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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-05-2015

Guerras perifricas
Ensayo en torno a la guerra del pacfico

Ral Prada Alcoreza
Rebelin


ndice:

 

Guerra perifrica y geopoltica regional

Pensamiento propio

Notas sobre el Tratado de 1904

La nacin mapuche, la olvidada del conflicto del Pacfico

Sobre los alcances de las pretensiones polticas

 

Guerra perifrica y geopoltica regional

En torno a la guerra del pacfico

 

Dedicado a mi abuela Celsa Melgarejo y a mi madre Mara de los Remedios Alcoreza Melgarejo, quienes me transmitieron la historia de la guerra del Pacfico, rememorando la cada de combatientes familiares. De quienes aprend el valor de Atacama y sus costas.

 

 

El presente ensayo se propone una aproximacin retrospectiva a la guerra del Pacfico, desde el presente, algo as como una genealoga. Recogemos la veta abierta por Ren Zavaleta Mercado en La querella del excedente; texto de anlisis terico y crtico de la guerra del Pacfico, alejado de las historiografas tradicionales y los discursos chauvinistas. Zavaleta nos dej una reflexin profunda, a la vez apasionada, de esta contingencia que ha abierto heridas en los tres pases. Algunos diran ms en unos que en otro, incluso otros diran ms en uno que en los otros. Pero, la verdad es que desde la guerra se han formado como sentidos comunes de enemistades labradas por los aos, en lo que va de ms de un siglo, que transcurre desde la culminacin de la guerra, por lo menos en algunos sectores de las poblaciones. Por otra parte, Bolivia, no solamente como Estado, sino como pas, ha quedado enclaustrada, perdiendo su acceso al Pacfico. Es aceptable esta condicin como consecuencia de una guerra? Sabemos que la guerra no puede otorgar derechos de conquista, menos an dejar a un pas sin costa. Esta no es una buena condicin como principio de integracin. Los pueblos no son los que se inclinan por las guerras, sino sus estados y sus burguesas, tampoco pueden aceptar condenas territoriales como las del enclaustramiento. La opcin alternativa por la complementariedad de los pueblos, la solidaridad y las composiciones cooperantes entre ellos, es la base democrtica y participativa para la solucin de problemas pendientes. Y esta opcin alternativa es la base para la confederacin de los pueblos, que es la tarea pendiente de los pueblos, para corregir las mezquindades inaugurales de las oligarquas, que prefirieron las repblicas chicas, los Estado-nacin subalternos, en vez de la Patria Grande.

 

Prdidas territoriales

Qu se puede decir de un pas que ha perdido un poco ms la mitad de su territorio con el que ha nacido a la vida independiente? El pas naci a la vida republicana con una superficie pretendida de 2.363.769 km. A partir del ao 1860 empez a sufrir prdidas territoriales. En la actualidad, la superficie de Bolivia es de 1.098.581 kilmetros cuadrados. En relacin a su territorio actual, la diferencia es de 1.265.188 kilmetros cuadrados. Con Brasil pierde unos 490.430 kilmetros cuadrados, en sucesivos aos que comprenden 1860, 1867, 1893 y 1958. El principal conflicto con el Brasil es la Guerra del Acre. Con el Per se pierden 250.000 kilmetros cuadrados, principalmente por arreglos diplomticos, en 1909. Con Paraguay se pierden 234.000 kilmetros cuadrados, debido a la conocida guerra del Chaco (1932-1935). Con la Argentina se pierden 170.758 kilmetros cuadrados, por delimitaciones fronterizas, efectuadas por la va diplomtica, en 1897. Con Chile se pierden 120.000 kilmetros cuadrados, como resultado de la perdida de la guerra del Pacfico (1879-1883). Indudablemente la prdida ms sentida y conmovedora es la del litoral, pues, despus de firmado el Tratado de 1904, Bolivia se queda sin salida al Mar, condenndose a ser un pas mediterrneo.

Cmo se pueden explicar estas prdidas territoriales? A los y las bolivarianas, cuando conocemos esta triste historia, nos viene un sentimiento de frustracin temprano. En la escuela no nos explican por qu ocurri esto. En recompensa se nos entregan programas cvicos atiborrados de denuncias y de inflamado chauvinismo. Los estudiantes que atendemos estas clases quedamos atnitos, sin ninguna respuesta clara por parte de los profesores. El sentimiento de frustracin se convierte en una ambigua e indescifrable aceptacin de un destino como condena. Obviamente que esto afecta en nuestra auto-estima. Slo nos recomponemos, en parte, cuando hacemos el recuento de nuestra historia de rebeliones. La historia de las luchas sociales es gratificante, como que abre las compuertas de la esperanza. Empero, las luchas sociales no nos reponen de las prdidas territoriales; son promesas de futuro. Es ms, cuando culminan nuestras revoluciones, como que volvemos a la inercia que ha aceptado las prdidas, hasta con cierta apata. Por qu no reaccion el pueblo contra el Tratado de 1904? Un pueblo que haba salido de la guerra Federal y que abra un ciclo liberal en un segundo periodo republicano. Por qu se acept tanto de la Repblica Federal de Brasil como de la Repblica de Chile la compensacin dineraria, como si los territorios perdidos fueran cuantificables? Se ha acusado a los gobiernos de ser responsables de semejante comportamiento y decida; esto puede llegar a ser cierto; empero, no quita la corresponsabilidad de la sociedad que dej que las cosas ocurrieran como acontecieron.

Dnde se encuentra la explicacin? En la fundacin misma de la repblica, por haber renunciado a la construccin de la Patria Grande? Claro que esto tambin ocurri con los otros pases hispanohablantes; en contraste Brasil, portugus-hablante, supo conservar su unidad y continuidad territorial, bajo una administracin estatal federal. La explicacin se encuentra en la estructura social, en la estructura poltica, en la estructura econmica? No eran tan distintos los otros pases, herederos de la administracin colonial, iniciando su vida independiente en el ciclo capitalismo de la revolucin industrial. Congresos dominados por abogados y gobiernos manejados por caudillos, explican, de alguna manera, esta desazn poltica y moral? Tampoco en esto nos diferenciamos de la historia poltica de nuestros vecinos. Qu a condenado a Bolivia a ser tan dbil y tan vulnerable? Cierta interpretacin histrica descarga la culpa en la oligarqua gobernante, que prefiri conservar el flujo de sus intereses econmicos a arriesgarse en la defensa del pas y de sus recursos naturales. Esto no es ms bien un contra sentido, atendiendo a la estrategia a largo plazo de la composicin de sus intereses? Es qu estas oligarquas regionales cuentan tan solo con una mirada a corto plazo y quizs a mediano plazo, a mucho pedir? Tambin se dice que estamos ante una oligarqua, mas bien, desarraigada, desapegada; sin apego al territorio dnde se enriquece. Puede ser cierto; sin embargo, esta psicologa tampoco es tan distinta a lo que ocurra con otras oligarquas europeizantes latinoamericanas.

No se puede construir una explicacin con medias verdades, medias certezas. Es indispensable encarar la historia de manera crtica, auscultar en sus temporalidades las claves de desenlaces tan desalentadores. Ren Zavaleta Mercado elabora un ensayo iluminador sobre el decurso de la guerra del Pacfico, sus condicionantes y hasta quizs el juego de varias determinantes. Lo hace combinando afectividad y anlisis crtico. Trata de responder desde otra perspectiva, diferente de la acostumbrada, a las preguntas que nos hacemos los y las bolivianas. Empero, se trata de un ensayo solitario, un oasis terico. No se ha continuado por esta veta. Se lo lee, se lo considera, se hace tesis y reflexiones sobre la obra de Zavaleta; sin embargo, se est lejos de sufrir como l las preguntas existenciales de todo y toda boliviana, de trabajar una perspectiva crtica que construya una explicacin convincente. La querella del excedente es un ensayo solitario, una hoja perdida en el desierto. Es menester retomar esta veta terica para responder a las preguntas, pero, tambin, para encontrar salidas existenciales y polticas.

Zavaleta escribe:

Pues bien, si hubiera que distinguir entre cmo se vive la Guerra del Pacfico y cmo la Revolucin Federal habra que escribir que la primera debe ser considerada en rigor como un asunto de Estado o materia estatal, es decir, como algo que gan o perdi la clase dominante, por cuanto entonces no estaba diferenciada del Estado como una responsabilidad suya ante s misma Decimos entonces que, en el modo ideolgico inmediato que tuvo que ocurrir, la Guerra del Pacfico fue una guerra de incumbencia del Estado y de la clase del Estado, y no de la sociedad, al menos no de un modo inmediato. Vamos a ver luego por qu. La Revolucin Federal, en cambio, sac al claro lo ms vivo de los conflictos clsicos de la sociedad civil [1] .

La pregunta de Zavaleta abre la herida:

Cul es la razn, por cierto, por la cual Bolivia se demor tanto en darse cuenta (dar cuenta a uno mismo) de lo que haba ocurrido? Los pueblos que no cobran consciencia de que han sido vencidos son pueblos que estn lejos de s mismos. Lo que llama la atencin, en efecto, es el desgano o perplejidad con que este pas expecta un hecho tan decisivo no slo para su ser inmediato, sino tambin para su futuro visible. Tratbase por cierto, en su cualidad, de la prdida territorial ms indiscutible como prdida, la ms grave de modo terminante para el destino de Bolivia [2] .

Un resumen sucinto de lo acontecido puede ser el siguiente:

Como antecedentes inmediatos de la guerra tenemos los tratados firmados en 1866 y 1874. Estos tratados supuestamente buscaban resolver la querella limtrofe con Chile, en lo que respecta a la soberana sobre el desierto de Atacama. Desierto despreciado, en principio, empero despus de las demandas provocadas por la revolucin industrial, se convirti en el desierto de la tierra prometida para los tres pases de la contienda blica; Bolivia, Chile y Per. Atacama es rico en guano, tambin en yacimientos de salitre y de cobre. Los tratados definieron como lnea demarcadora entre Bolivia y Chile el paralelo 24 de latitud sur. Tambin por medio de los tratados se otorgaron diversos derechos arancelarios y concesiones mineras a empresarios chilenos en la Atacama boliviana. Ms tarde, estas disposiciones desencadenaron la controversia entre los dos pases. El Estado boliviano, en el gobierno de Hilarin Daza, increment el impuesto a la extraccin de salitre de las compaas salitreras de capital chileno-britnico; determinacin que fue interpretada por La Moneda como que no se respetaron los tratados firmados. El 14 de febrero de 1879, Chile ocup el puerto boliviano de Antofagasta, inicindose la llamada guerra del Pacfico en la que los ejrcitos y las armadas aliados de Bolivia y Per fueron vencidos por el ejrcito y la armada de Chile. Chile ocup el litoral, el desierto de Atacama y una parte de la puna, antes de cruzar la cordillera de los Andes, tambin ocup el desierto de Tarapac, del Per, invadi Lima y combati en la sierra, donde se atrincher parte del ejrcito peruano, que opt por una guerra de guerrillas. Este despojamiento dej sin posesin litoral a Bolivia, que qued, desde entonces, sin salida al mar. Con la prdida del litoral se perdieron tambin cuatro puertos; adems de Antofagasta, se contaba con los puertos mayores de Mejillones, Cobija y Tocopilla. Veintin aos despus de concluida la guerra, con el Tratado de 1904 , Bolivia reconoce a perpetuidad el dominio del territorio en litigio por parte de Chile.

Sin embargo, no podemos atender a la cuestin planteada, al requerimiento de una explicacin histrica y estructural de lo acontecido en la guerra del Pacfico, si slo nos situamos en la perspectiva corta de los antecedentes inmediatos, que en este caso parecen ser los tratados limtrofes, as como posteriormente, el cobro del impuesto de 10 centavos por cada quintal de salitre exportado. Estos antecedentes no explican el desencadenamiento de la guerra, menos el desenlace y los resultados que tuvo. Puede terminar siendo la excusa de las acciones que tom el gobierno de Chile interviniendo en Antofagasta; pero, de ninguna manera, pueden convertirse en la procedencia de la guerra. Ciertamente que la explicacin estructural de los acotamientos histricos no es fcil de lograr, salvo si se cree que se puede reducir la historia a una a una linealidad causal. Un antecedente mediato de la guerra del Pacfico es la guerra contra la Confederacin Per-Boliviana, desencadenada por la determinacin de La Moneda a que sta no se consolidar. Tambin se opuso la Repblica Federal de Argentina a la Confederacin andina; llevando a cabo una guerra contra Andrs de Santa Cruz en el norte argentino y en el sud boliviano. Analizar con cierta perspicacia esta guerra, quizs nos ayude a encontrar ciertas claves de lo que va a ocurrir despus, en la guerra del Pacfico.

La Guerra contra la Confederacin Per-Boliviana concurre desde el ao 1836 hasta 1839 . Se enfrenta la Confederacin Per-Boliviana a la alianza formada por peruanos contrarios a la confederacin y la Repblica de Chile.

Cuando se dio lugar la Confederacin Per-Boliviana, la reaccin de la oligarqua costea fue contraria; se opusieron contra lo que consideraron era el dominio de la sierra peruana y boliviana. Destacamentos peruanos al mando de Felipe Santiago se enfrentaron a las fuerzas confederadas. El desenlace del enfrentamiento blico fue favorable a la Confederacin, culmin con la derrota y fusilamiento de Salaverry. La flamante Confederacin andina no slo tuvo que enfrentar esta oposicin peruana y chilena, sino tambin el desacuerdo argentino; la Confederacin Per-Boliviana combatira a la Confederacin Argentina, dirigida por Juan Manuel de Rosas. En las batallas emprendidas en este frente de guerra s e pugnaron territorios del altiplano. En este caso, tambin el ejrcito confederado de Andrs de Santa Cruz consigui imponerse.

Empero, bsicamente la guerra confederada se desenvuelve en el enfrentamiento de la Confederacin Per-Boliviana con la Repblica de Chile, que apoyaba a peruanos contrarios a la confederacin. Estos restauradores deseaban la reunificacin del Per y la expulsin de Santa Cruz del poder.

La segunda fase de la guerra culminara con la victoria de las tropas del Ejrcito Unido Restaurador, ocasionando la disolucin de la Confederacin Per-Boliviana, dando con esto tambin culminacin al protectorado de Andrs de Santa Cruz.

Por qu se opuso Diego Portales a la Confederacin Per-Boliviana? Por qu tambin lo hizo la Confederacin argentina? Por qu los peruanos del norte se alzaron en armas contra la Confederacin andina? Revisando los hechos, tal parece que en tiempos de Andrs de Santa Cruz, Bolivia contaba no slo con un estratega y estadista, sino tambin con un ejrcito capaz de hacer frente a dos guerras casi simultneas. Este general de Simn Bolvar, oficial curtido en la guerra de la independencia, era como la presencia o la proyeccin de una poca gloriosa, de la cual devienen todava los aires de la Gran Colombia. En el caso del Mariscal de Calahumana, incluso podemos no slo tener en cuenta la extensin geogrfica del Virreinato del Per, sino incluso del Tawantinsuyu. Se trataba de buscar corregir los errores locales del nacimiento de las repblicas independientes. Ahora bien, por qu no entr en este proyecto Chile? No eran estructuras sociales tan distintas, aunque haba ms analoga entre las estructuras sociales de Bolivia y Per. Al final se trataba de repblicas que haban sido liberadas por los ejrcitos independentistas de Simn Bolvar y San Martin, quienes se pusieron de acuerdo en Guayaquil, sobre el curso a seguir. Cuando estos pases se vieron amenazados por la flota espaola que incursionaba el Pacfico, confraternizaron para afrontar la amenaza. Qu ocurri en los 40 aos posteriores a la finalizacin de la guerra de la Confederacin para que la situacin cambie, para que la correlacin de fuerzas cambie tan drsticamente, que la ventaja cualitativa la tenga Chile contra Bolivia y el Per?

La oposicin de Portales a la Confederacin fue enunciada claramente: Bolivia y Per eran mucho ms que Chile. De concretarse esta unin era como que el destino de Chile se circunscribira a un papel modesto. Por qu no pudo pensarse de otra manera? Los intereses econmicos que se conformaron al sud, en Santiago, y al norte, en Lima, visualizaron como amenazas la conformacin de una Confederacin que potenciaba la sierra y los Andes, el interior, contra la costa? Se repeta la misma mezquina perspectiva de las oligarquas locales que se opusieron a la Patria Grande? Bolivia tena como referente administrativo la Audiencia de Charcas, y como referente econmico el entorno potosino, vale decir la economa de la plata, que comprometi a una geografa que vena desde Quito y llegaba a Crdoba. Esta economa, que podemos llamar endgena, con cierta cautela, se contrapone a la economa de la costa, altamente articulada al mercado internacional de la revolucin industrial. No se poda combinar ambas geopolticas, ambas estrategias econmicas? Por qu tendran que ser dicotmicas? Tal parece que en estas contradicciones se encuentra la explicacin de las tensiones entre el interior, las provincias del interior, y las capitales, que tienen la mirada puesta en la costa, que los subordina al mercado internacional. La guerra gaucha, de las provincias del interior contra Buenos Aires, parece tener el mismo sentido. As tambin la guerra de la triple alianza, Argentina, Brasil y Uruguay, contra Paraguay, pas que conserv una perspectiva endgena.

El ciclo del capitalismo de la revolucin industrial, bajo hegemona britnica, arrastr los centros econmicos de los pases perifricos a la costa, condicionando sus economas a circunscribirse a una divisin del trabajo internacional, a una geopoltica capitalista, que los condenaba a ser pases extractivistas. No es pues inapropiado nombrar a la guerra del Pacfico como guerra del guano y del salitre, la querella del excedente. Estos pases perifricos, involucrados en la guerra, disputaron el excedente para satisfacer la demanda britnica y europea. La guerra que se pele fue para favorecer a sus oligarquas, que eran intermediarias del capital britnico. Las oligarquas locales no podan tener otra perspectiva que la de sus intereses locales; era entonces imposible que de ellas se genere una perspectiva integral. Entre las incipientes burguesas nativas, boliviana, chilena y peruana, con sus propias contradicciones coloniales, enfrentando a sus poblaciones indgenas, aunque lo hagan en distintos contextos y de distinta manera, la que parece haber resuelto, para entonces, problemas de constitucin de clase, es la burguesa chilena, en tanto que las burguesas boliviana y peruana, todava se debatan en la ambigedad de proyectos contrastados. Entre persistir en la dominacin gamonal, latitudinaria y colonial, o transformar su dominacin, modernizando sus relaciones de poder, proletarizando a su poblacin.

La burguesa chilena, intermediaria del capital hegemnico, no encontr otra cosa, como proyecto propio, que expandirse, controlar los recursos naturales que sus vecinos no saban explotar ni administrar. Se trata de una guerra de conquista de mediana intensidad. Se puede decir que la estatalizacin en Chile se dio ms rpidamente que en Bolivia y Per, a quienes les cost ms tiempo conformar un Estado-nacin. Parece que es en el transcurso de esas dcadas, que vienen desde los treinta y van hasta los setenta del siglo XIX, que la burguesa trasandina se inclina por una estrategia militar. Concretamente se prepara para la guerra; desde la guerra contra la Confederacin Per-Boliviana hasta la Guerra del Pacfico, concurren reformas institucionales administrativas y militares, tendiendo a una modernizacin, equipamiento, disciplina y adecuacin a las tcticas y estrategias de la guerra moderna, para ese entonces. En cambio, parece no concurrir esto ni en Bolivia ni en el Per, que enfrentan la guerra con los resabios de la guerra de la independencia y la guerra confederada.

Zavaleta Mercado habla de disponibilidad y de ptimo. Dice que el Estado chileno logr esta disponibilidad de fuerzas y un ptimo para cuando estall la guerra del Pacfico. Lo que no ocurri con Bolivia y Per, que contaban con excedente, pero no con disponibilidad de fuerzas y un ptimo. Zavaleta cree ver que la militarizacin del Estado chileno tiene que ver tambin con la contingencia de la constante amenaza de la guerra indgena; Chile se vio obligado a conformar un Estado fortaleza, encargado de cuidar y definir las fronteras permanentemente. Puede ser; empero, esta caracterstica tambin la compartan Bolivia y Per, aunque en otro contexto y de otra manera. Es preferible concentrarse en dos aspectos: 1) la mejor adecuacin y adaptacin de la burguesa trasandina a las demandas de materias primas de la revolucin industrial, logrando pautas de reproduccin social ms afines al nuevo ciclo del capitalismo; y 2) la reorganizacin y modernizacin del Estado, incluyendo, claro est, de la armada y del ejrcito.

La hiptesis de interpretacin es la siguiente:

La guerra confederada forma parte de las historias de las guerras entre el interior y la exterioridad misma de la formacin econmico-social, entre los proyectos endgenos y los proyectos exgenos. La historia de estas guerras ms se parecen a la historia de guerras civiles entre las provincias del interior y la capital, ncleo primordial de la externalizacin. Este tipo de guerras civiles se han dado en todo el continente americano; tambin podemos considerar, como formando parte de esta tipologa, guerras que se presentan como guerras entre estados, como es el caso de del guerra confederada, as tambin como la guerra de la triple alianza contra Paraguay. Este pas era el ejemplo de un proyecto endgeno en marcha y consolidado; tuvo que enfrentarse a tres proyectos econmicos, polticos y sociales exgenos. No pareca posible la convivencia entre ambos proyectos confrontados. El ciclo hegemnico de la revolucin industrial exiga una clara divisin del trabajo internacional, una definida geopoltica que diferenciar los centros de las periferias del sistema-mundo capitalista. As como convertir a las periferias en espacios de compra de los productos manufacturados, siendo economas primario exportadoras. La orientacin econmica, social y poltica paraguaya era, en el siglo XIX, un desafo a la geopoltica del sistema-mundo capitalista del ciclo de la revolucin industrial.

La guerra confederada andina no dej de connotar estas caractersticas de una suerte de guerra civil entre un interior y una exterioridad, aunque sta forme parte de la propia formacin social y econmica. La contradiccin entre los intereses de una oligarqua costea y otra oligarqua serrana hablan de ello. En el espacio discursivo e ideolgico se puede notar tambin este contraste, cuando los voceros y polticos costeos calificaban a Andrs de Santa Cruz como serrano, queriendo usar este trmino despectivamente; incluso se lo calific de guanaco de los Andes. Ahora bien, los actores involucrados no tienen que ser plenamente conscientes de estas contradicciones; empero, basta que sus acciones y perspectivas se involucren en una proyeccin distinta a la de subordinacin al mercado externo, como para marcar la diferencia; as, como al contrario, adecuando, mas bien, la forma Estado a este requerimiento. Puede pensarse que el proyecto de la Confederacin era una reminiscencia del proyecto independista integral de la Gran Colombia; se puede incluso concebirlo como una reminiscencia de la convocatoria de Tupac Amaru de formar una gran nacin desde el Pacfico hasta el Paititi. Como reminiscencia ya no tena el alcance que contenan los proyectos de la Patria Grande; sin embargo, era, esta proyeccin disminuida, una actualizacin, en menor escala, de aquellos.

La derrota del ejrcito confederado era una derrota ms del interior contra la costa, de la interiorizacin contra la externalizacin, de los proyectos endgenos contra los proyectos exgenos. Se puede decir tambin que la derrota de la Confederacin anticipa la derrota de Bolivia y Per en la guerra del Pacfico, aunque esta guerra es de otra ndole. Ya no se trataba de una guerra entre un interior y la externalizacin, entre unos proyectos endgenos y otros proyectos exgenos, pues claramente los tres pases optaron por la externalizacin, por el proyecto exgeno, por el modelo extractivista de sus economas. La guerra del Pacfico fue una guerra de tres proyectos de externalizacin, fue una guerra por el excedente para externalizarlo. Cuando decimos que la derrota de la Confederacin anticipa la derrota de la guerra del Pacfico, decimos tambin que, la burguesa chilena fue ms eficaz con la conformacin y consolidacin de este modelo, procurando una modernizacin institucional, administrativa, educativa, militar, adecuada a los tiempos de la revolucin industrial. Las oligarquas peruana y boliviana se adormecieron con la externalizacin de sus excedentes, que los tenan en ms que en lo que respecta a Chile, se adormecieron con una suerte de sobrevaloracin de sus capacidades, que, viendo los desenlaces, resultaron hartamente obsoletas, dadas las circunstancias y los cambios habidos durante el siglo XIX.

Zavaleta anota otro tpico en el anlisis del desenlace de la querella por el excedente. Este es el de la vinculacin con el espacio. Considera un vnculo con el espacio en las civilizaciones andinas, pre-coloniales, distinta al vnculo dado en las repblicas. Mientras las civilizaciones andinas emergan del espacio, nacan del territorio, domesticando plantas, arrancando a la tierra una fertilidad difcil, mediante tecnologas agrcolas innovadoras y la organizacin colectiva. Las repblicas producirn el espacio, por as decirlo, conformaban un espacio adecuado al mercado internacional; sin embargo, no todas lograron controlar su propio espacio.

Zavaleta escribe:

Los espritus del Estado en Bolivia no vean los hechos del espacio sino como una dimensin gamonal. Lo caracterstico era la forma gamonal del Estado [3] .

Refirindose al espacio andino dice:

La agricultura andina, que no en balde es el acontecimiento civilizatorio ms importante que ha ocurrido en este lugar y en Amrica Latina entera, y despus Potos o sea Charcas, se organizan y se identifican en torno a este discurso territorial El Atacama, por lo dems, era de un modo arquetpico una tierra apropiada, incorporada al razonamiento ecolgico de esta instancia de los andinos de tal manera que no es cualquier costa apta para el comercio moderno lo que poda ocasionar semejante sentimiento gregario de desagregacin [4] .

Este vnculo ancestral con el espacio se quebr o se redujo a su mnima expresin; ya no es el espacio articulado por las complementariedades, ya no es el archipilago andino el que hace de matriz territorial reproductiva a la sociedad organizada en comunidades, ayllus, sino es otro espacio o espacialidad el que hace de referente de los flujos y desplazamientos, un espacio mercantil cuya gravitacin radica en los ncleos de externalizacin de los recursos naturales. Es con relacin a este otro referente espacial que hay que entender lo que pas; por qu no reaccion la sociedad boliviana ante semejante prdida.

Zavaleta se pregunta:

Se necesita explicar sin duda por qu la otra Bolivia, la que s debera ver estas cosas como una adversidad gravsima, tard tanto en su evaluacin. La perplejidad con que vive el cuerpo social una prdida tan considerable se explica porque la lgica espacial previa, que era en realidad una combinacin entre la agricultura andina clsica y el Estado desptico como su culminacin natural se haba replegado a lo que ser el aspecto de la cristalizacin u osificacin de la historia del pas [5] .

La respuesta que se da es:

Recluido en su coto cerrado de la agricultura y practicando una economa moral de resistencia, conservacin e insistencia, el vasto cuerpo popular, aunque se demorara en tomar consciencia del problema, lo hara despus con una intensidad que slo se explica por la interpelacin que tiene el espacio sobre la ideologa o interferencia en esta sociedad [6] .

 

 

En torno a La querella del excedente

A propsito del guano, como una de las causas de La guerra del pacfico, Roberto Querejazu Calvo escribe:

Haca ms de un milln de aos que tres aves marinas, el guanay, el piquero y el alcatraz, tenan convertidas las costas de esta parte de Amrica del Sur en su inmenso hbitat. Desde l venan incursionando diariamente en el ocano para alimentarse hasta la saciedad con la anchoveta y otros peces pequeos arrastrados en proporciones fabulosas por la corriente Humboldt. La defecacin de las tres pescadoras en sus lugares de descanso fue cubriendo los promontorios, islas e islotes de ese borde continental con una capa de estircol de varios metros de altura (hasta 30 en las islas Chincha) y con un peso de millones de toneladas [7] .

Lo que viene despus de la revolucin industrial es una gran demanda de alimentacin debido a la migracin a las ciudades y el crecimiento demogrfico. Esta situacin exigi un incremento de la produccin agrcola; para tal efecto era menester fertilizar los suelos. El guano era uno de los mejores fertilizantes conocidos. El valor comercial del guano, su demanda mundial, convirti el despreciado desierto de Atacama en un territorio estratgico y codiciado. Bajo estos condicionamientos del ciclo del capitalismo, bajo hegemona britnica, devino la querella por el excedente entre tres pases perifricos del sistema-mundo, Bolivia, Chile y Per.

Querejazu dice que era indudable que Chile reconoca que el litoral de Atacama perteneca a Bolivia, heredera del territorio de la Audiencia de Charcas. No hizo ninguna reclamacin por los actos de soberana que ejercieron en dicho territorio los gobiernos bolivianos: fundacin y funcionamiento del puerto de Cobija, visita del presidente Andrs de Santa Cruz, establecimiento de autoridades polticas y aduaneras, otorgamiento de concesiones mineras y salitreras [8] .

Sin embargo, el 31 de octubre de 1842, el Congreso chileno dict una ley declarando que eran propiedad de la nacin la guaneras de Coquimbo, del desierto de Atacama y de las islas adyacentes. Coquimbo era suelo chileno, pero Atacama y sus islas pertenecan a Bolivia. Al ao siguiente, otra disposicin legislativa declar chilena la provincia de Atacama [9] .

Los incidentes siguen y se suman:

La barca Rumena, la goleta Janequeo y la fragata Chile cargaron guano de covaderas bolivianas. El 20 de agosto de 1857, una expedicin militar de la corbeta Esmeralda ocup la baha y la pennsula de Mejillones, ampliando la frontera chilena hasta el paralelo 23 [10] . En 1863, el gobierno boliviano busca una alianza secreta con el Per. En el Congreso Extraordinario reunido en Oruro se plantea la posibilidad de declarar la guerra a Chile si es que no obtena la devolucin de Mejillones [11] . Per no asume, en ese entonces, la alianza con Bolivia; quedando la opcin de la protesta por la incursin militar en su territorio. Bolivia rompe relaciones diplomticas con Chile.

En 1864 se produce una confraternizacin americana en contra de Espaa, debido a un incidente que ocurre en la hacienda peruana de Talambo. Un conflicto de agricultores vascos con sus patrones, con la sucesiva represin seguida, ocasion que el gobierno de Espaa ordenar a la divisin de marina, que se encontraba por aguas del Pacfico, tomase posesin de las islas Chincha, reivindicando suelo ibero, demandando a Lima indemnizacin para las familias vascongadas. En ciudades de Chile se dieron lugar manifestaciones contra esta ocupacin de Espaa de suelo americano; se ultraj la bandera espaola. Espaa exigi explicaciones y reparacin moral y pblica. Ante la negativa de Santiago de hacerlo, Espaa declar la guerra a Chile. En estas circunstancias los pases andinos y del Pacfico de Sud Amrica entraron nuevamente en guerra con Espaa. Concretamente Per y Ecuador apoyaron a Chile, el gobierno de Mariano Melgarejo confraterniz con La Moneda, llegando posteriormente a concesiones y acuerdos, altamente dadivosos, sobre el conflicto limtrofe con Chile.

El Tratado de Amistad y Lmites lo firm don Juan Ramn Muoz Cabrera, Ministro Plenipotenciario de Bolivia en Chile, con el canciller lvaro Covarruvias, en Santiago, el 10 de agosto de 1866. Dispuso que el paralelo 24 fuera la lnea de separacin de las soberanas de Bolivia y Chile. Que no obstante ello, ambas naciones, se repartan por igual el producto de la venta del guano y las rentas fiscales de los minerales existentes entre el grado 23 y 25. Que seran libres de todo derecho de importacin los productos naturales de Chile que se introdujesen por el puerto de Mejillones [12] .

 

El problema es el excedente

Cuando decimos que el problema es el excedente decimos muchas cosas. Cundo los recursos naturales se convierten en el excedente? Cuando el capitalismo convierte en renta los recursos naturales, cuando son valorados como mercancas en el modo de produccin capitalista. Forman parte de las condiciones iniciales para el proceso productivo. El guano, el salitre, el cobre, la plata, los minerales, los hidrocarburos, se convirtieron en mercancas ante la demanda de materias primas de la revolucin industrial. Esta contextura mundial condiciona la adecuacin de los nacientes estados independientes. Tempranamente consideraron que su sobrevivencia y desarrollo estaba ntimamente vinculada a la perspectiva de esa demanda, a la que deben satisfacer. Estos estados se constituyeron sobre la base de la explotacin de los recursos naturales mercantilizables, en su momento; son estados estructurados para disponer del excedente y transferirlo al mercado internacional. Entonces el control del excedente va a ser tarea prioritaria de sus administraciones, sobre todo del Estado ms consciente de los cambios de poca. De los tres estados involucrados en la guerra del Pacfico, era indudablemente Chile el Estado que mejor se adecu a la demanda del ciclo del capitalismo de la revolucin industrial; no Bolivia ni Per, que todava se batan en el umbral de las pocas, la que abandonaban y a la que ingresaban. Pero los tres pases, de todas maneras, se encontraban condicionados por las exigencias del excedente, es decir, de la renta que genera el excedente; por lo tanto, se encontraban afectados por la ideologa moderna del excedente. Los tres estados van a ser obligados a la pugna por el excedente, respondiendo a la demanda del modo de produccin capitalista mundial. Los tres pases entran en guerra por el control de las riquezas del desierto de Atacama y del desierto de Tarapac, para satisfacer la demanda de la revolucin industrial. Los tres pases consideraron que peleaban por ellos; sin embargo, en trminos efectivos, terminaron peleando por otros, por los centros del sistema-mundo capitalista que aprovecharan los recursos naturales exportados. Ciertamente, el vencedor de la guerra se va a beneficiar con sus conquistas; empero, el mayor beneficiario es el capital britnico, hegemnico en el ciclo del capitalismo de la revolucin industrial.

Fueron el guano, el salitre y la plata de caracoles la cuestin de la querella del excedente. El guano y el salitre eran los fertilizantes que necesitaba la revolucin agrcola empujada por la revolucin industrial. La plata segua siendo cotizada por la demanda de los circuitos monetarios.

El trmino guano viene del quechua wanu; proviene de la acumulacin masiva de excrementos de animales; en el caso del pacfico, se debe a la acumulacin de las heces de aves marinas. Para su formacin se requieren climas ridos . Es utilizado como un fertilizante efectivo debido a sus altos niveles de nitrgeno y fsforo. El guano se recolecta de varias islas e islotes del ocano Pacfico, tambin de parte de la costa, como la de Mejillones. Estas islas han sido el hogar de colonias de aves marinas por siglos; el guano acumulado tiene muchos metros de profundidad. Desde el ao 1845 comenz a explotarse, y por sus propiedades como fertilizante; era importado por pases como Gran Bretaa y Estados Unidos.

