Portada :: EE.UU. :: Katrina, con el neoliberalismo al cuello
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 07-09-2005

El Katrina, made in USA

Atilio Boron
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El discurso oficial de la Casa Blanca asegura que el Katrina es un desastre natural, ante el cual las autoridades poco o nada pueden hacer. Sin embargo, un anlisis serio del asunto conduce a otras conclusiones. En primer lugar, lo ocurrido era previsible y prevenible, como las inundaciones de la ciudad de Santa Fe. Slo que en lugar de que la catstrofe se abatiese sobre la periferia de la periferia tuvo lugar en el corazn del sistema imperialista. Esto demuestra, tanto aqu como all, a quines sirve el estado y el gobierno de las mal llamadas democracias capitalistas, que tienen casi nada de lo primero y demasiado de lo segundo. El precio de tanta desproteccin son miles de vidas norteamericanas, en una cifra que ya se estima muy superior al de las vctimas del 11-S, y que no por casualidad afecta a regiones con predominio de poblaciones negras e hispanas que, como todos saben, no son las que ms preocupan al presidente Bush. Tanto es as que, en un gesto que lo pinta de cuerpo entero, enterado del desastre este pobre personaje manifest su compasin por la gente de esa parte del mundo, lapsus que delata que esa parte no es la suya. El fenomenal deterioro ambiental a que est sometido nuestro planeta tiene como una de sus causas principales el recalentamiento de la atmsfera, a la cual los Estados Unidos contribuye como ninguno con su criminal despilfarro de combustibles fsiles. Ni bien iniciado su gobierno Bush retir la firma que en los ltimos das de su mandato haba puesto Clinton en el Protocolo de Kyoto, un gesto indito en los anales de la diplomacia norteamericana. Sin creer que tal protocolo sea la solucin -que no existe dentro del capitalismo dada su naturaleza eminentemente predatoria- era por lo menos un paliativo. Pero Bush dijo que perjudicara la rentabilidad de las empresas norteamericanas, por lo que fue rpidamente desahuciado.

Segundo, la indefensin de los pobres que habitan esas zonas es producto de las prioridades del gobierno democrtico de los Estados Unidos. Lo ms importante es apoderarse del petrleo de Irak y garantizar para las empresas que financiaron la carrera poltica de la elite gobernante que sus beneficios no se veran menoscabados. El fenomenal dficit fiscal que esto provoca es un asunto de poca importancia. Hay que sostener a cualquier precio esa aventura imperialista con tropas, pertrechos, alimentos, vehculos de todo tipo que, en realidad, deberan estar en su propio territorio para enfrentar previsibles acontecimientos como el Katrina y para garantizar salud y educacin a casi cuarenta millones de norteamericanos que carecen de ella. La ambicin imperial exige recortar presupuestos postergando obras pblicas imprescindibles, como el reforzamiento de los diques que protegan a Nueva Orleans, reduciendo los programas asistenciales y dejando en el desamparo a millones de personas. Claro que como pocos de ellos votan en las amaadas elecciones no hay razones para preocuparse demasiado. Salvo una catstrofe, claro.

Tercero y ltimo, el Katrina desnud lo que los perfectos idiotas latinoamericanos los Vargas Llosas, Montaners y otros de su ralea- han tratado de ocultar desde siempre: el modelo de sociedad que quieren vender al resto del planeta, el American way of life basado en el ms desenfrenado egosmo y el consumismo sin lmites es, en realidad, una siniestra utopa negativa. En muchos pases del mundo desarrollado han ocurrido catstrofes similares a la del Katrina, como en Japn, con el terremoto de Kobe, y lo que invariablemente ha ocurrido fue un florecimiento de la solidaridad social. En los Estados Unidos, en cambio, la profunda patologa social de ese pas produjo el efecto contrario: un feroz slvese quien pueda que gener saqueos en gran escala, violencia indiscriminada y bandas armadas sueltas por las calles aterrorizando a sobrevivientes y a las patrullas de rescate. Tales aberraciones nos hablan de una sociedad alienada y profundamente escindida, que si no se desintegra en una horrorosa pesadilla hobbesiana de guerra de todos contra todos es merced a su formidable aparato represivo: esos millones de policas, guardias privados y destacamentos armados de todo tipo, ms un sistema carcelario que, medido en trminos per cpita, no tiene parangn en el mundo. Una sociedad que, en realidad, no es tal a causa de su exacerbado individualismo y total falta de solidaridad. Por eso, ni bien la omnipresencia de los aparatos represivos se relaja la descomposicin moral de la sociedad norteamericana -la que condena a millones a la drogadiccin y exige instalar detectores de metales en las entradas de las escuelas primarias para evitar que los nios introduzcan armas de fuego o puales- aflora con la violencia de un volcn. Los bien pagados impostores que siguen proponindonos a los Estados Unidos como un ejemplo, y que apenas ayer cantaban loas a Pinochet y Videla, quedaron tambin ellos al desnudo, como los sufridos habitantes de Nueva Orleans. Pero a diferencia de stos, que gritan su rabia, aquellos permanecen en un vergonzoso silencio, confesin inapelable de su infamia.



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