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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 23-06-2015

Liberales

Ricardo Rodrguez
Rebelin


Si a un norteamericano medianamente informado se le pidiera que citase a algn liberal clebre es probable que se le ocurriera el nombre ilustre de John Kenneth Galbraith o, tal vez, pensando en liberales vivos, el de Paul Krugman o Joseph Stiglitz. Yendo ms all del terreno de la economa, con seguridad aludira a los ms destacados defensores de los derechos civiles, empezando naturalmente por el mismsimo Martin Luther King, o a escritores de la talla de Norman Mailer o Gore Vidal, y sin duda podra mencionar como smbolo literario y cinematogrfico la magnfica novela de Harper Lee Matar a un ruiseor, obra de cuya segunda -o primera- parte tendremos ocasin de disfrutar en muy poco tiempo, segn anunci golosamente la prensa el pasado mes de febrero. No seran pocos los que tendran por liberal a Noam Chomsky, si bien en este caso quiz la calificacin no sera unnime. Pero lo que jams se le pasara por la imaginacin a nadie sera tener por liberal a George W. Bush tampoco, por supuesto, a su padre- ni a Ronald Reagan ni a ninguno de los atocinados cabecillas del Tea Party.

Y todo ello por la misma razn por la que hasta al ms reaccionario locutor de la Fox le parecera una monstruosidad otorgar el ttulo de adalides de la libertad a los miembros del Ku Klux Klan que asesinaron a los activistas de derechos civiles Michael Schwemer, Andrew Goodman y James Chaney en Mississippi en 1964. Sabido es que el arriba citado Ronald Reagan apreciaba mucho a su camarada Osama bin Laden, a quien consideraba un hroe de la libertad, por lo que tampoco se puede excluir de manera absoluta que hubiese algn otro extravagante compatriota suyo que se refiriera en los mismos trminos a los asesinos del Ku Klux Klan. Pero lo ms probable es que a quien albergase una visin tan distorsionada de la realidad en Estados Unidos se le encerrara en un manicomio o, aun peor, se le elegira presidente. Los norteamericanos son sin duda un pueblo con mucho sentido del humor.

En Europa el significado que de manera mayoritaria se concede a la palabra liberal es, como resulta bien conocido, muy distinto. Porque entre nosotros lo que se dira que cuenta no es la libertad de las personas sino la libertad de los negocios, que han de quedar exentos de cualquier restriccin pblica que entorpezca su conquista del lucro, aunque se trate de restricciones que tengan por objeto evitar la esclavitud de los seres humanos. Wolfgang Schuble, el recio ministro de finanzas alemn, es ahora en el viejo continente la encarnacin del liberalismo extremo. Y como todo en Espaa se tie de esa propensin a la desmesura que nos vuelve tan exticos para los nrdicos, resplandece aqu Esperanza Aguirre como gran liberal autctona.

Es como si una nocin que nace en el mbito social, poltico, cultural o antropolgico tuviese su reflejo especfico en la economa cuando nos encontramos en Estados Unidos, mientras que en Europa el trnsito es el inverso.

Liberal viene de libertad, de eso no cabe ninguna duda. Pero si lo que importa es la libertad de las personas, a ttulo individual o en comunidad, se aparece como aceptable e incluso insoslayable que, precisamente para salvaguardar la libertad humana, se ponga coto a la voracidad de la gran industria y de las finanzas privadas. Porque poder no es solamente el poder pblico que se alberga en el Estado, e incluso cabra dudar de que ste sea el ms colosal de los poderes. Es tambin y de manera principal poder el privado de las grandes corporaciones y de la asociacin de los multimillonarios. La nica forma de impedir que el poder o los poderes privados, jams elegidos por los ciudadanos, sometan a servidumbre a la inmensa mayora de la poblacin es que exista un poder pblico, hoy por hoy necesariamente estatal, que ponga dique a los abusos de aquellos poderes privados. Para lo que, de ms est advertirlo, el propio poder pblico ha de ser democrtico, verdaderamente representativo de la voluntad popular y del inters general. El poder pblico ha de intervenir para garantizar que todas y todos los ciudadanos tienen acceso en igualdad de condiciones a la sanidad y a la educacin, sustento ambas de la igualdad de oportunidades; para asegurar una vida digna que ofrezca a toda persona sin excepcin la posibilidad de labrarse un futuro, y para obligar al respeto de unos derechos sociales y laborales bsicos que eviten que nadie haya de padecer opresin cuando venda su fuerza de trabajo.