El salitre tambin es utilizado como fertilizante. El salitre se convierte en una mercanca apreciada a mediados del siglo XIX. Perdi importancia econmica a partir del desarrollo y produccin del salitre sinttico. Haba como un control nominal del Estado peruano y del Estado boliviano desde la dcada de 1830 hasta la finalizacin de la guerra del Pacfico. Despus de la culminacin de la guerra prcticamente Chile qued con el control de la mayor parte del salitre; este control se dio desde 1884 hasta la cada del mercado del salitre (1920). La explotacin del salitre, si bien en el caso de Bolivia y Per quedaba bajo administracin estatal, fueron empresas privadas las que efectivamente la explotaban, particularmente empresas chilenas, con apoyo de capital britnico. El Estado peruano nacionaliz las empresas salitreras, quedando en manos del Estado peruano desde 1870. En lo que corresponde a la administracin chilena de este recurso, la misma estuvo en manos de empresas privadas, conformadas por capitales ingleses, en su mayora, y en menor proporcin, alemanes y estadounidenses. En lo que respecta al salitre del antiguo litoral boliviano, la explotacin de este recurso siempre estuvo en manos de capitales britnico-chilenos.

El descubrimiento de yacimientos de plata en Caracoles el 25 de marzo de 1870 caus alboroto en Valparaso y Santiago. Al poco tiempo se convirti en un gran campamento, que fue creciendo con el trajn de su explotacin. Roberto Querejazu Calvo escribe, en La guerra del Pacfico, a propsito lo siguiente:

La riqueza de Caracoles agrav las dificultades con las que estaba tropezando el cumplimiento del tratado de 1866. La particin del pan entre los supuestos hermanos no se vena realizando a gusto de los interesados. El manejo de la aduana de Mejillones era desordenado y Chile no reciba su parte en los impuestos a los minerales exportados. El gobierno se Santiago reclam tambin una mitad del rendimiento fiscal de las minas de Caracoles alegando que se encontraban dentro del territorio sujeto a particin de frutos, es decir, al sur, del paralelo 23. En Bolivia se sostuvo que no era exacto, que su ubicacin era el norte de esta lnea geogrfica y, por lo tanto, en suelo no comprendido en las estipulaciones del pacto del 66 [13] .

Se dice que este es el excedente por el que se desencaden la guerra del Pacfico; el guano, el salitre y la plata fueron los recursos de la discordia y de la opcin extrema de la guerra. Fue ms tarde que se descubrieron los inmensos yacimientos de cobre de la mina de Chuquicamata; la principal materia de exportacin de Chile por muchos aos; sostn de la economa chilena y sostn tambin del constante rearme del ejrcito chileno. El 10% de esta riqueza mineral va destinada a la transformacin tecnolgica militar y equipamiento del ejrcito y la armada. No est dems decir que Chuquicamata se encuentra en lo que fue territorio boliviano. La mina est ubicada a 15 kilmetros al norte de Calama y a 245 kilmetros de Antofagasta. En l a mina de Chuquicamata se explota oro y cobre a cielo abierto ; es considerada la ms grande del mundo en su tipo y es la mayor en produccin de cobre de Chile. Bueno pues, se dice que este es el excedente que es causa y motivo de la guerra del Pacfico; pero, una guerra no se desata por la mera existencia de yacimientos de recursos naturales, sino por el decurso conflictivo que adquieren las estructuras de relaciones que se inscriben en torno a estos recursos.

Fueron las empresas privadas que explotaban el salitre las que entraron en conflicto con el Estado boliviano, fueron los accionistas de estas empresas, entre los que se encontraban altos personeros del gobierno de Chile, adems de britnicos, los que queran resolver el conflicto a favor de las empresas privadas, protegindolas. Por ltimo, el inmoderado inters por controlar estos recursos naturales llev a la conviccin de que no haba otra salida que apoderarse del desierto de Atacama. La preparacin para la guerra comenz cuatro dcadas antes de que sta se desencadenara. El Estado-nacin de Chile, instrumento orgnico y poltico de la burguesa naciente, intermediaria entre el capital britnico y el capital subalterno nacional, tena varios frentes en sus distintas fronteras. La guerra contra los indgenas no haba concluido, el conflicto de lmites con Argentina se poda convertir de amenaza en una guerra, el conflicto de lmites con Bolivia haba sido aparente zanjado con los tratados, empero subsista el problema del control sobre los recursos. Per haba optado por la nacionalizacin de las empresas, lo que clausuraba, por lo menos momentneamente, la posibilidad del desarrollo empresarial, de los capitales britnicos y chilenos. Una burguesa naciente y pujante, en estas condiciones de subalternidad, encerrada en las tensiones generadas por los conflictos fronterizos, tena que encontrar una salida a su necesaria expansin. Opt por los frentes ms dbiles; prefiri no enfrentarse con Argentina, mas bien, llegar a un arreglo con el gobierno bonaerense; entonces atac a los indgenas y tom los puertos bolivianos. Esta decisin desencaden tambin la guerra con el Per, no slo por el tratado secreto de alianza de defensa entre Bolivia y Per, sino porque sta era la orientacin de la estrategia expansionista de mediana intensidad. De lo que se trataba era dejar en claro el dominio de una de las tres burguesas; para lograr ser un dominio econmico debera lograr ser tambin un dominio militar.

Zavaleta escribe a propsito:

Es posible escribir, en efecto, que Chile se prepar para vencer y, en cambio, es como si Per y Bolivia se hubieran preparado para ser vencidos pero, como no se quiera encontrar en ello frmulas de explicacin genticas o socialdarwinistas (porque nadie tiene en s el anhelo de su perdicin, al menos de una manera organizada), el hecho es que, s Chile se prepar, es porque poda hacerlo. O sea que, si poda iniciar una accin diplomtica coherente treinta o cuarenta aos antes de que ocurriera su remate inevitable, por ejemplo, es porque tena paz poltica. Si tena paz poltica, empero, era porque la ecuacin o el ptimo social era superior a la de sus rivales que, en cambio, no podan formular una poltica estatal [14] .

Sin embargo, no hay que olvidar que los tres estados comparten una analoga histrica constitutiva, no dejaron de ser coloniales. Zavaleta dice:

El empecinamiento comn con que jugaron su vida entera al excedente y al colapso compartido en cuanto a la conversin del excedente en autodeterminacin, aparte de algunos aspectos muy elocuentes como la importancia de la visin seorial, dejan ver que se trata de pases con no pocas semejanzas, lo cual quizs se refiere a cierto carcter que podramos llamar peruano de su colonizacin [15] .

Nadie puede decir que alguno de los tres estados era democrtico, en el sentido de la autodeterminacin, de la que habla Zavaleta; es decir, en el sentido de la participacin social. No lo eran; eran, mas bien, un simulacro de repblica; en todo caso, estados que seguan guerreando, a su manera, contra los pueblos indgenas. Eran pues la continuidad colonial en forma de repblica. Los tres disputaron un excedente ya conquistado por los espaoles. Ninguno se acord, antes de ir a la guerra, de sus pueblos indgenas, salvo Chile, que decidi resolver el problema a sangre y fuego, antes de ir a la guerra. El coronel peruano Andrs Avelino Cceres tuvo que recurrir a la resistencia indgena para desplegar su guerra de guerrillas. Esta hubiera sido la mejor estrategia para afrontar la guerra; ir a la guerra con los nicos que tenan consciencia territorial del archipilago andino, de la complementariedad de los pisos ecolgicos, donde tanto la puma y el desierto de Atacama jugaban un papel en esta articulacin complementaria y transversal bitica. Empero, las oligarquas boliviana y peruana estaban muy lejos de hacerlo y de tener consciencia histrica de lo que se requera hacer. Los tres pases asistieron a la guerra con lo que tenan como disponibilidad estatal. En esto Chile llevaba la mejor parte, pues su Estado tena mayor capacidad de movilizacin, incluso de convocatoria a la guerra, a pesar de que el proletariado chileno manifest su descontento cuando estall la misma. Sin embargo, el tema no es tanto explicarse por qu gano Chile esta guerra y por qu la perdieron Bolivia y Per, sino comprender el significado histrico y poltico de esta guerra, que incluso podemos llamarla fratricida.

Habamos dicho que la guerra del Pacfico es antecedida por la guerra contra la Confederacin Per-Boliviana; que en esta guerra se dio el enfrentamiento entre las oligarquas de la costa contra las oligarquas de la sierra, que era como las guerras de la capital portuaria contra las provincias del interior. Ahora bien, Chile es un pas costeo, se extiende a lo largo de la costa del Pacfico, desde el Estrecho de Magallanes hasta el desierto de Atacama, primero, y hasta el desierto de Tarapac, despus. La mayora de sus ciudades se encuentran cara al mar; se trata de un pas esencialmente martimo, aunque hay ciudades que pueden considerarse del interior, tierra adentro, hacia la cordillera de los Andes, adems de contar con una poblacin importante indgena, principalmente mapuche, antes de la guerra; tambin aymara y quechua, despus de la guerra. Entonces, podemos usar una hiptesis interpretativa, que considera que la guerra se da entre un pas bsicamente costeo y dos pases, que aunque contaban con costa, donde es gravitante su geografa poltica interior, con lo que implica la connotacin de la geografa humana, la geografa cultural y la geografa social. Chile enfrentaba a dos pases cuyos estados no haban resuelto la articulacin armnica y dinmica entre el interior y la costa; dos pases que no haban asumido su abigarramiento como disponibilidad, sino como dispersin y desconocimiento. En cambio Chile haba ignorado taxativamente a los indgenas, haba descartado una opcin endgena. Toda su economa estaba enfocada al mercado externo. No ocurra algo distinto con los otros dos pases; empero, contaban con otras realidades, otras economas; unas promovidas por el Estado, como la economa gamonal, as tambin las relaciones casi serviles de los trabajadores de las minas; otras, en cambio, desconocidas por el Estado, como la economa comunitaria, conservada y preservada por los pueblos indgenas en los Andes. Chile fue a la guerra con la determinacin resuelta de ganar porque se senta formar parte de la economa mundial y la ilusin de Estado moderno, en tanto que Bolivia y Per haban perdido su ltima ilusin con la derrota de la Confederacin, dejando atrs, muy atrs, la ilusin del Tawantinsuyu. Contaban con las nostalgias seoriales coloniales y la representacin apotesica del entorno potosino, aunque en trminos efectivos la economa extractivista se encontraba enfocada al mercado internacional, reforzando las relaciones gamonales en la economa de las haciendas, as como las relaciones casi serviles con los trabajadores mineros.

 

Balance de la guerra del Pacfico

Para Bolivia, Chile y Per, cuando se habla de la guerra del Pacifico, la referencia es la guerra que se desata a fines del siglo XIX, al noreste de Chile, al sur de Per y al sudoeste de Bolivia. Guerra naval y del desierto de Atacama, guerra nombrada como la del guano y del salitre, tambin puede ser considerada como la guerra del cobre, aunque este yacimiento fuera descubierto despus, por la importancia de la mina de cobre de Chuquicamata, que se encuentra en lo que fueron territorios bolivianos, antes de firmado el Tratado de 1904. Ren Zavaleta Mercado habla de La querella del excedente. Todos estos nombres nos hablan de los factores intervinientes como causas de la guerra mencionada. La expansin al norte, de lo que fue la Capitana de Chile, parece tener que ver con la consolidacin de un Estado-nacin, despus de la independencia, cuya geografa poltica cuenta con dos largas fronteras naturales, al oeste, el ocano Pacfico, al este, la cordillera de los Andes. Un Estado-nacin subalterno, cohesionado por una burguesa slida, en el sentido de contar con una estrategia de acumulacin originaria mediante la expansin, despojamiento y desposesin de mediana intensidad. Una burguesa nativa vinculada al capital britnico, hegemnico en los tiempos del ciclo del capitalismo de ese entonces. Cmo dice Ren Zavaleta, Chile contaba con un Estado moderno, un ejrcito y armada modernos, en tanto que Bolivia y Per no dejaban de resolver problemas de su incipiente modernizacin, combinada con ambiguas herencias gamonales y latifundistas, a la usanza colonial. La ocupacin del sudoeste boliviano, que colinda con el Pacfico, fue primero econmica y poblacional, despus militar; esto aconteci en la medida que fue subiendo el tono del conflicto limtrofe y econmico.

Segn Zavaleta, los dados estaban echados cuando estall el conflicto. Las ventajas las llevaba el ejrcito y la armada moderna de Chile. Bolivia se retir pronto de la guerra, Per continuo combatiendo slo. El territorio del sudoeste boliviano fue ocupado militarmente, tambin territorios del sud de Per. El ejrcito chileno desembarco en las playas cerca de Lima, ocup la capital y desplaz su ejrcito hacia la sierra, donde se enfrent a una guerra de guerrillas indgena y popular. Con estos desenlaces los estados de Bolivia y Per entraron en crisis, sus gobiernos fueron cuestionados. Empero, dados los hechos, los gobiernos que sucedieron a los primeros sntomas de la crisis poltica firmaron tratados de paz. En 1904 el gobierno liberal de Bolivia firm el tratado que lleva el nombre de ese ao, donde Bolivia renunciaba a la soberana de los territorios perdidos en la guerra, y, en compensacin, se le entregaba un monto dinerario para la construccin del ferrocarril La Paz-Arica, contando en el puerto de Arica, adems de otros puertos, con libre trnsito, garantas y condiciones que favorecieran el traslado de bienes y el embarque de los mismos a los mercados internacionales.

Lo ocurrido en la antesala de la guerra, durante la guerra y despus de la misma, no deja de ser inslito, sobre todo por las formas de sucesin de hechos que no dejan de ser dramticos. La firma del tratado de lmites por parte del presidente Mariano Melgarejo, la presencia de empresas chilenas de explotacin del guano y del salitre, las amplsimas libertades y sin ningn control con que gozaban, la reaccin tarda del gobierno boliviano al crear el impuesto de los diez centavos por quintal de salitre exportado, la reaccin beligerante y militar del gobierno de Chile, la ocupacin de los puertos, principalmente de Antofagasta. Despus vino la declaracin de guerra del Estado de Bolivia, acompaada por la declaracin de guerra del Per. El desarrollo de los acontecimientos de la guerra muestra lo mal preparado que estaban los ejrcitos boliviano y peruano, as como la armada de Per, a pesar de los actos de herosmo y las primeras victorias navales.

El balance de lo ocurrido, nos muestra un desarraigado comportamiento poltico de la casta gobernante liberal boliviana; no se puede considerar de otra manera, estamos ante una alarmante muestra de desapego respecto de los territorios perdidos. En contraste, tenemos de la misma casta gobernante, el apego compulsivo a garantizar la salida de los minerales al mercado internacional. La salida entonces fue econmica y no patritica. Se entregaron los territorios colindantes al Pacfico a cambio de garantizar la exportacin de minerales. Diga lo que se diga, se busque justificar o no, matizando lo ocurrido por las condiciones de debilidad y vulnerabilidad de Bolivia, adems de encontrarse sometida a la amenaza de una posible nueva invasin, lo cierto es que ese tratado fue una entrega de los territorios. Una ms despus de la prdida del Acre. No deja de sorprender la actitud de la burguesa minera boliviana y de los latifundistas que la acompaaban, as como no se puede explicar el retorno de Hilarin Daza con el ejrcito, que iba en camino para reforzar las posiciones de las guarniciones confederadas que defendan en el Alto de la Alianza, renunciando a la batalla, abandonando a las tropas aliadas, bolivianas y peruanas, que enfrentaban al ejrcito de Chile. Estos son sntomas alarmantes de una ausencia catastrfica de voluntad de defensa? Sntomas de una desmoralizacin profunda antes de la derrota militar y la entrega indigna de los territorios? Es qu no haba otra salida? Estaba Bolivia entre la espada y la pared, como pretende cierta interpretacin de la diplomacia boliviana? Hemos llegado al punto trgico desde donde se juzga que un pas que no sabe defender lo suyo no merece existir?

Es terrible preguntarse de este modo; empero, es importante llevar las cuestionantes al extremo para poder posesionar una perspectiva de anlisis, que salga de la reiteracin del mea culpa y de las muestras patticas de chauvinismo. Al contrario de lo que aparenta mostrar una historiografa tradicional, as como una poltica demaggica, se trata de plantearse seriamente la defensa de lo que nos queda, adems de buscar recuperar lo perdido. Despus de las derrotas blicas y las prdidas territoriales, sobre todo de las guerras del Acre, del Pacfico y del Chaco, se debera haber aprendido las lecciones de tan crudsimas experiencias. La defensa territorial y de la soberana no est exenta, de ninguna manera, de la necesidad de transformaciones profundas de las estructuras sociales y estatales. No se trata ya slo de modernizacin, como se hablaba durante el siglo XX, sino de las posibilidades de una movilizacin general, del pueblo armado, que slo se puede dar por autodeterminacin; es decir, democratizacin profunda, que no puede ser otra cosa que participativa. Se trata de un ejrcito popular capaz de disuasin, organizado y pertrechado para la defensa, de un pueblo que se autogobierna, auto-determina; es decir, de un pueblo emancipado. Ahora bien, esto slo puede ocurrir si se libera la potencia social, si se acaba con la constante limitacin y subsuncin a las estructuras de poder, que no dejan de ser estructuras limitadas a intereses mezquinos, de casta, de clase, incluso prebndales y clientelares. En varios ensayos pertinentes Zavaleta nos mostr elocuentemente la relacin entre disponibilidad de fuerzas y revolucin, entre esta relacin emergente y la defensa, la capacidad blica. El ejemplo que utiliz fue las experiencias de las revoluciones socialistas, la de la URSS, la de la Repblica popular de China y, sobre todo, la de la revolucin cubana [16] .

Sobre la base de estructuras coloniales heredadas, sobre la base de estructuras de intermediacin de un Estado-nacin subalterno, carcomido por relaciones corrosivas y des-cohesionadoras, manejado por burguesas sin proyecto o por castas polticas cuyo propsito se contenta con la estridencia de la demagogia y la folklorizacin de supuestos cambios, no hay condiciones de posibilidad, no hay materia, para construir la defensa de los territorios y de la soberana, sobre todo la soberana sobre los recursos naturales. En contraste, acudiendo a otra forma de defensa, la dada en los Estado-nacin consolidados, ciertamente la defensa puede ser convencional, puede organizarse sobre la base de la disciplina, de la institucionalidad, que requieren de una administracin adecuada, de una normativa que se cumple, en el marco de una modernizacin correlativa a lo que ocurre en el mundo bajo la hegemona capitalista. Para que se d esto no se requiere obviamente, sacrificio y gasto heroico, como ocurre con la prolongacin de la revolucin [17] . En este caso, parece que la condicin de posibilidad para el control territorial, la defensa y la capacidad blica del Estado, por lo menos en lo que respecta a los entornos fronterizos, con pretensiones de expansin de mediana intensidad, es la combinacin de una cierta hegemona local de la burguesa nativa, la construccin de instituciones que se parapetan en estructuras consolidadas, en prcticas que se apegan a estas estructuras, que no se disocian de las mismas, respondiendo ms bien a otras estrategias no institucionales. Sobre todo cuando se trata del ejrcito, esta fuerza armada responde ms a un proyecto fronterizo o transfronterizo, no as ms a la represin interna, defendiendo latifundios, aunque esto no deje de ocurrir.

Un ejrcito moderno es como una mquina; todo sus dispositivos, todos sus engranajes, toda su composicin, sus divisiones, estn ligadas a la estrategia de guerra. El manejo de los cuerpos, de su dinmicas, de sus partes componentes, conforman una mecnica de guerra no slo articulada y disciplinada, sino adecuada a la tecnologa militar. Cuanto ms avanzada es la tecnologa militar ms se requiere adecuar los cuerpos a los requerimientos de esta tecnologa. Ahora bien, una mquina de guerra es destructiva, para lograr sus objetivos devastadores requiere de la coordinacin de sus partes y de sus desplazamientos. Las improvisaciones suelen ser fatales. Para mantener el ritmo de los desplazamientos se requiere tambin de toda una logstica de aprovisionamiento, de sostenimiento y de atencin. Por otra parte, la comunicacin se ha ido convirtiendo en las contiendas en un medio cada vez ms indispensable y gravitante, sobre todo cuando se trata de la rapidez y claridad lograda. No siempre se alcanza cumplir con el modelo; empero, se trata de acercarse a ste. Era ms difcil lograrlo antes; empero, en la medida que ha ido avanzando la organizacin, la tecnologa, las comunicaciones y la informacin, se hizo ms fcil acercarse a los modelos de funcionamientos militares ideados.

No era de esperar que a finales del siglo XIX los ejrcitos enfrentados en la guerra del Pacfico sean un modelo concluido; sin embargo, haba diferencias notorias entre el ejrcito chileno y los ejrcitos de Bolivia y Per. En el primer caso, estamos ante un ejrcito que se prepar para la guerra; en el segundo caso, estamos ante ejrcitos ms enfocados a mantener el orden interno, la disuasin interna. La experiencia de las grandes campaas qued en la memoria de la guerra de la independencia, en la guerra de la Confederacin Per-Boliviana con Chile y otras batallas, como las de Ingavi, donde el ejrcito boliviano, dirigido por Ballivian, venci al ejrcito peruano. Las formas de la guerra moderna, correspondientes a finales del siglo XIX, no parecen formar parte del funcionamiento de estos ejrcitos. Si bien se puede decir algo parecido del ejrcito chileno, apreciando matices y diferencias, el equipamiento ms moderno, exigi modificaciones en su organizacin, estrategia y tcticas. Por otra parte, si hacemos caso al anlisis de Zavaleta, el Estado de Chile mantuvo una guerra fronteriza con los pueblos indgenas, que no solamente lo oblig a ser un estado fortaleza, como en los otros casos, sino que construy un Estado como en constante guerra en sus fronteras.

Cuando estall la guerra del Pacfico la misma encontr a dos ejrcitos vulnerables y no preparos, sorprendindolos en todo el frente, en todo el campo de maniobras, por un lado, y a un ejrcito que se haba preparado para la guerra, que haba desplazado el frente a su antojo, consolidndose en el terreno a medida que avanzaban los acontecimientos. El ejrcito boliviano se desmoron rpidamente, el ejrcito peruano resinti, fue retrocediendo, hasta que se llev la guerra a la misma Lima, donde el desenlace fue sorprendentemente desfavorable para el Per. Empero, la guerra no concluy aqu, sigui en la sierra, con la estrategia de la guerra de guerrillas. En este cambio de escenario el ejrcito peruano tuvo victorias importantes. Hay que anotar, que esto se debi al cambio de estrategia, tambin al cambio de escenario y terreno; pero, sobre todo, a la vinculacin con la poblacin nativa, a la convocatoria indgena. Sin embargo, esta forma de guerra, que poda prosperar y desgastar al ejrcito chileno no cont con el apoyo de Lima, que prefiri firmar la paz con los vencedores.

 

 

 

 

Cronologa de los eventos [18]

La llamada guerra del Pacfico , conocida tambin como guerra del guano y salitre , se desencaden entre 1879 y 1883. En esta guerra, anticipada por la guerra naval, que concurri en el desierto de Atacama, se extendi al desierto de Tarapac, se propag a Lima y se adentr al interior del territorio peruano, en la sierra, se enfrentaron tres pases andinos y costeos; Chile contra Bolivia y Per. El Congreso de Bolivia, el ao 1878, se dio a la tarea del anlisis del acuerdo celebrado por el gobierno con Chile en 1873. La interpretacin boliviana del contrato firmado con la Compaa de Salitres de Antofagasta no estaba vigente, pues los contratos sobre recursos naturales deban aprobarse por el Congreso. El 14 de febrero de 1878 esta interpretacin fue ratificada por la Asamblea Nacional Constituyente mediante una ley; la misma estableca el reconocimiento del acuerdo con la condicin de que se pagara un impuesto de 10 centavos por quintal de salitre exportado por dicha empresa.

De manera expresa la Ley de 14 de febrero de 1878 dispone que:

Se aprueba la transaccin celebrada por el ejecutivo en 27 de noviembre de 1873 con el apoderado de la Compaa Annima de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta a condicin de hacer efectivo, como mnimo, un impuesto de diez centavos en quintal de salitre exportado.

 

Otra era la interpretacin de Santiago; para el gobierno de Chile el cobro del impuesto de 10 centavos sobre quintal exportado violaba el artculo IV del Tratado de lmites de 1874. La Compaa Annima de Salitre y Ferrocarriles de Antofagasta se opuso al cobro del impuesto, recurriendo al gobierno de Chile en su defensa. Se suscit primero una contienda diplomtica.

En los siguientes meses, se mantuvo en suspenso la aplicacin de la ley en tanto se evaluaban las objeciones presentadas por La Moneda. La correspondencia entre las cancilleras se hizo intensa; el 8 de noviembre, el canciller chileno, Alejandro Fierro, envi una nota al canciller boliviano, Martn Lanza, sealando que el Tratado de 1874 podra declararse nulo si se insista en cobrar el impuesto, retomando Chile sus reclamos anteriores a 1866. En respuesta, el gobierno de Bolivia, el 17 de noviembre, orden al prefecto del departamento de Cobija que aplicara la ley del impuesto con el objeto de iniciar las obras de reconstruccin de Antofagasta, que haba sufrido los percances de un terremoto. El Protocolo de 1875 contemplaba el arbitraje como medio de resolucin del conflicto; si bien, las partes en controversia estaban de acuerdo con el mismo, el arbitraje no se llev a cabo. La situacin se hizo tensa; por un lado, el gobierno de Chile exiga que se suspendiera la aplicacin de ley hasta conocer la decisin del arbitraje; por otro lado, el gobierno de Bolivia exiga que el blindado Blanco Encalada y los buques que le acompaaban se retiraran de la baha de Antofagasta. A continuacin, el gobierno de Bolivia rescindi el contrato con la Compaa de Salitres y Ferrocarriles de Antofagasta el 6 de febrero. El prefecto de Cobija, Severino Zapata, orden rematar los bienes de la compaa para cobrar los impuestos generados desde febrero de 1878.

En Santiago se recibi un telegrama del norte, conteniendo textualmente un mensaje del ministro plenipotenciario de Bolivia: "Anulacin de la ley de febrero, reivindicacin de las salitreras de la compaa". Este telegrama precipit la decisin del presidente de Chile, Anbal Pinto, de ordenar la ocupacin de Antofagasta. Este desembarco y ocupacin se efectu el 14 de febrero de 1879, tomando las tropas chilenas territorio boliviano hasta el paralelo 23. El da del remate, el 14 de febrero, tres naves chilenas arribaron a Antofagasta, Mejillones, Cobija y Caracoles reivindicndose estos puertos y territorios colindantes. Tomando en cuenta la gravedad de estos sucesos, el 16 de febrero, lleg a Lima el ministro boliviano Serapio Reyes, planteando al gobierno de Lima el cumplimiento del tratado de alianza defensiva de 1873. Los dados estaban echados, los sucesos se precipitaban encaminndose al conflicto blico; el 27 de febrero, el presidente de Bolivia, Hilarin Daza decret el estado de sitio en Bolivia.

Recurriendo a las fuentes de los archivos de la Compaa de Salitres y Ferrocarriles de Antofagasta, se puede cotejar, hasta cierto punto, que, aparentemente, en Chile todava haba una cierta incertidumbre en comprometerse en la guerra nada menos que para salvar a la compaa en cuestin, a pesar de que muchos polticos y ministros importantes eran accionistas notorios de la compaa. Sin embargo, al parecer, la decisin sera otra en el caso de que se remataran efectivamente las empresas salitreras. Hecho que, de ocurrir, de acuerdo a la interpretacin de La Moneda, equivaldra una violacin efectiva del tratado. Tomando en cuenta este marco, todo estos eventos, los datos y las fuentes, sobre todo las interpretaciones encontradas, parece amortiguarse un poco la determinacin de ir a la conflagracin; empero, teniendo en cuenta el contexto general y la preparacin misma para la guerra durante las cuatro dcadas anteriores, nos muestra la incertidumbre del momento, no la indeterminacin.

Los historiadores peruanos entienden que Per, pas que haba suscrito el Tratado de Alianza Defensiva con Bolivia, tratado de carcter secreto, suscrito en 1873, al mismo que Argentina no se termin de adherir, a pesar de haberse comprometido, a un principio, trat de convencer al gobierno de Bolivia para comprometerse en un arbitraje con la misin Quiones, para dirimir el conflicto. Desde el punto de vista legal, esto se haca posible, atendiendo de que se trataba de un "problema tributario" y no territorial. Dadas las circunstancias riesgosas y al borde del conflicto blico, el gobierno peruano, encarg a su ministro plenipotenciario Jos Antonio de Lavalle la misin de interceder y mediar; el ministro viaj a Santiago, empero la misin encargada se frustr. La disyuntiva peruana era complicada; no era fcil aceptar la fatalidad de la guerra, tampoco la obligatoriedad del cumplimiento del tratado de defensa. Cuando estallaron las hostilidades, el Per declar la guerra a Chile.

Ya en lo que se podra considerar la vspera misma de la guerra, el gobierno de Bolivia, el 1 de marzo, emite un decreto por el que se corta tanto el comercio, as como la comunicacin con Chile. Se ordena la desocupacin de los residentes chilenos, el embargo de sus bienes, propiedades e inversiones, desconociendo toda transferencia de intereses chilenos hecha con posterioridad al 8 de noviembre, fecha en la que el gobierno chileno declar nulo el tratado de 1874. Las tropas de ocupacin ya se encontraban en territorio de Antofagasta; lo que quedaba era avanzar al norte; quince das despus del mes fatdico, en Chile se da comienzo a los ltimos arreglos para invadir los territorios que se encuentran al norte del paralelo 23. Se puede decir, que la primera batalla terrestre de la guerra todava no declarada, aunque ya prcticamente efectuada, se da el 23 de marzo, cuando se invade la poblacin boliviana de Calama. Un abrumador contingente de fuerzas invasoras venci a un reducido grupo de civiles bolivianos, que se inmolaron en la defensa, entre los que se encontraba Eduardo Abaroa. Formalmente el 5 de abril de 1879 Chile declar la guerra a Bolivia y Per.

Roberto Querejazu Calvo comentando la batalla de Calama escribe:

El cruce de fuego comenz a las 7 de la maana. Los atacantes, divididos en dos columnas, avanzaron resueltos a cruzar el ro por los puentes Topater y Carvajal, encabezados por unidades de caballera. Los puentes haban sido destruidos una semana antes por orden de Cabrera. Dice el cronista chileno Flix navarra: Los chilenos que avanzaban muy confiados fueron recibidos por descarga de fusilera por los bolivianos parapetados en la orilla opuesta al Loa. Se encabritaron los caballos, hubo confusin entre los jinetes y se volvi bridas en precipitado repliegue. Los bolivianos, envalentonados con esta retirada, con un valor digno de ser reconocido, abandonaron sus parapetos y tendiendo con tablas un puente provisorio cruzaron el ro y persiguieron a nuestros cazadores. Los actores en esta accin eran el Mayor Juan Patio, el seor Eduardo Abaroa, el oficial Burgos y 8 rifleros [19] .

 

A pesar de las muestras de herosmo y coraje, Calama Cay. No poda sostenerse por ms tiempo su defensa frente a todo un ejrcito bien pertrechado. La defensa de Calama qued en la memoria; forma parte de la remembranza cvica de las escuelas. Lo que muestra la batalla de Calama es la determinacin de un grupo de civiles, aunque contaban con oficiales; estaba ausente la disposicin anticipada de un ejrcito nacional para la defensa.

 

La guerra naval

En esta guerra del Pacfico, en trminos estratgicos, quedaba clara la necesidad evidente de contar con un dominio en el mar; vencer la guerra en el mar pareca una condicin indispensable para ganar la guerra terrestre. De alguna manera, se puede decir, que la guerra naval es como la antesala de todos desplazamientos de la guerra terrestre. Sin ser grandes armadas, con lo que contaban para entonces, se enfrentaron las escuadras beligerantes. En la comparacin, la ventaja en el arsenal martimo la llevaba Chile. Sin embargo, las primeras victorias navales fueron para el Per. La escuadra chilena consista en las fragatas blindadas gemelas, Cochrane y Blanco Escalada. El resto de la escuadra estaba formada por naves de madera: las corbetas Chacabuco, OHiggins y Esmeralda, la caonera Magallanes y la goleta Covadonga. La escuadra peruana estaba conformada por la fragata blindada Independencia y el monitor Huscar. Completaban la escuadra peruana los monitores fluviales Atahualpa y Manco Cpac, la corbeta de madera Unin y la caonera de madera Pilcomayo. En cambio Bolivia contaba con buques de guerra como el Guardacostas Bolvar, el Guardacostas Mariscal Sucre y las embarcaciones Laura y Antofagasta.

Iquique, puerto peruano, se encontraba bloqueado por parte de la armada chilena. La escuadra zarp al combate, a desbloquear el puerto. El combate naval de Iquique se dio lugar el 21 de mayo de 1879; en el combate, el monitor Huscar, al mando del capitn de navo miguel Grau Seminario, hundi a la corbeta chilena Esmeralda, al mando del capitn de fragata Arturo Prat Chacn. El mismo da, la fragata Independencia se enfrent con la goleta Covadonga, cuyo comandante capitn de corbeta, Carlos Condell de Haza, evadi el combate bordeando la costa; perseguido por la Independencia que, en su afn de espolonear a la Covadonga, hizo que el blindado peruano encallara en Punta Gruesa. Los combates navales de Iquique y Punta Gruesa le dieron una victoria tctica al Per: el bloqueo del puerto de Iquique fue levantado y las naves chilenas fueron hundidas o abandonaron el rea.

A pesar de la inferioridad numrica, el comandante del Huscar mantuvo ocupada a toda la escuadra chilena durante un semestre. Es sobresaliente la actuacin del Huscar en la guerra naval; entre su desempeo destacado se puede contar con el primer combate naval de Antofagasta, dado el 26 de mayo de 1879, y con el segundo combate naval de Antofagasta, dado el 28 de agosto de 1879. Una de sus victorias tajantes fue la captura del vapor Rmac, ocurrida el 23 de julio de 1879. En la captura, Grau no slo detuvo al buque, sino tambin al regimiento de caballera Carabineros de Yungay, regimiento que se encontraba a bordo. Esta captura provoc una crisis en el gobierno de Santiago, ocasionando la renuncia del almirante Juan Williams Rebollo. El nuevo nombramiento recay en el comodoro Galvarino Riveros Crdenas, encargado de dar caza al Huscar.

