hasta all requiere tomar una carretera en la que no conviene parar. A la derecha de esta, las posiciones de las fuerzas ucranianas, y al otro lado, no por muchos kilmetros, las de los milicianos de la repblica popular. El camino es un tortuoso rosario de trincheras abandonadas, crteres de todo tamao, y puestos de control calcinados. En una cuneta hay minas que asoman amenazantes el percutor sobre el asfalto, por eso todava quedan cajas de artillera sin detonar ni ser requisadas por los milicianos. De fondo, se escuchan con regularidad las detonaciones de los misiles GRAD. Cuando se perciben mas cerca, a los escasos transentes que por aqu circulan les toca decidirse. O parar y tomar refugio o acelerar hasta sobrepasar la zona de peligro.

Uno de estos tristes lugares en los que la gente ha adaptado sus rutinas al penoso devenir de la guerra es Metalist, un deteriorado conjunto de viviendas con centro de salud, cultura y escuela de la era sovitica. Situado en primera lnea de fuego, varias plantas de sus edificios de apartamentos han sido arrasadas, aunque an vive gente dentro. Anastasia es profesora all, aunque la escuela fue destrozada y ahora dan clases en unos garajes. Los que tenemos delante son del batalln Aidar. Van de profesionales, pero son ultras del ftbol, delincuentes de grupos neonazis, expresidiarios; lo peor de lo peor nos ha tocado. El batalln Aidar es uno de esos grupos que como el Azov y otros grupos de irregulares, lucen sin rubor simbologa nazi junto a banderas de la UE o la OTAN. Concretamente los de Aidar aqu presentes tienen multitud de investigaciones abiertas por parte de la OSCE y Amnista Internacional, quienes les acusan de crmenes de guerra, como ejecuciones sumarias, desapariciones forzadas, torturas y el asesinato de dos periodistas.

La propaganda es un elemento fundamental de toda guerra, y la nuestra no iba a ser la excepcin En una discreta base de las milicias a la que nos han trado en un minibus, el presidente electo, gor Pltnitski (un exmilitar de la era sovitica metido a hombre de negocios) ha convocado a dos agencias de noticias rusas y a Junge Welt para dar su versin de los hechos y como dice l mismo, mostrar su disposicin a resistir pueblo por pueblo y calle por calle. Tras haber pasado lista a la tropa y realizar un recuento de armamento y municin, el presidente y su comitiva se dirige al ltimo lugar donde los cohetes del ejrcito ucraniano han hecho sus mas recientes estragos. Al llegar, las familias vctimas del ataque se muestran impotentes, pues aseguran que es imposible protegerse de los bombardeos. Lanzan cohetes y morteros a cualquier hora y lugar. Adems, sin trabajo y dinero no podemos reconstruir lo destruido.

El presidente, que posa para las fotografas pero elude responder a preguntas directas sobre el tipo de ideologa que predominar en sus polticas, asegura que el nombre de Repblica Popular no es por casualidad. El apego a las necesidades de la gente es nuestra prioridad. Tras un breve almuerzo, Pltnitski acude a una manifestacin contra el fascismo que han organizado los estudiantes en el centro de la ciudad. De entre las muchas banderas rusas, se distinguen una docena del partido comunista. Yuri, un hombre de mediana edad vestido de camuflaje y miembro del partido se re al ser preguntado si en conjunto, el proyecto liderado por gor Pltnitski tiene algunos de los elementos propios de la lucha de clases. No, apenas los tiene, aunque s una gran sensibilidad por el mundo obrero, pues es lo que somos. Yuri remarca que lo que es seguro es que aqu casi todos tenemos cierta sensibilidad socialista y buenos recuerdos de la era sovitica. Para l, adems existe un factor que los cohesiona en un bloque decidido a resistir. Todos tenemos claro que tenemos frente a nosotros a fascistas de corte abiertamente neonazi que no estn solos, sino con el capitalismo occidental de la UE y la OTAN. Al fondo, tras l, dos uniformados de una milicia rusa tienen cosida una calavera blanca sobre un fondo negro. Por lo que se comenta, en Luhansk hay algunos elementos del nacionalismo identitario ruso, aunque el comunista Yuri asegura que son muy pocos y no son del estilo nazi que s existe entre los ucranianos del Este. De otro modo no estaran aqu, luchando codo a codo con comunistas como yo.

La manifestacin termina y todos recogen sus banderas. Los camaradas de Yuri, las diferentes milicias populares y los estudiantes. Toca regresar a las casas, cuarteles y trincheras. Con la tarde cae el fro y la creciente sensacin de que esta guerra se congela.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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