En el momento en que entramos en disputa con los mercantilistas modernos sobre la medida en que ha de reducirse la libertad para ampliar la justicia social o renunciar a parte de sta para salvar aqulla, estamos aceptando su punto de vista y la falacia habitual. A saber: que la libertad y la justicia son conceptos contrapuestos. Sucede sin embargo que la justicia social, y la intervencin del poder pblico para asegurar la justicia social, son no slo compatibles con la libertad sino imprescindibles para que la libertad, la libertad de las personas decimos, no nos sea escamoteada.

ste es, as expresado o de cualquier otra forma similar, el sustrato ideolgico comn de todo liberal americano (y no ya slo norteamericano). Se es liberal, aparte de por que se defienda la libertad de expresin y manifestacin, la igualdad plena de derechos entre hombres y mujeres, la no discriminacin por razn de raza, religin o nacionalidad, o la abolicin de todo tipo de censura, porque se es partidario de la intervencin democrtica del poder pblico para garantizar la libertad de todas y todos y no slo de quienes puedan comprrsela.

Pero en toda poca histrica los esclavistas y opresores han llamado libertad a sus privilegios, en especial el de decidir sobre la vida y la muerte de sus semejantes, y han tachado de privilegio y de capricho la libertad de los dems. A la versin tcnica contempornea de esta inveterada perspectiva de los esclavistas se la denomina en Europa liberalismo, dando lugar a la ms nauseabunda de las manipulaciones.

Y los llamados liberales en Europa no se diferencian de sus homlogos americanos porque aquellos abominen de la intervencin del Estado. Eso es lo que desean que creamos. Se diferencian porque para ellos la libertad que cuenta es la de los esclavistas, la de los amos, la de los dueos de las herramientas y de la tierra. La libertad de los negocios, a la que molesta la libertad de los seres humanos que deben ser, a lo sumo, instrumentos de los negocios. El Estado y el poder pblico se hacen as tambin para los liberales europeos irrenunciables. Es precisa la polica que golpee a los trabajadores que protestan por despidos o por bajos salarios o por empeoramiento de las condiciones de existencia. Son precisos los ejrcitos que arrasen la forma de vida que hayan elegido los pueblos cuyas materias primas ambicionamos. Son necesarios los jueces que ordenen que un anciano enfermo de cncer sea sacado a rastras de su casa para que el gestor del fondo especulativo que la adquiri en almoneda pueda tirarla abajo y construir en su lugar un bloque de oficinas. Los vecinos del anciano que intenten evitar el desalojo colocndose pacficamente frente a la polica y los agentes judiciales tendrn que ser, nuevamente, golpeados, multados y encarcelados. Son pioneros del totalitarismo en la medida en que desobedecen la ley que se escribi para favorecer el beneficio de los fondos especulativos y amenazan la ms sagrada de las libertades, la libertad de enriquecerse de las inmobiliarias y financieras privadas.

No nos lo cuentan as, por supuesto. La doctrina que propugna que se deje actuar sin trabas a las libres fuerzas del mercado, pues ellas expandirn por s solas la prosperidad, atesora ya ms de un siglo de historia y dispone de muchos y muy respetados doctores. Pero el resultado prctico es el enriquecimiento obsceno de unos pocos a costa de la privacin de la ms elemental de las libertades, la de sobrevivir, para millones de personas. Suena a demaggico, pero del mismo modo es la verdad.