En este teatro de operaciones navales, lleg el combate crucial de la campaa naval, la misma que tuvo lugar en Punta Angamos, el 8 de octubre de 1879. Finalmente el monitor Huscar, junto con la Unin, que logr escapar, fue capturado por la armada chilena. En el enfrentamiento muri su comandante, Miguel Grau Seminario. El combate naval de Angamos marc el fin de la campaa naval de la Guerra del Pacfico, quedando Chile con el dominio martimo.

 

La guerra terrestre

El teatro de operaciones terrestre fue tambin favorable al ejrcito chileno. Las tropas de ocupacin comenzaron sus desplazamientos militares en las provincias de Tarapac, Tacna y Arica. Teniendo como antecedente lo ocurrido con el desembarco en Antofagasta y la toma de Calama, quedando el dominio de Atacama en manos del ejrcito chileno, las victorias de Pisagua, Pampa Germania y Dolores, que se dieron a fines de 1879, aseguraron el control sobre el departamento de Tarapac; despus devino la ocupacin y el control de Tacna y Arica en 1880. En contraste, la batalla de Tarapac culmin con una victoria aliada; sin embargo, esta victoria no cambi el curso de la guerra a favor de los aliados. Sorpresivamente el ejrcito de apoyo que vena de Bolivia, al mando de Hilarin Daza, se retir de la guerra despus de la batalla del Alto de la Alianza.

Mientras se suscitaban estos acontecimientos blicos, llama la atencin el sopor con que se encontraba Lima. Pareca ubicada en otro mundo, alejada del fragor de la guerra, tambin desarticulada del resto del pas. Una excesiva sobrevaloracin de su heredad, como metrpoli virreinal, adems de sentirse incomprensiblemente invulnerable, seguramente por la evaluacin de la distancia de la guerra, minimiz desacertadamente la situacin blica. Para la sorpresa limea, que abrira los ojos tardamente, en enero de 1881, desembarcaron las tropas chilenas en una playa cerca de la ciudad; despus de vencer al ejrcito improvisado para la defensa de la capital, en las batallas de San Juan y Miraflores, entraron en la apotesica y orgullosa Lima. Con el ejrcito invasor en la misma urbe, la poblacin civil sali desesperada a defenderla, aunque sin lograrlo. Los doce reductos armados rpidamente para la defensa de la ciudad fueron desbaratados por la accin militar del ejrcito chileno. De las batallas se pas a los incendios y saqueos en los poblados de Chorrillos y Barranco.

Una vez terminadas las batallas de San Juan y de Miraflores y dejando como desenlace la victoria de Chile en la ocupacin de Lima, el coronel peruano Andrs Avelino Cceres y el capitn Jos Miguel Prez, acompaados por otros oficiales tomaron la determinacin de continuar la lucha contra el ejrcito invasor. Se propusieron alcanzar los Andes Centrales, llegar a la sierra, donde se reorganizara al ejrcito con el objeto de ofrecer resistencia al ejrcito de ocupacin. Cceres se hizo cargo de la resistencia en la Sierra Central, en tanto que el coronel Gregorio Albarracn se encarg de la resistencia en la Sierra del Sur. Ambos oficiales optaron por la tctica de la guerra de guerrillas durante tres aos, apoyados por la poblacin, primordialmente indgena. En esto ayud el dominio del quechua por parte de Cceres. Estos oficiales guerrilleros establecieron su centro de operaciones en la brea de los Andes centrales, pues esta zona presentaba una topografa adecuada para el desplazamiento de la guerra de guerrillas.

La guerra de guerrilla de las regiones sur y centro andinas logr varias victorias contra las fuerzas chilenas. Con este dominio de los territorios interiores, Cceres se dirigi a Cajamarca, ubicada en la Sierra del Norte. Mediante esta incursin buscaba evitar el ascenso de Miguel Iglesias; autoridad peruana que ya haba manifestado su intencin, desde el ao 1882, de firmar la paz con Chile, concedindole territorio. Esta incursin de Cceres no fue suficiente; la base del Tratado de Ancn ya estaba acordada, entre Patrico Lynch y Miguel Iglesias, el 3 de mayo de 1883. Iglesias firm el convenio inicial en Cajamarca. Al ejrcito de ocupacin le quedaba vencer la guerra de guerrillas y a los oficiales rebeldes de la resistencia; esto aconteci en la Batalla de Huamachuco, el 10 de julio de 1883. Estaba al mando de la resistencia peruana Andrs Avelino Cceres, en tanto que al mando del ejrcito de ocupacin se encontraba Alejandro Gorostiaga. En Huamachuco fue derrotada la guerra de guerrillas y la resistencia peruana. Inslitamente Miguel Iglesias envi una comisin con la tarea de felicitar a Gorostiaga por su victoria. En otro escenario, Montero, comandante de la resistencia en la sierra del sur, se vio obligado salir de Arequipa para evitar la destruccin de la ciudad. Con estos desenlaces de la guerra en el interior, el 20 de octubre de 1883 en Ancn se dio la discusin de los trminos del tratado de paz. Una vez firmado el Tratado de Ancn, el 11 de marzo de 1884, la Asamblea Constituyente aprob el Tratado. Iglesias march hacia Lima para asumir el gobierno del Per.

La guerra del Pacifico termin; empero, la guerra interna no concluy. Las irreconciliables diferencias entre Cceres e Iglesias, entre un Per que acept la derrota y otro Per que nunca la acept, desencadenaron una guerra civil. La guerra civil la gan Cceres.

Se puede decir que la guerra concluy oficialmente el 20 de octubre de 1883; esta culminacin quedaba ratificada con la firma del Tratado de Ancn. Con la aplicacin del tratado el departamento de Tarapac pas a manos chilenas permanentemente; a esto hay que aadir que las provincias de Arica y Tacna quedaron bajo administracin chilena por un lapso de 10 aos; al cabo de la dcada un plebiscito decidira si quedaban bajo soberana de Chile, o si volvan al Per.

Cuando se firm el Tratado de Ancn, el departamento de Tacna contaba con tres provincias: Tacna, Arica y Tarata. Dos aos despus del tratado, en 1885, Chile ocup la provincia de Tarata. Sin embargo, sta fue devuelta al Per el 1 de septiembre de 1925, por resolucin del rbitro Calvin Coolige, presidente de los Estados Unidos. El plebiscito previsto en el Tratado de Ancn nunca se llev a cabo. Ms tarde, 1929, cuando se firm el Tratado de Lima, tratado que cont con la mediacin de Estados Unidos, se estableci que gran parte de la provincia de Tacna fuese devuelta al Per mientras que Arica y el resto quedara definitivamente en manos de Chile.

La paz entre Chile y Bolivia fue firmada en 1904. En este tratado Bolivia reconoce la permanente soberana de Chile sobre los territorios conquistados. A lo largo de la historia diplomtica entre ambos pases, este tratado fue cuestionado, revisado e incumplido por parte de los distintos gobiernos y administraciones de Chile.

 

Anlisis

Geopoltica regional

Hay dos conceptos que estamos usando para comprender la guerra del Pacfico; uno es guerra perifrica y el otro es geopoltica regional. Cuando hablamos de guerra perifrica nos referimos a las guerras desatadas en las periferias del sistema-mundo capitalista. Cuando hablamos de geopoltica regional, nos referimos a la estrategia, en la perspectiva de la geografa poltica, de alcance medio. Las guerras perifricas se distinguen de las guerras centrales no slo por el lugar dnde se dan, sino tambin por las pretensiones inherentes. Las guerras en los pases centrales tienen que ver primordialmente con objetivos imperialistas, entonces, tienen que ver con las contradicciones imperialistas. En cambio, las guerras perifricas no tienen esas pretensiones, responden, mas bien, a una combinacin de contradicciones donde se combinan los intereses locales con los intereses imperialistas. El alcance geopoltico de estas guerras es, mas bien, limitado si comparamos con los alcances geopolticos de las guerras imperialistas. Como en toda geopoltica se trata del control territorial, del control geogrfico, del control espacial; empero, se trata de un control de menor extensin que el pretendido por el imperialismo. Se trata de un control regional; vamos a entender este termino de lo regional en el sentido de una extensin de mediano alcance; ni local, ni nacional, pero, tampoco continental. Aunque el trmino regional connota ambigedad y una variacin de posibilidades, dependiendo de lo que se quiere abarcar con esta palabra, a nosotros nos interesa usarla en el sentido de un alcance mediano, de una extensin media, de un entorno de control, irradiacin y afectacin. Se trata de lo siguiente: de una geopoltica cuyo alcance consciente es de mediana extensin; no hay ninguna intencin de ir ms lejos. Es una geopoltica acorde a las fuerzas que se tiene, una geopoltica, mas bien, limitada; sin embargo, de impacto efectivo. Se trata de una geopoltica de control territorial en relacin al entorno fronterizo; ahora bien, el alcance de este entorno puede ser ms o menos amplio, dependiendo de lo que se quiere controlar. Ms all de las fronteras del pas se quiere, por ejemplo, controlar los recursos naturales, ms all de las fronteras se quiere evitar el potenciamiento de los vecinos, ms all de las fronteras se busca conformar un entorno no hostil, de seguridad. Entonces la geopoltica es de mediana extensin. Esta geopoltica regional est asociada a potencias de segundo orden; no son grandes potencias, tampoco corresponden a un imperialismo, sino que buscan dominar su entorno, conformar una regin de dominio en su entorno.

Las guerras perifrica en parte corresponden a los juegos de esta geopoltica regional, aunque tambin, muchas de estas guerras, quizs la mayor parte, corresponden a guerras fratricidas entre pases dependientes, empujados a la guerra por las contradicciones imperialistas. Ciertamente, parte de estas guerras tienen que ver con conflictos limtrofes, fronteras heredadas de las administraciones coloniales, as como tambin con conflictos tribales. Lo que nos interesa enfocar, por el momento, es la relacin entre estas guerras perifricas y la geopoltica regional.

Armando una tesis sobre esta geopoltica regional, buscamos hacer una descripcin de sus caractersticas principales. Habamos dicho que la geopoltica regional tiene un alcance de expansin mediana, puede corresponder a conquistas de mediana intensidad. Esta geopoltica regional est lejos de parecerse, por lo menos en la cualidad y la conmensurabilidad de los alcances, a la geopoltica imperialista; tampoco repite del todo, por las mismas razones, la geopoltica de lo que se ha venido en llamar sub-imperialismo, que es como un imperio de segundo orden, subordinado al imperialismo dominante. Las potencias de segundo orden, de la que hablamos, no son sub-imperialismo; tiene una pretensin menor; la regin que abarca como pretendida influencia y control, es tambin menor a la extensin de un sub-imperialismo, que ms bien puede ser continental o sub-continental. Las potencias de segundo orden tienen en la mira a sus vecinos, sea en el sentido de la defensa o en el sentido de la expansin.

A esta caracterstica del alcance medio de la geopoltica regional se vincula un geopoltica temporal, si podemos hablar as, pues parece un contrasentido hablar de geografa, espacio, refirindonos al tiempo, aunque desde la fsica cuntica estemos obligados a pensar el espacio-tiempo de los acontecimientos. La geopoltica temporal de la que hablamos se refiere al manejo del tiempo en la consecucin de la realizacin geopoltica. Se trata de pasos, tambin de fases, de etapas que se van graduando. Toda geopoltica debe considerar la temporalidad de su realizacin; no es que ocupe el tiempo, sino que ocupa territorios en tiempos sucesivos. La geopoltica regional hace lo mismo; la diferencia radica en que, de acuerdo al tamao de su poder, el ritmo y la gradualidad de la expansin de alcance medio, depende de potenciamientos por etapas. El avance de la realizacin geopoltica es ms bien discreto, por fases discontinuas. Puede darse el caso de una emergencia crtica, como la proximidad ineludible de una guerra; en ese caso, la apuesta es indiscreta y claramente expansionista. Cuando ocurre esto, cuando se est ante esta eventualidad imperiosa, se pone en juego la totalidad de la disponibilidad, pues est en juego la propia existencia.

Ahora bien la geopoltica es un concepto geogrfico de dominacin o, si se quiere es un concepto de dominacin geogrfico. Las estrategias geopolticas estn ntimamente vinculadas a las clases dominantes. Ninguna dominacin puede desentenderse del control territorial; ciertamente los antiguos imperios contaron con concepciones territoriales de dominacin. En este sentido, es conveniente hacer un anlisis comparativo de estas estrategias territoriales en la historia de las dominaciones. Sin embargo, por ahora debemos concentrarnos en la explicita formacin discursiva que se concibe como geopoltica; esta corresponde a la modernidad y a las expresas estrategias de dominacin de las burguesas. Esta geopoltica est ntimamente relacionada con las estructuras de los ciclos del capitalismo, con las formas de la acumulacin de capital, con las cartografas econmicas, con el juego de los monopolios y de los mercados. Por eso, cuando hablamos de geopoltica regional nos referimos a la estrategia estatal de la clase dominante; en este caso, de la burguesa singular correspondiente al pas en cuestin, a la proyeccin de esta segunda potencia. No es posible una geopoltica de la sociedad, compuesta por clases sociales, embarcadas en sus propias luchas, proyectando entonces, mas bien, distintas estrategias polticas. De manera diferente, es posible encontrar que los sectores sociales explotados de un pas prefieran la solidaridad con los otros sectores sociales similares del otro pas, que un enfrentamiento entre pases, propugnado por sus burguesas.

Volviendo a las definiciones polmicas de geopoltica, Ives Lacoste, gegrafo francs, concibe la geopoltica como la disciplina que estudia las rivalidades por los territorios, pases y continentes [20] . Tendramos que decir que la geopoltica regional se ocupa de las rivalidades de territorios circundantes, de pases vecinos, en una regin que podemos llamarla subcontinental? Ahora bien, la geopoltica, en el sentido de estrategia territorial, tiene como uno de sus objetivos primordiales el control de los recursos naturales. Este eje de desplazamiento de la geopoltica imperialista ha sido evidenciado en la historia del capitalismo y de las potencias globales. Este eje de ocupacin tambin es compartido por la geopoltica regional, aunque en una escala menor, de mediano alcance, como hemos dicho. Se trata del control de los recursos naturales en un entorno dado. Ahora bien, de lo que se trata es de saber dnde se direccionaliza la explotacin de estos recursos; en tanto no se trata de una potencia global, sino de una potencia de segundo orden, articulada ya a la estructura conformada por la geopoltica del sistema-mundo capitalista, este flujo de materias primas se dirigen a los centros industriales del sistema-mundo. La geopoltica regional no es ms que una parte, una composicin, de la geopoltica del sistema-mundo capitalista. Es una mediacin en el proceso de acumulacin capitalista global y en el proceso de dominacin mundial. Sin embargo, en la regin en cuestin, la geopoltica regional tiene impacto, configura realidades en la regin, afectando a la dinmica de los pases.

 

Rudolf Kjellen dice que la Geopoltica concibe al Estado como un organismo geogrfico o como un fenmeno en el espacio [21] . Ciertamente la biologizacin del Estado por parte de Kjellen, el convertirlo en un organismo viviente, salta las caractersticas polticas del Estado, as como las caractersticas relativas a las estructuras de poder, incluso si consideramos las estructuras de larga duracin, si nos remontamos a las pocas no modernas de estas formaciones de poder. Se entiende que lo hace para estudiar al Estado como si fuese un organismo vivo, convirtiendo a este objeto de estudio en parte de las ciencias naturales. Se pueden comprender a primera vista las limitaciones de este enfoque; sin embargo, muchos estadistas, polticos, sobre todo conservadores, comparten este prejuicio.

 

Indudablemente fue Friedrich Ratzel el que le da un cuerpo terico a la geopoltica [22] . Ratzel no est muy lejos de la ideologa de Kjellen. Se trata de una ideologa que no slo fetichiza el Estado, le otorga vida propia, sino que convierte al Estado en un sujeto. Ahora sabemos que el Estado es una composicin de las relaciones sociales; es la dinmica de las relaciones sociales, sobre todo cuando se convierten en relaciones de dominacin, en relaciones y estructuras de poder, las que construyen y reproducen esta maquinaria de disponibilidad de fuerzas. Por eso mismo, el Estado tambin es un imaginario, ciertamente muy til para la legitimacin del poder de las clases dominantes. El capital es un mbito de relaciones, el Estado tambin lo es; es el anlisis crtico de estos mbitos relacionales, de estas estructuras de relaciones sociales, la que nos va dar la clave para comprender las lgicas de sus funcionamientos. Cuando nos encontramos con teoras que convierten al capital en algo con vida propia, y al Estado como una entidad con vida propia, estamos ante formaciones enunciativas cosificantes, que transfieren la dinmica de las relaciones sociales a la cosa, otorgndole la magia de una vida propia. Se comprende que estas ideologas sean funcionales a la reproduccin del capital, a la reproduccin del Estado, a la reproduccin de la burguesa, a la reproduccin del poder; es decir, a la reproduccin de las relaciones y estructuras de dominacin en todas sus formas. La geopoltica forma parte de esta ideologa; es ms, se la puede considerar como un saber de dominacin de las estructuras de poder vigente. La geopoltica puede tener un alcance de dominacin global, como en el caso de los imperialismos, o puede tener un alcance menor, como en el caso de los llamados sub-imperialismos, incluso menor, como en el caso de las potencias de segundo orden. En todos estos casos es la burguesa la interesada en promover la geopoltica. Esta promocin se efecta en instituciones especializadas, universidades, fuerzas armadas, organismos especializados del Estado. Sobre todo se la vuelve prctica en polticas pblicas o en estratgicas de conquista y ocupacin como la guerra.

 

Podemos decir entonces, que el otro eje y vnculo de la geopoltica es el Estado. La geopoltica es dos cosas, tiene dos cabezas, es saber estatal, as como tambin es disposicin estatal; es decir, la disposicin y la desenvoltura del Estado en lo que respecta a la ocupacin territorial. Lo que lleva de por s, la disponibilidad material y prctica de efectuarlo. Ahora bien, la geopoltica regional, tambin tiene dos cabezas, un saber y una estrategia, empero, como hemos dicho, los alcances de este saber y de esta estrategia se adecuan al alcance de las pretensiones, que en este caso tienen que ver con el entorno. No se trata, sin embargo, de un saber menor, sino diramos, de un saber incluso ms minucioso, un saber ms detallado, un saber de la complejidad y diferencias del entorno, de sus accidentes y sus desiertos. Este saber de la geopoltica regional obliga a la estrategia a adecuarse a la peculiaridad de los terrenos, exige a las maniobras de desplazamiento, as como a las maniobras militares, a adaptarse a la morfologa territorial, sus distancias y dificultades.

 

Desde la perspectiva meticulosa de la geopoltica regional hablamos de un Estado adaptado a su geografa ocupada y a la de su entorno. El celo del control territorial, en parte debido a la necesidad obligada de la defensa fronteriza, en parte a las exigencias econmicas de administrar la escasez, y en parte a las demandas del mercado internacional, produce la conformacin de un Estado acondicionado a las exigencias del control escrupuloso del territorio. Llama la atencin que en Amrica latina y el Caribe, en la tendencia de adecuacin, hayan sido los Estado-nacin de extensin geogrfica menor los que mejor hayan administrado su geografa, con todas las diferencias que pueda haber al respecto. El Estado que mejor ha efectivizado esta adecuacin es el de Chile. Lo que decimos no quiere decir, de ninguna manera, que lo mejor que se poda hacer era optar por geografas chicas, sino, que dadas las circunstancias, de la renuncia a la Patria Grande, por parte de las oligarquas regionales, el decurso de la historia turbulenta de los pases independizados llev a esta situacin.

 

Karl Haushofer (1869-1946) propone la teora del espacio vital. sta se resume en el enunciado de que si el Estado no posee el espacio que necesita tiene el derecho de extender su influencia fsica, cultural y econmica. Si un Estado ms fuerte es pequeo tiene el derecho de ampliar su territorio. En otras palabras, los Estados vitalmente fuertes necesitan ampliar su espacio. La extensin territorial conlleva el incremento de poder; el supuesto terico de esta teora es que espacio es poder. Esta tesis de Haushofer puede ser considerada como uno de los principios de la geopoltica regional. Esta tesis se puede expresar de la siguiente manera: Cuando la potencia en crecimiento y las fuerzas acumuladas exceden el control territorial del Estado en cuestin, ste se encuentra obligado a su expansin. Traducida la tesis a un leguaje econmico, acorde a la formacin discursiva de la revolucin industrial, podra pronunciarse de la siguiente manera: Si la demanda de materias primas por parte del mercado internacional crece, si adems estos recursos no se encuentran en territorio propio, es casi un imperativo controlar estas reservas por un medio o por otro, de una manera o de otra, por mediaciones o de forma directa, anexando territorios.

 

Como se puede ver el discurso geopoltico es un discurso de justificacin de la violencia estatal; ya no se trata del monopolio de la violencia legtima respecto a la sociedad misma, sino del uso de la fuerza blica en contra de estados vecinos. El discurso geopoltico es un discurso que hace apologa de la violencia y de la guerra. La emisin de este discurso slo se la puede entender por cuanto deriva de la concepcin expansionista de la burguesa. Se trata de un discurso conservador y de lite; de ninguna manera de un discurso popular. Cundo, bajo qu condiciones, puede una burguesa belicosa comprometer al pueblo en una guerra? Se supone que la burguesa tiene que haber logrado una cierta hegemona sobre la sociedad, empero, combinada con cierta dosis de autoritarismo. Al respecto, hay que considerar que la burguesa no es homognea; se trata, mas bien, de una composicin variada. Generalmente, cuando se empuja a la guerra a un pas, es cuando los sectores ms conservadores de la burguesa son los que han ganado el control del Estado. Por otra parte, claro est que intervienen otros factores, que dependen del contexto, del momento, de la coyuntura, de las caractersticas poblacionales, de la presencia de empresas del pas en otro pas.

 

Las teoras geopolticas globales tienen como objetivo el control del mundo; esto se entiende en tanto que las potencias globales se encuentran en la disputa del control territorial en la geografa del sistema-mundo capitalista. Por ejemplo, Nicols John Spykman [23] ( 1893-1943) propuso que el control de Euro-Asia implicaba el control del mundo. Se dice que al asumir esta tesis, la estrategia norteamericana fue de contrarrestar el avance del ejrcito rojo y de los estados socialistas en Europa del este, con el plan Marshall y con la OTAN en la Europa del oeste. Qu connotacin tiene una teora como la de Spykman en la geopoltica regional? Como hemos dicho, en la geopoltica regional no se trata de una estrategia global, no se trata, ni mucho menos, del control del mundo, sino del control del entorno. Ahora bien, lo que entra en juego es el control de recursos naturales y reservas estratgicas; pero, no solo, pues tambin se trata del control de sus flujos y del mercado de estos flujos. Si se trata de un rea terrestre, el control del espacio de transporte de estos flojos de materias primas; si se trata de un rea martima, el control del mar y del ocano que corresponde al transporte mercante; si se trata del espacio areo, el control del cielo, tanto para el transporte comercial como para el dominio militar. Por ejemplo, desde la perspectiva geopoltica regional, lo que est en disputa entre los estados de Bolivia, Chile y Per es el control de los recursos naturales estratgicos, de sus reservas, el control del espacio de transporte y de comunicaciones, el control del ocano pacfico del sud, as como el control areo. Todo esto tambin est conectado, de una u otra manera, con el control financiero o la participacin en este control financiero.

 

 

 

Contra-geopoltica

Hacia una geografa emancipadora

No podemos caer, de ninguna manera, en la impresin de que la geografa est dominada por la geopoltica. Esto no es cierto, desde ningn punto de vista; ni desde la historia de la geografa, tampoco desde la perspectiva epistemolgica de la geografa. La geopoltica es un caso particular, podramos decir no solamente conservador de las teoras geogrficas, sino hasta reaccionario. Por otra parte, los paradigmas usados por la geopoltica y las teoras en boga de esta disciplina son mas bien dbiles y poco sustentables, tanto filosfica, teora y cientficamente. Mientras la geografa, epistemolgica, terica y metodolgicamente, ha dado saltos importantes, la geopoltica se ha rezagado en presupuestos prejuiciosos y hasta raciales. En la historia de la geografa un paso significativo fue el desplazamiento dado en los trminos de la geografa cuantitativa. Desde esta perspectiva epistemolgica, el espacio ya no es algo dado sino, mas bien, un producto social, de las relaciones sociales, de los flujos y movimientos sociales, de los asentamientos humanos, de las trasformaciones producidas por los desplazamientos humanos, acciones y prcticas. La geografa cuantitativa es una ciencia matemtica, por cuanto el manejo de los indicadores se hace indispensable y la conmensuracin de los desplazamientos y transformaciones espaciales. Empero, esto no quiere decir que no est afectada por una fuerte crtica y reflexin terica, adems de la incidencia multidisciplinaria e interdisciplinaria de otras ciencias, como la historia y las ciencias humanas, la sociologa, la antropologa, as como las ciencias econmicas. A partir de esta ruptura y desplazamiento epistemolgico la geografa se transforma; esta ciencia del espacio y de la tierra, se ocupa no solamente de un espacio como producto social, sino descubre mltiples espacios efectivos y posibles, que comprenden sus propias dinmicas de configuracin. As tambin como que la geografa se abre a distintas connotaciones espaciales, haciendo consideraciones sobre el lugar, el territorio, la regin, los espaciamientos diferenciales. En este sentido se abre a considerar los espesores territoriales, que comprenden espesores culturales, afectivos, imaginarios, adems de abrirse a los movimientos socio-territoriales, en tanto luchas transformadoras del hbitat y de los espacios. En esta perspectiva, no podemos dejar de considerar los espesores ecolgicos.

Como se podr ver, este desplazamiento epistemolgico de la geografa deja atrs una perspectiva esttica del espacio, sobre todo, deja en evidencia, hace visible, la limitaciones y estrechez de las teoras geopolticas, sobre todo sus rudimentarios cuerpos tericos. La geografa no solamente promueve investigaciones de las dinmicas espaciales, sociales y territoriales, en distintos tpicos y problemticas, sino que se ha abierto a lecturas e interpretaciones emancipatorias. As lo entendi Milton Santos, el gegrafo brasilero de la corriente crtica y de la complejidad espacial, as tambin comprendi David Harvey, el gegrafo y profesor marxista de la City University of New York. Ambos gegrafos encuentran en la geografa una poderosa herramienta crtica a las estructuras de poder, a las formas de dominacin y al capitalismo, as como un saber emancipador que alumbra sobre las dinmicas y complejidades espaciales [24] .

Milton Santos se propone identificar la naturaleza del espacio y encontrar las categoras de anlisis que permitan estudiarlo [25] . El espacio como producto aparece en Milton Santos como interpenetracin del sistema de objetos y el sistema de acciones. Pero, no ocurre, como en la teora de sistemas autopoiticos, donde un sistema presta su propia complejidad al otro sistema para ser interpretado, sino que, en esta conjuncin, aparecen categoras analticas y sintticas reveladoras de campos de relaciones y de espesores sociales y culturales. El paisaje, la territorialidad, la diferenciacin territorial del trabajo, el espacio producido o productivo, las rugosidades y formas contenidas, son estas categoras. A partir de ellas se puede pasar a interpretar la regin, el lugar, las redes, las escalas, el orden local y global. Esta perspectiva geogrfica se abre a las dinmicas, que podramos llamar, constitutivas del espacio; estos son los procesos: la tcnica, la accin, los objetos, la norma y los acontecimientos, la universalidad y la temporalidad, la idealizacin y la objetivacin, los smbolos y la ideologa.

En Milton Santos la conformacin de una geografa crtica pasa por cuatro momentos. El primer momento, corresponde a una ontologa del espacio, en la bsqueda de las nociones originarias. Se trata de la comprensin de mltiples relaciones geogrficas que permita la interpretacin de la forma cmo el territorio ha sido transformado con la presencia de la tcnica. El segundo momento, corresponde a la produccin de las formas-contenido; aqu se retoma el espacio en tanto forma-contenido. Se trata de reconocer cmo el proceso de transformacin de una totalidad va sufriendo modificaciones en su estructura a partir de las dinmicas sociales, de sus prcticas y acciones, de las propias configuraciones y reconfiguraciones materiales y territoriales del espacio, as como de las modificaciones de la divisin del trabajo. El tercer momento, es el que corresponde a una geografa del presente. Cada periodo es portador de una constelacin de sentidos compartidos, de una combinacin de imaginarios, a partir de los cuales se interpreta la coyuntura como realizacin histrica de las promesas tcnicas. El cuarto momento, corresponde a la emergencia de las racionalidades convergentes frente a la racionalidad dominante. Las racionalidades convergentes descubren las posibilidades inherentes al espacio, develan las facetas no conocidas del espacio; el espacio aparece como nuevo. Confluyen tambin dialcticamente las redes del lugar y las redes globales, modificando los sitios de acuerdo a sus combinaciones y composiciones.

En el captulo El territorio: un agregado de espacios banales, Milton santos propone el territorio como categora primordial de anlisis del espacio; hace notar que se trata del territorio usado, no del territorio pensado abstractamente y reducido a su conmensuracin. El espacio banal es un conglomerado de espacios entrelazados; con esta perspectiva rompe con las visiones geogrficas que separan los espacios; el espacio poltico, el espacio social, el espacio econmico, el espacio cultural; adems de comprender el espacio como complejidad y multiplicidad. El territorio es pensado a partir de la dinmica de movimientos de trueques, intercambios, complementariedades. El territorio es considerado como identidad donde nos reconocemos en un espacio que comprendemos que es nuestro. La crtica de Milton Santos es a una geografa euro-cntrica que ha asimilado el territorio al Estado, ha estatalizado el territorio. Tambin dice que el Estado-nacin, el Estado territorial, es una identidad establecida normativa y administrativamente a travs del reconocimiento de la ciudadana y la cartografa de la geografa poltica. Por otra parte plantea que lo que se llama territorio nacional, que corresponde a una identidad establecida, est sometida a un campo multilateral de fuerzas. El territorio nacional forma parte de una economa internacional y se encuentra sometido a procesos de desterritorializacin y reterritorializacin.

Otras categoras de anlisis del territorio son la horizontalidad y la verticalidad como ejes de composicin espacial. Santos opone el eje de composicin horizontal, que corresponde a las vecindades, a las continuidades, a la prevalencia de las regiones antiguas, a la composicin vertical, que corresponde a la globalizacin; tambin podramos decir a la estatalizacin. Se puede entonces comprender el territorio como un escenario de tensiones y contradicciones donde pugnan estas dos tendencias. Se puede tambin hablar de una historia territorial; un primer momento, correspondiente a la conformacin del lugar y del grupo; un segundo momento, correspondiente al establecimiento territorial por parte de los Estado-nacin; un tercer momento, donde pasamos al control territorial de las empresas supranacionales. En este recorrido histrico los espacios banales, como conglomerados de espacios mltiples que interactan, se entrelazan y se combinan, han sido afectados, tendiendo a ser sustituidos por el espacio homogneo de la globalizacin, codificado monetariamente y reducido a los signos de la publicidad y del consumo.

Santos concibe una geografa que efecta anlisis dialectos de procesos constitutivos del espacio; stos se dan como movimientos contradictorios entre territorio y mundo, lugar y mundo, lugar y territorio, territorio y formacin social, lugar y espacio. Entonces estamos ante una geografa de las dinmicas territoriales, de los flujos y movimientos constitutivos, de los lugares, de los sitios, de los territorios, de las regiones, de los espacios. Hay que entender el espacio de un pas como una confederacin de territorios, al territorio como una confederacin de lugares. En esta complementariedad de lugares y de territorios, la tarea es liberar las potencialidades espaciales oponiendo las relaciones horizontales contra las relaciones verticales. Las confederaciones de lugares y las confederaciones de territorios pueden conformar mundos heterogneos frente al mundo impuesto por el capitalismo y la modernidad.

Con esta revisin rpida de algunas de las nuevas perspectivas epistemolgicas de la geografa, queremos pasar a proponer el diseo de una contra-geopoltica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tesis contra-geopoltica

1. Los pueblos no tienen por qu estar en guerra, son los estados los que lo estn, son sus clases dominantes las que lo estn, en constante querella por el control territorial y del excedente.

 

2. La obsesin por el control territorial, de los recursos, de la poblacin, de los mercados, convierte a la geopoltica en un saber conservador del espacio, que es un instrumento de dominacin imperial, entonces global, que cuenta con mediaciones regionales, las que promueven una geopoltica regional.

 

 

3. Los pueblos no tienen por qu buscar el control territorial, sino, por el contrario, la complementariedad territorial, la confederacin de territorios y de lugares complementarios y solidarios.

 

4. La contra-geopoltica se propone llevar a cabo, radicalizar, las consecuencias espaciales de una geografa emancipadora, una geografa de la complejidad, de la multiplicidad del conglomerado de espacios, buscando liberar las potencialidades de los lugares, de los territorios, de los espacios, armonizando comunidades humanas y ecosistemas.

 

 

5. La contra-geopoltica se opone a los monopolios, a los controles, a las dominaciones sobre los lugares, los territorios y los espacios; se opone al eje vertical del establecimiento de los espacios homogneos. Opta por el eje horizontal de la composicin espacial, por la proliferacin de espacios mltiples de vecindades, de continuidades, de complementariedades, de tejidos territoriales solidarios.

 

6. Los bienes de la naturaleza no tienen por qu ser considerados como recursos naturales, como reservas, explotables, en beneficio de la acumulacin de capital, sino, mas bien, como seres, que pueden ser incorporados a los ciclos vitales de las sociedades humanas, respetando los ciclos vitales de estos seres, biodiversos, orgnicos e inorgnicos.

 

 

7. La salida a la belicosidad de los estados, en su condicin imperialista o de subalternos, es conformar una confederacin de los pueblos del mundo, basada en profundos procesos de democratizacin, articulando complementariedades y conjugando composiciones espaciales, territoriales, de lugares, corporales y tcnicas, que liberen la potencia social y la creatividad de las composiciones sociales en la heterogeneidad.

 

 

 

Conclusiones

La guerra del Pacfico fue una guerra perifrica, desencadenada en el acomodo territorial de la geopoltica del sistema-mundo capitalista. Fue una guerra que corresponde a la geopoltica regional, mediadora de la geopoltica imperialista, en el ciclo del capitalismo de la revolucin industrial. Sin embargo, hay que tener en cuenta otros procesos y estructuras desencadenantes del conflicto; la forma cmo se constituyen las repblicas independientes, renunciando a la integracin de la Patria Grande, las contradicciones que aparecen de proyectos de nacin encontrados, entre el interior y la costa, entre un proyecto endgeno y un proyecto exgeno, las guerras civiles que se desatan, adems de las guerras entre estados, que reproducen estas contradicciones, nos muestran otras condicionantes histricas y polticas de la guerra. Estamos ante formaciones sociales abigarradas, ante formaciones econmico-sociales-culturales cuyos interiores geogrficos, cuyas regiones ntimas, se resisten al moldeamiento del mercado internacional desde las costas. Tambin se enfrentan proyectos inconclusos con el nuevo proyecto de adecuacin a la geopoltica del sistema mundo capitalista en el ciclo de la revolucin industrial. Esta es la razn por la que el proyecto de Diego Portales chocha con el proyecto de Andrs de Santa Cruz. La otra clave, entonces, de la guerra del Pacfico hay que encontrarla en la guerra confederada.

