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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 27-04-2015

La deshumanizacin de la poltica

Juan Castillo y Cia
Rebelin


En el ao 2012 la jueza Elena Liberatori dict un fallo ordenando al gobierno de la Ciudad Autnoma de Buenos Aires a urbanizar la Villa Rodrigo Bueno, de la Costanera Sur. La sentencia que determinaba que el asentamiento fuera incorporado al Programa de Radicacin e Integracin de Villas, estableca que la administracin portea deba proveer los servicios bsicos (agua, luz, gas, cloacas) a las ms de 3000 personas -donde prcticamente el 50% de ellas son menores de edad- que habitan el mencionado barrio y realizar aquellas obras de infraestructura para tornar habitable el lugar en cuestin.

Ante semejante sentencia, la alcalda portea, lejos de atender y satisfacer las necesidades de la poblacin, opt por apelar el fallo y abstenerse de realizar las obras exigidas. Bien lo seal el delegado barrial: Es una vergenza, a todos los vecinos de la villa nos asombra que un poltico que pretende ser presidente de la nacin apele una resolucin que obliga a proveer agua potable para nuestros nios.

Indudablemente, no menos vergonzosa fue la sentencia dictada por la Sala II de la Cmara de Apelaciones que el ao pasado anul la resolucin de la jueza, eximiendo al gobierno porteo de la obligacin de atender esa clase de necesidades.

Lo cierto es que mientras en el terreno judicial se ventilan estas cuestiones -y donde los criterios de justicia, como podemos apreciar, son tan dismiles que no resulta extrao encontrarnos con fallos diametralmente opuestos, algunos de ellos capaces de prolongar en el tiempo (como bien lo permiti la Cmara de Apelaciones) una situacin extremadamente injusta- los habitantes del lugar, no solo no obtienen una equitativa respuesta acorde con sus demandas; sino que, por el contrario, deben contemplar pasivamente la produccin de hechos trgicos, absolutamente evitables de haber contado con gobiernos dotados de un mnimo de sensibilidad social.

Uno de estos hechos trgicos a los que hacemos referencia sucedi hace poco ms de un mes cuando el nio Gastn Huaman falleci al caer en un pozo ciego, de aproximadamente unos 4 metros de profundidad, el pasado 9 de marzo.

Es menester sealar que el mencionado pozo suele ser desagotado por la UGIS (Unidad de Gestin e Intervencin Social de la administracin de la Ciudad) y al decir de los vecinos no con la frecuencia necesaria, que adems se encuentra desealizado, lo que imposibilita que la totalidad de los habitantes del lugar conozcan su exacta ubicacin.

Lo cierto es que si bien los vecinos hicieron un denodado esfuerzo para rescatar al nio; una vez logrado el dificultoso rescate, la ambulancia del SAME no solo tard segn cuentan los habitantes del barrio ms de cuarenta minutos en llegar; sino que una vez hecho su arribo, se neg a entrar en el interior del barrio, lo que determin que los propios vecinos debieran trasladar al pequeo a cuestas para ser atendido por los mdicos. Lo concreto es que el impber Gastn falleci y es muy factible que de haber sido asistido a tiempo no estaramos lamentando ste hecho trgico y mucho menos si las elementales obras se hubieren realizado como lo exiga la sentencia de primera instancia.

Lamentablemente, el nio pas a formar parte del triste registro de seres inexistentes; no obstante, si uno observa con un poco ms de agudeza la tragedia en cuestin, podr percibir que buena parte de los habitantes de las distintas villas porteas configuran de antemano una suerte de ciudadanos fantasmas. Y lo de ciudadanos es, en verdad, un eufemismo, ya que si bien en el plano estrictamente formal gozan de un cmulo de derechos; en el plano material sus reclamos son desodos recurrentemente lo que implica que los mentados derechos rara vez pueden ejercerse.

As mientras el gobierno de la Ciudad los ignora, y la justicia no atiende a sus reclamos ms elementales, los grandes medios -en connivencia con el ejecutivo porteo- los invisibilizan, cual si no existiesen, a los efectos de no daar la imagen del actual jefe de gobierno, Mauricio Macri, que se encuentra en plena campaa electoral.

