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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 03-04-2015

La revolucin pasiva que padecemos

Alberto Garzn
La Marea


Todo cambia, nada permanece. Lo tenemos escrito y pensado desde la antigedad, pues Herclito de feso ya nos explic que no podamos entrar y salir del mismo ro pues ni nosotros ni el ro seramos los mismos. Pero tambin se ha escrito en la modernidad, y la tesis del materialismo histrico desarrollado por Marx pivota sobre esa constatacin. Incluso lo cant bellamente la gran Mercedes Sosa. Sea como sea, hay acuerdo en que todo cambia. Y los sistemas polticos no son ajenos a ese proceso. La pregunta ms pertinente es hacia dnde se cambia?

Comencemos por un punto bsico. Las personas no nos relacionamos unas con otras en el vaco. Utilizamos instituciones, normas y reglas que nos evitan tener que empezar siempre desde cero. Por ejemplo, cuando queremos denunciar una injusticia vamos a un juzgado. Ese juzgado, con sus recursos y empleados, ya est ah porque nuestra comunidad poltica ha creado y diseado esa institucin previamente. Y es que sera todo un fastidio tener que crear un sistema judicial nuevo por cada injusticia detectada. Ni el castigo a Ssifo superara tamaa tarea.

Por eso, una comunidad poltica vive siempre en un mbito institucional que tiene la apariencia de haber estado siempre ah. De hecho nos parece natural que exista un cuerpo policial, un sistema educativo o sanitario e incluso un parlamento, pero lo cierto es que todas esas instituciones se tuvieron que disear en algn momento histrico. Esas instituciones rodean y envuelven nuestra vida cotidiana, pero tambin van cambiando.

Por eso puede afirmarse que ser inevitable ver nuevos procesos constituyentes, es decir, procesos que constituyan nuevas instituciones polticas o que produzcan cambios radicales en los diseos vigentes hasta ese momento. Habitualmente estos procesos se refieren a la institucin suprema, la Constitucin, y por eso en Espaa los hubo en 1912, 1931, o en 1978, por ejemplo. No obstante, no todos los procesos constituyentes son iguales. A veces los procesos constituyentes tienen una perspectiva popular que refleja las demandas y exigencias de las gentes ms desfavorecidas, esto es, lo que llamamos comnmente el pueblo. As fue claramente en los casos de Francia entre 1789 y 1792, de Mxico en 1917, de Rusia en 1918 y 1924, de Espaa en 1931 o de Italia en 1948. Sin embargo, otras veces los procesos constituyentes son dirigidos desde arriba, desde las mismas lites que gobernaban las instituciones previas. Al margen de las numerosas contrarrevoluciones, el ejemplo ms reciente y evidente de este tipo es el de la construccin de la Unin Europea.

Un proceso constituyente implica a su vez un proceso deconstituyente, porque la constitucin de nuevas instituciones se hace sobre la deconstitucin de las anteriores instituciones. Expresado vulgarmente, si quiero algo nuevo es porque no me gusta lo viejo o directamente no lo tengo; si quiero democracia real es porque la que tengo me parece ficticia o falsa. Por eso puede afirmarse que una crisis institucional es el reflejo de una enorme grieta, de un proceso deconstituyente abierto de facto.

As pues, hay momentos polticos en los que las instituciones vigentes se ponen en cuestin. Es entonces cuando se abre el debate sobre cmo han de cambiar, y en ese momento diferentes proyectos polticos confrontan entre s en torno al tipo de instituciones nuevas que hay que crear.

Transformacin o revolucin pasiva

Es evidente que en Espaa hay un enorme desprestigio de las instituciones actuales, creadas fundamentalmente en el proceso constituyente de 1978. No hace falta abundar en muchos datos, pues la percepcin de crisis institucional es total. Tal crisis institucional, al producirse paralelamente a una grave crisis econmica deviene en lo que el histrico dirigente comunista Antonio Gramsci llamaba crisis orgnica. Y que nosotros, desde hace aos, hemos convenido en llamar crisis de rgimen. Ello es simplemente constatar un masivo sentimiento de indignacin ante el sistema poltico vigente y los perversos efectos que produce sobre la vida de las gentes.