La geopoltica es un saber de la dominacin imperialista; le corresponde como derivacin, como mediacin, en el juego geopoltico del sistema-mundo capitalista, la geopoltica regional, como mecanismo de ordenamiento territorial en la geografa de las periferias. Ahora bien, la geopoltica puede darse conscientemente, como proyecto estatal confeso, o de una manera rudimentaria, en elaboracin, fragmentaria, emergiendo en la consciencia de la clase dominante a partir de la experiencia poltica, del incremento de poder y de las contingencias que se enfrenta. Se puede observar que la burguesa chilena no solamente contaba con una estrategia estatal sino tambin que fue configurando una geopoltica regional. Se puede notar en la historia del Estado-nacin de Chile, sobre todo a partir de la guerra del Pacfico, una adecuacin eficiente entre Estado, control de recursos naturales, fuerzas armadas y economa. Podemos concluir que hay como una geopoltica regional elaborada.

En contraposicin a la geopoltica, tanto global como regional, a los proyectos de dominacin imperial y a los proyectos de control territorial de los entornos perifricos, de las burguesas, la alternativa de los pueblos es oponerles la contra-geopoltica, es decir, los saberes proliferantes, heterogneos, horizontales, de la geografa emancipadora. Esto significa, que lejos de pensarse belicosamente sus relaciones, se valoran las capacidades de intercambio, de comunicacin, de complementariedad, de composicin solidaria entre los pueblos. Es posible pensar una confederacin de los pueblos; en primer lugar, a nivel continental; en segundo lugar, y en proyeccin, a nivel mundial.

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

Pensamiento propio

 

 

 

A modo de introduccin

 

Vamos a desplegar algunos apuntes sobre la episteme boliviana, apuntes de los que no esperemos un dibujo completo de los horizontes de visibilidad y de decibilidad de las arqueologas del saber perifricos, en este caso de un pas andino amaznico y chaqueo. Esta tarea, la de una arqueologa de los saberes en Bolivia, la dejamos pendientes para una investigacin exhaustiva. Deben considerase temporalidades, contextos y espesores culturales, la historia de la literatura, de las expresiones artsticas, estticas y culturales, tambin, por qu no, sobre todo los saberes corporales, la gramtica de los cuerpos, la gramtica de las multitudes, que son las que abren verdaderamente los horizontes. Los intelectuales, si podemos seguir usando este trmino tan discutible, se ponen a trabajar sobre estos horizontes abiertos por los colectivos convulsionados. Esto ha sucedido en Bolivia en toda la dramtica historia de su insurgencia permanente. Ahora nos encontramos ante un nuevo horizonte, el abierto por los movimientos sociales y las luchas indgenas, sobre todo en el intenso periodo de 2000 a 2005; este horizonte es pluralista y comunitario, tambin ecologista y territorial. Ante este horizonte abierto, la mayora de los intelectuales ha preferido retroceder y defender sus saberes aprendidos en horizontes histricos pasados y sobrepasados por la nueva condicin de visibilidad.

A propsito, lo que ofrecemos en estos apuntes, es un recorrido crtico de lo que llamaremos el pensamiento poltico de la cuestin nacional y estatal, pensamiento construido en la experiencia convulsiva social posterior a la Guerra del Chaco. Lo que interesa es lograr una caracterizacin de las sugerentes expresiones crticas y bsquedas de iluminacin, de inteligibilidad, de comprensin de las formaciones sociales y econmicas perifricas. Lo que importa es lograr comprender la correspondencia con su tiempo y sus problemas, aprender de esa experiencia, tambin de las representaciones construidas. As como, sobre todo, comprender la diferencia de tiempos que vivimos, de horizontes histricos-culturales que vivimos, de periodizaciones del ciclo del capitalismo que vivimos, por lo tanto tambin de sus crisis. No se trata de cuestionar una forma de pensamiento, una forma de saber, una forma de conocimiento, sino de lograr comprender su estructura y sus alcances.

Lo que importa ahora es vislumbrar los desafos que enfrentamos despus del ciclo de movimientos sociales de 2000-2005, desafos polticos y epistemolgicos. Por eso importa una revisin como la que efectuamos. Hay que anotar que el ideologema del que hablamos, de la episteme de esa formacin discursiva y enunciativa, de alguna manera se ha clausurado. Se notan su culminacin crepuscular cuando se desatan las movilizaciones y construcciones discursivas polticas y culturales kataristas, despus de la masacre del valle, perpetrada por la dictadura del General Bnzer Surez (1974).Tambin se nota en los quiebres, en los desplazamientos conceptuales que se dan despus de estos acontecimientos. Una notoria intelectual crtica, sensible a estas irrupciones y desplazamientos, como Silvia Rivera Cusicanqui expresa en sus escritos las rupturas con el ideologema del nacionalismo revolucionario [27] . Tambin las intervenciones, prlogos , ensayos y polmica de Javier Mediana, sobre todo el haber abierto un campo de publicaciones como las de Hisbol, donde se plasman las investigaciones antropolgicas del mundo andino, muestra tambin las marcas de la ruptura y el distanciamiento con una forma de pensar del iluminismo criollo.

 

Arqueologa del ideologema del nacionalismo revolucionario

 

Uno de los proyectos, que realiz en parte, de Hugo Zemelman Merino era escribir un libro sobre el pensamiento latinoamericano, concentrarse sobre todo en la episteme latinoamericana. Para tal efecto tom en cuenta como referentes a connotados intelectuales crticos, de los que se podra decir construyeron un pensamiento propio. Entre ellos se encontraban dos bolivianos, uno era Sergio Almaraz Paz, el otro era Ren Zabaleta Mercado. Del primero deca que le asombraba su lucidez sobre la cuestin nacional y sobre el segundo su lenguaje tan rico y metafrico, tan propio y creativo, a la vez potico y conceptual. Al primero no lo conoci, pero ley sus libros; al segundo lo conoci en Mxico. De Marcelo Quiroga Santa Cruz tena una gran consideracin por su papel poltico; en lo que respecta a la labor intelectual del pas, en general apreciaba mucho lo que se produca en Bolivia. Una vez nos dijo, de tantas llegadas consecutivas que tuvo desde 1985 hasta 1995, que Bolivia era un pas apto para la epistemologa. Se refera a las condiciones histricas y polticas para la construccin de un pensamiento propio. Le impresionaba la historia rebelde de las clases populares, del proletariado minero y los estratos explotados de la sociedad, le llamaba la atencin la historia de insurrecciones que haban marcado las temporalidades polticas. En el periodo que estuvo, aprenda el valor de la emergencia indgena, de la gente que trabajaba la episteme andina en el colectivo Episteme. El libro proyectado sali publicado por Siglo XXI, es un aporte a una especie de arqueologa del pensamiento latinoamericano [28] .

Cmo caracterizar a Sergio Almaraz Paz, a Ren Zavaleta Mercado y a Marcelo Quiroga Santa Cruz? Se trata de un pensamiento nacional, fuertemente vinculado a la defensa de los recursos naturales, sobre todo el primero y el tercero. Aunque su labor intelectual no puede reducirse a este decurso, va ms all, fuertemente vinculada a comprender la formacin social y econmica boliviana, particularmente el segundo. Los tres se encuentran vinculados a una formacin marxista singular, sobre todo el primero y el segundo. El primero, vena de su experiencia en el flamante Partido Comunista, que impuls a fundar, despus de abandonar la direccin de la juventud del PIR, incorporndose, posteriormente al MNR; el segundo, provena del MNR y termina militando en el Partido Comunista. Parecen historias complementarias, con rutas inversas. El tercero, tiene otra historia, ms vinculado a la literatura, despus al ensayo, bastante distanciado de la Revolucin Nacional de 1952, de la que tena muy poca consideracin. Su participacin como diputado opositor en el gobierno del General Ren Barrientos Ortuo va a ser notoria sobre todo por sus crticas, acusaciones y denuncias a su gobierno. Marcelo Quiroga Santa Cruz va a ser ms conocido a partir de su papel como ministro del Gobierno del General Alfredo Ovando Canda, empujando la nacionalizacin de la Gulf Ol; esta nacionalizacin lo va encumbrar como poltico y luchador de los recursos naturales, combatiente de la soberana [29] . Definitivamente cuando forma el PS1 y logra una votacin importante en los barrios obreros y los populares, despus de insistir en sucesivas elecciones, se proyecta como un candidato alternativo, incluso a la decadente y complicada UDP. Los tres intelectuales bolivianos forman parte de una trayectoria y una tradicin. Hablamos de un pensamiento crtico y nacional. No me atrevera a calificarlo de nacionalista, prefiero usar un trmino que se emple despus, para caracterizar un posicionamiento poltico en la cartografa ideolgica; se trata del trmino que caracteriza el posicionamiento de la izquierda nacional para distinguirlo del planteamiento o, mas bien, de los planteamientos polticos de la izquierda tradicional, estructurados sobre todo por el POR y los partidos comunistas.

Los libros de Sergio Almaraz Paz forman parte de esta herencia nacional; Petrleo en Bolivia, El Poder y la Cada y Rquiem para una Repblica son investigaciones y ensayos iluminadores sobre las estructuras de poder, que condicionan la historia poltica y econmica del pas. En Petrleo en Bolivia asistimos a un penetrante anlisis de la dramtica historia del petrleo en Bolivia y en el mundo; se abren los entretelones de las determinantes de la Guerra del Chaco; se muestra el comportamiento sinuoso de la Gulf Ol , as como de los personeros de gobierno de turno. Tambin se narra la lucha por la recuperacin del petrleo, donde se involucran personas comprometidas, algunas instituciones patriticas, las resistencias populares y las tomas de posicin de organizaciones sociales. Se forja la narracin de la historia de Yacimientos Petrolferos Fiscales Bolivianos (YPFB), sobre todo en su etapa inaugural, y un anlisis comparativo de los contratos, donde se hace evidente el entreguismo de funcionarios de gobierno y de los bufetes.

La investigacin de El poder y la Cada asombra por hacer inteligible lo que hoy podramos llamar la genealoga del poder en Bolivia, la estructura del poder minero, de los llamados barones del estao. El anlisis es penetrante y devela el diagrama de fuerzas institucional, sobre todo por las tesis en juego, la vinculacin entre la estructura econmica y la estructura poltica; no tanto tomando esta ltima como superestructura, como en un anlisis esquemtico marxista, sino mostrando las compenetraciones de ambas estructuras, estructura o base econmica y superestructura o estructura estatal, poltica, ideolgica y cultural. Su invencin, institucin y configuracin a partir de ciclos, particularmente el ciclo del estao, ligado al ciclo de la hegemona del capitalismo britnico. El anlisis de la temporalidad poltica y de las temporalidades estructurales del poder es sobresaliente por el enfoque analtico de lo concreto. De qu estamos hablando en estos casos? De una economa poltica, de una sociologa poltica, de una antropologa poltica? Hablamos de un autor que tiene la habilidad de moverse en varios campos tericos para dar cuenta de realidades complejas como las formaciones econmicas y sociales perifricas.

Quizs el libro ms apasionado es Rquiem para una repblica, donde hace una evaluacin crtica de la Revolucin Nacional (1952-1964). Con un lenguaje camusiano enfrenta la decadencia de la revolucin, de la que dice que hay que aprender de sus lecciones dramticas. El captulo Psicologa de la vieja rosca hbilmente abre el anlisis del libro, en tanto que el captulo Psicologa de la nueva rosca clausura el recorrido de una temporalidad decadente. En el libro hay captulos conmovedores como Cementerios mineros, donde interpela a la nacin desde la experiencia del proletariado minero; el autor dice que llegar un da cuando los mineros se nieguen seguir sosteniendo la nacin sobre el escarnio de su propio cuerpo. El captulo ms elocuente sobre la decadencia de la revolucin es El tiempo de las cosas pequeas, donde se describe el minucioso y detallado retroceso del gobierno y del partido nacionalista, el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), retroceso del que no se dan cuenta, no toma conciencia, incluso cundo se encuentran al otro lado de la vereda enfrentando al pueblo [30] ; por ejemplo en el combate de Sora-Sora contra las milicias mineras (1963).

La obra de Ren Zavaleta Mercado es prolfica y puede caracterizarse por periodos; desde la Formacin de la Consciencia Nacional hasta Lo nacional-popular en Bolivia el autor atraviesa intensamente por distintas elaboraciones tericas, las mismas que tratan de responder a una obsesin de vida: Cmo hacer inteligible una formacin histrica y social abigarrada? Luis Tapia Mealla caracteriza esta trayectoria como La produccin de un conocimiento local [31] . Requeriramos tiempo y espacio para detenernos en la produccin de Ren Zavaleta Mercado; por estas razones preferimos concentrarnos en la ltima produccin intelectual del autor, publicado pstumamente; hablamos de Lo nacional-popular en Bolivia [32] .

La querella del excedente es un captulo impresionante, por el penetrante anlisis de la conflagracin blica. En el captulo se analiza la Guerra del Pacfico desde una perspectiva densa y compleja, que pone en consideracin las condiciones histrico-polticas de Bolivia, Per y Chile en el momento de la guerra. Es un anlisis de la condiciones de posibilidad de sus bloques histricos, de sus articulaciones especficas entre estructura y superestructura, usando estos trminos metafricos, relacionados a la legitimidad y hegemona logradas en sus sociedades. Por otra parte, acompaando este anlisis dialctico de las historias singulares de los pases involucrados en la guerra, el autor efecta la evaluacin de la construccin estatal. Como se puede ver el enfoque terico gramsciano atraviesa este anlisis histrico-poltico.

Otro captulo imponente es El mundo del temible Wilka, donde se interpreta la guerra aymara en la Guerra Federal (1898-1899) en el contexto del mundo capitalista, en la temporalidad del ciclo del capitalismo ingls y la revolucin industrial, en la trabazn de la perversa relacin ente la acumulacin originaria y la acumulacin ampliada de capital. Se trata ciertamente de un anlisis marxista, pero no al estilo esquemtico, como se acostumbra en el difundido marxismo vulgar, sino desde una erudicin densa y asombrosa; anlisis que da cuenta de la complejidad de la crisis de Estado.

En El estupor de los siglos se efecta un anlisis histrico de la crisis de Estado, caracterizando al Estado oligrquico en sus distintas fases, desde la condicin del Estado aparente hasta la condicin de la autonomizacin estatal, en cuanto autonoma relativa del Estado, respondiendo al carcter de capitalismo organizado. La conclusin es que no logra formarse el Estado, que se mueve en una oscilacin entre el Estado aparente y el Estado instrumental, oscilacin que no resuelve su condicin espacial y territorial, pues estamos ante una oligarqua restringida a la visibilidad de tamao de sus propiedades mineras.

Se puede decir que es nacionalista este pensamiento, esta formacin discursiva? No, de ninguna manera. Estamos ante un pensamiento marxista elaborado, trabajado desde la experiencia del abigarramiento de la periferia boliviana, comprendiendo la intensidad de la crisis del Estado. La cuestin nacional es trabajada como parte de la cuestin estatal, no resuelta, inacabada, problemtica. Un lenguaje potico y barroco busca romper las dificultades de las resistencias de la complejidad de la formacin econmica social perifrica a ser conocida. El recurso a la erudicin pone en juego la contrastacin con otras experiencias y la comparacin con figuras tericas; de esta forma hace hablar a los personajes, haciendo emerger significaciones que los mismos actores histricos quizs desconozcan; sin embargo, reproducen en los contextos y tejidos histricos.

En comparacin, se puede decir que el discurso de Carlos Montenegro era nacionalista; reivindica la nacin como comunidad imaginada frente al coloniaje, frente al proyecto de supeditacin de la oligarqua minera y terrateniente. Retomando esta comparacin, podemos considerar que La formacin de la consciencia nacional, de los primeros libros de Ren Zavaleta, se mueve en los cdigos del discurso del nacionalismo revolucionario; incluso libros anteriores como El asalto porista (1959), Estado nacional o pueblo de pastores (1963) y La revolucin boliviana y la cuestin del poder (1964), tambin pueden considerarse textos que forman parte del discurso del nacionalismo revolucionario. No ocurre lo mismo con El poder dual (1974), Bolivia hoy (1983), Las masas en noviembre (1983), Lo nacional-popular en Bolivia (1986), Escritos sociolgicos y polticos (1986), Clases sociales y conocimiento (1988), El Estado en Amrica Latina (1989), 50 aos de historia (1992). Estos ltimos escritos no pueden considerarse formar parte del discurso del nacionalismo revolucionario, salvo La cada del MNR y la conjuracin de noviembre, que se publica con posterioridad, siendo un escrito anterior (1995). En estos ltimos textos estamos ante un Zavaleta Mercado innovador, investigador multidisciplinario, que se ha apropiado, a su manera, de la teora sobre hegemona de Antonio Gramsci, as como de las consideraciones tericas sobre la superestructura del marxista italiano. Teoras que la utiliza modificndolas hasta el escndalo de cruzar sus lmites, aportando con un cuerpo terico propio, haciendo uso crtico del marxismo, para lograr una hermenutica adecuada de la formacin econmico-social boliviana.

Ciertamente, es ostensible, elocuentemente exhibida, en estas preocupaciones intelectuales, la problemtica de la cuestin nacional, problemtica desplazada por los tericos de la izquierda tradicional. La relacin entre Ren Zabaleta Mercado y Sergio Almaraz Paz es amistosa y afectiva, militaron en el mismo partido (MNR), pertenecieron ambos, uno primero y el otro despus, al PC; la entraable amistad se la puede vislumbrar en el Prlogo que le dedica Zavaleta Mercado en Rquiem para una Repblica a Sergio Almaraz Paz. No pasa lo mismo en su relacin con Marcelo Quiroga Santa cruz, que ms bien es polmica, sobre todo cuando Zavaleta milita en el MNR.

Revisando estas trayectorias, particularmente la produccin intelectual de estos autores, Sergio, Ren y Marcelo, la formacin enunciativa en cuestin no puede restringirse al discurso del nacionalismo revolucionario, va ms all; el anlisis de la estructura de poder, el papel de la centralidad minera y el socialismo vivido, como califica Hugo Rodas Morales, refirindose a la entrega apasionada e intelectual de Marcelo Quiroga Santa Cruz, no se circunscriben a un pensamiento nacionalista.

Marcelo Quiroga Santa Cruz va a ser conocido polifacticamente, en las etapas de su itinerario; primero, como literato, en su condicin de novelista; despus, como ensayista y; por ltimo, como poltico socialista. Las novelas de Los deshabitados y Otra Vez marzo van a ser reconocidas y connotadas internacionalmente. Estamos ante un escritor, un literato, en pleno sentido de la palabra. Preocupado por las expresiones artsticas y estticas. Lo que no deja que tambin se ocupe de la candente cuestin poltica boliviana. Es notoria su oposicin a la revolucin nacional de 1952, tiene ante ella crticas morales y ticas. No podramos hablar de una polmica propiamente poltica, menos que se lo hace, en aqul entonces, desde una perspectiva socialista. Es tambin difcil sostener, como algunos apresurados han tratado de interpretar, que Marcelo Quiroga hacia una crtica desde las posiciones de clase de la oligarqua terrateniente. En todo ese tiempo est ms cerca de la literatura y bastante distante de los intereses materiales; en estas condiciones existenciales, es insostenible esa interpretacin provisional, llena de prejuicios, que atribuye a Marcelo una supuesta ideologa de clase, una especie de cosmovisin oligrquica.

Ren Zavaleta Mercado es duro en la polmica con este Marcelo Quiroga Santa Cruz. Ren Zavaleta ms rudo, ms experimentado en las cuestiones polticas, ms cerca del debate de coyuntura, en tanto que Marcelo Quiroga, mas bien, sensible a los cdigos morales; ambos intelectuales estn abismalmente distanciados. Uno escribe desde la penetrante experiencia de la revolucin nacional (1952-1964), el otro lo hace desde la esfera de la crtica esttica y tica desplazada desde los espesores de la literatura. Realidad y ficcin no se encuentran.

Podemos decir que es despus de la cada del MNR, con el golpe militar de 1964, que Marcelo Quiroga Santa Cruz incursiona decididamente en la poltica. Una breve resea de su vertiginosa vida puede resumirse de la siguiente manera:

Durante las elecciones de 1966 consigue ser elegido diputado por Falange Socialista Boliviana (FSB), partido que lo inscribe en sus listas y lo postula. Entonces es representante del departamento de Cochabamba. En estas elecciones es elegido como presidente el candidato militar General Ren Barrientos Ortuo. Desde el Congreso Marcelo Quiroga Santa Cruz, en su condicin de diputado, efecta un juicio de responsabilidades contra el presidente elegido. Siendo una voz solitaria - hasta el partido que lo postulo lo abandona -, en un Congreso mayoritariamente barrientista, el juicio de responsabilidades le cuesta el desafuero parlamentario. Despus sufre el secuestro, seguido por el confinamiento en Alto Madidi, culminando la represin parlamentaria en la crcel.

En la memoria popular, Marcelo Quiroga Santa Cruz va a ser conocido como defensor de los recursos naturales. Contando con estos antecedentes, se convierte en el autor intelectual de la nacionalizacin del petrleo, en su condicin de Ministro de Minas y Petrleo (1969), durante el gobierno del General Alfredo Ovando Canda. Sin embargo, fue ministro durante slo un lapso, hasta su renuncia, asumida debido a lo que consideraba la capitulacin gubernamental frente a la empresa de petrleos nacionalizada (Gulf Ol Co.), cuando el gobierno cede a las presiones de la empresa para ser indemnizada.

Ya curtido en la ingrata experiencia poltica, fund el Partido Socialista en 1971, acompaado por un grupo de intelectuales y dirigentes sindicales. Su estada en Bolivia ha de durar poco, hasta el cruento golpe militar del 21 de agosto de 1971, encabezado por el General Bnzer Surez. En el exilio se ocupa de mltiples actividades, entre ellas acadmicas; es columnista, participa en distintas instituciones y organizaciones, forma parte del Tribunal Socialista con sede en Yugoeslavia. El 1977, cuando se evidencia la crisis de la dictadura militar, retorna clandestinamente a Bolivia, retoma la conduccin del Partido Socialista, partido proscrito durante rgimen dictatorial; el partido asume otra sigla, va a ser conocido como PS-1. Incursiona como candidato a la presidencia durante las elecciones consecutivas de 1978, 1979 y 1980. En su trayectoria electoral logra conquistar y seducir paulatinamente a un electorado popular y obrero, llegando a aglutinar en las ltimas elecciones unos 120.000 votos, logrando de esta manera el cuarto puesto.

En su condicin de parlamentario en la legislatura de 1979 retom la tarea del juicio de responsabilidades a la burguesa, como le gustaba decir; esta vez, el juicio de responsabilidades, se enfocaba en la figura del General Hugo Bnzer Surez. La alocucin de Marcelo Quiroga Santa Cruz fue brillante, minuciosamente trabajada, con una voluminosa documentacin de apoyo; su voz aguda y de gran orador fue escuchada ante la impavidez del resto de diputados, que incluso como Guillermo Bedregal se hicieron la burla.

El programa de gobierno del PS-1, en las elecciones nacionales de 1980, contrastaba con el programa tmidamente reformista que enarbola la UDP; se trataba de un programa de nacionalizaciones frente a un programa que no se atreva ni a discutir la posibilidad de la nacionalizacin. Lo mismo ocurri con el frente de Izquierdas, Frente Revolucionario de Izquierda (FRI), que tampoco quiso plantearse un programa de nacionalizaciones, a pesar de los reclamos de Domitila Chungara, quien fue reprendida por el propio PC-ML. Este contraste llama la atencin en plena apertura democrtica, despus de la noche de las dictaduras militares. En esta sintomatologa se nota la desubicacin de la izquierda tradicional ante los acontecimientos polticos, ante la irrupcin democrtica de las masas. La izquierda tradicional se encontraba lejos de comprender la cuestin nacional y la necesaria recuperacin de la soberana por medio de la nacionalizacin de los recursos naturales. La UDP prefiri optar por la demagogia nacionalista, demagogia expresada elocuentemente por el Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR). El gobierno de la UDP qued entrapado en dos frentes; un frente con la derecha en el Congreso y un frente con la izquierda obrera, con la Central Obrera Boliviana (COB), en las calles.

La entrega apasionada y comprometida en la lucha socialista y el proyecto nacionalizador lo llev raudamente a su desenlace fatal, a su asesinato por las huestes militares bolivianas y argentinas. Esto ocurri el 17 de julio de 1980; el narco-golpe militar de Garca Meza y Arce Gmez decidi una guerra sucia y de exterminio, tomando el ejemplo de los militares argentinos. Marcelo Quiroga fue reconocido y herido por los paramilitares que tomaron la sede de la COB, fue apresado y conducido al Estado Mayor del Ejrcito, dnde lo asesinaron, haciendo desaparecer ignominiosamente sus restos, que hasta ahora no han sido recuperados. Se entrev una complicidad del gobierno de Evo Morales Ayma con los militares bolivianos para encubrir este asesinato y evitar su esclarecimiento, as como la devolucin de sus restos.

Un recuento de sus participaciones puede resumirse de la siguiente manera: En 1952 fund y dirigi el semanario "Pro Arte"; en 1959 la revista "Guion", dedicada a la crtica cinematogrfica y teatral; en 1964 abre el peridico "El Sol". En 1953 es nombrado delegado boliviano en el Congreso Continental de Cultura; en 1969 es expositor en el Congreso Intercontinental de Escritores. En 1957 publica su primera novela Los deshabitados. Junto a Garciliano Ramos de Brasil, Miguel ngel de Asturias, de Guatemala, Augusto Roa Bastos, del Paraguay, Jos Mara Arguedas, del Per y Juan Carlos Onetti, del Uruguay, recibe el premio Williem Faulkner; premio que es entregado en 1962 a la mejor novela escrita desde la segunda guerra mundial. La otra novela, Otra Vez Marzo, se publica en 1990; se trata de una novela pstuma, aunque inconclusa. Fuera de su labor literaria amaba el arte cinematogrfico, incursiona en este campo; en 1964 realiza el cortometraje El Combate. Esta multifactica trayectoria nos muestra el mpetu y el talento del insigne e intenso intelectual.

Concentrndonos en su vasta produccin de ensayos, de los que hay que hacer una clasificacin temtica, se puede decir que, algunos de ellos es indispensable nombrarlos por su carcter polmico, otros por su vinculacin a la defensa de los recursos naturales. La crtica a la Revolucin Nacional se encuentra en La victoria de abril sobre la nacin (1960); la crtica a las polticas entreguistas ya aparecen en Desarrollo con soberana, desnacionalizacin del petrleo (1967); se retoma esta crtica en Lo que no debemos callar (1968). Un elocuente testimonio se encuentra en Acta de transaccin con la Gulf -anlisis del decreto de indemnizacin a Gulf (1970). El anlisis y la denuncia consecuente podemos encontrarlos en un libro ms elaborado que titula El saqueo de Bolivia (1973); lo mismo acontece en Oleocracia o patria (1976), donde ya hallamos una caracterizacin de la estructura del poder en Bolivia, caracterizacin no dismil a la que hizo Sergio Almaraz Paz.

Improvisando un anlisis de evaluacin, dejando las trayectorias de vida, a propsito de esta construccin de un pensamiento propio, de esta formacin discursiva, de esta formacin enunciativa, emergida de un haz de relaciones histricas, polticas y culturales, la pregunta pertinente es: podemos hablar de una episteme boliviana, en el sentido que le da Michel Foucault al trmino episteme, como horizonte de visibilidad y de decibilidad? Ciertamente para responder a esta pregunta no basta circunscribirnos a tres trayectorias intelectuales, por ms intensas y profundas que estas hayan sido. No es suficiente la consideracin en el terreno que nos hemos movido, que es el del anlisis poltico, el de la crtica poltica, que puede incorporar lo que podemos llamar la economa poltica de los recursos naturales y la interpretacin de la superestructura estatal. Debemos tener en cuenta que hemos considerado la formacin discursiva desde la problemtica de la cuestin nacional y la cuestin estatal. Hay otras construcciones concurrentes, que no hemos mencionado, el discurso obrerista, lo que defino como el marxismo de guardatojo [33] , desarrollado sobre todo por el POR, particularmente por un prolfico intelectual, militante e historiador, Guillermo Lora. Elaboracin intelectual de la que no se puede decir que su trabajo se reduce a una transferencia de la tesis de la transicin y la tesis de la revolucin permanente de Len Trotsky. Eso sera no comprender las particularidades propias de un marxismo minero, construido desde los socavones. Un producto de esta peculiar manera de interpretar la revolucin boliviana se encuentra precisamente en la Tesis de Pulacayo. No se desentiende de las llamadas tareas nacionales, de lo que llamamos la cuestin nacional, cometidos a los que interpreta en un recorrido ineludible hacia la revolucin socialista, conducido por el proletariado minero.

No nos vamos a detener en una evaluacin de la obra de este intelectual trotskista, sino solamente llamar la atencin, en lo que respecta a la episteme boliviana, en el despliegue de formaciones discursivas paralelas, que, sin embargo, no se reconocen, no se leen ni llegan a discutirse en serio. Se ignoran. Salvo quizs Zavaleta Mercado quien tena una gran consideracin por Guillermo Lora, lo lea y comentaba; a quien lo llamaba graciosamente el Fiero. En la abundante produccin de este intelectual militante, la voluminosa Historia del movimiento obrero boliviano [34] es la ms conocida; empero hay otros escritos de importancia que deben ser tomados en cuenta como La revolucin boliviana [35] . El enfoque indudablemente tiene un contenido de clase, el anlisis y la interpretacin de la historia giran en torno a la organizacin proletaria, a su potencialidad revolucionaria y de vanguardia. Al respecto, habra que separar sus investigaciones histricas, apoyadas con copioso archivo y documentacin, de sus intervenciones polticas. Las investigaciones histricas arrojan luces sobre la dinmica molecular de los hechos, en tanto que los escritos polticos expresan la voluntad obrera, la intransigencia de la conduccin y la direccin.

Ambas formaciones discursivas, la de la izquierda nacional y la de la izquierda tradicional, a pesar de sus distintas perspectivas, hablan prcticamente de lo mismo, de la crisis del capitalismo perifrico, de la crisis estatal y del no cumplimiento de la cuestin nacional y ciertamente, en el caso de Guillermo Lora, de la perspectiva socialista. Son, de alguna manera, discursos contemporneos, aunque no terminen de encontrarse. Por qu ocurre esto? Hay una mutua descalificacin? Sobre todo en el caso del discurso trotskista, que considera a los otros discursos como burgueses; por lo tanto, en esencia impotentes para dar cuenta de la crisis y la lucha de clases. El discurso del POR en los periodos de formacin de la conciencia de clase, de la organizacin del proletariado minero, ha de ser un dispositivo enunciativo y organizativo importante; empero, su irradiacin se detiene en los lmites de la clase obrera boliviana. No construye hegemona y, por lo tanto, le va a ser difcil lograr lo que persigue, liderar un frente de clases explotadas a partir de la alianza obrero-campesina. Por otra parte, su apego a la problemtica de clases, en cdigos del determinismo econmico, lo aleja de interpretar y analizar las estructuras de poder, la crisis de la superestructura estatal, las problemticas de la dependencia en las periferias del capitalismo. Lo que el otro discurso, el de la izquierda nacional, en contraste hace. En comparacin, a un discurso le falta lo que el otro tiene; lo que parece estar ausente en el discurso de la izquierda nacional es el anlisis de la lucha de clases, el anlisis histrico-poltico cuyo ncleo y eje reflexivo es el enfoque de la sociedad desgarrada por la lucha de clases, aunque este anlisis termine siendo muy esquemtico en las interpretaciones de la izquierda tradicional.

El crtico literario y epistemlogo Luis H. Antezana escribe un anlisis filolgico y lingstico sobre el discurso del nacionalismo revolucionario. En el documento observa que se trata del mismo ideologema que comparte la izquierda y el nacionalismo; el nacionalismo revolucionario es como una herradura que contiene distintas expresiones, desde la derecha a la izquierda, siempre movindose en el imaginario de la nacin y bajo la referencia del Estado-nacin [36] . Este ideologema vendra a ser una episteme, es decir, un horizonte de visibilidad y de decibilidad, compartido tanto por los discursos nacionalistas como por los discursos izquierdistas, tanto de la izquierda nacional como de la izquierda tradicional. En otros trminos, desde otra perspectiva, ms filosfica, hasta podramos hablar de un horizonte de mundo [37] . Hablamos de estructuras de pensamiento, que orientan a los mismos discursos y a las mismas acciones de los sujetos involucrados. En este sentido podramos hablar de una episteme boliviana, que es como el campo de posibilidades histricas de los conocimientos, conocimientos y memoria social, que se van a desatar desde la experiencia dramtica de la guerra del Chaco. Desde nuestro presente, suponiendo desplazamientos y rupturas epistemolgicas, sobrepuestas y entrelazadas a los dramticos acontecimientos polticos de la historia insurgente boliviana, debemos lanzarnos preguntas acuciantes. Cules son las caractersticas de las estructuras de pensamiento de la concepcin poltica boliviana? Se clausura la episteme boliviana? Cundo se clausura esta episteme? Dejando para otra ocasin la tarea de una configuracin ms completa de la episteme boliviana, vamos a sealar algunos rasgos definidores del perfil epistemolgico, con el propsito de lograr seguir sus alcances temporales.

Un rasgo sobresaliente es la comprensin o la certeza del inacabamiento, de la no conclusin, de la tarea pendiente del Estado-nacin. Hay una gama de consideraciones que expresan el dramatismo de esta condicin incompleta del Estado; desde las caracterizaciones del Estado oligrquico hasta las caracterizaciones del poder dual, pasando por las figuras del Estado aparente. Hay como una idea de vivir una constante transicin hacia la totalizacin de la nacin y del Estado. Pueden caber distintas versiones de esta transicin, distintas direcciones de la transicin, desde las ms conservadoras hasta las ms radicales. Todas se encaminan a resolver la cuestin estatal, a completar el Estado-nacin, incluso por la va revolucionaria de la dictadura del proletariado. Por esto y por otras razones, la relacin con el Estado resulta problemtica; el Estado es el referente paternal, el instrumento indispensable para resolver los problemas econmicos, sociales, polticos, culturales, salariales. De esta manera, tambin el Estado se convierte en el botn absoluto; la disputa se da por el control de esta fabulosa maquinaria.