Lo doloroso de este hecho trgico -que por otra parte no es el nico- es que no solo pone de relieve la ausencia de polticas destinadas a contemplar las necesidades sociales; sino que deja al desnudo cual es la consideracin que la administracin macrista tiene del factor humano.

Cuando un gobierno flexibiliza los controles sobre los edificios que se construyen en la ciudad y que culminan derrumbndose y ocasionando prdidas humanas irreparables (40 derrumbes desde el ao 2008), cuando se permite operar a una empresa en condiciones de seguridad absolutamente inaceptables sin ajustarse a la reglamentacin vigente (caso Iron Mountain) que, y como consecuencia de un incendio, termin arrojando un saldo de nueve vctimas fatales, cuando acontecen sucesos como los de Gastn, es dable preguntarse si dentro de las prioridades de gobierno se encuentra el gnero humano como elemento a tener en cuenta al momento de ejecutar polticas.

Sin olvidar obviamente los atropellos cometidos contra los internados en el Hospital Borda o las expediciones punitivas contra los sin techos en los espacios pblicos controlados por la UCEP (Unidad de Control de Espacios Pblicos), sera un buen ejercicio detenernos un momento a pensar porqu suceden estas cosas en el mbito capitalino.

Por qu hay, al parecer, un estereotipo deshumanizador que condena a determinadas personas a no ser escuchadas cuando formulan reclamos sumamente imprescindibles? Acaso la dcada del noventa nos ha extraviado tan completamente que ha hecho que una franja de la poblacin sea incapaz de pensar en trminos humanitarios? Se puede elegir como gobernante a alguien que se niega a proporcionar los servicios bsicos para un nmero considerable de personas? Es coherente, por ejemplo, respaldar a un candidato a gobernador (entre ellos Miguel Del Sel) que recurrentemente hace alarde de un discurso misgino en un contexto social caracterizado por la violencia de gnero?

La realidad indica que se puede elegir gobernantes despojados del ms mnimo criterio humanitario, porque para una franja cuantitativamente importante de nuestra poblacin, contrariamente a lo que sostena Terencio, todo lo que es humano le es ajeno. O en su defecto tienen una concepcin muy restringida del alcance de la palabra humano.

Es duro reconocerlo y hasta resulta indignante preguntarse qu clase de hombres (y en el trmino se incluyen las mujeres) pueden elegir esa clase de gobernantes.

Sorprende que una sociedad que se dice cristiana no repare en estas cuestiones o acaso ser absolutamente real aquella clebre expresin de un destacado filsofo alemn cuando sostuvo que en el fondo, nunca hubo ms que un cristiano, y ese muri en la cruz.

Un discurso temerario

En lnea con esta postura est comenzando a aflorar un discurso peligroso. Indigna sinceramente escuchar las voces de algunos comunicadores sociales (entre otros, Baby Etchecopar) denigrando a quienes perciben un subsidio y calificndolos de basura inmunda. Obviamente, solo un descerebrado puede congeniar con esos argumentos; se podr decir que la misma condicin (de descerebrado) se deber tener para escuchar a esos comunicadores -cosa que acepto evidentemente-, pero la prctica del zapping, en ocasiones, nos brinda esta clase de imprevistos.

Ahora bien, existe una llamativa creencia (y como toda creencia absolutamente infundada) que supone que la gente que vive en condiciones de precariedad o en la marginalidad lo hace por una eleccin propia. Como si vivir en esas condiciones fuere el resultado de un acto absolutamente voluntario. Quienes esto afirman, no reparan que esa existencia es consecuencia de un proceso histrico ajeno a la voluntad de los denominados marginales. No faltarn los imbciles (y recordemos la diferenciacin: idiota es el incapaz de hablar, el imbcil de hablar inteligentemente) que recurran al argumento tpico: yo conozco a uno que cobra el subsidio y esta todo el da en la calle, obviamente, como bien se dice, la excepcin confirma la regla.

Pero aun as, si la gran mayora de los subsidiados adoptara esa modalidad -cosa que no ocurre- sera consecuencia de antecedentes histricos que habran determinado que eso suceda. Y no estamos haciendo referencia a la historia individual de cada uno (si bien eso forma parte inescindible de nuestro ser) sino a la historia reciente de nuestro pas, y cuando digo reciente me refiero al perodo dictatorial incluyendo tambin a la dcada del noventa que, en el orden econmico-social, ha sido una continuidad lineal respecto de aqul modelo.