Gramsci saba que la irrupcin de una crisis orgnica slo es posible cuando el bloque dominante, que en nuestro pas est conformado por la lite econmica y la lite poltica, es incapaz de resolver una grave crisis econmica. En ese momento se pone en cuestin absolutamente todo lo poltico, y se abre una oportunidad para la transformacin real. Si los ms desfavorecidos, el pueblo, se saben organizar, pueden aprovechar para disputarle el poder al dbil bloque dominante y convertirse ellos mismos en la nueva clase dirigente. Entrar por la grieta del sistema. Pero tambin puede suceder, claro est, que ese bloque dominante logre restaurarse y recuperar el control de la poltica.

Precisamente Gramsci llam revolucin pasiva a esta segunda opcin, es decir, al proceso poltico cuyo objetivo es la reforma del sistema desde arriba. Esto es, donde el bloque dominante es el que dirige el inevitable cambio. Gramsci detectaba dos momentos en el proceso de revolucin pasiva. El primero, la restauracin. En ese primer momento el bloque dominante trata de bloquear la organizacin popular que crece al calor de las demandas polticas, evitando de esa forma una transformacin radical del sistema desde abajo. El segundo, el transformismo. En este momento el bloque dominante recoge algunas de las demandas populares y las hace suyas, adaptndolas previamente a sus propias necesidades y confundiendo as a los ciudadanos indignados.

Un caso ejemplar de transformismo es el que realiz Mara Dolores de Cospedal en Castilla-La Mancha, cuando hace dos aos y en mitad de la ola de indignacin frente a la llamada clase poltica aprovech para crear una ley electoral profundamente injusta. Se subi al caballo popular de la rabia, pero para cabalgarlo hacia sus propios y oscuros fines. Si la clase poltica era la culpable, quin se iba a oponer a bajarles el sueldo o reducir el nmero de diputados. Muy parecido al caso italiano, donde Mario Renzi recogi el caldo de cultivo creado por el movimiento 5 Stelle durante aos. Renzi us la ira popular contra la clase poltica, s, pero para apuntalar el propio sistema poltico y sacar de la crisis al Partido Democrtico. En realidad, los cdigos primarios por los que un votante que simpatizaba con el 15-M pudo votar a Cospedal son los mismos. O por los que el votante se desplaz desde Beppe Grillo a Mario Renzi.

Es importante insistir en un punto esencial sobre la revolucin pasiva. sta se produce porque comparte el diagnstico de que hace falta un cambio. Es posible cuando el bloque dominante acepta tambin que las viejas instituciones ya no son suficientes ni adecuadas para mantenerles en el poder, y cuando entiende que han de actuar antes de que otro sujeto tome el control de la situacin. Es decir, la caracterstica crucial de la revolucin pasiva es que surge para disputarle la direccin del cambio a las organizaciones populares.

La singularidad de esos momentos es que determinados proyectos antagnicos se disputan entre s la victoria, pero coincidiendo todos ellos en el descrdito de las instituciones previas o, dicho de otra forma, en la necesidad de superarlas. En la necesidad del cambio. Esto es importante, porque significa que proyectos polticos antagnicos pueden compartir un espacio comn: el de la necesidad de un cambio. El corolario sale rpido: si esos proyectos polticos no perfilan y distinguen sus propias propuestas ideolgicas, y si se mantienen en el llano discurso de deseo de superacin de instituciones preexistentes, entonces tales proyectos polticos pueden ser en gran medida intercambiables.

El caso espaol y la tentacin populista

A nadie se le escapa que la cultura poltica nacida del 15-M fue una cierta cristalizacin de las demandas populares. El 15-M fue desde el inicio la manifestacin de la frustracin e indignacin ciudadanas, que empezaba a revelar la crisis institucional en ciernes. Sobre ello hemos reflexionado durante aos.

La irrupcin de una fuerza nueva como Podemos fue un paso ms en el proceso de manifestacin de esa crisis institucional. Supieron canalizar la ira ciudadana, pero su estrategia de captacin de esa ira y sus votos- se basaba fundamentalmente en una controlada ambigedad ideolgica. Y esa era su fortaleza y su debilidad al mismo tiempo. Basndose en las tesis del argentino Ernesto Laclau, llamadas acadmicamente populismo de izquierdas, vaciaron ideolgicamente el mensaje de tal forma que lograron atraer a un heterogneo conjunto de potenciales votantes. Ni de izquierdas ni de derechas, insistan. Rompieron los cdigos polticos tradicionales para atraer votantes, pero no incluyeron ningn elemento de pedagoga poltica. No se convenca a nadie sino que te convertas en espejo fiel de la indignacin y de las ganas de cambio.