Otro rasgo con-figurante es el mito del origen de la nacin; la nacin se origina en las arenas y trincheras de del Chaco, donde las distintas clases del pas se encuentran y mueren, derraman su sangre, escribiendo trgicamente un pacto poltico y social. Aunque no todas las expresiones discursivas comparten este mito, el mismo es un referente histrico de la bolivianidad, de la formacin de su consciencia nacional. Este mito del origen de la nacin es altamente significativo pues no slo plantea un nuevo comienzo, ms profundo, ms completo y abarcador, ms consensuado, ms inclusivo, que el dado en el comienzo histrico de la independencia. La hiptesis implcita, si podemos hablar as, de hiptesis contenida en el mito, es que es la primera vez que se encuentra todo el pueblo o que, mas bien, se constituye el pueblo, todas las clases de la nacin. Campesinos, obreros, clases medias, se encuentran y se reconocen; se da lugar como una autoconciencia [38] . Enfrentando a la muerte, los bolivianos se reconocen como semejantes y comprenden que comparten un destino, no solamente el destino de enfrentar a la muerte, sino el destino de la nacin misma, el destino como nacin. Descubren que el enemigo no es el que est enfrente, el paraguayo o lo que llamaban popularmente el pila, sino en el propio pas, gobernando, manejando los destinos del pas, apropindose indebidamente de los recursos naturales. El enemigo es la oligarqua minera y terrateniente. La desmovilizacin, despus de la guerra, es el retorno a las ciudades para recuperar lo que es nuestro. El camino a la revolucin nacional comienza en esta revelacin en pleno combate: la nacin tiene que liberarse de la oligarqua, la nacin tiene que liberarse del coloniaje de la oligarqua, de la anti-nacin.

Un tercer rasgo es el mito de la modernidad, que viene acompaada por el mito del progreso, el mito del desarrollo, el mito de la industrializacin. As como los liberales del siglo XIX soaban con la construccin de ferrocarriles, que traera progreso, los nacionalistas del siglo XX soaban con la industrializacin como el medio primordial del desarrollo. La industrializacin conlleva el desarrollo, saca del atraso, provoca la modernizacin. En este sentido se espera la modernizacin de las conductas, la modernizacin de las instituciones, la modernizacin de las ciudades, la modernizacin de las comunicaciones, entre las que entran las carreteras. Ahora bien, no todos comparten de la misma manera estos mitos. El ideologema del nacionalismo revolucionario, la episteme, tiene estratos, composiciones, diferencias y desplazamientos. Hay quienes, que llamaremos los tcnicos del desarrollo nacional, se concentran en la necesidad de las fundiciones; es decir, en la industria pesada. Este estrato es minoritario; sin embargo, es el que asume de manera consecuente el proyecto de la industrializacin. Los otros se pierden en discursos, en proyectos que incluso cuentan con recursos; empero, los despilfarran, los desvan y usufructan de los mismos. Para estos ltimos, que llamaremos retricos del desarrollo nacional, la industrializacin es una meta que hay que alcanzar algn da, lo primero que hay que hacer es formar la burguesa nacional; esta constitucin de clase empresarial se logra primero enriquecindose, aunque sea a costa del Estado. Este quizs era el estrato mayoritario que comparte el ideologema del nacionalismo revolucionario. Hay otra composicin sugerente, los que consideran que la modernizacin se efecta primero por la burocratizacin, la formacin de una gran masa de funcionarios, instituyendo un aparato en forma de malla que cubriera el pas. La formacin del Estado pasa por la construccin weberiana del Estado, por la conformacin de una burocracia de especialistas, que hagan funcionar la gran maquinaria estatal, que activen el campo burocrtico y el campo institucional, campos configurados por las cartografas de funciones y especializaciones. Este es otro de los recorridos que se ha de tomar en serio en esto de la modernizacin del Estado. En un pas de mayora campesina, que es el trmino que se utilizaba para referirse a las naciones y pueblos indgenas, el mejor camino de la modernizacin, de acuerdo a la tendencia ms liberal del nacionalismo, es la reforma agraria por la va farmer; es decir, la constitucin de los propietarios privados de la tierra. De esta forma, los hombres desiguales se convierten en hombres iguales, en tanto propietarios privados de la tierra. Esta idea, tomada como premisa poltica, incluso la llega a compartir Ren Zavaleta Mercado cuando reflexiona sobre el acontecimiento de la igualacin de los hombres.

En esta metfora de la herradura, que corresponde al mapa del ideologema del 52, hay que nombrar tambin a los radicales, que si bien no son nacionalistas, comparten la episteme nacional, el imaginario de la nacin y del Estado-nacin, el imaginario de la modernidad, el progreso y el desarrollo. La izquierda del ideologema, la versin proletaria o expresin ideolgica de los proletarios mineros, pensaba que el camino al desarrollo socialista era conformar empresas colectivas campesinas, koljses, para avanzar en la industrializacin y en la solucin masiva de la alimentacin. Como se puede ver, en este asunto de la modernizacin, el progreso, el desarrollo y la industrializacin, el mapa del ideologema del nacionalismo revolucionario es ms diverso y estratificado.

Un cuarto rasgo del ideologema en cuestin es el proyecto de conformar la burguesa nacional. Ante la constatacin de que la burguesa minera formaba parte de una burguesa intermediaria, mediadora de los intereses de las burguesas de los imperialismos dominantes, considerando que los intereses de esta burguesa internacionalizada no coincidan con los intereses de la nacin y el Estado, es indispensable formar una burguesa nacional, que cumpla con las tareas pendientes, democrticas y burguesas. Esta interpretacin es de alguna manera compartida por los idelogos del nacionalismo y por el propio Partico Comunista, que tiene una concepcin por etapas de la revolucin socialista. Esta interpretacin no era compartida por los trotskistas, quienes tienen una concepcin permanente de la revolucin; son los propios obreros, en alianza con los campesinos, los que tienen que cumplir estas tareas pendientes de una burguesa nacional inexistente. De todas maneras, a pesar de las divergencias, esta hiptesis sobre la ausencia de la burguesa nacional forma parte de una concepcin histrica, de una compresin de las temporalidades histricas, de los cursos y el devenir histricos. Esta concepcin histrica est ntimamente compenetrada con el desarrollo capitalista, en tanto que este desarrollo ha pasado a la fase imperialista, a la fase del dominio del capital financiero, las contradicciones con el imperialismo, entre nacin dominada e imperialismo se suman a las contradicciones de clase, entre proletariado y burguesa, entre campesinos y terratenientes. Las burguesas de los pases dominados por el imperialismo nacieron tarde, prefieren aliarse a los latifundistas y conservadores que cumplir con sus tareas democrticas. En estas circunstancias, las revoluciones populares, en la periferia del sistema-mundo capitalista, han optado por dos salidas a la crisis. Una de ellas es conformar simuladamente una burguesa nacional, conformacin artificial que ha terminado constituyendo el estrato social de nuevos ricos, los mismos que han preferido inclinarse por el gasto de la reproduccin placentera, renunciando a la inversin y ahorro calvinista; estos nuevos ricos son los mismos que terminan alindose a las viejas clases dominantes. La otra salida es la opcin sustitutiva; la opcin por la sustitucin de la burguesa inexistente mediante el papel administrativo del Estado; la burocracia sustituye a la burguesa. Este segundo camino termina convirtiendo al Estado en un administrador de empresas.

Quizs un quinto rasgo del perfil del ideologema del nacionalismo revolucionario es la apreciacin fatal, el sentido comn que se tiene sobre la inevitabilidad del avance, expansin y cumplimiento del capitalismo. Esta racionalidad histrica, inscrita como astucia de la razn, es la razn realidad y la realidad hecha razn. Este prejuicio histrico es compartido entre nacionalistas, liberales, neoliberales, pero tambin por la izquierda, tanto nacional como tradicional. El capitalismo no slo es una realidad sino una especie de destino que tiene que cumplirse, aunque slo sea para crear las condiciones objetivas, el desarrollo de las fuerzas productivas, para construir el socialismo y despus el comunismo. A partir de este sentido comn sobre el capitalismo, podemos ver que si bien hay posiciones enfrentadas entre los que defienden el capitalismo como fin de la historia, culminacin de la evolucin humana, y los que consideran que debe vivirse el capitalismo como etapa al socialismo, los que consideran que es el proletariado que va cumplir con las tareas pendientes de la industrializacin, en un proceso de transicin, todos se mueven en el horizonte de la modernidad, todos son desarrollistas, asumen el ritmo histrico como desarrollo en la linealidad del progreso. Todos comparten la matriz de los valores de la misma civilizacin, la civilizacin moderna.

Un perfil epistemolgico, aunque todava insuficiente en su acabado, del ideologema del nacionalismo revolucionario, puede obtenerse a partir de algunos rasgos diseadores, algunas figuraciones ideolgicas, componentes de una weltanschauung, de una concepcin de mundo compartida. Como hemos visto, estos rasgos diseadores son la certidumbre del Estado inconcluso, el origen dramtico de la nacin en la Guerra del Chaco, el mito de la modernidad, acompaadas por el telos del progreso, del desarrollo, de la industrializacin; finalidad histrica que opera la formacin de la burguesa nacional o, en su caso su sustitucin por la burocracia, en su perspectiva radical, su sustitucin provisional por el proletariado de la revolucin permanente. Esta concepcin histrica y poltica supone la conjetura de la inevitabilidad del capitalismo como realidad ineludible.

Qu clase de mundo es este; es decir, ante qu imagen de mundo estamos? Qu saber, qu arqueologa de saber? Ciertamente no podemos separar este saber de lo que pasa en el mundo, del debate que se da en el mundo, particularmente en las academias, aunque tambin en las organizaciones sociales y polticas, aunque estas se encuentren rezagadas respecto al dbete terico, debido a su temprana inclinacin al dogmatismo.

No podemos olvidarnos que, en el periodo de construccin del pensamiento nacional, estamos asistiendo en Amrica Latina a los avances de la Teora de la Dependencia, la misma que ya plantea un concepto integral del capitalismo, nos referimos al concepto de sistema-mundo. Se trata de un concepto geopoltico que comprende una gran divisin geogrfica entre centro y periferia del sistema capitalista. En esta geopoltica la inmensa periferia del sistema-mundo se convierte en el gigantesco espacio dominado, relegada a geografa dependiente, reducida a cumplir con la tarea asignada por la divisin internacional del trabajo, que es la de la transferencia de recursos naturales de las periferias a los centros del sistema-mundo capitalista. Podemos decir que se trata de una inmensa geografa donde se produce constantemente la acumulacin originaria de capital por los mtodos del despojamiento y la aplicacin desmesurada del modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente.

La acadmica crtica, ligada al marxismo terico, va a buscar dar curso a una mirada renovada, sobre todo despus de las dramticas experiencias de la primera y segunda guerras mundiales, las burocrticas y autoritarias experiencias de la Unin Sovitica y de Repblica Popular de China. Hay dos propuestas renovadoras que comienzan a circular; una es la de la escuela de Frankfurt y la otra es la lectura e interpretacin de los Cuadernos de la Crcel de Antonio Gramsci. Ambas propuestas tericas van a ser tematizadas en las academias latinoamericana, en las investigaciones y en los debates tericos, sobre todo la segunda, que va a ser la ms conocida y estudiada. Es explicable entonces que se usen como herramientas analticas y como recursos interpretativos las tesis de Gramsci sobre el Estado, el partido, la hegemona, el bloque histrico, la sociedad y la cultura. As mismo, es explicable que Sergio Almaraz Paz adquiera un tono camusiano, recurriendo a la literatura y filosofa existencialista de Albert Camus, teniendo en cuenta los desplazamientos crticos de la reflexin contempornea, en su hermoso libro Rquiem para una repblica. Hay necesidad de dar cuenta de las nuevas realidades histricas o de los desplazamientos histricos a partir de nuevos conceptos. Entonces estamos ante una imagen de mundo que responde a estas circunstancias, a la condicin perifrica desde dnde se emiten los discursos, a la condicin de una conciencia temporal basada en la incertidumbre de la transicin, en el deseo de alcanzar las metas postergadas, en la necesidad imperiosa de una identidad nacional, aunque tambin en el deseo de resolver los problemas de transicin de una manera radical. Como puede verse, no estamos dentro la configuracin epistemolgica de la ciencia general del orden, tampoco en la configuracin epistemolgica de las ciencias de la historicidad, de las empiricidades, de la vida, el trabajo y el lenguaje, de la antropologa, la psicologa y la sociologa. Estas episteme pueden ser las matrices profundas de los saberes contemporneos y regionales, de los saberes nacionales, empero asistimos a la emergencia de saberes de la transicin, que buscan desesperadamente comprender los trnsitos, los despliegues, los puentes, las mediaciones y, por lo tanto, comprender las propagaciones en el tiempo y el espacio. Por eso, esa certeza de lo incompleto, de lo inacabado, por eso, esa ansia de modernidad, pero tambin de identidad, por eso esa bsqueda del sujeto social encargado de estas tareas, por eso, tambin la paradjica idea de la realidad como adversidad.

Sin embargo, hay algo sobresaliente en este ideologema, se ignora la condicin colonial de la mayora de la poblacin boliviana, se ignora la cuestin indgena. Se ignoran los levantamientos indgenas y su interpelacin al Estado, a la nacin y a la sociedad boliviana. Se supone tcitamente que este problema est resuelto con la reforma agraria y con la incorporacin campesina al proyecto nacional. Esta realidad histrico-poltica, la relativa a las formaciones coloniales y al diagrama de poder colonial, esta parte impenetrable de la realidad, este lado oscuro del mundo, es taxativamente desconocida. No es un problema de conocimiento para el iluminismo criollo. Esta gran falta le impide a la episteme boliviana comprender los alcances de la problemtica histrica sobre la que se asientan proyectos tan inestables como el Estado-nacin, la modernizacin, el desarrollo, la industrializacin. Estos lmites del ideologema del nacionalismo revolucionario le impiden construir una crtica completa de las dominaciones, de las explotaciones, de las razones profundas de la dependencia, de las razones profundas del inacabamiento del Estado y de la nacin. No puede desarrollar una teora crtica del capitalismo desde la matriz y la condicin colonial de este sistema-mundo y modo de produccin capitalista. El marxismo boliviano y tambin el latinoamericano se quedan en el umbral epistemolgico, impedidos de ver y comprender las matrices profundas de la historicidad, de sus complejas formaciones econmico-social-culturales, sobre todo de sus dinmicas moleculares formativas. No puede desenvolver una teora crtica descolonizadora del Estado, por lo tanto tampoco puede comprender la condicin colonial del Estado-nacin. Han preferido quedarse en ese umbral y repetir consabidamente generalidades, verdades universales, que no le hacen mella a los rdenes, instituciones y formas de dominacin capitalista. La izquierda se termina convirtiendo en un factor ms de la reproduccin del colonialismo interno, en un discurso funcional a la modernidad y al capitalismo contemporneo. Los izquierdistas siguen peleando contra las formas antiguas el capitalismo, bsicamente las del siglo XIX, las que estudi Marx, ajenos a las transformaciones estructurales y mundiales del ciclo largo del capitalismo vigente.

Claro que hay intuiciones, anticipaciones, perspectivas solitarias como las de Carlos Maritegui y Tristan Marof; sin embargo, estas son voces solitarias, desdeadas en su tiempo y retomadas despus de su muerte con objeto de difusin, sin reflexionar profundamente sobre las implicaciones de sus desplazamientos enunciativos, sus aproximaciones a la problemtica colonial y a la cuestin indgena. Podemos encontrar otros trabajos solitarios, empero ninguno de ellos se convierte en escuela, en comportamiento, en conducta, en una nueva forma de pensar, en un proyecto poltico descolonizador.

En relacin a esta falta, a esta restriccin de la realidad histrica y social, llama tambin la atencin el sntoma de la omisin, sntoma manifiesto en la prctica de este saber de lo nacional que ignora al pensamiento indio, lo desconozca, lo descalifique de entrada. Por eso el discurso del Otro va a ser desterrado de la comprensin del ideologema del nacionalismo revolucionario. Hay una forma sugerente de hacerlo, cuando se lo hace a nombre del mestizaje. Bajo este postulado el indgena y lo indgena habran desaparecido en la realizacin de la raza csmica, la mestiza, tal como pregona Jos Mara Albino Vasconcelos Caldern . Este escritor mexicano no poda hacerlo de otra manera pues responde a la experiencia de la revolucin mexicana, sobre todo al proyecto cultural e institucional desprendido despus de la revolucin, proyecto institucional que se construye sobre el asesinato de Emiliano Zapata, sobre el cadver del insigne revolucionario campesino; esto es el proyecto de la repblica mestiza.

Al respecto, en todo caso, deberamos discutir tesis ms contemporneas, renovadas y diferenciales sobre la condicin mestiza, como las de Serge Gruzinski, quien en el Pensamiento Mestizo plantea la comprensin del mestizaje cultural sin borrar las diferencias entre la herencia indgena y las otras herencias que configuran la modernidad barroca. Hay que anotar varias confusiones en esta interpretacin de la raza csmica; no est en discusin el mestizaje biolgico; todos somos mestizos desde nuestra condicin biolgica. Lo que est en cuestin es la condicin histrica de subordinacin, de dominacin, de explotacin, de exclusin en las que se encuentran las comunidades indgenas, sus formas sociales, culturales, polticas e institucionales de cohesionarse, de ser en el mundo. Lo que est en cuestin es la violencia inicial, la guerra de conquista, la colonia, la continuidad colonial, las formas del colonialismo interno, las formas de colonialidad, que tienen sometidos a pueblos que devienen de otros proyectos civilizatorios. Todas las sociedades criollas, desde Alaska hasta el Estrecho de Magallanes, se han construido sobre cementerios indgenas, sobre territorios despojados, sobre violencias coloniales. Estas sociedades no pueden reclamar una condicin democrtica si es que no se resuelve la cuestin de la herencia colonial. Tampoco puede pretender abolir el pasado colonial mediante la amnesia mestiza de que slo cuenta el proyecto nacional.

Podemos apreciar entonces dnde radica la importancia de la emergencia y la movilizacin de las naciones y pueblos indgenas originarios, dnde radica la importancia de la insurreccin indgena, de los levantamientos y marchas de los pueblos originarios. Donde radica la importancia de su propuesta, el proceso constituyente y la Constitucin. Se trata de superar la condicin de incompletud permanente del Estado-nacin, de un Estado-nacin subordinado al orden mundial del capitalismo, mediante otra transicin, la transicin pluralista y comunitaria. La forma institucional de transicin es el Estado plurinacional comunitario y autonmico. Una transicin que se plantea el cuestionamiento mismo de la matriz cultural que cobija al capitalismo, la modernidad y a la ilusin de desarrollo. Transicin que se plantea superar el capitalismo de la nica forma que se puede hacerlo, de una manera civilizatoria, el cambio civilizatorio de la modernidad. La riqueza de estos planteamientos no se los puede eludir, sobre todo despus de las dramticas experiencias del llamado socialismo real. La transicin de la dictadura del proletariado en la medida que se quedaba en los lmites de la modernidad, por lo tanto en su condena histrica, no poda sino revivir al capitalismo por otras vas, por la va burocrtica. Las transiciones populistas y nacionalistas, que se han dado en las periferias del sistema-mundo no podan sino reproducir la dependencia por otras vas, sin mellar las estructuras de dominacin del capitalismo a nivel mundial. Estas experiencias no pueden ser propuestas ahora como solucin, ya han sido experimentadas y adolecen de lmites congnitos insuperables, pues no comprendieron integralmente la problemtica del capitalismo, no comprendieron la matriz colonial del capitalismo, no comprendieron la matriz extractivista y destructiva del capitalismo.

Al respecto, no se puede decir, como dicen algunas voces apresuradas y poco reflexivas de la izquierda, que el Estado plurinacional ha periclitado, hablando y refirindose a la crisis del llamado proceso de cambio, cuando este Estado plurinacional nunca ha sido construido. Lo que ha hecho el gobierno populista es restaurar el Estado-nacin para beneplcito de izquierdas y derechas. Esta izquierda es demasiado indolente y orgullosa de sus propias pobrezas, como para ponerse a trabajar seriamente y reflexionar sobre los alcances de seis aos de luchas semi-insurreccionales (2000-2005), luchas que abrieron el proceso poltico que todava vivimos, con todas sus contradicciones inherentes. Prefiere repetir los viejos y desgastados discursos de la dictadura del proletariado o de la soberana Estado-nacin. Un firme aliado de ambos discursos, sobre todo del segundo es el gobierno populista, pues ha restaurado el Estado-nacin y hace gala de un nacionalismo descollante. Aunque tambin por ah sigue hablando de un socialismo comunitario, figura paralela y complementaria del socialismo del siglo XXI, proyectos que no son otras cosas que renovaciones fragmentarias e inconsecuentes del socialismo real. As mismo, tiende a optar por mtodos autoritarios y despticos para acallar la interpelacin de las naciones y pueblos indgenas originarios y de los movimientos sociales que lucharon por la apertura del proceso. Eso, aunque sea un remedo cruel de la dictadura del proletariado, repite el procedimiento de los estados en su confrontacin con las sociedades, el procedimiento del Estado de excepcin.

 

 

A modo de conclusin

Hay algunos sepultureros del proceso de cambio, que se adelantan ansiosamente, mostrando su apresuramiento, para diagnosticar la muerte temprana del proceso constituyente, regodendose de sus contradicciones, como si stas no se dieran en todo proceso revolucionario. Creyendo que estas contradicciones presentes no formaran parte de las contradicciones que anidan en la historia, en las historias singulares de las formaciones sociales. Quizs esperanzados en que stas contradicciones, las del proceso de cambio, anulen sus propias contradicciones histricas, la de las oligarquas, la de las burocracias, la de los voceros del pragmatismo de la sumisin y subordinacin, contradicciones de las clases dominantes. Contradicciones polticas manifiestas en los fracasos y discordancias legendarias de las formaciones coloniales y perifricas del sistema-mundo capitalista. A estos sepultureros debemos decirles que, cuando se abre un proceso poltico, como el abierto por los movimientos sociales y las luchas indgenas, no se clausura este horizonte despejado, aunque fracase un gobierno, que no necesariamente ha respondido adecuadamente, desplazndose en la explanada del horizonte abierto, sino, mas bien, ha mostrado su apego al pasado, inmovilizndose en el umbral. El horizonte queda abierto como desafo, como visibilidad, como espacio que hay que recorrer. Esta es la tarea, tanto poltica como epistemolgica, reconducir un proceso contradictorio y dar apertura una comprensin y conocimiento pluralista, en el contexto de las teoras de la complejidad y las cosmovisiones indgenas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Miseria de la crtica  

 

 

Cundo la crtica es crtica? Qu es la crtica? La crtica, que viene del griego, de κρίνειν krnein, que quiere decir discernir, analizar, separar; de las que deriva κριτικός kirtiks y κριτική kritikē; es decir, crtico, crtica; relacionado a juzgar, tambin dirimir. La palabra crtica, la accin de discernir, deriva de la palabra criterio; que connota el uso de conceptos. Ampliando la interpretacin etimolgica, tomando en cuenta la raz griega kri(n), derivada del proto-indoeuropeo kr ̥ n , que, en latn, tambin deriva en palabras como secretum y discernere, se puede concluir que la crtica alude al anlisis, cuya finalidad es la contrastacin, no solo con la realidad sino tambin con las teoras. Se trata entonces de la consistencia o correspondencia con la realidad, tambin con la consistencia terica. Emmanuel Kant llev la crtica ms lejos, cuando establece la crtica como el anlisis de las condiciones de posibilidad del conocimiento y de la experiencia. A partir de este desplazamiento epistemolgico de la crtica, se pasa a la filosofa crtica, convirtiendo al pensamiento en la mimesis conceptual del movimiento efectivo. Quizs la expresin mayscula de esta pretensin terica es la filosofa de la historia. A partir de este paradigma racional, que convierte a la historia en el escenario dialctico de las astucias de la razn, se desprenden las crticas a los corpus tericos con pretensiones cientficas. Karl Marx desarrolla la crtica de la economa poltica.

 

Se ha hablado de la crtica, de la crtica de la crtica, tambin de la crtica general o generalizada. De alguna manera, este decurso se enuncia en la filosofa dialctica, tanto en su versin idealista como en su versin materialista. En este ltimo caso la crtica forma parte de la poltica, como realizacin de la filosofa. Tambin el marxismo es sometido a la crtica por las corrientes postmarxistas. La crtica, en sus modos variados, forma parte de las prcticas tericas, filosficas, epistemolgicas y cientficas; si se quiere, forma parte de las contrastaciones tericas, lgicas, epistemolgicas y metodolgicas. La crtica adquiere otras connotaciones en la hermenutica; en este caso la crtica tiene que ver con la interpretacin del texto en el contexto; en principio, de textos, despus, de contextos histrico-culturales. El mtodo del crculo hermenutico es un claro ejemplo de esta forma de crtica, que adquiere el sentido de la interpretacin de nunca acabar. Jacques Derrida lleva la crtica hermenutica ms lejos con la deconstruccin, cuando la crtica se comporta como el desmontaje de textos, que suponen tejidos y capas de tejidos. La deconstruccin articula etimologa, interpretacin narrativa, interpretacin conceptual, interpretacin simblica, interpretacin metafrica, conectadas con interpretaciones histrico-culturales y polticas.

 

Estamos pues ante una herencia acumulativa de la arqueologa de la crtica. En el presente, se espera que la crtica recoja esta herencia o, por lo menos, parte de ella. De ninguna manera se espera que se pretenda que sea crtica una narrativa ideolgica, sobre todo tratndose de una de las ideologas conservadoras. No se puede llamar crtica a la reduccin de la obra de una autor a una caricatura, despus, ejercer sobre esa caricatura la pretendida crtica. Esto no es nada ms que un discurso prejuicioso. Se puede estar de acuerdo o no con un autor, con su obra, con la pertinencia o no de su obra; sin embargo, cuando se trata de la crtica de esa obra y ese autor, se requiere la comprensin de la estructura de la obra, la estructura conceptual de la obra, incluso si se trata de desplazamientos estructurales y conceptuales de la obra, definiendo distintas etapas. Cuando se obtiene la composicin narrativa y terica de una obra, entonces se est en condiciones de iniciar la crtica del texto o del conjunto de textos, que hacen al contexto hermenutico de la obra. Si se reduce la obra a una caricatura, lo nico que puede salir es otra caricatura de crtica, no la crtica en sentido pleno de la palabra.

 

Llama la atencin la pobreza de la crtica de la obra de Ren Zavaleta Mercado. Se parte de las premisas prejuiciosas, de partida, de que el autor aludido no piensa bien Bolivia, no piensa bien la sociedad. Nunca se expresa claramente el referente con el que se contrasta, referente que, se supone, corresponde a la verdad de la sociedad y a la verdad de Bolivia. Las fallas de la obra o del pensamiento del autor, inherente a la obra, tienen que ver con que no es un pensamiento democrtico , es un pensamiento determinista y es un pensamiento populista. Es esta una crtica? El eje central de la argumentacin consiste en encontrar una composicin doble en el pensamiento de Zavaleta, heredero del ideologema del nacionalismo revolucionario y de la teora marxista. De esta teora hereda el determinismo histrico, de la que no escapara Zavaleta, a pesar de su apego y recurso a las concepciones gramscianas del marxismo, que ya ventilan desplazamientos tericos y conceptuales. Por otra parte, el otro eje de la argumentacin tiene que ver con la concepcin dramtica del destino de la nacin; una nacin arrebatada por la dependencia y la subordinacin a la dominacin extranjera. En otras palabras, la crtica develara, supuestamente, un discurso y una interpretacin de victimizacin.

 

Resulta difcil reconocer la obra de Zavaleta en esta interpretacin tan esquemtica y maniquea, independientemente de la inclinacin por las concepciones del autor. El mtodo de la crisis como procedimiento de conocimiento no puede ser reducido a la violencia, al deseo de violencia, que no sera otra cosa, que deseo de venganza. Es cuando se delata esta supuesta crtica; muestra sus enormes vacos en lo que respecta a la descripcin adecuada de la obra, al manejo de los conceptos de la narrativa zavaleteana. Nada ms lejos de los sentidos implcitos en las escrituras, en la formacin discursiva y enunciativa de Zavaleta.

 

No se entiende por qu tendra que ser determinista la tesis de la formacin social abigarrada, tesis principal de la teora de Zavaleta. En resumidas cuentas la formacin social abigarrada alude a la complejidad de la formacin social, a la yuxtaposicin de sus formas, contenidos y expresiones. Esto no puede ser, de ninguna manera, determinismo. Tesis de donde se desprenden el concepto de crisis, que viene a ser, en Zavaleta, un concepto epistemolgico, tambin una configuracin problemtica, que debe ser desbrozada a partir de la lectura de la crisis, que tiene connotaciones polticas, tambin sociales y culturales; se est hablando de la crisis de Estado; no de la violencia descarnada. Parece que el crtico, en este caso, tiene problemas con los fantasmas de la violencia, que le impiden elaborar una crtica, empujndolo a una diatriba contra sus propios fantasmas.

 

No se reconoce ninguno de los captulos de Lo nacional-popular en Bolivia, obra pstuma de Zavaleta. La querella del excedente, capitulo donde el autor trata de la guerra del pacifico, es reducida a sntomas del resentimiento; dejando de lado el sugerente anlisis de Zavaleta sobre las caractersticas estatales de Chile, Per y Bolivia, las diferencias sociales y culturales, las condiciones diferenciales de sus tendencias econmicas, sus estructuras econmicas y estructuras de poder, a pesar de las analogas de formas jurdicas. No se toma en cuenta El mundo de Willka, capitulo intenso, donde se relata y analiza la Guerra Federal, en el contexto del sistema-mundo capitalista. No est pues Zavaleta, la obra del autor, en el objeto de esta crtica. Nos encontramos con los fantasmas y miedos del pretendido crtico.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Teora poltica boliviana [39]

 

 

Sospecho que con la decadencia del MAS, es decir, con las consecuencias polticas, por no seguir con el proceso de cambio, y embarcarse en el crculo vicioso del poder, repetimos la triste historia del tiempo de las cosas pequeas, de aquel tiempo del que hablaba Sergio Almaraz Paz. Sin embargo, esta revolucin, la del 52, fue nuestra revolucin, cuando nos constituimos como nacin, como Estado-nacin efectivo, no solamente jurdico. No supimos defender lo que quedaba de esa revolucin en 1964. Era como abandonar a un familiar ante el peligro de muerte, justificar el abandono por haberse descarriado. Ahora pasa lo mismo, la decadencia en el MAS y del gobierno es alarmante; empero, son nuestros monstruos, emergidos de la movilizacin prolongada. La vieja rosa, la nueva rosca, el eterno retorno de las roscas quiere sacar la cabeza. Ellos creen que es el anuncio de su retorno. La tarea es difcil; no podemos dejar de hacer la crtica, buscar la profundizacin de un proceso de cambio "traicionado", por un lado; tampoco podemos dejar que las eternas roscas saquen la cabeza, por as decirlo, y pretendan decirnos lo que siempre nos han dicho, mostrarnos sus miserias y mezquindades como verdades. Volvemos a momentos decisivos como los de 1964. Debemos defender lo poco que queda del   proceso de cambio, sin dejar de hacer crtica, sin dejar de hacer activismo, sin dejar de mantener el fuego para que una chispa vuelva a incendiar la pradera .

Conversaciones con Luis Minaya

 

 

 

Cmo interpretar una escritura, incluso si esta sufre sus desplazamientos y transformaciones? Cmo interpretar una obra, que es lo que se llama en referencia a un conjunto, ms o menos secuencial, de escritos, si se quiere a una constelacin de textos? Cmo interpretar la obra de Ren Zavaleta Mercado? Estas son las preguntas que nos hacemos en la segunda dcada del siglo XXI, cuando asistimos a la decadencia de un gobierno progresista, que, en vez, de profundizar el proceso de cambio, ya sea en transiciones lentas, si es que no se lo quiere hacer o se cree que no se puede hacerlo ms rpido, ha optado por lo de siempre, por el circulo vicioso del poder. Nos hacemos estas preguntas cuando una lectura rpida, provisional, conservadora, pretende descalificar a la obra de Zavaleta, descalificando tambin al autor, sin ms argumentos que los prejuicios cultivados en el espritu de revancha de las lites derrocadas. Escribimos en La episteme boliviana sobre este iluminismo criollo y mestizo, que efectu la interpretacin crtica de la historia poltica y de la historia econmica de Bolivia, ocasionando una especie de paradigma de interpretacin de la formacin social boliviana [40] . Es, sin duda, un acontecimiento intelectual, pues se teorizaba, se construan interpretaciones, corpus enunciativos, para hacer inteligible la formacin social abigarrada. Frente a este aporte, la intelectualidad conservadora no mostr ms que sus miserias; repeticiones e imitaciones deslucidas de lo que le pareca honorable de las teoras universales de la modernidad. Por otra parte, la formacin discursiva conservadora criolla haca gala de sus vacos y lagunas, sobre todo de su miopa, al no ver, no percibir, no comprender ni explicarse el pas en el que vivan.

 

Como deca Hugo Zemelman Merino, Zavaleta era elocuente en la exposicin luminosa de conceptos plsticos, cargados metafricamente, casi figuras poticas. Seres humanos como Ren Zavaleta se encuentran conmovidos por los espesores histricos de su pas, del que tienen la memoria de las huellas inscritas en sus territorios, cuerpos y ciclos. Hablan, si se quiere, piensan, con todo el cuerpo. No se sienten externos a una realidad, que para otros se convierte en un objeto de estudio. Forman parte de ella, viven, sufren y se alegran con las contingencias, avatares, planos y espesores de intensidad de esa realidad. Bolivia para Zavaleta era su pasin, el amor perdido que hay que recuperar. Sus escritos, en todas sus etapas, la ms vinculada al ideologema del nacionalismo revolucionario, la de transicin a un marxismo gramsciano, la de un desplazamiento a un ms all del marxismo, cuando intenta percibir desde los ojos de Willka, son escritos con sangre, como exiga Friedrich Nietzsche, son dispositivos a usarse en acciones emancipadoras de un pas atrapado en las mallas de la colonialidad y en las redes del sistema-mundo capitalista.