No se escucha cuestionar demasiado, por ejemplo, (me refiero a los grandes comunicadores) la fuga de divisas, precedente indispensable para desarrollar la otrora masa de desocupados que supo llegar a niveles exorbitantes (26% de la poblacin) en la dcada del 90.

Dicha fuga, que alcanz niveles descomunales, posibilit el desfinanciamiento del pas acentuando el derrumbe de nuestra economa y dejando un ejrcito de desocupados por debajo de la lnea de pobreza. Esto increment y consolid el desarrollo de amplias franjas de barrios carenciados a lo largo de nuestro pas. Donde, por cierto, sus habitantes fueron adoptando las nuevas modalidades de vida que ya no eran las del hombre trabajador, sino la del hombre desocupado.

Nadie puede ignorar aquello de que la existencia determina la conciencia, si bien no en trminos absolutos; tampoco en trminos desdeables. La experiencia de vida va forjando, de alguna manera, nuestra visin de la realidad y construyendo pautas culturales susceptibles de ser modificadas a medida que adquirimos conocimientos. Y no se puede pretender la revalorizacin espontnea de la supuesta cultura del trabajo cuando esa cultura le fue negada sistemticamente a toda una generacin. Es ms, hasta cuesta comprender como la gran mayora de los habitantes de los barrios tan humildes se esfuerzan por encontrar un trabajo digno y mejorar su condicin de vida a pesar de habrsele vedado el acceso laboral recurrentemente a lo largo de los aos.

Lo cierto es que esa gran masa de la poblacin condenada a la marginalidad y al desempleo no eligi encontrarse en esa situacin, sino que fueron vctimas de un modelo econmico y social configurado para beneficios de unos pocos. Esos mismos pocos que obtenan pinges ganancias en el pas y luego se llevaban sus dlares al exterior despojando al pas de las divisas necesarias para su crecimiento econmico y configurando, de ese modo, el verdadero drama de la desocupacin. Hoy los serviles voceros de esos pocos, a travs de los medios de comunicacin -cuyos propietarios, entre otras cosas, encabezan la lista de grandes fugadores- critican la existencia de subsidios a las familias carenciadas.

Cualquiera que se tome el trabajo de indagar al respecto podr corroborar que los subsidios dinerarios destinados a la poblacin de menos recursos son irrelevantes si los comparamos con los subsidios que en materia de energa se les otorga a la mayora de las empresas, lo mismo sucedera si lo cotejamos con los subsidios que recibe esa amplia franja de hogares con recursos suficientes para afrontar las facturas de los servicios pblicos; sin embargo, otra vez otra vez comienzan a hacerse or aquellas voces que condenan todo tipo de asistencia social.

Muchos de los que reproducen estos argumentos ignoran que esa asistencia posibilita una mayor demanda en el mercado interno, evitando la cada del empleo en un contexto mundial de crisis y reactivando la economa nacional porque, precisamente, el dinero que perciben los beneficiados vuelve al propio sistema econmico. Contrariamente a lo que sucede cuando los abanderados de la fuga de divisas se empean en sustraer dinero de nuestra economa para trasladarlo al exterior. El discurso del excesivo gasto pblico que buena parte de los gures de la economa, algunos candidatos de la oposicin y otros tantos periodistas independientes vienen desarrollando se orienta en esa direccin; es decir, en la que propugnan los apologistas de la fuga.

Como vemos esta cuestin que pasa inadvertida para mucha gente, no es para nada menor; est en juego el porvenir de una nacin, est en juego un modelo de sociedad que puede ser capaz de extenderle su mano al prjimo, como viene ocurriendo a lo largo de esta ltima dcada, o ignorarlo definitivamente. Pero eso s, s de esto se trata, se le exige a la vez a los ignorados que, en el marco de su exclusin, cumplan a rajatabla con el cumplimiento de sus obligaciones que, por cierto, no son de naturaleza tributaria.

Esta ltima concepcin es la que abrazan estos apolticos desideologizados que aspiran a conducir los destinos de nuestro pas invocando a todos, pero que al momento de disear sus polticas solo escuchan a sus asesores que, por otra parte, suelen ser los representantes de unos pocos. Claro que, fuera de lo poltico, con Macri y con Del Sel va a estar buena la Argentina.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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