He ah la diferencia estratgica fundamental con la izquierda clsica. La izquierda siempre se ha basado en la pedagoga y en la necesidad de convencer a las gentes trabajadoras de que hay que apoyar proyectos polticos de transformacin real. Es absurdo decir que la estrategia de Podemos es gramsciana. Gramsci crea en los partidos polticos como promotores de una reforma moral e intelectual de la sociedad, y daba una importancia crucial a la creacin de una nueva concepcin del mundo. Es decir, la clave gramsciana es poner de acuerdo a la gente en torno a la necesidad de construir determinadas instituciones a favor de la mayora social. La hegemona gramsciana no es una cuestin cuantitativa cuntos te votan porque se ven reflejados en tu discurso- sino cualitativa si se produce o no la interiorizacin de tu concepcin del mundo. Adems, la hegemona gramsciana no se construye nicamente discursivamente en los medios de comunicacin de masas-, sino sobre todo en la praxis en el activismo social y sindical.

En el debate que mantuvimos en Fort Apache, y en el que estaban presentes los principales dirigentes de Podemos, hablamos precisamente de todo esto. Tambin lo hicimos en cierta medida en el debate que mantuve con Pablo Iglesias antes de las elecciones europeas. La utilizacin de significantes vacos tales como casta son hipotecas de cara al futuro. Se convierten en conceptos en los que la gente proyecta sus fantasas polticas en sentido lacaniano-, pero sin mayor compromiso que ese mismo. Y, lo ms importante, se transforma todo en un fenmeno reapropiable por otros sujetos polticos. Es decir, es el perfecto trampoln para facilitar el transformismo gramsciano que hemos descrito ms arriba. Porque la estrategia es precisamente no ir ms all del deseo de cambio, pero ese es un espacio compartido con otros proyectos polticos.

No es lo mismo usar el concepto casta que oligarqua o burguesa. Cada uno de esos conceptos se inserta en un marco discursivo diferente, atrayendo ms o menos en funcin de la ideologa y la cultura poltica del receptor. Nos roba la burguesa no quiere decir lo mismo que nos roba la oligarqua o nos roba la casta. Significan cosas diferentes para el receptor, que tiene su propia caja de herramientas ideolgica para interpretar tales afirmaciones. Cuanto ms vaco es el significante y casta parece mucho ms vaco que oligarqua o burguesa-, ms gente simpatizar con el concepto. Pero esa gente no simpatizar con casta porque haya detrs una reflexin poltica que concluya la necesidad de una transformacin de un tipo determinado. Simpatizar porque refleja sus propias fantasas de encontrar un enemigo que encaje en su propio relato.

As, un uso discursivo de este tipo puede permitir atraer de forma rpida una gran cantidad de simpatizantes-votantes. Gentes que en principio no comparten nada salvo un nuevo marco discursivo basado en unos cuantos pilares casta frente a pueblo- y la propia necesidad de un cambio. Por eso algunos calificamos, desde el aprecio y la honestidad intelectual, a Podemos como maquinaria electoral y no como organizacin poltica clsica. Eso s, este es un rasgo comn en todas las organizaciones no slo a Podemos- aunque sea en diverso grado, y que opera muy perversamente en la izquierda. Pero lo importante aqu es que mantenido en el tiempo, esa estrategia populista tambin crea agenda poltica y va configurando un nuevo sentido comn.

Es fcil de ver. Al principio de la crisis las principales preocupaciones de la gente eran el paro y la economa. Tenan que ver con sus propias condiciones materiales de vida. Sin embargo, en el ltimo perodo poltico la agenda poltica ha girado hacia casos de corrupcin en los que la clase poltica y la casta son los blancos perfectos. Cambian as las preocupaciones y las demandas populares. Pero tambin los enfoques! Hablar de casta o clase poltica es situar el foco en el sujeto corrupto, pero obviando al corruptor. Algo que no sucede con otra terminologa ms contaminada pero ms rigurosa como oligarqua o burguesa. En todo caso, el eje de anlisis se desplaza y as la dicotoma nuevo-viejo (que opera en toda crisis institucional y especialmente cuando existe a la vez una ruptura generacional) se empieza a describir en torno a la corrupcin. Los viejos son todos corruptos, los nuevos todos limpios. Da igual si tiene eso sentido o no: el terreno de juego tambin cambia.