 

La intelectualidad conservadora no lo ha querido a Zavaleta; les pareca una hecatombe discursiva, una convulsin pasional que iluminaba con sus irradiaciones interpeladoras. No lo quieren, ahora, habindonos dejado hace un buen tiempo, pues sus escritos recuerdan a esta ardiente llamarada de palabras, que quema. No se le puede perdonar a este intelectual cholo, erudito e irreverente, por estas pretensiones iluministas. Los intelectuales, segn ellos, de nuestro continente, de las periferias del sistema-mundo capitalista, deben honrar a las verdades universales institucionalizadas. Adems, deben decirse estas verdades, con calma, mesura, con voz de profesor aburrido, a un ritmo de letana amarga. Zavaleta era todo lo contrario, seduca a su auditorio, hablaba efusivamente, expona intempestivamente, desplegando largas disertaciones eruditas y crticas.

 

Hay que leer sus escritos entonces acercndonos a su percepcin apasionada del pas. Debemos encontrar, primero, sus intuiciones asombrosas, para captar los sentidos inmanentes de la experiencia social, transmitidos a su escritura, abordados con la singularidad de su formacin. Despus podemos interpretar los conceptos. Esto para evitar exegesis como de diccionario, deducidas de paradigmas tericos institucionalizados. Un concepto puede conllevar su efecto abstracto, su irradiacin general; empero, cuando se lo uso en un discurso, en un escrito, adquiere connotaciones propias, singulares; slo se lo puede decodificar atendiendo a la experiencia y a la memoria social e individual.

 

En la Formacin de la consciencia nacional Zavaleta parte del acontecimiento de la guerra del Chaco. La considera una experiencia conmovedora e inaugural de la consciencia nacional. Qu hay de criticable en esta premisa? Colocar el nacimiento de la consciencia nacional, por lo tanto, del Estado-nacin efectivo, en este acontecimiento blico, y no en la guerra de la independencia? Por qu tendra que ser la guerra de la independencia El nacimiento del Estado-nacin y no, mas bien, uno de los nacimientos, quizs abortados? Pues el Estado-nacin no se termina de constituir en su materialidad institucional jurdica, poltica, social, econmica y cultural. Esta manera de asumir el anlisis forma parte de lo que Michel Foucault considera los discursos histrico-polticos, a diferencia de los discursos jurdico-polticos.

 

Los discursos histrico-polticos son crticos de la dominacin; se estructuran como interpelacin a las dominaciones. La guerra es un concepto que hace inteligible la formacin social, precisamente en su crisis, como enunciaba Zavaleta. De esto se trata la tesis inicial de este intelectual crtico. Independientemente si se est de acuerdo con esta tesis, si se quiere con el paradigma histrico-poltico, que se tenga ms apego al paradigma jurdico-poltico de legitimacin del poder, lo importante es seguir la estructura de esta interpretacin de la realidad histrica y social de Bolivia, seguir su lgica. Si se quiere criticar, no hay que perder de vista la descripcin del cuadro conceptual. Sin embargo, la pretendida crtica no hace esto; prefiere baarse en sus propios prejuicios, usar la regla de su formacin acadmica, como si esta fuera aplicable universalmente, adems de desatender a las propias corrientes y debates contemporneos en las teoras, por lo tanto al cuestionamiento de las pretensiones de verdad y de las pretensiones de universalidad de las teoras institucionalizadas.

 

Esta pose de nobleza no hace otra cosa que desatender lo que lee; por lo tanto alejarse del texto y extraviarse en sus recnditos miedos. Esta lectura conservadora de la obra de Zavaleta no solamente es ideolgica, sino es represiva consigo misma, no se da la oportunidad de comprender la obra, de entenderla, incluso para criticarla.

 

En Lo nacional-popular en Bolivia nos encontramos a un Zavaleta que ha dejado como sedimentacin de su memoria al ideologema del nacionalismo revolucionario, que ha incursionado en la formacin marxista, adscribindose a la crtica gramsciana, que articula imprescindiblemente, en su inmediatez, la estructura econmica y la superestructura ideolgica, jurdica y poltica. No hay determinismo, sino como el marxista italiano llama bloque histrico. El concepto de bloque histrico debe interpretarse epistemolgicamente como entrelazamiento de estructura y superestructura, antes que como bloque de clases sociales, como el gramscianismo vulgar acostumbra. Sobre o, mas bien, dentro esta concepcin de totalidad intrnseca se puede deducir, si se quiere, la descripcin del bloque de clases o alianza de clases. Zavaleta no es, de ninguna manera, ajeno a esta concepcin, ms hegeliana, que engelsiana, de la estructura social. Mal se puede decir que Zavaleta es determinista. Esto es no haberlo entendido.

 

En Lo nacional-popular tambin se nota a un Zavaleta preocupado, como no lo haba hecho antes, por la problemtica colonial, en el sentido de la dominacin estatal sobre las naciones y pueblos indgenas. Ah est, como corroboracin de lo que decimos, el captulo de El mundo del temible Willka; tambin su replanteamiento de la concepcin espacial. Esta intuicin como condicin de posibilidad de la experiencia, en el captulo sobre La querella del excedente. En La querella del excedente el tema es la prdida de Atacama en la guerra del pacfico; el anlisis es sobresaliente, al margen y muy lejos de los revanchismos y chauvinismos acostumbrados, Zavaleta desmenuza la condicin de posibilidad histrica territorial, el efecto des-articulador de la prdida de un espacio acoplado a los archipilagos andinos. Espacio borrado por la mirada oligrquica, que slo entenda como territorio la extensin de sus fincas y de sus minas. Analiza las condiciones y las composiciones de los tres Estado-nacin en guerra; Bolivia, Chile y Per. Para decirlo resumidamente y no hacer una larga exposicin al respecto, la estructura gamonal del poder en Bolivia y Per debilitan a estos estados en su capacidad de respuesta, de defensa de sus territorios; en cambio, la transicin del gamonalismo chileno hacia una burguesa pujante, consigue la modernizacin institucional y de sus aparatos blicos del Estado-nacin chileno. Sin alargarnos, de todos modos, en ambos casos, la cuestin indgena es parte de la composicin y las razones de la guerra del pacfico. El Estado-nacin criollo chileno reinicia la guerra contra los pueblos indgenas del sur, sobre todo con la nacin y pueblos mapuches, como preludio de la guerra del pacfico. Por el otro lado, dos Estado-nacin, con preponderante poblacin indgena, van a la guerra enseoreados de sus tenencias, riquezas y sus dominaciones coloniales. Como dice Zavaleta, la guerra estaba prdida de antemano, si es que no se acuda a transformaciones estructurales e institucionales de estos Estado-nacin, perdidos en el ostracismo de sus oligarquas criollas.

 

Comparando la guerra del pacfico, la guerra federal y la guerra del chaco, Zavaleta observa que sorprende que la sociedad no haya respondido, como corresponde en estos momentos, a la prdida de Atacama, que haya tardado en asimilar esta prdida hasta muy tarde; que la que saba que se perda el litoral, la oligarqua gobernante, crey que no era una prdida irreparable. Por eso prefiri negociar el Atacama, recibiendo dinero y un ferrocarril a cambio; firmando esta entrega en el Tratado de 1904. En cambio la guerra federal fue un acontecimiento estatal; lo profundo de la sociedad se moviliz, la estructura misma del Estado se conmovi y termin no solo de desplegar su crisis, sino de transformarse. De un Estado-nacin patrimonial se pas a un Estado-nacin jurdicamente liberal, con instituciones liberales, que pretendan encaminarse al progreso y al desarrollo. Sin embargo, la ilusin jurdica liberal y la restringida malla institucional liberal no podan ocultar a la inmensa mayora poblacional, ajena a esta burbuja jurdica-poltica, que tampoco dejaba de ser oligrquica, aunque esta transitaba seriamente a conformar una burguesa minera. Es la guerra del chaco la que vuelve a conmocionar al pas entero; las clases sociales, los pueblos, mestizos e indgenas, se encuentran en las arenas del chaco, confraternizan en las trincheras y se abrazan en la muerte. Para Zavaleta este acontecimiento, en su singularidad, se convierte en la matriz de la consciencia nacional.

 

El momento constitutivo y la disponibilidad de fuerzas son dos conceptos que conciben la intensidad del acontecimiento, momentos histricos creativos, de desplazamiento y de posibles rupturas. Momentos de articulacin desmesurada y de apertura enrgica. Se puede decir que el mtodo de la crisis como procedimiento para hacer inteligible las formaciones sociales abigarradas, el momento constitutivo y la disponibilidad de fuerzas, son concepciones que elaboran un pensamiento propio en Zavaleta. Esta propiedad del pensamiento singular, en su etapa madura, no pertenece al ideologema del nacionalismo revolucionario, tampoco a la concepcin marxista gramsciana; ya forma parte de una nueva etapa del pensamiento intenso de este intelectual militante y comprometido. Si bien esta etapa ha quedado inconclusa, debido a su muerte temprana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En torno a La querella por el excedente

 

 

En el captulo de La querella del excedente se analiza el Estado, la formacin del Estado-nacin en Bolivia, Chile y Per. Se analiza el Estado en relacin al excedente, a la disponibilidad y al ptimo de la ecuacin Estado-sociedad. El excedente, de por s, no garantiza la disponibilidad; es decir, la retencin y la absorcin del excedente por la materialidad estatal; cierta absorcin del excedente no garantiza el logro del ptimo de la ecuacin Estado-sociedad. Entonces la pregunta es sobre las condiciones de posibilidad histrica, las composiciones y combinaciones histricas adecuadas, que hacen posible el ptimo. Ren Zavaleta Mercado considera que el anlisis del juego de estas condiciones de posibilidad histricas, de estas composiciones y combinaciones histricas se hace posible en la contrastacin de los momentos constitutivos. Las historias de las sociedades y los estados estn erigidas por momentos constitutivos, momentos que inscriben en los decursos estructuras estructurantes, por as decirlo, usando en nuestra interpretacin un concepto de Pierre Bourdieu, de los desenvolvimientos de la historia misma. Las estructuras estructurantes de los momentos constitutivos pueden dar lugar a la apertura de recorridos al ptimo o, por lo contrario, pueden clausurar estos recorridos histricos, en los periodos correspondientes, donde el momento constitutivo hace, a la vez, de matriz y de horizonte.

 

En la regin andina un momento constitutivo inaugural fue la estrategia social desplegada de la articulacin y complementariedad de los pisos ecolgicos; estrategia sobre la que se establecen las formaciones sociales andinas precolombinas, desde las formas complementarias de las comunidades nmadas hasta el Estado Inka, institucin cultural y territorial compleja, que articula la constelacin de ayllus y markas del Tawantinsuyu, pasando por la conformacin transversal de las alianzas polticas y territoriales de los ayllus. Otro momento constitutivo es la conquista y la colonizacin, momento constitutivo ste que ha requerido des-constituir, primero, el momento constitutivo andino y su irradiacin cultural y territorial. Zavaleta encuentra que la viabilizacin al ptimo se hallaba en el momento constitutivo andino y se clausura, de alguna manera, en el momento constitutivo de la conquista. Para lograr otro ptimo en el horizonte histrico irradiado por el momento constitutivo colonial se requera transformaciones estructurales e institucionales del Estado colonial; cosa que no ocurri, salvo, de manera improvisada, en la emergencia de la guerra contra las naciones y pueblos indgenas, sobre todo en el caso de la historia de Chile. Los espaoles derrotados en el sur, amenazados por el asedio indgena, fueron obligados a modificar la forma organizativa de hueste de conquista para conformar un ejrcito. Este aparato de guerra se instaura como la matriz del Estado. Despus de la guerra de la independencia, esta es la herencia colonial del Estado-nacin de Chile, Estado-nacin, por cierto oligrquico; empero, obligado a la convocatoria autoritaria a toda la poblacin. El gobierno del periodo de la guerra del Pacfico no poda comenzar la guerra de expansin al norte sin antes tratar de resolver el problema pendiente dejado por los espaoles, la dominacin estatal sobre las naciones y pueblos indgenas del sur. Por eso, retom la guerra contra los indgenas, como preludio de la guerra del Pacfico.

 

El Estado-nacin de Chile se haba preparado para guerra con tiempo de anticipacin, teniendo como antecedente que se trata de un Estado que nace no solamente en la guerra y por la guerra, sino guerreando efectivamente contra los indgenas. El antecedente de esta guerra, la del Pacfico, se encuentra en la guerra contra la Confederacin peruana y boliviana, que era el proyecto asumido por el Mariscal Santa Cruz. En esa guerra, el ejrcito chileno apoya a la oligarqua costea peruana en su lucha por la hegemona contra la oligarqua serrana, que era una de las bases de la composicin de la Confederacin. Se trata de una guerra del interior contra la costa, una guerra ente los proyectos estatales del interior contra los proyectos estatales de los puertos, cuya mirada se encuentra en el mercado internacional. Esta guerra la perdi el interior, la perdi la Confederacin; este es el desenlace compartido por otras guerras equivalentes en el continente. Gan el mercado internacional contra la posibilidad de un mercado interno, gan la oligarqua portea contra las oligarquas del interior, que se encontraban en alianzas con estratos populares. Se puede decir tambin que las derrotas del proyecto hegemnico endgeno respecto al proyecto hegemnico exgeno, fueron momentos constitutivos distribuidos en la geografa del continente, en coyunturas decisivas. Clausuraron la posibilidad de ptimos estatales-sociales en la configuracin histrica posterior de los Estado-nacin del continente, desplegando ecuaciones histrico-polticas, por as decirlo, inciertas e inestables, manifestando permanentemente la crisis mltiple de los estados.

 

A la guerra del Pacfico asisti el Estado chileno preparado para la misma, en cambio, el Estado de Bolivia y el Estado del Per se encontraron, como quien dice, desnudos, descubiertos en sus propios apuros, en sus propias vulnerabilidades, sin capacidad de disponer de todas sus fuerzas, pues, si bien contaban con el excedente, hasta en demasa, respecto de Chile, no tenan disponibilidad y estaban lejos del ptimo. Esta guerra se la poda vencer en una guerra larga y en la sierra, en el interior; sin embargo, las burguesas liberales de Per y Bolivia, ms volcadas al proyecto portuario de mercado internacional, conspiraron contra esta posibilidad de resistencia y guerra prolongada. Prefirieron pactar con el vencedor. El pas que ms perdi en esta guerra fue Bolivia, al perder el Atacama y clausurar su salida portuaria, que servira tanto al proyecto endgeno como al proyecto exgeno. La oligarqua gobernante prefiri abandonar la guerra con anticipacin, dejando al Per pelear por tres aos, despus prefiri canjear el Atacama por dinero y un ferrocarril. Esta miseria poltica, diplomtica y estatal de la oligarqua boliviana muestra patticamente cuan lejos estaba de no slo el ptimo sino incluso de la voluntad de disponibilidad.

 

 

Las guerras de los pueblos del interior y las oligarquas porteas

 

En Guerra perifrica y geopoltica regional [41] escribimos:

 

La Guerra contra la Confederacin Per-Boliviana concurre desde el ao 1836 hasta 1839 . Se enfrenta la Confederacin Per-Boliviana a la alianza formada por peruanos contrarios a la confederacin y la Repblica de Chile.

Cuando se dio lugar la Confederacin Per-Boliviana, la reaccin de la oligarqua costea fue contraria; se opusieron contra lo que consideraron era el dominio de la sierra peruana y boliviana. Destacamentos peruanos al mando de Felipe Santiago se enfrentaron a las fuerzas confederadas. El desenlace del enfrentamiento blico fue favorable a la Confederacin, culmin con la derrota y fusilamiento de Salaverry. La flamante Confederacin andina no slo tuvo que enfrentar esta oposicin peruana y chilena, sino tambin el desacuerdo argentino; la Confederacin Per-Boliviana combatira a la Confederacin Argentina, dirigida por Juan Manuel de Rosas. En las batallas emprendidas en este frente de guerra s e pugnaron territorios del altiplano. En este caso, tambin el ejrcito confederado de Andrs de Santa Cruz consigui imponerse.

Empero, bsicamente la guerra confederada se desenvuelve en el enfrentamiento de la Confederacin Per-Boliviana con la Repblica de Chile, que apoyaba a peruanos contrarios a la confederacin. Estos restauradores deseaban la reunificacin del Per y la expulsin de Santa Cruz del poder.

La segunda fase de la guerra culminara con la victoria de las tropas del Ejrcito Unido Restaurador, ocasionando la disolucin de la Confederacin Per-Boliviana, dando con esto tambin culminacin al protectorado de Andrs de Santa Cruz.

Por qu se opuso Diego Portales a la Confederacin Per-Boliviana? Por qu tambin lo hizo la Confederacin argentina? Por qu los peruanos del norte se alzaron en armas contra la Confederacin andina? Revisando los hechos, tal parece que en tiempos de Andrs de Santa Cruz, Bolivia contaba no slo con un estratega y estadista, sino tambin con un ejrcito capaz de hacer frente a dos guerras casi simultneas. Este general de Simn Bolvar, oficial curtido en la guerra de la independencia, era como la presencia o la proyeccin de una poca gloriosa, de la cual devienen todava los aires de la Gran Colombia. En el caso del Mariscal de Calahumana, incluso podemos no slo tener en cuenta la extensin geogrfica del Virreinato del Per, sino incluso del Tawantinsuyu. Se trataba de buscar corregir los errores locales del nacimiento de las repblicas independientes. Ahora bien, por qu no entr en este proyecto Chile? No eran estructuras sociales tan distintas, aunque haba ms analoga entre las estructuras sociales de Bolivia y Per. Al final se trataba de repblicas que haban sido liberadas por los ejrcitos independentistas de Simn Bolvar y San Martin, quienes se pusieron de acuerdo en Guayaquil, sobre el curso a seguir. Cuando estos pases se vieron amenazados por la flota espaola que incursionaba el Pacfico, confraternizaron para afrontar la amenaza. Qu ocurri en los 40 aos posteriores a la finalizacin de la guerra de la Confederacin para que la situacin cambie, para que la correlacin de fuerzas cambie tan drsticamente, que la ventaja cualitativa la tenga Chile contra Bolivia y el Per?

La oposicin de Portales a la Confederacin fue enunciada claramente: Bolivia y Per eran mucho ms que Chile. De concretarse esta unin era como que el destino de Chile se circunscribira a un papel modesto. Por qu no pudo pensarse de otra manera? Los intereses econmicos que se conformaron al sud, en Santiago, y al norte, en Lima, visualizaron como amenazas la conformacin de una Confederacin que potenciaba la sierra y los Andes, el interior, contra la costa? Se repeta la misma mezquina perspectiva de las oligarquas locales que se opusieron a la Patria Grande? Bolivia tena como referente administrativo la Audiencia de Charcas, y como referente econmico el entorno potosino, vale decir la economa de la plata, que comprometi a una geografa que vena desde Quito y llegaba a Crdoba. Esta economa, que podemos llamar endgena, con cierta cautela, se contrapone a la economa de la costa, altamente articulada al mercado internacional de la revolucin industrial. No se poda combinar ambas geopolticas, ambas estrategias econmicas? Por qu tendran que ser dicotmicas? Tal parece que en estas contradicciones se encuentra la explicacin de las tensiones entre el interior, las provincias del interior, y las capitales, que tienen la mirada puesta en la costa, que los subordina al mercado internacional. La guerra gaucha, de las provincias del interior contra Buenos Aires, parece tener el mismo sentido. As tambin la guerra de la triple alianza, Argentina, Brasil y Uruguay, contra Paraguay, pas que conserv una perspectiva endgena.

El ciclo del capitalismo de la revolucin industrial, bajo hegemona britnica, arrastr los centros econmicos de los pases perifricos a la costa, condicionando sus economas a circunscribirse a una divisin del trabajo internacional, a una geopoltica capitalista, que los condenaba a ser pases extractivistas. No es pues inapropiado nombrar a la guerra del Pacfico como guerra del guano y del salitre, la querella del excedente. Estos pases perifricos, involucrados en la guerra, disputaron el excedente para satisfacer la demanda britnica y europea. La guerra que se pele fue para favorecer a sus oligarquas, que eran intermediarias del capital britnico. Las oligarquas locales no podan tener otra perspectiva que la de sus intereses locales; era entonces imposible que de ellas se genere una perspectiva integral. Entre las incipientes burguesas nativas, boliviana, chilena y peruana, con sus propias contradicciones coloniales, enfrentando a sus poblaciones indgenas, aunque lo hagan en distintos contextos y de distinta manera, la que parece haber resuelto, para entonces, problemas de constitucin de clase, es la burguesa chilena, en tanto que las burguesas boliviana y peruana, todava se debatan en la ambigedad de proyectos contrastados. Entre persistir en la dominacin gamonal, latitudinaria y colonial, o transformar su dominacin, modernizando sus relaciones de poder, proletarizando a su poblacin.

La burguesa chilena, intermediaria del capital hegemnico, no encontr otra cosa, como proyecto propio, que expandirse, controlar los recursos naturales que sus vecinos no saban explotar ni administrar. Se trata de una guerra de conquista de mediana intensidad. Se puede decir que la estatalizacin en Chile se dio ms rpidamente que en Bolivia y Per, a quienes les cost ms tiempo conformar un Estado-nacin. Parece que es en el transcurso de esas dcadas, que vienen desde los treinta y van hasta los setenta del siglo XIX, que la burguesa trasandina se inclina por una estrategia militar. Concretamente se prepara para la guerra; desde la guerra contra la Confederacin Per-Boliviana hasta la Guerra del Pacfico, concurren reformas institucionales administrativas y militares, tendiendo a una modernizacin, equipamiento, disciplina y adecuacin a las tcticas y estrategias de la guerra moderna, para ese entonces. En cambio, parece no concurrir esto ni en Bolivia ni en el Per, que enfrentan la guerra con los resabios de la guerra de la independencia y la guerra confederada.

Zavaleta Mercado habla de disponibilidad y de ptimo. Dice que el Estado chileno logr esta disponibilidad de fuerzas y un ptimo para cuando estall la guerra del Pacfico. Lo que no ocurri con Bolivia y Per, que contaban con excedente, pero no con disponibilidad de fuerzas y un ptimo. Zavaleta cree ver que la militarizacin del Estado chileno tiene que ver tambin con la contingencia de la constante amenaza de la guerra indgena; Chile se vio obligado a conformar un Estado fortaleza, encargado de cuidar y definir las fronteras permanentemente. Puede ser; empero, esta caracterstica tambin la compartan Bolivia y Per, aunque en otro contexto y de otra manera. Es preferible concentrarse en dos aspectos: 1) la mejor adecuacin y adaptacin de la burguesa trasandina a las demandas de materias primas de la revolucin industrial, logrando pautas de reproduccin social ms afines al nuevo ciclo del capitalismo; y 2) la reorganizacin y modernizacin del Estado, incluyendo, claro est, de la armada y del ejrcito.

La hiptesis de interpretacin es la siguiente:

La guerra confederada forma parte de las historias de las guerras entre el interior y la exterioridad misma de la formacin econmico-social, entre los proyectos endgenos y los proyectos exgenos. La historia de estas guerras ms se parecen a la historia de guerras civiles entre las provincias del interior y la capital, ncleo primordial de la externalizacin. Este tipo de guerras civiles se han dado en todo el continente americano; tambin podemos considerar, como formando parte de esta tipologa, guerras que se presentan como guerras entre estados, como es el caso de la guerra confederada, as tambin como la guerra de la triple alianza contra Paraguay. Este pas era el ejemplo de un proyecto endgeno en marcha y consolidado; tuvo que enfrentarse a tres proyectos econmicos, polticos y sociales exgenos. No pareca posible la convivencia entre ambos proyectos confrontados. El ciclo hegemnico de la revolucin industrial exiga una clara divisin del trabajo internacional, una definida geopoltica que diferenciar los centros de las periferias del sistema-mundo capitalista. As como convertir a las periferias en espacios de compra de los productos manufacturados, siendo economas primario exportadoras. La orientacin econmica, social y poltica paraguaya era, en el siglo XIX, un desafo a la geopoltica del sistema-mundo capitalista del ciclo de la revolucin industrial.

La guerra confederada andina no dej de connotar estas caractersticas de una suerte de guerra civil entre un interior y una exterioridad, aunque sta forme parte de la propia formacin social y econmica. La contradiccin entre los intereses de una oligarqua costea y otra oligarqua serrana hablan de ello. En el espacio discursivo e ideolgico se puede notar tambin este contraste, cuando los voceros y polticos costeos calificaban a Andrs de Santa Cruz como serrano, queriendo usar este trmino despectivamente; incluso se lo calific de guanaco de los Andes. Ahora bien, los actores involucrados no tienen que ser plenamente conscientes de estas contradicciones; empero, basta que sus acciones y perspectivas se involucren en una proyeccin distinta a la de subordinacin al mercado externo, como para marcar la diferencia; as, como al contrario, adecuando, mas bien, la forma Estado a este requerimiento. Puede pensarse que el proyecto de la Confederacin era una reminiscencia del proyecto independista integral de la Gran Colombia; se puede incluso concebirlo como una reminiscencia de la convocatoria de Tupac Amaru de formar una gran nacin desde el Pacfico hasta el Paititi. Como reminiscencia ya no tena el alcance que contenan los proyectos de la Patria Grande; sin embargo, era, esta proyeccin disminuida, una actualizacin, en menor escala, de aquellos.

La derrota del ejrcito confederado era una derrota ms del interior contra la costa, de la interiorizacin contra la externalizacin, de los proyectos endgenos contra los proyectos exgenos. Se puede decir tambin que la derrota de la Confederacin anticipa la derrota de Bolivia y Per en la guerra del Pacfico, aunque esta guerra es de otra ndole. Ya no se trataba de una guerra entre un interior y la externalizacin, entre unos proyectos endgenos y otros proyectos exgenos, pues claramente los tres pases optaron por la externalizacin, por el proyecto exgeno, por el modelo extractivista de sus economas. La guerra del Pacfico fue una guerra de tres proyectos de externalizacin, fue una guerra por el excedente para externalizarlo. Cuando decimos que la derrota de la Confederacin anticipa la derrota de la guerra del Pacfico, decimos tambin que, la burguesa chilena fue ms eficaz con la conformacin y consolidacin de este modelo, procurando una modernizacin institucional, administrativa, educativa, militar, adecuada a los tiempos de la revolucin industrial. Las oligarquas peruana y boliviana se adormecieron con la externalizacin de sus excedentes, que los tenan en ms que en lo que respecta a Chile, se adormecieron con una suerte de sobrevaloracin de sus capacidades, que, viendo los desenlaces, resultaron hartamente obsoletas, dadas las circunstancias y los cambios habidos durante el siglo XIX.

Zavaleta anota otro tpico en el anlisis del desenlace de la querella por el excedente. Este es el de la vinculacin con el espacio. Considera un vnculo con el espacio en las civilizaciones andinas, pre-coloniales, distinta al vnculo dado en las repblicas. Mientras las civilizaciones andinas emergan del espacio, nacan del territorio, domesticando plantas, arrancando a la tierra una fertilidad difcil, mediante tecnologas agrcolas innovadoras y la organizacin colectiva. Las repblicas producirn el espacio, por as decirlo, conformaban un espacio adecuado al mercado internacional; sin embargo, no todas lograron controlar su propio espacio.

Zavaleta escribe:

Los espritus del Estado en Bolivia no vean los hechos del espacio sino como una dimensin gamonal. Lo caracterstico era la forma gamonal del Estado [42] .

Refirindose al espacio andino dice:

La agricultura andina, que no en balde es el acontecimiento civilizatorio ms importante que ha ocurrido en este lugar y en Amrica Latina entera, y despus Potos o sea Charcas, se organizan y se identifican en torno a este discurso territorial El Atacama, por lo dems, era de un modo arquetpico una tierra apropiada, incorporada al razonamiento ecolgico de esta instancia de los andinos de tal manera que no es cualquier costa apta para el comercio moderno lo que poda ocasionar semejante sentimiento gregario de desagregacin [43] .

Este vnculo ancestral con el espacio se quebr o se redujo a su mnima expresin; ya no es el espacio articulado por las complementariedades, ya no es el archipilago andino el que hace de matriz territorial reproductiva a la sociedad organizada en comunidades, ayllus, sino es otro espacio o espacialidad el que hace de referente de los flujos y desplazamientos, un espacio mercantil cuya gravitacin radica en los ncleos de externalizacin de los recursos naturales. Es con relacin a este otro referente espacial que hay que entender lo que pas; por qu no reaccion la sociedad boliviana ante semejante prdida.

Zavaleta se pregunta:

Se necesita explicar sin duda por qu la otra Bolivia, la que s debera ver estas cosas como una adversidad gravsima, tard tanto en su evaluacin. La perplejidad con que vive el cuerpo social una prdida tan considerable se explica porque la lgica espacial previa, que era en realidad una combinacin entre la agricultura andina clsica y el Estado desptico como su culminacin natural se haba replegado a lo que ser el aspecto de la cristalizacin u osificacin de la historia del pas [44] .

La respuesta que se da es:

Recluido en su coto cerrado de la agricultura y practicando una economa moral de resistencia, conservacin e insistencia, el vasto cuerpo popular, aunque se demorara en tomar consciencia del problema, lo hara despus con una intensidad que slo se explica por la interpelacin que tiene el espacio sobre la ideologa o interferencia en esta sociedad [45] .

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Conclusiones

 

1. La teora del Estado de Ren Zavaleta Mercado se basa en la disponibilidad del excedente y en la habilitacin del ptimo de la ecuacin Estado-sociedad-territorio.

 

2. Se trata de una teora, que podemos llamarla genealgica, que toma en cuenta los momentos constitutivos como nacimientos y la irradiacin de estos momentos constitutivos como emergencias, actualizaciones coyunturales de los momentos constitutivos de referencia.

 

3. Se trata de una teora que apunta a evaluar la capacidad auto- determinante de las sociedades, que slo se puede lograr por el autoconocimiento de sus condiciones histricas y sus procesos inherentes y desatados en periodos constitutivos o des-constitutivos.

 

4. Encuentra que es la crisis histrica-poltica-social la que abre la posibilidad de inteligibilidad de las formaciones sociales abigarradas, al mostrar el bricolaje insostenible de sus yuxtaposiciones, al mostrar las inciertas costuras de la pluralidad, al mostrar el campo de posibilidades alternativas para articular la pluralidad de una manera integral.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hermenutica de El mundo del temible Willka

 

 

 

Cul la relacin entre un acontecimiento acaecido y la formacin discursiva que lo interpreta, que, sin embargo, irradia hasta el presente? Cmo interpretar, a su vez, la formacin discursiva de otro presente, un presente pasado, en nuestro presente? Nos preguntamos sobre la relacin de la guerra federal de 1899 y la formacin discursiva zavaleteana. La crisis del Estado-nacin oligrquico, que tambin es una crisis social, abre la posibilidad de inteligibilidad de la formacin social abigarrada de entonces, al descorrer las cortinas institucionales y mostrar las costuras forzadas de un Estado constituido en la ilusin jurdica, combinada con la prctica de la dominacin colonial sobre las naciones y pueblos indgenas. Ren Zavaleta Mercado aplica el mtodo de la crisis como procesos de conocimiento de la singularidad de la formacin social boliviana de entonces. El autor de Lo nacional-popular en Bolivia encuentra que la participacin aymara en la guerra federal, aliada al General Pando y los liberales paceos, se da como respuesta a la apropiacin de tierras que se dio entre 1868 y 1871, en su primer ciclo, y 1874 y 1899, en el subsiguiente ciclo de despojo. La participacin del ejrcito aymara en la guerra federal se asienta en la memoria larga del levantamiento indgena pan-andino del siglo XVIII. La alianza con los liberales del norte en contra de los conservadores del sur es, en parte, un fenmeno regional. Los paceos, en principio, preferan a los aymaras que a los sucrenses. Sin embargo, la alianza se basa en un acuerdo fundamental para los aymaras, la devolucin de las tierras comunitarias usurpadas desde Melgarejo, incluso ms antes. En el transcurso de la guerra se observa la autonoma del ejercito aymara respecto a los mandos formales del ejercito liberal; esto, en principio, con la connivencia del mismo Pando, que haba nombrado general a Pablo Zrate, el Willka aymara. La guerra federal contena otra guerra, la guerra de razas [46] , la continuidad de la guerra anticolonial; en la medida que se suceda la guerra, esta significacin de la guerra se hizo ms evidente. Cuando estaba clara la derrota del ejrcito del sur, Pando dispuso perseguir a los jinetes fugitivos, ms para salvarles el pellejo de manos de la milicia aymara que para cazarlos. El cambio de opinin en Pando se efectu en los momentos del desenlace blico, si es que no fue antes; de preferir a los aymaras que a los sucrenses pas a preferir un acuerdo con los del sur antes que el ejrcito aymara y un levantamiento indgena acabe con ambos.

 

El lenguaje de la narrativa terica de Zavaleta no es descriptivo, es ms bien analtico y reflexivo, se detiene a elucidar los hechos, comprendidos como sntomas de la crisis del Estado oligrquico, tambin como sntomas de una trama histrica donde concurren pretensiones seoriales de una consciencia desdichada y anhelos populares nacionales, acompaando al proyecto alterativo anticolonial indgena. Sin embargo, no es una trama decodificable solo localmente o regionalmente; es menester interpretarla desde el mundo en el que se inserta. El mundo de Willka es el mundo del sistema-mundo capitalista de entonces, en pleno ciclo de la hegemona britnica. Por lo tanto, es indispensable interpretar el acontecimiento de la guerra federal en el acontecimiento mundo de entonces, en el mundo del temible Willka. Por eso las elucidaciones desde el acontecimiento capitalista y el acontecimiento de la modernidad, ya no solo desde las implicaciones del excedente, sino tambin desde las irradiaciones y condicionamientos de la acumulacin de capital, originaria y ampliada. Implicaciones, por cierto, no economicistas, sino integrales, consideradas en su totalidad, en su efecto totalizador, absorbente, donde se produce la subsuncin formal y la subsuncin real, donde se recepciona el acontecimiento como intersubjetividad.

El contraste entre las formaciones sociales y los Estado-nacin singulares le muestra la variedad de disponibilidades; es decir, de ecuaciones Estado-sociedad, y de ptimos diferentes. La relacin con la reforma moral e intelectual de estas disponibilidades y estos ptimos viene desde la renuncia a una reforma intelectual y moral, buscando solo la incorporacin al mundo mediante la heurstica capitalista, descartando la hermtica capitalista, hasta la apuesta por una reforma intelectual y moral radical, pasando por intermedios y combinaciones que coleccionan ritmos y matizaciones de la incorporacin econmica y reformas intelectuales recortadas. No se trata de hacer valer slo una finalidad, la de la reforma intelectual y moral radical, frente a otras opciones, sino de evaluar el Estado desde la hegemona alanzada o no alcanzada. La pregunta crucial es: por qu la oligarqua renuncia a la hegemona creyendo que sus ttulos bastan para validar la diferencia instituida pomo estructura de poder?