Dos recientes y deslumbradores ejemplos de desvergonzada manipulacin se han dado en nuestro pas.

Debemos el primero a ese descacharrante columnista llamado Salvador Sostres, quien se ha atrevido a acusar a los representantes de las candidaturas de unidad popular triunfantes en las elecciones municipales de Madrid y Barcelona nada menos que de querer liquidar a los adversarios. Sostres ha destacado por exigir la prohibicin de sindicatos y del derecho de huelga, por justificar el asesinato de mujeres y por ver como un proceso salutfero la muerte de miles de seres humanos por catstrofes naturales, amn de considerar vulgar morralla prescindible a todos los ciudadanos que no pertenezcan al club de los ricos. Que alguien con tales antecedentes acuse a otros de poner en peligro la libertad es un rasgo de espritu paradjico tan divertido que hasta las ratas deben de estar desternillndose en las cloacas.

Pero Sostres es Sostres. Resulta ms grave la respuesta de una asociacin de jueces a la afirmacin de Ada Colau segn la cual es legtimo desobedecer leyes manifiestamente injustas. La desobediencia pacfica de leyes injustas ha sido, como sabr todo aquel que no habite en una caverna desde hace ms de cincuenta aos, la forma ms importante de lucha del movimiento de defensa de derechos civiles en Estados Unidos y tambin en otros lugares del mundo. Desde que Rosa Parks se negara en 1955 a ceder su asiento a un blanco en un autobs de Montgomery, la desobediencia civil adquiri popularidad como forma de resistencia frente a la injusticia, si bien su propuesta databa de casi un siglo antes y se la debemos a Henry David Thoreau.

Dada la trayectoria de activista social de Ada Colau, de extraar habra sido que hubiese dicho lo contrario. Por eso resulta tan estremecedora la reaccin histrica y casi unnime de opinantes de los grandes medios de comunicacin, sealando la entrevista de la actual alcaldesa de Barcelona como el anticipo de la dictadura o alcanzando el punto ridculo de la asociacin de jueces citada, que lleg a asegurar que la desobediencia de leyes nos conducira nada menos que a la guerra mundial. Con idntico fundamento podan haber anunciado la explosin de nuestra galaxia.

En Estados Unidos el movimiento de defensa de derechos civiles viene convocando sentadas y manifestaciones no autorizadas e incluso ocupando edificios desde hace dcadas, y ha sido frecuente que profesores y funcionarios comprometidos se negasen a cumplir rdenes, aunque arriesgaran as su posicin. Claro que no todo el mundo est de acuerdo con tales acciones de protesta y que los medios ms reaccionarios han tachado a sus protagonistas de tteres de los comunistas y de cosas peores. Pero que una forma de lucha por la justicia en cuya tradicin se hallan nombres como el de Martin Luther King, el de Gandhi, el de Tolstoi o el de Albert Einstein sea objeto de repudio por la mayor parte de la prensa e incluso por ilustres asociaciones profesionales, calificndola de germen del totalitarismo y antesala de la guerra mundial, indica el pavoroso grado de represin de la disidencia que se ha alcanzado en nuestro pas.

Sea como fuere, lo que hasta el ms tonto de Estados Unidos sabe es que liberales son los partidarios del movimiento de defensa de derechos civiles, no sus detractores.

Por qu no peleamos nosotros por el significado de las palabras? Es importante. Aprendamos en este punto de los dueos del rgimen. Ellos lo hacen de forma disciplinada, constante y concienzuda. De unos aos a esta parte han logrado meternos lo de los emprendedores hasta en la sopa y tambin han cargado de atroces resonancias el trmino antisistema. Peleemos nosotros por la palabra liberal, disputemos en cada ocasin su uso, hasta que consigamos recobrar y convertir en corriente su significado no prostituido. No podemos seguir tolerando que quienes en caso de vivir en Estados Unidos rondaran por el Ku Klux Klan sigan arropando su indecencia con la palabra libertad.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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