La respuesta del bloque dominante

Una mxima marxista es que el Estado opera como una unidad de decisin; es decir, no es neutral. As, el bloque dominante no es un nico partido poltico o una gran fortuna. El bloque dominante est presente, como poder, en varias fuerzas polticas y en determinados sujetos polticos. El bloque dominante es, en esencia, la oligarqua, y eso implica tambin al Gran Partido de Orden que conforman las direcciones polticas del PP y PSOE.

Pero si el terreno de juego haba cambiado, y el eje nuevo-viejo era ahora el que operaba con ms fuerza, entonces el bloque dominante tena que responder para llevar a cabo su revolucin pasiva. El primer paso, como vimos, fue bloquear la respuesta social desde abajo. Eso se consigue con ms represin y ms miedo, buscando la desmovilizacin. Pero tambin silenciando a la izquierda y promoviendo su fragmentacin electoral. Todo ello eran estrategias previsibles. El segundo paso, el transformismo. Consista en promover nuevas fuerzas polticas, y tambin a nuevos sujetos polticos dentro de las fuerzas antiguas, que compartieran la necesidad del cambio. Pero un cambio que no fuera desde abajo y revolucionario sino tranquilo, seguro y elitista. Un cambio que fuese, en realidad, recambio y no transformacin. El cambio de rey, el apoyo a los nuevos liderazgos en el PSOE y el apoyo del poder econmico a una formacin como Ciudadanos son claros ejemplos. Dicho claramente: el IBEX-35 ha movido ficha. La estrategia de la Gran Coalicin, de gran fama hace dos aos, ha sufrido algunos cambios debido al desplazamiento que ha provocado el poderoso eje nuevo-viejo.

Pero la operacin del bloque dominante es la misma: la restauracin del sistema por medio del transformismo. De ah que est en marcha una suerte de segunda transicin en Espaa, pero dirigida por el mismo bloque dominante. Ese gran poder privado y salvaje que teme un cambio desde abajo y desde la izquierda y que quiere ajustar el sistema desde arriba y la derecha.

Si el anlisis previo es cierto, y lgicamente as lo entiendo yo, uno puede extraer varias conclusiones:

  1. La tentacin populista, como la llama Slavoj Zizek, es una mala respuesta para las clases populares. Sin duda puede ser efectiva en el corto plazo en trminos electorales, pero promueve el pensamiento dbil, las decisiones antidemocrticas (puesto que siempre requiere de un hiperliderazgo) y, sobre todo, crea un caldo de cultivo un sentido comn, un sentir y unas preocupaciones- que son reapropiables por sujetos polticos antagnicos que usen la misma estrategia pero con ms recursos o acierto.
  2. La izquierda se ve fragmentada electoralmente y en gran medida desconcertada. Ello obliga a repensar las formas organizativas y los nuevos contextos y cdigos polticos. Obliga, a mi juicio, a acelerar las reformas democrticas internas y la desburocratizacin de los procedimientos. Es decir, la recuperacin de los principios republicanos-socialistas. La vuelta a los orgenes.
  3. La unidad popular aparece como el instrumento ms til para enfrentar contextos en los que el bloque dominante reacciona y tambin para construir en un contexto de oportunidad poltica. Pero ello slo puede lograrse si la cooperacin entre fuerzas sociales se practica de forma horizontal y no priman elementos propios de la vieja poltica y las camarillas burocrticas.
  4. Probablemente combatir el proceso de espectacularizacin de la poltica, donde los anlisis se quedan en la epidermis del problema y triunfan los grandes titulares frente a la reflexin sosegada, tenga que ser combatido con ms fuerza. Eso no significa abandonar los terrenos donde hoy se conforma la opinin pblica, ni mucho menos, sino complementarlos con la presencia en los conflictos. Presencia que, salvo honrossima excepciones, est siendo abandonada al calor del ilusionismo electoral del que muchos somos responsables.

El proceso constituyente sigue abierto. No es que no haya llegado o no vaya a llegar, como pretenden hacernos creer quienes todava piensan en trminos del siglo XX. Ya est aqu, porque todo cambia. La cuestin es hacia dnde se da ese proceso constituyente. Pidmosle a la izquierda, exijmonos a nosotras, altura de miras para estar a la altura del momento poltico. No nos jugamos las prximas elecciones sino las prximas generaciones.

Fuente: http://www.lamarea.com/2015/03/31/la-revolucion-pasiva-que-padecemos/



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