 

Para no dar muchas vueltas en nuestra interpretacin del captulo El mundo del temible Willka, diremos que la respuesta, en resumen, se encuentra en la mentalidad seorial de la oligarqua criolla. Una de las claves para explicarse la persistencia tenaz de esta mentalidad seorial, no la nica clave, sino una en conexin con otras, es que se trata de un Estado que viva del tributo indigenal, herencia tributaria colonial. Solo cuando se recupera la economa de la plata se producen desplazamientos; empero, estos no necesariamente modifican sustancialmente la mentalidad seorial, sino ocasionan cambios en el estilo de gobierno o de gubernamentalidad. Se pasa del estilo impuesto por los caudillos brbaros al estilo de la simulacin liberal electoral.

 

Lo sugerente del anlisis de Zavaleta es esta composicin y combinacin terica, donde se articulan herramientas analticas de la crtica de la economa poltica, herramientas de la teora crtica gramsciana de las superestructuras, herramientas de la filosofa de la historia, con interpretaciones de las subjetividades e intersubjetividades sociales, y reflexiones en torno a la experiencia social y memoria social boliviana. En Lo nacional-popular en Bolivia, no se puede decir que Zavaleta se caracteriza por su nacionalismo revolucionario heredado y por su marxismo, en tono gramsciano, asumido; esta definicin es muy simple y esquemtica. Es el facilismo de la costumbre acadmica de clasificar. Desde nuestra interpretacin, en Lo nacional-popular Zavaleta desarrolla una teora propia; de acuerdo con la tesis de Luis Tapia, que propone que se trata de la produccin del conocimiento concreto [47] .

 

Las teoras en uso, como herramientas, pierden su perfil propio, cuando son sometidas al trabajo de interpretacin y explicacin, de una formacin social singular. Cuando, combinadas, dan cuenta, a su modo, de esta composicin social histrica singular, salen, de la elaboracin conceptual, diferentes; no son las mismas teoras; han sido afectadas por el acontecimiento que interpretan. La virtud de Zavaleta se encuentra en esto, en la creacin de nuevos conceptos, por lo tanto, de una nueva narrativa terica. Llama la atencin que tanto los pretendidos crticos de Zavaleta, as como los pretendidos seguidores de Zavaleta, pierdan de vista este acontecimiento Zavaleta, que es creacin de conceptos y de un corpus terico propio, correspondiente a la experiencia social y memoria social de un pueblo rebelde. Creen que se resuelve la lectura de Zavaleta encasillndolo en clasificaciones establecidas acadmicamente. Esta es la flojera de la intelectualidad tanto conservadora como pretendidamente revolucionaria, incluyendo a los declarados zavaleteanos.

 

 

Tesis de las composiciones de las formaciones histrico-sociales singulares

 

El captulo El mundo del temible Willka comienza con el problema de la conmensuracin; es decir, de la medida y de la magnitud. La medida como verificacin del conocimiento positivo; como acto de conocimiento iluminista en un mundo que deviene transformado en su propia vertiginosidad, la de la modernidad, cuando todo lo slido se desvanece en el aire. La pregunta, en este caso es: qu pasa cuando las formaciones sociales abigarradas impiden la iluminacin de la medida y la conmensuracin? En consecuencia: Es posible conocer las formaciones sociales abigarradas? Zavaleta pondera los alcances y las limitaciones de la medida; prefiere moverse en la cualidad del valor, como sntesis histrica y cultural de las formaciones sociales afectadas e incorporadas al capitalismo. El valor supone la igualacin de los hombres, la intersubjetividad constituida en el reconocimiento de las autoconciencias, la autodeterminacin a partir del acuerdo entre hombres libres. Qu pasa entonces cuando no hay estos hombres libres, cuando se mantienen supeditados o subordinados a dominaciones autoritarias, en el marco de relaciones capitalistas extendidas? Este es el problema primordial al momento del estallido de la guerra federal. En la clase dominante no se tiene consciencia del valor; por eso, se prefiere renunciar a esta valoracin, incluso a la valorizacin; se opta por controlar riquezas, monopolizar tierras, contar con propiedades mineras; empero, no como procesos productivos, sino como fragmentos econmicos de la divisin internacional del mercado.

 

El valor no deja de ser un hecho histrico-econmico; sin embargo, este hecho es mundial, acontece mundialmente, repercute en los pases de manera diferenciada, dependiendo de su condicin central o perifrica. Por eso, a pesar del desprendimiento de la clase dominante perifrica, de su falta de consciencia del valor, este concepto es para Zavaleta, crucial para interpretar la crisis en el momento de la guerra federal, independientemente si sus actores comparten o no la certeza del valor. Es reveladora esta parte del captulo, por su prolijidad reflexiva, sobre todo por su posicionamiento epistemolgico, no solo hurgando los conceptos, sino ponindolos en cuestin ante el desafo del acontecimiento. Zavaleta encuentra un exagerado optimismo en Marx en sus expectativas progresistas de la revolucin industrial; observa, mas bien, considera las paradojas de la expansin capitalista de la revolucin industrial en la inmensa geografa de los pases perifricos. La expansin de este capitalismo refuerza la consolidacin de las castas, de las clases dominantes contrarias a la reforma moral e intelectual, consolida formas autoritarias y despticas del Estado; afianzando los mecanismos coloniales.

 

Para Zavaleta el valor es la sntesis concreta de las mltiples determinaciones del mundo moderno. No solamente como plusvala o valorizacin econmica, como deducen los pretendidos crticos o los pretendidos seguidores, sino como sntesis cualitativa histrico-cultural; para decirlo, en nuestros trminos, como plegamiento de la episteme moderna, que considera el tiempo como tiempo de produccin, entonces como multiplicidad, tal como lo menciona Zavaleta. Entonces la insurgencia aymara es interpretable desde la incompletud misma del valor en su localidad generada, aunque sea realizada mundialmente. En este sentido, tambin son explicables los dramas de un Estado-nacin incompleto, aparente, como dice el autor, pues no logra su ptimo, no accede a la disponibilidad, precisamente por esta incompletud del valor.

 

Para decirlo resumidamente, en la poca del valor, la valorizacin se realiza de todas maneras mundialmente, incluso su realizacin local es peleada por los actores de los dramas histricos, a pesar de que no sean conscientes de ello. Las figuras carismticas convocativas y las multitudes nacional-populares actan como disputando la territorialidad de la valorizacin, en cambio, las figuras oligrquicas regionales prefieren aceptar la externalizacin de la valorizacin, con tal de retener la renta y el control del poder. La ponderacin o la evaluacin de las tramas singulares de las sociedades desde la perspectiva del valor, ayuda a obtener mapas de las composiciones sociales, de las estructuras de poder, de las contradicciones inherentes a las formaciones sociales abigarradas. En este sentido resalta la figura de Belzu encabezando la multitudes rebeldes en la pugna contra la oligarqua, tambin se explica la aproximacin aymara a Pando, contrastando con las otras figuras que expresan, con distintas tonalidades la mentalidad seorial, como las de Melgarejo, de manera brutal, de Ballivin, de una manera afable, de Arce y Pacheco, de una manera aburguesada. Aunque Pando no alcance a ser el caudillo popular; lo fue, mas bien, Zarate Willka para las multitudes aymaras, de todas maneras su perfil es decodificado por aproximaciones a las figuras de los caudillos populares, aunque esto haya ocurrido al principio, decodificndose despus de manera opuesta.

 

 

De manera elocuente Zavaleta describe esta situacin:

 

Se traza as lo que se puede llamar con propiedad la disputa de las dos sangres o de las dos estirpes en Bolivia. Es un tema que recorre no slo esta exposicin, sino, es obvio, la propia historia de la que trata esta exposicin. Cada sociedad, en efecto, lo vimos en el caso de Chile, tiene un conjunto de creencias invisibles o, si se quiere, tiene una religin que la agrega (religiatio) en el sentido que dio Durkheim a este concepto. La produccin de la sustancia social o sea el equivalente general considerado como un hecho no meramente econmico, en otros trminos, el cemento social global, todo ello se refiere siempre a lo mismo.

Es cierto, de otro lado, que una sociedad puede tener varias articulaciones o planos de articulacin, algo as como distintos niveles de vida y de consciencia o tener una sola articulacin central que puede ser el resultado inmediato de un pacto eclctico, etc. La cuestin de la unidad ideolgica o identidad inconsciente es una que no est resuelta en Bolivia porque las dos estirpes o identidades ensean una extraa pertinencia a lo largo del tiempo. En cierto modo no quieren ser ms de lo que son y entienden eso como una voluntad de no pertenecerse, de no fusin. Es una insistencia en formas inconclusas, que tienen una provisionalidad notoria o se las vive como estatutos provisorios. Eso hace una diferencia y hasta cierto indicio favorable, por cuanto en los casos que hemos mencionado (es uno ms que en el otro) esta suerte de dilema, si existi alguna vez, se defini de un modo al menos preliminarmente reaccionario. Aqu, como decamos, estamos ante un duelo que nadie ha ganado. Bolivia no devino tan virreinalista como el Per y la terquedad asediante de lo popular hizo que tampoco pudiera nadie implantar aquel autoritarismo tan antiindgena como en Chile. Las ideas de la clase dominante no han logrado aqu convertirse en ideas de toda la sociedad, sino de un modo travestido, aunque perseverante. No obstante, antes de adentrarnos en una materia que es de por s muy espesa, se debe hacer un recaudo. Hablar de dos estirpes es en realidad una simplificacin, pero no si se entiende por ello dos programas histricos que son los que se confrontan. Es un pacto profundo y a la vez un pacto no resuelto. Los trminos mismos pueden confundir en lugar de darnos una definicin de las cosas porque sin duda se trata en esto de una confrontacin entre mestizos, pues es tal el carcter con que han ocurrido nuestras sangres. Se habla por tanto de una cierta connotacin o preponderancia, y en esto el propio asiento racial o rango no son sino soportes de una doctrina o visin de la organizacin de las cosas. Tampoco debe deducirse del nombre de esta disputa que se hubiera dado una separacin entre las sangres; se dira, por el contrario, que es la forma de interferencia de una en la otra y en ltimo trmino la imposibilidad de ver el propio rostro sin ver de inmediato el del interlocutor histrico lo que caracteriza este mundo problemtico de la intersubjetividad boliviana [48] .

 

 

Leda esta cita podemos comprender que se enfrentan representaciones contra representaciones del mundo, tambin proyectos que expresan estas representaciones. Las representaciones no son la verdad, aunque tengan esta pretensin de verdad; las representaciones son como la herencia de una memoria social, usada para apoyar y activar el proyecto poltico-cultural. Cuando estas representaciones no alcanzan a configurar la complejidad del mundo, por lo menos de una manera plausible, aunque no sea del todo adecuada a la complejidad de un presente, las representaciones obstaculizan no solamente la comprensin del mundo sino inviabilizan las acciones mismas. Por eso, se puede decir que Ren Zavaleta Mercado tiende ms a inclinarse por la reforma intelectual y moral radical, lo que ahora llamamos la revolucin cultural.

 

 

 

 

Interpretaciones de El estupor de los siglos

 

 

 

Ren Zavaleta Mercado considera que hay un extenso letargo, que se extiende desde antes de la independencia hasta la guerra del chaco, incluso despus, hasta la revolucin de 1952. La oligarqua se aposenta en sus creencias, por cierto no sostenibles; empero, ideolgicamente inscritas en el alma de la casta dominante. Se trata de una indiferencia respecto al pas y su destino; la casta terrateniente y minera se siente estar por encima del pas y sus habitantes, preponderantemente indgenas, quienes no eran reconocidos como ciudadanos. Este comportamiento, esta psicologa de la rosca, como la llamaba Sergio Almaraz Paz, se caracterizaba por un extraamiento respecto del territorio donde viva y su poblacin aborigen. Es probable que este sentimiento lo comparta con el resto de las oligarquas de Amrica Latina; empero, la diferencia radica en que la existencia de la clase dominante y del naciente Estado-nacin boliviano dependa del tributo indigenal; es decir, del aporte indgena, por su condicin tnica, por as decirlo. En cambio, pases como Argentina y Chile optaron por el exterminio de estas poblaciones o su exclusin taxativa, incursionando la ruta de la europeizacin. La oligarqua boliviana no tom consciencia de esta condicin; es decir, de su dependencia de la existencia de los pueblos indgenas. Se ilusion con una ruta parecida a Argentina y Chile, pases que lograron aparentemente la viabilizacin de esta extranjerizacin, que no era otra cosa, que la versin colonial en la repblica; esta vez, en las restringidas fronteras de los Estado-nacin. Sin embargo, con el transcurso de los aos, sobre todo en la contemporaneidad, vamos a ver que tampoco estos estados escapan de la condicionalidad indgena. Nadie escapa de las condiciones de posibilidad histricas. Esta enajenacin de la oligarqua le va costar caro, en el transcurso de su vida, hasta la revolucin de 1952.

 

El captulo El estupor de los siglos comienza con el tema crucial del racismo; en trminos del texto, con la concepcin internalizada del social darwinismo. La pretensin de superioridad sobre la poblacin indgena y mestiza la lleva a un aislamiento destructivo. Gobierna; pero, lo hace sobre la restringida poblacin blanca, donde tiene irradiacin; esta minora pretendidamente blanca y europea, al igual que las clases dominantes de los pases vecinos. En palabras de Zavaleta, se trata de un Estado aparente. El desprecio de la poblacin nativa y mestiza, siendo ellos, la oligarqua, tambin mestiza, le lleva a una desconexin con la realidad y sus sucesos, optando por una representacin postiza, que no logra expresar el acontecer, salvo en los rasgos ms generales. Una casta que no aprende las lecciones de la guerra federal, que se enseorea en su victoria sobre los chuquisaqueos, tambin sobre sus aliados, los aymaras comandados por Zarate Willka. Esta sobrevaloracin de su victoria va a ser su perdicin.

 

La oligarqua excluye a los indgenas y gran parte de los mestizos de la participacin poltica; al hacerlo, renuncia a la hegemona optando por la dominacin a secas; salvo, el auto-convencimiento en la propia clase. Entonces se cierra el camino a la disponibilidad, tambin al ptimo de la ecuacin Estado-sociedad. La concepcin social darwinista de la oligarqua se inscribe en sus habitus y comportamientos; hay como todo un estilo cultural de sus modalidades, conductas, prcticas y representaciones. Es posible que esta situacin no fuera distinta en el resto de las oligarquas criollas del continente; sin embargo, en el caso de preponderancia demogrfica indgena, este aislamiento repercute negativamente en la consolidacin estatal, mucho ms que en el caso de los estados que decidieron el exterminio de los pueblos nativos o su exclusin absoluta.

 

La oligarqua construy un Estado aparente. Ren Zavaleta escribe:

 

En todo eso, hacia la situacin del Estado oligrquico, podemos distinguir al menos cuatro momentos estatales:

 

1. Tendramos, primero, la situacin en la que existen los elementos formales o paramntales del Estado moderno, pero no los fundamentos de su entidad sustantiva. Esto ocurri con todos los pases latinoamericanos en la hora de la independencia. Es un Estado aparente porque la cantidad cartogrfica no corresponde al espacio estatal efectivo ni el mbito demogrfico a la validez humana sancionable.

 

2. Est, de otro lado, la composicin opuesta. Por razones patticas o de excepcin pura, hombres distintos entre s en lo habitual se colocan en un ademn de ofrecimiento o disponibilidad. Se constituye el Estado poltico con un poder ms o menos indefinido sobre la sociedad civil y en consecuencia se da la capacidad casi general de transformacin de las costumbres polticas. El Estado es capaz de normar la rutina y hay una reforma pactada de lo cotidiano. A esto es lo que se ha llamado, con cierta vulgaridad intelectual, el Estado hegeliano.

 

 

3. Aqu debe tenerse en mente la situacin en la que el elemento dominante en la sociedad civil se convierte l mismo, en carne y hueso, en Estado poltico, o sea, en un aparato especial desprendido de la sociedad. La clase dominante no solo ocupa el Estado, sino que una y otro son lo mismo. La subordinacin del Estado al grupo dominante es tan grande que no hay mensaje de intercambio entre la sociedad civil como conjunto y el Estado, sino que la clase dominante se impone sobre ambos. En este sentido, el sentido leninista o engelsiano (si eso puede reducirse as) del Estado, el llamado concepto instrumental, no es una visin arcaica de las cosas, sino un momento histrico patentizable. Se tiene una visin instrumental del zarismo o del somocismo no porque sea instrumentalista, sino que lo eran el somocismo y el zarismo.

 

4. Tenemos, por ltimo, el capitalismo organizado. Aqu, sin duda, el Estado est desprendido. Es la prctica de lo que Marx llam la autonoma relativa del Estado. Es un ejercicio hegemnico en el cual el factor dominante aprende (aprehende) las formas pertinentes de su dominacin en el propio dominado, o sea que el argumento del opresor aspira de un modo sofisticado a contener, en su propio argumento, el argumento del oprimido. Esto es algo que est presente en la teora de la dictadura en Lenin. La dictadura es entonces la democracia para nosotros, la democracia interior o en el seno de la dictadura proletaria, de la misma manera que la llamada democracia en general es la democracia en el seno de la dictadura o ultimidad poltica burgus. Con ello los criterios de dictadura o democracia adquieren un carcter binario constante [49] .

 

Zavaleta dice que el Estado oligrquico contena una oscilacin entre el momento del Estado aparente y el momento del Estado instrumental. La evaluacin del Estado oligrquico se efecta respecto al cuarto momento estatal, el del capitalismo organizado, el del Estado separado de la sociedad, el Estado que se conforma sobre la hegemona de la burguesa. La oligarqua no estaba en condiciones de avanzar a este momento, precisamente por la exclusin racial en la que se basaba su dominacin, tambin su forma de gubernamentalidad. Este Estado del apartheid no puede construir hegemona cuando la mayora de la poblacin estaba excluida de la participacin poltica institucional. A lo ms que lleg, en ciertas circunstancias, es al momento del Estado instrumental, el Estado como instrumento de dominacin taxativa, sin mediaciones, sin el ejercicio democrtico formal, salvo la mimesis grotesca de la democracia liberar restringida a la casta y sus entornos.

 

Este Estado oscilante vive, primero, del tributo indigenal, despus, de los magros tributos que daba la pujante minera de la plata y del estao. Si se forma una burguesa, en pleno sentido de la palabra, esta es externalizada junto con la transferencia de recursos naturales de la periferia a los centros del sistema-mundo capitalista. Los barones del estao ms que ser una burguesa nacional forman parte de la burguesa internacional, ya articulada a la economa-mundo capitalista, a los monopolios y controles de las mallas empresariales del capitalismo mundial. Los ciclos largos del capitalismo son ledos, desde la perspectiva perifrica, como ciclos del despojamiento y desposesin de los recursos naturales, como ciclo de la plata, ciclo del estao, despus ciclo de los hidrocarburos, del petrleo y el gas. Ciclos que no conllevan acumulacin de capital en la periferia, sino todo lo contrario, des-acumulacin. A modo de digresin, vamos a retomar estos tpicos en lo que escribimos en Cartografas histrico-polticas. En el apartado Ciclos largos y medianos del capitalismo, expusimos:

 

Es indispensable contar con una mirada temporal del capitalismo, as como una mirada espacial; diremos entonces, con una perspectiva espacio-temporal. A David Harvey le hubiera gustado decir geogrfica, pero quizs sea mejor volver a recoger la perspectiva geopoltica del sistema-mundo capitalista, as como tambin las estructuras y ciclos de larga duracin ya investigados por Fernand Braudel. En lo que respecta a las periferias del sistema-mundo capitalista, es tambin importante evaluar lo que ocurre en la economa-mundo, desde la perspectiva del saqueo de sus recursos naturales; desde este punto de vista, desde la temporalidad propia de los recursos naturales, de los tiempos del modelo extractivista, de la renta vinculada a la explotacin con los recursos naturales, podemos hablar de los ciclos de la extraccin y explotacin de estos recursos, de las estructuras perifricas vinculadas a las formas del capitalismo dependiente y de los Estado-nacin subalternos, a las formas de su economa rentista.

En el presente ensayo vamos a tratar de dibujar algunas de las articulaciones estratgicas entre periferia y centro del sistema-mundo capitalista, a partir de los ciclos de los recursos naturales. No se trata de configurar las formaciones econmicas y sociales, tampoco la articulacin de los modos de produccin en la formacin econmica y social, aunque estos temas sean subyacentes, sino de comprender como funciona el sistema-mundo en las periferias, sobre todo en periferias determinadas, vinculadas a la extraccin minera e hidrocarburfera. Uno de los casos paradigmticos es ciertamente Bolivia, por su historia econmica, su historia poltica y social. Caso complejo y, a la vez, singular, por las caractersticas de tierra adentro, por el condicionamiento geolgico de la Cordillera de Los Andes, sus cadenas y ramales, bordeando como brazos la explanada inmensa del altiplano; geografa andina colindante con el continente verde de la Amazonia y el Chaco. Entonces vamos a tratar de situar la perspectiva al interior de los ciclos de la minera de la plata y de la minera del estao, despus al interior de los ciclos de los hidrocarburos, como ejes dominantes en la formacin de las matrices econmicas. En relacin a esta delimitacin, se va buscar el desciframiento y la hermenutica de estos ciclos en las estructuras cualitativas, no en los cuadros e indicadores cuantitativos. Estas descripciones cuantitativas se dejaran para otro momento. Lo que interesa es poder construir una interpretacin conceptual de los ciclos del capitalismo desde las periferias, teniendo en cuenta la materialidad de los recursos naturales.

Giovanni Arrighi describe los ciclos largos del capitalismo en lapsos de prolongada duracin, ciclos que comienzan a durar como 220 aos (largos siglos XV-XVI); es el caso del ciclo que contiene a la hegemona genovesa. Comienza con este ciclo capitalista, del que sigue una secuencia de ciclos largos, para ir acortando su duracin, hacindola menos extensa, pero s ms intensa. El siguiente ciclo dura 180 aos (largo siglo XVIII); es el caso del ciclo que contiene a la hegemona holandesa. Le sigue un ciclo de 130 aos (largo siglo XIX); es el caso del ciclo que contiene la hegemona britnica. Por ltimo, le sigue un ciclo de 100 aos (largo siglo XX), que corresponde al ciclo que contiene la hegemona estadunidense [50] . Durante estos ciclos, la estructura de la hegemona se mantiene, tambin la configuracin y composicin del estilo del capitalismo desplegado. Lo que se observa es un avance hacia el dominio del capital financiero, pasando por el capital comercial y el capital industrial. Habra que hacer dos apuntes sobre el estilo hegemnico de los pases y las burguesas involucradas; la hegemona genovesa se basa en una fuerte red comercial y financiera, apoyada de alguna manera por las ciudades Estado. La hegemona holandesa se basa en la creacin de un sistema de acciones, que amplan considerablemente los recursos de capital, apoyados de alguna manera por su Estado, constituido despus de una larga lucha con el imperio espaol, del que formaron parte. La hegemona britnica se basa en el imperialismo del libre comercio, el dominio del mar, y en la revolucin industrial, que trastoca las condiciones de la produccin capitalista, apoyada directamente por un Estado territorial, que se articula plenamente con el capitalismo. La hegemona estadounidense se basa en el auge del sistema de libre empresa, una revolucin administrativa y en la organizacin de la produccin en cadena, apoyada por un imperialismo geopoltico y estratgico a escala mundial; imperialismo emergiendo despus de las conflagraciones mundiales como hper-potencia econmica, tecnolgica, militar y comunicacional.

Comprendiendo estos grandes ciclos del capitalismo, debemos entender cmo han incidido en la configuracin del sistema-mundo capitalista, en la relacin entre centro y periferias, cmo han afectado y estructurado las economas en las periferias; tambin cmo han afectado en la formacin de sus estados y sus formaciones econmicas y sociales. Para hacer esto es conveniente centrarse en lo que pasa con los recursos naturales, pues los pases de la periferia del sistema-mundo capitalista son convertidos en reservas de recursos naturales; pases productores y exportadores de materias primas. La divisin internacional del trabajo les asigna esta tarea, reducindolos a pases que transfieren valores, que constantemente sufren de des-acumulacin relativa y de despojamiento de sus recursos naturales y econmicos, debido a la constante reaparicin de la acumulacin originaria de capital, en beneficio de la acumulacin ampliada de capital de los pases del centro, sobre todo de la potencia hegemnica. Desde esta perspectiva, desde las miradas de las periferias, se puede hablar de los ciclos de despojamiento de los recursos naturales, dados durante los ciclos hegemnicos del capitalismo. En Bolivia podemos distinguir los ciclos de la plata, del estao y de los hidrocarburos, correspondientes a la hegemona britnica y a la hegemona estadounidense. Lo que se da antes, durante la hegemona genovesa y holandesa, ocurre bajo el manto del dominio del imperio espaol; la articulacin con el sistema-mundo se produce a travs de las redes comerciales monopolizadas por la Corona espaola. Los virreinatos, las audiencias y las capitanas son formas administrativas extraterritoriales de la Corona y del imperio ibrico; en ese contexto histrico otra modernidad se gestaba durante esos siglos coloniales, anteriores a la revolucin industrial [51] . Las independencias en el continente coinciden con la hegemona britnica, las repblicas constituidas se articulan con el sistema-mundo a travs de las redes comerciales del dominio martimo britnico. Entonces los ciclos de la economa de la plata, de la economa del estao y de la economa de los hidrocarburos son como las matrices de espacio-tiempos que condicionan la conformacin de los circuitos, de los mercados, de los flujos de capital, de la infraestructura tcnica y material de las instalaciones productivas, de las minas, de los ingenios, de los sistemas de exploracin y explotacin de yacimientos, de los ferrocarriles y los caminos. Un tejido de relaciones sociales atraviesa y usa estos dispositivos, formas de propiedad, relaciones con el mercado externo, con el capital financiero, relaciones con el Estado; normas jurdicas, cruzan estos mbitos de circuitos, flujos y stocks. Las poblaciones se asientan en los territorios y en los espacios configurados por estos procesos de articulacin al capitalismo; las sociedades forman sus estratificaciones, se conforma un mapa institucional y se termina dndole un carcter al Estado, definido por el perfil de los gobiernos. Lo que interesa es comprender en qu se distinguen estos ciclos en las periferias; cul es la caracterstica del ciclo de la plata a diferencia del ciclo del estao y en qu se distinguen estos ciclos del ciclo de los hidrocarburos [52] ?

 

Ren Zavaleta hace comentarios lapidarios sobre el comportamiento oligrquico ante el excedente; retomamos dos anotaciones al respecto de los ciclos de los recursos naturales; escribe:

 

Esto significa, liso y llano, que la retencin del excedente era inexistente. Dejemos de lado la ineptitud basal en la defensa del mximo excedente posterior a Potos, que fue la sesin del salitre y el cobre. La fetichizacin del excedente era tan exultante que se practicaba el sinsentido de sacrificar el propio gran excedente efectivo el salitre por la perspectiva de un excedente futuro. El modelo, por tanto, era Chile, pero solo por chilenofilia viciosa; Chile en cuanto apndice o socio de los ingleses y no el Chile que haba deseado y conquistado un excedente. He ah lo que hizo el montismo con ese elemento tan central de su visin de mundo con su piedra filosofal. Si por excedente se entiende una disposicin de recursos que no solo reproduce de un modo simple los niveles previos, sino que los rebasa, o sea una alteracin favorable de los medios con relacin a la reproduccin social, era indudable que Bolivia haba dado lugar a un nuevo ciclo excedentario. Los hombres de la oligarqua lo dilapidaron con una desaprensin incomprensible [53] .

 

En la otra anotacin que compartimos, el autor escribe:

 

En principio, la explicacin de eso sera la falta de capacidad burguesa de un uso burgus de la riqueza y no tendra otra fuente la falta de voluntad de s mismo que mostraba el Estado, o sea que el concentrado social no asuma la avidez de una cosa ni la otra. En esas condiciones, es razonable suponer que lo mismo que con la segunda plata y el estao habran ocurrido con el salitre y el cobre, como pas en efecto con Chile. Esto nos conducir en algn momento de la exposicin a otros niveles de anlisis. Es llamativo el que se tratara de un pas con cierta experiencia mercantil y aun capitalista. No es casualidad que las mutaciones cruzadas (Ashton), es decir que tendiera a la incorporacin de la tcnica como si hubiese nacido en ella y a la vez a la subsuncin del criterio mananger a la forma desfalcatoria clsica. Patio en persona es una prueba de que no existan verdaderas obstrucciones culturales para una comprensin mas bien exhaustiva del mundo ni del capitalismo. Se puede decir, por el contrario, que l mismo era un caso de individualismo posesivo sin nacin, o sea que era la nacin o aquellos que asuman el monopolio de su nombre los que carecan de tales nociones de individualidad y posesin. Los elementos seoriales en Aramayo o Arce eran ms importantes, as fuere por smosis, y los cosmopolitas en Hoschild. El jefe real o caudillo empresarial era, sin embargo, Patio. Es por eso por lo que debemos preguntarnos en qu condiciones era posible realizar todos los actos propios de la lgica burguesa y a la vez renunciar de inmediato a su efusin como lgica nacional. La propia privilegiada combinacin de bajos consumos y una relativamente alta adaptacin a la tecnologa avanzada por parte de los trabajadores, as como la preexistencia de un cierto mercado interno parecan la convocatoria a una suerte de efecto de imitacin hacia el desarrollo del capitalismo. Sin embargo, Patio mismo se constituy en el ejemplo de la forma falaz del aburguesamiento porque, siendo burgus hasta el fondo de su alma, era capitalista en forma, pero no nacional. Es estudiando los perfiles de los grandes burgueses cmo podemos encontrar indicios acerca de las imposibilidades insidiosas de lo burgus en una formacin como la boliviana. Lo cierto es que result una tierra inhspita para ello [54] .

 

El Estado aparente, la ideologa social darwinista y la renuncia a la retencin del excedente, es decir, la renuncia a la disponibilidad, definen a una oligarqua refugiada en sus ilusiones y pretensiones seoriales, tambin hacen de condicin de imposibilidad histrica para la emergencia de una burguesa nacional. Lo que se da es una burguesa, que si bien, nace en el pas, se externaliza volvindose parte de la transnacionalizacin de los recursos y de la valorizacin. Estas caractersticas de la formacin social singular de Bolivia, de aquel entonces, que hacen, a su vez, de condiciones histricas, se refuerzan mutuamente, convirtindose en un crculo vicioso de reproduccin improductiva, que llama Zavaleta el estupor de los siglos.

 

En estas condiciones ingresa Bolivia a la guerra del Chaco. Va a la guerra empujada por la desenfrenada compulsin por el aniquilamiento, que expresa la oligarqua, sobre todo en su hombre smbolo, Daniel Salamanca, a quien lo convierte en presidente, un poco para contrastar con su mediocridad oficiosa, presentando lo mejor que tena; un perfil abstracto encarnado en la delgada figura de un intelectual solitario y apesadumbrado. Como dice Cspedes, en su ensayo El metafsico del fracaso, Salamanca ganaba la guerra en el mapa, mientras los paraguayos la ganaban en el terreno de operaciones. Es en el Chaco donde la oligarqua despliega todas sus miserias, sus vulnerabilidades, todos sus desajustes e incomprensiones del pas y de la guerra misma. Esa guerra se sostiene por el sacrificio de contingentes de bolivianos, de indgenas y mestizos, abandonados en el Chaco, prcticamente a su suerte, sin contar con una logstica adecuada, tampoco con entrenamiento, sometindolos a mandos de generales extranjeros, como si en esto radicara la conduccin estratgica y tctica de la guerra. Con esto demostraba la oligarqua que era tan extranjera como esos generales aparacaidistas, que a lo nico que recurrieron como talento es a optar por el asalto directo a las lneas y trincheras paraguayas. Se conformaron tres ejrcitos, sucesivamente, despus de calamitosas derrotas, a pesar de las pocas victorias debidas al herosmo de los oficiales y soldados bolivianos, herosmo reconocido por los oficiales paraguayos.

 

Sin embargo, en el Chaco se encontr el pueblo. Aprendi por sacrificio la enseanza dramtica de la guerra; combatan hermanos, de un lado y del otro, hermanos del infortunio, adversidad obligada por la dependencia de sus pases, arrastrados por conspiraciones concurrentes de empresas trasnacionales petroleras, para quienes los pases no importan, tampoco los costos mortales de una guerra. Lo que importan son las reservas hidrocarburferas, de las que se hacen dueos, al posesionarse a travs de concesiones. El enemigo no era el paraguayo, sino la misma oligarqua que empuj al pas a una conflagracin con un pas que ya haba sufrido la guerra de la triple alianza, instigada por Gran Bretaa.

 

 

Conclusiones

 

1. No se puede caracterizar como atraso algo que corresponde a la pusilanimidad. Estupor conformado tanto como subjetividad derrotista como en las prcticas habituales de un Estado aparente.

 

2. El Estado aparente es Estado slo por su presentacin jurdica-poltica; puede oscilar al momento instrumental cuando recurre a la institucionalidad, para efectuar la dominacin en el sentido mismo del monopolio de la violencia, la represin.

 

 

3. Que el Estado se haya reducido a su apariencia o a su instrumentalidad provisional se debe, en gran parte, a la renuncia a la retencin del excedente, por lo tanto, a la renuncia a la disponibilidad.

 

4. La guerra del Chaco es el escenario dramtico donde emergen otras condiciones de posibilidad histricas; esta vez referidas a la posibilidad del Estado-nacin efectivo, basado en el acceso a la disponibilidad y la recuperacin del excedente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La formacin enunciativa zavaleteana

 

 

 

La formacin discursiva se configura en la conexin de tres circuitos; el colateral, el correlativo y el complementario; supone un haz de relaciones que hacen a los enunciados, entendidos como visiones de los horizontes de visibilidad y de decibilidad. El circuito colateral tiene que ver con el campo propiamente discursivo, la concurrencia entre discursos, si se quiere, la concurrencia entre teoras. El circuito correlativo tiene que ver con la composicin discursiva, composicin que tiene que ver con los sujetos, con los objetos y los conceptos. El circuito complementario tiene que ver con las prcticas no discursivas; es decir, con las fuerzas; en otras palabras, con las relaciones de poder. Vamos a intentar una interpretacin de la formacin discursiva zavaleteana abarcando las conexiones de estos circuitos mencionados.

Circuito colateral

 

El discurso y la enunciacin de Zavaleta concurren en un campo discursivo donde el discurso o los discursos marxistas tradicionales pululan; en contraste, tambin asisten los discursos del nacionalismo revolucionario, aunque de revolucionario quede poco. A su vez se encuentra, persistiendo, el discurso o los discursos conservadores, sobre todo aquellos que ofician de historia institucional, sostenida por la versin acadmica; tambin se tiene a los discursos de las ciencias sociales, incluyendo en ellas a la economa, con pretensiones de verdades objetivas; discursos conformados y consolidados por la academia. Qu es lo que comparten estos discursos en el circuito colateral?

 

En un tiempo se podra haber dicho que se trata del discurso del nacionalismo revolucionario, quizs hasta el escrito de El poder dual, a excepcin del discurso conservador, correspondiente a la ideologa oligrquica pasada; empero, preservada como ideologa latente. En un tiempo subsiguiente se podra haber dicho que se trata del discurso marxista, apreciado en su conjuncin global, a excepcin del discurso nacionalista, incluyendo a la retrica chauvinista del discurso nacionalista. Sin embargo, cuando hablamos de lo escrito, inscrito, expresado, en Lo nacional-popular en Bolivia, el discurso de Zavaleta no comparte con la herencia del discurso del nacionalismo revolucionario, tampoco comparte con esa globalidad de corrientes que llamamos marxistas; es ms, se podra decir que se efecta un desplazamiento epistemolgico hacia otro horizonte de visibilidad y de decibilidad.

 

Cuando los discurso comparten el mismo circuito o, si se quiere crculo, incluso mejorando la figura, esfera discursiva, los discursos compiten la interpretacin del referente o los referentes en cuestin; pretenden decir la verdad del referente. Cuando un discurso se zafa del circuito, efectuando desplazamientos, entonces el referente o los referentes no son los mismos; por lo tanto, no comparten la misma formacin discursiva. A groso modo, se puede decir que el discurso del nacionalismo revolucionario y el discurso o los discursos de la izquierda tradicional, comparten el mismo horizonte de decibilidad y de visibilidad. Lo que no ocurre con el discurso conservador de la oligarqua, cuyo horizonte de visibilidad y decibilidad pertenece como a otra poca enunciativa, la poca dominante de la colonialidad descarnada. Entonces, no solo hay desplazamientos, sino tambin estancamientos o retrasos respecto a una formacin discursiva vigente.

 

Los desplazamientos discursivos y enunciativos de Zavaleta, en Lo nacional-popular en Bolivia, apuntan a otro horizonte de visibilidad y de decibilidad, si se quiere a otra episteme. En el transcurso, si bien la premisa de la que parte es el de las condiciones de posibilidad del conocimiento de las formaciones sociales abigarradas, efecta el anlisis de las formaciones sociales singulares, en su especificidad histrico-social. En ese sentido se componen conceptos como el excedente, pensado como disponibilidad; el mismo concepto de disponibilidad, que se refiere a la posibilidad de lo ptimo. El concepto de crisis aparece como el referente privilegiado, como el no-lugar de la incompatibilidad de las formas conjugadas, en la provisionalidad histrica de los juegos de poder. Entonces, se trata de conocer la crisis, conocer en la crisis, interpretar en la crisis la singularidad de la formacin social abigarrada.

 

No se trata ya de generalizar, de expandir los alcances conceptuales, sino de profundizar, de lograr la comprensin singular de la formacin singular. Diramos que estamos ante una episteme de la singularidad; entonces, complementando, forma parte de la episteme de la pluralidad. Zavaleta de Lo nacional-popular es el puente y la transicin terica hacia la episteme de la complejidad, la que nosotros definimos en su proliferacin y alocucin plural, en su perspectiva pluralista del acontecimiento.

 

Esto no quiere decir que sea solo puente y transicin terica, sino al cruzar los lmites epistemolgicos, ya forma parte del horizonte de visibilidad y decibilidad, mas bien, de los horizontes de visibilidad y decibilidad contemporneos, la de la episteme compleja. Precisamente esto puesto que la singularidad forma parte primordial de la pluralidad, del acontecimiento, entendido como multiplicidad de singularidades.

 

 

 

 

Circuito correlativo

 

En el circuito correlativo del discurso de Zavaleta se configuran sujetos, sobre todo los nuevos; el sujeto multitud, teniendo como correlato al sujeto masa, que comparten, en esta transicin y desplazamiento, con el sujeto clase y con el sujeto nacional-popular. Estos ltimos sujetos, sujeto clase y sujeto nacional popular, forman parte de la herencia discursiva anterior, si se quiere marxista, en su tonalidad gramsciana, incluyendo al sujeto nacional-popular, que tiene reminiscencias del discurso del nacionalismo revolucionario. El sujeto oligarqua, tambin el sujeto rosca, derivan de la formacin discursiva que Luis Antezana llam propiamente el discurso del nacionalismo revolucionario. Vemos, que en lo que respecta a los sujetos enunciados, los nuevos sujetos comparten, en espesor discursivo, los escenarios narrados.

 

Los objetos apreciados son, en primer lugar, el excedente, ahora entendido no en su circunscripcin economicista, sino como acontecimiento histrico-cultural; en segundo lugar, aparecen las fuerzas de la disponibilidad, tambin las fuerzas que se oponen a la disponibilidad, que prefieren externalizar el excedente. De manera concreta, aparecen los recursos naturales, en sus formas especficas, como minerales e hidrocarburos. Tambin como mencin general, en su dicotoma, aparece el mercado, el mercado interno y el mercado externo.

 

De los conceptos ya hablamos; sin embargo, podemos reiterarlos; estos son el concepto de excedente, esta vez tomado como estructura enunciativa, ms que como referencia a un objeto. El concepto de disponibilidad como capacidad de retencin del excedente y tambin de internalizacin del mismo. El concepto de ptimo como logro de la ecuacin Estado y sociedad. Debemos mencionar el concepto de crisis; en tanto concepto forma parte del mtodo de conocimiento de la singularidad, de las estructuras singulares; lo que llama Luis Tapia produccin del conocimiento local. Obviamente el concepto de formacin social abigarrada, enunciada abiertamente; en su concrecin, el concepto de formacin social singular, enunciacin, mas bien, implcita.

 

Circuito complementario

 

Como dijimos, el circuito complementario tiene que ver con las prcticas de poder; es decir, con la relacin saber-poder, con la actualizacin del poder en la pronunciacin del saber, teniendo como escenario privilegiado las instituciones, tomadas como agenciamientos concretos de poder. Estas prcticas de poder, en el discurso de Lo nacional-popular en Bolivia, se refieren a las prcticas de exclusin, a las prcticas de instrumentalizacin de las dominaciones, tambin a las prcticas de despojamiento y desposesin de las empresas, as como a las prcticas de explotacin de la fuerza de trabajo. En el contexto, se refieren a las prcticas de monopolio del poder, al monopolio de la violencia legtima del Estado. En este sentido, a las prcticas de control de este monopolio del poder, prcticas que tienen que ver con la reproduccin de la rosca.

 

Como se puede ver, las practicas discursivas no se desentienden, de ninguna manera, de las prcticas no discursivas, de la fuerzas, de las prcticas de poder; al contrario, las practicas discursivas son dispositivos discursivos de las estrategias de poder. En esta perspectiva, solo se puede decodificar los discursos comprendiendo el espesor de las fuerzas que los sostienen. Es sugerente ver que Zavaleta conecta constantemente los discursos con los perfiles, estrategias, perspectivas de poder, que entran en juego. Entonces la interpretacin que hace de los discursos la efecta desde la comprensin de las estrategias de poder que entran en juego, adems del anlisis de lo que efectivamente dicen los discursos.

 

Entonces la formacin discursiva zavaleteana, en Lo nacional-popular, se desplaza en estos tres mbitos enunciativos, el colateral, el correlativo y el complementario, ocasionando una formacin enunciativa que se relaciona con los otros discursos a partir de otro terreno, que ya no es compartido con los discursos concurrentes; se relaciona con ellos desde otra episteme. Se piensa, por as decirlo, los sujetos, objetos y conceptos de otra manera, aunque los trminos de estos sujetos, objetos y conceptos sean compartidos por los distintos discursos. Lo ms importante, se produce, en el desplazamiento, otra interpretacin del poder, que no es la clsica, referida y circunscrita al Estado como sntesis suprema del poder, sino la que podramos llamar las dinmicas moleculares del poder. Ciertamente, Zavaleta efecta explcitamente una teora del Estado en las formaciones sociales abigarradas, teora que sirve para dar cuenta de la composicin singular del Estado en las formaciones sociales singulares. A pesar de que es as, en nuestra interpretacin privilegiamos los desplazamientos epistemolgicos, no tanto as los temas heredado del marxismo, como es este de lograr una teora del Estado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Notas sobre el Tratado de 1904

 

 

 

La guerra da derechos de conquistas territoriales? Se puede decir que no, si nos atenemos a la filosofa que tiene como referente la justicia o la idea de justicia. Podemos decir que si, si nos atenemos a la historia efectiva de las sociedades, de los pases y de los estados. En este caso, se trata de comprobar que el derecho tiene como origen la violencia, la ley tiene como nacimiento la fuerza. Se trata de justicia o se trata de fuerza? Se trata de derechos? Una lectura jurdica, sobre todo desde el derecho internacional, puede aseverar que si, se trata de los derechos de los Estados. Este es el camino que ha tomado el gobierno popular boliviano; ha presentado a la Corte Internacional de La Haya la demanda martima del Estado boliviano. El Estado de Chile, ha presentado el alegato diciendo que el Tribunal de La Haya no tiene competencia para tratar el tema, supuestamente resuelto con el Tratado de 1904, firmado entre el Estado boliviano y el Estado chileno.

 

Pero, volviendo a la pregunta: La guerra, la victoria de la guerra, en este caso la guerra del Pacfico entre Bolivia y el Per, por un lado y Chile, por otro lado, otorga el derecho territorial de conquista? Si se dice que ha habido aceptacin, por parte de Bolivia, de renuncia territorial al firmar el Tratado de 1904 y con el Per al firmar el Tratado de 1929, estos tratados resuelven los problemas? Jurdicamente puede ser mientras no haya demanda, de un lado o de otro, mientras se cumplan los tratados. Si hay demanda obviamente no se ha resuelto el problema. Un Tratado sirve para ratificar al acuerdo que se ha llegado un momento dado, acuerdo jurdico; sin embargo, no es el fin de la historia; mientras queden pendientes problemas irresueltos, la historia est abierta a sus contingencias. Por qu insistir, de manera testaruda, que un tratado culmina con una historia, la de la expansin territorial de parte de la geopoltica regional del Estado de Chile, concretamente de la burguesa que se cristaliza en el Estado? Pueden darse tratados; sin embargo, en la medida que estos tratados no cubren el conjunto de la problemtica, son provisionales, segados, intiles para detener la marcha de la historia efectiva y sus contingencias. Por otra parte, y esto es lo ms importante, los pueblos de los pases involucrados deben estar de acuerdo. Si los pueblos no fueron consultados, no hay ningn tratado legtimo, por ms firmas que hayan inscrito en el papel sus gobiernos de turno.

 

Entonces, la respuesta a nuestra pregunta es, mas bien, poltica, en pleno sentido de la palabra, entendiendo la poltica como democracia plena. Son los pueblos los que deben resolver los problemas limtrofes, de heridas de guerra, de enclaustramiento, de desconocimiento de derechos de pueblos, como el desconocimiento de los derechos de los pueblos indgenas del sur de Chile, sobre todo de los mapuches, a los que se les hizo la guerra, como antesala de la guerra del Pacfico.

 

 

Si el Tribunal de La Haya se declara competente, todava hay camino por recorrer hasta que su competencia de un veredicto. Cundo lo haga ser el final de la historia? Tampoco. Todo depender de la capacidad de los Estados, de los gobiernos, de resolver los problemas pendientes; empero, mientras no estn los pueblos, no tomen la palabra, no resuelvan democrticamente y consensuadamente, habr ms posibilidades de que los problemas no terminen de resolverse. Independientemente de cmo marcha lo de La Haya, es indispensables que los pueblos tomen la palabra.

 

Es evidente que si el Tribunal de La haya se declara competente, es una victoria para la diplomacia del gobierno popular boliviano. Algo que no habran conseguido los gobiernos bolivianos anteriores, que siguieron, como el gobierno actual, en el marco del Tratado de 1904. Es legtimo este Tratado firmado por gobiernos liberales de Bolivia y de Chile? En teora un gobierno revolucionario debe desconocer el tratado firmado por gobiernos burgueses, que no consultaron a sus pueblos sobre temas estratgicos y fundamentales como la guerra, la culminacin de la guerra y sus consecuencias. Sin embargo, un gobierno progresista, que se reclama de revolucionario, no lo ha hecho; ha continuado la ruta de la diplomacia boliviana liberal; ciertamente lo ha hecho mejor que los gobiernos anteriores.

 

Los pueblos de Abya Yala tienen la tarea de la integracin continental, la tarea de la constitucin e institucin de la Patria Grande; los pueblos de Abya Yala no son enemigos, aunque lo sean sus estados, aunque lo sean sus gobiernos. La gubernamentalidad democrtica radical pluralista de los pueblos de Abya Yala est orientada en el horizonte de la Confederacin Plurinacional de Pueblos Autnomos de Abya Yala. En las transiciones a estas finalidades histrico-polticas, los pueblos pueden apoyar las mejores iniciativas para resolver problemas que han ocasionado los gobiernos liberales; gobiernos beligerantes, entrampados en la guerra civil del preludio trgico de la Patria Grande. Guerra del proyecto endgeno, independiente, soberano, democrtico, de los interiores del continente, contra el proyecto exgeno, dependiente, subordinado, de democracia seorial, de los puertos, donde la burguesa liberal apost por someterse a la geopoltica del sistema-mundo capitalista. En ese entonces, a la hegemona del imperio Britnico, vanguardia de la revolucin industrial; por lo tanto, burguesas liberales entregadas a la divisin del mercado internacional.

 

 

 

 

La nacin mapuche, la olvidada del conflicto del Pacfico

 

 

 

 

Los Estado-nacin del continente invisibilizaron a las naciones y pueblos indgenas. Hicieron, desde que nacieron como Estado moderno, como si no existieran, como si la colonia no hubiera tenido que tomarlos en cuenta, tanto en sus guerras de conquista, como reconociendo sus autonomas relativas. En el caso de la nacin Mapuche, los espaoles perdieron la guerra, tuvieron que aceptar la delimitacin de fronteras, reconociendo a la nacin Mapuche. El Estado-nacin de Chile, en cambio, un tanto siguiendo la continuidad colonial, otro tanto siguiendo o retomando la guerra contra los mapuches, otro tanto por el proyecto mismo de Estado-nacin, restauraron las condiciones de la guerra, sin cumplir los tratados; tanto los tratados de los espaoles, como los tratados del propio Estado de Chile con la nacin Mapuche. Redujeron el territorio mapuche de 10 millones de hectreas 500 mil hectreas. Ms tarde sern arrinconados, desconociendo, incluso los acuerdo de esta ltima conquista mestiza sobre territorio mapuche, avasallando con todo sus derechos. Tanto los gobiernos social cristianos, social demcratas, socialistas, como ahora, el llamado gobierno socialista de la concertacin, fuera de los gobiernos de la dictadura militar, todos avasallaron los derechos de la nacin y los pueblos mapuches.

 

Ahora, cuando se trata en La Haya la demanda boliviana, antes cuando se trat en el tribunal el tema limtrofe martimo entre Per y Chile, todos, estados, gobiernos, tribunales, organismos internacionales, derechas e izquierdas, se olvidan de los derechos de las naciones y pueblos indgenas. En este caso, en el del tema de las causas y consecuencias de la guerra del Pacfico, se olvidan, como siempre lo han hecho, en una actitud colonial, de la nacin Mapuche, involucrada, desde un principio, incluso desde antes, en la antesala de la guerra y en la guerra misma. Por qu lo hacen? Simplemente porque en su imaginario nacionalista las naciones y pueblos indgenas no existen; si aparecen es porque son resabios del pasado; si aparecen insistentemente es porque son terroristas. Esas son las respuestas de estos estados y de este mundo moderno, de este orden mundial, que pretende conformar una malla institucional democrtica mundial.

 

Se puede decir, hasta cierto punto, que la guerra del Pacfico comenz con la guerra contra los mapuches, la llamada estrategia de pacificacin, que no era otra cosa que etnocidio, en el extremo, genocidio estatal. No es esto colonialismo, supuestamente excluido del mundo moderno, sobre todo el reciente? Sin embargo, la nacin Mapuche no est atendida en el tribunal internacional, no se le reconoce el derecho a la palabra, no se la considera vctima de la violencia estatal y de la guerra de conquista, no se incorpora, ni siquiera como dato decodificable, que sus tierras han sido expropiadas, sus pueblos arrinconados, llevados a la miseria, sus lenguas y cultura desconocidas, en este proceso de acumulacin de capital, que incluye expropiacin de tierras comunales, geopoltica regional, despojo de recursos naturales, entre otros, recursos como el guano y el salitre.

 

Cmo se puede hablar de resolver los problemas pendientes si no estn los pueblos, si no se consulta a los pueblos, sobre todo, en este caso, si no se consulta a los pueblos indgenas? Obviamente no hay resolucin efectiva de los problemas pendientes, acumulados en la historia efectiva, no en la historia oficial, en la historia de los estados, incluso en la historia de los imaginarios modernos, supuestamente progresistas y hasta revolucionarios. Lo nico que hay es lo de siempre, el despliegue de las narrativas nacionales, donde no entran las naciones y pueblos indgenas; si entran lo hacen como teln de fondo de los escenarios histricos, donde se efecta el canto a las glorias nacionales. En la base de todo esto, es parte de la comedia imperial, donde los Estado-nacin subalternos tienen cabida, como segundos o terceros, y son atendidos para dirimir en pleitos menores, en el contexto de las estrategias de la geopoltica del sistema-mundo capitalista.

 

Llama la atencin que un gobierno que se reclama ser gobierno indgena y de los movimientos sociales no defienda los derechos de la nacin y pueblos mapuches. Ms an cuando las naciones y pueblos indgenas de Abya Yala nombraron a Evo Morales Ayma presidente de todos los pueblos indgenas del continente. En este caso las embajadas bolivianas deberan haberse convertido en embajadas de los pueblos indgenas, iniciando as el reclamo efectivo contra la conquista y el colonialismo, la lucha por la emancipacin y liberacin de los pueblos indgenas y de los pueblos del mundo. En cambio, el gobierno popular boliviano se afinc en la estructura colonial del Estado-nacin, cambi la etiquetas y los nombres, creyendo que con esto el Estado-nacin se converta en Estado Plurinacional Comunitario y Autonmico, por arte de magia de las palabras. Sigui el mismo decurso de la diplomacia colonial, sin adentrarse nunca a los cdigos y ritos de la diplomacia indgena, proponiendo, mas bien, la diplomacia de los pueblos, que tampoco llev a la prctica, salvo como amague.

 

El colonialismo, la colonialidad, sus estructuras institucionales, sus estructuras imaginarias, campean en el mundo contemporneo, en los Estado-nacin, sean dominantes o subalternos, en los organismos internacionales, aunque pretendan garantizar los derechos humanos y democrticos. Esto slo es una puesta en escena, que legitima, de todas maneras las dominaciones polimorfas del imperio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sobre los alcances de las pretensiones polticas

 

 

 

 

Lo del gobierno indgena y de los movimientos sociales, lo de la construccin del Estado Plurinacional Comunitario y Autonmico, aparece como una impostura, un montaje, una simulacin, o, matizando, les ha quedado la tarea grande. No es ms que un gobierno populista, como continuacin culturalista del nacionalismo revolucionario. Han nacionalizado los hidrocarburos, aunque despus, con los contratos de operaciones, los desnacionalizaron. En todo caso cambiaron la relacin de los trminos de referencia, mejorando notablemente los ingresos del Estado. Algo que no hubieran hecho los gobiernos neoliberales. Esa es la diferencia entre estos gobiernos sumisos y el gobierno populista. Ciertamente no son lo mismo, ni histricamente, ni polticamente; pero, de ah a deducir que son un gobierno indgena y de los movimientos sociales hay mucho trecho, de ah a decir que son un gobierno revolucionario hay como una disonancia estridente.

 

No se entiende por qu quieren convencer que esta diferencia con los gobiernos neoliberales es una diferencia revolucionaria. Esto es meterse en problemas de todo tipo, tericos, filosficos, ideolgicos, polticos. Es difcil sino imposible demostrar que las reformas son ya la revolucin, que lo que hacen es descolonizar, que lo que hacen es gobernar segn la Constitucin, que lo que hacen es una gubernamentalidad del Estado Plurinacional Comunitario y Autonmico. Por qu meterse en estos vericuetos indemostrables? No es mejor aceptar lo que son y lo que hacen? Si se acepta que son reformistas, que hacen lo que se puede, dada las condiciones de posibilidad, quizs hasta tengan razn, frente a nosotros, los radicales radicales no por pretender serlo, al estilo izquierdista y demostrativo, sino por pretender resolver los problemas desde las races, pretender pensar los problemas desde las races - . El marco de la discusin cambiara, el debate se centrara sobre las condiciones de posibilidad, en los lmites impuestos por la realidad. Aunque no estuvisemos de acuerdo, la discusin sera ms saludable y adecuada. Pues discutir sobre montajes y pretensiones discursivas, cuando efectivamente lo que se hace no alcanza a lo que presentan los montajes ni las pretensiones discursivas, no lleva sino a laberintos in-comunicativos. Si esa es la pretensin gobernante, entonces es imposible el debate; en otras palabras no lo quieren, lo eluden, encaracolndose en sus prejuicios y miedos.

 

Hay como un ineludible tendencia a actuar, a representar dramas, tragedias, mitos; tendencia que busca seducir a los pblicos. Quizs esta tendencia sea innata al humano, quizs, adems, no tan slo al humano; empero, hay actuaciones y actuaciones. Ciertamente cuando las actuaciones se dan en el teatro o el cine, eso deleita, incluso ensea, transmite tramas. En los mbitos de la vida cotidiana cuando se acta se lo hace con propsitos variados, que pueden buscar desde seducir o, en su defecto, ocultar, encubrir, hasta embaucar, pasando por distintas figuras y opciones. En los campos polticos, cuando se acta, la actuacin tiene consecuencias masivas y efectos de alcance, se juega con la vida de poblaciones, de pueblos, de naciones, de sociedades, de comunidades. A nadie se le puede quitar esta inclinacin a la actuacin, que parece innata; sin embargo, se puede interpelar a la actuacin deshonesta, a la actuacin encubridora, a la actuacin que requiere el poder para justificar sus actos.

 

 

 

 

 



[1] Ren Zavaleta Mercado: La querella del excedente. En Lo nacional-popular en Bolivia. Plural 2008; La Paz; Pg. 20.

[2] Ibdem: Pg. 21.

[3] Ibdem: Pg. 23.

[4] Ibdem: Pg. 23.

[5] Ibdem: Pg. 27.

[6] Ibdem: Pg. 29.

[7] Roberto Querejazu Calvo: La guerra del Pacfico. Sntesis histrica de sus antecedentes, desarrollo y consecuencias. Librera Editorial G.U.M 2010; La Paz. Pg. 9.

[8] Ibdem: Pg. 10.

[9] Ibdem: Pg. 10.

[10] Ibdem: Pg. 11.

[11] Ibdem: Pg. 11.

[12] Ibdem: Pg. 15.

[13] Roberto Querejazu Calvo: La guerra del Pacfico. Sntesis histrica de sus antecedentes, desarrollo y consecuencias. Librera Editorial G.U.M 2010; La Paz. Pg. 18.

[14] Ren Zavaleta Mercado: La querella del excedente. En Lo nacional-popular en Bolivia. Plural 2008; La Paz; Pg. 43.

[15] Ibdem: Pg. 43.

[16] Ver de Ren Zavaleta Mercado: La revolucin boliviana y la cuestin del poder; La Paz; Direccin General de Informaciones 1961. Bolivia: crecimiento de la idea nacional; La Habana; Cuadernos de la revista Casa de las Amricas 1967. El Che en Churo; en Marcha 1969; Montevideo, 8 de octubre. El poder dual; Mxico; Siglo XXI 1974. La fuerza de la masa; Cuadernos de Marcha 1979; segunda poca; nmero 3; Mxico, septiembre-octubre. Cuatro conceptos de la democracia; en Dialctica 1982, nmero 11; UAP. Determinacin dependiente y forma primordial; Investigacin Econmica 1983; nmero 163; Mxico, enero-marzo. Tambin Movimiento obrero y ciencia social, as como Algunos problemas acerca de la democracia.

[17] Ver de Ral Prada Alcoreza La concepcin mercantil de la poltica; Bolpress 2012; La Paz.

[18] Se puede consultar la siguiente bibliografa: Ahumada Moreno, Pascual (1892). Guerra del Pacfico: recopilacin completa de todos los documentos oficiales, correspondencias y dems publicaciones referentes a la guerra, que ha dado a luz la prensa de Chile, Per y Bolivia, conteniendo documentos inditos de importancia. Valparaso: Imprenta del Progreso. 8 volmenes. Arosemena Garland, Geraldo (1946). Gran Almirante Miguel Grau. Lima. Barros Arana, Diego (1890). Don Jos Francisco Vergara: discursos y escritos polticos y parlamentarios. Santiago de Chile: Imprenta Gutemberg. Basadre Grohmann, Jorge (2005). Historia de la Repblica del Per. Lima: Diario La Repblica. Octava edicin, (Obra completa). Bisama Cuevas, Antonio (1909). lbum Grfico Militar de Chile. Campaa del Pacfico: 1879-1884. Santiago de Chile: Imprenta Universo. Bulnes, Gonzalo (1911). Guera del Pacfico. Valparaso: Sociedad Imprenta Litografa Universo. Casaretto Alvarado, Fernando (2003). Alma Mater: historia y evolucin de la Escuela Naval del Per. Lima: Imprenta de la Marina de Guerra del Per. Comisin Permanente de Historia del Ejrcito del Per (1983). La Guerra del Pacfico 1879-1883. Lima: Ministerio de Guerra. Comisin Permanente de Historia del Ejrcito del Per (1983). La resistencia de la Brea. Lima: Ministerio de Guerra. Comisin Permanente de Historia del Ejrcito del Per (1983). Huamachuco en el alma nacional (1882-1884). Lima: Ministerio de Guerra. Lecaros, Fernando (1979). La Guerra con Chile en sus documentos. Lima: Editorial Rikchay Per. Tercera edicin. Paz Soldn, Mariano (1904). Narracin histrica de la Guerra de Chile contra el Per y Bolivia. Buenos Aires: Librera e Imprenta de Mayo. Ravest Mora, Manuel (1983). La compaa salitrera y la ocupacin de Antofagasta 1878-1879. Santiago de Chile: Editorial Andrs Bello. VV.AA. (1979). Miguel Grau. Lima: Centro Naval del Per. Varigny, Charles (1974). La guerra del Pacfico. Santiago de Chile: Editorial del Pacfico S.A. Vial Correa, Gonzalo (1995). Arturo Prat. Santiago de Chile: Editorial Andrs Bello. Vicua Mackenna, Benjamn (1883). El lbum de la gloria de Chile. Santiago de Chile: Imprenta Cervantes. (2000). Chile y Per, la historia que nos une y nos separa. Santiago de Chile: Editorial Universitaria. Tambin revisar de Wikipedia, la enciclopedia libre, Guerra del Pacfico.

 

 

[19] Roberto Querejazu Calvo; Ob. Cit.; Pgs. 46-47.

[20] Vctor Giudice Baca: T eoras geopolticas. Gestin en el Tercer Milenio, Rev. de Investigacin de la Fac. de Ciencias Administrativas, UNMSM (Vol. 8, N 15, Lima, Julio 2005). Victor Giudece Baca es p rofesor principal de la Facultad de Ciencias Econmicas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.   Gestin en el Tercer Milenio, Rev. de Investigacin de la Fac. de Ciencias Administrativas, UNMSM (Vol. 8, N 15, Lima, Julio 2005).

[21] Dr. Rudolf Kjellen, (1864-1922), nacido en Suecia. Fue politlogo e historiador, profesor de las universidades de Upsala y Gotemburgo. Se puede decir que es responsable del uso del trmino geopoltica. La hiptesis de trabajo de Kjellen es la que supone la identidad entre el Estado y los organismos vivientes. Estahiptesis fue desarrollada en El estado como forma de vida. Ver de  Gustavo Rosales Ariza: Geopoltica y geoestratgica liderazgo y poder. Universidad Militar Nueva Granada 2005. Gustavo Rosales Ariza es Director del Instituto de Estudios Geoestratgicos (IEG).

[22] Friedrich Ratzel (1844-1904), profesor de geografa y antropologa. Es conocido por sus investigaciones publicadas en Antropogeografia, tambin por su libro Geografa poltica. En este ltimo trabajo se comprende al Estado como un organismo territorial.

 

[23] Nicols John Spykman es, de nacimiento, holands, nacionalizado despus estadounidense. Es especialista en Artes de la Universidad de California, obtuvo despus su PHD. Como profesor universitario se inicia en Ciencias Polticas y Sociologa en la Universidad de California (1923-1925); despus es profesor asistente en Relaciones Internacionales, en la Universidad de Yale (1925-1928). Ms tarde es nombrado decano del departamento de Estudios Internacionales (1935-1940). Es miembro de la Academia Americana de Poltica y Ciencias Sociales, de la Sociedad Americana de Geografa, de la Asociacin Americana de Ciencias Polticas y del Consejo de Relaciones Exteriores. Entre sus obras conocidas se puede citar la Teora Social de Georges Simmel (1925), tambin Estados Unidos frente al Mundo (1942), adems de Las dos Amricas.

[24] Ver de Milton Santos La naturaleza del espacio. Particularmente el captulo El territorio: un agregado de espacios banales. Revisar de David Harvey Justice, Nature and the Geography of Diference. Tambin Spaces of Capital.

[25] Ver de Cecilia Hernndez Diego Resea de La naturaleza del espacio de Santos, Milton. Economa, sociedad y territorio. Julio-diciembre, Vol. III, nmero 10. El Colegio Mexiquense, A. C. Toluca-Mxico; Pgs. 379-385.

[26] El texto forma parte del ensayo Cartografas histrico-polticas. Dinmicas moleculares; La Paz 2013-2014. Amazon: https://kdp.amazon.com/dashboard?ref_=kdp_RP_PUB_savepub . http://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/acontecimento_pol__tico.docx .

[27] Revisar de Silvia Rivera Cusicanqui: Oprimidos pero no vencidos. Yachaywasi; La Paz.

[28] Hugo Zemelman Merino: De La Historia a la Poltica: La Experiencia de Amrica . Siglo XXI.

[29] Revisar los tres tomos de Hugo Rodas Morales: Marcelo Quiroga Santa Cruz. El Socialismo Vivido. Publicado por Plural. La Paz.

[30] Revisar de Sergio Almaraz Paz Obra Completa. Plural. La Paz.

[31] Revisar de Luis Tapia Mealla La produccin del conocimiento local. Historia y poltica de la obra de Ren Zavaleta Mercado. Muela del diablo. La Paz.

[32] Ren Zavaleta Mercado: Lo nacional-popular en Bolivia. Plural; La Paz.

[33] Tengo proyectado un libro sobre el Marxismo de guardatojo. La consciencia histrico poltica minera.

[34] Guillermo Lora: Historia del movimiento obrero boliviano. Los amigos del libro. La Paz.

[35] La Obras completas de Guillermo Lora se encuentran a la venta el propio POR, en la Seccin de Enlace por la Reconstruccin de la IV Internacional. La Revolucin boliviana ha sido publicada en la ciudad de La Paz por la editorial d la Librera Juventud. Tambin podemos mencionar los dos tomos de la Revolucin de 1943. Contribucin a la historia poltica de Bolivia. Tomos que se encuentra en las Obras Completas.

[36] Luis H. Antezana: Sistemas y procesos ideolgicos en Bolivia (1935-1979); en Bolivia Hoy. Siglo XXI 1983. Mxico.

[37] Desde la perspectiva de la filosofa existencialista y fenomenolgica de Martn Heidegger.

[38] Revisar el concepto de autoconciencia en la Fenomenologa del espritu de Hegel. Siglo XXI. Mxico.

[39] Comuna public un libro que titula Teora poltica boliviana, despus de las publicaciones de El retorno de la Bolivia plebeya y Tiempos de rebelin. Ponemos este ttulo a un anlisis hermenutico y poltico de la obra de Ren Zavaleta Mercado.

[40] Ver de Ral Prada Acontecimiento poltico. Tambin La episteme boliviana. Dinmicas moleculares; La Paz 2013-2015. https://kdp.amazon.com/dashboard?ref_=kdp_RP_PUB_savepub . http://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/acontecimento_pol__tico.docx .

[41] Ver de Ral Prada Alcoreza Guerra perifrica y geopoltica regional; Dinmicas moleculares; La Paz 2013.

[42] Ibdem: Pg. 23.

[43] Ibdem: Pg. 23.

[44] Ibdem: Pg. 27.

[45] Ibdem: Pg. 29.

[46] Ver de Ral Prada Alcoreza La guerra de razas, en Crtica de la economa poltica generalizada. Dinmicas moleculares; La Paz 2014-2015. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/critica-de-la-economia-politica-generalizada-/.

[47] Ver de Luis Tapia Mealla Produccin del conocimiento concreto. La muela del Diablo; La Paz.

[48] Ren Zavaleta Mercado: Lo nacional-popular en Bolivia. Plural; La Paz 2008.

[49] Ren Zavaleta Mercado: Ob. Cit.; pgs. 154-155.

[50] Ver de Giovanni Arrighi El largo siglo XX. Akal 1999; Madrid.

[51] Ver de Serge Gruzinski Las cuatro partes del mundo. Historia de una mundializacin. Fondo de Cultura Econmica 2010; Mxico.

[52] Ver de Ral Prada Alcoreza Cartografas histrico-polticas. Dinmicas moleculares; La Paz 2013-2015. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/cartografias-historico-politicas/ . Amazon: https://kdp.amazon.com/dashboard?ref_=kdp_RP_PUB_savepub . http://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/acontecimento_pol__tico.docx .

[53] Ren Zavaleta Mercado: Ob. Cit.; pg. 167.

[54] Ibdem. Pgs. 169-170.

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